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sábado, 27 de junio de 2026

Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente

 

Colombia despertó esta semana con un nuevo presidente, pero también con una vieja preocupación. Más allá de quién haya ganado y quién haya perdido, y de los discursos de victoria o de derrota, o de las celebraciones de unos y la frustración de otros, el país quedó frente a una evidencia difícil de eludir.

Pedro Medellín lo planteaba esta semana en su columna del jueves en  El Tiempo con una frase inquietante:” estamos ante una sociedad fracturada. Una sociedad que ha dejado rasgar los tejidos de la cohesión social, donde los individuos dejan de sentirse parte de un proyecto común y empiezan a vivir en la anomia, es decir, en el debilitamiento de las normas compartidas que hacen posible la vida colectiva”.

Esa es la palabra que debería preocuparnos: fractura. Porque una elección no fractura una sociedad. Una elección simplemente revela las fracturas que ya existían.

Las urnas funcionan como una radiografía. No producen la enfermedad. La muestran. Nos obligan a mirar lo que venía creciendo silenciosamente: la desconfianza, el resentimiento, el miedo, la rabia acumulada, la incapacidad de conversar, la desaparición de espacios comunes y la creciente tentación de convertir la política en una guerra moral donde solo hay buenos y malos, patriotas y traidores, víctimas y verdugos.

El problema no comenzó el domingo. El domingo simplemente se hizo visible. Y esto nos debe poner a reflexionar.

Una elección ganada por un margen inferior al uno por ciento no solo deja un resultado político. Deja una pregunta nacional. ¿Qué hacemos ahora con un país fracturado casi por la mitad? ¿Cómo se gobierna una sociedad donde millones de personas sienten que ganaron por muy poco y millones sienten que perdieron por muy poco? ¿Cómo se reconstruye la confianza cuando el adversario político deja de ser visto como un compatriota y comienza a ser tratado como una amenaza o, peor aún, como un enemigo al que hay que destruir, como lo sugirió una de las expresiones más desafortunadas de la reciente campaña presidencial por parte de quien resultó ser el ganador?

Durante toda la semana hemos discutido quién ganó. Pero tal vez esa no sea la pregunta más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿qué necesita Colombia para volver a encontrarse después de una campaña que llevó la confrontación a niveles sin precedentes? ¿Cómo podrá construirse la unidad nacional que el nuevo presidente prometió al país, cuando la retórica electoral convirtió a una parte de los colombianos en adversarios que parecían no merecer un lugar dentro de un mismo proyecto de nación?

¿Será suficiente un nuevo presidente para reconstruir una sociedad que ha dejado de verse a sí misma como un “nosotros”?

La respuesta más fácil sería decir que Colombia necesita un buen gobierno. Y, por supuesto, lo necesita. Un gobierno que recupere la sensatez, la prudencia, la responsabilidad institucional y el respeto por la Constitución; que demuestre capacidad técnica, liderazgo democrático y grandeza política. Un gobierno que entienda que no recibió un cheque en blanco, sino el inmenso desafío de gobernar un país profundamente fracturado.

Pero Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita que quienes ejercen el poder sean coherentes con su llamado a la unidad y contribuyan a tender puentes en lugar de profundizar las divisiones. Sin embargo, incluso eso no será suficiente. 

La reconstrucción del “nosotros” no podrá depender exclusivamente del Gobierno. Será una tarea de toda la sociedad. Los presidentes pueden cambiar un gobierno. Solo los ciudadanos pueden reconstruir una nación

Durante años, Colombia ha venido perdiendo la capacidad de reconocerse como una comunidad política compartida. Hemos aprendido a votar, pero no necesariamente a deliberar. Hemos aprendido a indignarnos, pero no a construir. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a cooperar. Hemos aprendido a defender nuestras causas, pero muchas veces olvidamos cómo escuchar las razones del otro. Y cuando una sociedad pierde esa capacidad, la democracia se vuelve muy frágil.

Porque la democracia no es solamente un sistema para contar votos. Es una forma de convivir con quienes piensan distinto. Es la decisión civilizada de aceptar que nadie tiene toda la verdad, que nadie representa por completo al país y que ningún triunfo electoral autoriza a desconocer la dignidad de quienes votaron por otra opción.

Por eso, después de esta elección, Colombia necesita algo mucho más profundo que una transición de gobierno, o el saneamiento de las finanzas públicas, la seguridad y la salud . Son temas críticos y muy visibles. Pero otro tema mucho menos visible pero también fundamental: requiere una reconstrucción cultural sin la cual los demás esfuerzos no son sostenibles.

Desde hace meses hemos venido promoviendo con un grupo creciente de personas, empresas, gremios  y universidades, una idea que para algunos puede sonar ingenua, pero que considero profundamente realista: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Es una invitación a desarrollar una nueva narrativa pero sobre la base de una cultura del cuidado y la corresponsabilidad ciudadana .

No es una frase simple o un eslogan publicitario amable para evadir nuestros problemas. Tampoco es una forma de negar la corrupción, la violencia, la desigualdad, la polarización o la mediocridad de buena parte de nuestra dirigencia. Sería absurdo. La realidad es que Colombia enfrenta problemas enormes y no se resuelven con frases de cajón o un optimismo superficial.

Pero también sería profundamente injusto definir a Colombia únicamente por sus heridas.

Cuando uno sale de las redes sociales, se aleja del ruido de la confrontación política que marcó el gobierno que termina y deja atrás los debates cargados de rabia, descubre otro país. Un país que rara vez ocupa los titulares. Un país donde sobrevive una inmensa reserva moral y cívica, integrada por personas de todas las regiones, etnias, edades, creencias, condiciones económicas y sensibilidades políticas. 

