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domingo, 6 de septiembre de 2026

La generación que Colombia no puede darse el lujo de jubilar


La economía plateada no es solamente un nuevo mercado. Es la oportunidad de incorporar a millones de colombianos a la construcción del país que viene.

Durante buena parte del siglo XX aprendimos a pensar la vida como una secuencia relativamente predecible: primero estudiábamos, después trabajábamos, finalmente nos jubilábamos. La infancia y la juventud eran el tiempo de aprender. La adultez, el tiempo de producir. Y la vejez, de alguna manera, se convirtió en el tiempo de retirarse. Ese modelo tenía cierta lógica cuando la expectativa de vida era mucho menor y la pirámide demográfica tenía una base enorme de jóvenes y una pequeña proporción de personas mayores.

Pero ese mundo está desapareciendo.

Colombia está experimentando una de las transformaciones más profundas y silenciosas de su historia: estamos viviendo mucho más y teniendo muchos menos hijos. La antigua pirámide demográfica está convirtiéndose progresivamente en un rombo y eventualmente tenderá a invertirse.

Colombia está desperdiciando una reserva creciente de experiencia, conocimiento, tiempo, capacidad de cuidado y liderazgo precisamente cuando más necesita reconstruir su tejido social.

Según las cifras presentadas recientemente en una conversación sobre economía plateada en la que participé, en América Latina existen alrededor de 98 millones de personas mayores de 60 años y para 2050 podrían ser cerca de 183 millones. En Colombia, aproximadamente el 27 % de los trabajadores ya tiene más de 50 años.

Pero quizá seguimos haciéndonos la pregunta equivocada. Nos preguntamos cómo vamos a sostener una sociedad que envejece, cuando deberíamos preguntarnos: ¿Cómo vamos a aprovechar una sociedad que vive mucho más?

No estamos solamente envejeciendo. Estamos madurando

Una de las ideas que más me llamó la atención durante la conversación fue aparentemente sencilla: el mundo no solamente está envejeciendo. Está madurando.

La diferencia entre ambas palabras es enorme. “Envejecer” suele evocar deterioro, dependencia, enfermedad y costo. “Madurar” evoca experiencia, criterio, aprendizaje y perspectiva. Naturalmente, la longevidad trae consigo enormes desafíos en salud, pensiones y sistemas de cuidado. Ignorarlos sería irresponsable. Pero reducir esta revolución demográfica exclusivamente a esos problemas puede llevarnos a cometer un gigantesco error colectivo.

Porque millones de personas llegarán a los 60, 70 y 80 años conservando diferentes grados de autonomía, conocimiento, relaciones, experiencia profesional y capacidad de contribuir. Y nuestras instituciones siguen utilizando principalmente un indicador extraordinariamente rudimentario para decidir qué pueden hacer: la fecha de nacimiento que aparece en su cédula.

De ahí surge una distinción fundamental: edad cronológica y edad funcional. Dos personas de 70 años pueden encontrarse en situaciones completamente diferentes. Una puede necesitar cuidado permanente mientras otra dirige una empresa, enseña en una universidad, asesora emprendedores, viaja, escribe o lidera una organización comunitaria. Sin embargo, buena parte de nuestras instituciones todavía las coloca en la misma categoría: “adultos mayores”. Es una simplificación que terminará resultando tremendamente costosa.

La gigantesca fábrica de jubilados

Existe una paradoja que deberíamos comenzar a discutir. Durante treinta o cuarenta años invertimos enormes recursos formando personas. Las universidades las educan. Las empresas las entrenan. Las organizaciones les permiten acumular conocimiento, contactos, criterio y experiencia. Y justamente cuando algunas alcanzan su mayor capacidad para comprender situaciones complejas, las invitamos a retirarse.

En las empresas esto produce lo que algunos expertos comienzan a llamar “amnesia corporativa”. Se jubila una persona y con ella pueden salir por la puerta treinta años de conocimiento que nunca quedaron escritos en un manual: relaciones con clientes, comprensión de una industria, memoria sobre errores cometidos, conocimiento tácito y, quizá lo más importante, criterio.

La organización contrata entonces personas nuevas que, inevitablemente, tendrán que volver a recorrer parte del camino. ¿Cuánto cuesta esa pérdida?.Sorprendentemente, pocas empresas lo saben porque prácticamente ninguna la mide.

