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viernes, 31 de julio de 2026

No basta con cambiar el Gobierno: se necesita capacidad

  

“Las elecciones cambian gobiernos. Las sociedades cambian cuando desarrollan nuevas capacidades.”

Mientras la atención del país se ha concentrado en los nombres del nuevo gabinete, en las primeras decisiones del presidente electo y en las disputas políticas propias de la transición, hay un tema fundamental que ha pasado casi inadvertido. Paradójicamente, puede convertirse en el factor que más determine el éxito o el fracaso del nuevo gobierno.

La posesión de un nuevo presidente siempre despierta esperanza. Después de una campaña intensa, millones de ciudadanos sienten que comienza una nueva etapa y esperan que, ahora sí, el país empiece a resolver los problemas acumulados en estos últimos cuatro años. Es una reacción natural. Toda democracia necesita esperanza. Pero también necesita realismo.

Porque cambiar un gobierno puede tomar un día. Recuperar la capacidad de gobernar puede tomar muchos más tiempo. Ese será, probablemente, el mayor desafío que enfrentará Colombia durante los próximos cuatro años.

No se trata únicamente de enfrentar de la compleja situación económica, las dificultades del sistema de salud, la inseguridad creciente, las tensiones fiscales, la incertidumbre energética o una sociedad profundamente polarizada. A todo ello se suma un desafío mucho menos visible, pero decisivo: el estado en que el nuevo gobierno recibe la capacidad institucional del Gobierno Central y que hoy se encuentra muy debilitada después del desgobierno de Petro.

Durante las últimas semanas, los colombianos hemos conocido, a través de distintos medios de comunicación y de investigaciones en curso el lamentable cierre de la administración que termina: denuncias sobre contrataciones realizadas a las carreteras al final del gobierno saliente, denuncias crecientes de  hechos de corrupción, la ausencia histórica del proceso de empalme entre la administración saliente y entrante, los cuestionamientos sobre la calidad y disponibilidad de información en diversas entidades públicas y un largo etc.

Se necesita que, para aclarar todos estos hechos, sean  a las autoridades las que establezcan responsabilidades donde las haya y lo hagan rápido . Sin embargo, más allá del desenlace de cada caso, esta lamentable situación pone sobre la mesa una realidad que ningún ciudadano debería ignorar: un gobierno no gobierna únicamente con buenas intenciones. Gobierna con instituciones capaces de ejecutar y que debe cuidar. 

Este no ha sido el caso del gobierno de Gustavo Petro. Durante las últimas semanas se han conocido muchas denuncias e investigaciones sobre multimillonarias contrataciones de gente realizadas en la etapa final de su administración, una situación que recuerda lo ocurrido cuando entregó la Alcaldía de Bogotá a Enrique Peñalosa. Si entonces el reto fue recuperar la capacidad de gestión de una administración distrital, hoy el desafío para el nuevo gobierno sería mucho mayor al proyectarse sobre el conjunto del Estado central

Comprender esta realidad no significa justificar de antemano los errores que pueda cometer la nueva administración. Tampoco significa prolongar la confrontación política que tanto daño le ha hecho al país. Implica entender el punto de partida desde el cual tendrá que gobernar De la Espriella , y que  probablemente constituya el mayor desafío de su nuevo mandato. Sobre esa base el próximo presidente deberá enfrentar, de manera simultánea, los enormes problemas que hoy afectan al país en frentes tan críticos como la seguridad, la salud, las finanzas públicas, la economía y la energía.

Y ese punto de partida importa porque condicionará la capacidad de ejecución del nuevo gobierno, la velocidad con la que podrá responder a las urgencias nacionales y, sobre todo, rea las inmensas expectativas de millones de ciudadanos que votaron esperando un cambio rápido y profundo.

La calidad de un gobierno no depende únicamente de la visión de su presidente. Depende también de la capacidad institucional con la que cuenta al iniciar su mandato para convertir esa visión en resultados. Y ese será, probablemente, uno de los mayores desafíos de la nueva administración. Diversos indicadores y hechos ampliamente debatidos en el país sugieren que recibirá instituciones con capacidades muy debilitadas en varios frentes, precisamente cuando Colombia enfrenta problemas que exigen respuestas rápidas y eficaces.

 Por lo anterior, las primeras decisiones del presidente —especialmente la conformación de su equipo de gobierno y su capacidad para priorizar, aprender y ejecutar— serán determinantes. No habrá mucho margen para la improvisación, porque el tiempo correrá en su contra y la inevitable curva de aprendizaje reducirá aún más un recurso que ya será escaso: los cuatro años de gobierno.

