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sábado, 12 de septiembre de 2026

La verdadera batalla de nuestro tiempo: nadar contra la corriente cultural

  

Por qué Colombia es buena decidió nadar contra la degradación cultural de nuestro tiempo

Hay una pregunta que me han hecho varias veces desde que, comencé a vincularme a la promoción  de la iniciativa Colombia es buena: ¿No resulta ingenuo hablar de bondad, confianza, liderazgo colectivo y cultura ciudadana en un país tan polarizado como Colombia y en un mundo donde el conflicto parece haberse convertido en el principal combustible de la conversación pública? Confieso que durante algún tiempo pensé que era una objeción razonable. Sin embargo, después de leer y escuchar las reflexiones del antropólogo Carlos Granés sobre las llamadas guerras culturales, llegué exactamente a la conclusión contraria. No solo no es ingenuo. Es urgente. 

Porque el mayor desafío que enfrentamos hoy no es únicamente político, económico o institucional. Es, sobre todo, un desafío cultural. Estamos inmersos en una corriente que premia la indignación, el escándalo y la confrontación permanente. Y cuando una sociedad nada durante demasiado tiempo en esas aguas, termina creyendo que esa es la única forma posible de relacionarse. El verdadero reto de Colombia es buena consiste precisamente en decidir nadar en dirección contraria.

Cuando la política dejó de convencer y empezó a entretener

Carlos Granés describe una transformación inquietante de la vida pública. Durante décadas, el arte fue el espacio de la provocación y la transgresión, mientras la política aspiraba —al menos en teoría— a la racionalidad y al debate sobre soluciones. Hoy ocurre exactamente lo contrario.

La política se ha convertido en espectáculo. Los dirigentes políticos descubrieron que en la economía digital, la atención es el recurso más escaso, y que la manera más rápida de capturarla, consiste en provocar emociones intensas: miedo, rabia, resentimiento o indignación.

En consecuencia, las propuestas complejas pierden espacio frente a las frases incendiarias. Los matices son reemplazados por consignas. Los argumentos ceden frente a los insultos. Los adversarios dejan de ser personas con opiniones distintas para convertirse en enemigos morales cuya derrota parece justificar cualquier comportamiento.

Las redes sociales aceleran este fenómeno porque sus algoritmos premian aquello que genera interacción, y pocas cosas producen más clics que el conflicto. La consecuencia es una cultura donde la política ya no busca formar ciudadanos sino seguidores.

Y donde el debate deja de girar alrededor de preguntas como “¿cómo resolvemos este problema?” para concentrarse en otras mucho más emocionales: “¿quiénes somos nosotros?” y “¿contra quién estamos peleando?”.

La batalla más importante no es política: es cultural

Cuando observamos este panorama resulta fácil pensar que el problema consiste simplemente en elegir mejores gobernantes. Sin embargo, esa conclusión puede ser insuficiente. La política suele ser un reflejo de la cultura predominante.

Si una cultura recompensa la agresividad, terminará eligiendo líderes agresivos. Si recompensa el espectáculo, elegirá comunicadores y “show man “ antes que grandes administradores y líderes . Si convierte la identidad en una trinchera, terminará premiando a quienes mejor alimenten la división. Por eso he insistido tantas veces en una idea que considero esencial: la política sigue a la cultura.

Cambiar únicamente los dirigentes sin transformar las conversaciones, los valores y las formas de relacionarnos equivale a cambiar de conductor mientras el vehículo sigue avanzando por la misma carretera.

La aparente ingenuidad de hablar de bondad

En este contexto, un movimiento llamado Colombia es buena puede parecer, para algunos, excesivamente optimista o incluso ingenuo.

Pero quizá esa percepción provenga de una profunda confusión entre bondad e ingenuidad. La bondad no consiste en negar los problemas. Consiste en reconocer que la inmensa mayoría de los colombianos trabaja honestamente, cuida a sus familias, ayuda a sus vecinos, cumple con sus responsabilidades y desea vivir en paz. Esa realidad existe todos los días, aunque pocas veces ocupe los titulares.

Nuestro propósito no es maquillar las dificultades del país. Es impedir que la excepción termine definiendo nuestra identidad colectiva. Porque una sociedad que solo se mira a sí misma a través del lente del conflicto termina debilitando su propia capacidad para resolverlo.

Una estrategia profundamente contracultural

Lo que propone Colombia es buena no es una campaña publicitaria. Es una estrategia de transformación cultural.

Mientras la lógica dominante busca movilizar desde el miedo, nosotros proponemos movilizar desde la esperanza. Mientras otros construyen enemigos, buscamos construir corresponsabilidad. Mientras algunos fortalecen identidades excluyentes, queremos fortalecer ciudadanía. Mientras muchos buscan viralidad, proponemos conversaciones. Mientras proliferan los seguidores pasivos, queremos formar líderes activos.

