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sábado, 31 de enero de 2026

Cuando el poder viola las reglas: resistencia civil para cuidar a Colombia

  Cuando el poder viola las reglas: resistencia civil para cuidar a Colombia 

Colombia vive hoy una situación inédita. No solo por la polarización política o la incertidumbre económica, sino por un deterioro acelerado de la confianza pública y de las reglas que permiten gobernar una sociedad compleja. Tenemos un gobierno desacreditado que confronta abiertamente al sector privado, que gobierna crecientemente por decreto, que adopta decisiones sin diálogo técnico ni concertación social, y que expide medidas cuyos efectos negativos ya se sienten en sectores sensibles como el empleo, la salud y la inversión.

La reciente subida del salario mínimo en un 23 %, sumada a una cascada de disposiciones regulatorias como la “emergencia económica” suspendida por la Corte Constitucional , ha golpeado con especial dureza a empresas formales y a servicios esenciales. Pero más allá de cada política puntual, hay un problema más profundo: se gobierna desde la arbitrariedad más que desde reglas compartidas; desde la confrontación ideológica más que desde la responsabilidad institucional; desde la lógica del enemigo más que desde la lógica del bien común.

El deber constitucional que se está incumpliendo

En una democracia, el Gobierno no es solo administrador del poder: es su primer obligado. Su responsabilidad principal es ser ejemplo del cumplimiento de la Constitución y de las leyes que la desarrollan. Cuando el Ejecutivo relativiza esas reglas, las viola sistemáticamente, las interpreta a su conveniencia o las desconoce abiertamente, envía un mensaje muy destructivo : que el poder está por encima del derecho.

Hoy estamos viendo una violación sistemática e intencionada de esa gran responsabilidad. No se trata de errores aislados ni de simples desacuerdos técnicos, sino de una práctica política que trivializa los límites legales cuando estorban al proyecto ideológico. Cuando el Gobierno actúa así, no solo afecta políticas públicas: erosiona el pacto básico que sostiene a la sociedad.

Un síntoma revelador: la reacción de los gobernadores

Lo ocurrido recientemente con los gobernadores, que se negaron a trasladar recursos al Gobierno Nacional en detrimento de sus finanzas regionales, es un ejemplo elocuente de hasta dónde ha llegado esta tensión institucional. No fue un gesto caprichoso ni una jugada partidista: fue una reacción defensiva frente a decisiones que amenazaban directamente la sostenibilidad de los territorios y, de manera particular, la institucionalidad y el respeto a las regiones.

Ese episodio revela algo inquietante: cuando el poder central actúa sin reglas, la resistencia comienza incluso desde dentro del propio Estado. Y cuando los gobernantes locales sienten que deben desobedecer para proteger a sus ciudadanos, estamos ante una señal de gran peligro para nuestra frágil democracia . No es una ruptura: es la defensa del orden constitucional desde abajo, acelerando una tendencia hacia la descentralización del Estado.

Las consecuencias ya no son abstractas

Uno de los mayores riesgos del momento actual es que la arbitrariedad se perciba como un debate técnico entre expertos, cuando en realidad sus efectos están cayendo directamente sobre millones de colombianos.

Hoy las consecuencias de las decisiones irresponsables del Gobierno se hacen visibles en:

— Pacientes sin atención oportuna por la crisis del sistema de salud.

— Jóvenes que pierden acceso a becas y créditos del Icetex.

— Familias que ven desaparecer los subsidios a la vivienda.

— Trabajadores informales golpeados por políticas mal diseñadas.

— Pequeñas empresas asfixiadas por cargas imposibles de asumir.

Resulta profundamente paradójico que las voces de cientos de miles de personas afectadas por estas decisiones —tan negativas por su impacto— no se hayan alzado con la fuerza de un volcán de indignación. Entre ellas, sin duda, hay muchos que hoy se arrepienten de haber depositado su voto por Petro, a quien corresponde la responsabilidad política central de esta tragedia. Esa debería ser hoy la tarea urgente de la oposición: amplificar esas voces y poner bajo los reflectores esta tragedia en los múltiples frentes que están golpeando dramáticamente a la sociedad colombiana. Y no son solo cifras: son vidas concretas a las que hay que darles la visibilidad que se merecen.

Estoy seguro de que, dentro del 40 % de los colombianos que aún respaldan a Petro y votarían por Cepeda, apelando a un argumento emocional poderoso —“Petro sí nos escucha”—, hay cientos de miles que ya han sufrido las consecuencias o que tienen personas cercanas afectadas por sus decisiones perversas.

