La pregunta que en Colombia debería hacerse mucha gente antes del 21 de junio
En las últimas semanas he escrito sobre la libertad, la moral, la integridad, la confianza y el liderazgo. Temas que podrían parecer desconectados entre sí, pero que en realidad convergen en una pregunta decisiva para cualquier democracia:
¿Qué tipo de personas estamos eligiendo para ejercer el poder?
A pocos días de la segunda vuelta presidencial, esta pregunta resulta más relevante que nunca. Porque las naciones no son gobernadas por programas de gobierno. Son gobernadas por seres humanos. Y la calidad de sus decisiones depende, en buena medida, de la calidad de su carácter y de su integridad.
Por eso,, quisiera proponer una reflexión diferente. Una reflexión que no parte de las propuestas, sino de las personas. No de lo que prometen hacer, sino de quiénes han demostrado ser y cómo podrían actuar de llegar al poder.
Durante este inusual proceso electoral, el debate nacional ha estado dominado por las encuestas, los escándalos, las alianzas de último momento, las promesas poco fundamentadas y los ataques personales. Resulta muy preocupante que, aun cuando los dos candidatos con mayores opciones de llegar a la Presidencia evitaron confrontar directamente sus ideas en debates públicos, el país haya vivido semanas de intensa confrontación política muy negativa.
Esa confrontación ha girado principalmente alrededor de emociones y no de reflexiones. Más que convocar a una deliberación profunda sobre el futuro de Colombia, las campañas han apelado con frecuencia al miedo, la frustración, la rabia y la desconfianza. Y cuando las emociones dominan la conversación pública, suele ocurrir algo preocupante: las preguntas verdaderamente importantes desaparecen del debate.
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Por ejemplo, existe una pregunta fundamental que casi nadie está formulando:¿Qué sabemos realmente sobre el carácter y la integridad de las personas que aspiran a ejercer el inmenso poder de gobernar a Colombia?
La pregunta puede resultar incómoda porque nos obliga a mirar más allá de las propuestas y las ideologías. Nos exige observar algo mucho más profundo: la calidad humana de quienes aspiran a dirigir el destino de más de cincuenta millones de personas, reflejada en su carácter e integridad . Y, sin embargo, pocas variables son tan determinantes para el éxito o fracaso de un gobierno como estas dos dimensiones.
Las consideraciones anteriores me llevó a investigar sobre estos temas.
¿Qué es el carácter?
El carácter es la estructura moral profunda de una persona. Es el conjunto de valores, hábitos, virtudes y disposiciones que determinan cómo actúa cuando enfrenta presión, incertidumbre, tentación, conflicto o poder. No es una opinión, o una emoción pasajera. No es una imagen cuidadosamente construida para una campaña. Es aquello que determina quién es una persona cuando nadie la está observando.
Por eso el carácter suele revelarse en circunstancias difíciles . Cuando aparecen las crisis o hay que tomar decisiones impopulares. Cuando existen incentivos para mentir o se presentan oportunidades para abusar del poder. Cuando el dirigente debe elegir entre lo conveniente y lo correcto. Lo importante es entender que las circunstancias no crean el carácter. Lo revelan.
¿Qué es la integridad?
La integridad es la expresión visible del carácter. Podría definirse como la coherencia sostenida entre lo que una persona piensa, dice, valora y hace, entendiendo que una persona íntegra no es aquella que nunca se equivoca. Es aquella que procura actuar de acuerdo con sus principios y valores, reconoce sus errores y asume las consecuencias de sus actos.
Si el carácter es la raíz, la integridad es el fruto. Si el carácter es la estructura interna, la integridad es la evidencia observable. Por eso la integridad no se mide por los discursos. Se mide por los comportamientos repetidos a lo largo del tiempo.
Una competencia esencial para gobernar
Cuando una organización busca un gerente o a su presidente, o una junta directiva escoge a su director ejecutivo, la evaluación del carácter suele ser tan importante o más como la evaluación de sus competencias técnicas. Y sin embargo, es paradójico , cuando elegimos a la persona que tendrá el mayor poder político del país, solemos dedicar mucho más tiempo a analizar sus propuestas o pronunciamientos, que a examinar su carácter y su integridad . Y eso es una contradicción enorme, especialmente en personas que manejan organizaciones, y que nunca aceptarían un proceso de selección sin estos requisitos.
Porque los presidentes no gobiernan únicamente con conocimientos técnicos. Gobiernan con sus emociones, sus prejuicios, sus fortalezas y debilidades, con su relación con la verdad, su capacidad para escuchar, construir y su actitud frente al poder.. Y esas son precisamente las manifestaciones fundamentales de su carácter y las bases de su integridad.
Una lección que Colombia debería aprender
La experiencia reciente del país ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre este tema. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el gobierno de Gustavo Petro deja una pregunta que vale la pena formular con serenidad: ¿Cuántos de los problemas que hoy enfrenta Colombia son consecuencia de sus decisiones programáticas y cuántos son consecuencia de rasgos de su carácter que ya eran visibles antes de llegar a la Presidencia?
