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sábado, 13 de junio de 2026

La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia

Si queremos un país diferente después de las elecciones, quizás debamos empezar por cambiar algo más profundo que un gobierno: la cultura que lo hizo posible.

A pocos días de que Colombia elija a su próximo presidente, millones de ciudadanos se preparan para acudir a las urnas con una mezcla de esperanza, preocupación, cansancio y desconfianza.

Durante meses hemos asistido a una campaña marcada por la polarización, los ataques personales, los videos virales, las acusaciones mutuas y una creciente sensación de incertidumbre. Como suele ocurrir en estos momentos, buena parte de la conversación pública parece haberse reducido a una pregunta aparentemente simple: ¿quién ganará?

Sin embargo, existe otra pregunta mucho más importante y mucho menos discutida: ¿Qué tipo de sociedad está produciendo los liderazgos que llegan hoy a competir por el poder?

La diferencia entre ambas preguntas es enorme. La primera mira al resultado electoral. La segunda mira a la cultura que hace posible ese resultado. Y es precisamente sobre este tema que reflexionó recientemente el reconocido escritor y analista estadounidense David Brooks en una conferencia en la Universidad de Yale. Sus observaciones estaban dirigidas a entender la profunda crisis que vive Estados Unidos, pero muchas de sus conclusiones parecen describir con sorprendente precisión lo que hoy ocurre en Colombia.

La tesis central de Brooks es sencilla pero poderosa: La política no crea la cultura. Es la cultura la que termina creando la política.

Durante años hemos tendido a pensar que los grandes cambios sociales dependen principalmente de los gobiernos, de las leyes o de las elecciones. Sin embargo, la experiencia demuestra que los dirigentes suelen ser más un reflejo de las emociones, valores y creencias predominantes en una sociedad que la causa de ellas.

Los políticos llegan al poder navegando las corrientes culturales que ya existen.

Por eso, cuando una sociedad se fragmenta, se llena de resentimiento o pierde la confianza en sí misma, inevitablemente termina produciendo liderazgos que reflejan esas mismas emociones.

Brooks sostiene que la verdadera crisis estadounidense no es política sino cultural. Es una crisis de confianza. Durante décadas, los ciudadanos fueron perdiendo confianza en las instituciones, en los medios de comunicación, en las élites, en los partidos políticos y, más preocupante aún, en sus propios vecinos. Cuando desaparece la confianza, aparece el resentimiento.

Y cuando el resentimiento se convierte en una emoción dominante, la política deja de ser una búsqueda colectiva de soluciones para convertirse en una lucha permanente entre tribus enfrentadas.

¿No es eso precisamente lo que estamos viviendo en Colombia?

Durante años hemos acumulado muchas fracturas sociales, económicas y culturales. Hemos aprendido a sospechar del que piensa diferente. Hemos reemplazado el debate por la descalificación. Hemos reducido la complejidad de los problemas nacionales a consignas emocionales cada vez más simples. El resultado es una sociedad donde cada grupo tiene su propia versión de la realidad y donde la capacidad de escucharnos disminuye día tras día.

Esta situación no comenzó con el gobierno de Gustavo Petro. Tampoco terminará cuando termine su mandato. Petro es parte de un fenómeno más profundo. Es la expresión de tensiones culturales que venían acumulándose desde hace décadas. De la misma manera, quienes aspiran hoy a reemplazarlo también son producto de esas mismas tensiones.

Por eso sería un error pensar que el 21 de Junio resolveremos mágicamente los problemas fundamentales del país. Las elecciones son importantes. Muy importantes. Pero ninguna elección puede sustituir el trabajo cultural que una sociedad debe hacer consigo misma. Y en nuestro caso eso nunca lo hemos hecho a la escala que necesita una país tan fracturado.

Brooks plantea otra idea particularmente relevante para nuestro momento histórico. Según él, las sociedades atraviesan períodos en los que los paradigmas culturales dejan de funcionar. Durante un tiempo, ciertas ideas organizan la vida colectiva. Luego comienzan a agotarse.

Las personas empiezan a sentirse más solas, más ansiosas, más desconectadas y más desconfiadas. Los mecanismos tradicionales de cohesión pierden fuerza como ha sido la religión. Y entonces surge una necesidad de renovación cultural. 

Eso parece estar ocurriendo en gran parte del mundo occidental. La promesa del individualismo extremo ha mostrado sus límites. Las personas tienen más libertad que nunca, pero también más soledad. Tienen más información que nunca, pero también más confusión. Tienen más posibilidades de expresión que nunca, pero también más dificultad para construir conversaciones significativas. La consecuencia es una profunda sensación de vacío colectivo.

