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sábado, 25 de julio de 2026

La trampa de la certeza

 Y el liderazgo que necesitamos en la era de la manipulación 

¿Por qué, en un mundo con más conocimiento disponible que en cualquier otro momento de la historia, tantas veces terminan teniendo mayor influencia quienes menos dudas expresan y más certezas ofrecen?

¿Por qué una afirmación contundente, repetida con absoluta seguridad, puede derrotar públicamente a una explicación mucho mejor fundamentada, pero llena de matices?

Y, sobre todo, ¿qué significa todo esto para el liderazgo y para la cultura democrática que necesitamos construir?

Una reciente charla de Yuval Noah Harari plantea una explicación inquietante. El problema no estaría simplemente en que las sociedades hayan dejado de valorar la inteligencia o el conocimiento. La dificultad sería mucho más profunda: nuestra mente no evolucionó principalmente para encontrar la verdad. Evolucionó para sobrevivir. Y esa diferencia puede ayudarnos a comprender buena parte de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades.

A continuación , quiero compartir algunas de las reflexiones que más me impactaron de la presentación de Harari y conectar al lector con algunas ideas que he venido sosteniendo en blogs anteriores .

Durante miles de años, nuestros antepasados enfrentaron peligros inmediatos. Ante la presencia de un depredador no había tiempo para organizar un seminario sobre las diferentes alternativas disponibles. Alguien tenía que gritar: “¡Corran!”, y los demás debían decidir rápidamente si lo seguían. En ese mundo, la confianza  podía ser una señal útil de liderazgo.

El problema es que seguimos utilizando un cerebro formado para responder a ese tipo de circunstancias en un mundo radicalmente diferente. Los grandes desafíos contemporáneos —la economía, la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad, los ataques a la  democracia o la transformación de nuestras ciudades— son problemas muy complejos. No admiten certezas ni respuestas simples o soluciones instantáneas. Sin embargo, seguimos sintiéndonos atraídos por quienes hablan como si las tuvieran.

Cuando la seguridad se confunde con la sabiduría

Uno de los fenómenos más paradójicos de nuestro tiempo es que quienes más conocen un tema suelen ser también quienes mejor comprenden sus límites. El verdadero experto tiene la duda siempre como su compañera. Dice “depende”. Reconoce las incertidumbres. Introduce matices. Explica que existen variables que todavía no conocemos. Está dispuesto a cambiar de opinión ante nueva evidencia.

Quien conoce poco, en cambio, puede experimentar exactamente la sensación contraria. Como no alcanza a percibir la complejidad del problema, cree que la solución es evidente y ofrecen “la certeza”.

Esta paradoja, según Harari, está asociada al llamado efecto Dunning-Kruger. Y tiene consecuencias enormes para el liderazgo público, afectando profundamente la calidad de las decisiones que impactan a millones de personas.

Lamentablemente hoy vivimos en un ecosistema de comunicación donde la prudencia puede parecer debilidad y la arrogancia que ofrece certeza puede confundirse con liderazgo. El dirigente que dice “esto es complejo y necesitamos aprender” compite contra quien afirma: “Yo sé exactamente cuál es el problema, quiénes son los culpables y cómo resolverlo”. Cuando hay avidez por soluciones simples a problemas complejos, sabemos quién tiene ventaja en un video de treinta segundos on en un twitt de menos de 140 caracteres  .

Y allí aparece una de las grandes vulnerabilidades de nuestras democracias: hemos construido un sistema de comunicación que premia precisamente algunos de los rasgos que menos necesitamos para enfrentar colectivamente problemas muy  complejos. Como por ejemplo, las consecuencias del cambio climático que hoy se reflejan en incendios sin antecedentes que hoy están afectando   a España y Francia.

El cerebro tribal en la era de TikTok

A lo anterior, se suma otro problema. Los seres humanos somos animales profundamente sociales. Durante la mayor parte de nuestra evolución, pertenecer a un grupo era una condición para sobrevivir. Ser expulsado de la tribu podía significar la muerte. Por eso nuestra mente aprendió algo que sigue operando silenciosamente: muchas veces es más importante pertenecer a un grupo que nos da identidad que tener la razón. Y eso nos hace muy vulnerables a la manipulación.

