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sábado, 28 de febrero de 2026

Cuidar la Casa Común

 Cuidar la casa común: una conversación que está  emergiendo en Colombia (publicado 28/02/26)

En los últimos meses he tenido la oportunidad de escuchar y leer reflexiones provenientes de distintos espacios ciudadanos que, sin haberse coordinado entre sí, parecen estar llegando a conclusiones sorprendentemente similares sobre el país que somos y el país que podríamos llegar a ser.

Recientemente escuché un podcast del profesor Andrés Ramírez en el que se presentaba una iniciativa llamada “Unidos en el desacuerdo”, cuyo propósito es promover una nueva conversación nacional basada en la esperanza, la responsabilidad ciudadana y la construcción colectiva. Lo que más me llamó la atención no fue solo la calidad de las reflexiones, sino la profunda convergencia que encontré entre esas ideas y las que han venido dando forma al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla.

Cuando distintas personas y proyectos llegan a conclusiones parecidas sin haberse puesto de acuerdo, suele ser señal de que está abriendo una ventana de oportunidad para divulgar  una verdad profunda.  Y tal vez eso es lo que está comenzando a ocurrir en Colombia: está emergiendo lentamente una conversación, una nueva narrativa,  que gira alrededor de una idea sencilla pero poderosa: Colombia es buena, es una casa común que necesita ser cuidada por todos antes de que la perdamos por no habernos despertado a tiempo.

El privilegio de ser colombianos

Una de las ideas más hermosas que aparecen en todas estas reflexiones es la definición de lo que significa ser colombiano. Ser colombiano no es solamente haber nacido en un territorio determinado. Es el privilegio de haber nacido en uno de los países más diversos del planeta.

Pocas naciones tienen la variedad de paisajes, especies, climas, culturas, acentos, tradiciones y formas de vida que tiene Colombia. Su diversidad es extraordinaria, pero sobre todo en su gente. Sin embargo, paradójicamente, en lugar de nutrirnos de esas diferencias, con frecuencia terminamos negándola o ignorándolas .

El diferente nos incomoda y no lo valoramos. El que piensa distinto nos parece sospechoso. El que viene de otra región o de otro grupo social nos resulta ajeno y nos alejamos de él. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, todos tenemos que aportar y ganar si nos reconocemos y aprendemos a escuchamos mucho más. 

Pero justamente allí reside una de las claves para el futuro del país. Entender nuestra diversidad no como una amenaza sino como una riqueza y un gran activo, y que es un paso indispensable para construir un verdadero sentido de identidad  nacional.

Colombia puede convertirse en un país más fuerte en la medida en que logre reconocerse como un “nosotros plural”, donde la diferencia no sea motivo de fractura sino fuente de apoyo y de aprendizaje común.

El peligro de las narrativas negativas

Otra de las convergencias más llamativas entre estas reflexiones y las que han inspirado el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla, es la preocupación por el poder de las narrativas positivas y negativas.

Durante muchos años se ha ido instalando entre nosotros la idea de que Colombia es un país condenado al fracaso, un lugar donde nada funciona y donde cualquier esfuerzo está destinado a perderse. Es la sensación, descrita magistralmente por García Márquez, de que “algo muy grave va a suceder”. Y si querer queriendo, hemos venido creando una cultura implícita en el subconsciente colectivo, que nos envuelve de manera invisible , como lo menciona el experto en cultura Henry Murrain.

En un reciente artículo publicado por este investigador en El Espectador sobre el papel de la cultura negativa escribe : 

“ Hay la tendencia cultural a describir nuestra propia comunidad como inferior, defectuosa o irremediablemente fallida. No se trata de una teoría abstracta. Está en nuestro lenguaje cotidiano. 

Llamamos “colombianada” a lo mal hecho o lo tramposo. Hablamos de la “hora colombiana” como sinónimo de impuntualidad. Decimos que el undécimo mandamiento es “no dar papaya”, porque “en este país no se puede confiar en nadie.  Es una forma silenciosa de desprecio colectivo por nuestra propia identidad”.

