viernes, 3 de abril de 2026

Entre la interpretación y la realidad : lo que nos deja Petro

 Entre la interpretación y la realidad: lo que deja Petro y lo  que Colombia debe aprender hacia 2026

Hay momentos en la historia de un país en los que resulta más importante comprender que juzgar. Colombia está hoy en uno de ellos. 

En mi blog anterior de la Semana Santa, hice un recorrido general sobre el legado que deja Petro , a partir de las reflexiónense genérales que hace Hernando Gómez Buendía en su último libro Colombia después de Petro. En este blog y el siguiente, voy a profundizar sobre algunos temas que considero muy relevantes que nos propone su autor para entender mejor cómo llegamos a donde estamos y cómo enfrentarnos a esta nueva realidad hacia adelante

A pocos meses  del final del gobierno de Gustavo Petro, el debate público comienza a centrarse —como es natural— en sus resultados, sus aciertos y sus errores. Sin embargo, ese enfoque, aunque necesario, es insuficiente. Si queremos evitar repetir los mismos ciclos políticos, debemos ir más allá de la coyuntura y preguntarnos algo más profundo: ¿qué explica realmente este momento del país?

En su libro, Hernando Gómez Buendía propone una lectura particularmente valiosa para abordar esta pregunta. No se trata simplemente de evaluar un gobierno, sino de entender la relación entre tres elementos fundamentales: el país que permitió su surgimiento, la interpretación ideológica que lo orienta y los límites reales que enfrenta cualquiera intento de transformación.

Esta triple mirada —origen, interpretación y restricción— ofrece claves poderosas no solo para entender lo que ha pasado, sino para anticipar lo que podría venir.

Petro no es un accidente: es una consecuencia

El primer aporte de Gómez Buendía es desmontar una idea cómoda pero equivocada: la de que el gobierno de Petro es una anomalía. No lo es.

No entenderlo lo hace aún más peligroso, porque lleva a subestimarlo a él, a su proceso político y al momento que estamos viviendo, justo cuando el país se acerca a unas elecciones que pueden ser de las más críticas de nuestra historia contemporánea.

Su llegada al poder es el resultado acumulado de varias crisis que Colombia ha venido incubando durante décadas. Una crisis de representación, donde amplios sectores sociales dejaron de sentirse interpretados por los partidos tradicionales. Una crisis de legitimidad, donde las instituciones empezaron a percibirse como ineficaces o capturadas. Y, quizás la más profunda, una crisis narrativa: Colombia dejó de creerse a sí misma como un proyecto colectivo viable.

En ese vacío, Petro logra imponer sus ideas a través de un relato potente, “un discurso o una imagen de país con la cual es bien posible estar en desacuerdo, pero en ausencia del cual no se entiende nada”.

En ese contexto, “Petro no inventa el malestar. Lo interpreta. Lo organiza. Le da un lenguaje político”. Y, sobre todo, “le da una promesa: la de corregir una historia que muchos perciben como injusta”. Como lo señala Gómez Buendía, “Petro relee el pasado colombiano desde una clave de conflicto entre el pueblo y las élites, entre los sueños de justicia y las traiciones de los poderosos”.

El poder de una narrativa moral

Uno de los rasgos más distintivos del proyecto político de Petro es su carácter moral.

No se presenta simplemente como una propuesta de gobierno. Como él mismo lo ha planteado, “no se trata de acabar con el capitalismo, sino de domesticarlo; no de destruir el Estado, sino de ponerlo al servicio del pueblo”. Se trata, más bien, de una empresa de redención histórica.

En esta lógica, la política deja de ser un espacio de negociación entre intereses legítimos y se convierte en un escenario de confrontación entre lo correcto y lo incorrecto. Esta forma de entender la política tiene una enorme capacidad movilizadora, porque conecta con emociones profundas: frustración, indignación, resentimiento y deseo de reconocimiento.

Pero también tiene un costo. Cuando la política se moraliza, la complejidad se reduce. Los matices desaparecen. Y la posibilidad de construir acuerdos se debilita o se imposibilitan .

La cárcel ideológica: cuando la visión se vuelve límite

Aquí aparece uno de los conceptos más sugestivos del análisis del libro de Hernando Gómez Buendía: la “cárcel ideológica”. Todo liderazgo necesita un marco de interpretación. El problema surge cuando ese marco deja de ser una herramienta para entender la realidad y se convierte en un filtro que impide verla.

