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sábado, 6 de junio de 2026

El carácter y la integridad antes que el poder


La pregunta que en Colombia debería hacerse mucha gente antes del 21 de junio

En las últimas semanas he escrito sobre la libertad, la moral, la integridad, la confianza y el liderazgo. Temas que podrían parecer desconectados entre sí, pero que en realidad convergen en una pregunta decisiva para cualquier democracia:

¿Qué tipo de personas estamos eligiendo para ejercer el poder?

A pocos días de la segunda vuelta presidencial, esta pregunta resulta más relevante que nunca. Porque las naciones no son gobernadas por programas de gobierno. Son gobernadas por seres humanos. Y la calidad de sus decisiones depende, en buena medida, de la calidad de su carácter y de su integridad.

Por eso,, quisiera proponer una reflexión diferente. Una reflexión que no parte de las propuestas, sino de las personas. No de lo que prometen hacer, sino de quiénes han demostrado ser y cómo podrían actuar de llegar al poder.

Durante este inusual proceso electoral, el debate nacional ha estado dominado por las encuestas, los escándalos, las alianzas de último momento, las promesas poco fundamentadas y los ataques personales. Resulta muy preocupante que, aun cuando los dos candidatos con mayores opciones de llegar a la Presidencia evitaron confrontar directamente sus ideas en debates públicos, el país haya vivido semanas de intensa confrontación política muy negativa.

Esa confrontación ha girado principalmente alrededor de emociones y no de reflexiones. Más que convocar a una deliberación profunda sobre el futuro de Colombia, las campañas han apelado con frecuencia al miedo, la frustración, la rabia y la desconfianza. Y cuando las emociones dominan la conversación pública, suele ocurrir algo preocupante: las preguntas verdaderamente importantes desaparecen del debate.

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Por ejemplo, existe una pregunta fundamental que casi nadie está formulando:¿Qué sabemos realmente sobre el carácter y la integridad de las personas que aspiran a ejercer el inmenso poder de gobernar a Colombia?

La pregunta puede resultar incómoda porque nos obliga a mirar más allá de las propuestas y las ideologías. Nos exige observar algo mucho más profundo: la calidad humana de quienes aspiran a dirigir el destino de más de cincuenta millones de personas, reflejada en su carácter e integridad . Y, sin embargo, pocas variables son tan determinantes para el éxito o fracaso de un gobierno como estas dos dimensiones. 

Las consideraciones anteriores me llevó a investigar sobre estos temas.

¿Qué es el carácter?

El carácter es la estructura moral profunda de una persona. Es el conjunto de valores, hábitos, virtudes y disposiciones que determinan cómo actúa cuando enfrenta presión, incertidumbre, tentación, conflicto o poder. No es una opinión, o una emoción pasajera. No es una imagen cuidadosamente construida para una campaña. Es aquello que determina quién es una persona cuando nadie la está observando.

Por eso el carácter suele revelarse en circunstancias difíciles . Cuando aparecen las crisis o hay que tomar decisiones impopulares. Cuando existen incentivos para mentir o se presentan oportunidades para abusar del poder. Cuando el dirigente debe elegir entre lo conveniente y lo correcto. Lo importante es entender que las circunstancias no crean el carácter. Lo revelan.

¿Qué es la integridad?

La integridad es la expresión visible del carácter. Podría definirse como la coherencia sostenida entre lo que una persona piensa, dice, valora y hace, entendiendo  que una persona íntegra no es aquella que nunca se equivoca. Es aquella que procura actuar de acuerdo con sus principios y valores, reconoce sus errores y asume las consecuencias de sus actos.

Si el carácter es la raíz, la integridad es el fruto. Si el carácter es la estructura interna, la integridad es la evidencia observable.  Por eso la integridad no se mide por los discursos. Se mide por los comportamientos repetidos a lo largo del tiempo.

Una competencia esencial para gobernar

Cuando una organización busca un gerente o a su presidente, o una junta directiva escoge a su director ejecutivo, la evaluación del carácter suele ser tan importante o más como la evaluación de sus competencias técnicas. Y sin embargo, es paradójico , cuando elegimos a la persona que tendrá el mayor poder político del país, solemos dedicar mucho más tiempo a analizar sus propuestas o pronunciamientos, que a examinar su carácter y su integridad . Y eso es una contradicción enorme, especialmente en personas que manejan organizaciones, y que nunca aceptarían un proceso de selección sin estos requisitos. 

Porque los presidentes no gobiernan únicamente con conocimientos técnicos. Gobiernan con sus emociones, sus prejuicios, sus fortalezas y debilidades,  con su relación con la verdad, su capacidad para escuchar, construir  y  su actitud frente al poder.. Y esas son precisamente las manifestaciones fundamentales de su carácter y las bases de su integridad.