Esto explica por qué las personas no cambian fácilmente de opinión cuando reciben nueva información. Cuando una creencia se convierte en parte de nuestra identidad, cuestionarla deja de ser un ejercicio intelectual. Puede sentirse como una amenaza personal.

Ya no discutimos solamente ideas. Defendemos tribus. Y cuando la política se convierte en identidad, el adversario deja de ser alguien con quien discrepamos y empieza a convertirse en alguien que amenaza nuestra pertenencia, nuestros valores y nuestra manera de entender el mundo. La razón es reemplazada por la emoción.

Las redes sociales han llevado esta vulnerabilidad humana a una escala desconocida. TikTok, X, Instagram, Facebook y las demás plataformas compiten por nuestra atención. Y los algoritmos han aprendido algo que los grandes manipuladores políticos siempre intuyeron: pocas cosas capturan mejor la atención humana que despertar emociones como el miedo, la indignación y la ira. El resultado es una combinación explosiva.

Según Harari, tenemos un cerebro que busca certezas, una necesidad profunda de pertenecer, una inclinación a seguir voces que nos ofrezcan certezas para enfrentar la complejidad a sabiendas que no las hay.  Y una tecnología capaz de identificar, en tiempo real, los contenidos que mejor activan nuestras emociones y nos venden cantos de sirena. Nunca habíamos tenido tanta información y sin embargo reina la confusión y la desconfianza. Pero tener más información  no significa que tengamos más sabiduría.

Quien controla la historia puede controlar la conversación

Harari muestra que, una característica extraordinaria de nuestra especie, es nuestra capacidad para construir y compartir historias. Es una forma de transmitir la cultura de una comunidad. Las sociedades humanas existen porque somos capaces de creer colectivamente en realidades que van mucho más allá de nuestra experiencia inmediata. Las naciones, las instituciones, las empresas y muchas de nuestras formas de cooperación dependen de narrativas compartidas.

Las historias tienen el poder de definir la realidad, de  unirnos, pero también pueden dividirnos.

Una narrativa poderosa puede transformar una realidad extraordinariamente compleja en una historia muy sencilla: nosotros somos los buenos; ellos son los malos. Nosotros representamos al pueblo; ellos son sus enemigos. Si eliminamos al adversario, todos nuestros problemas desaparecerán. Son narrativas falsas que en casi cualquier sociedad emocionalmente funcionan.

El miedo busca protección. La ira busca culpables. La incertidumbre busca certezas. Por eso los liderazgos populistas comprenden intuitivamente algo que muchas élites técnicas olvidan: las personas no se movilizan únicamente con datos. Se movilizan alrededor de historias que les permiten comprender quiénes son, a qué pertenecen y hacia dónde deberían caminar. Eses es el gran poder que tienen para definir la realidad.

El camino, entonces, no puede consistir simplemente en producir mejores estadísticas. Necesitamos construir mejores narrativas. Pero aquí aparece un tema muy poderoso, las historias que nos contamos de nosotros mismos definen nuestra respuesta a la manera que interpretamos la realidad y colectivamente influimos en la cultura en la que operamos. 

La política sigue a la cultura

En varios de mis últimos blogs he venido insistiendo en una idea que David Brooks expresó de manera particularmente poderosa: la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de su importancia.

Nos preocupamos enormemente por quién llega a la Presidencia, quién gana una elección o qué partido controla el Congreso. Son preguntas importantes. Pero debajo de esas disputas existe una realidad mucho más profunda: la cultura desde la cual elegimos, conversamos, confiamos y construimos nuestra relación con los demás. Y que como ya lo mencioné, esta influida  por narrativa dominante.

Si en una cultura la narrativa premia la agresividad, tendremos liderazgos agresivos. Si convierte al adversario en enemigo, tendremos una política de enemigos. Si recompensa la mentira emocionalmente atractiva por encima de la verdad incómoda, aparecerán líderes extraordinariamente hábiles para explotar esa vulnerabilidad.

Y si confundimos la certeza con la competencia, terminaremos escogiendo personas que parecen saberlo todo precisamente porque no alcanzan a comprender la complejidad de aquello que pretenden gobernar. Por eso, cambiar la política sin transformar la narrativa que impacta a la cultura, puede terminar siendo apenas un cambio de protagonistas.

