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sábado, 16 de mayo de 2026

El suicidio estratégico de las democracias: lecciones de Estados Unidos para Colombia

  

Instituciones, libertad, poder y la urgente necesidad de reconstruir la república desde dentro

En una reciente conversación en el Council on Foreign Relations de Nueva York, el historiador Timothy Snyder lanzó una advertencia que debería resonar mucho más allá de los Estados Unidos: las grandes potencias no siempre son derrotadas por enemigos externos; a veces comienzan a destruirse a sí mismas desde dentro. En esto coincide con el planteamiento que hizo el profesor e investigador Mauricio Gaona en una entrevista hecha en Medellín esta semana y que debe ser escuchada por mucha gente.

Snyder describió el momento actual de Estados Unidos como un posible “suicidio de superpotencia”: un proceso voluntario mediante el cual una nación debilita deliberadamente sus instituciones, fractura sus alianzas, erosiona su cultura democrática y vacía de contenido práctico valores fundamentales como la libertad, el estado de derecho y la ciudadanía.

Aunque su análisis se centra en Estados Unidos, sus lecciones son profundamente relevantes para países como Colombia, donde la polarización, la fragilidad institucional, la desigualdad, la manipulación emocional y el deterioro del debate público plantean interrogantes inquietantes sobre la salud futura de la democracia, como también lo advierte Gaona en su entrevista..

La pregunta no es si Colombia es Estados Unidos. La pregunta es si también estamos en el proceso avanzado de debilitarnos estratégicamente desde dentro.

La fortaleza de una nación comienza por la fortaleza de su Estado

Snyder insiste en una verdad fundamental: para ser una potencia, primero hay que ser un Estado. No basta con tener recursos, población o ubicación estratégica. Una nación solo puede sostenerse si sus instituciones son legítimas, funcionales y reconocidas como patrimonio común.

El verdadero peligro surge cuando el Estado deja de concebirse como una estructura al servicio del conjunto de la ciudadanía y comienza a utilizarse como instrumento de facciones ideológicas, intereses personales o proyectos de poder excluyentes. Esta reflexión tiene una resonancia directa para Colombia.

Durante años hemos visto cómo múltiples gobiernos, desde distintos espectros, han contribuido al debilitamiento progresivo de la confianza institucional. Sin embargo, cuando desde el poder se desacreditan sistemáticamente órganos de control, se tensionan las relaciones con sectores estratégicos como las Fuerzas Armadas, se polariza deliberadamente a la ciudadanía o se privilegia la confrontación emocional sobre la gobernanza técnica, el riesgo se profundiza.

La erosión republicana rara vez comienza con una ruptura espectacular. Más frecuentemente comienza cuando el Estado deja de ser percibido como “de todos”. Gaona en su reciente libro hace un recorrido histórico a nivel mundial, para mostrar las consecuencias y advierte que, en estas elecciones, Colombia se juega su futuro como democracia. Y a solo dos semanas de la primera vuelta, nuestro país muestra todas las señales de que vamos por ese camino si llega Cepeda al poder.

La democracia no es solo votar: es aceptar límites

Uno de los aportes más poderosos de Snyder es recordar que la democracia no consiste simplemente en elecciones periódicas, la Democracia implica aceptar reglas, respetar contrapesos, proteger minorías y garantizar la sucesión pacífica del poder.

Cuando actores políticos convierten cada elección en una batalla existencial, cuando perder se vuelve intolerable y cuando las instituciones son tratadas como obstáculos en lugar de garantías, el sistema comienza a fracturarse. 

En Colombia, donde la política ha operado históricamente bajo altos niveles de desconfianza, esta advertencia es crucial. La democracia no sobrevive solo por procedimientos. Sobrevive porque existe una cultura política que acepta límites éticos. Sin esa cultura, el voto puede convertirse en una herramienta de destrucción institucional.