La cultura es iteración constante de información: aquello que repetimos se convierte en expectativa compartida e inconsciente. Así, si reiteramos que “ser colombiano” es ser tramposo o poco confiable, esa narrativa termina organizando nuestra manera de vernos y de ver a los demás.


Siguiendo la lógica de Murrain, el problema es que las narrativas negativas tienen consecuencias reales. Cuando una sociedad comienza a creer que su futuro está perdido, termina debilitando su propia capacidad de actuar. La desesperanza paraliza, y la parálisis termina produciendo aquello mismo que se teme.

Un país puede destruirse no solo por la violencia o por las crisis económicas, sino también por la pérdida de la confianza en sí mismo. Por eso resulta tan importante construir narrativas distintas. No narrativas ingenuas ni triunfalistas, sino narrativas capaces de reconocer los problemas sin negar las posibilidades. En próximos blogs volveré sobre este tema tan importante.

Decir que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no significa ignorar sus dificultades. Significa afirmar que, a pesar de ellas, existe un país que merece ser construido. Solo necesitamos repetirlo para que lo podamos creer, interiorizar y reflejar en nuestras acciones individuales y colectivas. 

Ser ciudadano es habitar y cuidar

Tal vez la convergencia más profunda, entre estas reflexiones y el movimiento que venimos impulsando, está en la idea de ciudadanía. Ser ciudadano no significa simplemente votar cada cuatro años ni delegar en los políticos la responsabilidad por el destino colectivo. Ser ciudadano significa habitar activamente el país y cuidar de él.

Por lo anterior, coincido con Ramírez cuando afirma que habitar implica cuidar, lo que también está en el corazón de nuestra propuesta. Cuidar el barrio, cuidar el conjunto residencial, cuidar los espacios públicos, cuidar las relaciones humanas, cuidar las instituciones, cuidar las reglas de convivencia. Y la magia del cuidado es que permite la convergencia de una sociedad que hoy está fracturada.

Un país es, en el fondo, como una casa. Necesita mantenimiento permanente. Necesita que alguien limpie, que alguien repare las grietas, que alguien evite que el deterioro avance.

También necesita que quienes viven en esa casa contribuyan a su sostenimiento. Pagar impuestos, cumplir las normas y participar en la vida comunitaria son formas básicas de cuidar el lugar que habitamos.

Y una gran advertencia: Un derecho sin deberes y responsabilidad termina debilitándose. Una ciudadanía que solo reclama derechos sin asumir deberes termina erosionando las bases mismas de la convivencia democrática.

Y algo más. Un país no se cuida desde el gobierno: se cuida desde la ciudadanía.

El “nosotros” que hace posible la convivencia

Detrás de la idea de cuidado aparece un concepto aún más profundo: el sentido de identidad y de pertenencia. Las personas necesitan sentirse parte de algo más grande que ellas mismas: una familia, un barrio, una escuela, un equipo, una comunidad.

Ese sentido de pertenencia es el que permite construir la identidad del “nosotros” sin el cual ninguna sociedad puede sostenerse. Cuando el “nosotros” desaparece, el otro deja de ser un ciudadano y se convierte en un adversario o en un extraño. Y cuando eso ocurre, la confianza se debilita y la convivencia se vuelve frágil.

La democracia no puede sobrevivir únicamente gracias a las instituciones. También necesita de manera fundamental una base cultural hecha desde el reconocimiento mutuo, el respeto y la cooperación. Sin un “nosotros”, no hay reglas que puedan sostenerse en el tiempo. Esta es una verdad profunda que hoy ignora la sociedad colombiana.

Unidos en el desacuerdo

Uno de los aportes más valiosos con los que me identifico de la iniciativa Unidos en el desacuerdo, es precisamente la idea de que la unidad no significa uniformidad. En una sociedad diversa es inevitable que existan desacuerdos. Pretender eliminarlos sería no solo imposible sino indeseable. El verdadero desafío no es eliminar las diferencias sino aprender a convivir con ellas. 

El mensaje es clave: lo fácil es encontrar aquello que nos divide y lo difícil es descubrir aquello que nos une.Pero solo a partir de esos puntos de encuentro puede construirse un proyecto común. Podemos pensar distinto sobre muchas cosas y, sin embargo, coincidir en que este país vale la pena cuidarlo y en que todos tenemos una responsabilidad en lograrlo.