La primera tarea del nuevo presidente no será únicamente gobernar. Será reconstruir la capacidad del Estado para poder gobernar.

 .Gobernar no es ocupar cargos. Es hacer que el Estado funcione.

Existe una idea muy extendida según la cual basta con elegir un nuevo presidente para que el país cambie de rumbo. La realidad es mucho más compleja.

Un presidente no gobierna directamente a cincuenta millones de personas. Gobierna a través de miles de servidores públicos, cientos de entidades, sistemas de información, procedimientos administrativos, capacidades técnicas y culturas organizacionales que convierten las decisiones políticas en resultados concretos.

Cuando esa maquinaria funciona bien, el Estado responde. Cuando pierde capacidad, incluso las mejores decisiones pueden quedarse atrapadas en la burocracia, la descoordinación o la ineficiencia. O peor aún , en el campo minado dejado de manera deliberada por la administración saliente. 

Por eso, la primera tarea del nuevo gobierno no será únicamente formular nuevas políticas. Será comprender con precisión la verdadera condición del aparato estatal que recibe y fortalecer su capacidad para responder a los enormes desafíos nacionales. Se deberá contar con equipos expertos en desminado organizacional y también en desminado en las zonas de conflicto. 

Esa reconstrucción no produce titulares espectaculares. Tampoco genera aplausos inmediatos. Pero constituye el fundamento de cualquier transformación duradera que quiera lograr el. Je o gobierno.

Un desafío adaptativo, no solamente administrativo

Ronald Heifetz distingue entre los problemas técnicos y los desafíos adaptativos. Los problemas técnicos tienen soluciones conocidas. Requieren conocimiento especializado y buena gestión. Los desafíos adaptativos exigen algo mucho más profundo: aprender nuevas formas de trabajar, modificar culturas organizacionales, reconstruir confianza y desarrollar capacidades que antes no existían.

La situación que enfrenta Colombia pertenece claramente a esta segunda categoría. No bastará con cambiar ministros, directores o gerentes. No bastará con expedir nuevos decretos. Será necesario reconstruir capacidades institucionales, fortalecer equipos, recuperar información confiable, mejorar la coordinación entre entidades y restablecer una cultura de servicio público basada en la integridad, el aprendizaje y la responsabilidad. Eso no se logra en semanas. Ni siquiera en meses.

La gobernabilidad también sigue a la cultura

En los últimos meses he insistido en una idea: la política sigue a la cultura. Hoy quisiera añadir otra. La gobernabilidad también sigue a la cultura institucional.

Las organizaciones públicas no funcionan únicamente gracias a las leyes. Funcionan porque existen hábitos de colaboración, liderazgo competente, confianza, aprendizaje continuo y compromiso con el servicio al ciudadano. Cuando esa cultura se fortalece, las instituciones generan soluciones. Cuando se deteriora, incluso las mejores políticas pierden efectividad. Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es solamente una tarea administrativa. Es, sobre todo, un proceso cultural. Y esa es una de las tareas más difíciles del liderazgo. Solo recordemos a Peter Druker el Guro de la Administración moderna: la cultura se come a la estrategia al desayuno. Espero que el nuevo presidente y su equipo no se les olvide esta lección.

El riesgo de seguir haciendo campaña

Aquí aparece una tentación que el nuevo gobierno deberá evitar. Toda campaña electoral simplifica la realidad. Necesita mensajes contundentes, adversarios claramente identificados y promesas movilizadoras. Pero gobernar exige exactamente lo contrario. Exige escuchar. Negociar. Construir acuerdos. Priorizar. Resolver problemas.

Cada semana dedicada a prolongar la confrontación política será una semana que dejará de invertirse en fortalecer instituciones y producir resultados. El mayor capital político del nuevo gobierno será el tiempo. Y el tiempo, en un mandato de cuatro años, es extraordinariamente escaso.

Pero hay una verdad todavía más importante

Hasta aquí podríamos pensar que este artículo trata únicamente sobre el nuevo gobierno. En realidad, trata sobre todos nosotros los colombianos .

Porque existe una costumbre profundamente arraigada en América Latina: esperar que cada nuevo presidente haga milagros. Cambiamos al gobernante, pero mantenemos intacta la cultura de la dependencia. Seguimos creyendo que la solución llegará desde el Palacio de Nariño, mientras millones de ciudadanos observamos la realidad como simples espectadores. Esa mentalidad es parte del problema.

