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sábado, 14 de marzo de 2026

  Cuando la democracia se desmonta desde adentro y sus ciudadanos no la cuidan

Una advertencia desde Estados Unidos para Colombia en vísperas de la elección para Presidente del 2026

Hace pocos días publiqué un blog titulado “Los países cambian cuando cambian las historias que deciden contarse”. En él proponía una idea sencilla pero poderosa: las sociedades no solo se organizan a través de instituciones o leyes; también se sostienen sobre las narrativas que sus ciudadanos comparten sobre sí mismos.

Las historias que una nación decide creer terminan moldeando su cultura, sus expectativas y, finalmente, su destino.

Hay narrativas que construyen esperanza y sentido de propósito colectivo. Pero también existen narrativas que alimentan el resentimiento, la desconfianza y la ruptura del tejido social. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando observamos lo que hoy ocurre en varias democracias del mundo.

Recientemente escuché una presentación del historiador y viajero Rick Steves sobre la situación política en Estados Unidos. Su intervención, dirigida a ciudadanos preocupados por el futuro de su país, contiene una advertencia que trasciende el caso norteamericano: las democracias rara vez mueren de un golpe repentino; normalmente se debilitan lentamente desde adentro cuando permiten que una narrativa destructiva se extienda como un cancer en la sociedad.

Durante décadas, Estados Unidos fue para gran parte del mundo un referente simbólico de la democracia liberal. No porque fuera perfecto —ninguna democracia lo es— sino porque representaba un conjunto de principios que inspiraron a muchas sociedades: libertad individual, estado de derecho, pluralismo, alternancia en el poder y respeto por las instituciones.

Por eso me resultó particularmente impactante, escuchar a un historiador y observador de la vida pública estadounidense, advertir que la principal amenaza para esa democracia no viene hoy desde afuera, sino desde adentro.

La preocupación central de Steven es que el movimiento político dominante dentro del Partido Republicano —el movimiento MAGA— estaría impulsando una narrativa destructiva que impulsa un proceso sistemático de debilitamiento institucional que, de consolidarse, podría transformar profundamente la naturaleza de la democracia estadounidense.

Más allá de las posiciones partidistas, el valor de su reflexión radica en algo más profundo: identificar los patrones de la narrativa que suelen acompañar los procesos de erosión democrática . Y lo interesante es que esos patrones no pertenecen ni a la derecha ni a la izquierda. Como lo muestra la historia de las dictaduras en el Siglo XX en lo que llevamos de este siglo, son los manuales clásicos de cualquier deriva autoritaria. Lo más inquietante es que ese proceso suele ir acompañado de nuevas narrativas políticas que buscan justificar el deterioro institucional

El manual del deterioro democrático

Steves describe cómo ciertos movimientos políticos han logrado construir una narrativa poderosa según la cual el país estaría amenazado por enemigos internos, instituciones corruptas y élites traidoras. En esa historia, el líder político aparece como el único capaz de “salvar” a la nación.

Es una narrativa emocionalmente eficaz. Promete soluciones simples para problemas complejos. Identifica culpables claros. Ofrece un relato épico de rescate nacional. Pero detrás de esa narrativa suele esconderse algo más preocupante: una estrategia sistemática para debilitar las instituciones que sostienen la democracia.

A lo largo de la historia, este proceso ha seguido patrones bastante reconocibles. Steves describe lo que llama el “manual del dictador”: un conjunto de tácticas que se han repetido a lo largo de la historia en diferentes países cuando los liderazgos políticos buscan concentrar poder. Entre ellas aparecen varias señales conocidas que hoy estamos viendo en Colombia:

Primero, la construcción de un líder que exige lealtad personal absoluta, por encima de las instituciones.

Segundo, la promesa de soluciones simples para problemas complejos, apelando más a la emoción que a la realidad.

Tercero, el debilitamiento de la sociedad civil: sindicatos, universidades, organizaciones independientes y medios de comunicación. El fortalecimiento de grupos incondicionales como los indígenas del Cauca en Colombia.

Cuarto, la captura de la burocracia profesional, reemplazando expertos por ideólogos o personas cuya principal virtud es la obediencia política.

Quinto, la creación de enemigos internos —inmigrantes, opositores, periodistas, empresarios o minorías— que sirven como chivos expiatorios para explicar todos los problemas.

