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sábado, 7 de febrero de 2026

La cultura como destino: un mensaje para las naciones que quieren sobrevivir

Durante años hemos discutido el futuro de los países casi exclusivamente en términos de política pública, crecimiento económico o liderazgo electoral. Sin embargo, en su reciente columna de despedida como columnista del New York Times, David Brooks plantea una idea mucho más profunda y exigente: las naciones no se salvan primero por la política, sino por la cultura. Y cuando una sociedad pierde su núcleo cultural —su sentido de lo sagrado, de lo bueno, de lo compartido—, la política se vuelve un síntoma, no una causa.

Brooks sostiene que el gran cambio de nuestro tiempo no es tecnológico ni geopolítico, sino espiritual y cultural: una pérdida generalizada de fe. Fe en el futuro, fe en los demás, fe en los ideales comunes. Esa pérdida, advierte, conduce al nihilismo: a la idea de que nada importa, de que el poder es lo único real y de que la brutalidad es legítima si garantiza supervivencia.

En ese contexto, su tesis central es contundente: “El cambio cultural precede al cambio político y social. Se necesita un clima espiritual distinto antes de cambiar de rumbo “. Esta afirmación debería ser leída con atención en Colombia.

Cultura no es entretenimiento: es ecología moral

Brooks define la cultura en sentido amplio: no como ópera o museos, sino como forma de vida compartida. Cultura es: hábitos, rituales, canciones, historias, conversaciones, creencias, supuestos, valores, emociones, aspiraciones.

En otras palabras, la cultura es la ecología moral en la que crecen los ciudadanos. Y como toda ecología, puede nutrir o degradar. Aquí aparece una idea poderosa: Cada persona contribuye a crear la cultura que luego la moldea. No hay espectadores neutrales. Todos somos coautores del clima moral que respiramos. Por eso, cuando una sociedad normaliza el desprecio, la desconfianza o el cinismo, no solo se deteriora su política: se deteriora su humanidad.

La historia como sucesión de cambios culturales

Brooks recuerda que los grandes cambios históricos no empiezan con leyes, sino con transformaciones culturales previas:

  • En los años 1890, el Evangelio Social reemplazó al darwinismo social.
    Resultado político: el progresismo.
  • Entre 1955 y 1975, la cultura estadounidense se volvió menos racista y más creativa.
    Resultado político: derechos civiles, nueva izquierda, nueva derecha.
  • Incluso Trump, afirma Brooks, entiende el poder cultural:
    símbolos, narrativa, masculinidad, épica nacional.

Pero su cultura —basada en dominación— es deshumanizante. De ahí su afirmación central: El humanismo es el antídoto contra el nihilismo. Humanismo entendido no como ideología, sino como defensa activa de la dignidad humana:  Lincoln, Martin Luther King, la música que conmueve, el gesto que reconoce al otro.


Sin orden moral compartido no hay nación

Uno de los puntos más fuertes del texto es su diagnóstico sobre la privatización de la moral: “Le advertimos el peligro a las generaciones que inventaran sus propios valores. Esto produce:  ciudadanos moralmente inarticulados, una plaza pública sin acuerdo sobre lo bueno , conflictos imposibles de resolver,, pérdida de cohesión y confianza”.

Brooks recuerda que toda sociedad sana necesita: héroes compartidos, textos simbólicos, ideales comunes. Cuando eso desaparece, surgen: ansiedad, atomización y barbarie lenta. Este punto conecta directamente con Colombia: no basta con exigir mejores leyes si no reconstruimos un suelo moral común.

La cultura como política profunda

La gran lección de Brooks es esta: La política administra. La cultura orienta. Por eso, los proyectos de nación no pueden limitarse a reformas técnicas. Necesitan:

  • relatos, símbolos, ejemplos, prácticas cotidianas, comunidades de sentido.