El desafío no consiste en impedir que las nuevas generaciones ocupen espacios. Consiste exactamente en lo contrario: conectar generaciones para multiplicar sus capacidades. Un profesional joven puede aportar nuevas tecnologías, perspectivas y formas de interpretar el mundo. Una persona con treinta años de experiencia puede aportar contexto, relaciones y criterio. Juntas pueden producir algo que ninguna posee individualmente. Eso es inteligencia colectiva.

De la dependencia a la autonomía

Hay otra transformación cultural todavía más importante. Durante décadas hemos diseñado políticas y servicios para las personas mayores, pero pocas veces con ellas. Parece una diferencia semántica. No lo es.

El modelo asistencial supone que alguien sabe lo que ellas necesitan y diseña soluciones en su nombre. El modelo de autonomía comienza preguntándoles qué quieren seguir haciendo con sus vidas. No es simplemente una discusión económica. Es una discusión sobre dignidad. Una persona de 65 años puede tener por delante veinte o treinta años de vida. Estamos hablando prácticamente de una tercera vida adulta completa. ¿Qué va a hacer con ella?

Puede aprender nuevamente. Emprender. Enseñar. Cuidar. Viajar. Trabajar parcialmente. Ser mentor. Participar en organizaciones sociales. Liderar proyectos comunitarios. Acompañar jóvenes. Invertir. Investigar. Crear. Y también puede descubrir un nuevo propósito.

Por eso una de las industrias más interesantes de la economía plateada probablemente no será solamente la de productos para personas mayores. Será la economía del propósito.

Una gigantesca infraestructura de mentoría

Imaginemos por un momento algo diferente. ¿Qué ocurriría si Colombia construyera una gran red de conocimiento intergeneracional? Miles de ingenieros retirados podrían acompañar pequeños municipios en proyectos de infraestructura. Empresarios experimentados podrían asesorar emprendedores jóvenes. Profesores jubilados podrían acompañar colegios y comunidades. Ejecutivos podrían convertirse en mentores de organizaciones sociales. Médicos experimentados podrían apoyar programas preventivos. Abuelos y jóvenes podrían desarrollar conjuntamente proyectos culturales, ambientales o comunitarios.

No se trataría necesariamente de regresar al empleo tradicional de ocho horas. La longevidad probablemente requerirá inventar formas mucho más flexibles de participación social y económica: trabajos parciales, mentorías, voluntariado profesional, consultoría, emprendimiento, enseñanza y participación comunitaria.

La pregunta dejaría de ser cuándo una persona debe retirarse y pasaría a ser otra mucho más interesante: ¿Cómo quiere seguir contribuyendo?

También tendremos que rediseñar las ciudades

La longevidad tampoco puede resolverse exclusivamente desde las empresas. Necesitamos ciudades diferentes. En el documento presentado durante la conversación encontré un concepto particularmente sugestivo: urbanismo de reciprocidad.

La idea consiste en diseñar parques, transporte, barrios e infraestructura social para provocar encuentros intergeneracionales y combatir una de las enfermedades silenciosas de nuestro tiempo: la soledad. Esto resulta especialmente interesante para Colombia.

Los conjuntos habitacionales, centros comerciales, universidades, bibliotecas, parques y equipamientos públicos podrían convertirse deliberadamente en lugares de encuentro entre generaciones. Un centro comercial, por ejemplo, podría dejar de ser exclusivamente un lugar de consumo y convertirse también en infraestructura social. Una universidad podría dejar de pensar que su relación con una persona termina cuando recibe su diploma a los 22 años y acompañarla durante toda su vida. Una empresa podría mantener comunidades de antiguos empleados que continúen transfiriendo conocimiento.

Y un conjunto residencial podría descubrir que entre sus habitantes jubilados existe una extraordinaria reserva de profesores, médicos, empresarios, ingenieros, artistas, administradores y líderes capaces de contribuir al bienestar de su propia comunidad. La longevidad podría convertirse así en capital cívico.

El reto es intergeneracional

Manizales ofrece una señal de lo que viene. Allí la población mayor de 60 años ya supera a la menor de 15. Aproximadamente uno de cada cinco habitantes pertenece a ese grupo poblacional. Podríamos interpretar esa realidad exclusivamente como una alarma demográfica. O podríamos convertirla en un laboratorio.