La libertad vacía: el peligro de reducirla a ideología

Snyder distingue entre dos tipos de libertad:

  • Libertad negativa: libertad “de” restricciones.
  • Libertad positiva: libertad “para” desarrollar una vida digna.


Según el Dr Gaona, quien es colombiano pero que vive hace muchos años fuera de su país, el sustento de la Democracia es la libertad, que al final del juego, es lo que hoy está en el mayor peligro desde que Colombia se declaró una república según este brillante analista y experto internacional. 


Pero la diferencia que propone Snyder, resulta esencial. Prometer libertad mientras millones carecen de acceso real a educación, salud, movilidad social o seguridad no fortalece la democracia; la debilita. La libertad puramente retórica se convierte en frustración.

En Colombia, donde amplios sectores enfrentan barreras estructurales profundas, esta tensión es evidente. La ausencia de oportunidades sostenibles genera terreno fértil para narrativas populistas que explotan el resentimiento y ofrecen soluciones emocionales simplistas como lo ha hecho Petro durante su mandato que quiere prolongar con Cepeda en el poder..

El mensaje es claro; la verdadera libertad requiere condiciones prácticas. Sin ellas, el ciudadano no experimenta ciudadanía, sino precariedad.

Desigualdad, oligarquía y populismo

Snyder subraya que cuando la riqueza y el poder se concentran excesivamente, la democracia se erosiona porque la movilidad social se desploma. Cuando las personas dejan de creer que pueden progresar dentro del sistema, comienzan a buscar atajos. Ese vacío puede ser ocupado por figuras mesiánicas, proyectos autoritarios o movimientos basados más en resentimiento que en institucionalidad.

Colombia conoce bien este riesgo. Nuestra desigualdad histórica no solo ha sido económica; también ha sido institucional, educativa y cultural. En estos contextos, el populismo encuentra una oportunidad poderosa: canalizar frustraciones reales hacia proyectos políticos que prometen redención, soluciones simplistas, pero que profundizan la fragilidad del sistema.

La crisis de información y la manipulación emocional

Snyder también ofrece una crítica contundente al ecosistema informativo contemporáneo. Las redes sociales, lejos de fortalecer necesariamente la democracia, la está  debilitando al:

  • reducir capacidad de atención,
  • amplificar emociones,
  • simplificar complejidades,
  • erosionar la deliberación racional.


Colombia vive hoy esta realidad intensamente. La conversación pública está cada vez más dominada por indignación, viralidad y confrontación. La democracia requiere ciudadanos. No solo audiencias emocionales. Cuando el espacio público se degrada en espectáculo, como hoy lo hace De la Espriella, la verdad pierde poder.

La ética como infraestructura invisible

Quizás la lección más profunda de Snyder es que el poder sostenible depende de una infraestructura moral. Sin valores compartidos como:

  • honestidad,
  • dignidad,
  • respeto institucional,
  • solidaridad,
  • responsabilidad,


la democracia pierde su lenguaje de autodefensa. La corrupción se normaliza. El abuso se trivializa. La mentira se vuelve estrategia. Y el deterioro se acelera. Esto conecta profundamente con una de las grandes preocupaciones que Colombia enfrenta hoy: la privatización de la moralidad y la pérdida de un orden ético compartido. Y como nos advierte Mauricio Gaona, el marcos ético de quien aspire a llegar al poder en Colombia, hoy cuenta más que nunca.

Cuando una sociedad deja de distinguir con claridad entre lo correcto y lo incorrecto, se vuelve mucho más vulnerable al deterioro democrático y pierde la libertad y su norte.

La gran lección para Colombia: antes que partidos, ciudadanía organizada

Snyder recuerda que las transiciones exitosas hacia democracias sanas no surgen únicamente de elecciones. Surgen de movimientos cívicos robustos, organización social, liderazgo ciudadano y reconstrucción cultural. Esta es quizás la enseñanza más práctica para Colombia de cara a 2026.