Allí están los líderes comunitarios, las madres cabeza de familia, los jóvenes voluntarios, los empresarios responsables, los docentes comprometidos, los servidores públicos honestos, los emprendedores sociales, las juntas de acción comunal, las comunidades religiosas y miles de ciudadanos anónimos que todos ellos tienen algo en común: cuidan. Cuidan a sus familias, a sus vecinos, a sus comunidades, a sus organizaciones o al lugar donde viven. Son personas que, sin saberlo, mantienen unido al país mientras la conversación pública insiste en mostrar únicamente aquello que lo divide No son solo buenas personas. Son las que sostienen silenciosamente a Colombia

Ese país  el verdadero país que ya existe,  pero que está invisible, disperso y desconectado. El verdadero capital de Colombia no es únicamente su economía o sus instituciones; es esa inmensa comunidad de ciudadanos que, en silencio, cuida todos los días de lo que ama y mantiene vivo el tejido social

La gran tragedia colombiana no es que no tengamos reservas morales. Las tenemos. La tragedia es que esas reservas no se han convertido todavía en una fuerza organizada capaz de reconstruir confianza, fortalecer instituciones y sostener una cultura cívica y democrática.. De ahí aparece la importancia del valor del cuidado.

El cuidado puede convertirse en el punto de convergencia que nos permita comenzar a encontrarnos de nuevo. No porque todos pensemos igual. No porque desaparezcan las diferencias ideológicas o porque dejemos de tener debates duros sobre economía, seguridad, justicia social, paz, educación o modelo de Estado. Sino porque antes de preguntarnos en qué estamos en desacuerdo, deberíamos preguntarnos algo más elemental: ¿qué estamos dispuestos a cuidar juntos?

¿Estamos dispuestos a cuidar el barrio, o el conjunto residencial donde vivimos? ¿El parque? ¿La escuela? ¿La conversación pública? ¿Las instituciones? ¿La vida? ¿La dignidad del que piensa distinto? ¿La posibilidad de que nuestros hijos crezcan en un país donde no tengan que odiar para participar en política?

Las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando una sociedad deja de cuidar lo común, empieza a desintegrarse. Por eso el cuidado no es una idea blanda. Es una estrategia de reconstrucción nacional.

Cuidar exige corresponsabilidad. Exige límites, y reconocer que la vida en comunidad, no puede depender únicamente del Estado, del mercado o del próximo presidente. Exige comprender que la democracia también se sostiene en el metro cuadrado donde vivimos, en la manera como administramos un conjunto habitacional, resolvemos un conflicto vecinal, usamos el espacio público, conversamos en familia o tratamos a quien piensa distinto.

Es claro, Colombia no se reconstruirá únicamente desde la Casa de Nariño. Se reconstruirá también desde las porterías, los salones comunales, los colegios, las universidades, las empresas, las iglesias, los parques, las bibliotecas, las juntas de acción comunal y los conjuntos residenciales. En resumen, en los espacios públicos que compartimos todos.

Por eso Colombia es buena debe entenderse como una invitación nacional. Una invitación a pasar de la queja a la corresponsabilidad. De la rabia a la acción. De la polarización a la conversación. De la indiferencia al cuidado. De la ciudadanía pasiva al liderazgo colectivo.

La tarea que viene no es borrar las diferencias. Es aprender a procesarlas civilizadamente. Y allí aparece un desafío enorme: Colombia necesita volver a formar ciudadanos, no solo votantes,  capaces de comprender las instituciones, evaluar información, identificar mentiras, participar con responsabilidad, fiscalizar sin destruir, disentir sin odiar y construir acuerdos mínimos sobre lo que debe ser cuidado. Eso tiene un nombre: educación cívica.

Pero no la educación cívica entendida como una materia aburrida, llena de fechas, artículos constitucionales y definiciones memorizadas. Hablo de una educación cívica viva, práctica, comunitaria, profundamente democrática para enfrentar los retos colectivos del siglo XXI. Una educación que enseñe a pensar, no qué pensar. Que forme criterio, no obediencia. Que ayude a entender que la democracia no es solamente el derecho a expresar lo que siento, sino la responsabilidad de escuchar lo que el otro tiene que decir.

Una sociedad fracturada no se recompone con propaganda y más shows mediáticos . Se recompone con pedagogía cultural. 

Necesitamos alfabetización mediática para no seguir siendo presa fácil de la desinformación, los videos manipulados, las cadenas emocionales y los discursos mesiánicos que prometen soluciones simples a problemas complejos.

Necesitamos laboratorios de conversación democrática donde personas de distintas edades, regiones, clases sociales e ideologías puedan encontrarse a resolver problemas comunes sin agredirse o declararse enemigos. Espacios donde se practique algo que hoy parece revolucionario: escuchar al otro como si pudiera tener una parte de la verdad.

Y necesitamos comunidades de liderazgo donde los ciudadanos descubran que la democracia no ocurre solamente cada cuatro años, sino todos los días, en la forma como cuidamos lo común, participando, proponiendo y tendiendo puentes desde la diferencia..

Esa es la verdadera batalla cultural que tenemos por delante. No se trata de imponer una nueva ideología. Se trata de recuperar las condiciones mínimas para poder vivir juntos en medio de la diferencia.

Colombia acaba de elegir un presidente. Pero ahora debe decidir qué tipo de sociedad quiere ser. Podemos seguir profundizando la fractura, alimentando el resentimiento, celebrando la derrota del otro y esperando que el próximo gobierno resuelva lo que nosotros no hemos querido asumir.

O podemos reconocer que ninguna democracia sobrevive durante mucho tiempo si sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una comunidad política compartida. Depende de nuestra capacidad de volver a descubrir aquello que todavía somos capaces de cuidar juntos.