¿Qué ocurriría si una ciudad decidiera deliberadamente organizar su economía, sus universidades, sus empresas, sus barrios y sus políticas públicas alrededor de la cooperación entre generaciones?. Tal vez descubriríamos algo importante: la economía plateada no debería tratar de separar a los mayores como un nuevo segmento, sino de reincorporarlos plenamente a la sociedad.

Ese cambio conceptual me parece fundamental. Porque crear una sociedad para mayores puede terminar produciendo otra forma de segregación. El verdadero desafío es construir una sociedad intergeneracional.

De un problema demográfico a una oportunidad histórica

Empresas, universidades, gobiernos y organizaciones sociales tendrán que actuar conjuntamente. Las empresas deberán medir el costo de perder conocimiento y crear mecanismos para conservarlo. Las universidades deberán comprender que aprender ya no será una etapa de la vida sino una actividad permanente. Los gobiernos tendrán que revisar reglas laborales, pensionales, urbanísticas y de cuidado pensadas para otra estructura demográfica. La sociedad civil tendrá que abrir espacios donde experiencia y propósito puedan encontrarse.

Y todos tendremos que combatir un prejuicio profundamente instalado: creer que después de determinada edad una persona pertenece principalmente al pasado. Quizá sea exactamente al contrario. Una sociedad que vive más necesita aprender a utilizar mejor todo lo que ha aprendido.

El próximo Congreso Latinoamericano de Economía Plateada puede ser un escenario importante para profundizar esta conversación, compartir experiencias y comenzar a articular un ecosistema regional. Pero el verdadero desafío estará mucho más allá de cualquier congreso.

Estará en nuestras empresas, universidades, ciudades, barrios y familias. Porque Colombia tiene ante sí una oportunidad extraordinaria. Millones de personas que durante décadas acumularon conocimiento, relaciones, experiencias, fracasos, aprendizajes y sabiduría tendrán veinte o treinta años adicionales de vida.

Podemos construir una sociedad que simplemente las jubile. O podemos construir una sociedad que las vuelva a convocar. Y en un país que necesita desesperadamente más confianza, más cuidado, más conocimiento compartido y más capacidad de trabajar juntos, no podemos darnos el lujo de jubilar también toda esa experiencia.

Tal vez una de las mayores riquezas que tendrá Colombia en las próximas décadas ya está entre nosotros. Solo necesitamos dejar de llamarla vejez y comenzar a reconocerla como lo que también puede ser: una extraordinaria reserva de conocimiento, propósito y liderazgo al servicio de la sociedad.

Creo que este enfoque tiene una ventaja: no presenta a los mayores como una “población vulnerable que hay que atender”, ni reduce la economía plateada a una oportunidad comercial. La convierte en un asunto de desarrollo, capital cívico e inteligencia colectiva. Esta manera de ver esta nueva realidad que tenemos  conecta muy naturalmente con la reflexión que he venido  construyendo sobre comunidades de liderazgo y florecimiento colectivo en el. O texto del Movimiento Colombia es Buena y vale la pena cuidarla , sobre todo a los adultos mayores que son un activo muy valioso de nuestra sociedad.


sábado, 29 de agosto de 2026

Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

  Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

El nuevo Gobierno enfrenta una combinación extraordinaria de expectativas, restricciones fiscales, debilidad institucional, fractura social y ahora una tragedia natural. Quizás sea el momento de entender que reconstruir Colombia no será solamente responsabilidad del presidente que acabamos de elegir.

Colombia necesita un chequeo de realidad. Después de una de las elecciones más polarizadas y reñidas de nuestra historia reciente, Abelardo De la Espriella llegó a la Presidencia por una diferencia de apenas 251.854 votos frente a Iván Cepeda. Prácticamente medio país votó por una opción y la otra mitad por la contraria.

Para quienes celebraron el resultado electoral puede existir la tentación de pensar que el cambio de presidente resolverá rápidamente los problemas acumulados durante los últimos años. No será así.

Y reconocerlo no significa disminuir la importancia del cambio político. Significa poner los pies sobre la tierra para poder evaluar con sensatez al nuevo Gobierno y, sobre todo, comprender qué nos corresponde hacer como sociedad.

De la Espriella llega a la Presidencia sin experiencia previa administrando el Estado ni ejerciendo cargos ejecutivos de gobierno. Durante la campaña conocimos su capacidad de comunicación, su temperamento político y su habilidad para movilizar electoralmente a millones de colombianos. Ahora comienza una prueba completamente diferente: gobernar.