No bastará con derrotar electoralmente proyectos dañinos si no se fortalece simultáneamente:

  • la cultura democrática,
  • el liderazgo colectivo,
  • la ética pública,
  • la confianza social.


Las elecciones importan. Pero la reconstrucción republicana depende de algo mucho más profundo. Depende de construir un ciudadanía corresponsable y conciente de su papel para defender su libertad como la base de una verdadera democracia.

Conclusión: Colombia ante su propia prueba republicana

Timothy Snyder plantea que incluso las democracias más poderosas pueden comenzar a destruirse cuando abandonan las bases éticas, institucionales y culturales que sostienen su libertad.

Colombia, aunque en circunstancias distintas, enfrenta una prueba comparable.  No estamos simplemente ante un debate ideológico. Estamos ante una pregunta más profunda: ¿Seremos capaces de reconstruir un proyecto compartido de nación antes de seguir debilitándonos desde dentro?

Las democracias rara vez colapsan de manera súbita. Con mayor frecuencia, se deterioran lentamente cuando ciudadanos, líderes e instituciones dejan de defender activamente aquello que las sostiene. Por eso, el verdadero desafío colombiano no es únicamente político. Es cultural. Es moral. Es adaptativo. Porque más allá de gobiernos, partidos o elecciones, el futuro dependerá de si somos capaces de recordar una verdad esencial:

Colombia solo podrá cuidarse si sus ciudadanos deciden cuidar nuevamente su democracia.


domingo, 10 de mayo de 2026

Cómo activar a la clase media para cuidar a Colombia

                                                              De la mayoría silenciosa a la mayoría decisiva

En un blog anterior , que sugiero leerlo para entender el de esta semana, planteaba una idea incómoda pero necesaria: Colombia no solo está polarizada… está incompleta. Le falta una voz. La de millones de ciudadanos —en su mayoría pertenecientes a la clase media— que sostienen el país, pero que han optado por el silencio. Ahora viene la pregunta realmente importante: ¿Cómo activar esa voz?

Porque entender el problema es apenas el primer paso. El verdadero desafío es convertir esa mayoría silenciosa en una mayoría decisiva.

El error de esperar que la clase media “reaccione sola”

Hay una suposición implícita que ha demostrado ser equivocada: creer que, ante el deterioro institucional o la radicalización política, la clase media reaccionará de manera natural. No lo ha hecho. Y no lo hará.  No porque no le importe el país, sino porque no tiene un canal claro, un lenguaje adecuado ni un propósito movilizador que la convoque.

La clase media no se moviliza por consignas ideológicas.No responde a discursos extremos. No se siente representada en la confrontación. Se activa por algo distinto:

  • Sentido de estabilidad
  • Protección de lo construido
  • Oportunidad de futuro
  • Responsabilidad con su entorno

Y, sobre todo, por algo que ha estado ausente: una invitación concreta a participar.

Activar no es indignar: es convocar

Aquí hay un cambio conceptual fundamental. Durante años, buena parte de la movilización política ha estado basada en la indignación. En señalar lo que está mal. En exacerbar emociones negativas. Pero la clase media no se activa sostenidamente desde la rabia. Se activa desde el sentido. Desde la posibilidad de construir. Desde la percepción de que su participación tiene impacto.

Por eso, el reto no es amplificar el malestar. Es canalizarlo hacia la acción constructiva.

Cinco claves para activar a la clase media en Colombia

Si queremos que esta mayoría silenciosa se convierta en protagonista, es necesario cambiar la forma en que se le invita a participar. Aquí hay cinco propuestas de acción concretas:

1. Darle un rol claro: de espectador a protagonista

La clase media no necesita más análisis. Necesita un papel. Hoy se le habla como observadora del país. Hay que empezar a hablarle como corresponsable de su futuro.Esto implica un cambio de narrativa: De “el país está mal” a “el país también depende de usted”. Cuando las personas sienten que su rol importa, actúan. Cuando sienten que son irrelevantes, se retraen.