Durante estos años hemos observado sus inmensas dificultades para construir consensos estables, sus conflictos recurrentes con múltiples instituciones, una alta rotación de funcionarios, una narrativa de confrontación permanente, una creciente polarización política y social que ha promovido cada vez más.
También hemos visto una tendencia a mentir sin rubor, interpretar la realidad en términos de aliados y adversarios, una relación compleja con los límites institucionales y una gran dificultad persistente para construir puentes con quienes piensan diferente.
Para efectos de esta reflexión, lo importante aquí no es discutir si estas conductas son buenas o malas. Lo importante es reconocer que muchas de ellas no aparecieron después de llegar al poder. Aún más, fueron evidentes cuando fue Alcalde de Bogotá. Ya estaban presentes. Eran visibles para quien quisiera observarlas. Y lo que hizo en su paso por la Presidencia fue amplificarlas.
Quizás la lección más inquietante es que no parece que hayamos aprendido lo suficiente de la experiencia reciente con Petro. Hace apenas seis meses, a muy pocos colombianos se les habría ocurrido que los dos finalistas de esta contienda presidencial, tenía los méritos suficientes para ser quienes hoy se disputan la Presidencia. Sin embargo, aquí estamos.
Los dados están echados y millones de ciudadanos tendremos que tomar una decisión entre dos opciones de las que conocemos muy poco a nivel de la persona y sobre quienes hay dudas razonables sobre sus capacidades, carácter e integridad, para enfrentar el mayor reto que haya enfrentado un nuevo presidentes en la historia contemporánea de Colombia.
El ejemplo de Petro nos debe haber evidenciado la razón por la cual el carácter y la integridad si importan. Y la demostración de que el poder rara vez transforma a las personas. Más bien revela quiénes son realmente. La pregunta que en Colombia nos deberíamos haber hecho desde hace meses, no era solamente qué proponían los candidatos , dos de los cuales son los finalistas, para enfrentar los inmensos retos , que un país descuadernado, enfrentará en los próximos cuatro años. Hay una pregunta es mucho más profunda: ¿Qué nos dice la trayectoria de cada uno sobre la manera en que ejercerá el poder cuando enfrente las inevitables crisis, presiones y dilemas que acompañan el gobierno de una nación?
Por estas razones, considero que nunca es tarde para hacer este tipo de reflexiones. Los nombres que aparecen en el tarjetón ya no pueden cambiarse. Pero la experiencia que Colombia ha vivido en los últimos años debería servirnos para entender cómo llegamos a este punto y para recordarnos cuáles son las consecuencias de ignorar el carácter y la integridad de quienes aspiran al poder, y cuyos efectos que no desaparecen después de las elecciones. Por el contrario, lamentablemente suelen acompañar a una nación durante todo un período de gobierno.
A partir de los comentarios anteriores caben varias reflexiones que me veo obligado hacer.
Primera reflexión: el carácter siempre termina gobernando
Existe una creencia muy extendida según la cual los gobiernos son el resultado de los programas que prometen sus candidatos. La realidad suele ser diferente. Los gobiernos terminan siendo el reflejo del carácter y la integridad de quienes los lideran. Un presidente no gobierna únicamente con sus ideas. Gobierna con sus hábitos y emociones, sus fortalezas y debilidades, su capacidad de escuchar y su relación con la verdad. Gobierna con su actitud frente a quienes piensan distinto y con su disposición a reconocer errores. Pero también, con su capacidad para construir confianza.
Cuando llegan las crisis —y siempre llegan— los discursos dejan de ser suficientes. Las circunstancias exigen decisiones complejas, muchas veces imposibles de anticipar durante una campaña como fue el COVID . Es entonces cuando aparece el verdadero líder y no el que estaba en los afiches, o el que hablaba o no lo hacía en los debates. Aparece el ser humano detrás del cargo y por eso, la trayectoria importa tanto. Porque el carácter y la integridad demostrados en el pasado, suelen ser el mejor predictor disponible del comportamiento futuro.
Segunda reflexión: los problemas de Colombia no son solamente técnicos
Una de las enseñanzas más valiosas de Ronald Heifetz consiste en diferenciar los retos técnicos de los retos adaptativos. Los retos técnicos pueden resolverse mediante expertos, recursos o mejores procedimientos. Los retos adaptativos exigen cambios en comportamientos, creencias, relaciones y formas de pensar.
Muchos de los problemas que hoy enfrenta Colombia pertenecen a esta segunda categoría como la polarización, la pérdida de confianza, la incapacidad para construir acuerdos., la fragmentación social, el deterioro del respeto institucional, la dificultad para cooperar entre diferentes.
Ninguno de estos desafíos puede resolverse únicamente mediante decretos o reformas legales. Son problemas de liderazgo. Y el ejercicio del liderazgo está profundamente relacionado con el carácter y la integridad.