Gobernar significa construir equipos competentes, entender una maquinaria estatal extraordinariamente compleja, establecer prioridades, negociar con el Congreso, manejar unas finanzas públicas profundamente restringidas, recuperar capacidades institucionales, enfrentar problemas de seguridad y, simultáneamente, generar confianza.

Como si esto fuera poco, apenas comenzando su Gobierno ocurrió algo que nadie podía haber previsto.

El terremoto que cambió la agenda

El terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto produjo una enorme tragedia humana y destruyó viviendas, escuelas, hospitales, vías y buena parte de la infraestructura de extensas zonas del centro y occidente del país.

Las primeras estimaciones oficiales sitúan los costos de reconstrucción por encima de los $30 billones. De repente, las prioridades cuidadosamente diseñadas para los primeros cien días tuvieron que competir con una emergencia nacional gigantesca.

Pero el terremoto hizo visible una paradoja sobre la cual deberíamos reflexionar. Colombia tiene ahora dos reconstrucciones por delante. Una es evidente porque podemos fotografiarla.Son los edificios derrumbados, las carreteras destruidas, las escuelas averiadas y las familias que perdieron sus viviendas.

Pero existe otra destrucción mucho menos visible. Es el deterioro de nuestra infraestructura social. Un país profundamente polarizado. Una confianza institucional debilitada. Comunidades desconectadas. Una cultura política acostumbrada a convertir al contradictor en enemigo. Una ciudadanía que espera demasiado del Estado y demasiado poco de sí misma. Y un aparato público debilitado cuya capacidad de ejecución está muy lejos de las necesidades que enfrenta Colombia. Ese es el otro terremoto. Y probablemente sea más difícil de reconstruir.

No basta con cambiar el Gobierno

En varios blogs anteriores he tratado de llamar la atención precisamente sobre este punto: 

En Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente sostuve que ningún mandatario, independientemente de sus capacidades o de la legitimidad obtenida en las urnas, puede transformar por sí solo una sociedad de más de cincuenta millones de habitantes.

En No basta con cambiar el Gobierno. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de gobernar señalé algo todavía más preocupante: un presidente puede tener voluntad política y buenas ideas, pero si recibe instituciones debilitadas, información incompleta, capacidades técnicas erosionadas, recursos fiscales restringidos y una burocracia desarticulada, su capacidad de convertir decisiones en resultados será limitada.

El problema no es solamente quién gobierna. Es con qué capacidad institucional puede gobernar.

Y en La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia planteé una dimensión todavía más profunda: solemos pensar que cambiando las leyes, los funcionarios o las instituciones cambiaremos automáticamente la sociedad, cuando muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones reflejan la cultura que las sostiene. Una sociedad caracterizada por la desconfianza, la polarización, la intolerancia y la búsqueda permanente de culpables terminará reproduciendo esas mismas características en su política.

Finalmente, en El carácter y la integridad antes que el poder recordaba que gobernar en circunstancias extraordinariamente difíciles requiere algo más que autoridad. Requiere prudencia, autocontrol, humildad para escuchar, capacidad para rodearse bien, fortaleza emocional y disposición para aprender.

Esas cuatro reflexiones hoy convergen.

Expectativas enormes, capacidades muy  limitadas

Aquí aparece uno de los principales riesgos de los próximos meses. Millones de colombianos votaron esperando cambios rápidos en seguridad, economía, salud, energía, corrupción y funcionamiento del Estado. Pero el nuevo Gobierno tendrá inicialmente una capacidad de respuesta mucho menor que esas expectativas.

Las restricciones fiscales son enormes. La deuda absorbe recursos crecientes. El espacio para nuevas inversiones es muy limitado. Y ahora habrá que encontrar decenas de billones adicionales para reconstruir las zonas afectadas por el terremoto.

Al mismo tiempo, la oposición no desapareció con la derrota electoral. Todo lo contrario. La izquierda colombiana salió de las elecciones con una organización política poderosa, una representación importante en el Congreso y millones de ciudadanos que respaldaron su proyecto. Ya anunció incluso la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento y oposición al Gobierno. Eso forma parte de la democracia y debe ser respetado.

Pero también debemos reconocer que Colombia continuará viviendo una intensa confrontación política y que existe el riesgo de que algunos sectores —de cualquier extremo— prefieran que al Gobierno le vaya mal antes que contribuir a que al país le vaya bien. En esas circunstancias, prometer resultados inmediatos sería irresponsable. Y exigir milagros también.