2. Bajar la política al nivel de la vida cotidiana

Uno de los grandes errores del debate público es su nivel de abstracción. La clase media no vive en el plano ideológico. Vive en lo concreto:

  • Seguridad en su barrio
  • Calidad de la educación de sus hijos
  • Movilidad
  • Estabilidad económica
  • Salud física y mental

Activarla implica conectar el futuro del país con su vida diaria. No hablar de “modelos políticos”, sino de cómo lo que está en juego afecta directamente su realidad.

3. Crear espacios de participación cercanos y tangibles

La movilización no ocurre en el vacío. Necesita espacios. Aquí es donde la propuesta  de Colombia es Buena tiene una potencia extraordinaria: Los conjuntos residenciales, las universidades, las empresas, las comunidades locales…son el lugar natural donde la clase media puede activarse. No desde marchas esporádicas. Sino desde procesos continuos: Conversaciones estructuradas. Proyectos comunitarios. Redes de liderazgo local. Laboratorios de solución de problemas

La activación real no es masiva en su inicio. Es capilar y se construye desde lo cercano.

4. Construir una narrativa de cuidado, no de confrontación

La clase media rechaza la polarización. Pero no porque no tenga posición, sino porque no se siente representada en el lenguaje de los extremos. Aquí está una de las mayores oportunidades estratégicas y el error que hay que corregir: El concepto de cuidar a Colombia conecta profundamente con sus valores. Porque cuidar implica: Responsabilidad. Protección. Construcción. Continuidad de lo que si funciona .

No es un lenguaje de lucha y si de escucha. Es un lenguaje de pertenencia. Y eso es lo que permite sumar, no dividir.

5. Mostrar que sí es posible incidir

Nada desmoviliza más que la sensación de inutilidad. Si la clase media siente que su participación no cambia nada, no participará. Por eso es fundamental: Visibilizar casos reales de impacto. Mostrar avances concretos. Medir resultados. Comunicar logros. Y sobre todo también escuchar.

Aquí es donde metodologías como el impacto colectivo son clave. Porque permiten demostrar que la acción coordinada sí transforma.

De ciudadanos silenciosos a ciudadanos conectados

El verdadero cambio no ocurre cuando la gente opina más. Ocurre cuando la gente se conecta y se relaciona mejor. Cuando deja de actuar de manera aislada y empieza a formar parte de algo más grande. La clase media colombiana no está desinteresada. Está desconectada. Y reconectarla no es un desafío político tradicional. Es un desafío social, cultural y organizacional.

El papel del liderazgo: encender, motivar y no imponer

Aquí aparece una pregunta clave: ¿Quién activa a la clase media? La respuesta no está en un líder único. Está en una red. En líderes que entienden que su rol no es dirigir desde arriba, sino activar desde abajo. Líderes que: Convocan. Conectan. Facilitan. Visibilizan e inspiran

Hay que entienden algo fundamental: que el liderazgo de hoy y hacia el futuro es y será  colectivo.

2026: la elección que puede activar o consolidar el silencio

La elección de 2026 no solo definirá un gobierno. Definirá si la clase media sigue siendo espectadora o se convierte en protagonista. Si permanece en silencio, el país seguirá siendo definido por minorías intensas. Si se activa, puede reequilibrar el sistema que hoy la extrema izquierda busca mantener desequilibrado. Pero esa activación no ocurrirá por accidente. Requiere estrategia, narrativa, espacios, liderazgo.

Una invitación final: pasar del “me preocupa” al “me involucro”

Colombia no necesita más ciudadanos preocupados. Necesita ciudadanos involucrados. Y la clase media tiene todo lo necesario para asumir ese papel: Capacidad. Educación. Redes. Experiencia. Sentido de país. Lo único que falta es el paso más difícil: Decidir participar. Porque al final, el futuro de Colombia no se definirá únicamente en las urnas. El movimiento Colombia es buena, vale la pena cuidarla, busca hacer un aporte en esta dirección, con un sentido de mediano y de largo plazo.

