Colombia despertó esta semana con un nuevo presidente, pero también con una vieja preocupación. Más allá de quién haya ganado y quién haya perdido, y de los discursos de victoria o de derrota, o de las celebraciones de unos y la frustración de otros, el país quedó frente a una evidencia difícil de eludir.
Pedro Medellín lo planteaba esta semana en su columna del jueves en El Tiempo con una frase inquietante:” estamos ante una sociedad fracturada. Una sociedad que ha dejado rasgar los tejidos de la cohesión social, donde los individuos dejan de sentirse parte de un proyecto común y empiezan a vivir en la anomia, es decir, en el debilitamiento de las normas compartidas que hacen posible la vida colectiva”.
Esa es la palabra que debería preocuparnos: fractura. Porque una elección no fractura una sociedad. Una elección simplemente revela las fracturas que ya existían.
Las urnas funcionan como una radiografía. No producen la enfermedad. La muestran. Nos obligan a mirar lo que venía creciendo silenciosamente: la desconfianza, el resentimiento, el miedo, la rabia acumulada, la incapacidad de conversar, la desaparición de espacios comunes y la creciente tentación de convertir la política en una guerra moral donde solo hay buenos y malos, patriotas y traidores, víctimas y verdugos.
El problema no comenzó el domingo. El domingo simplemente se hizo visible. Y esto nos debe poner a reflexionar.
Una elección ganada por un margen inferior al uno por ciento no solo deja un resultado político. Deja una pregunta nacional. ¿Qué hacemos ahora con un país fracturado casi por la mitad? ¿Cómo se gobierna una sociedad donde millones de personas sienten que ganaron por muy poco y millones sienten que perdieron por muy poco? ¿Cómo se reconstruye la confianza cuando el adversario político deja de ser visto como un compatriota y comienza a ser tratado como una amenaza o, peor aún, como un enemigo al que hay que destruir, como lo sugirió una de las expresiones más desafortunadas de la reciente campaña presidencial por parte de quien resultó ser el ganador?
Durante toda la semana hemos discutido quién ganó. Pero tal vez esa no sea la pregunta más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿qué necesita Colombia para volver a encontrarse después de una campaña que llevó la confrontación a niveles sin precedentes? ¿Cómo podrá construirse la unidad nacional que el nuevo presidente prometió al país, cuando la retórica electoral convirtió a una parte de los colombianos en adversarios que parecían no merecer un lugar dentro de un mismo proyecto de nación?
¿Será suficiente un nuevo presidente para reconstruir una sociedad que ha dejado de verse a sí misma como un “nosotros”?
La respuesta más fácil sería decir que Colombia necesita un buen gobierno. Y, por supuesto, lo necesita. Un gobierno que recupere la sensatez, la prudencia, la responsabilidad institucional y el respeto por la Constitución; que demuestre capacidad técnica, liderazgo democrático y grandeza política. Un gobierno que entienda que no recibió un cheque en blanco, sino el inmenso desafío de gobernar un país profundamente fracturado.
Pero Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita que quienes ejercen el poder sean coherentes con su llamado a la unidad y contribuyan a tender puentes en lugar de profundizar las divisiones. Sin embargo, incluso eso no será suficiente.
La reconstrucción del “nosotros” no podrá depender exclusivamente del Gobierno. Será una tarea de toda la sociedad. Los presidentes pueden cambiar un gobierno. Solo los ciudadanos pueden reconstruir una nación
Durante años, Colombia ha venido perdiendo la capacidad de reconocerse como una comunidad política compartida. Hemos aprendido a votar, pero no necesariamente a deliberar. Hemos aprendido a indignarnos, pero no a construir. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a cooperar. Hemos aprendido a defender nuestras causas, pero muchas veces olvidamos cómo escuchar las razones del otro. Y cuando una sociedad pierde esa capacidad, la democracia se vuelve muy frágil.