La lección del colibrí

Entre las imágenes más poderosas que aparecen en las reflexiones del artículo de Ramírez, hay una pequeña fábula que resume de manera extraordinaria el espíritu de esta conversación emergente.

En medio de un incendio forestal, todos los animales huyen. Solo un colibrí va y viene llevando en su pico pequeñas gotas de agua para intentar apagar el fuego. Un jaguar lo observa y le pregunta qué está haciendo. El colibrí responde: “Estoy seguro de que no lograré apagar el incendio, pero estoy haciendo mi parte.”

Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes para Colombia. La transformación de un país no depende de gestos heroicos individuales, sino de millones de pequeñas acciones cotidianas realizadas por ciudadanos que deciden asumir su responsabilidad. Sumadas todas son capaces de hacer la diferencia y su impacto transformador sobre nuestra autoimagen individual y colectiva. Un extraordinario ejemplo que si se puede , nos lo ofrecen los ciudadanos de Medellín con el cuidado colectivo de su Metro y el orgullo  que tienen por él y su ciudad.

Amar y entender Colombia

Amar a Colombia es relativamente fácil. La belleza del país, la calidez de su gente y su enorme potencial despiertan afecto casi de manera natural en muchos extranjeros que nos visitan. . Pero entender a Colombia es un trabajo más exigente. Implica conocer sus complejidades, reconocer sus contradicciones y asumir sus desafíos con realismo. Solo cuando entendemos un país podemos cuidarlo de verdad.

Tal vez la conversación que está comenzando a emerger en distintos espacios ciudadanos tenga precisamente ese propósito: aprender a entender mejor a Colombia para poder amarla con mayor profundidad y cuidarla con mayor responsabilidad.

Porque, en el fondo, cuidar la casa común no es tarea de unos pocos. Es una tarea de todos. Y quizás lo más esperanzador de este momento es que cada vez más colombianos parecen estar llegando, por caminos distintos, a esa misma convicción.


viernes, 20 de febrero de 2026

Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica

  Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica  

En tiempos de polarización, desconfianza y fatiga democrática, hay palabras que parecen gastadas por el uso o sospechosas por el abuso. Creer es una de ellas. Sin embargo, leída con cuidado, puede recuperar un sentido profundo y exigente. No como consigna emocional ni como optimismo ingenuo, sino como una decisión consciente de responsabilidad.

Esa es la apuesta de Yo creo, libro escrito recientemente por la emprendedora chilena Alejandra Mustakis a quien tuve el placer de conocer recientemente  en Bogotá. En este blog quiero hacerle un reconocimiento porque su visión le aporta una mirada muy potente el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Pasó a explicar el porqué de mi afirmación. 

Ambos parten de una convicción incómoda pero necesaria: nuestros principales problemas no son solo técnicos ni institucionales; son culturales. Sobre este tema he escrito ampliamente en blogs anteriores. Y, por lo mismo, exigen algo más que reformas, planes o liderazgos providenciales.

Me propuse hacer  una lectura cruzada entre el libro y los principios del movimiento que he ayudando a impulsar desde hace casi un años , organizada en ocho ideas que, en conjunto, apuntan a una misma pregunta de fondo: ¿estamos dispuestos a asumir una verdadera adultez cívica y conscientes de los costos de no hacerlo?

Cuando el diagnóstico es cultural, las soluciones también deben serlo

Una de las confusiones más persistentes de nuestro tiempo es creer que la crisis de nuestras sociedades se resuelve únicamente con mejores políticas públicas o con mayor eficiencia técnica. Sin desconocer su importancia. La autora del libro, afirma que muchas de las fallas actuales nacen antes: en la erosión de la confianza, en la incoherencia entre discurso y práctica, y en una cultura que normalizó el cinismo. 

El movimiento Colombia es buena parte del mismo diagnóstico. No estamos únicamente ante un problema de gobierno o de oposición, sino ante una fatiga cívica profunda, donde amplios sectores sienten que involucrarse no vale la pena. Sin una reconstrucción cultural, cualquier avance institucional será frágil y reversible.

