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sábado, 10 de enero de 2026

Cuando la geopolítica desnuda la retórica y Petro descubre sus límites.

   No suelo enviar dos blogs tan seguidos, pero la llamada de Petro a Trump y su respuesta , me obligaron a encontrar una explicación. En este blog comparto con mis lectores lo que encontré escuchando las opiniones de expertos internacionales. El profesor John Mearsheimer fue la mejor.

Este académico  es hoy uno de los analistas geopolíticos más influyentes del mundo. Profesor de la Universidad de Chicago y creador de la teoría del realismo ofensivo, su pensamiento resulta incómodo para quienes prefieren una visión más moralizada de la política internacional. Pero precisamente por eso es tan útil: Mearsheimer no analiza el mundo como debería ser, sino como es.

Desde esa lógica, resulta particularmente revelador su análisis del abrupto cambio de postura del presidente colombiano Gustavo Petro frente Donald Trump ocurrido en apenas cuatro días a comienzos de enero. Un episodio que, más allá de simpatías o antipatías ideológicas, desnuda una lectura cruda de las restricciones estructurales que enfrenta Colombia en el entorno geopolítico internacional.

El realismo ofensivo: poder, supervivencia y jerarquías

Para Mearsheimer, el sistema internacional en la actualidad es aún más anárquico que en años anteriores: no existe una autoridad superior que garantice la seguridad de los Estados y entidades como la ONU o la OEA son cada día más irrelevantes. En ese contexto, las grandes potencias buscan maximizar su poder relativo en un giro hacia un mundo dividido por esferas de influencia. Esto explica el porqué  la hegemonía regional no es una opción; es un objetivo estratégico en el nuevo mundo que Trump quiere impulsar. El ataque a Venezuela es el resultado de esa decisión. 

Está perspectiva es clave para entender la llamada de Petro, Estados Unidos no tolera competidores ni desafíos sostenidos en su hemisferio o “patio trasero” . Es la visión revisada de la Doctrina Monroe, donde Trump no acepta discursos críticos, y tampoco resistencias reales que amenacen su capacidad de coerción económica, militar o política.

Cuatro días que revelaron una asimetría brutal

El 3 de enero, tras la operación militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro, Petro guardó silencio. El 4 de enero condenó la acción como “aberrante”. El 5, Trump respondió con amenazas directas, insultos personales y la insinuación de que Colombia podría recibir un “tratamiento similar” al de Venezuela.

El 6 de enero, Petro elevó el tono: desplegó 30.000 tropas en la frontera, solicitó reuniones de emergencia en la ONU y la OEA, e invocó su pasado guerrillero, afirmando que “por la patria” volvería a tomar las armas. Era un lenguaje de resistencia, épico, cargado de simbolismo político interno.

Pero el 7 de enero, en la noche, ocurrió el giro completo: Petro reculó y llamó a Trump, para explicar la situación del narcotráfico, presentó datos sobre los esfuerzos colombianos y aceptó una invitación a la Casa Blanca. Trump, horas después, publicó un mensaje elogioso en su red True Social, celebrando el “buen tono” de la conversación.

El cambio no fue producto de una iluminación diplomática. Fue, como diría Mearsheimer, el resultado inevitable de fuerzas estructurales del juego geopolítico que Trump ha impulsado desde que llegó hace un año por segunda vez al poder.

La paradoja de la proximidad: Colombia no puede escapar

En la lógica del realismo ofensivo propuesta por  Mearsheimer, la cercanía geográfica a una superpotencia no es una ventaja, sino una vulnerabilidad. Esto que es una verdad para México, también lo es para Colombia, que está atrapada en lo que el analista llamaría una gravedad estratégica imposible de eludir y de la cual Canadá se está preparando inteligentemente para evitar.

La economía colombiana depende profundamente del acceso a los mercados financieros y comerciales estadounidenses. Su estabilidad monetaria está atada a decisiones tomadas en Washington. Su lucha contra el narcotráfico depende de inteligencia, equipos y cooperación estadounidense. Su sistema financiero es extremadamente sensible a sanciones secundarias.

Y según Mearsheimer, hay un factor aún más delicado: los casi tres millones de refugiados venezolanos. Colombia no puede absorber ese impacto sin apoyo internacional. Cuando Trump amenazó con recortar el 70% de la financiación humanitaria a la región, no estaba haciendo retórica: estaba utilizando un punto de presión crítico. La movilización  hacía la frontera de 30.000 tropas desplegadas por Petro no alteraban esa ecuación. Petro lo sabía. Y Trump también.

La lógica de Trump: coerción racional, no improvisación

Desde el prisma de Mearsheimer, el comportamiento de Trump no ha sido errático en este caso. Siguió una secuencia estratégica clásica:

  1. Demostrar credibilidad mediante el uso de la fuerza (Venezuela).
  2. Aumentar el costo de la resistencia con amenazas económicas y militares.
  3. Ofrecer una salida digna a la capitulación (la llamada).
  4. Aceptar la rendición con cortesía, reforzando el mensaje disuasorio.

El cambio de tono de Trump no fue una contradicción: fue calculado. En este episodio con un Petro sin visa y en la lista Clinton, no buscaba su cooperación sino su sumisión. Y con la llamada  lo obtuvo. Claro, Petro ante sus bases no lo va a confesar y vamos a ver qué cuento chino les va a tratar de vender. Más allá de su discurso, es la realidad que tuvo que aceptar ante el gran peligro personal que estaba incurriendo, además de las sanciones que los gringos ya le habían  impuesto. 

