Durante años hemos discutido el futuro de los países casi exclusivamente en términos de política pública, crecimiento económico o liderazgo electoral. Sin embargo, en su reciente columna de despedida como columnista del New York Times, David Brooks plantea una idea mucho más profunda y exigente: las naciones no se salvan primero por la política, sino por la cultura. Y cuando una sociedad pierde su núcleo cultural —su sentido de lo sagrado, de lo bueno, de lo compartido—, la política se vuelve un síntoma, no una causa.
Brooks sostiene que el gran cambio de nuestro tiempo no es tecnológico ni geopolítico, sino espiritual y cultural: una pérdida generalizada de fe. Fe en el futuro, fe en los demás, fe en los ideales comunes. Esa pérdida, advierte, conduce al nihilismo: a la idea de que nada importa, de que el poder es lo único real y de que la brutalidad es legítima si garantiza supervivencia.
En ese contexto, su tesis central es contundente: “El cambio cultural precede al cambio político y social. Se necesita un clima espiritual distinto antes de cambiar de rumbo “. Esta afirmación debería ser leída con atención en Colombia.
Cultura no es entretenimiento: es ecología moral
Brooks define la cultura en sentido amplio: no como ópera o museos, sino como forma de vida compartida. Cultura es: hábitos, rituales, canciones, historias, conversaciones, creencias, supuestos, valores, emociones, aspiraciones.
En otras palabras, la cultura es la ecología moral en la que crecen los ciudadanos. Y como toda ecología, puede nutrir o degradar. Aquí aparece una idea poderosa: Cada persona contribuye a crear la cultura que luego la moldea. No hay espectadores neutrales. Todos somos coautores del clima moral que respiramos. Por eso, cuando una sociedad normaliza el desprecio, la desconfianza o el cinismo, no solo se deteriora su política: se deteriora su humanidad.
La historia como sucesión de cambios culturales
Brooks recuerda que los grandes cambios históricos no empiezan con leyes, sino con transformaciones culturales previas:
- En los años 1890, el Evangelio Social reemplazó al darwinismo social.
→ Resultado político: el progresismo. - Entre 1955 y 1975, la cultura estadounidense se volvió menos racista y más creativa.
→ Resultado político: derechos civiles, nueva izquierda, nueva derecha. - Incluso Trump, afirma Brooks, entiende el poder cultural:
símbolos, narrativa, masculinidad, épica nacional.
Pero su cultura —basada en dominación— es deshumanizante. De ahí su afirmación central: El humanismo es el antídoto contra el nihilismo. Humanismo entendido no como ideología, sino como defensa activa de la dignidad humana: Lincoln, Martin Luther King, la música que conmueve, el gesto que reconoce al otro.
Sin orden moral compartido no hay nación
Uno de los puntos más fuertes del texto es su diagnóstico sobre la privatización de la moral: “Le advertimos el peligro a las generaciones que inventaran sus propios valores. Esto produce: ciudadanos moralmente inarticulados, una plaza pública sin acuerdo sobre lo bueno , conflictos imposibles de resolver,, pérdida de cohesión y confianza”.
Brooks recuerda que toda sociedad sana necesita: héroes compartidos, textos simbólicos, ideales comunes. Cuando eso desaparece, surgen: ansiedad, atomización y barbarie lenta. Este punto conecta directamente con Colombia: no basta con exigir mejores leyes si no reconstruimos un suelo moral común.
La cultura como política profunda
La gran lección de Brooks es esta: La política administra. La cultura orienta. Por eso, los proyectos de nación no pueden limitarse a reformas técnicas. Necesitan:
- relatos, símbolos, ejemplos, prácticas cotidianas, comunidades de sentido.
En sus palabras: “La vida floreciente es un ser humano que se esfuerza al servicio de un ideal.” Sin ideales compartidos, no hay florecimiento: hay supervivencia cínica.
Colombia: una apuesta cultural, no solo institucional
Aquí es donde el argumento de Brooks refuerza directamente el corazón del movimiento “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.
Esta narrativa no niega los problemas. Lo que hace es más radical: propone una cultura del cuidado frente a una cultura del desprecio.
- Cuidar el país. Cuidar las instituciones. Cuidar a los otros. Cuidar lo público. Cuidar la verdad. Cuidar la convivencia.
Eso es política cultural en el sentido más profundo. No es propaganda. Es reconstrucción del suelo moral.
Conclusión: las naciones se salvan por dentro
La despedida de Brooks no es un adiós periodístico: es un diagnóstico profundo. Las sociedades no colapsan primero por malas políticas, sino por malas culturas.Y se recuperan no por decretos, sino por renacimientos culturales.
Si Colombia quiere desarrollarse de verdad, necesita algo más que crecimiento:necesita una cultura que haga posible la confianza, la cooperación y el futuro. Por eso, afirmar que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es ingenuidad:es una estrategia cultural. Y hoy, como diría Brooks, la batalla decisiva no es electoral: es moral, simbólica y cultural.
Los invito a leer el artículo hoy de Patricia Rincon sobre el papel de la cultura para el desarrollo de Zambia. Una extraordinaria invitación que nos viene de un lejano país en el sur oeste del África como anillo al dedo para Colombia
https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600
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