Entrada destacada

A veces SI a veces NO...

Finalmente se firmó el acuerdo con las FARC. Por esta razón, en  las próximos semanas, me propongo oír la letra de la canción de Julio Igles...

viernes, 1 de mayo de 2026

La mayoría silenciosa

 La voz de la clase media que Colombia  necesita despertar en 2026 

Como una continuidad a los temas tratados en el libro de Hernando Gómez Buendía “Colombia después de Petro”, por los comentarios que recibí, me di cuenta que hay un vacío en el proceso electoral actual que es urgente visibilizarlo: el país no solo está polarizado… está incompleto.

Mientras el debate público se radicaliza y el país parece atrapado en una confrontación permanente entre los extremos de izquierda y derecha, hay una realidad que pocos están dispuestos a reconocer: el verdadero centro de gravedad de Colombia no está en los discursos más estridentes, sino en una mayoría silenciosa que no se identifica con ninguno de los extremos.

 Me refiero al “centro” —más que una posición ideológica— es un espacio vital donde habitan millones de colombianos, en su mayoría pertenecientes a la clase media, que han optado por apartarse del ruido, no por indiferencia sino por desconfianza. Sin embargo, su silencio está teniendo un costo: al no participar, están dejando que otros definan el rumbo del país. Y así, paradójicamente, mientras los extremos dominan la conversación, el verdadero país —el que trabaja, construye y sostiene— permanece invisible y mudo.

No es la ausencia de una voz marginal. No es una minoría irrelevante. Es, en realidad, la voz de millones de colombianos que sostienen el país todos los días… pero que han optado por el silencio. Me refiero a la clase media.

El país que funciona… pero no se expresa

La clase media colombiana madruga, trabaja, paga impuestos, educa a sus hijos, cumple —en la medida de lo posible— las reglas del juego, y mantiene en funcionamiento gran parte de la vida económica y social del país. Es el tejido que conecta la institucionalidad con la vida cotidiana. Es el espacio donde se construyen aspiraciones, movilidad social y sentido de progreso.

Y, sin embargo, hoy está muy ausente. Observa, analiza, comenta en privado… pero no actúa colectivamente. Ese silencio, en un momento como el actual, no es neutro. Es un vacío. Y todo vacío en política termina siendo ocupado.

La lección que sí entendió Petro

Uno de los aprendizajes más importantes del momento actual —y que Hernando Gómez Buendía ayuda a entender con claridad con su nuevo libro Colombia después de Petro, — es que la llegada de Petro al poder no fue una casualidad ni una anomalía. Fue la expresión de un cambio más profundo. Petro entendió algo que otros sectores ignoraron: el poder de la narrativa como herramienta de movilización.

Logró darle voz a quienes se sentían invisibles. Transformó frustraciones dispersas en identidad política. Convirtió el malestar en causa.

Pero esa construcción tuvo un rasgo determinante: fue una narrativa que no integró, sino que dividió. En lugar de articular al país, lo fragmentó. En lugar de sumar voces, las jerarquizó. Y en ese proceso, sectores como la clase media quedaron desdibujados, cuando no directamente cuestionados.

El riesgo de una narrativa excluyente

Aquí aparece una diferencia clave que Colombia debe entender hacia adelante. Dar voz a los excluidos es necesario. Pero hacerlo a costa de invisibilizar a otros es profundamente equivocado.

Las sociedades que avanzan no reemplazan unas voces por otras. Las articulan. Sin embargo, buena parte del discurso reciente ha operado bajo una lógica de confrontación permanente: unos contra otros, víctimas contra responsables, pueblo contra “élites”, como si el país pudiera dividirse en categorías simples. Esa simplificación no solo es falsa. Es peligrosa porque rompe los puentes que permiten construir futuro.

La clase media: entre el miedo y la falta de relato

¿Por qué la clase media no ha reaccionado? . No es por falta de conciencia. No es por indiferencia real. Es, en buena medida, por tres factores: Primero, el miedo. El costo de opinar en un entorno polarizado es alto. Segundo, el cansancio. Años de frustración han erosionado la confianza en la posibilidad de cambio. Y tercero —quizás el más importante—: la ausencia de una narrativa que la convoque.