Las sociedades no florecen porque aparece un líder extraordinario. Florecen cuando millones de ciudadanos desarrollan capacidades para cuidar aquello que tienen en común.

La infraestructura invisible del florecimiento

Durante los últimos años he venido desarrollando una idea que considero fundamental. Toda sociedad posee una infraestructura física: carreteras, hospitales, puertos, escuelas, redes eléctricas y sistemas de transporte. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible y, probablemente, mucho más importante. La infraestructura mental del florecimiento.

Está formada por ciudadanos responsables. Por comunidades que aprenden. Por organizaciones que cooperan. Por líderes que construyen confianza. Por instituciones que mejoran continuamente. Por empresas que entienden que crear comunidad también hace parte de su propósito. Por universidades que forman ciudadanos antes que profesionales. Por barrios, conjuntos residenciales, veredas y municipios donde las personas aprenden a resolver juntas sus problemas.

Sin esa infraestructura social, ningún gobierno puede producir un cambio profundo. Con ella, incluso gobiernos imperfectos pueden impulsar enormes transformaciones.

El verdadero milagro

Durante la campaña escuchamos del nuevo Presidente el lema de la “Patria Milagro”. Todos quisiéramos que los milagros existieran en política. Pero la historia demuestra que los países no cambian por actos milagrosos. Cambian cuando desarrollan nuevas capacidades colectivas.

El verdadero milagro sería que millones de colombianos dejáramos de preguntarnos únicamente qué hará De la Espriella y su equipo de gobierno, y comenzáramos a preguntarnos qué pueden hacer ellos por su barrio, su empresa, su universidad, su conjunto residencial, su municipio o su comunidad y su país , como lo propuso el Presidente Jhon F Kennedy hace más de seis décadas en su país 

Sería que miles de docentes decidieran formar ciudadanos además de estudiantes. Que empresarios asumieran el fortalecimiento del tejido social como parte de su misión. Que servidores públicos entendieran que cada decisión fortalece o debilita la confianza. Que líderes comunitarios dejaran de esperar instrucciones desde Bogotá y comenzaran a construir soluciones desde sus territorios. Que las universidades enseñaran liderazgo cívico con la misma importancia que enseñan conocimientos técnicos. Que las comunidades aprendieran a colaborar antes que a confrontarse.

Colombia es buena… cuando decide cuidarse

Precisamente esa convicción dio origen al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No nació para negar los problemas del país. Nació porque creemos que existe una inmensa reserva moral y humana que permanece dispersa. Miles de ciudadanos cuidan todos los días su entorno sin aparecer en los titulares. Madres comunitarias. Docentes. Empresarios responsables. Voluntarios. Líderes barriales. Administradores de propiedad horizontal. Jóvenes. Adultos mayores. Mujeres cabeza de familia. Organizaciones sociales. Funcionarios íntegros. Todos ellos representan una infraestructura de liderazgo que Colombia todavía no ha aprendido a visibilizar, conectar y apoyar para que hagan el verdadero milagro de movilizar al país desde lo local. 

Nuestro mayor desafío no es encontrar más héroes. Es conectar a los miles que ya existen. Porque cuando esas comunidades de liderazgo comienzan a aprender unas de otras, compartir experiencias y trabajar con un propósito común, la capacidad de gobernar deja de depender exclusivamente del Estado. Comienza a convertirse en una capacidad de toda la sociedad.

La verdadera prueba

Dentro de cuatro años evaluaremos al nuevo gobierno. Y debemos hacerlo con rigor. Pero también deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda. ¿Qué hicimos nosotros durante esos cuatro años? ¿Esperamos pasivamente que el gobierno resolviera todos los problemas? ¿O decidimos convertirnos en corresponsables del país que queremos construir?

Las elecciones cambian gobiernos. La cultura cambia sociedades. Y las sociedades florecen cuando millones de personas descubren que también ellas forman parte de la solución. Quizá ese sea el verdadero milagro que Colombia necesita. No el milagro de un presidente. Sino el de una nación que comprende que reconstruir la capacidad de gobernar comienza por reconstruir la capacidad de sus ciudadanos para gobernarse a sí mismos y pedirle cuentas a sus gobernantes por las promesas hechas durante las campañas políticas..


sábado, 25 de julio de 2026

La trampa de la certeza

 Y el liderazgo que necesitamos en la era de la manipulación 

¿Por qué, en un mundo con más conocimiento disponible que en cualquier otro momento de la historia, tantas veces terminan teniendo mayor influencia quienes menos dudas expresan y más certezas ofrecen?