Una lección que Colombia debería aprender

La experiencia reciente del país ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre este tema. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el gobierno de Gustavo Petro deja una pregunta que vale la pena formular con serenidad: ¿Cuántos de los problemas que hoy enfrenta Colombia son consecuencia de sus decisiones programáticas y cuántos son consecuencia de rasgos de su carácter que ya eran visibles antes de llegar a la Presidencia?

Durante estos años hemos observado sus inmensas dificultades para construir consensos estables, sus conflictos recurrentes con múltiples instituciones, una alta rotación de funcionarios, una narrativa de confrontación permanente, una creciente polarización política y social que ha promovido cada vez más.

También hemos visto una tendencia a mentir sin rubor, interpretar la realidad en términos de aliados y adversarios, una relación compleja con los límites institucionales y una gran dificultad persistente para construir puentes con quienes piensan diferente.

Para efectos de esta reflexión, lo importante aquí no es discutir si estas conductas son buenas o malas. Lo importante es reconocer que muchas de ellas no aparecieron después de llegar al poder. Aún más, fueron evidentes cuando fue Alcalde de Bogotá. Ya estaban presentes. Eran visibles para quien quisiera observarlas. Y lo que hizo en su paso por la Presidencia fue amplificarlas.

Quizás la lección más inquietante es que no parece que hayamos aprendido lo suficiente de la experiencia reciente con Petro. Hace apenas seis meses, a muy pocos colombianos se les habría ocurrido que los dos finalistas de esta contienda presidencial, tenía los méritos suficientes para  ser  quienes hoy se disputan la Presidencia. Sin embargo, aquí estamos. 

Los dados están echados y millones de ciudadanos tendremos que tomar una decisión entre dos opciones de las que conocemos muy poco a nivel de la persona y sobre quienes hay dudas razonables sobre sus capacidades, carácter e integridad, para enfrentar el  mayor  reto que haya enfrentado un nuevo presidentes en la historia contemporánea de Colombia.

El ejemplo de Petro  nos debe haber evidenciado la razón por la cual el carácter y la  integridad si importan. Y la demostración de que el poder rara vez transforma a las personas. Más bien revela quiénes son realmente. La pregunta que en Colombia nos deberíamos  haber hecho  desde hace meses, no era solamente qué proponían los candidatos , dos de los cuales son los finalistas,  para enfrentar los inmensos retos , que un país descuadernado, enfrentará en los próximos cuatro años. Hay una pregunta es mucho más profunda: ¿Qué nos dice la trayectoria de cada uno sobre la manera en que ejercerá el poder cuando enfrente las inevitables crisis, presiones y dilemas que acompañan el gobierno de una nación?

Por  estas razones, considero que nunca es tarde para hacer este tipo de reflexiones. Los nombres que aparecen en el tarjetón ya no pueden cambiarse. Pero la experiencia que Colombia ha vivido en los últimos años debería servirnos para entender cómo llegamos a este punto y para recordarnos cuáles son las consecuencias de ignorar el carácter y la integridad de quienes aspiran al poder,  y cuyos efectos que no desaparecen después de las elecciones. Por el contrario, lamentablemente suelen acompañar a una nación durante todo un período de gobierno.

A partir de los comentarios anteriores caben varias reflexiones que me veo obligado hacer.

Primera reflexión: el carácter siempre termina gobernando

Existe una creencia muy extendida según la cual los gobiernos son el resultado de los programas que prometen sus candidatos. La realidad suele ser diferente. Los gobiernos terminan siendo el reflejo del carácter y la integridad de quienes los lideran. Un presidente no gobierna únicamente con sus ideas. Gobierna con sus hábitos y emociones, sus fortalezas y debilidades,  su capacidad de escuchar y  su relación con la verdad. Gobierna con su actitud frente a quienes piensan distinto y con su disposición a reconocer errores. Pero también, con su capacidad para construir confianza.

Cuando llegan las crisis —y siempre llegan— los discursos dejan de ser suficientes. Las circunstancias exigen decisiones complejas, muchas veces imposibles de anticipar durante una campaña como fue el COVID . Es entonces cuando aparece el verdadero líder  y no el que estaba en los afiches, o el que hablaba o no lo hacía en los debates. Aparece el ser humano detrás del cargo y por eso, la trayectoria importa tanto. Porque el carácter y la integridad demostrados en el pasado, suelen ser el mejor predictor disponible del comportamiento futuro.