Aquí aparece una contradicción central de este momento político: muchos de quienes sostienen su apoyo a Petro han sido directamente afectados por sus decisiones arbitrarias y, en no pocos casos, contrarias a la ley. Su discurso dice representar al pueblo, pero las políticas reales están perjudicando precisamente a quienes dice defender.

La disputa de fondo es cultural y narrativa

Por eso este no es solo un conflicto político. Es, sobre todo, un conflicto de relatos. Mientras el Gobierno construye una narrativa donde toda crítica es presentada como defensa de privilegios, la realidad muestra otra cosa: son las legítimas manifestaciones de cientos de miles de ciudadanos comunes que están pagando los costos de decisiones improvisadas de este desastroso gobierno.

Aquí es donde se vuelve indispensable una nueva narrativa nacional: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No como consigna ingenua, sino como afirmación moral y estratégica. Solo se defiende lo que se valora. Solo se resiste lo que se siente propio.

Desde esta perspectiva, la resistencia civil que propongo en este blog, no es oposición automática al gobierno de turno. Es una forma de ejercer el cuidado por nuestro país, cuidando la Constitución, la economía real, la institucionalidad, el lenguaje público, y a los ciudadanos concretos que hoy están siendo afectados profundamente .

Resistir es proteger lo que aún funciona para que no sea destruido, ni por la improvisación ni por la ideología perversa, de quien fue elegido para cuidar el bienestar de todos los colombianos, y no solo el de una parte de ellos.

¿Pero qué significa resistir en democracia?

Resistir no es rebelarse violentamente como fueron las marchas del 2021 promovidas y apoyadas por Petro. No es sabotear. No es destruir. La tradición de la resistencia civil —de Gandhi a Martin Luther King, de Solidaridad en Polonia a Václav Havel— tiene un rasgo común: es una resistencia pública, no violenta y moralmente fundada.

Resistir es: negarse a colaborar con lo injusto, usar la ley para defender la ley, hacer visibles las consecuencias del abuso, sostener la deliberación cuando el poder quiere imponer su visión.  La resistencia civil no busca tumbar gobiernos. Pero si impedir que destruyan las reglas mientras gobiernan, burlándose de la Constitución que les permitió llegar al poder pero no para quedarse con él.

La visibilización como deber ciudadano

Como ya lo he dicho, uno de los grandes desafíos de la oposición es hacer visible el impacto concreto de las decisiones arbitrarias y perversas del Gobierno. Los análisis técnicos y los editoriales especializados ya no son suficientes. Necesitamos escuchar a quienes están pagando el costo real de tener a Petro en el poder. Por eso, hago un llamado a los pacientes sin tratamiento, a los jóvenes excluidos del sistema educativo, a las familias que perdieron su subsidio a vivienda, a los trabajadores sin ingresos estables y a quienes perderán —o ya han perdido— su empleo como consecuencia del aumento irresponsable del salario mínimo

Ellos son los verdaderos representantes del pueblo que hoy está siendo perjudicado. Su voz tiene una legitimidad que ningún discurso ideológico puede borrar. Y su testimonio es la forma más poderosa de desmontar la ilusión de que “el Presidente sí escucha”, cuando la experiencia cotidiana demuestra lo contrario.

Aquí la desobediencia social puede cumplir un papel pedagógico: no como caos, sino como señal moral colectiva. No como violencia, sino como acto cívico que busca despertar a quienes todavía apoyan al Gobierno sin ver las consecuencias de sus propias decisiones.

Resistir sin convertirse en aquello que se combate

La línea es clara: si la resistencia se convierte en odio, pierde legitimidad; si se vuelve revancha, se degrada; si se vuelve violencia, se traiciona. El desafío es resistir sin parecerse al poder arbitrario.

Eso exige un liderazgo distinto: sin mesianismo, sin insulto, sin simplificación. Un liderazgo que sepa que el objetivo no es derrotar personas, sino cuidar las reglas. Quienes hoy aspiran a la Presidencia de Colombia desde el centro o la centro derecha, tienen la obligación de advertir sobre el daño que se le causa a una sociedad cuando entrega su presente y su futuro a un “mesías” que promete comprenderlo todo, mientras los ciudadanos abdican de su responsabilidad —empezando por el voto— de construir juntos su futuro

Un gobierno que se va… y un país que queda

Este gobierno terminará pronto. Pero el daño institucional, cultural y económico no se borra con una elección. Los proyectos ideológicos no dependen solo de un líder, sino de una cultura política que los tolere.

Por eso la resistencia civil no es solo frente a un gobierno. Es frente a una forma de gobernar. No se trata únicamente de impedir que un proyecto político se perpetúe. Se trata de impedir que Colombia se acostumbre a ser gobernada sin límites violando sistemáticamente la Constitución y las leyes que está obligado a cuidar y defender .