Sexto, la deslegitimación preventiva de las elecciones, insinuando fraude cuando los resultados no favorecen al líder. Lo acabamos de ver con Petro.

Séptimo, el uso del miedo como herramienta política, presentando crisis de seguridad o amenazas internas para justificar medidas excepcionales.

Octavo, el ataque sistemático a la prensa y al sistema judicial, con el fin de debilitar los controles al poder.

Noveno, la manipulación de emergencias o tragedias para ampliar la autoridad del gobierno. Caso reciente las inundaciones de Córdoba en nuestro país.

Décimo, la utilización de la justicia para perseguir adversarios y proteger aliados. 

Estos patrones no son nuevos. Se han observado en distintos momentos de la historia del siglo XX y del XXI. Lo que resulta inquietante es que muchos de ellos están reapareciendo simultáneamente en distintas democracias contemporáneas alrededor del mundo .

El espejo para Colombia

Colombia no es Estados Unidos. Nuestra historia institucional, nuestra cultura política y nuestros conflictos sociales son distintos. Sin embargo, el análisis de Steves permite mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo en nuestro propio país.

Mientras en Estados Unidos algunos observadores ven riesgos provenientes de sectores de la derecha populista, en Colombia muchos ciudadanos perciben amenazas provenientes del proyecto político impulsado por el actual gobierno de izquierda. 

Los países no solo se transforman a través de reformas económicas o decisiones políticas. También cambian cuando sus ciudadanos deciden contar nuevas historias sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir. 

Durante décadas, Colombia ha estado atrapada en narrativas profundamente negativas sobre sí misma: violencia, corrupción, desigualdad, conflicto permanente. Muchas de esas realidades han sido ciertas. Pero cuando una sociedad solo se define a sí misma a partir de sus problemas, termina debilitando su propia capacidad de imaginar un futuro diferente.

La diferencia ideológica no cambia el fenómeno de fondo. Las democracias pueden deteriorarse desde cualquiera de los extremos. Lo que las debilita no es una etiqueta ideológica, sino ciertas prácticas recurrentes:

– La deslegitimación constante de las instituciones.

– El desprecio por los contrapesos democráticos.

– El intento de colonizar la justicia, los organismos de control o la burocracia estatal.

– La creación permanente de enemigos políticos.

– El uso sistemático de la polarización como estrategia de poder.

Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, la democracia comienza a permitir algo esencial: una narrativa que mina la confianza compartida en las reglas del juego. Y cuando las reglas dejan de ser creíbles, la democracia entra en terreno peligroso y puede desaparecer.

El valor de la solidaridad democrática

Una de las ideas más interesantes de la reflexión de Steves es que la defensa de la democracia no puede ser un proyecto partidista. Debe ser un proyecto patriótico, colectivo y solidario alrededor de un propósito superior. En su llamado, él insiste en la necesidad de crear coaliciones incómodas: alianzas entre sectores distintos que, aunque no compartan todas sus ideas, sí comparten algo fundamental: la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas.

Ese punto es especialmente relevante para Colombia en los próximos dos meses y medio. En este periodo veremos una intensa campaña electoral por la Presidencia. Como ocurre en toda democracia, habrá diferencias ideológicas legítimas.

Pero existe un gran peligro y una frontera que no debería cruzarse: lo que separa la competencia democrática de la destrucción del sistema democrático. Cuando los actores políticos comienzan a ver las instituciones como obstáculos que deben ser desmontados, la política deja de ser una disputa democrática y se convierte en una lucha cruda y sin escrúpulos por el control total del poder.

El verdadero debate que viene

Las elecciones de 2026 no serán solo una competencia entre candidatos. En el fondo, serán también una conversación sobre el tipo de democracia que los colombianos queremos preservar y que historia nos queremos creer como nación. Una narrativa que reconoce que tenemos una  democracia imperfecta, sí, pero que se puede mejorar y se debe de cuidar. Esta narrativa reconoce que Colombia es buena , que vale la pena cuidar sus instituciones y sus avances, pero basada en principios que han permitido mantener un cierto equilibrio institucional durante más de siete décadas:

– separación de poderes

– elecciones libres

– pluralismo político

– libertad de prensa

– justicia independiente

– alternancia en el poder.