Pero para lograrlo, dependerá de la capacidad de millones de ciudadanos de dejar de ser espectadores… y empezar a ser actores.Y esa transformación —silenciosa al comienzo, pero poderosa en sus efectos— puede ser la clave para abrir un nuevo capítulo en la historia del país. Uno donde la voz que hoy no se escucha… termine siendo la que haga la diferencia.


viernes, 1 de mayo de 2026

La mayoría silenciosa

 La voz de la clase media que Colombia  necesita despertar en 2026 

Como una continuidad a los temas tratados en el libro de Hernando Gómez Buendía “Colombia después de Petro”, por los comentarios que recibí, me di cuenta que hay un vacío en el proceso electoral actual que es urgente visibilizarlo: el país no solo está polarizado… está incompleto.

Mientras el debate público se radicaliza y el país parece atrapado en una confrontación permanente entre los extremos de izquierda y derecha, hay una realidad que pocos están dispuestos a reconocer: el verdadero centro de gravedad de Colombia no está en los discursos más estridentes, sino en una mayoría silenciosa que no se identifica con ninguno de los extremos.

 Me refiero al “centro” —más que una posición ideológica— es un espacio vital donde habitan millones de colombianos, en su mayoría pertenecientes a la clase media, que han optado por apartarse del ruido, no por indiferencia sino por desconfianza. Sin embargo, su silencio está teniendo un costo: al no participar, están dejando que otros definan el rumbo del país. Y así, paradójicamente, mientras los extremos dominan la conversación, el verdadero país —el que trabaja, construye y sostiene— permanece invisible y mudo.

No es la ausencia de una voz marginal. No es una minoría irrelevante. Es, en realidad, la voz de millones de colombianos que sostienen el país todos los días… pero que han optado por el silencio. Me refiero a la clase media.

El país que funciona… pero no se expresa

La clase media colombiana madruga, trabaja, paga impuestos, educa a sus hijos, cumple —en la medida de lo posible— las reglas del juego, y mantiene en funcionamiento gran parte de la vida económica y social del país. Es el tejido que conecta la institucionalidad con la vida cotidiana. Es el espacio donde se construyen aspiraciones, movilidad social y sentido de progreso.

Y, sin embargo, hoy está muy ausente. Observa, analiza, comenta en privado… pero no actúa colectivamente. Ese silencio, en un momento como el actual, no es neutro. Es un vacío. Y todo vacío en política termina siendo ocupado.

La lección que sí entendió Petro

Uno de los aprendizajes más importantes del momento actual —y que Hernando Gómez Buendía ayuda a entender con claridad con su nuevo libro Colombia después de Petro, — es que la llegada de Petro al poder no fue una casualidad ni una anomalía. Fue la expresión de un cambio más profundo. Petro entendió algo que otros sectores ignoraron: el poder de la narrativa como herramienta de movilización.

Logró darle voz a quienes se sentían invisibles. Transformó frustraciones dispersas en identidad política. Convirtió el malestar en causa.

Pero esa construcción tuvo un rasgo determinante: fue una narrativa que no integró, sino que dividió. En lugar de articular al país, lo fragmentó. En lugar de sumar voces, las jerarquizó. Y en ese proceso, sectores como la clase media quedaron desdibujados, cuando no directamente cuestionados.

El riesgo de una narrativa excluyente

Aquí aparece una diferencia clave que Colombia debe entender hacia adelante. Dar voz a los excluidos es necesario. Pero hacerlo a costa de invisibilizar a otros es profundamente equivocado.

Las sociedades que avanzan no reemplazan unas voces por otras. Las articulan. Sin embargo, buena parte del discurso reciente ha operado bajo una lógica de confrontación permanente: unos contra otros, víctimas contra responsables, pueblo contra “élites”, como si el país pudiera dividirse en categorías simples. Esa simplificación no solo es falsa. Es peligrosa porque rompe los puentes que permiten construir futuro.