¿Por qué una afirmación contundente, repetida con absoluta seguridad, puede derrotar públicamente a una explicación mucho mejor fundamentada, pero llena de matices?

Y, sobre todo, ¿qué significa todo esto para el liderazgo y para la cultura democrática que necesitamos construir?

Una reciente charla de Yuval Noah Harari plantea una explicación inquietante. El problema no estaría simplemente en que las sociedades hayan dejado de valorar la inteligencia o el conocimiento. La dificultad sería mucho más profunda: nuestra mente no evolucionó principalmente para encontrar la verdad. Evolucionó para sobrevivir. Y esa diferencia puede ayudarnos a comprender buena parte de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades.

A continuación , quiero compartir algunas de las reflexiones que más me impactaron de la presentación de Harari y conectar al lector con algunas ideas que he venido sosteniendo en blogs anteriores .

Durante miles de años, nuestros antepasados enfrentaron peligros inmediatos. Ante la presencia de un depredador no había tiempo para organizar un seminario sobre las diferentes alternativas disponibles. Alguien tenía que gritar: “¡Corran!”, y los demás debían decidir rápidamente si lo seguían. En ese mundo, la confianza  podía ser una señal útil de liderazgo.

El problema es que seguimos utilizando un cerebro formado para responder a ese tipo de circunstancias en un mundo radicalmente diferente. Los grandes desafíos contemporáneos —la economía, la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad, los ataques a la  democracia o la transformación de nuestras ciudades— son problemas muy complejos. No admiten certezas ni respuestas simples o soluciones instantáneas. Sin embargo, seguimos sintiéndonos atraídos por quienes hablan como si las tuvieran.

Cuando la seguridad se confunde con la sabiduría

Uno de los fenómenos más paradójicos de nuestro tiempo es que quienes más conocen un tema suelen ser también quienes mejor comprenden sus límites. El verdadero experto tiene la duda siempre como su compañera. Dice “depende”. Reconoce las incertidumbres. Introduce matices. Explica que existen variables que todavía no conocemos. Está dispuesto a cambiar de opinión ante nueva evidencia.

Quien conoce poco, en cambio, puede experimentar exactamente la sensación contraria. Como no alcanza a percibir la complejidad del problema, cree que la solución es evidente y ofrecen “la certeza”.

Esta paradoja, según Harari, está asociada al llamado efecto Dunning-Kruger. Y tiene consecuencias enormes para el liderazgo público, afectando profundamente la calidad de las decisiones que impactan a millones de personas.

Lamentablemente hoy vivimos en un ecosistema de comunicación donde la prudencia puede parecer debilidad y la arrogancia que ofrece certeza puede confundirse con liderazgo. El dirigente que dice “esto es complejo y necesitamos aprender” compite contra quien afirma: “Yo sé exactamente cuál es el problema, quiénes son los culpables y cómo resolverlo”. Cuando hay avidez por soluciones simples a problemas complejos, sabemos quién tiene ventaja en un video de treinta segundos on en un twitt de menos de 140 caracteres  .

Y allí aparece una de las grandes vulnerabilidades de nuestras democracias: hemos construido un sistema de comunicación que premia precisamente algunos de los rasgos que menos necesitamos para enfrentar colectivamente problemas muy  complejos. Como por ejemplo, las consecuencias del cambio climático que hoy se reflejan en incendios sin antecedentes que hoy están afectando   a España y Francia.

El cerebro tribal en la era de TikTok

A lo anterior, se suma otro problema. Los seres humanos somos animales profundamente sociales. Durante la mayor parte de nuestra evolución, pertenecer a un grupo era una condición para sobrevivir. Ser expulsado de la tribu podía significar la muerte. Por eso nuestra mente aprendió algo que sigue operando silenciosamente: muchas veces es más importante pertenecer a un grupo que nos da identidad que tener la razón. Y eso nos hace muy vulnerables a la manipulación.

Esto explica por qué las personas no cambian fácilmente de opinión cuando reciben nueva información. Cuando una creencia se convierte en parte de nuestra identidad, cuestionarla deja de ser un ejercicio intelectual. Puede sentirse como una amenaza personal.

Ya no discutimos solamente ideas. Defendemos tribus. Y cuando la política se convierte en identidad, el adversario deja de ser alguien con quien discrepamos y empieza a convertirse en alguien que amenaza nuestra pertenencia, nuestros valores y nuestra manera de entender el mundo. La razón es reemplazada por la emoción.