Esos principios no son abstractos. Son las garantías que permiten que un ciudadano común pueda vivir en libertad, cuidar el fundamento de una narrativa que nos permita mejorar nuestra autoestima y nos haga sentir orgullosos como colombianos .

La libertad nunca está garantizada

La lección más profunda que deja la reflexión de Rick Steves es simple pero poderosa:la democracia nunca está asegurada para siempre. Incluso en países con larga tradición democrática como los Estados Unidos, puede deteriorarse si los ciudadanos se vuelven indiferentes frente a su erosión. Por eso su llamado urgente a sus compatriotas para que despierten, se movilicen y tracen una línea roja antes de que sea muy tarde.

La libertad no se pierde de un día para otro.Se pierde gradualmente, a través de pequeñas decisiones, silencios y concesiones. 

Por eso, en momentos electorales como el que comienza en Colombia, el desafío no es solo elegir gobernantes. El desafío es más profundo: recordar que la democracia pertenece a los ciudadanos, no a los gobiernos. Y que su defensa requiere algo que hoy parece escaso pero sigue siendo indispensable: coraje cívico, responsabilidad colectiva y una profunda convicción de que la libertad —aunque imperfecta— sigue siendo el bien público más valioso que una sociedad puede preservar

sábado, 7 de marzo de 2026

El fin de una narrativa dominante?

 El fin de una historia negativa y el comienzo de otra  más motivante

Cómo el declive de la narrativa dominante abre espacio para “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” como propuesta de liderazgo adaptativo hacia 2026

En 2019, el Nobel de Economía Robert J. Shiller publicó Narrative Economics, un libro que debería ser lectura obligatoria para cualquier sociedad que quiera comprender su propio momento histórico. Su tesis es clara: las historias se comportan como epidemias y pueden provocar cambios económicos, políticos y culturales de gran escala.

No son los datos los que primero mueven a una nación. Son los relatos que les dan sentido. Y Colombia está viviendo, silenciosamente, el declive de un relato dominante.

El contagio del desencanto

Shiller plantea que las narrativas son contagiosas. Se expanden no por su exactitud, sino por su carga emocional y su capacidad de ser repetidas. Cuando una historia logra activar indignación, esperanza o resentimiento, comienza a multiplicarse.

En Colombia se volvió contagiosa la narrativa del agotamiento institucional. El relato de que el sistema estaba capturado, que nada funcionaba, que el cambio radical era la única salida. Esa historia conectó con frustraciones reales y acumuladas. Alcanzó su punto máximo cuando se convirtió en mandato electoral.

Pero toda narrativa tiene un ciclo de vida. Nace, crece, alcanza un pico y, tarde o temprano, enfrenta la prueba de la realidad. Cuando los resultados no coinciden con las expectativas emocionales que la impulsaron, comienza el desgaste. No necesariamente desaparece de inmediato, pero pierde su fuerza movilizadora original.

Colombia parece estar entrando en esa fase. Y ese momento —según Shiller— no es solo un cierre. Es una apertura.

El punto de inflexión narrativo

Las sociedades rara vez cambian únicamente por políticas públicas. Cambian cuando cambia la historia que cuentan sobre sí mismas. El desgaste de una narrativa dominante crea una ventana histórica: la posibilidad de introducir un relato alternativo.

Pero aquí está la diferencia crucial: no basta con criticar la historia que declina. Hay que ofrecer una superior. Y superior no significa ingenua. Significa más profunda, más integradora, más sostenible emocionalmente.

Es en este punto donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere relevancia estratégica. No surge como negación de los problemas. Surge como un nuevo enfoque de la identidad nacional.

En lugar de partir del resentimiento, parte del reconocimiento. En lugar de anclarse en la fractura, se apoya en la corresponsabilidad. En lugar de esperar redentores, convoca ciudadanos adultos. Ese cambio es profundamente adaptativo.

Cultura y corresponsabilidad: el núcleo del nuevo relato

En blogs anteriores he insistido en que la cultura no es un adorno simbólico. Es la infraestructura invisible de la convivencia. Es el conjunto de creencias, hábitos y expectativas que determinan cómo actuamos cuando nadie nos está vigilando.

Si la narrativa dominante instala la idea de que todo está perdido, la cultura se erosiona. Si instala la idea de que el otro es el enemigo, la confianza se rompe. Si instala la idea de que el cambio depende de un líder providencial, la corresponsabilidad desaparece.