Porque las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando millones de ciudadanos comienzan a cuidar el barrio, el conjunto residencial, el espacio público, las instituciones y la conversación democrática, ocurre algo extraordinario: empieza a reconstruirse el “nosotros”.

Ese es el propósito de Colombia es buena. No ganar una elección ni reemplazar a los partidos. No promover una nueva consigna. Sino ayudar a que Colombia vuelva a encontrarse consigo misma. Porque Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita ciudadanos capaces de cuidar el país que dicen querer.






sábado, 20 de junio de 2026

El pensamiento crítico : la primera vacuna contra el populismo

  

Una sociedad que deja de enseñar a pensar críticamente termina votando emocionalmente y, tarde o temprano, entrega su futuro a quienes mejor manipulan sus emociones.

Más que presentar el pensamiento crítico como una habilidad académica, en este blog propongo verlo como una responsabilidad ciudadana y una condición indispensable para que funcione una democracia, especialmente en momentos tan críticos como el actual.

Hace unos días escuché una conferencia que me dejó una inquietud profunda. El conferencista insistía en que el pensamiento crítico no es una técnica para resolver problemas ni una habilidad reservada para los filósofos o los científicos. Es, sobre todo, una manera de vivir.

Mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en Colombia.

Y me preguntaba si buena parte de la crisis política que hoy vivimos no tiene su origen precisamente en una cultura que ha dejado de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Hace apenas seis meses, muy pocos colombianos imaginaban que los dos candidatos que hoy disputan la Presidencia llegarían a la segunda vuelta. Sin embargo, millones de personas terminaron descartando alternativas con mayor experiencia administrativa, mayor preparación técnica o trayectorias más sólidas.

No es solo un problema de candidatos buenos o malos, ni siquiera únicamente de manipulación política. Es que vivimos en una cultura que, en términos generales, no promueve el pensamiento crítico. Una cultura que premia la inmediatez sobre la reflexión, la indignación sobre el diálogo, la imagen sobre la palabra razonada.

No se trata de afirmar que exista un único candidato correcto o que quien vote distinto esté equivocado. La democracia consiste precisamente en la libertad de elegir. La pregunta es otra: ¿estamos eligiendo después de pensar o simplemente después de reaccionar? Y si como resultado de no pensar, tenemos una cultura que hizo posible que tuviéramos los finalistas que hoy se pelean la llegada al poder como lo mencioné en mi blog anterior.

Pensar es un acto de libertad

Uno de los planteamientos más sugerentes de la conferencia es que el pensamiento crítico está íntimamente ligado a la libertad.

Una persona que no reflexiona termina viviendo según las opiniones de otros. Sus decisiones dejan de ser propias para convertirse en el resultado de las presiones del entorno, de las emociones del momento o de las narrativas dominantes. En otras palabras, puede creer que está ejerciendo su libertad cuando en realidad está siendo conducida.

La libertad auténtica exige detenerse, analizar y preguntarse por qué creemos lo que creemos. Quizás por eso Blaise Pascal afirmaba que el primer paso de la moral consiste en detenerse a pensar.

El problema no es la inteligencia. Es la voluntad.

Muchas veces suponemos que el pensamiento crítico depende exclusivamente del coeficiente intelectual. No es cierto. También requiere voluntad.

Pensar exige esfuerzo. Exige resistirse a aceptar la primera explicación disponible. Buscar información adicional, escuchar argumentos distintos y reconocer que uno mismo puede estar equivocado.

Es mucho más fácil repetir un eslogan que analizar una política pública. Es mucho más cómodo compartir un video viral que verificar si es verdadero. Es más sencillo indignarse que comprender. La inercia siempre favorece el pensamiento superficial.

La cultura del algoritmo

Vivimos inmersos en un ecosistema digital diseñado para captar nuestra atención, no para desarrollar un pensamiento crítico y nuestra capacidad de reflexión. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos gusta y comienzan a mostrarnos cada vez más de lo mismo. Poco a poco construyen una realidad personalizada en la que casi todas las opiniones parecen confirmar nuestras propias creencias. Así se crean cámaras de eco donde desaparece el contraste de ideas.

Lo preocupante es que aquello que más nos emociona suele ser precisamente lo que menos cuestionamos. Analizamos con lupa las noticias que contradicen nuestras posiciones políticas, pero aceptamos sin mayor examen  crítico las que favorecen a nuestro grupo. El resultado es una ciudadanía que confunde intensidad emocional con verdad y una cultura que lo promueve .

El silencio se volvió un lujo

El conferencista hacía una observación aparentemente sencilla, pero extraordinariamente profunda: el pensamiento crítico necesita silencio. No solo silencio exterior. También silencio interior.

Difícilmente se puede reflexionar cuando vivimos permanentemente bombardeados por notificaciones, videos de pocos segundos, titulares escandalosos y discusiones interminables en redes sociales. La cultura contemporánea nos mantiene ocupados todo el tiempo, pero rara vez nos deja espacio para pensar.Y una sociedad que pierde la capacidad de detenerse termina reaccionando por impulso.

Las siete preguntas que podrían cambiar a desarrollar  un pensamiento  crítico.

El conferencista proponía un ejercicio sorprendentemente simple frente a cualquier mensaje:

  • ¿Qué se está diciendo?
  • ¿A quién va dirigido?
  • ¿Por qué se afirma eso?
  • ¿Para qué se comunica?
  • ¿Cómo está presentado?
  • ¿Dónde aparece?
  • ¿Cuándo aparece?