En Colombia esta situación se manifiesta de maneras diversas. La vemos en la creciente desconfianza hacia las instituciones. La vemos en la dificultad para construir acuerdos. La vemos en la pérdida de credibilidad de los liderazgos tradicionales. La vemos en la facilidad con la que prosperan discursos basados en el miedo, la indignación o la confrontación.

Pero también la vemos en algo más esperanzador. En miles de ciudadanos que, silenciosamente, están buscando formas diferentes de relacionarse con su comunidad y en organizaciones sociales que construyen confianza desde lo local. La vemos en líderes comunitarios que trabajan lejos de los reflectores, y en universidades, empresas, fundaciones y grupos ciudadanos que entienden que los cambios duraderos nacen desde abajo.

Aquí es donde las reflexiones de Brooks conectan profundamente con una idea que he venido desarrollando en mis blogs durante los últimos meses. Si el problema de fondo es cultural, entonces la solución también debe ser cultural. No basta con cambiar gobernantes. Necesitamos tener las conversaciones que iluminen este tema . 

No basta con cambiar leyes. Necesitamos cambiar comportamientos. No basta con cambiar instituciones. Necesitamos reconstruir relaciones de confianza. Esta es precisamente la intuición que inspira la iniciativa “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Algunas personas han interpretado este mensaje como una simple campaña de optimismo. No lo es. En realidad, es una apuesta por intervenir uno de los factores más decisivos de cualquier transformación social: tener una narrativa positiva colectiva.

Las sociedades no se construyen únicamente sobre infraestructuras, presupuestos o políticas públicas. También se construyen sobre historias compartidas. Sobre relatos que ayudan a responder quiénes somos, qué valoramos y hacia dónde queremos ir. Durante demasiado tiempo, la conversación nacional ha estado dominada por narrativas de fracaso, confrontación y desesperanza. Pero además, con Petro, de desconocimiento de los logros obtenidos.

Por supuesto que Colombia tiene enormes problemas. Negarlos sería irresponsable. Pero también sería irresponsable ignorar los activos extraordinarios que posee este país: su gente, su capacidad de resiliencia, su creatividad, sus redes sociales, sus emprendedores, sus educadores, sus organizaciones comunitarias y sus millones de ciudadanos honestos que trabajan todos los días por sacar adelante a sus familias.

Quizás haya llegado el momento de equilibrar la conversación. No para ocultar los problemas, sino para recuperar la capacidad de construir un futuro incluyente para todos desde la gran diversidad de nuestro país.

David Brooks sostiene que el próximo gran cambio en Estados Unidos no será político sino cultural, emocional y espiritual. Quisiera creer  que algo similar también suceda  en Colombia.

El verdadero desafío nacional no consiste únicamente en elegir correctamente al próximo presidente. Consiste en reconstruir los vínculos de confianza que hacen posible una democracia sana y en volver a aprender a conversar. Consiste en reconocer la dignidad de quienes piensan distinto y en recuperar la capacidad de colaborar alrededor de propósitos compartidos. Consiste en reemplazar la lógica permanente del enemigo por la lógica del cuidado.

Porque al final, ningún presidente podrá hacer por nosotros aquello que solamente la sociedad puede hacer por sí misma. Las democracias no son más fuertes que la cultura que las sostiene. Y las instituciones no son más sólidas que la confianza de los ciudadanos que las habitan.

Por eso, mientras el país se prepara para votar, quizás convenga recordar que el resultado del domingo 21, será importante, pero no definitivo. La verdadera elección continuará el lunes. Será una elección silenciosa y cotidiana. La elección entre seguir profundizando la fragmentación o comenzar a reconstruir la confianza. La elección entre alimentar el resentimiento o fortalecer el cuidado. La elección entre esperar que otros cambien el país o asumir nuestra responsabilidad en esa transformación.

Porque los gobiernos pasan.Las campañas terminan. Los presidentes cambian. Pero las culturas permanecen. Y si Colombia logra fortalecer una cultura basada en la confianza, la colaboración y el cuidado mutuo, no solo elegirá mejores gobernantes. También será capaz de producirlos.

PD: al lector que no haya leído mi blog anterior, los invito a leerlo. Hay una conexión profunda entre los dos. 


sábado, 6 de junio de 2026

El carácter y la integridad antes que el poder


La pregunta que en Colombia debería hacerse mucha gente antes del 21 de junio

En las últimas semanas he escrito sobre la libertad, la moral, la integridad, la confianza y el liderazgo. Temas que podrían parecer desconectados entre sí, pero que en realidad convergen en una pregunta decisiva para cualquier democracia:

¿Qué tipo de personas estamos eligiendo para ejercer el poder?