Porque la democracia no es solamente un sistema para contar votos. Es una forma de convivir con quienes piensan distinto. Es la decisión civilizada de aceptar que nadie tiene toda la verdad, que nadie representa por completo al país y que ningún triunfo electoral autoriza a desconocer la dignidad de quienes votaron por otra opción.
Por eso, después de esta elección, Colombia necesita algo mucho más profundo que una transición de gobierno, o el saneamiento de las finanzas públicas, la seguridad y la salud . Son temas críticos y muy visibles. Pero otro tema mucho menos visible pero también fundamental: requiere una reconstrucción cultural sin la cual los demás esfuerzos no son sostenibles.
Desde hace meses hemos venido promoviendo con un grupo creciente de personas, empresas, gremios y universidades, una idea que para algunos puede sonar ingenua, pero que considero profundamente realista: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Es una invitación a desarrollar una nueva narrativa pero sobre la base de una cultura del cuidado y la corresponsabilidad ciudadana .
No es una frase simple o un eslogan publicitario amable para evadir nuestros problemas. Tampoco es una forma de negar la corrupción, la violencia, la desigualdad, la polarización o la mediocridad de buena parte de nuestra dirigencia. Sería absurdo. La realidad es que Colombia enfrenta problemas enormes y no se resuelven con frases de cajón o un optimismo superficial.
Pero también sería profundamente injusto definir a Colombia únicamente por sus heridas.
Cuando uno sale de las redes sociales, se aleja del ruido de la confrontación política que marcó el gobierno que termina y deja atrás los debates cargados de rabia, descubre otro país. Un país que rara vez ocupa los titulares. Un país donde sobrevive una inmensa reserva moral y cívica, integrada por personas de todas las regiones, etnias, edades, creencias, condiciones económicas y sensibilidades políticas.
Allí están los líderes comunitarios, las madres cabeza de familia, los jóvenes voluntarios, los empresarios responsables, los docentes comprometidos, los servidores públicos honestos, los emprendedores sociales, las juntas de acción comunal, las comunidades religiosas y miles de ciudadanos anónimos que todos ellos tienen algo en común: cuidan. Cuidan a sus familias, a sus vecinos, a sus comunidades, a sus organizaciones o al lugar donde viven. Son personas que, sin saberlo, mantienen unido al país mientras la conversación pública insiste en mostrar únicamente aquello que lo divide No son solo buenas personas. Son las que sostienen silenciosamente a Colombia
Ese país el verdadero país que ya existe, pero que está invisible, disperso y desconectado. El verdadero capital de Colombia no es únicamente su economía o sus instituciones; es esa inmensa comunidad de ciudadanos que, en silencio, cuida todos los días de lo que ama y mantiene vivo el tejido social
La gran tragedia colombiana no es que no tengamos reservas morales. Las tenemos. La tragedia es que esas reservas no se han convertido todavía en una fuerza organizada capaz de reconstruir confianza, fortalecer instituciones y sostener una cultura cívica y democrática.. De ahí aparece la importancia del valor del cuidado.
El cuidado puede convertirse en el punto de convergencia que nos permita comenzar a encontrarnos de nuevo. No porque todos pensemos igual. No porque desaparezcan las diferencias ideológicas o porque dejemos de tener debates duros sobre economía, seguridad, justicia social, paz, educación o modelo de Estado. Sino porque antes de preguntarnos en qué estamos en desacuerdo, deberíamos preguntarnos algo más elemental: ¿qué estamos dispuestos a cuidar juntos?
¿Estamos dispuestos a cuidar el barrio, o el conjunto residencial donde vivimos? ¿El parque? ¿La escuela? ¿La conversación pública? ¿Las instituciones? ¿La vida? ¿La dignidad del que piensa distinto? ¿La posibilidad de que nuestros hijos crezcan en un país donde no tengan que odiar para participar en política?
Las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando una sociedad deja de cuidar lo común, empieza a desintegrarse. Por eso el cuidado no es una idea blanda. Es una estrategia de reconstrucción nacional.