A la clase media no se le ha hablado como actor central del país. No se le ha ofrecido un relato en el cual reconocerse. Y sin relato, no hay movilización como ya lo hemos visto en blogs sobre el poder de las narrativas.

La oportunidad: una narrativa que integre, no que divida

Aquí es donde se abre una posibilidad extraordinaria de cara a 2026. Si algo ha demostrado este momento histórico es que las narrativas importan. Que las historias que una sociedad decide creer pueden cambiar su rumbo. Colombia no necesita una nueva narrativa que sustituya una polarización por otra. 

Necesita una narrativa que integre. Una narrativa que reconozca el dolor de los excluidos, pero también el esfuerzo de quienes han sostenido el país. Que entienda la desigualdad sin desconocer la construcción. Que convoque desde la responsabilidad, no desde el resentimiento. Y aquí es donde su propuesta cobra una relevancia estratégica profunda.

“Colombia es buena”: una narrativa que sí incluye

El movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla introduce un elemento que ha estado ausente en el debate público: una narrativa que no excluye, sino que suma. No parte del diagnóstico de la destrucción, sino del reconocimiento de lo que funciona. No convoca desde la rabia, sino desde el cuidado. Y, sobre todo, no plantea una lucha entre sectores, sino una corresponsabilidad compartida.

En ese marco, la clase media encuentra algo que hoy no tiene en el escenario político: un lugar. Un rol. Un propósito.

Dar voz a la clase media no es excluir: es equilibrar

Darles voz a millones de colombianos de clase media no implica invisibilizar a otros. Implica recuperar el equilibrio. Porque una democracia sana no se construye sobre la supremacía de un grupo, sino sobre la participación de todos. 

La clase media no es un actor secundario. Es un puente social. Conecta aspiraciones con realidades. Articula lo público con lo privado. Sostiene buena parte de la confianza institucional. Pero hoy, ese puente está debilitado. Y fortalecerlo es una tarea urgente.

Del silencio a la acción: el verdadero llamado

El desafío no es simplemente “darle voz” a la clase media. Es invitarla a asumir su papel. A pasar de la conversación privada a la acción pública. De la crítica a la construcción. De la distancia a la corresponsabilidad. Y esto no se logra con discursos políticos tradicionales. Se logra con una narrativa que convoque, que inspire y que conecte con algo más profundo: el sentido de pertenencia.

Porque al final, las sociedades cambian cuando sus ciudadanos deciden involucrarse.

2026: una decisión que no admite espectadores

La elección de 2026 no será una elección más. Será una definición de rumbo. Y en ese momento, la diferencia no la marcarán únicamente los liderazgos visibles. La marcarán los millones de ciudadanos que hoy están en silencio. Si ese silencio se mantiene, otros decidirán por ellos. Si ese silencio se transforma en acción, el país puede cambiar de dirección.

Una voz que completa la historia

Insisto, Colombia no necesita reemplazar unas voces por otras. Necesita escucharse completa. Hoy, esa historia está incompleta. Le falta una voz. La de la clase media que sostiene el país… pero que aún no ha decidido hablar. Si esa voz emerge, si encuentra un relato que la convoque, si se conecta con otros sectores desde una lógica de colaboración, Colombia puede abrir un nuevo capítulo. Un capítulo donde el liderazgo no divida, sino que articule. Donde la política no enfrente, sino que convoque.

Y donde, finalmente, entendamos que cuidar a Colombia no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos los ciudadanos. 


sábado, 25 de abril de 2026

Cómo enfrentar a Trump y Petro sin caer en sus trampas

Una guía para sociedades que no quieren ser manipuladas

Durante las últimas semanas he explorado, a partir del libro de Hernando Gómez Buendía, cómo es posible que líderes que desafían las normas y vulneran los principios básicos de la democracia logren llegar al poder. Este blog, con el que cierro la serie, plantea la pregunta que realmente importa: ¿cómo enfrentarlos sin terminar jugando bajo sus reglas?