En sus palabras: “La vida floreciente es un ser humano que se esfuerza al servicio de un ideal.” Sin ideales compartidos, no hay florecimiento: hay supervivencia cínica.

Colombia: una apuesta cultural, no solo institucional

Aquí es donde el argumento de Brooks refuerza directamente el corazón del movimiento “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Esta narrativa no niega los problemas. Lo que hace es más radical: propone una cultura del cuidado frente a una cultura del desprecio.

  • Cuidar el país. Cuidar las instituciones. Cuidar a los otros. Cuidar lo público. Cuidar la verdad. Cuidar la convivencia.

Eso es política cultural en el sentido más profundo. No es propaganda. Es reconstrucción del suelo moral.

Conclusión: las naciones se salvan por dentro

La despedida de Brooks no es un adiós periodístico: es un diagnóstico profundo. Las sociedades no colapsan primero por malas políticas, sino por malas culturas.Y se recuperan no por decretos, sino por renacimientos culturales.

Si Colombia quiere desarrollarse de verdad, necesita algo más que crecimiento:necesita una cultura que haga posible la confianza, la cooperación y el futuro. Por eso, afirmar que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es ingenuidad:es una estrategia cultural. Y hoy, como diría Brooks, la batalla decisiva no es electoral: es moral, simbólica y cultural.

Los invito a leer el artículo hoy de Patricia Rincon sobre el papel de la cultura para el desarrollo de Zambia. Una extraordinaria invitación que nos viene de un lejano país en el sur oeste del África como anillo al dedo para Colombia


https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600


sábado, 31 de enero de 2026

Cuando el poder viola las reglas: resistencia civil para cuidar a Colombia

  Cuando el poder viola las reglas: resistencia civil para cuidar a Colombia 

Colombia vive hoy una situación inédita. No solo por la polarización política o la incertidumbre económica, sino por un deterioro acelerado de la confianza pública y de las reglas que permiten gobernar una sociedad compleja. Tenemos un gobierno desacreditado que confronta abiertamente al sector privado, que gobierna crecientemente por decreto, que adopta decisiones sin diálogo técnico ni concertación social, y que expide medidas cuyos efectos negativos ya se sienten en sectores sensibles como el empleo, la salud y la inversión.

La reciente subida del salario mínimo en un 23 %, sumada a una cascada de disposiciones regulatorias como la “emergencia económica” suspendida por la Corte Constitucional , ha golpeado con especial dureza a empresas formales y a servicios esenciales. Pero más allá de cada política puntual, hay un problema más profundo: se gobierna desde la arbitrariedad más que desde reglas compartidas; desde la confrontación ideológica más que desde la responsabilidad institucional; desde la lógica del enemigo más que desde la lógica del bien común.

El deber constitucional que se está incumpliendo

En una democracia, el Gobierno no es solo administrador del poder: es su primer obligado. Su responsabilidad principal es ser ejemplo del cumplimiento de la Constitución y de las leyes que la desarrollan. Cuando el Ejecutivo relativiza esas reglas, las viola sistemáticamente, las interpreta a su conveniencia o las desconoce abiertamente, envía un mensaje muy destructivo : que el poder está por encima del derecho.

Hoy estamos viendo una violación sistemática e intencionada de esa gran responsabilidad. No se trata de errores aislados ni de simples desacuerdos técnicos, sino de una práctica política que trivializa los límites legales cuando estorban al proyecto ideológico. Cuando el Gobierno actúa así, no solo afecta políticas públicas: erosiona el pacto básico que sostiene a la sociedad.

Un síntoma revelador: la reacción de los gobernadores

Lo ocurrido recientemente con los gobernadores, que se negaron a trasladar recursos al Gobierno Nacional en detrimento de sus finanzas regionales, es un ejemplo elocuente de hasta dónde ha llegado esta tensión institucional. No fue un gesto caprichoso ni una jugada partidista: fue una reacción defensiva frente a decisiones que amenazaban directamente la sostenibilidad de los territorios y, de manera particular, la institucionalidad y el respeto a las regiones.