Las redes sociales han llevado esta vulnerabilidad humana a una escala desconocida. TikTok, X, Instagram, Facebook y las demás plataformas compiten por nuestra atención. Y los algoritmos han aprendido algo que los grandes manipuladores políticos siempre intuyeron: pocas cosas capturan mejor la atención humana que despertar emociones como el miedo, la indignación y la ira. El resultado es una combinación explosiva.

Según Harari, tenemos un cerebro que busca certezas, una necesidad profunda de pertenecer, una inclinación a seguir voces que nos ofrezcan certezas para enfrentar la complejidad a sabiendas que no las hay.  Y una tecnología capaz de identificar, en tiempo real, los contenidos que mejor activan nuestras emociones y nos venden cantos de sirena. Nunca habíamos tenido tanta información y sin embargo reina la confusión y la desconfianza. Pero tener más información  no significa que tengamos más sabiduría.

Quien controla la historia puede controlar la conversación

Harari muestra que, una característica extraordinaria de nuestra especie, es nuestra capacidad para construir y compartir historias. Es una forma de transmitir la cultura de una comunidad. Las sociedades humanas existen porque somos capaces de creer colectivamente en realidades que van mucho más allá de nuestra experiencia inmediata. Las naciones, las instituciones, las empresas y muchas de nuestras formas de cooperación dependen de narrativas compartidas.

Las historias tienen el poder de definir la realidad, de  unirnos, pero también pueden dividirnos.

Una narrativa poderosa puede transformar una realidad extraordinariamente compleja en una historia muy sencilla: nosotros somos los buenos; ellos son los malos. Nosotros representamos al pueblo; ellos son sus enemigos. Si eliminamos al adversario, todos nuestros problemas desaparecerán. Son narrativas falsas que en casi cualquier sociedad emocionalmente funcionan.

El miedo busca protección. La ira busca culpables. La incertidumbre busca certezas. Por eso los liderazgos populistas comprenden intuitivamente algo que muchas élites técnicas olvidan: las personas no se movilizan únicamente con datos. Se movilizan alrededor de historias que les permiten comprender quiénes son, a qué pertenecen y hacia dónde deberían caminar. Eses es el gran poder que tienen para definir la realidad.

El camino, entonces, no puede consistir simplemente en producir mejores estadísticas. Necesitamos construir mejores narrativas. Pero aquí aparece un tema muy poderoso, las historias que nos contamos de nosotros mismos definen nuestra respuesta a la manera que interpretamos la realidad y colectivamente influimos en la cultura en la que operamos. 

La política sigue a la cultura

En varios de mis últimos blogs he venido insistiendo en una idea que David Brooks expresó de manera particularmente poderosa: la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de su importancia.

Nos preocupamos enormemente por quién llega a la Presidencia, quién gana una elección o qué partido controla el Congreso. Son preguntas importantes. Pero debajo de esas disputas existe una realidad mucho más profunda: la cultura desde la cual elegimos, conversamos, confiamos y construimos nuestra relación con los demás. Y que como ya lo mencioné, esta influida  por narrativa dominante.

Si en una cultura la narrativa premia la agresividad, tendremos liderazgos agresivos. Si convierte al adversario en enemigo, tendremos una política de enemigos. Si recompensa la mentira emocionalmente atractiva por encima de la verdad incómoda, aparecerán líderes extraordinariamente hábiles para explotar esa vulnerabilidad.

Y si confundimos la certeza con la competencia, terminaremos escogiendo personas que parecen saberlo todo precisamente porque no alcanzan a comprender la complejidad de aquello que pretenden gobernar. Por eso, cambiar la política sin transformar la narrativa que impacta a la cultura, puede terminar siendo apenas un cambio de protagonistas.

El liderazgo que exige la complejidad

Todo esto plantea una pregunta fundamental: entonces ¿qué tipo de liderazgo necesitamos?

Durante mucho tiempo asociamos liderazgo con tener respuestas. Tal vez debamos empezar a asociarlo con la capacidad de hacer mejores preguntas y ambientar una narrativa más positiva que impacte la autoimagen .individual y colectiva de la sociedad.

Los problemas complejos requieren una forma diferente de ejercer el liderazgo, por parte de las figuras con la autoridad, y que son reconocida por una sociedad. Necesitamos líderes que al enfrentar problemas muy complejos, sean vulnerables y capaces de decir “no sé” sin paralizarse; capaces de convocar conocimiento que ellos mismos no poseen y capaces de escuchar posiciones diferentes para aprender; dispuestos a revisar sus propias creencias sin considerar que cambiar de opinión es una derrota.