Entender a dirigentes políticos  como Donald Trump o Gustavo Petro es apenas el primer paso. El verdadero desafío comienza después: cómo enfrentarlos sin reforzar las dinámicas que los hacen fuertes.

Porque aquí hay una paradoja fundamental que muchas sociedades no han logrado comprender: la reacción equivocada frente a este tipo de liderazgo termina fortaleciéndolo. No se trata solo de oponerse. Se trata de hacerlo de manera inteligente.

El error más común: jugar el juego del líder que se quiere enfrentar

Liderazgos como los que hemos analizado operan bajo reglas distintas. No buscan consenso, buscan control de la narrativa. No buscan precisión, buscan impacto. No buscan estabilidad, buscan dominancia emocional.

Cuando sus opositores responden: con indignación permanente, con sobre-reacción mediática, o con ataques personales constantes, lo que hacen —sin darse cuenta— es entrar en su terreno. Y en ese terreno, ellos siempre llevan ventaja.

Algunas trampas en las que no hay que cae

1. La trampa de la reacción permanente

Responder a cada provocación es perder el foco estratégico. Estos líderes generan múltiples frentes de conflicto para dispersar la atención. La clave: elegir las batallas, no reaccionar a todas.

2. La trampa de la superioridad moral

Descalificar al líder y a sus seguidores como “ignorantes” o “manipulados” no debilita su base. La radicaliza. La clave: entender las emociones detrás del apoyo, no negarlas.

3. La trampa de la hiperracionalidad

Creer que los datos, los argumentos técnicos o la evidencia desmontan narrativas emocionales es un error. Las personas no toman decisiones políticas solo con la razón. La clave: combinar razón con un relato relato que emocione, conecte y abra posibilidades.

4. La trampa de la fragmentación

Dividirse entre opositores, competir por protagonismo o no construir agendas comunes, es exactamente lo que estos liderazgos buscan. La clave: construir mínimos compartidos.

5. La trampa del corto plazo

Intentar derrotar a estos liderazgos solo en elecciones, sin construir bases culturales y sociales, es insuficiente. La clave: pensar en procesos, no solo en coyunturas.

Entonces, ¿qué sí funciona?

Frente a este tipo de liderazgo, la respuesta no puede ser simplemente política. Tiene que ser cultural, narrativa y colectiva. Sobre el tema de narrativas y liderazgo colectivo he venido escribiendo en los últimos meses. De esas reflexiones quisiera destacar los siguientes puntos:

1. Construir una narrativa más poderosa (no solo una crítica mejor)

Estos líderes ganan porque cuentan historias que conectan con emociones profundas: miedo, frustración, resentimiento, identidad. No basta con desmontar sus relatos. Hay que ofrecer uno mejor. Aquí es donde nuestra propuesta, adquiere una relevancia estratégica extraordinaria: “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” no es un eslogan. Es una contra-narrativa. Una narrativa que: no niega los problemas, pero tampoco reduce al país a ellos, y moviliza desde el cuidado, no desde la rabia.

2. Recuperar el valor de lo colectivo

Uno de los patrones más claros en estos liderazgos es su capacidad de dividir. Por eso, la respuesta no puede ser individual. Debe ser colectiva. Esto implica: construir redes de liderazgo, conectar sectores que tradicionalmente no dialogan, y generar espacios de colaboración real. No como discurso, sino como práctica.

3. Desarrollar liderazgo adaptativo

Aquí es imposible no traer a Ronald Heifetz. El gran error de muchas élites ha sido tratar este fenómeno como un problema técnico: mejorar la comunicación, ajustar políticas, cambiar voceros. Pero lo que estamos enfrentando es un reto adaptativo. Esto significa que: no hay soluciones rápidas, implica cambios culturales profundos, y requiere movilizar a la sociedad, no solo dirigirla.