El movimiento Colombia es buena propone algo distinto: reconocer que, pese a las dificultades, este país ha construido instituciones, empresas, universidades, comunidades, redes de solidaridad y ciudadanos extraordinarios.

No es un relato complaciente. Es un relato equilibrado. Reconoce lo que falta, pero también visibiliza lo que funciona. Y eso cambia el tono emocional de la conversación colectiva. Shiller nos enseñó que las narrativas contagian. Una narrativa de cuidado también puede contagiar.

Liderazgo adaptativo en tiempos de transición

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen cambios culturales y liderazgo.

Colombia no enfrenta solo un desafío económico o institucional. Enfrenta un desafío emocional y cultural. Necesitamos un liderazgo que entienda que el problema no es únicamente quién gobierna, sino desde qué historia gobierna.

Un liderazgo que:

  • No exacerbe la fractura.
  • No instrumentalice el miedo.
  • No prometa redenciones simplificadoras.
  • Invite a la adultez ciudadana.

El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política profunda. Implica responsabilidad compartida, vigilancia ética, compromiso intersectorial.

Y puede ejercerse desde múltiples frentes: empresarios, universidades, jóvenes, Fuerzas Armadas, comunidades residenciales, organizaciones sociales.Ese es el norte adaptativo que propone Colombia es buena: una convergencia improbable alrededor de una narrativa superior.

De 2026 en adelante: qué historia gobernará

Toda elección es una elección narrativa. No votamos solo por programas. Votamos por historias que nos explican quiénes somos y hacia dónde vamos.

El riesgo es que el agotamiento del relato actual sea reemplazado por otro igualmente polarizante. La oportunidad es que emerja una narrativa más madura.

Una narrativa que no niegue los errores, pero que tampoco construya identidad desde la descalificación permanente. Que reconozca que en Colombia hay talento, esfuerzo, resiliencia y liderazgo distribuido. Que entienda que la cultura del cuidado no es romanticismo, sino estrategia de largo plazo. Porque, en última instancia, las sociedades se parecen a las historias que repiten.

La responsabilidad histórica que se abre

El verdadero desafío hacia 2026 no es solamente elegir un nuevo gobierno. Es elegir la historia desde la cual queremos gobernarnos. Las elecciones son momentos visibles. Las narrativas son procesos silenciosos.

Si el agotamiento del relato dominante no es acompañado por la construcción deliberada de una narrativa superior, el vacío emocional será llenado por otra historia simplificadora, polarizante o mesiánica. Las sociedades no toleran el vacío narrativo.

Por eso el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es un gesto optimista. Es una estrategia adaptativa. Parte de una premisa distinta: Colombia no es un país condenado. Es un país inacabado. Y en ese hecho habita una reserva extraordinaria de liderazgo distribuido, cultura resiliente y capacidad de corresponsabilidad que rara vez se visibiliza.

Reconocer lo bueno no es ingenuidad. Es una decisión estratégica para reconstruir confianza.

En 2026 no solo se elegirá un Presidente. Se decidirá si Colombia da el salto definitivo hacia una ciudadanía adulta y corresponsable o si insiste en delegar su destino en figuras providenciales. Estará en juego la historia que queremos encarnar como nación: o asumimos la reconstrucción del país con madurez y memoria, o repetimos, una vez más, los errores que nos han impedido avanzar y que nos pueden unir como nación .

El liderazgo adaptativo que necesitamos no promete redención. Convoca madurez. No exacerba emociones primarias. Las canaliza hacia propósito. No divide identidades. Las integra alrededor del cuidado.

Shiller nos enseñó que las narrativas son contagiosas y cíclicas. Heifetz nos recordó que el liderazgo moviliza a las sociedades a enfrentar sus propias contradicciones. La convergencia de ambos plantea una tarea histórica para Colombia:

Construir una narrativa que transforme la economía emocional del país. Porque si la historia que repetimos es la del fracaso, nos comportaremos como fracasados. Si la historia que repetimos es la del cuidado y la corresponsabilidad, comenzaremos a actuar como cuidadores de un proyecto común.