Segunda reflexión: los problemas de Colombia no son solamente técnicos

Una de las enseñanzas más valiosas de Ronald Heifetz consiste en diferenciar los retos técnicos de los retos adaptativos. Los retos técnicos pueden resolverse mediante expertos, recursos o mejores procedimientos. Los retos adaptativos exigen cambios en comportamientos, creencias, relaciones y formas de pensar.

Muchos de los problemas que hoy enfrenta Colombia pertenecen a esta segunda categoría como la polarización, la pérdida de confianza, la incapacidad para construir acuerdos., la fragmentación social, el deterioro del respeto institucional, la dificultad para cooperar entre diferentes.

Ninguno de estos desafíos puede resolverse únicamente mediante decretos o reformas legales. Son problemas de liderazgo. Y el ejercicio del liderazgo está profundamente relacionado con el carácter y la integridad.

Una persona puede tener excelentes ideas y ser incapaz de convocar. Puede tener razón y no generar confianza. Puede ser brillante intelectualmente y fracasar en la construcción de consensos. Las sociedades terminan pareciéndose menos a los programas de gobierno y más a la forma como sus dirigentes ejercen su liderazgo.

Tercera reflexión: el poder amplifica las fortalezas y las debilidades

Existe una idea muy popular según la cual el poder cambia a las personas. La evidencia histórica sugiere algo distinto.

El poder amplifica la prudencia o la imprudencia,  la humildad o la arrogancia,  la capacidad de escuchar o la incapacidad de hacerlo, la honestidad o la tendencia a justificar cualquier conducta. Por eso resulta tan peligroso elegir pensando que el cargo corregirá los defectos de carácter y de integridad de quien lo ocupa. La experiencia demuestra que sucede exactamente lo contrario.

Los defectos que parecían manejables durante una campaña suelen convertirse en problemas nacionales cuando quien los posee gracias a los votos recibe enormes cuotas de poder.

La historia está llena de ejemplos de líderes que prometieron unir y terminaron dividiendo. Que prometieron escuchar y terminaron imponiendo. Que prometieron respetar las reglas y terminaron tratando de modificarlas a su conveniencia. Y por eso la pregunta sobre el carácter y la integridad no es secundaria. Es central.

Cuarta reflexión: el error que los ciudadanos solemos cometer ( Espejito, espejito dime la verdad)

Quizás la lección más importante de esta elección tenga menos que ver con los candidatos y más con nosotros mismos. Antes de criticar hacia afuera debemos de vernos en un espejo hacia adentro. Por no hacerlo, como ciudadanos solemos hacernos las preguntas equivocadas.

Preguntamos: ¿Quién tiene las mejores propuestas? ¿Quién representa mejor mis creencias e ideas? ¿Quién derrotará a quienes considero responsables de los problemas del país? ¿Quién pertenece a mi tribu política o a mi burbuja ideológica ?

Pero muy rara vez nos preguntamos:

¿Dice la verdad? ¿Cumple su palabra? ¿Respeta los límites institucionales? ¿Escucha opiniones diferentes? ¿Reconoce errores? ¿Aprende? ¿Genera confianza? ¿Tiene autocontrol? Si lo hubiéramos hecho, Petro con sus antecedentes en la Alcaldía de Bogotá, no hubiera llegado nunca al poder como presidente de Colombia.

Para algunos lectores, estas preguntas parecen menos emocionantes que los debates ideológicos. Sin embargo, por su impacto son mucho más importantes . Porque las propuestas pueden fracasar o los planes pueden cambiar. Las circunstancias pueden transformarse. Pero cuando el carácter de una persona impacta su integridad, tarde o temprano esa carencia termina afectando las instituciones que dirige.  Y cuando  su pésimo ejemplo se expande y muchos ciudadanos dejan de valorar la integridad, la cultura política comienza a desmoronarse y el sistema democrático se pone en serio peligro .

Cuando esto sucede, la mentira se normaliza. La agresión se vuelve aceptable. La descalificación reemplaza al diálogo. La confianza desaparece. Lo inadmisible se vuele admisible. Y la democracia comienza a debilitarse aceleradamente desde adentro porque la indignación desaparece.

La pregunta que realmente estamos respondiendo

El próximo 21 de junio los colombianos no estaremos escogiendo únicamente un programa de gobierno. Tampoco estaremos escogiendo solamente una orientación ideológica. A la luz de mis reflexiones anteriores, sobre el impacto del carácter y la integridad, nos estaremos  respondiendo una pregunta mucho más profunda: ¿A cuál de los dos finalistas  estamos dispuestos a confiarle el inmenso poder de gobernar Colombia?

La respuesta exige mirar más allá de los discursos, más  allá de las campañas y las emociones del momento. Nos debe exigir observar sus trayectorias, patrones de comportamiento,  frente a la verdad, frente al poder y a quienes piensan diferente.