Estas siete preguntas constituyen un pequeño antídoto contra la manipulación. Aplicarlas a una cadena de WhatsApp, a un discurso político, a un video viral o a una publicación en redes sociales obliga a abandonar la pasividad y recuperar el papel activo del ciudadano. Lamentablemente, la mayoría de nosotros hacemos exactamente lo contrario. Consumimos información sin detenernos a examinarla.

Pensar también requiere conversar

El pensamiento crítico no se desarrolla únicamente en soledad. También necesita diálogo. Escuchar a quien piensa distinto. Leer autores que desafían nuestras convicciones. Conversar con respeto.  Explicar nuestras propias ideas hasta descubrir sus fortalezas y debilidades. Cuestionar periódicamente nuestras creencias y supuestos.

Cuando dejamos de hablar con quienes discrepan de nosotros, dejamos también de aprender. Y cuando solo convivimos con personas que piensan igual, nuestras certezas dejan de ser fruto de la reflexión para convertirse en simples hábitos colectivos.

Una cultura que no enseña a pensar

En mi blog anterior sostuve que la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de ello. Las elecciones no producen una cultura determinada. Más bien revelan la cultura que ya existe.

Si una sociedad privilegia el espectáculo sobre la deliberación, la indignación sobre la argumentación y la emoción inmediata sobre la evidencia, es perfectamente lógico que terminen triunfando quienes mejor dominan esos lenguajes. No es casualidad que hoy tengamos los candidatos que han llegado a la segunda vuelta mañana. Es el resultado de la coherencia cultural que hemos desarrollado. El problema no empieza en el tarjetón electoral. Empieza mucho antes, cuando dejamos de enseñar a pensar críticamente en la familia, en la escuela, en la universidad y en la conversación pública.

Recuperar la ciudadanía adulta

En semanas recientes he escrito sobre la diferencia entre una libertad adolescente y una libertad adulta. Quizás el pensamiento crítico sea precisamente uno de los rasgos que distinguen ambas.

La libertad adolescente actúa por impulso. La libertad adulta reflexiona antes de actuar. La primera busca gratificación inmediata. La segunda acepta el esfuerzo que implica comprender.  La primera reacciona. La segunda discierne.

Una democracia necesita ciudadanos adultos. No basta con que las personas tengan derecho al voto. También necesitan las capacidades intelectuales y morales y el pensamiento  crítico para ejercerlo responsablemente. Hoy estamos descuidando en las escuelas y las universidades, la formación  de  la capacidad de reflexionar antes de actuar que permita tener ciudadanos con el pensamiento crítico que sustente nuestra democracia.

La gran tarea cultural de Colombia

Más allá de quién gane esta elección presidencial, Colombia enfrenta un desafío mucho más profundo que escoger un nuevo mandatario. Tenemos una tarea pendiente:  reconstruir una cultura donde pensar críticamente se vuelva un valor social.

Donde el silencio no sea visto como pérdida de tiempo, leer siga siendo importante y escribir ayude a ordenar las ideas. Donde conversar con quien piensa distinto deje de ser una amenaza y vuelva a convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Y donde cada ciudadano aprenda a preguntarse, antes de compartir una noticia o depositar un voto: ¿esto es realmente cierto o simplemente confirma aquello que quiero creer?

Porque las democracias no se destruyen únicamente cuando aparecen líderes populistas. También se debilitan cuando desaparecen ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Y quizás la mayor responsabilidad de esta generación no sea solo elegir bien en las urnas, sino reconstruir una cultura que vuelva a formar personas libres, conscientes y con capacidad crítica. Solo entonces la política dejará de ser el escenario donde se expresan nuestras peores emociones y convertirse en el reflejo de una ciudadanía madura.

Al fin y al cabo, una sociedad que aprende a pensar críticamente no garantiza que siempre tome las decisiones correctas. Pero sí reduce enormemente la probabilidad de dejarse seducir por quienes ofrecen respuestas fáciles para problemas profundamente complejos de nuestra sociedad.

Lo que está en juego en Colombia no es solo quién gane una segunda vuelta. Es si, como sociedad, estamos dispuestos a recuperar el hábito de pensar antes de reaccionar, de leer antes de compartir, de conversar antes de etiquetar al que piensa distinto. Movimientos como “Colombia es buena, vale la pena cuidarla” tienen, en este sentido, una tarea que va más allá de lo electoral: se trata de ayudar a reconstruir, paso a paso, esa capacidad colectiva de detenerse, observar, reflexionar y dialogar que durante tanto tiempo dimos por descontada.

Porque al final, una democracia no es más sana que el pensamiento crítico de quienes la sostienen con su voto. Y ese pensamiento crítico, como bien señalaba la conferencia, no se improvisa el día de la elección: se cultiva, o se descuida, todos los días.


sábado, 13 de junio de 2026

La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia

Si queremos un país diferente después de las elecciones, quizás debamos empezar por cambiar algo más profundo que un gobierno: la cultura que lo hizo posible.

A pocos días de que Colombia elija a su próximo presidente, millones de ciudadanos se preparan para acudir a las urnas con una mezcla de esperanza, preocupación, cansancio y desconfianza.

Durante meses hemos asistido a una campaña marcada por la polarización, los ataques personales, los videos virales, las acusaciones mutuas y una creciente sensación de incertidumbre. Como suele ocurrir en estos momentos, buena parte de la conversación pública parece haberse reducido a una pregunta aparentemente simple: ¿quién ganará?

Sin embargo, existe otra pregunta mucho más importante y mucho menos discutida: ¿Qué tipo de sociedad está produciendo los liderazgos que llegan hoy a competir por el poder?