La clase media: entre el miedo y la falta de relato

¿Por qué la clase media no ha reaccionado? . No es por falta de conciencia. No es por indiferencia real. Es, en buena medida, por tres factores: Primero, el miedo. El costo de opinar en un entorno polarizado es alto. Segundo, el cansancio. Años de frustración han erosionado la confianza en la posibilidad de cambio. Y tercero —quizás el más importante—: la ausencia de una narrativa que la convoque.

A la clase media no se le ha hablado como actor central del país. No se le ha ofrecido un relato en el cual reconocerse. Y sin relato, no hay movilización como ya lo hemos visto en blogs sobre el poder de las narrativas.

La oportunidad: una narrativa que integre, no que divida

Aquí es donde se abre una posibilidad extraordinaria de cara a 2026. Si algo ha demostrado este momento histórico es que las narrativas importan. Que las historias que una sociedad decide creer pueden cambiar su rumbo. Colombia no necesita una nueva narrativa que sustituya una polarización por otra. 

Necesita una narrativa que integre. Una narrativa que reconozca el dolor de los excluidos, pero también el esfuerzo de quienes han sostenido el país. Que entienda la desigualdad sin desconocer la construcción. Que convoque desde la responsabilidad, no desde el resentimiento. Y aquí es donde su propuesta cobra una relevancia estratégica profunda.

“Colombia es buena”: una narrativa que sí incluye

El movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla introduce un elemento que ha estado ausente en el debate público: una narrativa que no excluye, sino que suma. No parte del diagnóstico de la destrucción, sino del reconocimiento de lo que funciona. No convoca desde la rabia, sino desde el cuidado. Y, sobre todo, no plantea una lucha entre sectores, sino una corresponsabilidad compartida.

En ese marco, la clase media encuentra algo que hoy no tiene en el escenario político: un lugar. Un rol. Un propósito.

Dar voz a la clase media no es excluir: es equilibrar

Darles voz a millones de colombianos de clase media no implica invisibilizar a otros. Implica recuperar el equilibrio. Porque una democracia sana no se construye sobre la supremacía de un grupo, sino sobre la participación de todos. 

La clase media no es un actor secundario. Es un puente social. Conecta aspiraciones con realidades. Articula lo público con lo privado. Sostiene buena parte de la confianza institucional. Pero hoy, ese puente está debilitado. Y fortalecerlo es una tarea urgente.

Del silencio a la acción: el verdadero llamado

El desafío no es simplemente “darle voz” a la clase media. Es invitarla a asumir su papel. A pasar de la conversación privada a la acción pública. De la crítica a la construcción. De la distancia a la corresponsabilidad. Y esto no se logra con discursos políticos tradicionales. Se logra con una narrativa que convoque, que inspire y que conecte con algo más profundo: el sentido de pertenencia.

Porque al final, las sociedades cambian cuando sus ciudadanos deciden involucrarse.

2026: una decisión que no admite espectadores

La elección de 2026 no será una elección más. Será una definición de rumbo. Y en ese momento, la diferencia no la marcarán únicamente los liderazgos visibles. La marcarán los millones de ciudadanos que hoy están en silencio. Si ese silencio se mantiene, otros decidirán por ellos. Si ese silencio se transforma en acción, el país puede cambiar de dirección.

Una voz que completa la historia

Insisto, Colombia no necesita reemplazar unas voces por otras. Necesita escucharse completa. Hoy, esa historia está incompleta. Le falta una voz. La de la clase media que sostiene el país… pero que aún no ha decidido hablar. Si esa voz emerge, si encuentra un relato que la convoque, si se conecta con otros sectores desde una lógica de colaboración, Colombia puede abrir un nuevo capítulo. Un capítulo donde el liderazgo no divida, sino que articule. Donde la política no enfrente, sino que convoque.