Colombia está entrando en un momento decisivo. Y, sin embargo, una gran parte del país sigue profundamente desorientada. No se está entendiendo el papel que juega la ideología política ni cómo esta se utiliza —y en muchos casos se manipula— para definir la realidad. Las ideologías están fuertemente influenciadas por las creencias, los valores y las emociones de quienes las promueven y las adoptan.

Como advierte Gómez Buendía, “todos somos ideológicos”, y por eso mismo es indispensable comprender qué significa este término en el momento actual y revisar nuestras propias creencias antes de juzgar las de los demás. Y añade una advertencia fundamental: “las ideologías aciertan en lo que afirman, pero se equivocan en lo que niegan. Acertamos en lo que vemos, pero nos equivocamos en lo que no vemos”.

En el caso de Petro, su ideología está fuertemente influenciada por una lectura histórica de desigualdad estructural, por una desconfianza hacia el mercado y por la convicción de que el Estado debe ser el gran agente transformador.

Gómez Buendía señala que uno de los fundamentos más profundos de esta visión es su conexión con los excluidos: “esa voz —que ha sido silenciada durante siglos por las élites, por los tecnócratas, por los medios de comunicación y por la resignación de los propios desposeídos— encuentra un eco y una amplificación en su discurso. Petro habla con la rabia acumulada de ‘los nadies’, pero también, de forma inseparable, habla en nombre de los territorios donde esa exclusión se ha hecho paisaje”. Para validar este último comentario, no hay sino que ver el mapa electoral y ver de dónde le está llegando apoyo a Petro.

A partir de esta base, su propuesta política adquiere una dimensión moral: “el pueblo es un sujeto político, fuente de legitimidad y agente del cambio… una comunidad moral de víctimas cuyo sufrimiento le otorga el derecho a gobernar”. El pueblo deja de ser solo una categoría demográfica o electoral y se convierte en la voz misma de la justicia histórica.

Y, sin embargo, el propio Gómez Buendía introduce un límite fundamental a esta visión: “esa fuerza moral que nace del dolor histórico… no basta para validar la verdad de sus ideas ni la eficacia de sus propuestas. Que una voz provenga de abajo no la hace infalible, y que denuncie con razón no significa que acierte en el diagnóstico o en el camino”.

Más aún, advierte sobre un aspecto especialmente delicado: “el pensamiento de Gustavo Petro se levanta sobre una epistemología… que desconfía del saber experto como forma de llegar a la verdad”. Esta desconfianza hacia la racionalidad moderna no es anecdótica; es estructural. Parte de la idea de que el conocimiento válido proviene de la experiencia vivida y no del método científico.

Sin embargo, esta postura encierra un riesgo profundo. Como recuerda el autor, el método científico —desarrollado desde el siglo XVII— ha sido el principal instrumento de la humanidad para aproximarse a la verdad, precisamente porque no depende de quién habla, sino de cómo lo demuestra.

El problema de la ideología, en este contexto, es que tiende a cerrar la discusión, rigidizar los argumentos y limitar la capacidad de adaptación. Impide desaprender lo que ya no funciona y dificulta la incorporación de nuevas formas de entender y transformar la realidad.

Aquí resulta inevitable recordar los planteamientos del profesor de Liderazgo de Harvard  Ronald Heifetz: los grandes desafíos de una sociedad no se resuelven con certezas ideológicas, sino con la capacidad de cuestionar supuestos, aprender del error y ajustar el rumbo. La “cárcel ideológica”, en cambio, bloquea precisamente ese proceso.

Los límites del cambio: la realidad también gobierna

El tercer elemento del análisis introduce una dosis necesaria de realismo.

Cambiar un país no depende únicamente de la voluntad política. Existen límites estructurales que ningún gobierno puede ignorar.

Colombia tiene instituciones que, con todas sus imperfecciones, introducen controles y equilibrios. Tiene una economía insertada en dinámicas globales que imponen restricciones fiscales y de confianza. Y tiene una sociedad profundamente fragmentada, donde la desconfianza dificulta cualquier proceso de transformación sostenida.