Porque las naciones rara vez son mejores que el carácter y la integridad de quienes las gobiernan. Y cuando una sociedad deja de evaluar estas dimensiones de sus dirigentes, termina descubriendo demasiado tarde que las fallas morales que ignoró durante la campaña se convierten en problemas institucionales en su gobierno y en una crisis de legitimidad para el país.

Quizás la pregunta más importante de esta elección no sea quién puede ganar. Quizás sea otra: ¿Qué tipo de carácter e integridad debe de tener quien aspira a ser Presidente,  necesita Colombia para unir a sus habitantes y comenzar a sanar las heridas que hoy la dividen?

Las naciones no solo eligen programas de gobierno. Eligen formas de ejercer el poder.. Si Colombia quiere resultados distintos, quizás deba comenzar a hacerse otra pregunta diferente: mas allá de lo qué proponga  el candidato, preguntarse quién es él realmente cuando nadie lo está observando y cuáles son sus verdaderas intensiones, para no sorprenderse negativamente más adelante como hoy nos ha sucedido con Petro



viernes, 29 de mayo de 2026

Estamos eligiendo un presidente o simplemente un ganador?

 ¿Estamos eligiendo un presidente o simplemente un  ganador? Blog para leer antes de votar.

 Hay momentos en la historia de un país en los que las preguntas más importantes desaparecen de la conversación pública. Colombia parece estar viviendo uno de ellos.

A pocas horas de una de las elecciones más trascendentales de las últimas décadas, el debate nacional ha estado dominado por los insultos, las descalificaciones, los escándalos, las redes sociales, los videos virales, las emociones de corto plazo y una creciente polarización que dificulta pensar con serenidad. Hoy tenemos tres candidatos punteando en las encuestas que, hasta hace menos de seis meses, no estaban en el radar de nadie para ser considerados entre las principales opciones para llegar a la Presidencia de Colombia.

Lo que sí conocemos es que dos de ellos han sido senadores y un tercero es un controvertido litigante que ha pasado buena parte de su vida reciente fuera del país.

Pero, como lo planteaba Hernando Gómez Buendía en una reciente columna en defensa del centro publicada en El Espectador:

“Los tres piensan como piensa la gente común porque vienen directamente de sus propias tribus emocionales y nunca tuvieron que administrar la complejidad. Ninguno ha gobernado una gran ciudad, una región compleja o una burocracia gigantesca. Ninguno ha tenido que arbitrar intereses incompatibles, cuadrar presupuestos imposibles, manejar sindicatos, policías, empresarios, ambientalistas, transportadores y jueces al mismo tiempo”.

Y yo añadiría que cualquiera de ellos, si se gana la lotería de llegar a la más alta posición del Estado, tendrá que enfrentar, junto con su equipo, la acumulación de problemas más difíciles de nuestra historia contemporánea y las expectativas desbordadas de un país profundamente dividido.

Y los tres han estado envueltos en una campaña que se parece más a un circo que al proceso serio que requiere para elegir al futuro Presidente de Colombia, en uno de los momentos más críticos de su historia, para orientar y dirigir los destinos de la nación.

Teniendo en cuenta estas reflexiones, resulta fundamental hacerse una pregunta que no ha sido tema principal en este carnaval de ruido, donde han abundado la desinformación y los ataques personales, mientras han escaseado los debates de fondo:

¿Qué condiciones personales y capacidades necesita realmente quien llegue a la Presidencia de Colombia en este momento tan complejo de nuestra historia?

La pregunta es especialmente relevante porque, hace apenas seis meses, pocos habrían imaginado que los principales aspirantes a la Presidencia serían quienes hoy encabezan las encuestas. La triste realidad es que el país se encuentra frente a una oferta política inesperada, construida más por las dinámicas emocionales de la coyuntura y por el desastre que nos deja el gobierno Petro, que por una deliberación profunda sobre las capacidades requeridas para gobernar una nación extraordinariamente compleja.

Quien llegue a la Casa de Nariño recibirá un país atravesado simultáneamente por múltiples crisis.

Una crisis de seguridad que ha permitido la expansión de grupos armados ilegales en amplias zonas del territorio. Una crisis fiscal que limita enormemente la capacidad de maniobra del Estado. Una crisis del sistema de salud que genera incertidumbre sobre la atención de millones de ciudadanos. Una crisis energética que amenaza la competitividad y la estabilidad futura del país. Una crisis institucional derivada de años de polarización creciente. Y quizás la más delicada de todas: una profunda crisis de confianza entre los colombianos.

No se trata de problemas aislados. Son desafíos interconectados que se retroalimentan mutuamente y que exigen una capacidad de liderazgo excepcional.