Ese episodio revela algo inquietante: cuando el poder central actúa sin reglas, la resistencia comienza incluso desde dentro del propio Estado. Y cuando los gobernantes locales sienten que deben desobedecer para proteger a sus ciudadanos, estamos ante una señal de gran peligro para nuestra frágil democracia . No es una ruptura: es la defensa del orden constitucional desde abajo, acelerando una tendencia hacia la descentralización del Estado.

Las consecuencias ya no son abstractas

Uno de los mayores riesgos del momento actual es que la arbitrariedad se perciba como un debate técnico entre expertos, cuando en realidad sus efectos están cayendo directamente sobre millones de colombianos.

Hoy las consecuencias de las decisiones irresponsables del Gobierno se hacen visibles en:

— Pacientes sin atención oportuna por la crisis del sistema de salud.

— Jóvenes que pierden acceso a becas y créditos del Icetex.

— Familias que ven desaparecer los subsidios a la vivienda.

— Trabajadores informales golpeados por políticas mal diseñadas.

— Pequeñas empresas asfixiadas por cargas imposibles de asumir.

Resulta profundamente paradójico que las voces de cientos de miles de personas afectadas por estas decisiones —tan negativas por su impacto— no se hayan alzado con la fuerza de un volcán de indignación. Entre ellas, sin duda, hay muchos que hoy se arrepienten de haber depositado su voto por Petro, a quien corresponde la responsabilidad política central de esta tragedia. Esa debería ser hoy la tarea urgente de la oposición: amplificar esas voces y poner bajo los reflectores esta tragedia en los múltiples frentes que están golpeando dramáticamente a la sociedad colombiana. Y no son solo cifras: son vidas concretas a las que hay que darles la visibilidad que se merecen.

Estoy seguro de que, dentro del 40 % de los colombianos que aún respaldan a Petro y votarían por Cepeda, apelando a un argumento emocional poderoso —“Petro sí nos escucha”—, hay cientos de miles que ya han sufrido las consecuencias o que tienen personas cercanas afectadas por sus decisiones perversas.

Aquí aparece una contradicción central de este momento político: muchos de quienes sostienen su apoyo a Petro han sido directamente afectados por sus decisiones arbitrarias y, en no pocos casos, contrarias a la ley. Su discurso dice representar al pueblo, pero las políticas reales están perjudicando precisamente a quienes dice defender.

La disputa de fondo es cultural y narrativa

Por eso este no es solo un conflicto político. Es, sobre todo, un conflicto de relatos. Mientras el Gobierno construye una narrativa donde toda crítica es presentada como defensa de privilegios, la realidad muestra otra cosa: son las legítimas manifestaciones de cientos de miles de ciudadanos comunes que están pagando los costos de decisiones improvisadas de este desastroso gobierno.

Aquí es donde se vuelve indispensable una nueva narrativa nacional: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No como consigna ingenua, sino como afirmación moral y estratégica. Solo se defiende lo que se valora. Solo se resiste lo que se siente propio.

Desde esta perspectiva, la resistencia civil que propongo en este blog, no es oposición automática al gobierno de turno. Es una forma de ejercer el cuidado por nuestro país, cuidando la Constitución, la economía real, la institucionalidad, el lenguaje público, y a los ciudadanos concretos que hoy están siendo afectados profundamente .

Resistir es proteger lo que aún funciona para que no sea destruido, ni por la improvisación ni por la ideología perversa, de quien fue elegido para cuidar el bienestar de todos los colombianos, y no solo el de una parte de ellos.

¿Pero qué significa resistir en democracia?

Resistir no es rebelarse violentamente como fueron las marchas del 2021 promovidas y apoyadas por Petro. No es sabotear. No es destruir. La tradición de la resistencia civil —de Gandhi a Martin Luther King, de Solidaridad en Polonia a Václav Havel— tiene un rasgo común: es una resistencia pública, no violenta y moralmente fundada.