4. Reconectar con la ciudadanía real (no con la idealizada)

Muchos análisis parten de cómo “deberían pensar” los ciudadanos, no de cómo realmente piensan y sienten. Estos liderazgos conectan porque escuchan el malestar, lo validan, y lo convierten en relato. La respuesta no es corregir a la gente. Es reconectar con ella.

5. Fortalecer instituciones desde la cultura, no solo desde la norma

Las instituciones no se sostienen solo con reglas. Se sostienen con legitimidad. Y la legitimidad es cultural. Si la ciudadanía no cree en las instituciones, estas se debilitan, independientemente de su diseño formal.

Una idea clave: no se trata de derrotar al líder, sino de cambiar el contexto

En este punto hay un giro conceptual importante. El objetivo no puede ser únicamente “derrotar” a líderes como Trump o Petro. Porque si las condiciones que los hicieron posibles siguen intactas, aparecerán otros. El verdadero objetivo es transformar el contexto que los produce: la desconfianza, la fragmentación, la pérdida de sentido colectivo, la debilidad institucional.

El rol de la clase media (y su silencio)

Esto conecta directamente con una reflexión más reciente que voy a compartir en el próximo blog. Hay un actor clave que no está jugando el papel que podría: la clase media. Una gran masa de ciudadanos: que no está en los extremos, que no se siente representada, pero que tampoco está participando activamente.

Activarla no significa radicalizarla. Significa darle voz sin quitarle la voz a nadie más. Ahí siento que hay una oportunidad enorme para explorar y aprovechar.

Reflexión final: el tipo de liderazgo que necesitamos

Frente a liderazgos que concentran, dividen y manipulan, la respuesta no puede ser un espejo. Tiene que ser un contraste. Un liderazgo que: conecte sin polarizar, movilice sin manipular, convoque sin excluir, y construya sin destruir. Ese tipo de liderazgo no surge espontáneamente. Se construye. Y se construye desde iniciativas como la que se viene impulsando desde “Colombia es buena” : redes de comunidades de liderazgo, narrativa compartida, propósito colectivo.

Una invitación

Si algo deja claro el análisis de los dirigentes políticos como Trump y Petro  es esto: El futuro no se define solo en las elecciones. Se define en las conversaciones, en las comunidades, en las narrativas que una sociedad decide creer. La pregunta no es solo cómo enfrentar a estos líderes. 

Entender a estos personajes de la es apenas el comienzo. El verdadero desafío es cómo enfrentarlos sin replicar las mismas lógicas que los hicieron posibles. La tentación de responder con polarización, simplificación o emocionalidad desbordada solo termina reforzando aquello que se busca contener.

Colombia —y América Latina— necesita algo distinto: una ciudadanía que no reaccione, sino que comprenda; que no se deje arrastrar, sino que eleve la conversación; que no delegue, sino que asuma su corresponsabilidad en el destino colectivo.

Porque al final, la respuesta más profunda no está en un líder que enfrente a otro, sino en la capacidad de una sociedad de reconstruir sus propios límites, su sentido de lo público y su cultura democrática.

Esa es, en el fondo, la apuesta de fondo: creer —y demostrar— que Colombia es buena y que vale la pena cuidarla. Y por lo tanto la pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser frente a ellos? Porque al final, los liderazgos no solo revelan quién los ejerce. Revelan quiénes somos como sociedad.

Blogs anteriores :

https://ciudadanoglobalfm.blogspot.com/2026/04/despues-de-petro.html?m=0

https://ciudadanoglobalfm.blogspot.com/2026/04/entre-la-interpretacion-y-la-realidad.html?m=0



sábado, 18 de abril de 2026

Trump por dentro: entender al personaje para no subestimarlo

 

Diez patrones que explican su comportamiento… y lo que América Latina debería aprender

Después de mis blogs anteriores sobre el libro de Hernando Gómez Buendía —quien analiza con notable claridad las razones que explican la llegada de Gustavo Petro al poder—, decidí profundizar en el caso de Donald Trump. En este blog sintetizo diez claves que permiten entender su comportamiento y, a partir de ellas, exploro las similitudes y diferencias que pueden trazarse entre estos dos controvertidos líderes políticos.

