Instituciones, libertad, poder y la urgente necesidad de reconstruir la república desde dentro
En una reciente conversación en el Council on Foreign Relations de Nueva York, el historiador Timothy Snyder lanzó una advertencia que debería resonar mucho más allá de los Estados Unidos: las grandes potencias no siempre son derrotadas por enemigos externos; a veces comienzan a destruirse a sí mismas desde dentro. En esto coincide con el planteamiento que hizo el profesor e investigador Mauricio Gaona en una entrevista hecha en Medellín esta semana y que debe ser escuchada por mucha gente.
Snyder describió el momento actual de Estados Unidos como un posible “suicidio de superpotencia”: un proceso voluntario mediante el cual una nación debilita deliberadamente sus instituciones, fractura sus alianzas, erosiona su cultura democrática y vacía de contenido práctico valores fundamentales como la libertad, el estado de derecho y la ciudadanía.
Aunque su análisis se centra en Estados Unidos, sus lecciones son profundamente relevantes para países como Colombia, donde la polarización, la fragilidad institucional, la desigualdad, la manipulación emocional y el deterioro del debate público plantean interrogantes inquietantes sobre la salud futura de la democracia, como también lo advierte Gaona en su entrevista..
La pregunta no es si Colombia es Estados Unidos. La pregunta es si también estamos en el proceso avanzado de debilitarnos estratégicamente desde dentro.
La fortaleza de una nación comienza por la fortaleza de su Estado
Snyder insiste en una verdad fundamental: para ser una potencia, primero hay que ser un Estado. No basta con tener recursos, población o ubicación estratégica. Una nación solo puede sostenerse si sus instituciones son legítimas, funcionales y reconocidas como patrimonio común.
El verdadero peligro surge cuando el Estado deja de concebirse como una estructura al servicio del conjunto de la ciudadanía y comienza a utilizarse como instrumento de facciones ideológicas, intereses personales o proyectos de poder excluyentes. Esta reflexión tiene una resonancia directa para Colombia.
Durante años hemos visto cómo múltiples gobiernos, desde distintos espectros, han contribuido al debilitamiento progresivo de la confianza institucional. Sin embargo, cuando desde el poder se desacreditan sistemáticamente órganos de control, se tensionan las relaciones con sectores estratégicos como las Fuerzas Armadas, se polariza deliberadamente a la ciudadanía o se privilegia la confrontación emocional sobre la gobernanza técnica, el riesgo se profundiza.
La erosión republicana rara vez comienza con una ruptura espectacular. Más frecuentemente comienza cuando el Estado deja de ser percibido como “de todos”. Gaona en su reciente libro hace un recorrido histórico a nivel mundial, para mostrar las consecuencias y advierte que, en estas elecciones, Colombia se juega su futuro como democracia. Y a solo dos semanas de la primera vuelta, nuestro país muestra todas las señales de que vamos por ese camino si llega Cepeda al poder.
La democracia no es solo votar: es aceptar límites
Uno de los aportes más poderosos de Snyder es recordar que la democracia no consiste simplemente en elecciones periódicas, la Democracia implica aceptar reglas, respetar contrapesos, proteger minorías y garantizar la sucesión pacífica del poder.
Cuando actores políticos convierten cada elección en una batalla existencial, cuando perder se vuelve intolerable y cuando las instituciones son tratadas como obstáculos en lugar de garantías, el sistema comienza a fracturarse.
En Colombia, donde la política ha operado históricamente bajo altos niveles de desconfianza, esta advertencia es crucial. La democracia no sobrevive solo por procedimientos. Sobrevive porque existe una cultura política que acepta límites éticos. Sin esa cultura, el voto puede convertirse en una herramienta de destrucción institucional.
La libertad vacía: el peligro de reducirla a ideología
Snyder distingue entre dos tipos de libertad:
- Libertad negativa: libertad “de” restricciones.
- Libertad positiva: libertad “para” desarrollar una vida digna.
Según el Dr Gaona, quien es colombiano pero que vive hace muchos años fuera de su país, el sustento de la Democracia es la libertad, que al final del juego, es lo que hoy está en el mayor peligro desde que Colombia se declaró una república según este brillante analista y experto internacional.
Pero la diferencia que propone Snyder, resulta esencial. Prometer libertad mientras millones carecen de acceso real a educación, salud, movilidad social o seguridad no fortalece la democracia; la debilita. La libertad puramente retórica se convierte en frustración.