Aquí aparece una enorme oportunidad

Paradójicamente, esta combinación de dificultades puede abrir una posibilidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos construido una relación demasiado paternalista con el Estado.

Cuando existe un problema preguntamos inmediatamente: ¿Qué va a hacer el Gobierno? Quizás la pregunta que necesitamos comenzar a formular sea diferente: ¿Qué podemos hacer nosotros?

Y allí el sector privado tiene una responsabilidad histórica. Las empresas no pueden limitarse a pagar impuestos, generar empleo y esperar que el Gobierno reconstruya el país. Este momento exige algo más. Exige que empresarios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación, gremios, cajas de compensación, sector financiero, sistema de salud y comunidades desarrollen una nueva capacidad de acción colectiva.

Por supuesto que tenemos que reconstruir las viviendas, escuelas, hospitales y carreteras destruidas por el terremoto. Pero sería un enorme error reconstruir únicamente la infraestructura física y dejar intacta la infraestructura social que viene deteriorándose desde hace años.

Porque podemos reconstruir una escuela en doce meses. Pero reconstruir la confianza entre los colombianos puede tomar una generación. Podemos levantar nuevamente un hospital. Pero reconstruir comunidades capaces de cuidarse unas a otras es muchísimo más difícil. Podemos reparar una carretera. Pero volver a conectar una sociedad fracturada políticamente exige liderazgo, paciencia y propósito compartido.

La infraestructura invisible de un país

Existe una infraestructura que no aparece en los presupuestos públicos ni en los balances de las empresas. Es la confianza y la capacidad de cooperación. Las redes comunitarias. El liderazgo local. La cultura cívica y la disposición de las personas para cuidar aquello que consideran suyo. Ese conjunto constituye lo que podríamos llamar la infraestructura invisible de una sociedad.

Cuando esa infraestructura funciona, las instituciones funcionan mejor, disminuyen los costos de transacción, aumenta la cooperación y las comunidades desarrollan capacidad para resolver problemas. Cuando se destruye, ningún presupuesto alcanza.

Por eso la reconstrucción que Colombia necesita después del terremoto debería convertirse también en una oportunidad para reconstruir nuestro tejido social. No se trata de escoger entre cemento y confianza. Necesitamos ambos.

Una oportunidad para el empresariado colombiano

Este puede ser uno de esos momentos en los cuales el sector privado colombiano demuestre que su responsabilidad con el país va mucho más allá de sus balances financieros. Las empresas tienen recursos, talento, capacidad de gestión, tecnología, redes y conocimiento que el Estado necesitará desesperadamente durante los próximos años. 

Pero pueden aportar algo todavía más importante: ayudar a construir capacidades en las comunidades. Ayudar a formar líderes. Conectar actores y fortalecerlas redes locales. Crear confianza para apoyarproyectos colectivos. Hacer visibles miles de historias de cooperación que cambien la narrativa que tenemos de nosotros mismos.

Porque el terremoto también nos mostró otra Colombia. Entre los escombros aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, empresarios movilizando recursos, jóvenes trabajando como voluntarios, comunidades organizándose y miles de personas demostrando que la solidaridad sigue viva.

Esa Colombia existe. El desafío es que no aparezca únicamente después de una tragedia.

El verdadero chequeo de realidad

El nuevo presidente enfrentará dificultades enormes. Cometerá errores. Tendrá que aprender. Encontrará restricciones que desde afuera probablemente no alcanzábamos a dimensionar. La oposición cumplirá su tarea, aprovechará cualquier desliz de nuevo gobierno y la confrontación política continuará. Y la reconstrucción física del terremoto consumirá recursos, energía institucional y atención política durante mucho tiempo.

Por eso quienes votaron por el nuevo Gobierno deberían moderar sus expectativas sin disminuir sus exigencias. Hay que evaluar al presidente con rigor, pero también con realismo. Y quienes no votaron por él deberían recordar que una cosa es hacer oposición al Gobierno y otra muy diferente desear que fracase el país.

Pero existe una conclusión todavía más importante.

Colombia no puede volver a sentarse durante cuatro años a mirar qué hace el presidente.

El terremoto físico nos obliga a reconstruir edificios. El terremoto social nos obliga a reconstruir confianza. Y quizás la gran oportunidad de este momento histórico sea comprender finalmente que la segunda reconstrucción no puede delegarse al Gobierno. Nos corresponde a todos. Especialmente a quienes tenemos capacidades, recursos, liderazgo y posibilidades de movilizar a otros.