Resistir para poder reconciliar

Paradójicamente, la resistencia civil no busca dividir más. Busca preservar el espacio donde algún día podamos reconciliarnos. Solo se reconcilian sociedades que conservan reglas comunes, no aquellas donde cada bando cree tener derecho a imponer su verdad.

Hoy resistir es cuidar. Cuidar la Constitución. Cuidar el acceso a la salud, a la educación y a la vivienda. Es cuidar la institucionalidad y el futuro. En tiempos de arbitrariedad, resistir no es desestabilizar. Es estabilizar lo esencial. Porque un país no se salva obedeciendo al poder. Se salva defendiendo las reglas que hacen legítimo ese poder.

Y esa defensa comienza abajo: en ciudadanos que no se resignan, que no odian, que no se callan, y que entienden que cuidar a Colombia hoy implica, también, saber decir por ese camino no va mas. Así lo hicieron en Chile y ahora nos toca hacerlo en Colombia si no queremos seguir el camino penoso y bochornoso de Venezuela.


sábado, 24 de enero de 2026

El impacto de la palabra en el ejércicio del poder

  Emosiones, discurso presidencial y cultura política en Colombia 

En Colombia solemos analizar el poder político desde sus decisiones, sus políticas públicas o sus fracasos institucionales. Con menos frecuencia nos detenemos a examinar la palabra del poder, ese conjunto de discursos, mensajes y relatos mediante los cuales los presidentes han intentado explicar el país, conducir a la sociedad y legitimar su autoridad. Sin embargo, como lo demuestra el libro “La voz del poder”, un libro de varios autores coordinado por Margarita López Forero, la historia política colombiana no puede entenderse sin escuchar atentamente lo que sus presidentes dijeron —y cómo lo dijeron— en momentos clave.

La palabra presidencial no ha sido un simple vehículo de información. Ha sido, sobre todo, una herramienta emocional de gobierno. A través de ella se han activado miedos, esperanzas, resentimientos y expectativas; se han definido amenazas, se han prometido redenciones y se han moldeado imaginarios colectivos. En un país de institucionalidad frágil y confianza escasa, el discurso ha operado muchas veces como sustituto simbólico de la eficacia del Estado.

Gobernar es también emocionar

Una de las contribuciones más valiosas de La voz del poder es mostrar que el discurso presidencial debe leerse como un acto performativo: no solo describe la realidad, sino que busca producirla. Cuando un presidente habla, no solo informa; interpreta, ordena, justifica y convoca. Y al hacerlo, moviliza emociones.

Esta dimensión emocional conecta de manera directa con una pregunta central de nuestra cultura política:¿desde qué emociones se ha gobernado históricamente a Colombia?

Lejos de una ciudadanía formada en el juicio crítico y la deliberación, el país ha sido conducido, una y otra vez, desde emociones primarias: miedo al caos, esperanza en el salvador, resentimiento frente al enemigo, dependencia frente al líder. La palabra presidencial ha sido el canal privilegiado para activar estas emociones y, con ellas, construir legitimidad y una cultura política muy débil..

Seis categorías del discurso del poder

A partir del enfoque del libro y cruzándolo con una lectura emocional de la cultura política colombiana, es posible identificar seis grandes categorías discursivas que han marcado —y siguen marcando— nuestra relación con el poder.

1. El discurso de tutela moral

Aquí el presidente habla como figura moral superior, que corrige, amonesta o instruye a la sociedad. El ciudadano aparece como menor de edad político; el Estado, como tutor. La emoción dominante es la dependencia.

Este tipo de discurso ha debilitado históricamente la autonomía ciudadana, reforzando una cultura política pasiva, acostumbrada a esperar orientación “desde arriba” en lugar de asumir corresponsabilidad.

2. El discurso del miedo ordenante

En contextos de crisis, violencia o incertidumbre, la palabra presidencial ha construido amenazas: el enemigo interno, el caos inminente, la disolución del orden. La emoción dominante es el miedo.

El miedo ordena, pero también justifica la concentración de poder y reduce el espacio para la deliberación democrática. En Colombia, esta retórica ha sido recurrente y profundamente eficaz.

3. El discurso redentor o salvador

Aquí el líder se presenta como quien “por fin” comprende al pueblo y promete resolver lo que nadie antes pudo. El futuro se personaliza. La emoción dominante es la esperanza delegada.

Este discurso alimenta el caudillismo: la política deja de ser un esfuerzo colectivo y se convierte en una relación emocional entre un líder y una masa que espera ser salvada.