El fin de una historia ya es visible. El comienzo del cuidado no será automático.Y será una decisión colectiva. Y esa decisión empieza por asumir que cada sector —empresarios, universidades, jóvenes, comunidades, organizaciones sociales— tiene un papel insustituible en la historia que está por escribirse.

La pregunta no es quién nos salvará. La pregunta es quién asumirá su parte. Y es la esencia del liderazgo que exige 2026.


sábado, 28 de febrero de 2026

Cuidar la Casa Común

 Cuidar la casa común: una conversación que está  emergiendo en Colombia (publicado 28/02/26)

En los últimos meses he tenido la oportunidad de escuchar y leer reflexiones provenientes de distintos espacios ciudadanos que, sin haberse coordinado entre sí, parecen estar llegando a conclusiones sorprendentemente similares sobre el país que somos y el país que podríamos llegar a ser.

Recientemente escuché un podcast del profesor Andrés Ramírez en el que se presentaba una iniciativa llamada “Unidos en el desacuerdo”, cuyo propósito es promover una nueva conversación nacional basada en la esperanza, la responsabilidad ciudadana y la construcción colectiva. Lo que más me llamó la atención no fue solo la calidad de las reflexiones, sino la profunda convergencia que encontré entre esas ideas y las que han venido dando forma al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla.

Cuando distintas personas y proyectos llegan a conclusiones parecidas sin haberse puesto de acuerdo, suele ser señal de que está abriendo una ventana de oportunidad para divulgar  una verdad profunda.  Y tal vez eso es lo que está comenzando a ocurrir en Colombia: está emergiendo lentamente una conversación, una nueva narrativa,  que gira alrededor de una idea sencilla pero poderosa: Colombia es buena, es una casa común que necesita ser cuidada por todos antes de que la perdamos por no habernos despertado a tiempo.

El privilegio de ser colombianos

Una de las ideas más hermosas que aparecen en todas estas reflexiones es la definición de lo que significa ser colombiano. Ser colombiano no es solamente haber nacido en un territorio determinado. Es el privilegio de haber nacido en uno de los países más diversos del planeta.

Pocas naciones tienen la variedad de paisajes, especies, climas, culturas, acentos, tradiciones y formas de vida que tiene Colombia. Su diversidad es extraordinaria, pero sobre todo en su gente. Sin embargo, paradójicamente, en lugar de nutrirnos de esas diferencias, con frecuencia terminamos negándola o ignorándolas .

El diferente nos incomoda y no lo valoramos. El que piensa distinto nos parece sospechoso. El que viene de otra región o de otro grupo social nos resulta ajeno y nos alejamos de él. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, todos tenemos que aportar y ganar si nos reconocemos y aprendemos a escuchamos mucho más. 

Pero justamente allí reside una de las claves para el futuro del país. Entender nuestra diversidad no como una amenaza sino como una riqueza y un gran activo, y que es un paso indispensable para construir un verdadero sentido de identidad  nacional.

Colombia puede convertirse en un país más fuerte en la medida en que logre reconocerse como un “nosotros plural”, donde la diferencia no sea motivo de fractura sino fuente de apoyo y de aprendizaje común.

El peligro de las narrativas negativas

Otra de las convergencias más llamativas entre estas reflexiones y las que han inspirado el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla, es la preocupación por el poder de las narrativas positivas y negativas.

Durante muchos años se ha ido instalando entre nosotros la idea de que Colombia es un país condenado al fracaso, un lugar donde nada funciona y donde cualquier esfuerzo está destinado a perderse. Es la sensación, descrita magistralmente por García Márquez, de que “algo muy grave va a suceder”. Y si querer queriendo, hemos venido creando una cultura implícita en el subconsciente colectivo, que nos envuelve de manera invisible , como lo menciona el experto en cultura Henry Murrain.

En un reciente artículo publicado por este investigador en El Espectador sobre el papel de la cultura negativa escribe : 

“ Hay la tendencia cultural a describir nuestra propia comunidad como inferior, defectuosa o irremediablemente fallida. No se trata de una teoría abstracta. Está en nuestro lenguaje cotidiano. 

Llamamos “colombianada” a lo mal hecho o lo tramposo. Hablamos de la “hora colombiana” como sinónimo de impuntualidad. Decimos que el undécimo mandamiento es “no dar papaya”, porque “en este país no se puede confiar en nadie.  Es una forma silenciosa de desprecio colectivo por nuestra propia identidad”.

