“Las elecciones cambian gobiernos. Las sociedades cambian cuando desarrollan nuevas capacidades.”
Mientras la atención del país se ha concentrado en los nombres del nuevo gabinete, en las primeras decisiones del presidente electo y en las disputas políticas propias de la transición, hay un tema fundamental que ha pasado casi inadvertido. Paradójicamente, puede convertirse en el factor que más determine el éxito o el fracaso del nuevo gobierno.
La posesión de un nuevo presidente siempre despierta esperanza. Después de una campaña intensa, millones de ciudadanos sienten que comienza una nueva etapa y esperan que, ahora sí, el país empiece a resolver los problemas acumulados en estos últimos cuatro años. Es una reacción natural. Toda democracia necesita esperanza. Pero también necesita realismo.
Porque cambiar un gobierno puede tomar un día. Recuperar la capacidad de gobernar puede tomar muchos más tiempo. Ese será, probablemente, el mayor desafío que enfrentará Colombia durante los próximos cuatro años.
No se trata únicamente de enfrentar de la compleja situación económica, las dificultades del sistema de salud, la inseguridad creciente, las tensiones fiscales, la incertidumbre energética o una sociedad profundamente polarizada. A todo ello se suma un desafío mucho menos visible, pero decisivo: el estado en que el nuevo gobierno recibe la capacidad institucional del Gobierno Central y que hoy se encuentra muy debilitada después del desgobierno de Petro.
Durante las últimas semanas, los colombianos hemos conocido, a través de distintos medios de comunicación y de investigaciones en curso el lamentable cierre de la administración que termina: denuncias sobre contrataciones realizadas a las carreteras al final del gobierno saliente, denuncias crecientes de hechos de corrupción, la ausencia histórica del proceso de empalme entre la administración saliente y entrante, los cuestionamientos sobre la calidad y disponibilidad de información en diversas entidades públicas y un largo etc.
Se necesita que, para aclarar todos estos hechos, sean a las autoridades las que establezcan responsabilidades donde las haya y lo hagan rápido . Sin embargo, más allá del desenlace de cada caso, esta lamentable situación pone sobre la mesa una realidad que ningún ciudadano debería ignorar: un gobierno no gobierna únicamente con buenas intenciones. Gobierna con instituciones capaces de ejecutar y que debe cuidar.
Este no ha sido el caso del gobierno de Gustavo Petro. Durante las últimas semanas se han conocido muchas denuncias e investigaciones sobre multimillonarias contrataciones de gente realizadas en la etapa final de su administración, una situación que recuerda lo ocurrido cuando entregó la Alcaldía de Bogotá a Enrique Peñalosa. Si entonces el reto fue recuperar la capacidad de gestión de una administración distrital, hoy el desafío para el nuevo gobierno sería mucho mayor al proyectarse sobre el conjunto del Estado central
Comprender esta realidad no significa justificar de antemano los errores que pueda cometer la nueva administración. Tampoco significa prolongar la confrontación política que tanto daño le ha hecho al país. Implica entender el punto de partida desde el cual tendrá que gobernar De la Espriella , y que probablemente constituya el mayor desafío de su nuevo mandato. Sobre esa base el próximo presidente deberá enfrentar, de manera simultánea, los enormes problemas que hoy afectan al país en frentes tan críticos como la seguridad, la salud, las finanzas públicas, la economía y la energía.
Y ese punto de partida importa porque condicionará la capacidad de ejecución del nuevo gobierno, la velocidad con la que podrá responder a las urgencias nacionales y, sobre todo, rea las inmensas expectativas de millones de ciudadanos que votaron esperando un cambio rápido y profundo.
La calidad de un gobierno no depende únicamente de la visión de su presidente. Depende también de la capacidad institucional con la que cuenta al iniciar su mandato para convertir esa visión en resultados. Y ese será, probablemente, uno de los mayores desafíos de la nueva administración. Diversos indicadores y hechos ampliamente debatidos en el país sugieren que recibirá instituciones con capacidades muy debilitadas en varios frentes, precisamente cuando Colombia enfrenta problemas que exigen respuestas rápidas y eficaces.
Por lo anterior, las primeras decisiones del presidente —especialmente la conformación de su equipo de gobierno y su capacidad para priorizar, aprender y ejecutar— serán determinantes. No habrá mucho margen para la improvisación, porque el tiempo correrá en su contra y la inevitable curva de aprendizaje reducirá aún más un recurso que ya será escaso: los cuatro años de gobierno.