4. El discurso victimista del poder

Paradójicamente, quien ejerce el poder se presenta como víctima: de las élites, de los medios, de las instituciones o de conspiraciones invisibles. La emoción dominante es el resentimiento.

Este tipo de discurso erosiona la rendición de cuentas y convierte toda crítica en agresión, debilitando los controles democráticos.

5. El discurso tecnocrático y sin emociones

En el extremo opuesto, aparece un lenguaje frío, técnico, saturado de cifras y procedimientos. La emoción dominante es la indiferencia.

Aunque pretende racionalidad, este discurso suele excluir al ciudadano del entendimiento, y rompe el vínculo emocional necesario para construir legitimidad y sentido de propósito compartido.

6. El discurso del cuidado y la corresponsabilidad

Esta es una categoría aún emergente, pero crucial. Aquí el poder reconoce límites, convoca a otros actores y trata al ciudadano como adulto político. La emoción dominante es la confianza.

No hay promesas de salvación ni amenazas permanentes. Hay invitación a cuidar lo común, a compartir responsabilidades y a construir juntos.

El impacto en la cultura política

Estas formas de hablar no son inocuas. Cada una produce un tipo de ciudadanía.

La tutela moral produce dependencia.

El miedo ordenante produce obediencia.

La redención produce seguidores.

El victimismo produce polarización.

La tecnocracia produce apatía.

El cuidado produce corresponsabilidad.

Durante décadas, Colombia ha oscilado entre las primeras cinco, moldeando una cultura política emocionalmente frágil, reactiva y fácilmente manipulable. No es casual que hoy muchos ciudadanos voten más desde la emoción que desde el juicio informado, ni que la política se viva como una confrontación moral permanente.

Una pregunta ineludible

La lectura de La voz del poder deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de palabra pública necesita hoy Colombia?

No se trata solo de cambiar políticas o liderazgos, sino de transformar la forma de hablar desde el poder. Mientras el discurso presidencial siga alimentando emociones tristes —miedo, resentimiento, dependencia— será muy difícil reconstruir la confianza, el tejido social y una cultura democrática madura.

Hacia una nueva narrativa

Aquí es donde esta reflexión conecta con una propuesta más amplia: la necesidad de una narrativa que no niegue los problemas del país, pero que tampoco los instrumentalice emocionalmente. Una narrativa que parta de una convicción simple y exigente a la vez: Colombia es buena y vale la pena cuidarla.

Cuidar implica otra forma de hablar. Implica reconocer fragilidades sin dramatismo, convocar sin infantilizar, emocionar sin manipular. Implica pasar del poder que ordena o promete, al poder que confía y articula.

Resumen

Escuchar la historia de la palabra presidencial en Colombia no es un ejercicio académico distante. Es una invitación a revisar el presente. La forma como hablamos desde el poder sigue moldeando lo que sentimos como sociedad y, en consecuencia, lo que somos capaces de construir juntos. El tipo de cultura política y ciudadana que nos caracteriza.

Tal vez uno de los mayores retos adaptativos del país no esté solo en las reformas pendientes, sino en aprender a hablar distinto: con menos miedo, menos redención y más cuidado. Porque, al final, la palabra también gobierna y crea realidades. Hoy tenemos a una persona en el poder, que es el mejor ejemplo de lo expuesto por la Dra López .



sábado, 17 de enero de 2026

Venezuela no cayó de un día para otro: lecciones para Colombia


Lecciones incómodas para Colombia en un año electoral decisivo

Los eventos recientes en Venezuela me han obligado a escribir varios blogs en estas últimas semanas. En este blog voy devolverme en la historia de ese país para tener un mejor contexto que permita analizar la situación actual y sus implicaciones para Colombia.

Durante años, muchos en América Latina miraron a Venezuela como una excepción trágica, como un caso extremo que no tenía nada que ver con sus propias realidades. Esa comodidad intelectual —“eso no puede pasarnos a nosotros”— es, precisamente, una de las razones por las que el chavismo logró apoderarse del país sin encontrar una resistencia democrática a la altura del desafío que enfrentaron.

Las reflexiones del sociólogo venezolano Tulio Hernández, hechas durante una entrevista que le hicieran en el Podcast Atemporal,  ayudan a desmontar esa falsa interpretación de la realidad de su país . Su lectura de la historia reciente de Venezuela no comienza con Hugo Chávez, ni siquiera con el primer golpe de 1992, sino con algo mucho más profundo y más incómodo: una sociedad que llevaba décadas acumulando resentimientos, dependencias y malentendidos sobre el papel del Estado, la democracia y la ciudadanía.