Creer y cuidar: dos lenguajes para una misma responsabilidad

En el libro, creer no significa esperar que otros actúen. Significa hacerse cargo, incluso cuando el contexto no acompaña. En el movimiento Colombia es buena, cuidar no alude a paternalismo ni a nostalgia, sino a corresponsabilidad frente a lo que compartimos.

Creer y cuidar nombran, desde registros distintos, una misma actitud: renunciar a la queja permanente, abandonar la delegación pasiva y asumir que el destino colectivo no se construye sin compromiso personal. Ambas nociones chocan con una cultura política infantilizada, donde se exigen derechos sin asumir deberes y se deposita el futuro en figuras que prometen soluciones fáciles.

La empresa, la organización y el país como espacios morales

Uno de los aportes más relevantes de Yo creo es afirmar que las empresas no son neutras. No solo producen bienes o servicios; producen relaciones, hábitos y cultura. Cada decisión organiza un cierto modo de convivir.

El movimiento amplía esta mirada al conjunto de la sociedad. Empresas, universidades, conjuntos residenciales, fundaciones, medios y Fuerzas Armadas no son solo engranajes funcionales: son escenarios morales, donde se aprende —o se degrada— la confianza, la cooperación y el respeto por lo común. Cuidar a Colombia no es una consigna ideológica. Es reconocer que toda organización educa e impacta la cultura aun cuando no lo pretenda. Es el nuevo concepto de Responsabilidad Cultual Corporativa (RCC) a la que me referí en un blog anterior.

La confianza como infraestructura invisible

La autora Mustakis lo expresa con claridad: cuando la confianza se pierde, todo se vuelve más costoso. Innovar, colaborar y convivir requieren más controles, más defensas y más energía. La desconfianza actúa como un impuesto silencioso que paraliza.

Colombia es buena traduce esta intuición en una apuesta concreta: crear arquitecturas de construcción de confianza, a través de comunidades de liderazgo y nodos locales donde la cooperación no sea excepcional, sino habitual. La confianza no se decreta ni se improvisa; se construye con coherencia sostenida y encuentros reales.

Colaborar no es romanticismo, es inteligencia adaptativa

El libro cuestiona la lógica de la competencia permanente como principio organizador de la vida económica y social. En contextos complejos, colaborar no es debilidad: es capacidad adaptativa.

El movimiento adopta esta lógica al promover alianzas entre sectores históricamente desconectados. La colaboración deja de ser un gesto moral para convertirse en una estrategia de país, especialmente en una sociedad fragmentada como la nuestra.

Liderazgo sin mesianismo

Aquí la convergencia es evidente. Yo creo desmonta la figura del líder infalible; el movimiento cuestiona el mesianismo político que promete salvar al país mientras debilita a la ciudadanía.

Ambos plantean un liderazgo distinto: menos centrado en el carisma individual, más orientado a cuidar procesos, habilitar conversaciones y distribuir responsabilidad. De cara a 2026, esta reflexión resulta particularmente pertinente.

El metro cuadrado que habitamos

Una de las ideas más potentes del libro es que el cambio comienza en lo cercano. No en abstracto, sino en el metro cuadrado que habitamos: la empresa, la universidad, el barrio, el conjunto residencial.

El movimiento hace operativa esta intuición al insistir en que el desarrollo de un país se hace desde abajo hacia arriba, desde lo local donde la gente cuida lo que le importa. En ese entorno la cultura del cuidado se aprende en lo cotidiano. No hay transformación nacional sin prácticas locales que la sostengan.

Una esperanza que exige, no que adormece

Tanto el libro como el movimiento comparten una esperanza poco frecuente hoy: una esperanza responsable, que no niega los conflictos ni promete atajos. Creer y cuidar implican costos, tiempo y perseverancia.

Pero también son la única vía para reconstruir confianza, sentido y cohesión social en sociedades cansadas de promesas incumplidas.

Yo creo no es un libro empresarial en sentido estricto, ni Colombia es buena y vale la pena cuidarla un movimiento político tradicional. Ambos son, en el fondo, apuestas culturales por la adultez cívica. En tiempos de desencanto, creer y cuidar dejan de ser palabras blandas y se convierten en actos profundamente exigentes y necesarios.