Y donde, finalmente, entendamos que cuidar a Colombia no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos los ciudadanos. 


sábado, 25 de abril de 2026

Cómo enfrentar a Trump y Petro sin caer en sus trampas

Una guía para sociedades que no quieren ser manipuladas

Durante las últimas semanas he explorado, a partir del libro de Hernando Gómez Buendía, cómo es posible que líderes que desafían las normas y vulneran los principios básicos de la democracia logren llegar al poder. Este blog, con el que cierro la serie, plantea la pregunta que realmente importa: ¿cómo enfrentarlos sin terminar jugando bajo sus reglas?

Entender a dirigentes políticos  como Donald Trump o Gustavo Petro es apenas el primer paso. El verdadero desafío comienza después: cómo enfrentarlos sin reforzar las dinámicas que los hacen fuertes.

Porque aquí hay una paradoja fundamental que muchas sociedades no han logrado comprender: la reacción equivocada frente a este tipo de liderazgo termina fortaleciéndolo. No se trata solo de oponerse. Se trata de hacerlo de manera inteligente.

El error más común: jugar el juego del líder que se quiere enfrentar

Liderazgos como los que hemos analizado operan bajo reglas distintas. No buscan consenso, buscan control de la narrativa. No buscan precisión, buscan impacto. No buscan estabilidad, buscan dominancia emocional.

Cuando sus opositores responden: con indignación permanente, con sobre-reacción mediática, o con ataques personales constantes, lo que hacen —sin darse cuenta— es entrar en su terreno. Y en ese terreno, ellos siempre llevan ventaja.

Algunas trampas en las que no hay que cae

1. La trampa de la reacción permanente

Responder a cada provocación es perder el foco estratégico. Estos líderes generan múltiples frentes de conflicto para dispersar la atención. La clave: elegir las batallas, no reaccionar a todas.

2. La trampa de la superioridad moral

Descalificar al líder y a sus seguidores como “ignorantes” o “manipulados” no debilita su base. La radicaliza. La clave: entender las emociones detrás del apoyo, no negarlas.

3. La trampa de la hiperracionalidad

Creer que los datos, los argumentos técnicos o la evidencia desmontan narrativas emocionales es un error. Las personas no toman decisiones políticas solo con la razón. La clave: combinar razón con un relato relato que emocione, conecte y abra posibilidades.

4. La trampa de la fragmentación

Dividirse entre opositores, competir por protagonismo o no construir agendas comunes, es exactamente lo que estos liderazgos buscan. La clave: construir mínimos compartidos.

5. La trampa del corto plazo

Intentar derrotar a estos liderazgos solo en elecciones, sin construir bases culturales y sociales, es insuficiente. La clave: pensar en procesos, no solo en coyunturas.

Entonces, ¿qué sí funciona?

Frente a este tipo de liderazgo, la respuesta no puede ser simplemente política. Tiene que ser cultural, narrativa y colectiva. Sobre el tema de narrativas y liderazgo colectivo he venido escribiendo en los últimos meses. De esas reflexiones quisiera destacar los siguientes puntos:

1. Construir una narrativa más poderosa (no solo una crítica mejor)

Estos líderes ganan porque cuentan historias que conectan con emociones profundas: miedo, frustración, resentimiento, identidad. No basta con desmontar sus relatos. Hay que ofrecer uno mejor. Aquí es donde nuestra propuesta, adquiere una relevancia estratégica extraordinaria: “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” no es un eslogan. Es una contra-narrativa. Una narrativa que: no niega los problemas, pero tampoco reduce al país a ellos, y moviliza desde el cuidado, no desde la rabia.

2. Recuperar el valor de lo colectivo

Uno de los patrones más claros en estos liderazgos es su capacidad de dividir. Por eso, la respuesta no puede ser individual. Debe ser colectiva. Esto implica: construir redes de liderazgo, conectar sectores que tradicionalmente no dialogan, y generar espacios de colaboración real. No como discurso, sino como práctica.