A pocos días de la segunda vuelta presidencial, esta pregunta resulta más relevante que nunca. Porque las naciones no son gobernadas por programas de gobierno. Son gobernadas por seres humanos. Y la calidad de sus decisiones depende, en buena medida, de la calidad de su carácter y de su integridad.

Por eso,, quisiera proponer una reflexión diferente. Una reflexión que no parte de las propuestas, sino de las personas. No de lo que prometen hacer, sino de quiénes han demostrado ser y cómo podrían actuar de llegar al poder.

Durante este inusual proceso electoral, el debate nacional ha estado dominado por las encuestas, los escándalos, las alianzas de último momento, las promesas poco fundamentadas y los ataques personales. Resulta muy preocupante que, aun cuando los dos candidatos con mayores opciones de llegar a la Presidencia evitaron confrontar directamente sus ideas en debates públicos, el país haya vivido semanas de intensa confrontación política muy negativa.

Esa confrontación ha girado principalmente alrededor de emociones y no de reflexiones. Más que convocar a una deliberación profunda sobre el futuro de Colombia, las campañas han apelado con frecuencia al miedo, la frustración, la rabia y la desconfianza. Y cuando las emociones dominan la conversación pública, suele ocurrir algo preocupante: las preguntas verdaderamente importantes desaparecen del debate.

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Por ejemplo, existe una pregunta fundamental que casi nadie está formulando:¿Qué sabemos realmente sobre el carácter y la integridad de las personas que aspiran a ejercer el inmenso poder de gobernar a Colombia?

La pregunta puede resultar incómoda porque nos obliga a mirar más allá de las propuestas y las ideologías. Nos exige observar algo mucho más profundo: la calidad humana de quienes aspiran a dirigir el destino de más de cincuenta millones de personas, reflejada en su carácter e integridad . Y, sin embargo, pocas variables son tan determinantes para el éxito o fracaso de un gobierno como estas dos dimensiones. 

Las consideraciones anteriores me llevó a investigar sobre estos temas.

¿Qué es el carácter?

El carácter es la estructura moral profunda de una persona. Es el conjunto de valores, hábitos, virtudes y disposiciones que determinan cómo actúa cuando enfrenta presión, incertidumbre, tentación, conflicto o poder. No es una opinión, o una emoción pasajera. No es una imagen cuidadosamente construida para una campaña. Es aquello que determina quién es una persona cuando nadie la está observando.

Por eso el carácter suele revelarse en circunstancias difíciles . Cuando aparecen las crisis o hay que tomar decisiones impopulares. Cuando existen incentivos para mentir o se presentan oportunidades para abusar del poder. Cuando el dirigente debe elegir entre lo conveniente y lo correcto. Lo importante es entender que las circunstancias no crean el carácter. Lo revelan.

¿Qué es la integridad?

La integridad es la expresión visible del carácter. Podría definirse como la coherencia sostenida entre lo que una persona piensa, dice, valora y hace, entendiendo  que una persona íntegra no es aquella que nunca se equivoca. Es aquella que procura actuar de acuerdo con sus principios y valores, reconoce sus errores y asume las consecuencias de sus actos.

Si el carácter es la raíz, la integridad es el fruto. Si el carácter es la estructura interna, la integridad es la evidencia observable.  Por eso la integridad no se mide por los discursos. Se mide por los comportamientos repetidos a lo largo del tiempo.

Una competencia esencial para gobernar

Cuando una organización busca un gerente o a su presidente, o una junta directiva escoge a su director ejecutivo, la evaluación del carácter suele ser tan importante o más como la evaluación de sus competencias técnicas. Y sin embargo, es paradójico , cuando elegimos a la persona que tendrá el mayor poder político del país, solemos dedicar mucho más tiempo a analizar sus propuestas o pronunciamientos, que a examinar su carácter y su integridad . Y eso es una contradicción enorme, especialmente en personas que manejan organizaciones, y que nunca aceptarían un proceso de selección sin estos requisitos. 

Porque los presidentes no gobiernan únicamente con conocimientos técnicos. Gobiernan con sus emociones, sus prejuicios, sus fortalezas y debilidades,  con su relación con la verdad, su capacidad para escuchar, construir  y  su actitud frente al poder.. Y esas son precisamente las manifestaciones fundamentales de su carácter y las bases de su integridad.