Tal vez esa sea hoy la conversación más urgente en un país que hoy está buscando encontrar un propósito colectivo y un norte que oriente su futuro.

PD: Recomiendo la lectura de este excelente e inspirador libro sobre la cultura y el emprendimiento . Vale mucho la pena y se consigue en Amazon 




viernes, 13 de febrero de 2026

La cultura en Colombia: una historia de rupturas, supervivencia y recomposición

  

Un espejo para Colombia a partir de las reflexiones de David Brooks

Colombia suele explicarse a sí misma a partir de sus crisis políticas, sus déficits institucionales o sus frustraciones económicas. Sin embargo, como sugiere con fuerza David Brooks en su artículo en el NY Times al que me referí en el blog anterior, los problemas visibles de una nación casi siempre son síntomas de procesos culturales más profundos. La política administra lo que la cultura ha permitido; no crea, por sí sola, el suelo moral sobre el que una sociedad se sostiene.

Mirar la historia colombiana desde esta perspectiva —cultural antes que institucional— permite entender por qué muchas reformas bien intencionadas no han producido los resultados esperados y por qué, una y otra vez, el país parece avanzar y retroceder sobre los mismos dilemas.

 Una herencia cultural ambigua

Colombia heredó de la Colonia una cultura profundamente barroca: una convivencia constante entre la norma y su transgresión, entre el discurso moral elevado y la práctica cotidiana acomodaticia. La ley existía, pero su cumplimiento era negociable; la autoridad se respetaba, pero también se burlaba; la moral se proclamaba, pero se privatizaba.

Este legado cultural no produjo una ética del cuidado de lo común, sino una ética de la supervivencia. Aprendimos pronto que cumplir no siempre era rentable, que confiar podía ser peligroso y que “ser vivo” era, en muchos contextos, más eficaz que ser recto. No es casual que estas actitudes se hayan filtrado durante siglos en la política, la economía y la vida social.

Violencia y cultura de supervivencia

El siglo XX colombiano consolidó esa lógica. La violencia partidista, el conflicto armado, el narcotráfico y la informalidad económica reforzaron una cultura defensiva: proteger a los míos, desconfiar de los otros, sobrevivir como sea. En ese contexto, la política se volvió botín, el Estado un obstáculo o una presa, y la ley una referencia flexible.

Como advierte Brooks para Estados Unidos, cuando una sociedad pierde un orden moral compartido, la vida pública se vuelve un campo de disputa permanente donde ya no se busca lo justo, sino lo conveniente. En Colombia, esa pérdida no ocurrió de golpe: fue una erosión lenta, normalizada, transmitida de generación en generación.

La Constitución del 91: un intento cultural

La Constitución de 1991 fue mucho más que una reforma jurídica. Fue, en esencia, un intento de recomposición cultural. Introdujo un nuevo lenguaje: dignidad humana, derechos fundamentales, pluralismo, participación ciudadana. Buscó cambiar no solo las reglas, sino la manera como los colombianos nos concebíamos como sociedad.

Sin embargo, como suele ocurrir cuando el cambio cultural no se lidera de manera sostenida, la nueva narrativa constitucional convivió con viejas prácticas culturales. El texto avanzó más rápido que las creencias, y las instituciones más rápido que los hábitos. El resultado fue una brecha persistente entre lo que decimos que somos y cómo actuamos realmente.

Cultura ciudadana: una prueba de que el cambio es posible

Hubo, sin embargo, experiencias reveladoras. Los programas de cultura ciudadana de Antanas Mockus y Paul Bromer,  demostraron que los comportamientos pueden cambiar cuando se trabaja el sentido, no solo la sanción. Apelar a la vergüenza social, al reconocimiento del otro, al humor y a la pedagogía ciudadana produjo transformaciones reales en convivencia, movilidad y respeto por lo público.

Estas experiencias confirmaron una intuición clave, plenamente alineada con Brooks: la cultura precede a la norma. Cuando cambian los valores y las expectativas compartidas, las reglas dejan de ser imposiciones externas y se convierten en acuerdos sociales.