El liderazgo que exige la complejidad

Todo esto plantea una pregunta fundamental: entonces ¿qué tipo de liderazgo necesitamos?

Durante mucho tiempo asociamos liderazgo con tener respuestas. Tal vez debamos empezar a asociarlo con la capacidad de hacer mejores preguntas y ambientar una narrativa más positiva que impacte la autoimagen .individual y colectiva de la sociedad.

Los problemas complejos requieren una forma diferente de ejercer el liderazgo, por parte de las figuras con la autoridad, y que son reconocida por una sociedad. Necesitamos líderes que al enfrentar problemas muy complejos, sean vulnerables y capaces de decir “no sé” sin paralizarse; capaces de convocar conocimiento que ellos mismos no poseen y capaces de escuchar posiciones diferentes para aprender; dispuestos a revisar sus propias creencias sin considerar que cambiar de opinión es una derrota.

Eso no significa un liderazgo débil. Todo lo contrario. Se necesita enorme fortaleza interior para reconocer los límites del propio conocimiento. Ante la complejidad y la incertidumbre crecientes, la humildad intelectual debería convertirse en una de las competencias esenciales del liderazgo del siglo XXI.

Pero hay algo más.

No basta con tener líderes intelectualmente rigurosos si son incapaces de construir una narrativa que movilice de manera positiva emocional a la sociedad. La gran tarea consiste en reconciliar dos capacidades que con demasiada frecuencia aparecen separadas: comprender la complejidad y comunicar con narrativas positivas la esperanza.

Necesitamos líderes que no simplifiquen irresponsablemente la realidad, pero que tampoco abandonen el territorio de las emociones a los extremistas. Porque la democracia también necesita historias que la defiendan.

La batalla cultural de nuestro tiempo

Aquí encuentro una conexión directa con el desafío que estamos planteando desde Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Nuestra tarea no consiste simplemente en contrarrestar una narrativa negativa con propaganda positiva. Sería caer en la misma trampa. El desafío es mucho más profundo: ayudar a construir una cultura ciudadana capaz de resistir la manipulación.

Una sociedad donde las personas aprendan a preguntarse: ¿quién se beneficia de esta historia?, ¿qué evidencia la respalda?, ¿qué información me están ocultando?, ¿estoy creyendo esto porque es cierto o porque confirma lo que quiero creer?

Por eso la educación cívica y el pensamiento crítico no son asuntos secundarios. Son infraestructura mental que soporta la democracia .

Necesitamos formar ciudadanos capaces de vivir con la complejidad sin refugiarse inmediatamente en el extremismo; personas capaces de pertenecer a una comunidad sin renunciar a pensar por sí mismas; ciudadanos que puedan disentir sin convertir al otro en enemigo.

Y esto no se aprende solamente en los colegios. Se aprende en las familias, las universidades, las empresas, las comunidades, los conjuntos habitacionales y las redes sociales. Se aprende participando, conversando y resolviendo problemas reales con personas diferentes. Por eso he venido insistiendo en otros blogs en que necesitamos recuperar espacios cotidianos como verdaderas escuelas de ciudadanía.

Una nueva responsabilidad del liderazgo

La gran responsabilidad de los líderes de nuestro tiempo no es solamente dirigir organizaciones o ganar elecciones. Hoy más que nunca, es cuidar la calidad de la conversación colectiva.

Un líder puede utilizar el miedo para acumular poder o puede ayudar a una comunidad a comprender mejor sus desafíos, sentirse empoderada y corresponsable. Puede explotar la rabia o canalizarla hacia la acción constructiva. Puede fabricar enemigos o construir puentes hacia quienes son distintos y distantes. Puede presentarse como el salvador que posee la certeza de tener todas las respuestas o desarrollar la capacidad colectiva aceptar las preguntas difíciles que no tienen las respuestas.

Esa elección define mucho más que un estilo de liderazgo. Define una cultura que habilita una democracia fortalecida. Y aquí está, posiblemente, una de las batallas más importantes de nuestro tiempo.

Las mismas tecnologías que pueden amplificar la mentira pueden conectar millones de personas alrededor de una causa. Las mismas narrativas que pueden dividirnos pueden ayudarnos a reconstruir un sentido de propósito compartido.