En política, uno de los errores más costosos es confundir lo incomprensible con lo irracional. Cuando eso ocurre, dejamos de analizar y empezamos a reaccionar. Y en ese momento, el líder que parecía caótico empieza a ganar ventaja.

Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido con Donald Trump.

Durante años, una parte importante de la opinión pública —incluyendo analistas, académicos y medios— ha oscilado entre dos interpretaciones simplistas: o Trump es un líder errático sin control, o es una fuerza imparable casi inexplicable. Ambas visiones, aunque opuestas, comparten un mismo problema: subestiman la existencia de una lógica estructurada detrás de su comportamiento.

Lo que muestran blogs anteriores notas —y el análisis de figuras como Jeffrey Sonnenfeld y Anthony Scaramucci— es algo mucho más inquietante: Trump no opera en el caos, sino en lo que podríamos llamar un orden estratégico no convencional. Comprender esto no es un ejercicio académico. Es una necesidad política.

Más que un estilo: un sistema de operación

Trump no es simplemente un dirigente político con un estilo disruptivo. Es un actor que ha desarrollado un conjunto de patrones consistentes que, cuando se observan en conjunto, permiten anticipar su comportamiento. Se podrían sintetizarlos en diez grandes principios:

1. El caos como herramienta, no como error

Lo que parece improvisación suele ser una estrategia deliberada. Trump utiliza el desorden como mecanismo de confusión, desplazando la atención pública y dificultando la construcción de narrativas coherentes por parte de sus opositores. No busca claridad. Busca ventaja.

2. Dominio absoluto de la narrativa

Uno de sus mayores talentos es su capacidad para controlar el ciclo de noticias. Introduce temas inesperados —a veces incluso negativos para él mismo— para desplazar conversaciones que le resultan desfavorables. Cómo Petro, ha perfeccionado el arte de tapar una crisis con otra mayor.

3. La repetición como mecanismo de verdad

Para audiencias amplias, Trump no argumenta: repite. La reiteración constante de una idea —aunque sea falsa— como lo hacía Joseph Gobbels  en la Alemania Nazi, termina instalándola como una posibilidad plausible en la mente de millones. No necesita convencer a todos; le basta con consolidar una base suficiente para dominar la narrativa que quiere imponer

4. La ilusión de equilibrio

Para audiencias más sofisticadas, presenta dos versiones de una historia, pero diseña una de ellas con debilidades evidentes. El resultado: la audiencia cree haber evaluado ambas opciones y llega, por sí sola, a la conclusión que él quería inducir. Es persuasión disfrazada de deliberación.

5. Negociar desde el extremo

Trump inicia sus negociaciones con posiciones radicales, sabiendo que no serán aceptadas. Esto le permite que cualquier concesión posterior parezca razonable. No construye confianza. Construye presión.

6. El orgullo como variable estratégica

Más que el dinero, Trump protege su imagen y su orgullo. Evita cualquier situación que pueda interpretarse como humillación. Esto lo hace altamente predecible en escenarios de confrontación: responderá siempre que perciba una amenaza a su estatus.

7. Desconfianza estructural en los expertos

Trump no cree en la autoridad técnica. Su lógica es profundamente personalista: confía más en su intuición que en cualquier sistema institucional. Esto no es ignorancia accidental. Es una postura deliberada que refuerza su narrativa anti-establecimiento .

8. Centralización del poder

En su evolución más reciente durante su segundo periodo en la Presidencia, ha buscado reducir los contrapesos internos del Estado. Su modelo de liderazgo se asemeja más a un sistema gravitacional: todo gira alrededor de él. Esto aumenta la velocidad de decisión… pero también el riesgo de equivocaciones mayúsculas, como hoy se está evidenciando con la guerra con Iran, donde subestimó la capacidad de ese país de responder, e ignoró las lecciones del conflicto de Ucrania, país al que le dio la espalda..