Una lección que Colombia debería aprender

La experiencia reciente del país ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre este tema. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el gobierno de Gustavo Petro deja una pregunta que vale la pena formular con serenidad: ¿Cuántos de los problemas que hoy enfrenta Colombia son consecuencia de sus decisiones programáticas y cuántos son consecuencia de rasgos de su carácter que ya eran visibles antes de llegar a la Presidencia?

Durante estos años hemos observado sus inmensas dificultades para construir consensos estables, sus conflictos recurrentes con múltiples instituciones, una alta rotación de funcionarios, una narrativa de confrontación permanente, una creciente polarización política y social que ha promovido cada vez más.

También hemos visto una tendencia a mentir sin rubor, interpretar la realidad en términos de aliados y adversarios, una relación compleja con los límites institucionales y una gran dificultad persistente para construir puentes con quienes piensan diferente.

Para efectos de esta reflexión, lo importante aquí no es discutir si estas conductas son buenas o malas. Lo importante es reconocer que muchas de ellas no aparecieron después de llegar al poder. Aún más, fueron evidentes cuando fue Alcalde de Bogotá. Ya estaban presentes. Eran visibles para quien quisiera observarlas. Y lo que hizo en su paso por la Presidencia fue amplificarlas.

Quizás la lección más inquietante es que no parece que hayamos aprendido lo suficiente de la experiencia reciente con Petro. Hace apenas seis meses, a muy pocos colombianos se les habría ocurrido que los dos finalistas de esta contienda presidencial, tenía los méritos suficientes para  ser  quienes hoy se disputan la Presidencia. Sin embargo, aquí estamos. 

Los dados están echados y millones de ciudadanos tendremos que tomar una decisión entre dos opciones de las que conocemos muy poco a nivel de la persona y sobre quienes hay dudas razonables sobre sus capacidades, carácter e integridad, para enfrentar el  mayor  reto que haya enfrentado un nuevo presidentes en la historia contemporánea de Colombia.

El ejemplo de Petro  nos debe haber evidenciado la razón por la cual el carácter y la  integridad si importan. Y la demostración de que el poder rara vez transforma a las personas. Más bien revela quiénes son realmente. La pregunta que en Colombia nos deberíamos  haber hecho  desde hace meses, no era solamente qué proponían los candidatos , dos de los cuales son los finalistas,  para enfrentar los inmensos retos , que un país descuadernado, enfrentará en los próximos cuatro años. Hay una pregunta es mucho más profunda: ¿Qué nos dice la trayectoria de cada uno sobre la manera en que ejercerá el poder cuando enfrente las inevitables crisis, presiones y dilemas que acompañan el gobierno de una nación?

Por  estas razones, considero que nunca es tarde para hacer este tipo de reflexiones. Los nombres que aparecen en el tarjetón ya no pueden cambiarse. Pero la experiencia que Colombia ha vivido en los últimos años debería servirnos para entender cómo llegamos a este punto y para recordarnos cuáles son las consecuencias de ignorar el carácter y la integridad de quienes aspiran al poder,  y cuyos efectos que no desaparecen después de las elecciones. Por el contrario, lamentablemente suelen acompañar a una nación durante todo un período de gobierno.

A partir de los comentarios anteriores caben varias reflexiones que me veo obligado hacer.

Primera reflexión: el carácter siempre termina gobernando

Existe una creencia muy extendida según la cual los gobiernos son el resultado de los programas que prometen sus candidatos. La realidad suele ser diferente. Los gobiernos terminan siendo el reflejo del carácter y la integridad de quienes los lideran. Un presidente no gobierna únicamente con sus ideas. Gobierna con sus hábitos y emociones, sus fortalezas y debilidades,  su capacidad de escuchar y  su relación con la verdad. Gobierna con su actitud frente a quienes piensan distinto y con su disposición a reconocer errores. Pero también, con su capacidad para construir confianza.

Cuando llegan las crisis —y siempre llegan— los discursos dejan de ser suficientes. Las circunstancias exigen decisiones complejas, muchas veces imposibles de anticipar durante una campaña como fue el COVID . Es entonces cuando aparece el verdadero líder  y no el que estaba en los afiches, o el que hablaba o no lo hacía en los debates. Aparece el ser humano detrás del cargo y por eso, la trayectoria importa tanto. Porque el carácter y la integridad demostrados en el pasado, suelen ser el mejor predictor disponible del comportamiento futuro.