La cultura es iteración constante de información: aquello que repetimos se convierte en expectativa compartida e inconsciente. Así, si reiteramos que “ser colombiano” es ser tramposo o poco confiable, esa narrativa termina organizando nuestra manera de vernos y de ver a los demás.


Siguiendo la lógica de Murrain, el problema es que las narrativas negativas tienen consecuencias reales. Cuando una sociedad comienza a creer que su futuro está perdido, termina debilitando su propia capacidad de actuar. La desesperanza paraliza, y la parálisis termina produciendo aquello mismo que se teme.

Un país puede destruirse no solo por la violencia o por las crisis económicas, sino también por la pérdida de la confianza en sí mismo. Por eso resulta tan importante construir narrativas distintas. No narrativas ingenuas ni triunfalistas, sino narrativas capaces de reconocer los problemas sin negar las posibilidades. En próximos blogs volveré sobre este tema tan importante.

Decir que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no significa ignorar sus dificultades. Significa afirmar que, a pesar de ellas, existe un país que merece ser construido. Solo necesitamos repetirlo para que lo podamos creer, interiorizar y reflejar en nuestras acciones individuales y colectivas. 

Ser ciudadano es habitar y cuidar

Tal vez la convergencia más profunda, entre estas reflexiones y el movimiento que venimos impulsando, está en la idea de ciudadanía. Ser ciudadano no significa simplemente votar cada cuatro años ni delegar en los políticos la responsabilidad por el destino colectivo. Ser ciudadano significa habitar activamente el país y cuidar de él.

Por lo anterior, coincido con Ramírez cuando afirma que habitar implica cuidar, lo que también está en el corazón de nuestra propuesta. Cuidar el barrio, cuidar el conjunto residencial, cuidar los espacios públicos, cuidar las relaciones humanas, cuidar las instituciones, cuidar las reglas de convivencia. Y la magia del cuidado es que permite la convergencia de una sociedad que hoy está fracturada.

Un país es, en el fondo, como una casa. Necesita mantenimiento permanente. Necesita que alguien limpie, que alguien repare las grietas, que alguien evite que el deterioro avance.

También necesita que quienes viven en esa casa contribuyan a su sostenimiento. Pagar impuestos, cumplir las normas y participar en la vida comunitaria son formas básicas de cuidar el lugar que habitamos.

Y una gran advertencia: Un derecho sin deberes y responsabilidad termina debilitándose. Una ciudadanía que solo reclama derechos sin asumir deberes termina erosionando las bases mismas de la convivencia democrática.

Y algo más. Un país no se cuida desde el gobierno: se cuida desde la ciudadanía.

El “nosotros” que hace posible la convivencia

Detrás de la idea de cuidado aparece un concepto aún más profundo: el sentido de identidad y de pertenencia. Las personas necesitan sentirse parte de algo más grande que ellas mismas: una familia, un barrio, una escuela, un equipo, una comunidad.

Ese sentido de pertenencia es el que permite construir la identidad del “nosotros” sin el cual ninguna sociedad puede sostenerse. Cuando el “nosotros” desaparece, el otro deja de ser un ciudadano y se convierte en un adversario o en un extraño. Y cuando eso ocurre, la confianza se debilita y la convivencia se vuelve frágil.

La democracia no puede sobrevivir únicamente gracias a las instituciones. También necesita de manera fundamental una base cultural hecha desde el reconocimiento mutuo, el respeto y la cooperación. Sin un “nosotros”, no hay reglas que puedan sostenerse en el tiempo. Esta es una verdad profunda que hoy ignora la sociedad colombiana.

Unidos en el desacuerdo

Uno de los aportes más valiosos con los que me identifico de la iniciativa Unidos en el desacuerdo, es precisamente la idea de que la unidad no significa uniformidad. En una sociedad diversa es inevitable que existan desacuerdos. Pretender eliminarlos sería no solo imposible sino indeseable. El verdadero desafío no es eliminar las diferencias sino aprender a convivir con ellas. 

El mensaje es clave: lo fácil es encontrar aquello que nos divide y lo difícil es descubrir aquello que nos une.Pero solo a partir de esos puntos de encuentro puede construirse un proyecto común. Podemos pensar distinto sobre muchas cosas y, sin embargo, coincidir en que este país vale la pena cuidarlo y en que todos tenemos una responsabilidad en lograrlo.