La narración del Dr Hernández ratifica lo que escribí en un blog anterior “Cuando la historia nos vuelve hablar” donde mostraba la tesis del historiador Snyder que es simple y profundamente preocupante: las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

El país del “Estado mágico”

Antes de Chávez, Venezuela vivía bajo lo que el dramaturgo José Ignacio Cabrujas llamó el “Estado mágico”: un Estado percibido como omnipotente, proveedor, casi milagroso. Desde que el petróleo comenzó a fluir en los años treinta, se consolidó la idea de que la riqueza no provenía del trabajo, la productividad o la innovación, sino de un recurso que brotaba de la tierra y que el Estado debía repartir.

Cómo lo explica Hernández, esta mentalidad produjo una ciudadanía frágil. No una comunidad de ciudadanos corresponsables, sino una larga fila invisible de personas esperando turno frente al “barril imaginario”. El éxito no dependía del esfuerzo colectivo, sino de la cercanía al poder.

Cuando el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez intentó desmontar abruptamente ese modelo mediante reformas económicas, necesarias pero mal explicadas, el resultado fue devastador. El mensaje implícito fue: “el barril ya no existe; ahora hay que trabajar, pagar impuestos y competir”. Para una sociedad que nunca había sido preparada para ese tránsito, el quiebre fue traumático.

El Caracazo: cuando el espejo mágico se rompió

El estallido social de 1989, conocido como el Caracazo, fue descrito por el propio presidente Pérez como “la explosión de una acumulación de resentimientos”. No fue una revolución ideológica, sino una insurrección caótica, marcada por saqueos más consumistas que políticos, que reveló hasta qué punto el pacto social en Venezuela estaba roto.

Ese momento fue decisivo por varias razones. Los partidos tradicionales perdieron legitimidad. Las fuerzas de seguridad mostraron su incapacidad para manejar la crisis. La democracia venezolana, que se creía sólida y ejemplar, se descubrió frágil. El espejo se rompió, y lo que apareció detrás fue una sociedad profundamente desconectada de sus propias instituciones y sin un liderazgo político fuerte.

Caracas está en un valle rodeado de barrios muy pobres. En  ese contexto emergió un mito peligroso:. el de los cerros que “un día bajarían”. El chavismo supo instrumentalizar ese miedo y convertir a los sectores populares, no en sujetos políticos, sino en amenaza latente, en arma simbólica contra cualquier oposición.

Chávez: carisma, militarismo y el encanto del “por ahora”

El golpe fallido de 1992 no fue un accidente aislado. Fue la irrupción visible de los ríos subterráneos de militarismo que nunca habían desaparecido del todo. Cuando Hugo apareció en televisión asumiendo la responsabilidad del golpe con su famoso “por ahora”, ocurrió algo inédito: un militar derrotado se convirtió en figura moral.

Su juventud, su lenguaje directo y su contraste con los viejos políticos conectaron con una sociedad desencantada. No hubo una defensa masiva de la democracia. La élite política reaccionó; la ciudadanía, no. Como advirtió Ramón J. Velázquez en ese momento, “alguien levantó la tapa del infierno y los demonios del militarismo andan sueltos”.

La década de los noventa profundizó el vacío que se sentía en la sociedad. La destitución politizada del presidente  Carlos A Pérez, la campaña antipolítica promovida por los medios y las élites, la fragmentación de los partidos y la liberación de Chávez durante el gobierno de Caldera, terminaron de despejar el camino para que este militar golpista se lanzara a la política electoral .

Las elecciones de 1998, con dos outsiders como principales contendores, sellaron el rechazo a la política tradicional y llevaron a Chaves al poder

Un autoritarismo de nuevo cuño

El chavismo no fue un comunismo clásico. Fue algo más difícil de detectar y, por eso, más eficaz: un neoautoritarismo con maquillaje democrático. Mantuvo elecciones, propiedad privada y retórica igualitaria, mientras desmontaba sistemáticamente la alternancia, el Estado de derecho y los derechos humanos.

Chávez anunció desde el inicio que su proyecto no era transitorio. “Por ahora y para siempre” no era una metáfora, era un programa. La violencia, la violación constitucional y la permanencia en el poder no eran excesos: eran principios.

Según lo manifestó Hernadez en su charla, el liderazgo carismático de Chávez , en el sentido weberiano, creó una relación casi religiosa con las masas. Chávez no gobernaba solo con leyes; gobernaba con emociones, con espectáculo, con omnipresencia mediática. La comunicación no era un instrumento: era el gobierno mismo.