El problema no son las historias. El problema es qué historias decidimos contar y creernos individual y colectivamente . 

Frente a las narrativas del miedo necesitamos narrativas de posibilidad. Frente a las historias que necesitan enemigos, necesitamos historias que reconstruyan el “nosotros”. Frente a quienes ofrecen certezas falsas, necesitamos cultivar ciudadanos capaces de convivir con la duda sin perder la esperanza.

Quizás el gran desafío del liderazgo contemporáneo sea precisamente ese: tener la humildad necesaria para reconocer la complejidad y, al mismo tiempo, el coraje de hacer las preguntas difíciles y construir una historia colectiva capaz de movilizarnos.

Porque el futuro de una sociedad no depende únicamente de la inteligencia de sus líderes. Depende también de la calidad de conciencia de sus ciudadanos. Y en una época en la que millones de voces compiten cada segundo por nuestra atención, aprender a distinguir entre quien sabe y quien ofrece certezas mostrándose muy seguro, puede convertirse en una de las capacidades cívicas más importantes de nuestro tiempo.

Tal vez la verdadera revolución cultural comience allí: cuando dejemos de admirar a quien tiene una respuesta para todo y empecemos a valorar a quien todavía conserva la capacidad de preguntar, escuchar y aprender. Porque una sociedad que pierde la capacidad de dudar puede ser fácilmente manipulada.

Pero una sociedad que aprende a pensar, a conversar y a construir historias compartidas también puede aprender a cuidarse. Y Colombia, hoy más que nunca, necesita precisamente eso.

En resumen: no basta con disputar el contenido de las narrativas; hay que desarrollar en los ciudadanos las capacidades culturales y cognitivas para no ser fácilmente manipulados por las certezas que en ellas se ofrecen.

PD: veo que el nuevo gobierno de La Espriella ha nombrado como ministra de Cultura a una excongresista con la tarea de enfrentar “la batallas cultural” alrededor de la narrativa que utilizó el hoy presidente electo durante su campaña. En el siguiente blog voy a referirme a este tema y conectarlo con el blog de esta semana


sábado, 18 de julio de 2026

Unas nuevas escuelas de ciudadanía.

Los  conjuntos habitacionales pueden convertirse en las nuevas escuelas de ciudadanía de Colombia 

En los dos artículos anteriores propuse una idea que puede parecer incómoda, pero que considero indispensable para comprender el momento que vive nuestro país.

La primera fue que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Las elecciones revelaron una fractura que no nació en las urnas. Simplemente hicieron visible una pérdida progresiva de confianza, de cohesión social y de sentido de pertenencia a un proyecto común.

La segunda fue que esa fractura no podrá resolverse únicamente desde la política. La experiencia que hoy vive Estados Unidos con el renacer de la educación cívica demuestra que las democracias se fortalecen cuando vuelven a formar ciudadanos capaces de deliberar, cooperar y construir confianza.

Pero ambas reflexiones dejan abierta una pregunta inevitable.

¿Dónde se aprende todo eso?

La respuesta tradicional ha sido: en la escuela. Sin embargo, creo que hoy debemos ampliar esa respuesta. La democracia no se aprende únicamente en un salón de clase. Se aprende viviendo.

La ciudadanía no es una teoría

La mayoría de nosotros nunca asistimos a un curso para aprender a ser vecinos.  Nadie nos enseñó cómo participar en una asamblea. Cómo resolver un conflicto comunitario. Cómo escuchar a quien piensa distinto. Cómo construir acuerdos. Cómo cuidar lo que pertenece a todos. Y, sin embargo, todos esos aprendizajes determinan la calidad de nuestra democracia mucho más que muchas discusiones ideológicas.

La democracia no se reduce al voto. Es una práctica cotidiana. Cada conversación y decisión compartida. Cada conflicto bien resuelto, acto de corresponsabilidad y gesto de cuidado. Todos ellos constituyen  aprendizajes democráticos. Por eso la pregunta ya no debería ser únicamente qué enseñar, sino dónde crear experiencias que permitan vivir la ciudadanía.