La primera tarea del nuevo presidente no será únicamente gobernar. Será reconstruir la capacidad del Estado para poder gobernar.
.Gobernar no es ocupar cargos. Es hacer que el Estado funcione.
Existe una idea muy extendida según la cual basta con elegir un nuevo presidente para que el país cambie de rumbo. La realidad es mucho más compleja.
Un presidente no gobierna directamente a cincuenta millones de personas. Gobierna a través de miles de servidores públicos, cientos de entidades, sistemas de información, procedimientos administrativos, capacidades técnicas y culturas organizacionales que convierten las decisiones políticas en resultados concretos.
Cuando esa maquinaria funciona bien, el Estado responde. Cuando pierde capacidad, incluso las mejores decisiones pueden quedarse atrapadas en la burocracia, la descoordinación o la ineficiencia. O peor aún , en el campo minado dejado de manera deliberada por la administración saliente.
Por eso, la primera tarea del nuevo gobierno no será únicamente formular nuevas políticas. Será comprender con precisión la verdadera condición del aparato estatal que recibe y fortalecer su capacidad para responder a los enormes desafíos nacionales. Se deberá contar con equipos expertos en desminado organizacional y también en desminado en las zonas de conflicto.
Esa reconstrucción no produce titulares espectaculares. Tampoco genera aplausos inmediatos. Pero constituye el fundamento de cualquier transformación duradera que quiera lograr el. Je o gobierno.
Un desafío adaptativo, no solamente administrativo
Ronald Heifetz distingue entre los problemas técnicos y los desafíos adaptativos. Los problemas técnicos tienen soluciones conocidas. Requieren conocimiento especializado y buena gestión. Los desafíos adaptativos exigen algo mucho más profundo: aprender nuevas formas de trabajar, modificar culturas organizacionales, reconstruir confianza y desarrollar capacidades que antes no existían.
La situación que enfrenta Colombia pertenece claramente a esta segunda categoría. No bastará con cambiar ministros, directores o gerentes. No bastará con expedir nuevos decretos. Será necesario reconstruir capacidades institucionales, fortalecer equipos, recuperar información confiable, mejorar la coordinación entre entidades y restablecer una cultura de servicio público basada en la integridad, el aprendizaje y la responsabilidad. Eso no se logra en semanas. Ni siquiera en meses.
La gobernabilidad también sigue a la cultura
En los últimos meses he insistido en una idea: la política sigue a la cultura. Hoy quisiera añadir otra. La gobernabilidad también sigue a la cultura institucional.
Las organizaciones públicas no funcionan únicamente gracias a las leyes. Funcionan porque existen hábitos de colaboración, liderazgo competente, confianza, aprendizaje continuo y compromiso con el servicio al ciudadano. Cuando esa cultura se fortalece, las instituciones generan soluciones. Cuando se deteriora, incluso las mejores políticas pierden efectividad. Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es solamente una tarea administrativa. Es, sobre todo, un proceso cultural. Y esa es una de las tareas más difíciles del liderazgo. Solo recordemos a Peter Druker el Guro de la Administración moderna: la cultura se come a la estrategia al desayuno. Espero que el nuevo presidente y su equipo no se les olvide esta lección.
El riesgo de seguir haciendo campaña
Aquí aparece una tentación que el nuevo gobierno deberá evitar. Toda campaña electoral simplifica la realidad. Necesita mensajes contundentes, adversarios claramente identificados y promesas movilizadoras. Pero gobernar exige exactamente lo contrario. Exige escuchar. Negociar. Construir acuerdos. Priorizar. Resolver problemas.
Cada semana dedicada a prolongar la confrontación política será una semana que dejará de invertirse en fortalecer instituciones y producir resultados. El mayor capital político del nuevo gobierno será el tiempo. Y el tiempo, en un mandato de cuatro años, es extraordinariamente escaso.
Pero hay una verdad todavía más importante
Hasta aquí podríamos pensar que este artículo trata únicamente sobre el nuevo gobierno. En realidad, trata sobre todos nosotros los colombianos .
Porque existe una costumbre profundamente arraigada en América Latina: esperar que cada nuevo presidente haga milagros. Cambiamos al gobernante, pero mantenemos intacta la cultura de la dependencia. Seguimos creyendo que la solución llegará desde el Palacio de Nariño, mientras millones de ciudadanos observamos la realidad como simples espectadores. Esa mentalidad es parte del problema.