La diferencia entre ambas preguntas es enorme. La primera mira al resultado electoral. La segunda mira a la cultura que hace posible ese resultado. Y es precisamente sobre este tema que reflexionó recientemente el reconocido escritor y analista estadounidense David Brooks en una conferencia en la Universidad de Yale. Sus observaciones estaban dirigidas a entender la profunda crisis que vive Estados Unidos, pero muchas de sus conclusiones parecen describir con sorprendente precisión lo que hoy ocurre en Colombia.

La tesis central de Brooks es sencilla pero poderosa: La política no crea la cultura. Es la cultura la que termina creando la política.

Durante años hemos tendido a pensar que los grandes cambios sociales dependen principalmente de los gobiernos, de las leyes o de las elecciones. Sin embargo, la experiencia demuestra que los dirigentes suelen ser más un reflejo de las emociones, valores y creencias predominantes en una sociedad que la causa de ellas.

Los políticos llegan al poder navegando las corrientes culturales que ya existen.

Por eso, cuando una sociedad se fragmenta, se llena de resentimiento o pierde la confianza en sí misma, inevitablemente termina produciendo liderazgos que reflejan esas mismas emociones.

Brooks sostiene que la verdadera crisis estadounidense no es política sino cultural. Es una crisis de confianza. Durante décadas, los ciudadanos fueron perdiendo confianza en las instituciones, en los medios de comunicación, en las élites, en los partidos políticos y, más preocupante aún, en sus propios vecinos. Cuando desaparece la confianza, aparece el resentimiento.

Y cuando el resentimiento se convierte en una emoción dominante, la política deja de ser una búsqueda colectiva de soluciones para convertirse en una lucha permanente entre tribus enfrentadas.

¿No es eso precisamente lo que estamos viviendo en Colombia?

Durante años hemos acumulado muchas fracturas sociales, económicas y culturales. Hemos aprendido a sospechar del que piensa diferente. Hemos reemplazado el debate por la descalificación. Hemos reducido la complejidad de los problemas nacionales a consignas emocionales cada vez más simples. El resultado es una sociedad donde cada grupo tiene su propia versión de la realidad y donde la capacidad de escucharnos disminuye día tras día.

Esta situación no comenzó con el gobierno de Gustavo Petro. Tampoco terminará cuando termine su mandato. Petro es parte de un fenómeno más profundo. Es la expresión de tensiones culturales que venían acumulándose desde hace décadas. De la misma manera, quienes aspiran hoy a reemplazarlo también son producto de esas mismas tensiones.

Por eso sería un error pensar que el 21 de Junio resolveremos mágicamente los problemas fundamentales del país. Las elecciones son importantes. Muy importantes. Pero ninguna elección puede sustituir el trabajo cultural que una sociedad debe hacer consigo misma. Y en nuestro caso eso nunca lo hemos hecho a la escala que necesita una país tan fracturado.

Brooks plantea otra idea particularmente relevante para nuestro momento histórico. Según él, las sociedades atraviesan períodos en los que los paradigmas culturales dejan de funcionar. Durante un tiempo, ciertas ideas organizan la vida colectiva. Luego comienzan a agotarse.

Las personas empiezan a sentirse más solas, más ansiosas, más desconectadas y más desconfiadas. Los mecanismos tradicionales de cohesión pierden fuerza como ha sido la religión. Y entonces surge una necesidad de renovación cultural. 

Eso parece estar ocurriendo en gran parte del mundo occidental. La promesa del individualismo extremo ha mostrado sus límites. Las personas tienen más libertad que nunca, pero también más soledad. Tienen más información que nunca, pero también más confusión. Tienen más posibilidades de expresión que nunca, pero también más dificultad para construir conversaciones significativas. La consecuencia es una profunda sensación de vacío colectivo.

En Colombia esta situación se manifiesta de maneras diversas. La vemos en la creciente desconfianza hacia las instituciones. La vemos en la dificultad para construir acuerdos. La vemos en la pérdida de credibilidad de los liderazgos tradicionales. La vemos en la facilidad con la que prosperan discursos basados en el miedo, la indignación o la confrontación.

Pero también la vemos en algo más esperanzador. En miles de ciudadanos que, silenciosamente, están buscando formas diferentes de relacionarse con su comunidad y en organizaciones sociales que construyen confianza desde lo local. La vemos en líderes comunitarios que trabajan lejos de los reflectores, y en universidades, empresas, fundaciones y grupos ciudadanos que entienden que los cambios duraderos nacen desde abajo.

Aquí es donde las reflexiones de Brooks conectan profundamente con una idea que he venido desarrollando en mis blogs durante los últimos meses. Si el problema de fondo es cultural, entonces la solución también debe ser cultural. No basta con cambiar gobernantes. Necesitamos tener las conversaciones que iluminen este tema . 

No basta con cambiar leyes. Necesitamos cambiar comportamientos. No basta con cambiar instituciones. Necesitamos reconstruir relaciones de confianza. Esta es precisamente la intuición que inspira la iniciativa “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Algunas personas han interpretado este mensaje como una simple campaña de optimismo. No lo es. En realidad, es una apuesta por intervenir uno de los factores más decisivos de cualquier transformación social: tener una narrativa positiva colectiva.

Las sociedades no se construyen únicamente sobre infraestructuras, presupuestos o políticas públicas. También se construyen sobre historias compartidas. Sobre relatos que ayudan a responder quiénes somos, qué valoramos y hacia dónde queremos ir. Durante demasiado tiempo, la conversación nacional ha estado dominada por narrativas de fracaso, confrontación y desesperanza. Pero además, con Petro, de desconocimiento de los logros obtenidos.

Por supuesto que Colombia tiene enormes problemas. Negarlos sería irresponsable. Pero también sería irresponsable ignorar los activos extraordinarios que posee este país: su gente, su capacidad de resiliencia, su creatividad, sus redes sociales, sus emprendedores, sus educadores, sus organizaciones comunitarias y sus millones de ciudadanos honestos que trabajan todos los días por sacar adelante a sus familias.