Segunda reflexión: los problemas de Colombia no son solamente técnicos

Una de las enseñanzas más valiosas de Ronald Heifetz consiste en diferenciar los retos técnicos de los retos adaptativos. Los retos técnicos pueden resolverse mediante expertos, recursos o mejores procedimientos. Los retos adaptativos exigen cambios en comportamientos, creencias, relaciones y formas de pensar.

Muchos de los problemas que hoy enfrenta Colombia pertenecen a esta segunda categoría como la polarización, la pérdida de confianza, la incapacidad para construir acuerdos., la fragmentación social, el deterioro del respeto institucional, la dificultad para cooperar entre diferentes.

Ninguno de estos desafíos puede resolverse únicamente mediante decretos o reformas legales. Son problemas de liderazgo. Y el ejercicio del liderazgo está profundamente relacionado con el carácter y la integridad.

Una persona puede tener excelentes ideas y ser incapaz de convocar. Puede tener razón y no generar confianza. Puede ser brillante intelectualmente y fracasar en la construcción de consensos. Las sociedades terminan pareciéndose menos a los programas de gobierno y más a la forma como sus dirigentes ejercen su liderazgo.

Tercera reflexión: el poder amplifica las fortalezas y las debilidades

Existe una idea muy popular según la cual el poder cambia a las personas. La evidencia histórica sugiere algo distinto.

El poder amplifica la prudencia o la imprudencia,  la humildad o la arrogancia,  la capacidad de escuchar o la incapacidad de hacerlo, la honestidad o la tendencia a justificar cualquier conducta. Por eso resulta tan peligroso elegir pensando que el cargo corregirá los defectos de carácter y de integridad de quien lo ocupa. La experiencia demuestra que sucede exactamente lo contrario.

Los defectos que parecían manejables durante una campaña suelen convertirse en problemas nacionales cuando quien los posee gracias a los votos recibe enormes cuotas de poder.

La historia está llena de ejemplos de líderes que prometieron unir y terminaron dividiendo. Que prometieron escuchar y terminaron imponiendo. Que prometieron respetar las reglas y terminaron tratando de modificarlas a su conveniencia. Y por eso la pregunta sobre el carácter y la integridad no es secundaria. Es central.

Cuarta reflexión: el error que los ciudadanos solemos cometer ( Espejito, espejito dime la verdad)

Quizás la lección más importante de esta elección tenga menos que ver con los candidatos y más con nosotros mismos. Antes de criticar hacia afuera debemos de vernos en un espejo hacia adentro. Por no hacerlo, como ciudadanos solemos hacernos las preguntas equivocadas.

Preguntamos: ¿Quién tiene las mejores propuestas? ¿Quién representa mejor mis creencias e ideas? ¿Quién derrotará a quienes considero responsables de los problemas del país? ¿Quién pertenece a mi tribu política o a mi burbuja ideológica ?

Pero muy rara vez nos preguntamos:

¿Dice la verdad? ¿Cumple su palabra? ¿Respeta los límites institucionales? ¿Escucha opiniones diferentes? ¿Reconoce errores? ¿Aprende? ¿Genera confianza? ¿Tiene autocontrol? Si lo hubiéramos hecho, Petro con sus antecedentes en la Alcaldía de Bogotá, no hubiera llegado nunca al poder como presidente de Colombia.

Para algunos lectores, estas preguntas parecen menos emocionantes que los debates ideológicos. Sin embargo, por su impacto son mucho más importantes . Porque las propuestas pueden fracasar o los planes pueden cambiar. Las circunstancias pueden transformarse. Pero cuando el carácter de una persona impacta su integridad, tarde o temprano esa carencia termina afectando las instituciones que dirige.  Y cuando  su pésimo ejemplo se expande y muchos ciudadanos dejan de valorar la integridad, la cultura política comienza a desmoronarse y el sistema democrático se pone en serio peligro .

Cuando esto sucede, la mentira se normaliza. La agresión se vuelve aceptable. La descalificación reemplaza al diálogo. La confianza desaparece. Lo inadmisible se vuele admisible. Y la democracia comienza a debilitarse aceleradamente desde adentro porque la indignación desaparece.

La pregunta que realmente estamos respondiendo

El próximo 21 de junio los colombianos no estaremos escogiendo únicamente un programa de gobierno. Tampoco estaremos escogiendo solamente una orientación ideológica. A la luz de mis reflexiones anteriores, sobre el impacto del carácter y la integridad, nos estaremos  respondiendo una pregunta mucho más profunda: ¿A cuál de los dos finalistas  estamos dispuestos a confiarle el inmenso poder de gobernar Colombia?