Y aquí vale la pena conectar con una reflexión de mis dos blogs anteriores: lo que está en juego es nuestra democracia, que sustenta la libertad. Pero el ejercicio del voto este domingo no puede entenderse únicamente como la posibilidad de elegir entre opciones, sino también como la responsabilidad moral y ética de ejercer esa decisión pensando en el bien común.

Elegir a un presidente es, en el fondo, un acto de libertad ciudadana. Pero una libertad que solo adquiere sentido cuando está guiada por criterios éticos y por una reflexión seria sobre el carácter y las capacidades de quien recibirá el poder. Cuando eso no sucede, las consecuencias terminan siendo las que hoy estamos viviendo, o aún peor.

Por eso resulta preocupante que la discusión pública haya estado centrada casi exclusivamente en quién tiene la razón ideológica, quién representa mejor un determinado sector político o quién despierta la emoción más intensa, mientras se ha dejado de lado una cuestión mucho más profunda: la capacidad personal y profesional para gobernar en medio de un entorno de enorme complejidad nacional e internacional.

Ronald Heifetz, profesor de Harvard y uno de los mayores expertos mundiales en liderazgo, distingue entre los retos técnicos y los retos adaptativos. Los primeros pueden resolverse mediante conocimientos especializados, experiencia previa o procedimientos conocidos. Los segundos exigen algo mucho más difícil: movilizar a una sociedad para enfrentar realidades incómodas, cambiar comportamientos, construir nuevas capacidades colectivas y atravesar períodos prolongados de incertidumbre.

Colombia enfrenta hoy, principalmente, inmensos retos adaptativos.

Y eso cambia completamente la naturaleza del liderazgo requerido. No basta con tener buenas intenciones. No basta con ser una persona honesta. No basta con ser un excelente comunicador. No basta con haber sido un buen senador, un buen abogado o un buen opositor. Gobernar un país en crisis demanda condiciones personales y capacidades extraordinariamente exigentes.

Y aun si una persona las tuviera, los retos son tan enormes que probablemente desbordarían las capacidades de cualquier individuo, por competente y experimentado que fuera.

Si fuéramos a elaborar el perfil del cargo, como se haría para seleccionar al líder de una empresa en crisis, veamos qué requisitos mínimos exigiríamos: estabilidad emocional para tomar decisiones bajo presión extrema; capacidad para escuchar opiniones distintas sin convertir la diferencia en enemistad; humildad intelectual para reconocer errores y corregir el rumbo; autocontrol para no reaccionar impulsivamente frente a las críticas; fortaleza psicológica para soportar ataques permanentes sin perder el equilibrio; criterio para distinguir entre lo popular y lo correcto; y capacidad para rodearse de personas más capaces que uno mismo.

Y quizás la más escasa de todas: la capacidad de unir a un país fragmentado y diverso cuando todos los incentivos políticos empujan en la dirección contraria.

Para unir se requiere empatía: la capacidad de salir de sí mismo y comprender que el adversario político no tiene que ser un enemigo al que hay que eliminar, sino alguien cuya voz también representa problemas reales, angustias reales y personas reales que deben ser incluidas si se quiere comenzar a sanar las profundas heridas que Petro deja en la sociedad colombiana.

La historia está llena de líderes que se creían inteligentes pero fracasaron porque carecían de estas cualidades. También está llena de dirigentes con enormes conocimientos técnicos que terminaron agravando los problemas que pretendían resolver porque no entendieron la dimensión humana del poder.

Pero también porque la democracia no depende únicamente de las leyes ni de las capacidades individuales. Cuando existen crisis severas, como las que hoy enfrenta Colombia, también influye enormemente la madurez emocional y moral de quienes ejercen el poder.

Pero hay otra cara de la moneda que es tan importante como lo anterior. El ejercicio de la Presidencia no exige únicamente virtudes y capacidades. También amplifica los defectos personales.

Si alguien es impulsivo, la Presidencia amplifica esa impulsividad. Si es arrogante, el poder amplifica esa arrogancia. Si tiene dificultades para escuchar, el aislamiento propio del poder profundiza esa limitación. Si ve enemigos en todas partes, el poder terminará rodeándolo de enemigos reales.

Por eso las elecciones no son simplemente una competencia de propuestas. Son también una evaluación del carácter de quienes aspiran a llegar al poder. Porque el carácter de una persona suele revelarse y ponerse a prueba precisamente cuando aparecen las crisis y se enfrenta la complejidad del cargo, especialmente cuando no existe una experiencia previa comparable.

Pero, para agravar aún más la situación, quien llegue a gobernar Colombia encontrará una institucionalidad debilitada y más frágil de lo que muchos imaginan.