Si algo debería surgir de esta crisis es un sector privado mucho más consciente de su responsabilidad en la construcción de sociedad. Porque reconstruir Colombia no significa solamente volver a levantar lo que el terremoto derrumbó. Significa construir aquello que durante demasiado tiempo dejamos deteriorar: nuestra capacidad de confiar, colaborar y cuidarnos unos a otros.

Ese será, posiblemente, el proyecto de reconstrucción más importante de todos.

Creo que aquí aparece una tesis particularmente útil para el movimiento que venimos  construyendo Colombia es Buena y vale la pena cuidar : “Colombia enfrenta dos reconstrucciones: la de su infraestructura física y la de su infraestructura social.” Esta frase desplaza la conversación hacia la corresponsabilidad y hacia qué debe hacer ahora la sociedad. La  tesis de fondo de este blog es que la fractura social constituye el segundo terremoto, y mi blog invita a estar muy consciente para que evitar profundizar esa fractura.



sábado, 22 de agosto de 2026

La Colombia que apareció entre los escombros

  No deberíamos necesitar un terremoto para recordar quiénes somos

Hay momentos en que una tragedia destruye edificios, pero al mismo tiempo deja al descubierto algo que permanecía oculto: la capacidad de una sociedad para cuidarse.”

Hace apenas una semana, Colombia despertó sacudida por uno de esos acontecimientos que dividen la historia entre un antes y un después. El terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto golpeó especialmente el occidente del país. Cali, Pereira, Manizales, Quibdó, Armenia y numerosos municipios quedaron afectados. Cientos de colombianos murieron, miles resultaron heridos y decenas de miles de familias vieron alteradas sus vidas en cuestión de segundos. (Portal de Gestión del Riesgo). Todavía estamos tratando de comprender la magnitud de la tragedia.

Pero entre las imágenes de destrucción comenzó a aparecer también la imagen de otra Colombia: una Colombia solidaria, generosa y capaz de cuidarse. Una Colombia que necesitamos hacer cada vez más visible, hasta convertirla en una nueva narrativa que nos ayude a construir un sentido más positivo de nuestra identidad cívica y cultural. Ese es, precisamente, el propósito que le da sentido al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Ver artículo de Henry Murrain en el Espectador quien refuerza el tema.

Es la narrativa  de los voluntarios removiendo escombros. La de quienes abrieron sus casas. La de médicos, enfermeras, psicólogos, bomberos y rescatistas trabajando durante jornadas interminables. La de cocineras preparando alimentos para desconocidos. La de ingenieros ofreciendo gratuitamente sus conocimientos para evaluar viviendas. La de empresarios movilizando recursos. La de ciudadanos haciendo filas para donar. La de colombianos en el exterior organizándose para ayudar a un país del que quizás salieron hace muchos años, pero que nunca dejó de pertenecerles.

En Bogotá se habían recogido para el domingo 16 de agosto 1.800 toneladas de ayuda para los damnificados. (Bogotá.gov.co) En España, colombianos organizaron centros de acopio y redes de solidaridad en Madrid, Barcelona y otras ciudades. (El País) Desde el sector empresarial también se produjo una movilización extraordinaria de recursos para atender la emergencia y comenzar a pensar en la reconstrucción. (El País)

Y entonces aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿De dónde salió toda esta solidaridad? Mi respuesta es sencilla:  siempre estuvo ahí.

La Colombia invisible

Durante los últimos años —y especialmente durante la reciente campaña electoral— los colombianos fuimos expuestos a una narrativa profundamente divisiva. Izquierda contra derecha. Ricos contra pobres. Empresarios contra trabajadores. Regiones contra Bogotá. Jóvenes contra mayores. Gobierno contra oposición. La política convirtió demasiadas veces nuestras diferencias en trincheras. Y poco a poco comenzamos a construir una imagen de nosotros mismos mucho más pobre que la realidad.

Una Colombia incapaz de ponerse de acuerdo, profundamente dividida y donde nadie confía en nadie. Una Colombia condenada al conflicto. Entonces tembló la tierra. Y durante unos instantes muchas de esas etiquetas perdieron importancia.