La lenta asfixia de la democracia

A diferencia de un golpe clásico —el zarpazo del tigre— el chavismo operó como una boa constrictor. Fue apretando lentamente, sin que muchos se dieran cuenta. Controló medios, persiguió periodistas, deshumanizó al adversario, creó enemigos internos y utilizó grupos paramilitares para la violencia informal.

La oposición cometió errores graves: el golpe de 2002, el paro petrolero, la abstención electoral. Cada uno de esos errores fue utilizado para justificar una limpieza ideológica, la destrucción de PDVSA y la eliminación de espacios democráticos.

Cuando Chávez murió, el simulacro democrático terminó. Su sucesor Nicolás Maduro, sin carisma ni legitimidad, solo pudo sostenerse destruyendo abiertamente las instituciones, persiguiendo a la oposición y convirtiendo el fraude en norma

El costo humano y moral

El resultado del proceso de deterioro de la democracia venezolana es conocido, pero no por eso menos brutal: millones de exiliados, destrucción institucional, violencia sistemática, presos políticos, desapariciones forzadas y un sufrimiento ético-político que atraviesa generaciones. No es solo pobreza material; es la pérdida de horizonte, de confianza y de futuro.

Colombia: advertencias que no podemos ignorar

Según Hernández, la historia venezolana no debe ser usada como amenaza retórica ni como caricatura ideológica. Debe ser estudiada con rigor. Las lecciones que plantea Tulio Hernández son claras:

  • No subestimar a los líderes populistas-autoritarios.
  • No confundir banderas sociales legítimas con proyectos de poder excluyentes.
  • No destruir la política en nombre de la antipolítica.
  • No sacrificar las reglas democráticas por la promesa de eficacia.
  • Construir esperanza y proyectos de futuro, no solo oponer resistencia.
  • Unir fuerzas democráticas más allá de etiquetas ideológicas.

Colombia enfrenta este año una elección decisiva. Creer que nuestra historia, nuestras instituciones o nuestra cultura nos hacen inmunes es repetir el primer error venezolano. Hay varias lecciones para nuestro país.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones.


Colombia todavía está a tiempo. Pero solo si entiende que cuidar a Colombia, es cuidar su democracia a pesar de sus imperfecciones; significa reconocer los avances logrados porque son los cimientos sobre los cuales debemos seguir mejorando como país; no es defender a un gobierno o a una ideología, sino proteger las reglas que impiden que cualquier proyecto —por noble que se proclame— termine devorando al país que dice querer salvar. Esa es la. Recadera gran lección que el Sr Hernández nos deja en su amena e impactante charla muy bien moderada en el podcast de Andrés Acevedo, a quien felicitó por su aporte . Estas son las reflexiones que se necesitan para una sociedad desorientada como la nuestra

sábado, 10 de enero de 2026

Cuando la geopolítica desnuda la retórica y Petro descubre sus límites.

   No suelo enviar dos blogs tan seguidos, pero la llamada de Petro a Trump y su respuesta , me obligaron a encontrar una explicación. En este blog comparto con mis lectores lo que encontré escuchando las opiniones de expertos internacionales. El profesor John Mearsheimer fue la mejor.

Este académico  es hoy uno de los analistas geopolíticos más influyentes del mundo. Profesor de la Universidad de Chicago y creador de la teoría del realismo ofensivo, su pensamiento resulta incómodo para quienes prefieren una visión más moralizada de la política internacional. Pero precisamente por eso es tan útil: Mearsheimer no analiza el mundo como debería ser, sino como es.

Desde esa lógica, resulta particularmente revelador su análisis del abrupto cambio de postura del presidente colombiano Gustavo Petro frente Donald Trump ocurrido en apenas cuatro días a comienzos de enero. Un episodio que, más allá de simpatías o antipatías ideológicas, desnuda una lectura cruda de las restricciones estructurales que enfrenta Colombia en el entorno geopolítico internacional.

El realismo ofensivo: poder, supervivencia y jerarquías

Para Mearsheimer, el sistema internacional en la actualidad es aún más anárquico que en años anteriores: no existe una autoridad superior que garantice la seguridad de los Estados y entidades como la ONU o la OEA son cada día más irrelevantes. En ese contexto, las grandes potencias buscan maximizar su poder relativo en un giro hacia un mundo dividido por esferas de influencia. Esto explica el porqué  la hegemonía regional no es una opción; es un objetivo estratégico en el nuevo mundo que Trump quiere impulsar. El ataque a Venezuela es el resultado de esa decisión. 

Está perspectiva es clave para entender la llamada de Petro, Estados Unidos no tolera competidores ni desafíos sostenidos en su hemisferio o “patio trasero” . Es la visión revisada de la Doctrina Monroe, donde Trump no acepta discursos críticos, y tampoco resistencias reales que amenacen su capacidad de coerción económica, militar o política.