Como lo ha señalado también Mauricio García Villegas, los problemas institucionales en Colombia no son solo normativos, sino culturales. No basta con cambiar las reglas; es necesario cambiar las prácticas y, sobre todo, las mentalidades.


miércoles, 1 de abril de 2026

Después de Petro

  Después de Petro: lo que Colombia todavía no entiende  de sí misma y de lo que nos está pasando ( Publicado 02/04/26)

Este blog es una síntesis deliberada —y necesariamente incompleta— del mensaje central que deja el extraordinario libro Colombia después de Petro de Hernando Gómez Buendía. No pretendo reemplazar su lectura, sino, por el contrario, ofrecer una interpretación, basada en el libro, que ayude a entender lo sucedido en un momento donde abundan las opiniones, pero son escasas las explicaciones.

El valor del libro del autor es que no toma partido, sino que nos presta los ojos de un científico social muy profundo y su capacidad incisiva de análisis y de síntesis. Nos obliga a pensar y a entender por qué Gustavo Petro llegó a la Presidencia, qué logró —y qué no— durante su gobierno, y  lo qué este proceso revela sobre la sociedad colombiana. Más que un balance de un gobierno, es una radiografía de un país en transición.

Aprovecho estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa, a la reflexión y a mirar con más distancia lo que ocurre— para compartir este primer texto. La intención no es cerrar una discusión, sino abrirla bajo una óptica diferente que nos brinda Gómez Buendía.

Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que hay más opinión que comprensión. Abundan los diagnósticos rápidos, las certezas ideológicas y los juicios categóricos. Pero escasea lo esencial: la capacidad de entender qué fue realmente lo que pasó con el Gobierno del Cambio y, sobre todo, qué dice eso sobre el país. Y de cara a las próximas elecciones, que lecciones podemos aprovechar.

Porque el mayor error que podemos cometer hoy es creer que este ciclo político empieza y termina con Gustavo Petro. No. Petro no es el origen del problema colombiano. Es su expresión más visible. Y si no entendemos eso, vamos a repetirlo.

El error de origen: creer que esto empezó con Petro

Durante años, Colombia acumuló tensiones que no fueron resueltas: desigualdad persistente, desconexión entre élites y ciudadanía, instituciones que funcionan pero no representan, crecimiento económico sin inclusión suficiente. Ese país —fragmentado, silencioso, inconforme— no apareció en 2022. Ya estaba ahí. El error fue no verlo. O peor: verlo y minimizarlo.

Aquí es donde el libro de Gómez Buendía es contundente al plantear el dilema clásico de las ciencias sociales: “¿hacen los hombres la historia o la historia hace a los hombres?” La respuesta, en este caso, es clara: la historia hizo posible a Petro. No como accidente, sino como consecuencia.

Cómo llegó Petro: la política de sumar en un país fragmentado

Si hay una lección central del libro es esta:“La política se hace sumando.”

Petro entendió algo que otros ignoraron: Colombia ya no era un sistema ordenado por partidos, sino un archipiélago de malestares. Y en ese contexto, el liderazgo no consiste en representar estructuras, sino en articular fragmentos. Su trayectoria no fue la del político tradicional. No creció dentro del sistema, sino contra él. No heredó poder, lo construyó. No dependió de maquinarias, sino de causas.

Fue ampliando su base como quien cambia de “piscina”: movimientos sociales opinión coalición narrativa nacional. 

Pero sobre todo, hizo algo decisivo: logró conectar el descontento con una identidad política. Mientras otros hablaban de estabilidad, él habló de injusticia. Mientras otros defendían el orden, él nombró a los excluidos. Y en un país donde nadie representaba a nadie, eso fue suficiente.

La oportunidad: los “nadies” y el vacío de representación

El estallido social no fue una anomalía. Fue una advertencia. Una energía social sin dirección, sin liderazgo y sin traducción política. El libro de Gómez Buendía lo describe con crudeza: nadie representaba a nadie. Ni los sindicatos, ni los partidos, ni los gremios, ni los medios. Ahí apareció Petro.No para crear ese malestar, sino para canalizarlo. Y lo hizo con una apuesta clara: construir un “pueblo” político donde antes había fragmentación social.

Por eso, uno de los aportes más importantes del libro es reconocer lo evidente que muchos prefieren ignorar: “el principal descubrimiento hubiera sido el de ‘los nadies’, aquella multitud mayoritaria y sin embargo anónima…” Ese fue el verdadero terreno de la elección de 2022.

No la izquierda. No la derecha. Sino la representación.

La gran paradoja: llegó al gobierno, pero no al poder

Sin embargo, aquí aparece la primera gran ruptura entre expectativa y realidad. El propio libro lo resume con precisión: la izquierda “llegó a la Presidencia, pero no llegó al poder”.¿Por qué?