El mayor campus ciudadano de Colombia

Aquí aparece una oportunidad extraordinaria que, paradójicamente, ha pasado casi inadvertida. Según el DANE 32 Millones de colombianos viven hoy en propiedad horizontal. Nunca antes nuestra historia había concentrado tantas personas compartiendo espacios comunes, reglamentos, decisiones colectivas, presupuestos, conflictos, intereses y responsabilidades. Sin proponérnoslo, hemos construido el mayor laboratorio ciudadano que ha existido en Colombia.

Cada conjunto residencial es una pequeña democracia. Tiene normas. Instituciones. Representantes. Elecciones. Presupuestos. Espacios comunes. Conflictos. Bienes colectivos. Participación ciudadana. Rendición de cuentas. Es, en cierta forma, una versión en pequeño del país. Sin embargo, seguimos administrando esos espacios únicamente desde una lógica jurídica y administrativa. Olvidamos que también son escenarios privilegiados para formar ciudadanía.

Del administrador al constructor de comunidad

Durante décadas hemos pensado que administrar bien un conjunto consiste en mantener funcionando la portería, los ascensores, la seguridad, las zonas comunes y las finanzas. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero hoy sabemos que no basta.

El verdadero activo de una comunidad no son únicamente sus edificios. Es la calidad de las relaciones entre quienes viven allí, la confianza que exista y la cooperación. Pero hay más: el sentido de pertenencia, la capacidad para resolver conflictos, el liderazgo distribuido y el cuidado mutuo. Todos ellos se constituyen en el capital social de esa comunidad y vale tanto como cualquier inversión física. Pero, a diferencia de un edificio, su valor aumenta cuando se comparte.

La innovación que Colombia necesita

Esa reflexión dio origen a una idea que hemos venido construyendo desde el movimiento Colombia es Buena.¿Qué ocurriría si los conjuntos habitacionales dejaran de verse únicamente como unidades inmobiliarias y comenzaran a entenderse como comunidades de liderazgo? ¿Qué ocurriría si cada conjunto se convirtiera en una escuela viva de ciudadanía?

No una escuela con profesores y exámenes. Sino una comunidad donde las personas aprendan haciendo. Aprendan a conversar y liderar. A cooperar y resolver problemas comunes. A cuidar, participar y a construir confianza, Y en últimas, a vivir la democracia.

Una nueva generación de líderes invisibles

Cada conjunto residencial está lleno de personas extraordinarias. Madres. Jóvenes. Adultos mayores. Emprendedores. Profesionales. Docentes. Vecinos que todos los días ayudan a otros sin aparecer nunca en los titulares. Ese liderazgo existe. Lo que falta es reconocerlo, conectarlo y desarrollarlo. La verdadera riqueza de Colombia no está únicamente en sus recursos naturales. Está en esos miles de líderes invisibles que todavía no saben que forman parte de una misma historia.

Colombia es Buena quiere ayudar a encontrarlos.

Del cuidado privado al cuidado de lo común

Existe una frase que resume toda esta propuesta. Las personas cuidan aquello que les importa. Durante siglos hemos aprendido a cuidar nuestra familia.,  nuestras casas. El trabajo. Y nuestro patrimonio. Ahora necesitamos dar un paso más. Aprender a cuidar aquello que pertenece a todos. El barrio. El parque. La conversación pública. Las instituciones. La democracia.

Ese paso marca la diferencia entre un buen ciudadano privado y un constructor de comunidad.

Una nueva infraestructura para Colombia

Cuando hablamos de infraestructura pensamos inmediatamente en carreteras, puertos, hospitales o sistemas de transporte. Pero el desarrollo del siglo XXI necesita otra infraestructura igual de importante. La infraestructura de la confianza y de redes de colaboración. Las comunidades de liderazgo que muevan a los habitantes de esos conjuntos capaces de resolver problemas antes de que se conviertan en crisis.

Eso es precisamente lo que Colombia es buena, busca construir. No un nuevo programa social o una campaña política o una fundación más. Sino una red nacional de comunidades de liderazgo que fortalezca desde abajo la democracia colombiana.

Del metro cuadrado al país

Durante años hemos esperado que las grandes transformaciones comiencen desde arriba. Elegimos un nuevo presidente. Esperamos una gran reforma. Confiamos en un nuevo gobierno. Y volvemos a frustrarnos.