Cuidar exige corresponsabilidad. Exige límites, y reconocer que la vida en comunidad, no puede depender únicamente del Estado, del mercado o del próximo presidente. Exige comprender que la democracia también se sostiene en el metro cuadrado donde vivimos, en la manera como administramos un conjunto habitacional, resolvemos un conflicto vecinal, usamos el espacio público, conversamos en familia o tratamos a quien piensa distinto.
Es claro, Colombia no se reconstruirá únicamente desde la Casa de Nariño. Se reconstruirá también desde las porterías, los salones comunales, los colegios, las universidades, las empresas, las iglesias, los parques, las bibliotecas, las juntas de acción comunal y los conjuntos residenciales. En resumen, en los espacios públicos que compartimos todos.
Por eso Colombia es buena debe entenderse como una invitación nacional. Una invitación a pasar de la queja a la corresponsabilidad. De la rabia a la acción. De la polarización a la conversación. De la indiferencia al cuidado. De la ciudadanía pasiva al liderazgo colectivo.
La tarea que viene no es borrar las diferencias. Es aprender a procesarlas civilizadamente. Y allí aparece un desafío enorme: Colombia necesita volver a formar ciudadanos, no solo votantes, capaces de comprender las instituciones, evaluar información, identificar mentiras, participar con responsabilidad, fiscalizar sin destruir, disentir sin odiar y construir acuerdos mínimos sobre lo que debe ser cuidado. Eso tiene un nombre: educación cívica.
Pero no la educación cívica entendida como una materia aburrida, llena de fechas, artículos constitucionales y definiciones memorizadas. Hablo de una educación cívica viva, práctica, comunitaria, profundamente democrática para enfrentar los retos colectivos del siglo XXI. Una educación que enseñe a pensar, no qué pensar. Que forme criterio, no obediencia. Que ayude a entender que la democracia no es solamente el derecho a expresar lo que siento, sino la responsabilidad de escuchar lo que el otro tiene que decir.
Una sociedad fracturada no se recompone con propaganda y más shows mediáticos . Se recompone con pedagogía cultural.
Necesitamos alfabetización mediática para no seguir siendo presa fácil de la desinformación, los videos manipulados, las cadenas emocionales y los discursos mesiánicos que prometen soluciones simples a problemas complejos.
Necesitamos laboratorios de conversación democrática donde personas de distintas edades, regiones, clases sociales e ideologías puedan encontrarse a resolver problemas comunes sin agredirse o declararse enemigos. Espacios donde se practique algo que hoy parece revolucionario: escuchar al otro como si pudiera tener una parte de la verdad.
Y necesitamos comunidades de liderazgo donde los ciudadanos descubran que la democracia no ocurre solamente cada cuatro años, sino todos los días, en la forma como cuidamos lo común, participando, proponiendo y tendiendo puentes desde la diferencia..
Esa es la verdadera batalla cultural que tenemos por delante. No se trata de imponer una nueva ideología. Se trata de recuperar las condiciones mínimas para poder vivir juntos en medio de la diferencia.
Colombia acaba de elegir un presidente. Pero ahora debe decidir qué tipo de sociedad quiere ser. Podemos seguir profundizando la fractura, alimentando el resentimiento, celebrando la derrota del otro y esperando que el próximo gobierno resuelva lo que nosotros no hemos querido asumir.
O podemos reconocer que ninguna democracia sobrevive durante mucho tiempo si sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una comunidad política compartida. Depende de nuestra capacidad de volver a descubrir aquello que todavía somos capaces de cuidar juntos.
Porque las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando millones de ciudadanos comienzan a cuidar el barrio, el conjunto residencial, el espacio público, las instituciones y la conversación democrática, ocurre algo extraordinario: empieza a reconstruirse el “nosotros”.
Ese es el propósito de Colombia es buena. No ganar una elección ni reemplazar a los partidos. No promover una nueva consigna. Sino ayudar a que Colombia vuelva a encontrarse consigo misma. Porque Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita ciudadanos capaces de cuidar el país que dicen querer.