No se trata de ignorar las emociones.Todo lo contrario. La evidencia muestra que las personas actuamos impulsadas por emociones, pero existe una diferencia enorme entre movilizar desde el resentimiento o hacerlo desde el orgullo compartido, la gratitud, el sentido de pertenencia y el deseo de cuidar aquello que amamos.

Las comunidades son la respuesta al algoritmo

Existe otra razón por la cual decidimos comenzar este movimiento desde los conjuntos habitacionales y las comunidades locales.

Las redes sociales producen conexiones. Pero no necesariamente producen vínculos. Un clic puede durar segundos. Una conversación entre vecinos puede cambiar años de convivencia. Por eso creemos que el verdadero antídoto contra la polarización no está únicamente en el espacio digital sino en el tejido social cotidiano.

Cuando las personas trabajan juntas para mejorar su entorno descubren algo fundamental: comparten muchos más problemas que diferencias ideológicas. La seguridad del barrio, la educación de los hijos, el cuidado de los adultos mayores, la salud mental, los espacios públicos o la convivencia interesan a todos. Es allí donde comienza a reconstruirse la confianza. Y la confianza es probablemente el activo más importante para el desarrollo de cualquier sociedad.

Cinco principios para no ahogarnos en la corriente

Si queremos que Colombia es buena sobreviva y crezca, debemos evitar la tentación de parecernos a aquello que queremos transformar.

El primer principio consiste en no competir en el terreno del espectáculo. Si respondemos al grito con otro grito, terminaremos alimentando la misma lógica que criticamos.

El segundo consiste en construir comunidad antes que audiencia. Los seguidores pueden desaparecer con un cambio en el algoritmo. Las comunidades permanecen porque están sostenidas por relaciones humanas.

El tercero es combinar razón y emoción. Los datos son indispensables, pero las historias inspiran y movilizan. Necesitamos una narrativa capaz de conectar con el corazón sin renunciar al pensamiento crítico.

El cuarto principio es regresar constantemente a los problemas reales. Salud, educación, convivencia, medio ambiente, liderazgo comunitario y calidad de vida deben ocupar el centro de la conversación.

Finalmente, debemos multiplicar líderes en lugar de fabricar héroes. Las guerras culturales necesitan caudillos. Las democracias saludables necesitan ciudadanos que asuman responsabilidad por el lugar donde viven.

La verdadera innovación social

Quizá la innovación más importante que puede aportar Colombia es buena no sea una metodología, una certificación o un modelo organizacional. Quizá sea demostrar que es posible construir una narrativa pública basada en emociones positivas sin caer en la ingenuidad.

Que es posible convocar desde el cuidado y no desde el miedo. Que es posible fortalecer la identidad nacional sin necesitar un enemigo permanente. Que es posible ejercer liderazgo sin dividir. Y que es posible recuperar la conversación como herramienta de transformación.

Cómo lo mostraba en mi blog anterior, si logramos que miles de conjuntos habitacionales se conviertan en escuelas cotidianas de liderazgo, corresponsabilidad y cultura cívica, estaremos haciendo mucho más que mejorar la convivencia local. Estaremos creando los cimientos de una nueva cultura democrática.

La decisión de remar en otra dirección

Toda gran transformación cultural comenzó siendo minoritaria. Hubo un momento en que defender la abolición de la esclavitud parecía una causa perdida. Hubo un momento en que hablar de derechos civiles, igualdad de las mujeres o reconciliación nacional parecía una utopía.

Las corrientes dominantes nunca cambian porque sí. Cambian cuando suficientes personas deciden dejar de seguirlas. Por eso no considero que Colombia es buena sea un ejercicio de ingenuidad. Lo considero un acto de realismo. Porque seguir alimentando la espiral de indignación, resentimiento y confrontación solo profundizará los problemas que ya padecemos. 

La verdadera audacia consiste en hacer algo distinto. En demostrar que la confianza puede ser una estrategia de desarrollo. Que la educación cívica puede convertirse en una ventaja competitiva para una sociedad.

Y que cuidar a Colombia no es una consigna romántica, sino una tarea colectiva capaz de cambiar la manera como convivimos, como elegimos a nuestros líderes y como imaginamos nuestro futuro. Quizá la contracorriente más difícil de todas sea precisamente esa. Pero también puede ser la única que nos conduzca a un lugar diferente donde vale la pena vivir y hay prosperidad colectiva .


domingo, 6 de septiembre de 2026

La generación que Colombia no puede darse el lujo de jubilar


La economía plateada no es solamente un nuevo mercado. Es la oportunidad de incorporar a millones de colombianos a la construcción del país que viene.