Porque Colombia no es un sistema donde el presidente decide todo. Es un sistema fragmentado, lleno de contrapesos, donde el cambio depende de acuerdos. Congreso, instituciones, fuerzas armadas, economía: todos actúan como límites reales. Y Petro —acostumbrado a la lógica del opositor— nunca logró adaptarse completamente a esa realidad. El resultado fue un gobierno con ambición transformadora, pero sin capacidad suficiente de ejecución.

Gobernar no es lo mismo que oponerse

Aquí está una de las lecciones más duras del cuatrienio. Petro fue, durante décadas, un opositor eficaz. Pero gobernar exige otra lógica. El libro lo dice sin rodeos: no era ejecutar, era polemizar; no era administrar, era confrontar. Su estilo —pedagógico, insistente, combativo— funcionaba en la plaza pública, pero no en la gestión cotidiana del Estado.

Esto se tradujo en problemas concretos:

  • Alta rotación de ministros
  • Falta de continuidad
  • Baja ejecución
  • Exceso de frentes abiertos

El gobierno tuvo ideas, pero no estructura. Tuvo narrativa, pero no coordinación.

Mucho ruido, pocas nueces: la batalla simbólica

Y sin embargo, aquí está la segunda gran paradoja. A pesar de las limitaciones en la gestión, el gobierno logró algo fundamental: dominar la narrativa. El libro lo sintetiza en una frase poderosa: “En Colombia no hubo lucha de clases sino lucha de palabras… lo que estuvo en juego no fueron los bolsillos, sino los imaginarios. Petro entendió que el poder no es solo institucional, sino simbólico. Por eso trasladó la batalla al terreno del lenguaje, de los símbolos, del relato: “el pueblo” vs “el establecimiento”

No importaba tanto lograr sus reformas como ganar sentido. Y en ese terreno, fue eficaz. 

El papel de la narrativa, al que le he dedicado varios blogs, emerge en el libro de Gómez Buendía con una gran fuerza como determinante de la situación actual. Me alegra que Carlos Enrique Moreno también se sume a esta corriente con su columna del sábado pasado en El Espectador.

¿Por qué Petro mantiene apoyo de mucha gente?

Aquí está una de las preguntas más incómodas para muchos analistas. ¿Cómo es posible que, con tantas fallas evidentes, Petro conserve respaldo? La respuesta no está en la gestión, sino en la representación. Para millones de colombianos, este gobierno significó algo que nunca habían tenido: visibilidad.

El libro lo plantea con claridad:

  • sectores históricamente invisibles aparecieron en el discurso
  • nuevas identidades entraron al escenario público
  • el Estado dejó de sentirse completamente ajeno

Eso no resolvió sus problemas materiales. Pero cambió su lugar simbólico. Y en política, eso pesa.

El fracaso compartido

Sería un error atribuir todo al balance al gobierno. Porque si el gobierno falló en ejecutar, la oposición falló en entender. No ofreció una alternativa de cambio. No reconoció a los nuevos actores sociales. No construyó un relato propio.

Se limitó a resistir. Y como bien sugiere el libro, su logro fue otro: acumular desgaste, no construir futuro.

¿Anomalía o transición?

Llegados a este punto, la pregunta clave es inevitable: ¿Fue Petro una anomalía o el inicio de algo más profundo? La respuesta es incómoda, pero necesaria: fue una transición.

Un síntoma de que el sistema político colombiano cambió:

  • menos partidos, más liderazgos personales
  • menos programas, más narrativas
  • menos ideologías estructuradas, más identidades fragmentadas

Petro no es una excepción. Es un precedente.

La lección estratégica: lo que viene después

Y aquí está el punto más importante hacia adelante. Colombia no enfrenta un problema de nombres. Enfrenta un problema de representación. El país que eligió a Petro no ha desaparecido. Sigue ahí: fragmentado, inconforme, buscando voz. Por eso, cualquier proyecto político que quiera gobernar en los próximos años deberá entender algo básico: no basta con prometer estabilidad, no basta con ofrecer eficiencia, no basta con criticar al gobierno.

Se necesita algo más difícil: construir una narrativa de cambio inspiradora, creíble, incluyente y gobernable.