La respuesta exige mirar más allá de los discursos, más  allá de las campañas y las emociones del momento. Nos debe exigir observar sus trayectorias, patrones de comportamiento,  frente a la verdad, frente al poder y a quienes piensan diferente.

Porque las naciones rara vez son mejores que el carácter y la integridad de quienes las gobiernan. Y cuando una sociedad deja de evaluar estas dimensiones de sus dirigentes, termina descubriendo demasiado tarde que las fallas morales que ignoró durante la campaña se convierten en problemas institucionales en su gobierno y en una crisis de legitimidad para el país.

Quizás la pregunta más importante de esta elección no sea quién puede ganar. Quizás sea otra: ¿Qué tipo de carácter e integridad debe de tener quien aspira a ser Presidente,  necesita Colombia para unir a sus habitantes y comenzar a sanar las heridas que hoy la dividen?

Las naciones no solo eligen programas de gobierno. Eligen formas de ejercer el poder.. Si Colombia quiere resultados distintos, quizás deba comenzar a hacerse otra pregunta diferente: mas allá de lo qué proponga  el candidato, preguntarse quién es él realmente cuando nadie lo está observando y cuáles son sus verdaderas intensiones, para no sorprenderse negativamente más adelante como hoy nos ha sucedido con Petro



viernes, 29 de mayo de 2026

Estamos eligiendo un presidente o simplemente un ganador?

 ¿Estamos eligiendo un presidente o simplemente un  ganador? Blog para leer antes de votar.

 Hay momentos en la historia de un país en los que las preguntas más importantes desaparecen de la conversación pública. Colombia parece estar viviendo uno de ellos.

A pocas horas de una de las elecciones más trascendentales de las últimas décadas, el debate nacional ha estado dominado por los insultos, las descalificaciones, los escándalos, las redes sociales, los videos virales, las emociones de corto plazo y una creciente polarización que dificulta pensar con serenidad. Hoy tenemos tres candidatos punteando en las encuestas que, hasta hace menos de seis meses, no estaban en el radar de nadie para ser considerados entre las principales opciones para llegar a la Presidencia de Colombia.

Lo que sí conocemos es que dos de ellos han sido senadores y un tercero es un controvertido litigante que ha pasado buena parte de su vida reciente fuera del país.

Pero, como lo planteaba Hernando Gómez Buendía en una reciente columna en defensa del centro publicada en El Espectador:

“Los tres piensan como piensa la gente común porque vienen directamente de sus propias tribus emocionales y nunca tuvieron que administrar la complejidad. Ninguno ha gobernado una gran ciudad, una región compleja o una burocracia gigantesca. Ninguno ha tenido que arbitrar intereses incompatibles, cuadrar presupuestos imposibles, manejar sindicatos, policías, empresarios, ambientalistas, transportadores y jueces al mismo tiempo”.

Y yo añadiría que cualquiera de ellos, si se gana la lotería de llegar a la más alta posición del Estado, tendrá que enfrentar, junto con su equipo, la acumulación de problemas más difíciles de nuestra historia contemporánea y las expectativas desbordadas de un país profundamente dividido.

Y los tres han estado envueltos en una campaña que se parece más a un circo que al proceso serio que requiere para elegir al futuro Presidente de Colombia, en uno de los momentos más críticos de su historia, para orientar y dirigir los destinos de la nación.

Teniendo en cuenta estas reflexiones, resulta fundamental hacerse una pregunta que no ha sido tema principal en este carnaval de ruido, donde han abundado la desinformación y los ataques personales, mientras han escaseado los debates de fondo:

¿Qué condiciones personales y capacidades necesita realmente quien llegue a la Presidencia de Colombia en este momento tan complejo de nuestra historia?

La pregunta es especialmente relevante porque, hace apenas seis meses, pocos habrían imaginado que los principales aspirantes a la Presidencia serían quienes hoy encabezan las encuestas. La triste realidad es que el país se encuentra frente a una oferta política inesperada, construida más por las dinámicas emocionales de la coyuntura y por el desastre que nos deja el gobierno Petro, que por una deliberación profunda sobre las capacidades requeridas para gobernar una nación extraordinariamente compleja.

Quien llegue a la Casa de Nariño recibirá un país atravesado simultáneamente por múltiples crisis.

Una crisis de seguridad que ha permitido la expansión de grupos armados ilegales en amplias zonas del territorio. Una crisis fiscal que limita enormemente la capacidad de maniobra del Estado. Una crisis del sistema de salud que genera incertidumbre sobre la atención de millones de ciudadanos. Una crisis energética que amenaza la competitividad y la estabilidad futura del país. Una crisis institucional derivada de años de polarización creciente. Y quizás la más delicada de todas: una profunda crisis de confianza entre los colombianos.