El deterioro reciente del clima cultural

En los últimos años, Colombia —como muchas democracias— ha experimentado un deterioro acelerado de su clima cultural. La polarización, las redes sociales, el discurso de odio y la desconfianza sistemática han erosionado aún más el frágil suelo moral compartido.

Hemos avanzado técnicamente en muchos frentes, pero hemos retrocedido culturalmente. La indignación reemplazó a la deliberación; la identidad al argumento; el insulto a la persuasión. En palabras de Brooks, cuando la cultura se vuelve nihilista, la política se llena de figuras que normalizan la deshumanización.

La lección de Brooks aplicada a Colombia

La advertencia de Brooks es clara: ninguna sociedad puede sostenerse solo sobre intereses individuales y emociones negativas. Sin un relato compartido, sin referentes morales comunes, sin una cultura que dignifique al otro, la democracia se vacía por dentro.

Aplicada a Colombia, esta lección es contundente:

  • No basta con cambiar gobiernos.
  • No basta con reformar leyes.
  • No basta con crecer económicamente.

Si no reconstruimos una cultura de confianza, cuidado y corresponsabilidad, cualquier avance será frágil y reversible.

Colombia es buena: una apuesta cultural consciente

En este contexto surge el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No como consigna ingenua, sino como estrategia cultural deliberada. Su propósito no es negar los problemas, sino disputar el relato que reduce al país a su peor versión. Su propósito es visibilizar, conectar y apoyar la mejor versión de la sociedad colombiana

Decir que Colombia es buena es afirmar que existe un capital moral, humano y social que puede y debe ser cuidado. Decir que vale la pena cuidarla es convocar a una ética activa: cuidar lo público, cuidar la palabra, cuidar las instituciones, cuidar al otro. Esto es, en el sentido más profundo, una política cultural.

Las naciones se transforman desde adentro

La historia colombiana muestra que los momentos de mayor esperanza no coincidieron solo con reformas institucionales, sino con cambios en el clima cultural: nuevas narrativas, nuevos símbolos, nuevas formas de relacionarnos. El caso de la Bogotá en la Alcaldía de Mockus y Bromerg, fue un hito que mereció reconocimiento internacional.

Como recuerda Brooks, los países no se salvan por decreto. Se salvan cuando logran reencantar su proyecto colectivo, cuando reconstruyen un suelo moral compartido que haga posible la confianza, la cooperación y el reconocimiento del otro desde la gran diversidad de nuestra sociedad. Colombia está, una vez más, ante esa oportunidad.

Los invito a leer la columna de Patricia Rincon de la semana pasada en el Tiempo. Es una invitación que nos llega desde un remoto país en el Sur Oeste de África que refuerza lo que he escrito en este blog y en el anterior. El rol de la cultura en nuestro medio es invisible y sin embargo las consecuencias están a la vista de todos así no las veamos . https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600


sábado, 7 de febrero de 2026

La cultura como destino: un mensaje para las naciones que quieren sobrevivir

Durante años hemos discutido el futuro de los países casi exclusivamente en términos de política pública, crecimiento económico o liderazgo electoral. Sin embargo, en su reciente columna de despedida como columnista del New York Times, David Brooks plantea una idea mucho más profunda y exigente: las naciones no se salvan primero por la política, sino por la cultura. Y cuando una sociedad pierde su núcleo cultural —su sentido de lo sagrado, de lo bueno, de lo compartido—, la política se vuelve un síntoma, no una causa.

Brooks sostiene que el gran cambio de nuestro tiempo no es tecnológico ni geopolítico, sino espiritual y cultural: una pérdida generalizada de fe. Fe en el futuro, fe en los demás, fe en los ideales comunes. Esa pérdida, advierte, conduce al nihilismo: a la idea de que nada importa, de que el poder es lo único real y de que la brutalidad es legítima si garantiza supervivencia.

En ese contexto, su tesis central es contundente: “El cambio cultural precede al cambio político y social. Se necesita un clima espiritual distinto antes de cambiar de rumbo “. Esta afirmación debería ser leída con atención en Colombia.