Las sociedades no florecen porque aparece un líder extraordinario. Florecen cuando millones de ciudadanos desarrollan capacidades para cuidar aquello que tienen en común.
La infraestructura invisible del florecimiento
Durante los últimos años he venido desarrollando una idea que considero fundamental. Toda sociedad posee una infraestructura física: carreteras, hospitales, puertos, escuelas, redes eléctricas y sistemas de transporte. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible y, probablemente, mucho más importante. La infraestructura mental del florecimiento.
Está formada por ciudadanos responsables. Por comunidades que aprenden. Por organizaciones que cooperan. Por líderes que construyen confianza. Por instituciones que mejoran continuamente. Por empresas que entienden que crear comunidad también hace parte de su propósito. Por universidades que forman ciudadanos antes que profesionales. Por barrios, conjuntos residenciales, veredas y municipios donde las personas aprenden a resolver juntas sus problemas.
Sin esa infraestructura social, ningún gobierno puede producir un cambio profundo. Con ella, incluso gobiernos imperfectos pueden impulsar enormes transformaciones.
El verdadero milagro
Durante la campaña escuchamos del nuevo Presidente el lema de la “Patria Milagro”. Todos quisiéramos que los milagros existieran en política. Pero la historia demuestra que los países no cambian por actos milagrosos. Cambian cuando desarrollan nuevas capacidades colectivas.
El verdadero milagro sería que millones de colombianos dejáramos de preguntarnos únicamente qué hará De la Espriella y su equipo de gobierno, y comenzáramos a preguntarnos qué pueden hacer ellos por su barrio, su empresa, su universidad, su conjunto residencial, su municipio o su comunidad y su país , como lo propuso el Presidente Jhon F Kennedy hace más de seis décadas en su país
Sería que miles de docentes decidieran formar ciudadanos además de estudiantes. Que empresarios asumieran el fortalecimiento del tejido social como parte de su misión. Que servidores públicos entendieran que cada decisión fortalece o debilita la confianza. Que líderes comunitarios dejaran de esperar instrucciones desde Bogotá y comenzaran a construir soluciones desde sus territorios. Que las universidades enseñaran liderazgo cívico con la misma importancia que enseñan conocimientos técnicos. Que las comunidades aprendieran a colaborar antes que a confrontarse.
Colombia es buena… cuando decide cuidarse
Precisamente esa convicción dio origen al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No nació para negar los problemas del país. Nació porque creemos que existe una inmensa reserva moral y humana que permanece dispersa. Miles de ciudadanos cuidan todos los días su entorno sin aparecer en los titulares. Madres comunitarias. Docentes. Empresarios responsables. Voluntarios. Líderes barriales. Administradores de propiedad horizontal. Jóvenes. Adultos mayores. Mujeres cabeza de familia. Organizaciones sociales. Funcionarios íntegros. Todos ellos representan una infraestructura de liderazgo que Colombia todavía no ha aprendido a visibilizar, conectar y apoyar para que hagan el verdadero milagro de movilizar al país desde lo local.
Nuestro mayor desafío no es encontrar más héroes. Es conectar a los miles que ya existen. Porque cuando esas comunidades de liderazgo comienzan a aprender unas de otras, compartir experiencias y trabajar con un propósito común, la capacidad de gobernar deja de depender exclusivamente del Estado. Comienza a convertirse en una capacidad de toda la sociedad.
La verdadera prueba
Dentro de cuatro años evaluaremos al nuevo gobierno. Y debemos hacerlo con rigor. Pero también deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda. ¿Qué hicimos nosotros durante esos cuatro años? ¿Esperamos pasivamente que el gobierno resolviera todos los problemas? ¿O decidimos convertirnos en corresponsables del país que queremos construir?
Las elecciones cambian gobiernos. La cultura cambia sociedades. Y las sociedades florecen cuando millones de personas descubren que también ellas forman parte de la solución. Quizá ese sea el verdadero milagro que Colombia necesita. No el milagro de un presidente. Sino el de una nación que comprende que reconstruir la capacidad de gobernar comienza por reconstruir la capacidad de sus ciudadanos para gobernarse a sí mismos y pedirle cuentas a sus gobernantes por las promesas hechas durante las campañas políticas..