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viernes, 20 de febrero de 2026

Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica

  Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica  

En tiempos de polarización, desconfianza y fatiga democrática, hay palabras que parecen gastadas por el uso o sospechosas por el abuso. Creer es una de ellas. Sin embargo, leída con cuidado, puede recuperar un sentido profundo y exigente. No como consigna emocional ni como optimismo ingenuo, sino como una decisión consciente de responsabilidad.

Esa es la apuesta de Yo creo, libro escrito recientemente por la emprendedora chilena Alejandra Mustakis a quien tuve el placer de conocer recientemente  en Bogotá. En este blog quiero hacerle un reconocimiento porque su visión le aporta una mirada muy potente el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Pasó a explicar el porqué de mi afirmación. 

Ambos parten de una convicción incómoda pero necesaria: nuestros principales problemas no son solo técnicos ni institucionales; son culturales. Sobre este tema he escrito ampliamente en blogs anteriores. Y, por lo mismo, exigen algo más que reformas, planes o liderazgos providenciales.

Me propuse hacer  una lectura cruzada entre el libro y los principios del movimiento que he ayudando a impulsar desde hace casi un años , organizada en ocho ideas que, en conjunto, apuntan a una misma pregunta de fondo: ¿estamos dispuestos a asumir una verdadera adultez cívica y conscientes de los costos de no hacerlo?

Cuando el diagnóstico es cultural, las soluciones también deben serlo

Una de las confusiones más persistentes de nuestro tiempo es creer que la crisis de nuestras sociedades se resuelve únicamente con mejores políticas públicas o con mayor eficiencia técnica. Sin desconocer su importancia. La autora del libro, afirma que muchas de las fallas actuales nacen antes: en la erosión de la confianza, en la incoherencia entre discurso y práctica, y en una cultura que normalizó el cinismo. 

El movimiento Colombia es buena parte del mismo diagnóstico. No estamos únicamente ante un problema de gobierno o de oposición, sino ante una fatiga cívica profunda, donde amplios sectores sienten que involucrarse no vale la pena. Sin una reconstrucción cultural, cualquier avance institucional será frágil y reversible.

Creer y cuidar: dos lenguajes para una misma responsabilidad

En el libro, creer no significa esperar que otros actúen. Significa hacerse cargo, incluso cuando el contexto no acompaña. En el movimiento Colombia es buena, cuidar no alude a paternalismo ni a nostalgia, sino a corresponsabilidad frente a lo que compartimos.

Creer y cuidar nombran, desde registros distintos, una misma actitud: renunciar a la queja permanente, abandonar la delegación pasiva y asumir que el destino colectivo no se construye sin compromiso personal. Ambas nociones chocan con una cultura política infantilizada, donde se exigen derechos sin asumir deberes y se deposita el futuro en figuras que prometen soluciones fáciles.

La empresa, la organización y el país como espacios morales

Uno de los aportes más relevantes de Yo creo es afirmar que las empresas no son neutras. No solo producen bienes o servicios; producen relaciones, hábitos y cultura. Cada decisión organiza un cierto modo de convivir.

El movimiento amplía esta mirada al conjunto de la sociedad. Empresas, universidades, conjuntos residenciales, fundaciones, medios y Fuerzas Armadas no son solo engranajes funcionales: son escenarios morales, donde se aprende —o se degrada— la confianza, la cooperación y el respeto por lo común. Cuidar a Colombia no es una consigna ideológica. Es reconocer que toda organización educa e impacta la cultura aun cuando no lo pretenda. Es el nuevo concepto de Responsabilidad Cultual Corporativa (RCC) a la que me referí en un blog anterior.

La confianza como infraestructura invisible

La autora Mustakis lo expresa con claridad: cuando la confianza se pierde, todo se vuelve más costoso. Innovar, colaborar y convivir requieren más controles, más defensas y más energía. La desconfianza actúa como un impuesto silencioso que paraliza.

Colombia es buena traduce esta intuición en una apuesta concreta: crear arquitecturas de construcción de confianza, a través de comunidades de liderazgo y nodos locales donde la cooperación no sea excepcional, sino habitual. La confianza no se decreta ni se improvisa; se construye con coherencia sostenida y encuentros reales.

Colaborar no es romanticismo, es inteligencia adaptativa

El libro cuestiona la lógica de la competencia permanente como principio organizador de la vida económica y social. En contextos complejos, colaborar no es debilidad: es capacidad adaptativa.

El movimiento adopta esta lógica al promover alianzas entre sectores históricamente desconectados. La colaboración deja de ser un gesto moral para convertirse en una estrategia de país, especialmente en una sociedad fragmentada como la nuestra.

Liderazgo sin mesianismo

Aquí la convergencia es evidente. Yo creo desmonta la figura del líder infalible; el movimiento cuestiona el mesianismo político que promete salvar al país mientras debilita a la ciudadanía.

Ambos plantean un liderazgo distinto: menos centrado en el carisma individual, más orientado a cuidar procesos, habilitar conversaciones y distribuir responsabilidad. De cara a 2026, esta reflexión resulta particularmente pertinente.

El metro cuadrado que habitamos

Una de las ideas más potentes del libro es que el cambio comienza en lo cercano. No en abstracto, sino en el metro cuadrado que habitamos: la empresa, la universidad, el barrio, el conjunto residencial.

El movimiento hace operativa esta intuición al insistir en que el desarrollo de un país se hace desde abajo hacia arriba, desde lo local donde la gente cuida lo que le importa. En ese entorno la cultura del cuidado se aprende en lo cotidiano. No hay transformación nacional sin prácticas locales que la sostengan.

Una esperanza que exige, no que adormece

Tanto el libro como el movimiento comparten una esperanza poco frecuente hoy: una esperanza responsable, que no niega los conflictos ni promete atajos. Creer y cuidar implican costos, tiempo y perseverancia.

Pero también son la única vía para reconstruir confianza, sentido y cohesión social en sociedades cansadas de promesas incumplidas.

Yo creo no es un libro empresarial en sentido estricto, ni Colombia es buena y vale la pena cuidarla un movimiento político tradicional. Ambos son, en el fondo, apuestas culturales por la adultez cívica. En tiempos de desencanto, creer y cuidar dejan de ser palabras blandas y se convierten en actos profundamente exigentes y necesarios.

Tal vez esa sea hoy la conversación más urgente en un país que hoy está buscando encontrar un propósito colectivo y un norte que oriente su futuro.

PD: Recomiendo la lectura de este excelente e inspirador libro sobre la cultura y el emprendimiento . Vale mucho la pena y se consigue en Amazon 




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