Resistir es: negarse a colaborar con lo injusto, usar la ley para defender la ley, hacer visibles las consecuencias del abuso, sostener la deliberación cuando el poder quiere imponer su visión.  La resistencia civil no busca tumbar gobiernos. Pero si impedir que destruyan las reglas mientras gobiernan, burlándose de la Constitución que les permitió llegar al poder pero no para quedarse con él.

La visibilización como deber ciudadano

Como ya lo he dicho, uno de los grandes desafíos de la oposición es hacer visible el impacto concreto de las decisiones arbitrarias y perversas del Gobierno. Los análisis técnicos y los editoriales especializados ya no son suficientes. Necesitamos escuchar a quienes están pagando el costo real de tener a Petro en el poder. Por eso, hago un llamado a los pacientes sin tratamiento, a los jóvenes excluidos del sistema educativo, a las familias que perdieron su subsidio a vivienda, a los trabajadores sin ingresos estables y a quienes perderán —o ya han perdido— su empleo como consecuencia del aumento irresponsable del salario mínimo

Ellos son los verdaderos representantes del pueblo que hoy está siendo perjudicado. Su voz tiene una legitimidad que ningún discurso ideológico puede borrar. Y su testimonio es la forma más poderosa de desmontar la ilusión de que “el Presidente sí escucha”, cuando la experiencia cotidiana demuestra lo contrario.

Aquí la desobediencia social puede cumplir un papel pedagógico: no como caos, sino como señal moral colectiva. No como violencia, sino como acto cívico que busca despertar a quienes todavía apoyan al Gobierno sin ver las consecuencias de sus propias decisiones.

Resistir sin convertirse en aquello que se combate

La línea es clara: si la resistencia se convierte en odio, pierde legitimidad; si se vuelve revancha, se degrada; si se vuelve violencia, se traiciona. El desafío es resistir sin parecerse al poder arbitrario.

Eso exige un liderazgo distinto: sin mesianismo, sin insulto, sin simplificación. Un liderazgo que sepa que el objetivo no es derrotar personas, sino cuidar las reglas. Quienes hoy aspiran a la Presidencia de Colombia desde el centro o la centro derecha, tienen la obligación de advertir sobre el daño que se le causa a una sociedad cuando entrega su presente y su futuro a un “mesías” que promete comprenderlo todo, mientras los ciudadanos abdican de su responsabilidad —empezando por el voto— de construir juntos su futuro

Un gobierno que se va… y un país que queda

Este gobierno terminará pronto. Pero el daño institucional, cultural y económico no se borra con una elección. Los proyectos ideológicos no dependen solo de un líder, sino de una cultura política que los tolere.

Por eso la resistencia civil no es solo frente a un gobierno. Es frente a una forma de gobernar. No se trata únicamente de impedir que un proyecto político se perpetúe. Se trata de impedir que Colombia se acostumbre a ser gobernada sin límites violando sistemáticamente la Constitución y las leyes que está obligado a cuidar y defender .

Resistir para poder reconciliar

Paradójicamente, la resistencia civil no busca dividir más. Busca preservar el espacio donde algún día podamos reconciliarnos. Solo se reconcilian sociedades que conservan reglas comunes, no aquellas donde cada bando cree tener derecho a imponer su verdad.

Hoy resistir es cuidar. Cuidar la Constitución. Cuidar el acceso a la salud, a la educación y a la vivienda. Es cuidar la institucionalidad y el futuro. En tiempos de arbitrariedad, resistir no es desestabilizar. Es estabilizar lo esencial. Porque un país no se salva obedeciendo al poder. Se salva defendiendo las reglas que hacen legítimo ese poder.