Tal vez llegó el momento de invertir la lógica. Comenzar desde el metro cuadrado donde vivimos. Porque allí es donde realmente aprendemos a convivir. Cada comunidad fortalecida mejora un barrio. Cada barrio fortalece una localidad. Cada localidad fortalece una ciudad.

Y ciudades con ciudadanos que saben cooperar terminan fortaleciendo la democracia nacional. Así comienzan los grandes cambios culturales. No con un decreto sino con millones de pequeñas experiencias compartidas.

Una invitación nacional

Hace algunas semanas escribía que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

La semana pasada propuse que la educación cívica puede convertirse en la gran revolución silenciosa de nuestro tiempo. Hoy quisiera dar un paso más.

Creo que Colombia tiene la oportunidad de convertirse en un referente internacional de innovación democrática. No porque inventemos una nueva Constitución. Sino porque podemos inventar una nueva forma de aprender ciudadanía. Una ciudadanía que no nazca únicamente en las aulas sino en la vida cotidiana:  En los edificios donde vivimos. En las empresas donde trabajamos. En las universidades donde estudiamos. En los barrios donde compartimos el espacio público. Ese es el sueño que inspira a Colombia es Buena.

Construir una cultura ciudadana del cuidado es conectar a miles de líderes invisibles para fortalecer sus comunidades y recuperar la confianza. Y así demostrar que la democracia no empieza en el Capitolio. Empieza cuando dos vecinos que piensan distinto descubren que pueden trabajar juntos para cuidar el lugar donde viven.

Tal vez esa sea la innovación social más importante que Colombia puede ofrecerle al mundo.

Porque, al final, la democracia no sobrevive gracias a los discursos. Sobrevive gracias a los ciudadanos que la practican todos los días. Y esa es una buena noticia. Porque significa que el futuro de Colombia no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende también de cada uno de nosotros.


sábado, 11 de julio de 2026

La revolución silenciosa que Colombia necesita.

 

Lo que el renacer de la educación cívica en Estados Unidos puede enseñarnos para reconstruir el “nosotros” en Colombia

En el artículo de hace dos semanas sostuve que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

Las elecciones presidenciales dejaron una lección que va mucho más allá del nombre del ganador. Confirmaron que nuestro mayor desafío no es únicamente político. Es cultural. Las urnas no fracturaron al país. Simplemente hicieron visibles fracturas que venían creciendo silenciosamente desde hace muchos años.

Terminé aquel artículo formulando una pregunta que considero decisiva para nuestro futuro: ¿Cómo se reconstruye el “nosotros” en Colombia cuando el,país quedó fracturado en dos?

Durante varios días esa pregunta siguió rondando mi cabeza. Hasta que encontré una respuesta donde menos la esperaba. No en un discurso político ni un programa de gobierno o una reforma constitucional. La encontré en un artículo publicado en The New York Times por Danielle Allen, filósofa política de Harvard, titulado The Civic Education Comeback. Su lectura me produjo una mezcla de sorpresa y esperanza.

Mientras el mundo entero observa la creciente polarización política de los Estados Unidos, existe otra historia mucho menos visible que apenas comienza a llamar la atención. Una historia que no aparece todos los días en los titulares porque no está protagonizada por presidentes, congresistas o candidatos. Está siendo escrita por profesores, estudiantes, universidades, fundaciones, organizaciones sociales, empresas y líderes comunitarios.

Es una revolución silenciosa. Y creo que Colombia debería prestarle mucha atención.

La gran paradoja estadounidense

Pocas democracias occidentales han vivido durante la última década una polarización tan intensa como la estadounidense. Las instituciones han perdido credibilidad. La conversación pública se ha vuelto cada vez más agresiva. Las redes sociales han amplificado la desinformación. Las familias han dejado de hablar de política para evitar conflictos. Las universidades han sido escenario de profundas tensiones ideológicas. Y el regreso de Donald Trump al centro de la política ha intensificado aún más esa sensación de división permanente.

Sin embargo, mientras el debate público parecía deteriorarse, comenzó a crecer una corriente completamente distinta. Miles de ciudadanos llegaron a una conclusión sencilla pero profunda. La democracia no iba a salvarse únicamente ganando la siguiente elección. Había que volver a formar ciudadanos. Esa decisión cambió completamente la conversación.