Cuatro días que revelaron una asimetría brutal

El 3 de enero, tras la operación militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro, Petro guardó silencio. El 4 de enero condenó la acción como “aberrante”. El 5, Trump respondió con amenazas directas, insultos personales y la insinuación de que Colombia podría recibir un “tratamiento similar” al de Venezuela.

El 6 de enero, Petro elevó el tono: desplegó 30.000 tropas en la frontera, solicitó reuniones de emergencia en la ONU y la OEA, e invocó su pasado guerrillero, afirmando que “por la patria” volvería a tomar las armas. Era un lenguaje de resistencia, épico, cargado de simbolismo político interno.

Pero el 7 de enero, en la noche, ocurrió el giro completo: Petro reculó y llamó a Trump, para explicar la situación del narcotráfico, presentó datos sobre los esfuerzos colombianos y aceptó una invitación a la Casa Blanca. Trump, horas después, publicó un mensaje elogioso en su red True Social, celebrando el “buen tono” de la conversación.

El cambio no fue producto de una iluminación diplomática. Fue, como diría Mearsheimer, el resultado inevitable de fuerzas estructurales del juego geopolítico que Trump ha impulsado desde que llegó hace un año por segunda vez al poder.

La paradoja de la proximidad: Colombia no puede escapar

En la lógica del realismo ofensivo propuesta por  Mearsheimer, la cercanía geográfica a una superpotencia no es una ventaja, sino una vulnerabilidad. Esto que es una verdad para México, también lo es para Colombia, que está atrapada en lo que el analista llamaría una gravedad estratégica imposible de eludir y de la cual Canadá se está preparando inteligentemente para evitar.

La economía colombiana depende profundamente del acceso a los mercados financieros y comerciales estadounidenses. Su estabilidad monetaria está atada a decisiones tomadas en Washington. Su lucha contra el narcotráfico depende de inteligencia, equipos y cooperación estadounidense. Su sistema financiero es extremadamente sensible a sanciones secundarias.

Y según Mearsheimer, hay un factor aún más delicado: los casi tres millones de refugiados venezolanos. Colombia no puede absorber ese impacto sin apoyo internacional. Cuando Trump amenazó con recortar el 70% de la financiación humanitaria a la región, no estaba haciendo retórica: estaba utilizando un punto de presión crítico. La movilización  hacía la frontera de 30.000 tropas desplegadas por Petro no alteraban esa ecuación. Petro lo sabía. Y Trump también.

La lógica de Trump: coerción racional, no improvisación

Desde el prisma de Mearsheimer, el comportamiento de Trump no ha sido errático en este caso. Siguió una secuencia estratégica clásica:

  1. Demostrar credibilidad mediante el uso de la fuerza (Venezuela).
  2. Aumentar el costo de la resistencia con amenazas económicas y militares.
  3. Ofrecer una salida digna a la capitulación (la llamada).
  4. Aceptar la rendición con cortesía, reforzando el mensaje disuasorio.

El cambio de tono de Trump no fue una contradicción: fue calculado. En este episodio con un Petro sin visa y en la lista Clinton, no buscaba su cooperación sino su sumisión. Y con la llamada  lo obtuvo. Claro, Petro ante sus bases no lo va a confesar y vamos a ver qué cuento chino les va a tratar de vender. Más allá de su discurso, es la realidad que tuvo que aceptar ante el gran peligro personal que estaba incurriendo, además de las sanciones que los gringos ya le habían  impuesto. 

El problema de la capitulación: obediencia sin solución

Aquí aparece una de las advertencias más finas de Mearsheimer. Para las potencias hegemónicas, forzar la capitulación es relativamente fácil. Lo difícil es convertir esa capitulación en cooperación estable.

Petro seguramente no olvidará jamás haber sido llamado “traficante de cocaína enfermo”. El sentimiento anti estadounidense no desaparecerá pero si le va a tocar reprimirlo. El narcotráfico seguirá existiendo porque responde a incentivos económicos muy grandes. Los refugiados seguirán presionando al Estado colombiano. Cómo lo menciona  Mearsheimer, la coerción resuelve el momento, más no el problema.