Y esa defensa comienza abajo: en ciudadanos que no se resignan, que no odian, que no se callan, y que entienden que cuidar a Colombia hoy implica, también, saber decir por ese camino no va mas. Así lo hicieron en Chile y ahora nos toca hacerlo en Colombia si no queremos seguir el camino penoso y bochornoso de Venezuela.


sábado, 24 de enero de 2026

El impacto de la palabra en el ejércicio del poder

  Emosiones, discurso presidencial y cultura política en Colombia 

En Colombia solemos analizar el poder político desde sus decisiones, sus políticas públicas o sus fracasos institucionales. Con menos frecuencia nos detenemos a examinar la palabra del poder, ese conjunto de discursos, mensajes y relatos mediante los cuales los presidentes han intentado explicar el país, conducir a la sociedad y legitimar su autoridad. Sin embargo, como lo demuestra el libro “La voz del poder”, un libro de varios autores coordinado por Margarita López Forero, la historia política colombiana no puede entenderse sin escuchar atentamente lo que sus presidentes dijeron —y cómo lo dijeron— en momentos clave.

La palabra presidencial no ha sido un simple vehículo de información. Ha sido, sobre todo, una herramienta emocional de gobierno. A través de ella se han activado miedos, esperanzas, resentimientos y expectativas; se han definido amenazas, se han prometido redenciones y se han moldeado imaginarios colectivos. En un país de institucionalidad frágil y confianza escasa, el discurso ha operado muchas veces como sustituto simbólico de la eficacia del Estado.

Gobernar es también emocionar

Una de las contribuciones más valiosas de La voz del poder es mostrar que el discurso presidencial debe leerse como un acto performativo: no solo describe la realidad, sino que busca producirla. Cuando un presidente habla, no solo informa; interpreta, ordena, justifica y convoca. Y al hacerlo, moviliza emociones.

Esta dimensión emocional conecta de manera directa con una pregunta central de nuestra cultura política:¿desde qué emociones se ha gobernado históricamente a Colombia?

Lejos de una ciudadanía formada en el juicio crítico y la deliberación, el país ha sido conducido, una y otra vez, desde emociones primarias: miedo al caos, esperanza en el salvador, resentimiento frente al enemigo, dependencia frente al líder. La palabra presidencial ha sido el canal privilegiado para activar estas emociones y, con ellas, construir legitimidad y una cultura política muy débil..

Seis categorías del discurso del poder

A partir del enfoque del libro y cruzándolo con una lectura emocional de la cultura política colombiana, es posible identificar seis grandes categorías discursivas que han marcado —y siguen marcando— nuestra relación con el poder.

1. El discurso de tutela moral

Aquí el presidente habla como figura moral superior, que corrige, amonesta o instruye a la sociedad. El ciudadano aparece como menor de edad político; el Estado, como tutor. La emoción dominante es la dependencia.

Este tipo de discurso ha debilitado históricamente la autonomía ciudadana, reforzando una cultura política pasiva, acostumbrada a esperar orientación “desde arriba” en lugar de asumir corresponsabilidad.

2. El discurso del miedo ordenante

En contextos de crisis, violencia o incertidumbre, la palabra presidencial ha construido amenazas: el enemigo interno, el caos inminente, la disolución del orden. La emoción dominante es el miedo.

El miedo ordena, pero también justifica la concentración de poder y reduce el espacio para la deliberación democrática. En Colombia, esta retórica ha sido recurrente y profundamente eficaz.

3. El discurso redentor o salvador

Aquí el líder se presenta como quien “por fin” comprende al pueblo y promete resolver lo que nadie antes pudo. El futuro se personaliza. La emoción dominante es la esperanza delegada.

Este discurso alimenta el caudillismo: la política deja de ser un esfuerzo colectivo y se convierte en una relación emocional entre un líder y una masa que espera ser salvada.

4. El discurso victimista del poder

Paradójicamente, quien ejerce el poder se presenta como víctima: de las élites, de los medios, de las instituciones o de conspiraciones invisibles. La emoción dominante es el resentimiento.