Ese planteamiento me hizo recordar una reflexión muy similar que compartió el profesor John Martin, de la Universidad de Notre Dame, durante una reunión de planeación de la iniciativa Diálogos de Futuro en marzo de 2021. Martin afirmaba que, si el sistema de educación superior quería contribuir de verdad al desarrollo del país, su primera responsabilidad era formar ciudadanos. Solo después debía formar profesionales, para que, al ejercer sus respectivas disciplinas, pudieran convertirse en auténticos agentes de cambio al servicio de la sociedad.

Volviendo al caso norteamericano, en lugar de preguntarse únicamente cómo derrotar al adversario político, comenzaron a preguntarse cómo preparar mejor a la próxima generación para vivir en democracia. Más de treinta estados reformaron sus programas de educación cívica. Universidades de distintas orientaciones ideológicas comenzaron a trabajar juntas. Fundaciones privadas financiaron programas nacionales. Organizaciones de la sociedad civil diseñaron nuevas metodologías pedagógicas. Empresas comenzaron a apoyar iniciativas para fortalecer la ciudadanía.

La gran apuesta dejó de ser electoral. Pasó a ser cultural para construir las bases de una ciudadanía más preparada y corresponsable.

La democracia también se aprende

Quizá la mayor enseñanza de Danielle Allen consiste en recordar algo que muchas veces olvidamos. La ciudadanía no aparece espontáneamente cuando una persona cumple dieciocho años. La democracia tampoco nace automáticamente el día que alguien deposita un voto en una urna. Ambas necesitan aprendizaje. Como también apréndelos matemáticas, idiomas o una profesión.

Así como nadie nos enseñó a ser papás, ¿por qué suponemos que sabemos ser ciudadanos sin haber aprendido nunca cómo hacerlo?

Durante décadas dimos por sentado que bastaba con enseñar el funcionamiento de las instituciones. Memorizar artículos de la Constitución. Aprender la separación de poderes. Conocer las funciones del Congreso. Hoy ya ni siquiera se hace ese esfuerzo a pesar de que todos esos temas siguen siendo importantes. Pero hoy sabemos que no son suficientes y la educación cívica debe de actualizarse para enfrentar los retos de un entorno de altísima complejidad .

La democracia exige competencias mucho más sofisticadas. Escuchar. Argumentar. Evaluar evidencia. Reconocer información falsa. Distinguir hechos de opiniones. Aceptar la legitimidad del desacuerdo. Construir acuerdos sin renunciar a las propias convicciones. Nada de eso aparece de manera espontánea. También se debe aprender y hoy no se hace.

No enseñar qué pensar

Hay una idea del movimiento estadounidense que me parece extraordinariamente poderosa. Su propósito no consiste en enseñarles a los jóvenes qué deben pensar. Su propósito consiste en enseñarles cómo pensar juntos. La diferencia parece pequeña. En realidad cambia todo.

La educación cívica del siglo XXI no pretende producir ciudadanos que piensen igual. Pretende formar ciudadanos capaces de seguir viviendo juntos cuando piensan distinto en una sociedad marcada por la diversidad. Ese matiz resulta fundamental para países como Colombia.

Durante muchos años hemos sospechado de cualquier propuesta de educación cívica porque tememos el adoctrinamiento. Y con razón. Nuestra historia política explica esa desconfianza. Pero el modelo que hoy comienza a consolidarse en Estados Unidos plantea exactamente lo contrario.

No busca uniformidad sino pluralismo. No busca obediencia sino criterio. No busca producir seguidores sino ciudadanos conscientes y corresponsables .

La verdadera infraestructura de una democracia

Con frecuencia pensamos que la infraestructura de un país son las carreteras, los puertos, los aeropuertos, los hospitales o las redes digitales. Todo eso es indispensable. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible. La infraestructura mental y cívica.

Está formada por la confianza. Las normas compartidas. Los hábitos de cooperación. La disposición para resolver conflictos pacíficamente. La capacidad de deliberar. La credibilidad de las instituciones. La voluntad de participar. Cuando esa infraestructura invisible comienza a deteriorarse, ninguna democracia permanece fuerte durante mucho tiempo. Porque las instituciones no funcionan solas. Funcionan en la medida en que existan ciudadanos capaces de sostenerlas.