Quizás haya llegado el momento de equilibrar la conversación. No para ocultar los problemas, sino para recuperar la capacidad de construir un futuro incluyente para todos desde la gran diversidad de nuestro país.

David Brooks sostiene que el próximo gran cambio en Estados Unidos no será político sino cultural, emocional y espiritual. Quisiera creer  que algo similar también suceda  en Colombia.

El verdadero desafío nacional no consiste únicamente en elegir correctamente al próximo presidente. Consiste en reconstruir los vínculos de confianza que hacen posible una democracia sana y en volver a aprender a conversar. Consiste en reconocer la dignidad de quienes piensan distinto y en recuperar la capacidad de colaborar alrededor de propósitos compartidos. Consiste en reemplazar la lógica permanente del enemigo por la lógica del cuidado.

Porque al final, ningún presidente podrá hacer por nosotros aquello que solamente la sociedad puede hacer por sí misma. Las democracias no son más fuertes que la cultura que las sostiene. Y las instituciones no son más sólidas que la confianza de los ciudadanos que las habitan.

Por eso, mientras el país se prepara para votar, quizás convenga recordar que el resultado del domingo 21, será importante, pero no definitivo. La verdadera elección continuará el lunes. Será una elección silenciosa y cotidiana. La elección entre seguir profundizando la fragmentación o comenzar a reconstruir la confianza. La elección entre alimentar el resentimiento o fortalecer el cuidado. La elección entre esperar que otros cambien el país o asumir nuestra responsabilidad en esa transformación.

Porque los gobiernos pasan.Las campañas terminan. Los presidentes cambian. Pero las culturas permanecen. Y si Colombia logra fortalecer una cultura basada en la confianza, la colaboración y el cuidado mutuo, no solo elegirá mejores gobernantes. También será capaz de producirlos.

PD: al lector que no haya leído mi blog anterior, los invito a leerlo. Hay una conexión profunda entre los dos. 


sábado, 6 de junio de 2026

El carácter y la integridad antes que el poder


La pregunta que en Colombia debería hacerse mucha gente antes del 21 de junio

En las últimas semanas he escrito sobre la libertad, la moral, la integridad, la confianza y el liderazgo. Temas que podrían parecer desconectados entre sí, pero que en realidad convergen en una pregunta decisiva para cualquier democracia:

¿Qué tipo de personas estamos eligiendo para ejercer el poder?

A pocos días de la segunda vuelta presidencial, esta pregunta resulta más relevante que nunca. Porque las naciones no son gobernadas por programas de gobierno. Son gobernadas por seres humanos. Y la calidad de sus decisiones depende, en buena medida, de la calidad de su carácter y de su integridad.

Por eso,, quisiera proponer una reflexión diferente. Una reflexión que no parte de las propuestas, sino de las personas. No de lo que prometen hacer, sino de quiénes han demostrado ser y cómo podrían actuar de llegar al poder.

Durante este inusual proceso electoral, el debate nacional ha estado dominado por las encuestas, los escándalos, las alianzas de último momento, las promesas poco fundamentadas y los ataques personales. Resulta muy preocupante que, aun cuando los dos candidatos con mayores opciones de llegar a la Presidencia evitaron confrontar directamente sus ideas en debates públicos, el país haya vivido semanas de intensa confrontación política muy negativa.

Esa confrontación ha girado principalmente alrededor de emociones y no de reflexiones. Más que convocar a una deliberación profunda sobre el futuro de Colombia, las campañas han apelado con frecuencia al miedo, la frustración, la rabia y la desconfianza. Y cuando las emociones dominan la conversación pública, suele ocurrir algo preocupante: las preguntas verdaderamente importantes desaparecen del debate.

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Por ejemplo, existe una pregunta fundamental que casi nadie está formulando:¿Qué sabemos realmente sobre el carácter y la integridad de las personas que aspiran a ejercer el inmenso poder de gobernar a Colombia?

La pregunta puede resultar incómoda porque nos obliga a mirar más allá de las propuestas y las ideologías. Nos exige observar algo mucho más profundo: la calidad humana de quienes aspiran a dirigir el destino de más de cincuenta millones de personas, reflejada en su carácter e integridad . Y, sin embargo, pocas variables son tan determinantes para el éxito o fracaso de un gobierno como estas dos dimensiones. 

Las consideraciones anteriores me llevó a investigar sobre estos temas.

¿Qué es el carácter?

El carácter es la estructura moral profunda de una persona. Es el conjunto de valores, hábitos, virtudes y disposiciones que determinan cómo actúa cuando enfrenta presión, incertidumbre, tentación, conflicto o poder. No es una opinión, o una emoción pasajera. No es una imagen cuidadosamente construida para una campaña. Es aquello que determina quién es una persona cuando nadie la está observando.

Por eso el carácter suele revelarse en circunstancias difíciles . Cuando aparecen las crisis o hay que tomar decisiones impopulares. Cuando existen incentivos para mentir o se presentan oportunidades para abusar del poder. Cuando el dirigente debe elegir entre lo conveniente y lo correcto. Lo importante es entender que las circunstancias no crean el carácter. Lo revelan.

¿Qué es la integridad?

La integridad es la expresión visible del carácter. Podría definirse como la coherencia sostenida entre lo que una persona piensa, dice, valora y hace, entendiendo  que una persona íntegra no es aquella que nunca se equivoca. Es aquella que procura actuar de acuerdo con sus principios y valores, reconoce sus errores y asume las consecuencias de sus actos.