Este tipo de discurso erosiona la rendición de cuentas y convierte toda crítica en agresión, debilitando los controles democráticos.

5. El discurso tecnocrático y sin emociones

En el extremo opuesto, aparece un lenguaje frío, técnico, saturado de cifras y procedimientos. La emoción dominante es la indiferencia.

Aunque pretende racionalidad, este discurso suele excluir al ciudadano del entendimiento, y rompe el vínculo emocional necesario para construir legitimidad y sentido de propósito compartido.

6. El discurso del cuidado y la corresponsabilidad

Esta es una categoría aún emergente, pero crucial. Aquí el poder reconoce límites, convoca a otros actores y trata al ciudadano como adulto político. La emoción dominante es la confianza.

No hay promesas de salvación ni amenazas permanentes. Hay invitación a cuidar lo común, a compartir responsabilidades y a construir juntos.

El impacto en la cultura política

Estas formas de hablar no son inocuas. Cada una produce un tipo de ciudadanía.

La tutela moral produce dependencia.

El miedo ordenante produce obediencia.

La redención produce seguidores.

El victimismo produce polarización.

La tecnocracia produce apatía.

El cuidado produce corresponsabilidad.

Durante décadas, Colombia ha oscilado entre las primeras cinco, moldeando una cultura política emocionalmente frágil, reactiva y fácilmente manipulable. No es casual que hoy muchos ciudadanos voten más desde la emoción que desde el juicio informado, ni que la política se viva como una confrontación moral permanente.

Una pregunta ineludible

La lectura de La voz del poder deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de palabra pública necesita hoy Colombia?

No se trata solo de cambiar políticas o liderazgos, sino de transformar la forma de hablar desde el poder. Mientras el discurso presidencial siga alimentando emociones tristes —miedo, resentimiento, dependencia— será muy difícil reconstruir la confianza, el tejido social y una cultura democrática madura.

Hacia una nueva narrativa

Aquí es donde esta reflexión conecta con una propuesta más amplia: la necesidad de una narrativa que no niegue los problemas del país, pero que tampoco los instrumentalice emocionalmente. Una narrativa que parta de una convicción simple y exigente a la vez: Colombia es buena y vale la pena cuidarla.

Cuidar implica otra forma de hablar. Implica reconocer fragilidades sin dramatismo, convocar sin infantilizar, emocionar sin manipular. Implica pasar del poder que ordena o promete, al poder que confía y articula.

Resumen

Escuchar la historia de la palabra presidencial en Colombia no es un ejercicio académico distante. Es una invitación a revisar el presente. La forma como hablamos desde el poder sigue moldeando lo que sentimos como sociedad y, en consecuencia, lo que somos capaces de construir juntos. El tipo de cultura política y ciudadana que nos caracteriza.

Tal vez uno de los mayores retos adaptativos del país no esté solo en las reformas pendientes, sino en aprender a hablar distinto: con menos miedo, menos redención y más cuidado. Porque, al final, la palabra también gobierna y crea realidades. Hoy tenemos a una persona en el poder, que es el mejor ejemplo de lo expuesto por la Dra López .



sábado, 17 de enero de 2026

Venezuela no cayó de un día para otro: lecciones para Colombia


Lecciones incómodas para Colombia en un año electoral decisivo

Los eventos recientes en Venezuela me han obligado a escribir varios blogs en estas últimas semanas. En este blog voy devolverme en la historia de ese país para tener un mejor contexto que permita analizar la situación actual y sus implicaciones para Colombia.

Durante años, muchos en América Latina miraron a Venezuela como una excepción trágica, como un caso extremo que no tenía nada que ver con sus propias realidades. Esa comodidad intelectual —“eso no puede pasarnos a nosotros”— es, precisamente, una de las razones por las que el chavismo logró apoderarse del país sin encontrar una resistencia democrática a la altura del desafío que enfrentaron.