Lecciones incómodas para Colombia y sobre todo para Petro

Para el profesor el episodio deja varias enseñanzas que Colombia no puede ignorar, especialmente en un contexto político tan polarizado:

  1. La retórica de la soberanía  tiene límites reales.
    Prometer resistencia frente a una superpotencia puede ser rentable electoralmente, pero choca con restricciones de capacidad estructurales que no se pueden ocultar.
  2. La ideología no sustituye las dinámicas de poder que hoy mueven la geopolítica mundial. En este entorno internacional, las intenciones importan menos que las capacidades. Este mensaje ya caló en Canadá, México y también en la Comunidad Europea con la amenaza de invasión gringa a Groenlandia y la desaparición de NATO.
  3. El liderazgo responsable reconoce límites.
    Confundir la épica interna con la capacidad real de acción externa conduce, casi siempre, a humillaciones costosas. Eso es lo que hoy enfrenta Petro tras su arenga en Nueva York, megáfono en mano, cuando llegó a insinuar una insurrección de los militares estadounidenses y acumuló agravios personales contra Trump, bajo la falsa premisa de que ese tipo de gestos podía quedar impune
  4. La política exterior no admite gestos performativos.
    Cada palabra tiene costos medibles como lo está aprendiendo a la fuerza Petro.

Implicaciones para el debate político colombiano

De cara al futuro político del país, este episodio debería servir como advertencia transversal. Ni la izquierda ni la derecha pueden prometer lo que Colombia como país no está en condiciones de cumplir. Y como Mearsheimer lo menciona, en la lucha por las esferas de influencia que Trump está promoviendo con el uso de la fuerza bruta, lo que cuenta es la capacidad, y en esa confrontación, países como Venezuela, Colombia y México, no la tienen.

El problema no es “desafiar” a Estados Unidos, ni someterse sin dignidad. El reto  es construir márgenes de maniobra realistas, fortalecer alianzas, diversificar dependencias y, sobre todo, evitar que la política exterior se convierta en un escenario de improvisación ideológica. Como enseñaría Mearsheimer, los Estados pequeños no sobreviven por su valentía discursiva, sino por tener prudencia estratégica. 

Trump ha puesto patas arriba la arquitectura de cooperación multilateral. Ese es un hecho. Y aún le restan tres años de mandato. Tras la captura de Maduro, Colombia —sin contar con las capacidades reales para hacerlo— está enfrentando de manera directa las consecuencias del ejercicio de un poder hegemónico bruto que Trump busca imponer en la región, en una lógica que revive, sin ambigüedades, la vieja Doctrina Monroe. En un próximo blog analizaré un contraste revelador: la reacción estratégica, inteligente y pragmática de Canadá, país al que Trump llegó incluso a amenazar con convertir en el estado número 51 de la Unión.


En resumen, para Mearsheimer la llamada entre Trump y Petro no fue un incidente diplomático menor ni un malentendido resuelto gracias a la buena voluntad de las partes. Fue una lección descarnada de realismo del ejercicio del uso del poder bruto a nivel internacional. En apenas cuatro días quedó en evidencia que, en este sistema, la retórica ideológica y los gestos simbólicos pesan poco frente a las estructuras de poder, la dependencia económica y la asimetría militar.

Desde la perspectiva de Mearsheimer, lo ocurrido no tiene nada de sorprendente. Las grandes potencias no actúan en este nuevo entorno mundial, movidas por simpatías, valores o afinidades políticas, sino por cálculos de poder y defensa de sus intereses. En ese tablero, los Estados medianos o pequeños no fracasan por falta de dignidad, sino cuando confunden voluntad política con capacidad real de resistencia.


El riesgo mayor  es no reconocer los límites e ignorarlos. En política internacional —como en el liderazgo— el costo de confundir deseos con capacidades se paga rápido y casi siempre lo paga la sociedad, no quien pronuncia el discurso. Colombia haría bien en aprender esta lección antes de que la próxima crisis la obligue a hacerlo de nuevo, en condiciones aún más desfavorables.


Para Colombia, este episodio también debería funcionar como advertencia estratégica en un momento político particularmente sensible. Prometer desafíos heroicos frente a una superpotencia podría resultar rentable en el discurso interno, pero suele desembocar en rectificaciones humillantes cuando la realidad se impone y el peligro personal se vuelve inmanejable . 


Lo repite  Mearsheimer, la soberanía no se defiende con épica improvisada, sino con prudencia, alianzas inteligentes y una lectura honesta de las propias vulnerabilidades. Pero, el mayor peligro para Colombia y para los venezolanos, es que Trump se contente solo con apoderarse del petróleo venezolano,  consolide a la sra Rodríguez en el poder. Todo cambia para que nada cambie.


Y para terminar, The Economist esta semana, describe lo que ha sucedido con Venezuela:  “es un tema de poder y recursos naturales, no de valores”. Estamos volviendo al mundo del siglo XIX donde  cambiaba la frontera por la fuerza, pero hoy se hace  con armas atómicas del siglo XXI.