No se trata de problemas aislados. Son desafíos interconectados que se retroalimentan mutuamente y que exigen una capacidad de liderazgo excepcional.

Y aquí vale la pena conectar con una reflexión de mis dos blogs anteriores: lo que está en juego es nuestra democracia, que sustenta la libertad. Pero el ejercicio del voto este domingo no puede entenderse únicamente como la posibilidad de elegir entre opciones, sino también como la responsabilidad moral y ética de ejercer esa decisión pensando en el bien común.

Elegir a un presidente es, en el fondo, un acto de libertad ciudadana. Pero una libertad que solo adquiere sentido cuando está guiada por criterios éticos y por una reflexión seria sobre el carácter y las capacidades de quien recibirá el poder. Cuando eso no sucede, las consecuencias terminan siendo las que hoy estamos viviendo, o aún peor.

Por eso resulta preocupante que la discusión pública haya estado centrada casi exclusivamente en quién tiene la razón ideológica, quién representa mejor un determinado sector político o quién despierta la emoción más intensa, mientras se ha dejado de lado una cuestión mucho más profunda: la capacidad personal y profesional para gobernar en medio de un entorno de enorme complejidad nacional e internacional.

Ronald Heifetz, profesor de Harvard y uno de los mayores expertos mundiales en liderazgo, distingue entre los retos técnicos y los retos adaptativos. Los primeros pueden resolverse mediante conocimientos especializados, experiencia previa o procedimientos conocidos. Los segundos exigen algo mucho más difícil: movilizar a una sociedad para enfrentar realidades incómodas, cambiar comportamientos, construir nuevas capacidades colectivas y atravesar períodos prolongados de incertidumbre.

Colombia enfrenta hoy, principalmente, inmensos retos adaptativos.

Y eso cambia completamente la naturaleza del liderazgo requerido. No basta con tener buenas intenciones. No basta con ser una persona honesta. No basta con ser un excelente comunicador. No basta con haber sido un buen senador, un buen abogado o un buen opositor. Gobernar un país en crisis demanda condiciones personales y capacidades extraordinariamente exigentes.

Y aun si una persona las tuviera, los retos son tan enormes que probablemente desbordarían las capacidades de cualquier individuo, por competente y experimentado que fuera.

Si fuéramos a elaborar el perfil del cargo, como se haría para seleccionar al líder de una empresa en crisis, veamos qué requisitos mínimos exigiríamos: estabilidad emocional para tomar decisiones bajo presión extrema; capacidad para escuchar opiniones distintas sin convertir la diferencia en enemistad; humildad intelectual para reconocer errores y corregir el rumbo; autocontrol para no reaccionar impulsivamente frente a las críticas; fortaleza psicológica para soportar ataques permanentes sin perder el equilibrio; criterio para distinguir entre lo popular y lo correcto; y capacidad para rodearse de personas más capaces que uno mismo.

Y quizás la más escasa de todas: la capacidad de unir a un país fragmentado y diverso cuando todos los incentivos políticos empujan en la dirección contraria.

Para unir se requiere empatía: la capacidad de salir de sí mismo y comprender que el adversario político no tiene que ser un enemigo al que hay que eliminar, sino alguien cuya voz también representa problemas reales, angustias reales y personas reales que deben ser incluidas si se quiere comenzar a sanar las profundas heridas que Petro deja en la sociedad colombiana.

La historia está llena de líderes que se creían inteligentes pero fracasaron porque carecían de estas cualidades. También está llena de dirigentes con enormes conocimientos técnicos que terminaron agravando los problemas que pretendían resolver porque no entendieron la dimensión humana del poder.

Pero también porque la democracia no depende únicamente de las leyes ni de las capacidades individuales. Cuando existen crisis severas, como las que hoy enfrenta Colombia, también influye enormemente la madurez emocional y moral de quienes ejercen el poder.

Pero hay otra cara de la moneda que es tan importante como lo anterior. El ejercicio de la Presidencia no exige únicamente virtudes y capacidades. También amplifica los defectos personales.

Si alguien es impulsivo, la Presidencia amplifica esa impulsividad. Si es arrogante, el poder amplifica esa arrogancia. Si tiene dificultades para escuchar, el aislamiento propio del poder profundiza esa limitación. Si ve enemigos en todas partes, el poder terminará rodeándolo de enemigos reales.