Las reflexiones del sociólogo venezolano Tulio Hernández, hechas durante una entrevista que le hicieran en el Podcast Atemporal,  ayudan a desmontar esa falsa interpretación de la realidad de su país . Su lectura de la historia reciente de Venezuela no comienza con Hugo Chávez, ni siquiera con el primer golpe de 1992, sino con algo mucho más profundo y más incómodo: una sociedad que llevaba décadas acumulando resentimientos, dependencias y malentendidos sobre el papel del Estado, la democracia y la ciudadanía.

La narración del Dr Hernández ratifica lo que escribí en un blog anterior “Cuando la historia nos vuelve hablar” donde mostraba la tesis del historiador Snyder que es simple y profundamente preocupante: las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

El país del “Estado mágico”

Antes de Chávez, Venezuela vivía bajo lo que el dramaturgo José Ignacio Cabrujas llamó el “Estado mágico”: un Estado percibido como omnipotente, proveedor, casi milagroso. Desde que el petróleo comenzó a fluir en los años treinta, se consolidó la idea de que la riqueza no provenía del trabajo, la productividad o la innovación, sino de un recurso que brotaba de la tierra y que el Estado debía repartir.

Cómo lo explica Hernández, esta mentalidad produjo una ciudadanía frágil. No una comunidad de ciudadanos corresponsables, sino una larga fila invisible de personas esperando turno frente al “barril imaginario”. El éxito no dependía del esfuerzo colectivo, sino de la cercanía al poder.

Cuando el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez intentó desmontar abruptamente ese modelo mediante reformas económicas, necesarias pero mal explicadas, el resultado fue devastador. El mensaje implícito fue: “el barril ya no existe; ahora hay que trabajar, pagar impuestos y competir”. Para una sociedad que nunca había sido preparada para ese tránsito, el quiebre fue traumático.

El Caracazo: cuando el espejo mágico se rompió

El estallido social de 1989, conocido como el Caracazo, fue descrito por el propio presidente Pérez como “la explosión de una acumulación de resentimientos”. No fue una revolución ideológica, sino una insurrección caótica, marcada por saqueos más consumistas que políticos, que reveló hasta qué punto el pacto social en Venezuela estaba roto.

Ese momento fue decisivo por varias razones. Los partidos tradicionales perdieron legitimidad. Las fuerzas de seguridad mostraron su incapacidad para manejar la crisis. La democracia venezolana, que se creía sólida y ejemplar, se descubrió frágil. El espejo se rompió, y lo que apareció detrás fue una sociedad profundamente desconectada de sus propias instituciones y sin un liderazgo político fuerte.

Caracas está en un valle rodeado de barrios muy pobres. En  ese contexto emergió un mito peligroso:. el de los cerros que “un día bajarían”. El chavismo supo instrumentalizar ese miedo y convertir a los sectores populares, no en sujetos políticos, sino en amenaza latente, en arma simbólica contra cualquier oposición.

Chávez: carisma, militarismo y el encanto del “por ahora”

El golpe fallido de 1992 no fue un accidente aislado. Fue la irrupción visible de los ríos subterráneos de militarismo que nunca habían desaparecido del todo. Cuando Hugo apareció en televisión asumiendo la responsabilidad del golpe con su famoso “por ahora”, ocurrió algo inédito: un militar derrotado se convirtió en figura moral.

Su juventud, su lenguaje directo y su contraste con los viejos políticos conectaron con una sociedad desencantada. No hubo una defensa masiva de la democracia. La élite política reaccionó; la ciudadanía, no. Como advirtió Ramón J. Velázquez en ese momento, “alguien levantó la tapa del infierno y los demonios del militarismo andan sueltos”.

La década de los noventa profundizó el vacío que se sentía en la sociedad. La destitución politizada del presidente  Carlos A Pérez, la campaña antipolítica promovida por los medios y las élites, la fragmentación de los partidos y la liberación de Chávez durante el gobierno de Caldera, terminaron de despejar el camino para que este militar golpista se lanzara a la política electoral .