Eso no significa un liderazgo débil. Todo lo contrario. Se necesita enorme fortaleza interior para reconocer los límites del propio conocimiento. Ante la complejidad y la incertidumbre crecientes, la humildad intelectual debería convertirse en una de las competencias esenciales del liderazgo del siglo XXI.

Pero hay algo más.

No basta con tener líderes intelectualmente rigurosos si son incapaces de construir una narrativa que movilice de manera positiva emocional a la sociedad. La gran tarea consiste en reconciliar dos capacidades que con demasiada frecuencia aparecen separadas: comprender la complejidad y comunicar con narrativas positivas la esperanza.

Necesitamos líderes que no simplifiquen irresponsablemente la realidad, pero que tampoco abandonen el territorio de las emociones a los extremistas. Porque la democracia también necesita historias que la defiendan.

La batalla cultural de nuestro tiempo

Aquí encuentro una conexión directa con el desafío que estamos planteando desde Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Nuestra tarea no consiste simplemente en contrarrestar una narrativa negativa con propaganda positiva. Sería caer en la misma trampa. El desafío es mucho más profundo: ayudar a construir una cultura ciudadana capaz de resistir la manipulación.

Una sociedad donde las personas aprendan a preguntarse: ¿quién se beneficia de esta historia?, ¿qué evidencia la respalda?, ¿qué información me están ocultando?, ¿estoy creyendo esto porque es cierto o porque confirma lo que quiero creer?

Por eso la educación cívica y el pensamiento crítico no son asuntos secundarios. Son infraestructura mental que soporta la democracia .

Necesitamos formar ciudadanos capaces de vivir con la complejidad sin refugiarse inmediatamente en el extremismo; personas capaces de pertenecer a una comunidad sin renunciar a pensar por sí mismas; ciudadanos que puedan disentir sin convertir al otro en enemigo.

Y esto no se aprende solamente en los colegios. Se aprende en las familias, las universidades, las empresas, las comunidades, los conjuntos habitacionales y las redes sociales. Se aprende participando, conversando y resolviendo problemas reales con personas diferentes. Por eso he venido insistiendo en otros blogs en que necesitamos recuperar espacios cotidianos como verdaderas escuelas de ciudadanía.

Una nueva responsabilidad del liderazgo

La gran responsabilidad de los líderes de nuestro tiempo no es solamente dirigir organizaciones o ganar elecciones. Hoy más que nunca, es cuidar la calidad de la conversación colectiva.

Un líder puede utilizar el miedo para acumular poder o puede ayudar a una comunidad a comprender mejor sus desafíos, sentirse empoderada y corresponsable. Puede explotar la rabia o canalizarla hacia la acción constructiva. Puede fabricar enemigos o construir puentes hacia quienes son distintos y distantes. Puede presentarse como el salvador que posee la certeza de tener todas las respuestas o desarrollar la capacidad colectiva aceptar las preguntas difíciles que no tienen las respuestas.

Esa elección define mucho más que un estilo de liderazgo. Define una cultura que habilita una democracia fortalecida. Y aquí está, posiblemente, una de las batallas más importantes de nuestro tiempo.

Las mismas tecnologías que pueden amplificar la mentira pueden conectar millones de personas alrededor de una causa. Las mismas narrativas que pueden dividirnos pueden ayudarnos a reconstruir un sentido de propósito compartido.

El problema no son las historias. El problema es qué historias decidimos contar y creernos individual y colectivamente . 

Frente a las narrativas del miedo necesitamos narrativas de posibilidad. Frente a las historias que necesitan enemigos, necesitamos historias que reconstruyan el “nosotros”. Frente a quienes ofrecen certezas falsas, necesitamos cultivar ciudadanos capaces de convivir con la duda sin perder la esperanza.

Quizás el gran desafío del liderazgo contemporáneo sea precisamente ese: tener la humildad necesaria para reconocer la complejidad y, al mismo tiempo, el coraje de hacer las preguntas difíciles y construir una historia colectiva capaz de movilizarnos.

Porque el futuro de una sociedad no depende únicamente de la inteligencia de sus líderes. Depende también de la calidad de conciencia de sus ciudadanos. Y en una época en la que millones de voces compiten cada segundo por nuestra atención, aprender a distinguir entre quien sabe y quien ofrece certezas mostrándose muy seguro, puede convertirse en una de las capacidades cívicas más importantes de nuestro tiempo.