9. Dividir para dominar

Trump no solo enfrenta a sus adversarios. Divide a sus aliados como es el caso con la OTAN . Genera tensiones entre actores que podrían unirse en su contra. Prefiere un ecosistema fragmentado donde él pueda operar como el punto de equilibrio.

10. Medir el éxito en términos financieros

A diferencia de otros líderes políticos, Trump evalúa su desempeño en función de métricas económicas y de mercado. Esto le permite conectar con ciertos sectores empresariales, pero también reduce la complejidad del ejercicio político a indicadores simplificados.

¿Caos o inteligencia estratégica? La falsa dicotomía

Uno de los mayores errores en el análisis de Trump ha sido intentar ubicarlo en categorías tradicionales: racional o irracional, competente o incompetente. La realidad es más incómoda. Trump no es un líder “clásicamente brillante”, pero tampoco es un improvisado. Es, en palabras de algunos analistas, “inteligente en su propio sistema operativo”.

Escucha, aprende, adapta… pero siempre dentro de una lógica orientada a su beneficio personal muy egoísta y político.

Un paralelo necesario: Trump y Petro

Así como Gustavo Petro ha sido analizado por Hernando Gómez Buendía como un fenómeno que responde a una lógica profunda —más allá de juicios ideológicos—, Trump también debe ser leído desde sus patrones estructurales.

Similitudes clave

  1. Ambos son constructores de narrativa. No gobiernan solo con decisiones, sino con relatos que movilizan emociones.
  2. Apelan a fracturas sociales reales. No inventan el malestar; lo canalizan.
  3. Tienen una relación ambigua con la verdad. La precisión factual es secundaria frente a la eficacia política.
  4. Desconfían de las élites tradicionales. Y construyen su legitimidad enfrentándolas.

Diferencias fundamentales

  1. Base ideológica: Petro opera desde una narrativa de transformación estructural del Estado. Trump, en cambio, desde una lógica más pragmática y personalista.
  2. Relación con lo institucional: Petro busca reconfigurar el sistema; Trump tiende a tensionarlo o instrumentalizarlo.
  3. Modelo de poder: Petro construye coaliciones (aunque muy inestables). Trump las fragmenta.
  4. Motivación central: Petro busca dejar un legado ideológico. Trump busca ganar.

La lección de fondo: el peligro de no entenderlos

El punto más importante que quiero resaltar con este análisis no es Trump. Es lo que ocurre cuando una sociedad no entiende a dirigentes políticos como él. Subestimarlos —pensar que son simplemente caóticos, emocionales o incompetentes— es el primer paso para perder frente a ellos. Porque mientras unos reaccionan, ellos operan. Y operan con ventaja.

Una advertencia para Colombia

El mundo está entrando en una etapa donde los liderazgos que combinan emoción, narrativa y estrategia no convencional tienen una enorme capacidad de influencia. En ese contexto, el verdadero riesgo no es que surjan líderes como Trump o Petro. El verdadero riesgo es que las sociedades:

  • No desarrollen capacidad crítica para entenderlos
  • No construyan narrativas alternativas más poderosas
  • No fortalezcan liderazgos colectivos capaces de equilibrarlos

Porque cuando eso no ocurre, la política deja de ser un espacio de deliberación… y se convierte en un campo de manipulación emocional.

Reflexión final

Al igual que demuestra Gómez Buendía en su análisis de Petro, este blog sobre Trump no busca justificarlo. El estudiar los dos casos muestran  algo más importante: hay que dejar de ser ingenuos frente a cómo opera el poder en el siglo XXI. Al igual que las dinámicas que llevaron a Petro al poder, este tipo de análisis es necesario para comprender por qué Trump no es un accidente… sino un síntoma de una época.

Ambos personajes son un  síntoma de sociedades fragmentadas y desorientadas, de instituciones debilitadas y de ciudadanos que, en medio de la incertidumbre, buscan respuestas simples a problemas complejos.