La lección del colibrí

Entre las imágenes más poderosas que aparecen en las reflexiones del artículo de Ramírez, hay una pequeña fábula que resume de manera extraordinaria el espíritu de esta conversación emergente.

En medio de un incendio forestal, todos los animales huyen. Solo un colibrí va y viene llevando en su pico pequeñas gotas de agua para intentar apagar el fuego. Un jaguar lo observa y le pregunta qué está haciendo. El colibrí responde: “Estoy seguro de que no lograré apagar el incendio, pero estoy haciendo mi parte.”

Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes para Colombia. La transformación de un país no depende de gestos heroicos individuales, sino de millones de pequeñas acciones cotidianas realizadas por ciudadanos que deciden asumir su responsabilidad. Sumadas todas son capaces de hacer la diferencia y su impacto transformador sobre nuestra autoimagen individual y colectiva. Un extraordinario ejemplo que si se puede , nos lo ofrecen los ciudadanos de Medellín con el cuidado colectivo de su Metro y el orgullo  que tienen por él y su ciudad.

Amar y entender Colombia

Amar a Colombia es relativamente fácil. La belleza del país, la calidez de su gente y su enorme potencial despiertan afecto casi de manera natural en muchos extranjeros que nos visitan. . Pero entender a Colombia es un trabajo más exigente. Implica conocer sus complejidades, reconocer sus contradicciones y asumir sus desafíos con realismo. Solo cuando entendemos un país podemos cuidarlo de verdad.

Tal vez la conversación que está comenzando a emerger en distintos espacios ciudadanos tenga precisamente ese propósito: aprender a entender mejor a Colombia para poder amarla con mayor profundidad y cuidarla con mayor responsabilidad.

Porque, en el fondo, cuidar la casa común no es tarea de unos pocos. Es una tarea de todos. Y quizás lo más esperanzador de este momento es que cada vez más colombianos parecen estar llegando, por caminos distintos, a esa misma convicción.


viernes, 20 de febrero de 2026

Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica

  Creer para cuidar: una conversación pendiente sobre liderazgo, empresa y adultez cívica  

En tiempos de polarización, desconfianza y fatiga democrática, hay palabras que parecen gastadas por el uso o sospechosas por el abuso. Creer es una de ellas. Sin embargo, leída con cuidado, puede recuperar un sentido profundo y exigente. No como consigna emocional ni como optimismo ingenuo, sino como una decisión consciente de responsabilidad.

Esa es la apuesta de Yo creo, libro escrito recientemente por la emprendedora chilena Alejandra Mustakis a quien tuve el placer de conocer recientemente  en Bogotá. En este blog quiero hacerle un reconocimiento porque su visión le aporta una mirada muy potente el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Pasó a explicar el porqué de mi afirmación. 

Ambos parten de una convicción incómoda pero necesaria: nuestros principales problemas no son solo técnicos ni institucionales; son culturales. Sobre este tema he escrito ampliamente en blogs anteriores. Y, por lo mismo, exigen algo más que reformas, planes o liderazgos providenciales.

Me propuse hacer  una lectura cruzada entre el libro y los principios del movimiento que he ayudando a impulsar desde hace casi un años , organizada en ocho ideas que, en conjunto, apuntan a una misma pregunta de fondo: ¿estamos dispuestos a asumir una verdadera adultez cívica y conscientes de los costos de no hacerlo?

Cuando el diagnóstico es cultural, las soluciones también deben serlo

Una de las confusiones más persistentes de nuestro tiempo es creer que la crisis de nuestras sociedades se resuelve únicamente con mejores políticas públicas o con mayor eficiencia técnica. Sin desconocer su importancia. La autora del libro, afirma que muchas de las fallas actuales nacen antes: en la erosión de la confianza, en la incoherencia entre discurso y práctica, y en una cultura que normalizó el cinismo. 

El movimiento Colombia es buena parte del mismo diagnóstico. No estamos únicamente ante un problema de gobierno o de oposición, sino ante una fatiga cívica profunda, donde amplios sectores sienten que involucrarse no vale la pena. Sin una reconstrucción cultural, cualquier avance institucional será frágil y reversible.