Si el carácter es la raíz, la integridad es el fruto. Si el carácter es la estructura interna, la integridad es la evidencia observable.  Por eso la integridad no se mide por los discursos. Se mide por los comportamientos repetidos a lo largo del tiempo.

Una competencia esencial para gobernar

Cuando una organización busca un gerente o a su presidente, o una junta directiva escoge a su director ejecutivo, la evaluación del carácter suele ser tan importante o más como la evaluación de sus competencias técnicas. Y sin embargo, es paradójico , cuando elegimos a la persona que tendrá el mayor poder político del país, solemos dedicar mucho más tiempo a analizar sus propuestas o pronunciamientos, que a examinar su carácter y su integridad . Y eso es una contradicción enorme, especialmente en personas que manejan organizaciones, y que nunca aceptarían un proceso de selección sin estos requisitos. 

Porque los presidentes no gobiernan únicamente con conocimientos técnicos. Gobiernan con sus emociones, sus prejuicios, sus fortalezas y debilidades,  con su relación con la verdad, su capacidad para escuchar, construir  y  su actitud frente al poder.. Y esas son precisamente las manifestaciones fundamentales de su carácter y las bases de su integridad.

Una lección que Colombia debería aprender

La experiencia reciente del país ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre este tema. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el gobierno de Gustavo Petro deja una pregunta que vale la pena formular con serenidad: ¿Cuántos de los problemas que hoy enfrenta Colombia son consecuencia de sus decisiones programáticas y cuántos son consecuencia de rasgos de su carácter que ya eran visibles antes de llegar a la Presidencia?

Durante estos años hemos observado sus inmensas dificultades para construir consensos estables, sus conflictos recurrentes con múltiples instituciones, una alta rotación de funcionarios, una narrativa de confrontación permanente, una creciente polarización política y social que ha promovido cada vez más.

También hemos visto una tendencia a mentir sin rubor, interpretar la realidad en términos de aliados y adversarios, una relación compleja con los límites institucionales y una gran dificultad persistente para construir puentes con quienes piensan diferente.

Para efectos de esta reflexión, lo importante aquí no es discutir si estas conductas son buenas o malas. Lo importante es reconocer que muchas de ellas no aparecieron después de llegar al poder. Aún más, fueron evidentes cuando fue Alcalde de Bogotá. Ya estaban presentes. Eran visibles para quien quisiera observarlas. Y lo que hizo en su paso por la Presidencia fue amplificarlas.

Quizás la lección más inquietante es que no parece que hayamos aprendido lo suficiente de la experiencia reciente con Petro. Hace apenas seis meses, a muy pocos colombianos se les habría ocurrido que los dos finalistas de esta contienda presidencial, tenía los méritos suficientes para  ser  quienes hoy se disputan la Presidencia. Sin embargo, aquí estamos. 

Los dados están echados y millones de ciudadanos tendremos que tomar una decisión entre dos opciones de las que conocemos muy poco a nivel de la persona y sobre quienes hay dudas razonables sobre sus capacidades, carácter e integridad, para enfrentar el  mayor  reto que haya enfrentado un nuevo presidentes en la historia contemporánea de Colombia.

El ejemplo de Petro  nos debe haber evidenciado la razón por la cual el carácter y la  integridad si importan. Y la demostración de que el poder rara vez transforma a las personas. Más bien revela quiénes son realmente. La pregunta que en Colombia nos deberíamos  haber hecho  desde hace meses, no era solamente qué proponían los candidatos , dos de los cuales son los finalistas,  para enfrentar los inmensos retos , que un país descuadernado, enfrentará en los próximos cuatro años. Hay una pregunta es mucho más profunda: ¿Qué nos dice la trayectoria de cada uno sobre la manera en que ejercerá el poder cuando enfrente las inevitables crisis, presiones y dilemas que acompañan el gobierno de una nación?

Por  estas razones, considero que nunca es tarde para hacer este tipo de reflexiones. Los nombres que aparecen en el tarjetón ya no pueden cambiarse. Pero la experiencia que Colombia ha vivido en los últimos años debería servirnos para entender cómo llegamos a este punto y para recordarnos cuáles son las consecuencias de ignorar el carácter y la integridad de quienes aspiran al poder,  y cuyos efectos que no desaparecen después de las elecciones. Por el contrario, lamentablemente suelen acompañar a una nación durante todo un período de gobierno.

A partir de los comentarios anteriores caben varias reflexiones que me veo obligado hacer.

Primera reflexión: el carácter siempre termina gobernando

Existe una creencia muy extendida según la cual los gobiernos son el resultado de los programas que prometen sus candidatos. La realidad suele ser diferente. Los gobiernos terminan siendo el reflejo del carácter y la integridad de quienes los lideran. Un presidente no gobierna únicamente con sus ideas. Gobierna con sus hábitos y emociones, sus fortalezas y debilidades,  su capacidad de escuchar y  su relación con la verdad. Gobierna con su actitud frente a quienes piensan distinto y con su disposición a reconocer errores. Pero también, con su capacidad para construir confianza.

Cuando llegan las crisis —y siempre llegan— los discursos dejan de ser suficientes. Las circunstancias exigen decisiones complejas, muchas veces imposibles de anticipar durante una campaña como fue el COVID . Es entonces cuando aparece el verdadero líder  y no el que estaba en los afiches, o el que hablaba o no lo hacía en los debates. Aparece el ser humano detrás del cargo y por eso, la trayectoria importa tanto. Porque el carácter y la integridad demostrados en el pasado, suelen ser el mejor predictor disponible del comportamiento futuro.