Una pregunta que define el futuro

Colombia no necesita volver al pasado. Pero tampoco puede seguir atrapada en un cambio que no logra ejecutarse. Necesita algo más exigente: entender por qué una mayoría silenciosa decidió hablar, por qué encontró en Petro un canal, y por qué nadie más ha sabido interpretarla.

Porque si esa pregunta no se responde, no importa quién gane en 2026. El resultado será el mismo. Un país que cambia de gobierno, pero no logra cambiar de fondo.

Este blog es apenas un punto de partida. En las próximas semanas compartiré una serie de tres textos donde profundizaré en las ideas centrales de los capítulos 1 al 3 del libro de Hernando Gómez Buendía, porque es allí donde realmente se explican las raíces del momento que estamos viviendo como país.

Entender esas causas no es un ejercicio teórico. Es la base para poder tomar mejores decisiones —como ciudadanos, como líderes y como sociedad— en un momento donde la confusión abunda y las respuestas fáciles suelen ser engañosas. Colombia no necesita más ruido. Necesita comprensión, criterio y dirección.

Ojalá estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa y a la reflexión— sean también una oportunidad para pensar con más profundidad el país que tenemos y, sobre todo, el país que queremos soñar y construir.


jueves, 26 de marzo de 2026

Cuando las historias se alineas

  Cuando las historias se alinean: liderazgo, constelaciones narrativas y el 2026

Las naciones no se transforman únicamente por reformas. Se transforman cuando cambian las historias que cuentan sobre sí mismas. En este blog sigo profundizando sobre el tema vital del papel de la narrativa en la el destino de un país como Colombia.

En Narrative Economics, Robert Shiller plantea algo que debería alterar profundamente la manera como entendemos la política y el liderazgo: las narrativas no son adornos retóricos; son fuerzas económicas y sociales que se comportan como epidemias. Se contagian, alcanzan picos, declinan y, a veces, resurgen con nuevas formas.

Pero el capítulo 7 de su libro, añade un matiz decisivo: las narrativas no operan solas. Se agrupan en constelaciones. Y cuando varias historias se alinean en el mismo clima emocional, pueden producir puntos de inflexión históricos. Esa idea es especialmente relevante para Colombia de cara al 2026.

Del contagio al sistema narrativo

En el capítulo 8, Shiller formula siete proposiciones fundamentales: las narrativas son contagiosas, tienen ciclos de vida, combinan emoción y hechos, interactúan entre sí y pueden alterar comportamientos económicos reales. No votamos solo por programas. Invertimos, migramos, participamos o nos retraemos en función de relatos que nos parecen plausibles.

Pero el capítulo 7 amplía el marco: no es una historia aislada la que cambia una sociedad, sino una constelación narrativa coherente. Cuando “el sistema está capturado”, “nada funciona”, “el cambio debe ser radical” y “hay culpables identificables” se refuerzan mutuamente, no estamos ante una opinión. Estamos ante un ecosistema emocional.

Y los ecosistemas emocionales moldean decisiones colectivas.

El ciclo que se agota

Toda constelación tiene un núcleo afectivo. En los últimos años, ese núcleo estuvo compuesto por indignación, desconfianza y expectativa redentora. Ese conjunto de narrativas alcanzó su punto máximo cuando logró convertirse en mandato político. Pero, como advierte Shiller, las narrativas también enfrentan la prueba del tiempo.

Cuando las expectativas superan la realidad, el relato comienza a desgastarse. No necesariamente desaparece, pero pierde intensidad movilizadora.

El momento actual parece corresponder a esa fase de declive. Y los momentos de declive no son vacíos. Son transiciones. La pregunta no es si habrá una nueva constelación narrativa. La pregunta es cuál será.

Casualidad y preparación

Shiller introduce una idea incómoda: la casualidad importa. Pequeños eventos fortuitos pueden activar o acelerar la propagación de una narrativa ya latente. Una crisis inesperada, un escándalo, un símbolo potente, un error estratégico.

Pero aquí hay una lección estratégica: la casualidad solo activa lo que ya está disponible. Si no existe una constelación alternativa preparada, el vacío será ocupado por otra igualmente polarizante. El liderazgo, por tanto, no controla los eventos. Pero puede preparar el terreno narrativo.

Liderazgo adaptativo: más allá de la técnica

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen transformación cultural y el ejercicio del liderazgo.