Creer y cuidar: dos lenguajes para una misma responsabilidad

En el libro, creer no significa esperar que otros actúen. Significa hacerse cargo, incluso cuando el contexto no acompaña. En el movimiento Colombia es buena, cuidar no alude a paternalismo ni a nostalgia, sino a corresponsabilidad frente a lo que compartimos.

Creer y cuidar nombran, desde registros distintos, una misma actitud: renunciar a la queja permanente, abandonar la delegación pasiva y asumir que el destino colectivo no se construye sin compromiso personal. Ambas nociones chocan con una cultura política infantilizada, donde se exigen derechos sin asumir deberes y se deposita el futuro en figuras que prometen soluciones fáciles.

La empresa, la organización y el país como espacios morales

Uno de los aportes más relevantes de Yo creo es afirmar que las empresas no son neutras. No solo producen bienes o servicios; producen relaciones, hábitos y cultura. Cada decisión organiza un cierto modo de convivir.

El movimiento amplía esta mirada al conjunto de la sociedad. Empresas, universidades, conjuntos residenciales, fundaciones, medios y Fuerzas Armadas no son solo engranajes funcionales: son escenarios morales, donde se aprende —o se degrada— la confianza, la cooperación y el respeto por lo común. Cuidar a Colombia no es una consigna ideológica. Es reconocer que toda organización educa e impacta la cultura aun cuando no lo pretenda. Es el nuevo concepto de Responsabilidad Cultual Corporativa (RCC) a la que me referí en un blog anterior.

La confianza como infraestructura invisible

La autora Mustakis lo expresa con claridad: cuando la confianza se pierde, todo se vuelve más costoso. Innovar, colaborar y convivir requieren más controles, más defensas y más energía. La desconfianza actúa como un impuesto silencioso que paraliza.

Colombia es buena traduce esta intuición en una apuesta concreta: crear arquitecturas de construcción de confianza, a través de comunidades de liderazgo y nodos locales donde la cooperación no sea excepcional, sino habitual. La confianza no se decreta ni se improvisa; se construye con coherencia sostenida y encuentros reales.

Colaborar no es romanticismo, es inteligencia adaptativa

El libro cuestiona la lógica de la competencia permanente como principio organizador de la vida económica y social. En contextos complejos, colaborar no es debilidad: es capacidad adaptativa.

El movimiento adopta esta lógica al promover alianzas entre sectores históricamente desconectados. La colaboración deja de ser un gesto moral para convertirse en una estrategia de país, especialmente en una sociedad fragmentada como la nuestra.

Liderazgo sin mesianismo

Aquí la convergencia es evidente. Yo creo desmonta la figura del líder infalible; el movimiento cuestiona el mesianismo político que promete salvar al país mientras debilita a la ciudadanía.

Ambos plantean un liderazgo distinto: menos centrado en el carisma individual, más orientado a cuidar procesos, habilitar conversaciones y distribuir responsabilidad. De cara a 2026, esta reflexión resulta particularmente pertinente.

El metro cuadrado que habitamos

Una de las ideas más potentes del libro es que el cambio comienza en lo cercano. No en abstracto, sino en el metro cuadrado que habitamos: la empresa, la universidad, el barrio, el conjunto residencial.

El movimiento hace operativa esta intuición al insistir en que el desarrollo de un país se hace desde abajo hacia arriba, desde lo local donde la gente cuida lo que le importa. En ese entorno la cultura del cuidado se aprende en lo cotidiano. No hay transformación nacional sin prácticas locales que la sostengan.

Una esperanza que exige, no que adormece

Tanto el libro como el movimiento comparten una esperanza poco frecuente hoy: una esperanza responsable, que no niega los conflictos ni promete atajos. Creer y cuidar implican costos, tiempo y perseverancia.

Pero también son la única vía para reconstruir confianza, sentido y cohesión social en sociedades cansadas de promesas incumplidas.

Yo creo no es un libro empresarial en sentido estricto, ni Colombia es buena y vale la pena cuidarla un movimiento político tradicional. Ambos son, en el fondo, apuestas culturales por la adultez cívica. En tiempos de desencanto, creer y cuidar dejan de ser palabras blandas y se convierten en actos profundamente exigentes y necesarios.

Tal vez esa sea hoy la conversación más urgente en un país que hoy está buscando encontrar un propósito colectivo y un norte que oriente su futuro.

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