La pregunta final, entonces, no es solo quién es Trump. La pregunta es si nuestras sociedades están preparadas para entender —y responder— a líderes como él.


sábado, 11 de abril de 2026

El nuevo papel de los drones en la guerra

 Cuando la guerra se vuelve portátil: drones y el nuevo  rostro del conflicto en Colombia (publicado 12/04/26)

Durante décadas, el poder en los conflictos armados estuvo determinado por la capacidad del Estado para concentrar recursos, tecnología y fuerza. La superioridad militar era, en esencia, una función de escala: ejércitos grandes, sistemas costosos, inteligencia sofisticada. Hoy, esa ecuación se está rompiendo.

El desarrollo acelerado de los drones —impulsado por conflictos como Ucrania y las tensiones en el Golfo Pérsico— está transformando el campo de batalla en algo radicalmente distinto: un espacio donde actores pequeños, con recursos limitados, pueden ejercer un poder desproporcionado. El mejor ejemplo Irán con un aparto militar desmantelado pero con la capacidad de producir miles de drones, ha cerrado el Estrecho de Ormuz.  Y esa transformación ya llegó a Colombia como lo muestran las noticias diarias sobre el uso de esta tecnología por parte de los grupos armados como el ELN

La ruptura del paradigma: de la guerra industrial a la guerra distribuida

No se está frente a una simple innovación tecnológica sino  a un cambio de lógica . En Ucrania, la guerra dejó de ser exclusivamente una confrontación entre grandes sistemas militares para convertirse en una red distribuida de vigilancia, ataque y respuesta en tiempo real. Drones comerciales modificados, enjambres de bajo costo y sistemas asistidos por inteligencia artificial han redefinido la manera de combatir.

En el Golfo Pérsico, la asimetría es aún más evidente: mientras unos utilizan tecnología de altísimo costo, otros responden con volumen, simplicidad y eficiencia económica. No es una simple innovación tecnológica , es un cambio más radical: un cambio de lógica. 

Hay una idea que resume esta transformación: Un misil de más de un millón de dólares contra un dron de 30.000 euros. Esa es la nueva ecuación de la guerra. El Shahed 136 hecho en Iran  —barato, autónomo, capaz de volar 2.000 kilómetros con una carga explosiva significativa— demuestra que ya no se necesita tecnología sofisticada para generar daño estratégico. Es una  manera más  eficiente de enfrentar un conflicto asimétrico.

La respuesta a los ataques de Iran desde Ucrania : drones interceptores de apenas 1.000 dólares, diseñados para destruir otros drones. Una guerra de máquinas autónomas cada vez más baratas, más rápidas y más prescindibles.

La conclusión es un  nuevo paradigma:  atacar es más fácil que defender. Y lo más importante: esta ya no es una ventaja exclusiva de los Estados y esto nos afecta directamente en Colombia.

Colombia: la tecnología baja al territorio

Colombia ha enfrentado históricamente un conflicto adaptativo, donde los actores ilegales han sabido evolucionar frente a la presión estatal. Sin embargo, la incorporación de drones introduce una nueva dimensión en el conflicto con las bandas criminales que hoy están copando bastas extensiones del territorio nacional.

Ya no se trata solo de control territorial o la movilidad. Se trata de proyección remota de poder, donde estas estructuras criminales pueden:

  • Vigilar movimientos de la Fuerza Pública en tiempo real
  • Ejecutar ataques sin exposición directa
  • Generar miedo constante en comunidades rurales
  • Coordinar operaciones con precisión creciente

Todo esto, con tecnologías accesibles y relativamente económicas. Se está entrando en una nueva fase del conflicto: una violencia más precisa, más distante y más difícil de anticipar. Y este cambio sucede cuando el gobierno de Petro ha debilitado de manera intencionada la capacidad de nuestras fuerzas armadas.