Colombia enfrenta un reto adaptativo con un profundo vacío de liderazgo . No es solo un problema de crecimiento económico o de reforma institucional. Es una cuestión de identidad colectiva, de confianza y de cultura cívica. Y los cambios culturales no se imponen por decreto. Se movilizan a través de historias que redefinen quiénes somos. Un liderazgo adaptativo no promete soluciones mágicas. Invita a asumir responsabilidades compartidas.

La constelación del cuidado

En este contexto, el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla propone una constelación alternativa.

Su núcleo emocional no es la indignación, sino el reconocimiento que visibiliza, escucha y la corresponsabilidad. Sus relatos no giran en torno a enemigos, sino a hábitos culturales que debemos superar: el incumplimiento, la indiferencia, la pasividad, la delegación excesiva. Sus protagonistas no son redentores, sino ciudadanos muy variados que hoy reclaman ser tenidos en cuenta, visibilizamos y escuchados: empresarios, universidades, jóvenes, comunidades residenciales, organizaciones sociales, Fuerzas Armadas, muchos de ellos líderes invisibles.

No se trata de negar los problemas del país. Se trata de reconfigurar la historia que nos contamos que define la identidad desde la cual los enfrentamos . La cultura —esa infraestructura invisible que determina cómo actuamos cuando nadie nos vigila— se convierte aquí en eje estratégico. Si la narrativa dominante dice “todo está perdido”, la cultura se erosiona. Si la narrativa emergente dice “yo si puedo y soy corresponsable, hemos construido mucho y debemos cuidarlo”, la cultura se fortalece.

El riesgo de la sustitución automática

Un error frecuente en transiciones narrativas es asumir que el desgaste de una historia garantiza el triunfo de otra. No es así. En sociedades polarizadas, cuando una constelación declina, pueden emerger relatos aún más simplificadores , emocionalmente intensos ,  destructivos y limitantes .

La historia demuestra que el vacío rara vez permanece. Por eso el trabajo narrativo previo es crucial. Hoy este es un mensaje de urgencia para millones de colombianos que no quisiéramos vivir la experiencia venezolana. Construir una constelación implica articular múltiples relatos coherentes: microhistorias de liderazgo, ejemplos de corresponsabilidad, experiencias sectoriales que demuestren que el cuidado es practicable. No basta una consigna. Se necesita un ecosistema de historias poderosas que nos hagan tener una autoimagen colectiva positiva  .

2026: elección de poder o elección de historia

En 2026 no solo se elegirá un Presidente . Se definirá si Colombia consolida una ciudadanía adulta o si continúa delegando su destino en figuras providenciales, mesías disfrazados como Petro. Estará en juego la historia que queremos encarnar hacia el futuro como nación. O asumimos la reconstrucción con madurez histórica, o repetimos el ciclo de expectativas desmesuradas y frustraciones recurrentes. Las elecciones visibles serán un episodio. La narrativa dominante será el verdadero gobierno invisible.

Una responsabilidad colectiva

Shiller nos recuerda que las narrativas son contagiosas y no lineales. Heifetz nos recuerda que el liderazgo moviliza adaptación y la narrativa juega un papel fundamental..

La convergencia de ambos plantea una tarea histórica: Preparar una constelación narrativa capaz de activarse cuando las circunstancias lo permitan. No se trata de manipular emociones. Se trata de encauzarlas hacia responsabilidad compartida. El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política madura. Implica memoria, disciplina, compromiso y respeto por lo construido.

Si la historia que repetimos es la del fracaso inevitable, actuaremos en consecuencia. Si la historia que repetimos es la del cuidado corresponsable, comenzaremos a comportarnos como custodios de un proyecto común. El fin de una constelación ya es perceptible. El comienzo del cuidado no será automático. Será una decisión cultural. Y esa decisión empieza hoy, en la historia que decidimos contar y sostener

En un próximo blog voy a conectar los temas de cultura y narrativa con los resultados de un reciente estudio contratado por el Instituto de Ciencia Política - ICP-  y la firma Búho sobre la narrativa imperante en el país. 

Y aprovechó para invitar a mis lectores que descarguen en Amazon o compren en librerías el último libro de Hernando Gómez Buendía : “Colombia después de Petro”. Extraordinario y oportunismo análisis muy incisivo que abre los ojos cuando más los necesitamos tener abiertos para entender porque llegamos a donde estamos y que podemos hacer de cara a la construcción de una nueva narrativa para Colombia.