Es un hecho que una de las lecciones más importantes que ha dejado Colombia en los últimos años es que las instituciones, por sólidas que parezcan, son mucho más vulnerables de lo que creíamos cuando llegan al poder personas que no comprenden los límites que exige una democracia constitucional.

Las instituciones crean límites. Pero son los líderes quienes escogen actuar dentro de ellos o intentar sobrepasarlos. Las constituciones establecen reglas. Pero son las personas quienes deciden respetarlas o estirarlas. Hoy vemos a Petro violentando muchas de ellas sin mayor pudor porque considera que la impunidad política que ha tenido hasta ahora se lo permite.

Por todo lo anterior, resulta tan preocupante que estas consideraciones hayan desaparecido prácticamente del debate electoral actual. Han predominado la ideología, las encuestas, las alianzas y los escándalos. Pero hemos discutido muy poco sobre las capacidades personales necesarias para liderar una nación fragmentada y en crisis como la nuestra.

Y esa omisión puede terminar siendo una de las más costosas para el futuro del país.

Porque los próximos cuatro años exigirán capacidades sobresalientes de liderazgo, pero también de gobierno. Liderazgo para inspirar, movilizar la corresponsabilidad y promover la construcción colectiva de soluciones. Liderazgo para disminuir significativamente la confrontación y reconstruir la confianza.

Se requiere más serenidad y menos espectáculo. Más responsabilidad y menos fuegos artificiales. Más madurez que agresividad, más prudencia que fanatismo y más carácter que consignas ideológicas.

Este domingo los colombianos no solo estarán escogiendo entre distintos proyectos políticos. Estarán escogiendo a la persona que ocupará el centro del sistema institucional más importante de la República.

Estaremos escogiendo la manera como se ejercerá el poder. La forma como se tramitarán los desacuerdos. La capacidad de convocar o dividir. La disposición para construir puentes o profundizar fracturas. Y esa decisión tendrá consecuencias mucho más profundas que cualquier promesa de campaña.

Quizás otra pregunta que cada ciudadano debería hacerse antes de votar, no es únicamente quién representa mejor sus preferencias ideológicas. Después de estas reflexiones , tal vez debería replantear la pregunta que propuse al inicio de este blog:

¿Quién , de los cinco candidatos que hoy se presentan,  tiene las condiciones humanas para enfrentar con equilibrio, prudencia, inteligencia y sentido de responsabilidad el inmenso peso de gobernar una Colombia herida, polarizada y compleja?

Porque las naciones rara vez fracasan únicamente por falta de recursos. Muchas veces fracasan por errores de liderazgo. Y cuando eso ocurre, las consecuencias pueden acompañarlas durante generaciones.

Lo que está en juego este domingo no es solamente quién gana una elección. Lo que está en juego es la calidad del liderazgo con el que Colombia intentará reconstruir su futuro.

¿Quién cree realmente en una versión de país donde cabemos todos?

Porque, al final, el verdadero desafío de quien llegue a la Presidencia no será derrotar a sus adversarios ni imponer una visión sobre la otra. Será construir una versión más grande de Colombia, una en la que puedan convivir quienes piensan distinto, quienes quieren cambio y quienes necesitan estabilidad, quienes temen perder lo construido y quienes sienten que nunca han tenido oportunidades.

Esa es, quizás, la tarea más difícil del próximo presidente. Y también la más urgente.

PD: Estaba terminando de escribir este blog cuando me llegó una columna de Juanita Uribe, de la cual extracto el siguiente párrafo:“Porque Colombia no necesita otra narrativa en la que unos tengan que desaparecer para que otros puedan existir. No necesita rabia, superioridad moral, miedo o la nostalgia de un país que ya no existe. Necesita una versión más grande de sí misma. En la que quepan quienes han estado afuera, pero también quienes tienen miedo de perder lo que han construido. Donde quepan los empresarios y los trabajadores, los jóvenes y los mayores, las regiones y las ciudades, los que quieren cambio y los que necesitan estabilidad. Una versión en la que la diferencia no se trate como una amenaza, sino como materia prima con la que hay que trabajar”.

Mejor final para este blog, imposible.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Libertad sin brújula: cuando la moral se convierte en trinchera

  Libertad  sin brújula: cuando la moral se convierte en trinchera

La discusión sobre la libertad se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla culturales y políticos de nuestro tiempo. Se habla de libertad para justificar casi cualquier cosa: desde el rechazo a las instituciones hasta la agresión verbal contra quien piensa distinto; desde la desobediencia a las normas hasta la imposición moral sobre los demás. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo esencial: ¿qué tipo de libertad estamos defendiendo?