3. Desarrollar liderazgo adaptativo

Aquí es imposible no traer a Ronald Heifetz. El gran error de muchas élites ha sido tratar este fenómeno como un problema técnico: mejorar la comunicación, ajustar políticas, cambiar voceros. Pero lo que estamos enfrentando es un reto adaptativo. Esto significa que: no hay soluciones rápidas, implica cambios culturales profundos, y requiere movilizar a la sociedad, no solo dirigirla.

4. Reconectar con la ciudadanía real (no con la idealizada)

Muchos análisis parten de cómo “deberían pensar” los ciudadanos, no de cómo realmente piensan y sienten. Estos liderazgos conectan porque escuchan el malestar, lo validan, y lo convierten en relato. La respuesta no es corregir a la gente. Es reconectar con ella.

5. Fortalecer instituciones desde la cultura, no solo desde la norma

Las instituciones no se sostienen solo con reglas. Se sostienen con legitimidad. Y la legitimidad es cultural. Si la ciudadanía no cree en las instituciones, estas se debilitan, independientemente de su diseño formal.

Una idea clave: no se trata de derrotar al líder, sino de cambiar el contexto

En este punto hay un giro conceptual importante. El objetivo no puede ser únicamente “derrotar” a líderes como Trump o Petro. Porque si las condiciones que los hicieron posibles siguen intactas, aparecerán otros. El verdadero objetivo es transformar el contexto que los produce: la desconfianza, la fragmentación, la pérdida de sentido colectivo, la debilidad institucional.

El rol de la clase media (y su silencio)

Esto conecta directamente con una reflexión más reciente que voy a compartir en el próximo blog. Hay un actor clave que no está jugando el papel que podría: la clase media. Una gran masa de ciudadanos: que no está en los extremos, que no se siente representada, pero que tampoco está participando activamente.

Activarla no significa radicalizarla. Significa darle voz sin quitarle la voz a nadie más. Ahí siento que hay una oportunidad enorme para explorar y aprovechar.

Reflexión final: el tipo de liderazgo que necesitamos

Frente a liderazgos que concentran, dividen y manipulan, la respuesta no puede ser un espejo. Tiene que ser un contraste. Un liderazgo que: conecte sin polarizar, movilice sin manipular, convoque sin excluir, y construya sin destruir. Ese tipo de liderazgo no surge espontáneamente. Se construye. Y se construye desde iniciativas como la que se viene impulsando desde “Colombia es buena” : redes de comunidades de liderazgo, narrativa compartida, propósito colectivo.

Una invitación

Si algo deja claro el análisis de los dirigentes políticos como Trump y Petro  es esto: El futuro no se define solo en las elecciones. Se define en las conversaciones, en las comunidades, en las narrativas que una sociedad decide creer. La pregunta no es solo cómo enfrentar a estos líderes. 

Entender a estos personajes de la es apenas el comienzo. El verdadero desafío es cómo enfrentarlos sin replicar las mismas lógicas que los hicieron posibles. La tentación de responder con polarización, simplificación o emocionalidad desbordada solo termina reforzando aquello que se busca contener.

Colombia —y América Latina— necesita algo distinto: una ciudadanía que no reaccione, sino que comprenda; que no se deje arrastrar, sino que eleve la conversación; que no delegue, sino que asuma su corresponsabilidad en el destino colectivo.

Porque al final, la respuesta más profunda no está en un líder que enfrente a otro, sino en la capacidad de una sociedad de reconstruir sus propios límites, su sentido de lo público y su cultura democrática.

Esa es, en el fondo, la apuesta de fondo: creer —y demostrar— que Colombia es buena y que vale la pena cuidarla. Y por lo tanto la pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser frente a ellos? Porque al final, los liderazgos no solo revelan quién los ejerce. Revelan quiénes somos como sociedad.

Blogs anteriores :

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