PD: me llamo mucho la atención que mi blog anterior: “Colombia está desperdiciando a sus mayores” haya tenido una lecturabilidad menos de la mitad de los blogs míos en los últimos cinco meses, cuando abordó un de los temas más críticos para la sociedad colombiana. Invito al lector que no lo haya leído a que le dé la oportunidad y lo visite. Posiblemente yo sea el equivocado pero me gustaría generar la discusión y escuchar opiniones distintas

sábado, 21 de marzo de 2026

Colombia está desperdiciando a sus mayores

  Colombia está desperdiciando a sus mayores: Una conversación urgente que el país aún no quiere tener (Publicado 21/03/26)

Colombia no solo enfrenta un desafío demográfico; enfrenta un problema cultural y estratégico: no ha sabido reinterpretar el valor del envejecimiento en una sociedad que vive más años.

Estamos ante una paradoja:

  • Nunca habíamos tenido tantos años de vida disponibles
  • Y nunca habíamos desaprovechado tanto ese capital humano

Hay problemas que hacen ruido. Y hay problemas que crecen en silencio. Los primeros ocupan titulares, dividen la opinión pública y marcan la agenda política. Los segundos avanzan lentamente, sin generar alarma… hasta que se vuelven inevitables y nos explotan en la cara.

El envejecimiento de la población colombiana —y el desperdicio sistemático del talento senior— pertenece claramente a esta segunda categoría. Y, sin embargo, es uno de los temas más importantes que el país debería estar discutiendo hoy. En medio de la campaña política más trascendente de este siglo, el envejecimiento de la población y papel de los adultos mayores, no aparece como uno de los temas más críticos de nuestra sociedad . Cuando se medio menciona se ve como un problema y no como una oportunidad. 

Una transformación que ya ocurrió

En una reciente conversación en el podcast Políticas Públicas, los economistas Mauricio Reina y Eduardo Lora pusieron sobre la mesa una realidad que cambia por completo la forma como deberíamos entender el futuro del país: Colombia ya no es un país joven.O, al menos, está dejando de serlo rápidamente.

Durante décadas, nuestra estructura demográfica se parecía a una pirámide: muchos jóvenes en la base y pocos adultos mayores en la parte alta. Hoy esa figura se está transformando aceleradamente. La tasa de fecundidad ha caído a niveles históricamente bajos —alrededor de 1.06 hijos por mujer según un informe reciente— muy por debajo del nivel de reemplazo y más bajo que el Japón. Al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado de manera extraordinaria.

Para ponerlo en perspectiva: una persona nacida en Colombia en los años 60 tenía una expectativa de vida cercana a los 58 años. Hoy esa misma generación puede esperar vivir más de 80 años. Hemos ganado, en promedio, más de dos décadas de vida. Y ese es, al mismo tiempo, uno de los mayores logros de nuestra sociedad… y uno de sus mayores desafíos.

El problema no es vivir más… es cómo vivimos más

El aumento de la longevidad no es el problema. El problema es que nuestra sociedad —y particularmente nuestro mercado laboral— no ha sabido adaptarse a esa nueva realidad. Hoy en Colombia millones de personas llegan a la edad de pensión con buena salud, con experiencia acumulada y con una enorme capacidad productiva. 

Y, sin embargo, son expulsadas del sistema formal.No porque no puedan trabajar.Sino porque el sistema dejó de tener espacio para ellas.

El desperdicio del talento senior

Los datos que presenta Eduardo Lora son contundentes. En Colombia, la participación laboral y la formalidad tienen comportamientos profundamente preocupantes a medida que aumenta la edad.El empleo formal alcanza su punto máximo entre los 25 y 30 años.A partir de ahí comienza a caer. De manera sostenida. Y de manera dramática. A los 50 años, solo una fracción de las personas sigue vinculada a empleos formales. A los 60, la mayoría ha sido desplazada hacia la informalidad.

Esto significa que el país está perdiendo —de manera sistemática— una de sus mayores reservas de capital humano: personas con décadas de experiencia, conocimiento acumulado y criterio. Lo más grave es que esta exclusión no responde necesariamente a una caída en la productividad.Responde, en gran medida, a un sesgo cultural y estructural contra la edad.

El edadismo: un prejuicio invisible

Una de las hipótesis más relevantes planteadas en la conversación es la existencia de un fuerte sesgo antisenior en el mercado laboral colombiano. Las empresas —especialmente las grandes— tienden a evitar la contratación de personas mayores.