Colombia enfrenta exactamente el mismo desafío

Mientras leía el artículo de Danielle Allen no podía dejar de pensar en nuestro país. Nos hemos acostumbrado a explicar todos nuestros problemas desde la política. Culpamos al presidente. Al Congreso. A los partidos. A los jueces. A los medios. A los algoritmos. Y que pasa con nosotros mismos?

Todos tenemos alguna responsabilidad. Pero existe una pregunta mucho más incómoda. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de sostener la democracia que esperamos tener?

La respuesta, desafortunadamente, parece ser negativa.

Sabemos votar. Pero pocas veces sabemos deliberar. Sabemos protestar. Pero pocas veces sabemos cooperar. Sabemos indignarnos. Pero pocas veces sabemos construir confianza.

Y cuando aparecen diferencias profundas, con demasiada facilidad dejamos de ver al otro como un compatriota para convertirlo en un enemigo. No porque seamos malas personas. Sino porque nunca aprendimos otra manera de convivir.

Aquí comienza la verdadera misión de Colombia es buena

Hace varios meses en mis blogs vengo proponiendo que Colombia necesita construir una cultura ciudadana del cuidado. Hoy estoy aún más convencido que nunca.

Pero ahora comprendo que el cuidado necesita un fundamento mucho más profundo. Necesita educación cívica. Porque cuidar no es únicamente proteger aquello que nos pertenece. Es aprender a reconocer que también somos responsables de aquello que pertenece a todos.

Cuidar el espacio público. Cuidar las instituciones. Cuidar la conversación democrática. Cuidar la confianza. Cuidar incluso el derecho del otro a pensar distinto. Todo eso constituye ciudadanía. Y la ciudadanía se aprende.

Por eso creo que Colombia es buena debe evolucionar más allá de una narrativa positiva. Debe convertirse en un gran movimiento nacional de aprendizaje cívico. No impulsado exclusivamente por el Estado. Sino por toda la sociedad : las universidades, las empresas.  los medios de comunicación. Las organizaciones sociales, las juntas de acción comunal. También los conjuntos habitacionales. Las comunidades religiosas. las Fundaciones y los centros culturales.

Todos formando parte de una misma conversación nacional.

La revolución silenciosa puede comenzar aquí

Existe una enorme ventaja para Colombia. No necesitamos inventarlo todo desde cero. Ya existen miles de líderes comunitarios trabajando silenciosamente. Existen universidades comprometidas. Empresas con programas de sostenibilidad. Organizaciones sociales que llevan años fortaleciendo comunidades. Lo que hace falta no son buenas personas. Hace falta conectarlas. Darles un propósito compartido. Construir una narrativa común. Articular esfuerzos dispersos alrededor de un mismo objetivo nacional.

Eso es precisamente lo que puede hacer Colombia es buena. Convertir miles de iniciativas aisladas en un gran movimiento de reconstrucción cultural.

La democracia empieza mucho antes de las elecciones

La historia demuestra que las democracias no comienzan a debilitarse cuando aparecen malos gobernantes. Empiezan a debilitarse cuando dejan de producir buenos ciudadanos. Tal vez por eso la revolución más importante de nuestro tiempo no esté ocurriendo en los parlamentos. Está ocurriendo en las aulas escolares. En las bibliotecas. En las universidades. En las organizaciones sociales. En las comunidades.

En los lugares donde las personas vuelven a aprender algo que nunca debimos olvidar: cómo vivir juntos. Eso es exactamente lo que Colombia necesita. Y quizá esa sea la misión histórica de Colombia es buena. No cambiar el resultado de la próxima elección. Sino ayudar a formar la generación de ciudadanos que hará posibles todas las elecciones que vendrán después.

En un próximo artículo quisiera dar un paso más.

Si la educación cívica constituye el camino para reconstruir la democracia, la pregunta siguiente es inevitable: ¿Dónde puede aprenderse?

Mi respuesta es sencilla. En el mismo lugar donde transcurre nuestra vida cotidiana. En los barrios. En las universidades. En las empresas. Y, sobre todo, en las comunidades donde convivimos todos los días.

Porque la democracia no se aprende únicamente en un salón