Cultura no es entretenimiento: es ecología moral

Brooks define la cultura en sentido amplio: no como ópera o museos, sino como forma de vida compartida. Cultura es: hábitos, rituales, canciones, historias, conversaciones, creencias, supuestos, valores, emociones, aspiraciones.

En otras palabras, la cultura es la ecología moral en la que crecen los ciudadanos. Y como toda ecología, puede nutrir o degradar. Aquí aparece una idea poderosa: Cada persona contribuye a crear la cultura que luego la moldea. No hay espectadores neutrales. Todos somos coautores del clima moral que respiramos. Por eso, cuando una sociedad normaliza el desprecio, la desconfianza o el cinismo, no solo se deteriora su política: se deteriora su humanidad.

La historia como sucesión de cambios culturales

Brooks recuerda que los grandes cambios históricos no empiezan con leyes, sino con transformaciones culturales previas:

  • En los años 1890, el Evangelio Social reemplazó al darwinismo social.
    Resultado político: el progresismo.
  • Entre 1955 y 1975, la cultura estadounidense se volvió menos racista y más creativa.
    Resultado político: derechos civiles, nueva izquierda, nueva derecha.
  • Incluso Trump, afirma Brooks, entiende el poder cultural:
    símbolos, narrativa, masculinidad, épica nacional.

Pero su cultura —basada en dominación— es deshumanizante. De ahí su afirmación central: El humanismo es el antídoto contra el nihilismo. Humanismo entendido no como ideología, sino como defensa activa de la dignidad humana:  Lincoln, Martin Luther King, la música que conmueve, el gesto que reconoce al otro.


Sin orden moral compartido no hay nación

Uno de los puntos más fuertes del texto es su diagnóstico sobre la privatización de la moral: “Le advertimos el peligro a las generaciones que inventaran sus propios valores. Esto produce:  ciudadanos moralmente inarticulados, una plaza pública sin acuerdo sobre lo bueno , conflictos imposibles de resolver,, pérdida de cohesión y confianza”.

Brooks recuerda que toda sociedad sana necesita: héroes compartidos, textos simbólicos, ideales comunes. Cuando eso desaparece, surgen: ansiedad, atomización y barbarie lenta. Este punto conecta directamente con Colombia: no basta con exigir mejores leyes si no reconstruimos un suelo moral común.

La cultura como política profunda

La gran lección de Brooks es esta: La política administra. La cultura orienta. Por eso, los proyectos de nación no pueden limitarse a reformas técnicas. Necesitan:

  • relatos, símbolos, ejemplos, prácticas cotidianas, comunidades de sentido.

En sus palabras: “La vida floreciente es un ser humano que se esfuerza al servicio de un ideal.” Sin ideales compartidos, no hay florecimiento: hay supervivencia cínica.

Colombia: una apuesta cultural, no solo institucional

Aquí es donde el argumento de Brooks refuerza directamente el corazón del movimiento “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Esta narrativa no niega los problemas. Lo que hace es más radical: propone una cultura del cuidado frente a una cultura del desprecio.

  • Cuidar el país. Cuidar las instituciones. Cuidar a los otros. Cuidar lo público. Cuidar la verdad. Cuidar la convivencia.

Eso es política cultural en el sentido más profundo. No es propaganda. Es reconstrucción del suelo moral.

Conclusión: las naciones se salvan por dentro

La despedida de Brooks no es un adiós periodístico: es un diagnóstico profundo. Las sociedades no colapsan primero por malas políticas, sino por malas culturas.Y se recuperan no por decretos, sino por renacimientos culturales.

Si Colombia quiere desarrollarse de verdad, necesita algo más que crecimiento:necesita una cultura que haga posible la confianza, la cooperación y el futuro. Por eso, afirmar que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es ingenuidad:es una estrategia cultural. Y hoy, como diría Brooks, la batalla decisiva no es electoral: es moral, simbólica y cultural.

Los invito a leer el artículo hoy de Patricia Rincon sobre el papel de la cultura para el desarrollo de Zambia. Una extraordinaria invitación que nos viene de un lejano país en el sur oeste del África como anillo al dedo para Colombia


https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600