Por eso las elecciones no son simplemente una competencia de propuestas. Son también una evaluación del carácter de quienes aspiran a llegar al poder. Porque el carácter de una persona suele revelarse y ponerse a prueba precisamente cuando aparecen las crisis y se enfrenta la complejidad del cargo, especialmente cuando no existe una experiencia previa comparable.

Pero, para agravar aún más la situación, quien llegue a gobernar Colombia encontrará una institucionalidad debilitada y más frágil de lo que muchos imaginan.

Es un hecho que una de las lecciones más importantes que ha dejado Colombia en los últimos años es que las instituciones, por sólidas que parezcan, son mucho más vulnerables de lo que creíamos cuando llegan al poder personas que no comprenden los límites que exige una democracia constitucional.

Las instituciones crean límites. Pero son los líderes quienes escogen actuar dentro de ellos o intentar sobrepasarlos. Las constituciones establecen reglas. Pero son las personas quienes deciden respetarlas o estirarlas. Hoy vemos a Petro violentando muchas de ellas sin mayor pudor porque considera que la impunidad política que ha tenido hasta ahora se lo permite.

Por todo lo anterior, resulta tan preocupante que estas consideraciones hayan desaparecido prácticamente del debate electoral actual. Han predominado la ideología, las encuestas, las alianzas y los escándalos. Pero hemos discutido muy poco sobre las capacidades personales necesarias para liderar una nación fragmentada y en crisis como la nuestra.

Y esa omisión puede terminar siendo una de las más costosas para el futuro del país.

Porque los próximos cuatro años exigirán capacidades sobresalientes de liderazgo, pero también de gobierno. Liderazgo para inspirar, movilizar la corresponsabilidad y promover la construcción colectiva de soluciones. Liderazgo para disminuir significativamente la confrontación y reconstruir la confianza.

Se requiere más serenidad y menos espectáculo. Más responsabilidad y menos fuegos artificiales. Más madurez que agresividad, más prudencia que fanatismo y más carácter que consignas ideológicas.

Este domingo los colombianos no solo estarán escogiendo entre distintos proyectos políticos. Estarán escogiendo a la persona que ocupará el centro del sistema institucional más importante de la República.

Estaremos escogiendo la manera como se ejercerá el poder. La forma como se tramitarán los desacuerdos. La capacidad de convocar o dividir. La disposición para construir puentes o profundizar fracturas. Y esa decisión tendrá consecuencias mucho más profundas que cualquier promesa de campaña.

Quizás otra pregunta que cada ciudadano debería hacerse antes de votar, no es únicamente quién representa mejor sus preferencias ideológicas. Después de estas reflexiones , tal vez debería replantear la pregunta que propuse al inicio de este blog:

¿Quién , de los cinco candidatos que hoy se presentan,  tiene las condiciones humanas para enfrentar con equilibrio, prudencia, inteligencia y sentido de responsabilidad el inmenso peso de gobernar una Colombia herida, polarizada y compleja?

Porque las naciones rara vez fracasan únicamente por falta de recursos. Muchas veces fracasan por errores de liderazgo. Y cuando eso ocurre, las consecuencias pueden acompañarlas durante generaciones.

Lo que está en juego este domingo no es solamente quién gana una elección. Lo que está en juego es la calidad del liderazgo con el que Colombia intentará reconstruir su futuro.

¿Quién cree realmente en una versión de país donde cabemos todos?

Porque, al final, el verdadero desafío de quien llegue a la Presidencia no será derrotar a sus adversarios ni imponer una visión sobre la otra. Será construir una versión más grande de Colombia, una en la que puedan convivir quienes piensan distinto, quienes quieren cambio y quienes necesitan estabilidad, quienes temen perder lo construido y quienes sienten que nunca han tenido oportunidades.

Esa es, quizás, la tarea más difícil del próximo presidente. Y también la más urgente.

PD: Estaba terminando de escribir este blog cuando me llegó una columna de Juanita Uribe, de la cual extracto el siguiente párrafo:“Porque Colombia no necesita otra narrativa en la que unos tengan que desaparecer para que otros puedan existir. No necesita rabia, superioridad moral, miedo o la nostalgia de un país que ya no existe. Necesita una versión más grande de sí misma. En la que quepan quienes han estado afuera, pero también quienes tienen miedo de perder lo que han construido. Donde quepan los empresarios y los trabajadores, los jóvenes y los mayores, las regiones y las ciudades, los que quieren cambio y los que necesitan estabilidad. Una versión en la que la diferencia no se trate como una amenaza, sino como materia prima con la que hay que trabajar”.

Mejor final para este blog, imposible.