Cuando alguien estaba atrapado bajo los escombros, nadie preguntaba por quién había votado. Cuando una familia necesitaba comida, nadie preguntaba si era de izquierda o de derecha. Cuando un médico atendía a un herido, no preguntaba qué candidato había apoyado. Cuando miles de personas llevaron alimentos, medicamentos, ropa o dinero a los centros de acopio, simplemente estaban ayudando a otros colombianos.

La tragedia nos recordó algo que la política había conseguido ocultarnos: tenemos mucho más en común de lo que nuestras diferencias nos permiten ver.

El terremoto reveló Capital Cívico

Hay una riqueza de las sociedades que normalmente no aparece en las estadísticas económicas. No está registrada en el PIB. No aparece en el valor de las empresas ni en el presupuesto nacional. Es la capacidad de las personas para confiar, colaborar, ayudarse, organizarse y actuar conjuntamente cuando enfrentan un desafío.

A esa riqueza podemos llamarla Capital Cívico.

Y durante estos días Colombia ha mostrado que posee enormes reservas de ese capital. La solidaridad que hemos presenciado no apareció espontáneamente de la nada. Existe porque hay miles de organizaciones, fundaciones, universidades, empresas, iglesias, comunidades, cuerpos de socorro y ciudadanos que llevan años construyendo capacidades y relaciones. El terremoto simplemente las hizo visibles.

Colombia tenía esa riqueza antes del 10 de agosto. Lo que ocurre es que normalmente no la vemos. Y esa constatación tiene enormes implicaciones. Porque quizás uno de los mayores problemas de Colombia no sea solamente que nos falten líderes. Es que tenemos miles de líderes que permanecen invisibles, desconectados y sin suficiente apoyo.

Colombia es buena

Hace algún tiempo comenzamos una iniciativa alrededor de una convicción muy sencilla:

Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Y ahora: reconstruirla 

Algunas personas podrían interpretar esta frase como una expresión de optimismo. No lo es. Tampoco significa negar nuestros problemas. Colombia tiene desigualdad, violencia, corrupción, pobreza, exclusión, narcotráfico, instituciones débiles y profundas fracturas sociales. Sería absurdo desconocerlo.

La pregunta es otra: ¿Esos problemas representan a  toda Colombia?

Estos días nos han dado una respuesta contundente. No. También existe una Colombia solidaria, generosa y capaz de organizarse. Una Colombia donde miles de personas están dispuestas a entregar su tiempo, conocimientos, recursos y hasta arriesgar su vida para ayudar a alguien que no conocen. Esa Colombia también es real.

El propósito de Colombia es buena y vale la pena cuidarla consiste precisamente en hacerla visible, conectarla y fortalecerla. Queremos identificar a esas personas extraordinarias que trabajan silenciosamente en barrios, empresas, universidades, organizaciones sociales, conjuntos residenciales, municipios y comunidades. Queremos conectarlas y construir con ellas comunidades y redes de liderazgo.

Porque un país no se transforma únicamente desde la Presidencia de la República. También se transforma cuando miles de ciudadanos descubren que también corresponsables y que tienen capacidad de actuar sobre su entorno y, sobre todo, cuando descubren que no están solos.

No deberíamos necesitar una tragedia

Aquí aparece la paradoja. ¿Por qué necesitamos que ocurra un terremoto para reconocernos como colombianos? Algo parecido sucede cuando juega la Selección Colombia. Durante noventa minutos desaparecen muchas de nuestras diferencias. Millones de personas se ponen la misma camiseta, celebran el mismo gol y sienten que pertenecen a algo común. Pero después termina el partido. O pasa la emergencia. Y regresamos a nuestras trincheras.

No regresar a mirar únicamente lo negativo es, quizás, uno de los grandes desafíos culturales que tenemos como sociedad: lograr que los colombianos nos pongamos la camiseta de nuestro país y no volvamos a quitárnosla; que esa pertenencia se convierta en parte de la identidad que nos define y se refleje en la manera como pensamos, sentimos y actuamos, tanto individual como colectivamente.

Necesitamos construir propósitos colectivos que no dependan de una tragedia ni de un partido de fútbol.

Necesitamos descubrir razones cotidianas para cuidarnos. El cuidado de nuestros barrios. La educación de nuestros niños. La protección de nuestros mayores. La recuperación del espacio público. El fortalecimiento de nuestras instituciones. El cuidado del medio ambiente. La disminución de la violencia. La reconstrucción de la confianza. La creación de oportunidades. Todos ellos pueden convertirse en espacios de colaboración.