Este domingo escribí sobre la diferencia entre la libertad adolescente y la libertad adulta. La primera entiende la libertad como ausencia de límites; la segunda, como capacidad de actuar responsablemente dentro de límites legítimos construidos colectivamente. 

Hoy , a tres días de la primera vuelta por la Presidencia de Colombia, el tema no es menor. Tiene enormes implicaciones para el momento que vive Colombia y para las decisiones políticas que millones de ciudadanos deberán tomar el próximo domingo en las urnas.

En una entrevista publicada por La Nación al psiquiatra Pablo Malo Ocejo , mencionaba que el tribalismo está disparado, porque “las ideologías políticas han tomado lugar que antes ocupaba la religión y están funcionando de brújula moral e identificaría para sus seguidores”. Sus opiniones se apoyan en las reflexiones de pensadores como Francis Fukuyama y Marshall McLuhan, para plantear una tesis muy preocupante: la desaparición progresiva de la religión como gran organizadora moral de la sociedad no eliminó la necesidad humana de pertenencia, identidad y sentido. Lo que hizo fue desplazarla hacia nuevas formas de tribalización política y cultural.

Durante siglos, las sociedades occidentales compartieron ciertos marcos éticos y culturales relativamente comunes. Había desacuerdos, por supuesto, pero existía una idea compartida de comunidad moral. La religión —con todas sus limitaciones y contradicciones históricas— ayudaba a crear lenguajes comunes sobre el bien, el deber, la responsabilidad y los límites. Hoy ese marco se ha fragmentado profundamente.

La política ya no gira solamente alrededor de debates económicos o institucionales. De hecho en estas elecciones no fue posible un debate entre los tres finalistas porque Cepeda se negó a hacerlo si no se cumplía con sus reglas. Pero el hecho es que la dinámica política gira cada vez más  alrededor de identidades emocionales y morales. Las personas ya no solo votan por programas de gobierno; votan por tribus culturales que les ofrecen reconocimiento emocional, sentido de pertenencia y validación moral. Y allí comienza uno de los mayores riesgos para la democracia contemporánea. Porque los intereses económicos se negocian pero las identidades morales que se vuelven absolutas, no.

Cuando una sociedad deja de verse como una comunidad política y comienza a verse como una guerra entre tribus morales irreconciliables, la libertad empieza a deteriorarse silenciosamente. El otro deja de ser un ciudadano distinto y se convierte en un enemigo moral que debe ser derrotado, humillado o excluido. Abrir un diálogo en estas condiciones es imposible.

Las redes sociales han acelerado dramáticamente este fenómeno. Los algoritmos premian la indignación, simplifican la complejidad y convierten las emociones en espectáculo permanente. La viralidad reemplaza la reflexión. La reacción emocional reemplaza la deliberación democrática. Y poco a poco aparece una nueva moral excluyente.

Una moral que no busca convivir con quien piensa diferente, sino cancelar su legitimidad. Una moral que divide a la sociedad entre “puros” e “impuros”, entre “pueblo” y “enemigos del pueblo”, entre “despiertos” y “retrógrados”.

Ese fenómeno no pertenece exclusivamente ni a la izquierda ni a la derecha. Existe en múltiples expresiones ideológicas alrededor del mundo. Pero en Colombia hemos visto cómo desde sectores de la extrema izquierda se ha promovido de manera sistemática una narrativa de confrontación moral que profundiza la polarización y erosiona las bases culturales de la libertad democrática. Pero ahora con el candidato de la extrema derecha vamos en la misma dirección. 

No se trata simplemente de diferencias ideológicas legítimas. Las democracias necesitan pluralismo y debate. El problema aparece cuando la diferencia política se transforma en exclusión moral. Cuando quienes piensan distinto dejan de ser considerados adversarios democráticos y comienzan a ser presentados como enemigos éticamente inferiores. Ese lenguaje ha ido penetrando lentamente la conversación pública colombiana.

Empresarios convertidos automáticamente en “explotadores”. Medios independientes señalados como “enemigos del cambio”. Instituciones cuestionadas no desde la crítica legítima, sino desde la deslegitimación permanente. Fuerzas Armadas humilladas colectivamente. Ciudadanos moderados caricaturizados como cómplices de privilegios históricos simplemente por defender ciertos principios institucionales.

La lógica tribal necesita enemigos permanentes para sostener la cohesión emocional de sus seguidores. Y aquí aparece una paradoja profundamente peligrosa: en nombre de la libertad y de la justicia social puede terminar construyéndose una cultura profundamente intolerante frente a la diversidad de pensamiento.