Las razones que se esgrimen son conocidas:que tienen dificultades para adaptarse a la tecnología, que aprenden más lento, que se ausentan más, que son menos productivos. Pero la evidencia muestra que muchos de estos supuestos no son ciertos.

De hecho, en muchas actividades, las personas mayores presentan niveles de desempeño superiores gracias a su experiencia y capacidad de juicio.El problema no es la capacidad. Es la percepción. Y esa percepción está costándole al país una enorme pérdida de talento.

Un problema que va más allá del individuo

Este no es solo un problema de quienes están llegando a la edad de retiro. Es un problema estructural que afecta a toda la sociedad. Porque la combinación de dos tendencias —menos jóvenes y más adultos mayores— genera una presión creciente sobre el sistema económico. Cada vez habrá menos personas trabajando para sostener a una población más longeva. Y en un país con baja productividad y alta informalidad, esa ecuación se vuelve especialmente compleja.

Si además se excluye del sistema productivo a millones de personas que aún pueden aportar, el resultado es evidente: un deterioro progresivo de la sostenibilidad económica y social.

Una institucionalidad que no ha reaccionado

Uno de los aspectos más preocupantes es la falta de respuesta del sistema. Las políticas públicas siguen operando bajo supuestos demográficos del pasado. El sistema pensional, por ejemplo, no ha incorporado plenamente el impacto de la mayor longevidad.

El sistema financiero mantiene restricciones que dificultan el acceso al crédito para personas mayores. Y la legislación laboral, en algunos casos, genera incentivos perversos que desincentivan la contratación de trabajadores senior. Todo esto ocurre mientras el problema sigue creciendo. En silencio.

¿Problema o oportunidad?

Pero hay otra forma de mirar esta realidad. El envejecimiento de la población también puede ser una oportunidad. Una sociedad que logra aprovechar el talento senior puede ganar en productividad, estabilidad y cohesión social. Puede construir organizaciones más equilibradas. Puede fortalecer procesos de mentoría y transferencia de conocimiento. Puede desarrollar nuevas formas de trabajo más flexibles e inclusivas.

El problema no es la edad. El problema es el modelo.

Repensar la vida productiva

Tal vez el cambio más profundo que necesitamos hacer es conceptual. Durante décadas hemos operado bajo un modelo lineal de vida:educación, trabajo, jubilación. Ese modelo ya no corresponde a la realidad. Hoy las personas viven más, cambian más de ocupación y tienen la posibilidad de reinventarse varias veces a lo largo de su vida. Esto implica repensar la educación, el trabajo y las políticas públicas. Implica construir ciclos de vida más flexibles. Implica reconocer que la productividad no tiene una fecha de vencimiento fija.

Una conversación que el país no está dando

A pesar de la magnitud del problema, este tema sigue siendo marginal en la agenda pública.No genera movilización. No produce polarización. No es políticamente atractivo.En muchos casos, incluso, es visto como un “problema de viejos o de chuchos”.

Y esa percepción es, en sí misma, parte del problema. Porque lo que está en juego no es solo el bienestar de una generación. Es el equilibrio de toda la sociedad.


Cuidar a quienes nos cuidaron

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la conversación. De dejar de ver a las personas mayores como una carga. Y empezar a verlas como una oportunidad. Como una fuente de experiencia, estabilidad y conocimiento.

Pero también como una responsabilidad colectiva. Porque una sociedad que no sabe integrar a sus mayores es una sociedad que no ha entendido su propia evolución.

Una invitación a ampliar la mirada

Este blog es, en el fondo, una invitación. A reconocer que estamos frente a una transformación profunda. A entender que el envejecimiento de la población no es un tema marginal, sino estructural. Y a abrir una conversación que Colombia no puede seguir postergando. Porque el futuro del país no se construye solo con los jóvenes que hoy son cada día menos.

También se construye con quienes han acumulado la experiencia de toda una vida.

Un siguiente paso

En el próximo blog quiero profundizar en esta idea desde una perspectiva más humana y cercana:  El futuro de Colombia también lo cuidan los mayores.

Es una reflexión sobre el papel que pueden jugar los adultos mayores en la construcción del país. Una mirada que conecta con algo esencial: que el futuro de Colombia no solo se construye hacia adelante. También se construye reconociendo el valor de quienes han llegado más lejos en el camino de la vida y cuya experiencia quieren aportar.