Tal vez la verdadera revolución cultural comience allí: cuando dejemos de admirar a quien tiene una respuesta para todo y empecemos a valorar a quien todavía conserva la capacidad de preguntar, escuchar y aprender. Porque una sociedad que pierde la capacidad de dudar puede ser fácilmente manipulada.

Pero una sociedad que aprende a pensar, a conversar y a construir historias compartidas también puede aprender a cuidarse. Y Colombia, hoy más que nunca, necesita precisamente eso.

En resumen: no basta con disputar el contenido de las narrativas; hay que desarrollar en los ciudadanos las capacidades culturales y cognitivas para no ser fácilmente manipulados por las certezas que en ellas se ofrecen.

PD: veo que el nuevo gobierno de La Espriella ha nombrado como ministra de Cultura a una excongresista con la tarea de enfrentar “la batallas cultural” alrededor de la narrativa que utilizó el hoy presidente electo durante su campaña. En el siguiente blog voy a referirme a este tema y conectarlo con el blog de esta semana


sábado, 18 de julio de 2026

Unas nuevas escuelas de ciudadanía.

Los  conjuntos habitacionales pueden convertirse en las nuevas escuelas de ciudadanía de Colombia 

En los dos artículos anteriores propuse una idea que puede parecer incómoda, pero que considero indispensable para comprender el momento que vive nuestro país.

La primera fue que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Las elecciones revelaron una fractura que no nació en las urnas. Simplemente hicieron visible una pérdida progresiva de confianza, de cohesión social y de sentido de pertenencia a un proyecto común.

La segunda fue que esa fractura no podrá resolverse únicamente desde la política. La experiencia que hoy vive Estados Unidos con el renacer de la educación cívica demuestra que las democracias se fortalecen cuando vuelven a formar ciudadanos capaces de deliberar, cooperar y construir confianza.

Pero ambas reflexiones dejan abierta una pregunta inevitable.

¿Dónde se aprende todo eso?

La respuesta tradicional ha sido: en la escuela. Sin embargo, creo que hoy debemos ampliar esa respuesta. La democracia no se aprende únicamente en un salón de clase. Se aprende viviendo.

La ciudadanía no es una teoría

La mayoría de nosotros nunca asistimos a un curso para aprender a ser vecinos.  Nadie nos enseñó cómo participar en una asamblea. Cómo resolver un conflicto comunitario. Cómo escuchar a quien piensa distinto. Cómo construir acuerdos. Cómo cuidar lo que pertenece a todos. Y, sin embargo, todos esos aprendizajes determinan la calidad de nuestra democracia mucho más que muchas discusiones ideológicas.

La democracia no se reduce al voto. Es una práctica cotidiana. Cada conversación y decisión compartida. Cada conflicto bien resuelto, acto de corresponsabilidad y gesto de cuidado. Todos ellos constituyen  aprendizajes democráticos. Por eso la pregunta ya no debería ser únicamente qué enseñar, sino dónde crear experiencias que permitan vivir la ciudadanía.

El mayor campus ciudadano de Colombia

Aquí aparece una oportunidad extraordinaria que, paradójicamente, ha pasado casi inadvertida. Según el DANE 32 Millones de colombianos viven hoy en propiedad horizontal. Nunca antes nuestra historia había concentrado tantas personas compartiendo espacios comunes, reglamentos, decisiones colectivas, presupuestos, conflictos, intereses y responsabilidades. Sin proponérnoslo, hemos construido el mayor laboratorio ciudadano que ha existido en Colombia.

Cada conjunto residencial es una pequeña democracia. Tiene normas. Instituciones. Representantes. Elecciones. Presupuestos. Espacios comunes. Conflictos. Bienes colectivos. Participación ciudadana. Rendición de cuentas. Es, en cierta forma, una versión en pequeño del país. Sin embargo, seguimos administrando esos espacios únicamente desde una lógica jurídica y administrativa. Olvidamos que también son escenarios privilegiados para formar ciudadanía.

Del administrador al constructor de comunidad

Durante décadas hemos pensado que administrar bien un conjunto consiste en mantener funcionando la portería, los ascensores, la seguridad, las zonas comunes y las finanzas. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero hoy sabemos que no basta.

El verdadero activo de una comunidad no son únicamente sus edificios. Es la calidad de las relaciones entre quienes viven allí, la confianza que exista y la cooperación. Pero hay más: el sentido de pertenencia, la capacidad para resolver conflictos, el liderazgo distribuido y el cuidado mutuo. Todos ellos se constituyen en el capital social de esa comunidad y vale tanto como cualquier inversión física. Pero, a diferencia de un edificio, su valor aumenta cuando se comparte.