Segunda reflexión: los problemas de Colombia no son solamente técnicos

Una de las enseñanzas más valiosas de Ronald Heifetz consiste en diferenciar los retos técnicos de los retos adaptativos. Los retos técnicos pueden resolverse mediante expertos, recursos o mejores procedimientos. Los retos adaptativos exigen cambios en comportamientos, creencias, relaciones y formas de pensar.

Muchos de los problemas que hoy enfrenta Colombia pertenecen a esta segunda categoría como la polarización, la pérdida de confianza, la incapacidad para construir acuerdos., la fragmentación social, el deterioro del respeto institucional, la dificultad para cooperar entre diferentes.

Ninguno de estos desafíos puede resolverse únicamente mediante decretos o reformas legales. Son problemas de liderazgo. Y el ejercicio del liderazgo está profundamente relacionado con el carácter y la integridad.

Una persona puede tener excelentes ideas y ser incapaz de convocar. Puede tener razón y no generar confianza. Puede ser brillante intelectualmente y fracasar en la construcción de consensos. Las sociedades terminan pareciéndose menos a los programas de gobierno y más a la forma como sus dirigentes ejercen su liderazgo.

Tercera reflexión: el poder amplifica las fortalezas y las debilidades

Existe una idea muy popular según la cual el poder cambia a las personas. La evidencia histórica sugiere algo distinto.

El poder amplifica la prudencia o la imprudencia,  la humildad o la arrogancia,  la capacidad de escuchar o la incapacidad de hacerlo, la honestidad o la tendencia a justificar cualquier conducta. Por eso resulta tan peligroso elegir pensando que el cargo corregirá los defectos de carácter y de integridad de quien lo ocupa. La experiencia demuestra que sucede exactamente lo contrario.

Los defectos que parecían manejables durante una campaña suelen convertirse en problemas nacionales cuando quien los posee gracias a los votos recibe enormes cuotas de poder.

La historia está llena de ejemplos de líderes que prometieron unir y terminaron dividiendo. Que prometieron escuchar y terminaron imponiendo. Que prometieron respetar las reglas y terminaron tratando de modificarlas a su conveniencia. Y por eso la pregunta sobre el carácter y la integridad no es secundaria. Es central.

Cuarta reflexión: el error que los ciudadanos solemos cometer ( Espejito, espejito dime la verdad)

Quizás la lección más importante de esta elección tenga menos que ver con los candidatos y más con nosotros mismos. Antes de criticar hacia afuera debemos de vernos en un espejo hacia adentro. Por no hacerlo, como ciudadanos solemos hacernos las preguntas equivocadas.

Preguntamos: ¿Quién tiene las mejores propuestas? ¿Quién representa mejor mis creencias e ideas? ¿Quién derrotará a quienes considero responsables de los problemas del país? ¿Quién pertenece a mi tribu política o a mi burbuja ideológica ?

Pero muy rara vez nos preguntamos:

¿Dice la verdad? ¿Cumple su palabra? ¿Respeta los límites institucionales? ¿Escucha opiniones diferentes? ¿Reconoce errores? ¿Aprende? ¿Genera confianza? ¿Tiene autocontrol? Si lo hubiéramos hecho, Petro con sus antecedentes en la Alcaldía de Bogotá, no hubiera llegado nunca al poder como presidente de Colombia.

Para algunos lectores, estas preguntas parecen menos emocionantes que los debates ideológicos. Sin embargo, por su impacto son mucho más importantes . Porque las propuestas pueden fracasar o los planes pueden cambiar. Las circunstancias pueden transformarse. Pero cuando el carácter de una persona impacta su integridad, tarde o temprano esa carencia termina afectando las instituciones que dirige.  Y cuando  su pésimo ejemplo se expande y muchos ciudadanos dejan de valorar la integridad, la cultura política comienza a desmoronarse y el sistema democrático se pone en serio peligro .

Cuando esto sucede, la mentira se normaliza. La agresión se vuelve aceptable. La descalificación reemplaza al diálogo. La confianza desaparece. Lo inadmisible se vuele admisible. Y la democracia comienza a debilitarse aceleradamente desde adentro porque la indignación desaparece.

La pregunta que realmente estamos respondiendo

El próximo 21 de junio los colombianos no estaremos escogiendo únicamente un programa de gobierno. Tampoco estaremos escogiendo solamente una orientación ideológica. A la luz de mis reflexiones anteriores, sobre el impacto del carácter y la integridad, nos estaremos  respondiendo una pregunta mucho más profunda: ¿A cuál de los dos finalistas  estamos dispuestos a confiarle el inmenso poder de gobernar Colombia?

La respuesta exige mirar más allá de los discursos, más  allá de las campañas y las emociones del momento. Nos debe exigir observar sus trayectorias, patrones de comportamiento,  frente a la verdad, frente al poder y a quienes piensan diferente.

Porque las naciones rara vez son mejores que el carácter y la integridad de quienes las gobiernan. Y cuando una sociedad deja de evaluar estas dimensiones de sus dirigentes, termina descubriendo demasiado tarde que las fallas morales que ignoró durante la campaña se convierten en problemas institucionales en su gobierno y en una crisis de legitimidad para el país.

Quizás la pregunta más importante de esta elección no sea quién puede ganar. Quizás sea otra: ¿Qué tipo de carácter e integridad debe de tener quien aspira a ser Presidente,  necesita Colombia para unir a sus habitantes y comenzar a sanar las heridas que hoy la dividen?

Las naciones no solo eligen programas de gobierno. Eligen formas de ejercer el poder.. Si Colombia quiere resultados distintos, quizás deba comenzar a hacerse otra pregunta diferente: mas allá de lo qué proponga  el candidato, preguntarse quién es él realmente cuando nadie lo está observando y cuáles son sus verdaderas intensiones, para no sorprenderse negativamente más adelante como hoy nos ha sucedido con Petro