De la solidaridad a la reconstrucción

Ahora comienza quizás la etapa más difícil. La emergencia moviliza. La reconstrucción exige perseverancia. Durante las próximas semanas disminuirá la atención mediática. Las imágenes desaparecerán lentamente de las pantallas. Pero miles de familias seguirán necesitando vivienda, empleo, infraestructura, colegios, hospitales y acompañamiento emocional. La reconstrucción material será gigantesca.

Pero tenemos frente a nosotros la posibilidad de impulsar simultáneamente otra reconstrucción: la reconstrucción del tejido social colombiano , de la mentalidad y la narrativa que lo sostenga.

Sería extraordinario que las redes de solidaridad que han aparecido estos días no desaparecieran cuando termine la emergencia. Que pudiéramos identificarlas, conectarlas y convertirlas en una gran red ciudadana para la reconstrucción. Que empresarios, universidades, organizaciones sociales, comunidades, jóvenes, profesionales, gobiernos locales y ciudadanos trabajaran alrededor de un propósito compartido.

El desastre podría convertirse entonces, sin romantizar jamás el dolor que ha producido, en un punto de inflexión.

Para lograrlo, las redes sociales y los influenciadores pueden desempeñar un papel fundamental: visibilizar y amplificar miles de historias reales de solidaridad, colaboración y cuidado que contribuyan al nacimiento de una narrativa más constructiva sobre nosotros mismos que fortalezcan nuestro sentido de identidad y de propósito compartido como colombianos.

Pero no basta con contar historias. Necesitamos generar capacidades colectivas tangibles y sostenibles en el tiempo, en comunidades y territorios concretos, que se conviertan en verdaderas cajas de resonancia de una autoimagen más positiva del país, capaces no solo de difundir esa nueva narrativa, sino de demostrarla a través de la acción cotidiana.

Una oportunidad para el nuevo Gobierno

El terremoto ocurrió apenas comenzando un nuevo Gobierno y después de una campaña electoral particularmente polarizada. Por eso existe también una enorme responsabilidad política. El Gobierno puede administrar la emergencia y reconstruir infraestructura. Pero puede hacer algo todavía más importante: ayudar a reconstruir el sentido de comunidad e identidad nacional.

Ojalá convoque al país entero. A quienes votaron por él y a quienes no. A empresarios y sindicatos. A universidades y organizaciones sociales. A gobernadores y alcaldes de diferentes corrientes políticas. A jóvenes, comunidades y ciudadanos. La reconstrucción no debería tener color político. Puede convertirse en el primer gran propósito colectivo de esta nueva etapa nacional.

Después de años en que demasiados dirigentes descubrieron que dividir producía réditos electorales, necesitamos liderazgos capaces de demostrar que unir también produce resultados. Sanar las heridas no significa borrar nuestras diferencias. Significa aprender a convivir con ellas sin convertir al otro en enemigo.

La Colombia que tenemos que cuidar

Quizás dentro de algunos años recordemos el terremoto de agosto de 2026 solamente por sus pérdidas. O quizás podamos recordar también algo más. El momento en que, entre los escombros, apareció una Colombia que habíamos dejado de ver. Una Colombia compasiva y . solidaria capaz de colaborar. Una Colombia donde ciudadanos comunes hicieron cosas extraordinarias.

Esa Colombia no nació con el terremoto. El terremoto simplemente la hizo visible. Ahora tenemos una responsabilidad mucho mayor: no permitir que vuelva a desaparecer.

Necesitamos ponernos  y mantener puesta la camiseta del país, para convertir la solidaridad espontánea en colaboración permanente . La colaboración en confianza. La confianza en Capital Cívico. El Capital Cívico en comunidades de liderazgo. Y esas comunidades en una gran red capaz de participar en la construcción del país.

Porque Colombia no necesita esperar otro terremoto para descubrir que puede unirse. No necesita esperar el próximo gol de la Selección para sentirse una comunidad. Necesita construir un propósito compartido suficientemente poderoso para recordarnos todos los días que, antes que adversarios políticos, somos ciudadanos de un mismo país.

Tal vez esa sea una de las grandes lecciones que nos dejan estos días terribles.

Entre los escombros no solamente aparecieron víctimas y ruinas. También apareció una extraordinaria reserva de humanidad.

Está en nuestras manos decidir qué hacemos con ella. Colombia es buena. Y precisamente por eso, vale la pena cuidarla y reconstruirla .