La innovación que Colombia necesita

Esa reflexión dio origen a una idea que hemos venido construyendo desde el movimiento Colombia es Buena.¿Qué ocurriría si los conjuntos habitacionales dejaran de verse únicamente como unidades inmobiliarias y comenzaran a entenderse como comunidades de liderazgo? ¿Qué ocurriría si cada conjunto se convirtiera en una escuela viva de ciudadanía?

No una escuela con profesores y exámenes. Sino una comunidad donde las personas aprendan haciendo. Aprendan a conversar y liderar. A cooperar y resolver problemas comunes. A cuidar, participar y a construir confianza, Y en últimas, a vivir la democracia.

Una nueva generación de líderes invisibles

Cada conjunto residencial está lleno de personas extraordinarias. Madres. Jóvenes. Adultos mayores. Emprendedores. Profesionales. Docentes. Vecinos que todos los días ayudan a otros sin aparecer nunca en los titulares. Ese liderazgo existe. Lo que falta es reconocerlo, conectarlo y desarrollarlo. La verdadera riqueza de Colombia no está únicamente en sus recursos naturales. Está en esos miles de líderes invisibles que todavía no saben que forman parte de una misma historia.

Colombia es Buena quiere ayudar a encontrarlos.

Del cuidado privado al cuidado de lo común

Existe una frase que resume toda esta propuesta. Las personas cuidan aquello que les importa. Durante siglos hemos aprendido a cuidar nuestra familia.,  nuestras casas. El trabajo. Y nuestro patrimonio. Ahora necesitamos dar un paso más. Aprender a cuidar aquello que pertenece a todos. El barrio. El parque. La conversación pública. Las instituciones. La democracia.

Ese paso marca la diferencia entre un buen ciudadano privado y un constructor de comunidad.

Una nueva infraestructura para Colombia

Cuando hablamos de infraestructura pensamos inmediatamente en carreteras, puertos, hospitales o sistemas de transporte. Pero el desarrollo del siglo XXI necesita otra infraestructura igual de importante. La infraestructura de la confianza y de redes de colaboración. Las comunidades de liderazgo que muevan a los habitantes de esos conjuntos capaces de resolver problemas antes de que se conviertan en crisis.

Eso es precisamente lo que Colombia es buena, busca construir. No un nuevo programa social o una campaña política o una fundación más. Sino una red nacional de comunidades de liderazgo que fortalezca desde abajo la democracia colombiana.

Del metro cuadrado al país

Durante años hemos esperado que las grandes transformaciones comiencen desde arriba. Elegimos un nuevo presidente. Esperamos una gran reforma. Confiamos en un nuevo gobierno. Y volvemos a frustrarnos.

Tal vez llegó el momento de invertir la lógica. Comenzar desde el metro cuadrado donde vivimos. Porque allí es donde realmente aprendemos a convivir. Cada comunidad fortalecida mejora un barrio. Cada barrio fortalece una localidad. Cada localidad fortalece una ciudad.

Y ciudades con ciudadanos que saben cooperar terminan fortaleciendo la democracia nacional. Así comienzan los grandes cambios culturales. No con un decreto sino con millones de pequeñas experiencias compartidas.

Una invitación nacional

Hace algunas semanas escribía que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

La semana pasada propuse que la educación cívica puede convertirse en la gran revolución silenciosa de nuestro tiempo. Hoy quisiera dar un paso más.

Creo que Colombia tiene la oportunidad de convertirse en un referente internacional de innovación democrática. No porque inventemos una nueva Constitución. Sino porque podemos inventar una nueva forma de aprender ciudadanía. Una ciudadanía que no nazca únicamente en las aulas sino en la vida cotidiana:  En los edificios donde vivimos. En las empresas donde trabajamos. En las universidades donde estudiamos. En los barrios donde compartimos el espacio público. Ese es el sueño que inspira a Colombia es Buena.

Construir una cultura ciudadana del cuidado es conectar a miles de líderes invisibles para fortalecer sus comunidades y recuperar la confianza. Y así demostrar que la democracia no empieza en el Capitolio. Empieza cuando dos vecinos que piensan distinto descubren que pueden trabajar juntos para cuidar el lugar donde viven.

Tal vez esa sea la innovación social más importante que Colombia puede ofrecerle al mundo.

Porque, al final, la democracia no sobrevive gracias a los discursos. Sobrevive gracias a los ciudadanos que la practican todos los días. Y esa es una buena noticia. Porque significa que el futuro de Colombia no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende también de cada uno de nosotros.