El problema de la capitulación: obediencia sin solución

Aquí aparece una de las advertencias más finas de Mearsheimer. Para las potencias hegemónicas, forzar la capitulación es relativamente fácil. Lo difícil es convertir esa capitulación en cooperación estable.

Petro seguramente no olvidará jamás haber sido llamado “traficante de cocaína enfermo”. El sentimiento anti estadounidense no desaparecerá pero si le va a tocar reprimirlo. El narcotráfico seguirá existiendo porque responde a incentivos económicos muy grandes. Los refugiados seguirán presionando al Estado colombiano. Cómo lo menciona  Mearsheimer, la coerción resuelve el momento, más no el problema.

Lecciones incómodas para Colombia y sobre todo para Petro

Para el profesor el episodio deja varias enseñanzas que Colombia no puede ignorar, especialmente en un contexto político tan polarizado:

  1. La retórica de la soberanía  tiene límites reales.
    Prometer resistencia frente a una superpotencia puede ser rentable electoralmente, pero choca con restricciones de capacidad estructurales que no se pueden ocultar.
  2. La ideología no sustituye las dinámicas de poder que hoy mueven la geopolítica mundial. En este entorno internacional, las intenciones importan menos que las capacidades. Este mensaje ya caló en Canadá, México y también en la Comunidad Europea con la amenaza de invasión gringa a Groenlandia y la desaparición de NATO.
  3. El liderazgo responsable reconoce límites.
    Confundir la épica interna con la capacidad real de acción externa conduce, casi siempre, a humillaciones costosas. Eso es lo que hoy enfrenta Petro tras su arenga en Nueva York, megáfono en mano, cuando llegó a insinuar una insurrección de los militares estadounidenses y acumuló agravios personales contra Trump, bajo la falsa premisa de que ese tipo de gestos podía quedar impune
  4. La política exterior no admite gestos performativos.
    Cada palabra tiene costos medibles como lo está aprendiendo a la fuerza Petro.

Implicaciones para el debate político colombiano

De cara al futuro político del país, este episodio debería servir como advertencia transversal. Ni la izquierda ni la derecha pueden prometer lo que Colombia como país no está en condiciones de cumplir. Y como Mearsheimer lo menciona, en la lucha por las esferas de influencia que Trump está promoviendo con el uso de la fuerza bruta, lo que cuenta es la capacidad, y en esa confrontación, países como Venezuela, Colombia y México, no la tienen.

El problema no es “desafiar” a Estados Unidos, ni someterse sin dignidad. El reto  es construir márgenes de maniobra realistas, fortalecer alianzas, diversificar dependencias y, sobre todo, evitar que la política exterior se convierta en un escenario de improvisación ideológica. Como enseñaría Mearsheimer, los Estados pequeños no sobreviven por su valentía discursiva, sino por tener prudencia estratégica. 

Trump ha puesto patas arriba la arquitectura de cooperación multilateral. Ese es un hecho. Y aún le restan tres años de mandato. Tras la captura de Maduro, Colombia —sin contar con las capacidades reales para hacerlo— está enfrentando de manera directa las consecuencias del ejercicio de un poder hegemónico bruto que Trump busca imponer en la región, en una lógica que revive, sin ambigüedades, la vieja Doctrina Monroe. En un próximo blog analizaré un contraste revelador: la reacción estratégica, inteligente y pragmática de Canadá, país al que Trump llegó incluso a amenazar con convertir en el estado número 51 de la Unión.


En resumen, para Mearsheimer la llamada entre Trump y Petro no fue un incidente diplomático menor ni un malentendido resuelto gracias a la buena voluntad de las partes. Fue una lección descarnada de realismo del ejercicio del uso del poder bruto a nivel internacional. En apenas cuatro días quedó en evidencia que, en este sistema, la retórica ideológica y los gestos simbólicos pesan poco frente a las estructuras de poder, la dependencia económica y la asimetría militar.

Desde la perspectiva de Mearsheimer, lo ocurrido no tiene nada de sorprendente. Las grandes potencias no actúan en este nuevo entorno mundial, movidas por simpatías, valores o afinidades políticas, sino por cálculos de poder y defensa de sus intereses. En ese tablero, los Estados medianos o pequeños no fracasan por falta de dignidad, sino cuando confunden voluntad política con capacidad real de resistencia.


El riesgo mayor  es no reconocer los límites e ignorarlos. En política internacional —como en el liderazgo— el costo de confundir deseos con capacidades se paga rápido y casi siempre lo paga la sociedad, no quien pronuncia el discurso. Colombia haría bien en aprender esta lección antes de que la próxima crisis la obligue a hacerlo de nuevo, en condiciones aún más desfavorables.


Para Colombia, este episodio también debería funcionar como advertencia estratégica en un momento político particularmente sensible. Prometer desafíos heroicos frente a una superpotencia podría resultar rentable en el discurso interno, pero suele desembocar en rectificaciones humillantes cuando la realidad se impone y el peligro personal se vuelve inmanejable . 


Lo repite  Mearsheimer, la soberanía no se defiende con épica improvisada, sino con prudencia, alianzas inteligentes y una lectura honesta de las propias vulnerabilidades. Pero, el mayor peligro para Colombia y para los venezolanos, es que Trump se contente solo con apoderarse del petróleo venezolano,  consolide a la sra Rodríguez en el poder. Todo cambia para que nada cambie.


Y para terminar, The Economist esta semana, describe lo que ha sucedido con Venezuela:  “es un tema de poder y recursos naturales, no de valores”. Estamos volviendo al mundo del siglo XIX donde  cambiaba la frontera por la fuerza, pero hoy se hace  con armas atómicas del siglo XXI.


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