En Colombia, donde amplios sectores enfrentan barreras estructurales profundas, esta tensión es evidente. La ausencia de oportunidades sostenibles genera terreno fértil para narrativas populistas que explotan el resentimiento y ofrecen soluciones emocionales simplistas como lo ha hecho Petro durante su mandato que quiere prolongar con Cepeda en el poder..
El mensaje es claro; la verdadera libertad requiere condiciones prácticas. Sin ellas, el ciudadano no experimenta ciudadanía, sino precariedad.
Desigualdad, oligarquía y populismo
Snyder subraya que cuando la riqueza y el poder se concentran excesivamente, la democracia se erosiona porque la movilidad social se desploma. Cuando las personas dejan de creer que pueden progresar dentro del sistema, comienzan a buscar atajos. Ese vacío puede ser ocupado por figuras mesiánicas, proyectos autoritarios o movimientos basados más en resentimiento que en institucionalidad.
Colombia conoce bien este riesgo. Nuestra desigualdad histórica no solo ha sido económica; también ha sido institucional, educativa y cultural. En estos contextos, el populismo encuentra una oportunidad poderosa: canalizar frustraciones reales hacia proyectos políticos que prometen redención, soluciones simplistas, pero que profundizan la fragilidad del sistema.
La crisis de información y la manipulación emocional
Snyder también ofrece una crítica contundente al ecosistema informativo contemporáneo. Las redes sociales, lejos de fortalecer necesariamente la democracia, la está debilitando al:
- reducir capacidad de atención,
- amplificar emociones,
- simplificar complejidades,
- erosionar la deliberación racional.
Colombia vive hoy esta realidad intensamente. La conversación pública está cada vez más dominada por indignación, viralidad y confrontación. La democracia requiere ciudadanos. No solo audiencias emocionales. Cuando el espacio público se degrada en espectáculo, como hoy lo hace De la Espriella, la verdad pierde poder.
La ética como infraestructura invisible
Quizás la lección más profunda de Snyder es que el poder sostenible depende de una infraestructura moral. Sin valores compartidos como:
- honestidad,
- dignidad,
- respeto institucional,
- solidaridad,
- responsabilidad,
la democracia pierde su lenguaje de autodefensa. La corrupción se normaliza. El abuso se trivializa. La mentira se vuelve estrategia. Y el deterioro se acelera. Esto conecta profundamente con una de las grandes preocupaciones que Colombia enfrenta hoy: la privatización de la moralidad y la pérdida de un orden ético compartido. Y como nos advierte Mauricio Gaona, el marcos ético de quien aspire a llegar al poder en Colombia, hoy cuenta más que nunca.
Cuando una sociedad deja de distinguir con claridad entre lo correcto y lo incorrecto, se vuelve mucho más vulnerable al deterioro democrático y pierde la libertad y su norte.
La gran lección para Colombia: antes que partidos, ciudadanía organizada
Snyder recuerda que las transiciones exitosas hacia democracias sanas no surgen únicamente de elecciones. Surgen de movimientos cívicos robustos, organización social, liderazgo ciudadano y reconstrucción cultural. Esta es quizás la enseñanza más práctica para Colombia de cara a 2026.
No bastará con derrotar electoralmente proyectos dañinos si no se fortalece simultáneamente:
- la cultura democrática,
- el liderazgo colectivo,
- la ética pública,
- la confianza social.
Las elecciones importan. Pero la reconstrucción republicana depende de algo mucho más profundo. Depende de construir un ciudadanía corresponsable y conciente de su papel para defender su libertad como la base de una verdadera democracia.
Conclusión: Colombia ante su propia prueba republicana
Timothy Snyder plantea que incluso las democracias más poderosas pueden comenzar a destruirse cuando abandonan las bases éticas, institucionales y culturales que sostienen su libertad.
Colombia, aunque en circunstancias distintas, enfrenta una prueba comparable. No estamos simplemente ante un debate ideológico. Estamos ante una pregunta más profunda: ¿Seremos capaces de reconstruir un proyecto compartido de nación antes de seguir debilitándonos desde dentro?
Las democracias rara vez colapsan de manera súbita. Con mayor frecuencia, se deterioran lentamente cuando ciudadanos, líderes e instituciones dejan de defender activamente aquello que las sostiene. Por eso, el verdadero desafío colombiano no es únicamente político. Es cultural. Es moral. Es adaptativo. Porque más allá de gobiernos, partidos o elecciones, el futuro dependerá de si somos capaces de recordar una verdad esencial:
Colombia solo podrá cuidarse si sus ciudadanos deciden cuidar nuevamente su democracia.