Una persona puede tener excelentes ideas y ser incapaz de convocar. Puede tener razón y no generar confianza. Puede ser brillante intelectualmente y fracasar en la construcción de consensos. Las sociedades terminan pareciéndose menos a los programas de gobierno y más a la forma como sus dirigentes ejercen su liderazgo.
Tercera reflexión: el poder amplifica las fortalezas y las debilidades
Existe una idea muy popular según la cual el poder cambia a las personas. La evidencia histórica sugiere algo distinto.
El poder amplifica la prudencia o la imprudencia, la humildad o la arrogancia, la capacidad de escuchar o la incapacidad de hacerlo, la honestidad o la tendencia a justificar cualquier conducta. Por eso resulta tan peligroso elegir pensando que el cargo corregirá los defectos de carácter y de integridad de quien lo ocupa. La experiencia demuestra que sucede exactamente lo contrario.
Los defectos que parecían manejables durante una campaña suelen convertirse en problemas nacionales cuando quien los posee gracias a los votos recibe enormes cuotas de poder.
La historia está llena de ejemplos de líderes que prometieron unir y terminaron dividiendo. Que prometieron escuchar y terminaron imponiendo. Que prometieron respetar las reglas y terminaron tratando de modificarlas a su conveniencia. Y por eso la pregunta sobre el carácter y la integridad no es secundaria. Es central.
Cuarta reflexión: el error que los ciudadanos solemos cometer ( Espejito, espejito dime la verdad)
Quizás la lección más importante de esta elección tenga menos que ver con los candidatos y más con nosotros mismos. Antes de criticar hacia afuera debemos de vernos en un espejo hacia adentro. Por no hacerlo, como ciudadanos solemos hacernos las preguntas equivocadas.
Preguntamos: ¿Quién tiene las mejores propuestas? ¿Quién representa mejor mis creencias e ideas? ¿Quién derrotará a quienes considero responsables de los problemas del país? ¿Quién pertenece a mi tribu política o a mi burbuja ideológica ?
Pero muy rara vez nos preguntamos:
¿Dice la verdad? ¿Cumple su palabra? ¿Respeta los límites institucionales? ¿Escucha opiniones diferentes? ¿Reconoce errores? ¿Aprende? ¿Genera confianza? ¿Tiene autocontrol? Si lo hubiéramos hecho, Petro con sus antecedentes en la Alcaldía de Bogotá, no hubiera llegado nunca al poder como presidente de Colombia.
Para algunos lectores, estas preguntas parecen menos emocionantes que los debates ideológicos. Sin embargo, por su impacto son mucho más importantes . Porque las propuestas pueden fracasar o los planes pueden cambiar. Las circunstancias pueden transformarse. Pero cuando el carácter de una persona impacta su integridad, tarde o temprano esa carencia termina afectando las instituciones que dirige. Y cuando su pésimo ejemplo se expande y muchos ciudadanos dejan de valorar la integridad, la cultura política comienza a desmoronarse y el sistema democrático se pone en serio peligro .
Cuando esto sucede, la mentira se normaliza. La agresión se vuelve aceptable. La descalificación reemplaza al diálogo. La confianza desaparece. Lo inadmisible se vuele admisible. Y la democracia comienza a debilitarse aceleradamente desde adentro porque la indignación desaparece.
La pregunta que realmente estamos respondiendo
El próximo 21 de junio los colombianos no estaremos escogiendo únicamente un programa de gobierno. Tampoco estaremos escogiendo solamente una orientación ideológica. A la luz de mis reflexiones anteriores, sobre el impacto del carácter y la integridad, nos estaremos respondiendo una pregunta mucho más profunda: ¿A cuál de los dos finalistas estamos dispuestos a confiarle el inmenso poder de gobernar Colombia?
La respuesta exige mirar más allá de los discursos, más allá de las campañas y las emociones del momento. Nos debe exigir observar sus trayectorias, patrones de comportamiento, frente a la verdad, frente al poder y a quienes piensan diferente.
Porque las naciones rara vez son mejores que el carácter y la integridad de quienes las gobiernan. Y cuando una sociedad deja de evaluar estas dimensiones de sus dirigentes, termina descubriendo demasiado tarde que las fallas morales que ignoró durante la campaña se convierten en problemas institucionales en su gobierno y en una crisis de legitimidad para el país.
Quizás la pregunta más importante de esta elección no sea quién puede ganar. Quizás sea otra: ¿Qué tipo de carácter e integridad debe de tener quien aspira a ser Presidente, necesita Colombia para unir a sus habitantes y comenzar a sanar las heridas que hoy la dividen?
Las naciones no solo eligen programas de gobierno. Eligen formas de ejercer el poder.. Si Colombia quiere resultados distintos, quizás deba comenzar a hacerse otra pregunta diferente: mas allá de lo qué proponga el candidato, preguntarse quién es él realmente cuando nadie lo está observando y cuáles son sus verdaderas intensiones, para no sorprenderse negativamente más adelante como hoy nos ha sucedido con Petro