Las elecciones de 1998, con dos outsiders como principales contendores, sellaron el rechazo a la política tradicional y llevaron a Chaves al poder

Un autoritarismo de nuevo cuño

El chavismo no fue un comunismo clásico. Fue algo más difícil de detectar y, por eso, más eficaz: un neoautoritarismo con maquillaje democrático. Mantuvo elecciones, propiedad privada y retórica igualitaria, mientras desmontaba sistemáticamente la alternancia, el Estado de derecho y los derechos humanos.

Chávez anunció desde el inicio que su proyecto no era transitorio. “Por ahora y para siempre” no era una metáfora, era un programa. La violencia, la violación constitucional y la permanencia en el poder no eran excesos: eran principios.

Según lo manifestó Hernadez en su charla, el liderazgo carismático de Chávez , en el sentido weberiano, creó una relación casi religiosa con las masas. Chávez no gobernaba solo con leyes; gobernaba con emociones, con espectáculo, con omnipresencia mediática. La comunicación no era un instrumento: era el gobierno mismo.

La lenta asfixia de la democracia

A diferencia de un golpe clásico —el zarpazo del tigre— el chavismo operó como una boa constrictor. Fue apretando lentamente, sin que muchos se dieran cuenta. Controló medios, persiguió periodistas, deshumanizó al adversario, creó enemigos internos y utilizó grupos paramilitares para la violencia informal.

La oposición cometió errores graves: el golpe de 2002, el paro petrolero, la abstención electoral. Cada uno de esos errores fue utilizado para justificar una limpieza ideológica, la destrucción de PDVSA y la eliminación de espacios democráticos.

Cuando Chávez murió, el simulacro democrático terminó. Su sucesor Nicolás Maduro, sin carisma ni legitimidad, solo pudo sostenerse destruyendo abiertamente las instituciones, persiguiendo a la oposición y convirtiendo el fraude en norma

El costo humano y moral

El resultado del proceso de deterioro de la democracia venezolana es conocido, pero no por eso menos brutal: millones de exiliados, destrucción institucional, violencia sistemática, presos políticos, desapariciones forzadas y un sufrimiento ético-político que atraviesa generaciones. No es solo pobreza material; es la pérdida de horizonte, de confianza y de futuro.

Colombia: advertencias que no podemos ignorar

Según Hernández, la historia venezolana no debe ser usada como amenaza retórica ni como caricatura ideológica. Debe ser estudiada con rigor. Las lecciones que plantea Tulio Hernández son claras:

  • No subestimar a los líderes populistas-autoritarios.
  • No confundir banderas sociales legítimas con proyectos de poder excluyentes.
  • No destruir la política en nombre de la antipolítica.
  • No sacrificar las reglas democráticas por la promesa de eficacia.
  • Construir esperanza y proyectos de futuro, no solo oponer resistencia.
  • Unir fuerzas democráticas más allá de etiquetas ideológicas.

Colombia enfrenta este año una elección decisiva. Creer que nuestra historia, nuestras instituciones o nuestra cultura nos hacen inmunes es repetir el primer error venezolano. Hay varias lecciones para nuestro país.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones.


Colombia todavía está a tiempo. Pero solo si entiende que cuidar a Colombia, es cuidar su democracia a pesar de sus imperfecciones; significa reconocer los avances logrados porque son los cimientos sobre los cuales debemos seguir mejorando como país; no es defender a un gobierno o a una ideología, sino proteger las reglas que impiden que cualquier proyecto —por noble que se proclame— termine devorando al país que dice querer salvar. Esa es la. Recadera gran lección que el Sr Hernández nos deja en su amena e impactante charla muy bien moderada en el podcast de Andrés Acevedo, a quien felicitó por su aporte . Estas son las reflexiones que se necesitan para una sociedad desorientada como la nuestra