Porque la libertad no sobrevive solamente gracias a elecciones periódicas. Sobrevive gracias a una cultura moral capaz de aceptar límites, reconocer la legitimidad del otro y sostener espacios comunes de convivencia. Sin eso, las democracias comienzan a degradarse emocionalmente desde adentro.

El deterioro no siempre empieza con dictaduras explícitas. Muchas veces comienza con algo más sutil: la erosión de los códigos morales compartidos que permiten que personas diferentes convivan sin destruirse mutuamente. Eso explica por qué hoy tantas sociedades parecen atrapadas en estados permanentes de indignación y confrontación emocional.

Estados Unidos con Trump vive una expresión dramática de este fenómeno. Europa también. América Latina empieza a profundizarlo peligrosamente con Milei y Bukele . Y Colombia no es inmune a algo similar desde los dos extremos ideológicos que hoy se disputan el poder.

En este contexto, la discusión sobre la libertad adquiere una importancia enorme. Porque la libertad adulta exige aceptar algo que las culturas políticas extremas detestan: que ninguna persona, partido o movimiento posee el monopolio absoluto de la verdad moral.

La libertad adulta reconoce límites. Entiende que vivir en democracia implica autocontrol, responsabilidad y capacidad de coexistencia. Entiende que los derechos conviven con deberes. Que las leyes importan. Que las instituciones importan. Que las formas importan.

La libertad adolescente, en cambio, interpreta cualquier límite como opresión y cualquier desacuerdo como agresión moral. Por eso resulta tan preocupante escuchar dirigentes políticos afirmar que “lo legal no tiene nada que ver con lo ético”, como ocurrió recientemente en Colombia. 

La frase parece sofisticada, pero encierra un enorme peligro pedagógico. Claro que existen cosas legales que pueden ser inmorales. La historia está llena de ejemplos. Pero precisamente por eso las democracias modernas buscan construir sistemas donde legalidad, ética pública e institucionalidad dialoguen y se corrijan mutuamente. Cuando se separan completamente, aparece el terreno perfecto para el caudillismo moral.

Cada líder comienza entonces a presentarse como intérprete único de “la verdadera moral del pueblo”, por encima de las normas, de las instituciones y de los contrapesos democráticos. Y allí la libertad empieza a convertirse en arbitrariedad.

La historia latinoamericana está llena de experiencias donde líderes carismáticos llegaron al poder prometiendo liberar al pueblo de élites corruptas, para terminar construyendo sistemas profundamente intolerantes frente a la crítica y la pluralidad.

Por eso las elecciones del próximo domingo tienen una dimensión que va mucho más allá de escoger administradores públicos o programas económicos. Lo que también está en juego es el tipo de cultura democrática que queremos fortalecer hacia el futuro. Una cultura basada en la conversación democrática, el respeto institucional y la libertad responsable.

O una cultura crecientemente tribalizada donde cada grupo considera ilegítimo al otro y donde la moral se convierte en instrumento de exclusión política.

Es evidente que Colombia necesita reformas. Necesita corregir desigualdades históricas. Necesita combatir privilegios, corrupción y exclusión. Pero ninguna transformación sostenible puede construirse destruyendo las bases culturales que permiten la convivencia democrática.

Porque las sociedades no se destruyen únicamente cuando colapsa la economía. También se destruyen cuando desaparece la confianza mínima que permite reconocernos como parte de una comunidad común. Y reconstruir esa confianza puede tardar generaciones y si no veamos a Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Por eso el reto de Colombia no es simplemente político. Es profundamente cultural y moral. Necesitamos reaprender a convivir con diferencias. Necesitamos reconstruir una ética ciudadana compartida que permita debatir sin destruir. Necesitamos educar para una libertad adulta, capaz de combinar derechos con responsabilidad y autonomía con corresponsabilidad.

Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de nuestra época: entender que la libertad no puede sobrevivir en una sociedad donde cada tribu construye su propia moral excluyente y deja de reconocer cualquier obligación hacia el conjunto.

Porque una democracia no se sostiene solamente por constituciones o elecciones. Se sostiene por una cultura moral que permita que millones de personas diferentes acepten convivir dentro de reglas comunes. Y cuando esa cultura desaparece, la polarización deja de ser un simple desacuerdo político y comienza a convertirse en una amenaza directa contra la libertad misma.

Hoy Colombia está peligrosamente cerca de esa frontera. Y quizás todavía estamos a tiempo de entenderlo. 

Mirando a los candidatos que el domingo próximo se disputan la Presidencia, la pregunta que deja las reflexiones de este blog, es cuál de ellos ofrece la mejor posibilidad de no seguir con la dinámica tribalista descalificadora del otro y conservar nuestra libertad. Usted decide .