El debilitamiento relativo del monopolio de la fuerza

El Estado moderno se ha sostenido sobre el monopolio legítimo de la fuerza. Pero ese monopolio también era tecnológico. Durante años, el acceso a capacidades avanzadas —inteligencia, precisión, alcance— era exclusivo de las fuerzas armadas. Los drones están reduciendo , e incluso eliminando esa brecha como lo muestra el conflicto en Ucrania con Iran. Hoy, actores ilegales pueden replicar parcialmente capacidades que antes eran inalcanzables. Esto no elimina la ventaja del Estado, pero sí la erosiona mucho. Y cuando la asimetría disminuye, el conflicto se vuelve más incierto como lo evidencia la situación actual en el Oriente Medio.

El miedo invisible: la dimensión psicológica

El impacto de los drones no es solo táctico. Tiene un componente profundamente psicológico. Un dron puede no estar visible… pero su posibilidad siempre está presente. En Colombia, esto se está  traduciendo en:

  • Fuerza Pública operando bajo vigilancia constante
  • Comunidades rurales en estado de alerta permanente
  • Sensación de omnipresencia paralizante del enemigo

Es una nueva forma de presión: la del riesgo constante sin rostro visible.

El siguiente salto: inteligencia artificial y autonomía

Lo que hoy vemos es apenas el comienzo de una transformación tecnológica con un impacto muy grande. Los drones están incorporando inteligencia artificial que les permite: Identificar objetivos. Navegar sin GPS. Evadir interferencias. Operar en enjambres coordinados

En escenarios recientes que hoy se pueden ver en YouTube, un solo operador puede activar múltiples drones que atacan objetivos distintos simultáneamente. La pregunta ya no es solo tecnológica. Tiene una dimensión  ética y política: ¿Hasta dónde se ha abierto la posibilidad de delegar decisiones críticas en sistemas autónomos en escenarios de guerra?

Un desafío adaptativo, no solo técnico

La respuesta a esta transformación no puede ser únicamente militar. Es parte del gran debate que está generando la revolución de la IA. En el caso del orden público en Colombia, con unas Fuerzas Armadas muy debilitadas, hoy se  enfrenta un desafío más profundo: entender que el conflicto ha cambiado de naturaleza y el Estado no está preparado para enfrentarlo. 

Esta nueva realidad exige: Inteligencia distribuida, no centralizada. Innovación ágil, en alianza con universidades y empresas. Capacidad de anticipación, no solo reacción. Pero, sobre todo, exige algo que suele olvidarse: la legitimidad del Estado que genera el apoyo de la comunidad..

La ventaja que la tecnología no puede reemplazar

En un entorno donde la tecnología reduce las barreras para ejercer violencia, la verdadera ventaja estratégica no es solo tecnológica. Hoy más que nunca es social. Su fundamento es la capacidad de una sociedad para construir una cultura basada en:  Confianza. Cooperación. Sentido de propósito compartido. Sin estos ingredientes,  es mucho más difícil enfrentar los avance tecnológicos en un entorno de orden público tan complejo como el colombiano.

El riesgo silencioso: la banalización de la violencia

Cuando la violencia se vuelve más remota, más fácil y menos riesgosa para quien la ejecuta, existe un peligro: que se vuelva más frecuente. Los drones eliminan barreras emocionales. El atacante no ve. No se expone. No enfrenta directamente las consecuencias. La violencia se convierte en una operación. Y eso cambia todo.

Tecnología sin narrativa

Los drones no son buenos ni malos en sí mismos. Son unas herramientas que pueden salvar vidas o destruirlas. Pueden proteger o intimidar. La diferencia está en la narrativa que los rodea y en la calidad de las instituciones que los regulan.

Colombia enfrenta hoy una encrucijada silenciosa:mientras la tecnología democratiza el acceso al poder destructivo, el país necesita fortalecer —con urgencia— su capacidad de construir poder constructivo. Porque en el largo plazo, la verdadera seguridad no depende de quién tiene mejores drones, sino de quién logra construir una sociedad que no los necesite para resolver sus conflictos.