Durante buena parte del siglo XX aprendimos a pensar la vida como una secuencia relativamente predecible: primero estudiábamos, después trabajábamos, finalmente nos jubilábamos. La infancia y la juventud eran el tiempo de aprender. La adultez, el tiempo de producir. Y la vejez, de alguna manera, se convirtió en el tiempo de retirarse. Ese modelo tenía cierta lógica cuando la expectativa de vida era mucho menor y la pirámide demográfica tenía una base enorme de jóvenes y una pequeña proporción de personas mayores.

Pero ese mundo está desapareciendo.

Colombia está experimentando una de las transformaciones más profundas y silenciosas de su historia: estamos viviendo mucho más y teniendo muchos menos hijos. La antigua pirámide demográfica está convirtiéndose progresivamente en un rombo y eventualmente tenderá a invertirse.

Colombia está desperdiciando una reserva creciente de experiencia, conocimiento, tiempo, capacidad de cuidado y liderazgo precisamente cuando más necesita reconstruir su tejido social.

Según las cifras presentadas recientemente en una conversación sobre economía plateada en la que participé, en América Latina existen alrededor de 98 millones de personas mayores de 60 años y para 2050 podrían ser cerca de 183 millones. En Colombia, aproximadamente el 27 % de los trabajadores ya tiene más de 50 años.

Pero quizá seguimos haciéndonos la pregunta equivocada. Nos preguntamos cómo vamos a sostener una sociedad que envejece, cuando deberíamos preguntarnos: ¿Cómo vamos a aprovechar una sociedad que vive mucho más?

No estamos solamente envejeciendo. Estamos madurando

Una de las ideas que más me llamó la atención durante la conversación fue aparentemente sencilla: el mundo no solamente está envejeciendo. Está madurando.

La diferencia entre ambas palabras es enorme. “Envejecer” suele evocar deterioro, dependencia, enfermedad y costo. “Madurar” evoca experiencia, criterio, aprendizaje y perspectiva. Naturalmente, la longevidad trae consigo enormes desafíos en salud, pensiones y sistemas de cuidado. Ignorarlos sería irresponsable. Pero reducir esta revolución demográfica exclusivamente a esos problemas puede llevarnos a cometer un gigantesco error colectivo.

Porque millones de personas llegarán a los 60, 70 y 80 años conservando diferentes grados de autonomía, conocimiento, relaciones, experiencia profesional y capacidad de contribuir. Y nuestras instituciones siguen utilizando principalmente un indicador extraordinariamente rudimentario para decidir qué pueden hacer: la fecha de nacimiento que aparece en su cédula.

De ahí surge una distinción fundamental: edad cronológica y edad funcional. Dos personas de 70 años pueden encontrarse en situaciones completamente diferentes. Una puede necesitar cuidado permanente mientras otra dirige una empresa, enseña en una universidad, asesora emprendedores, viaja, escribe o lidera una organización comunitaria. Sin embargo, buena parte de nuestras instituciones todavía las coloca en la misma categoría: “adultos mayores”. Es una simplificación que terminará resultando tremendamente costosa.

La gigantesca fábrica de jubilados

Existe una paradoja que deberíamos comenzar a discutir. Durante treinta o cuarenta años invertimos enormes recursos formando personas. Las universidades las educan. Las empresas las entrenan. Las organizaciones les permiten acumular conocimiento, contactos, criterio y experiencia. Y justamente cuando algunas alcanzan su mayor capacidad para comprender situaciones complejas, las invitamos a retirarse.

En las empresas esto produce lo que algunos expertos comienzan a llamar “amnesia corporativa”. Se jubila una persona y con ella pueden salir por la puerta treinta años de conocimiento que nunca quedaron escritos en un manual: relaciones con clientes, comprensión de una industria, memoria sobre errores cometidos, conocimiento tácito y, quizá lo más importante, criterio.

La organización contrata entonces personas nuevas que, inevitablemente, tendrán que volver a recorrer parte del camino. ¿Cuánto cuesta esa pérdida?.Sorprendentemente, pocas empresas lo saben porque prácticamente ninguna la mide.

El desafío no consiste en impedir que las nuevas generaciones ocupen espacios. Consiste exactamente en lo contrario: conectar generaciones para multiplicar sus capacidades. Un profesional joven puede aportar nuevas tecnologías, perspectivas y formas de interpretar el mundo. Una persona con treinta años de experiencia puede aportar contexto, relaciones y criterio. Juntas pueden producir algo que ninguna posee individualmente. Eso es inteligencia colectiva.

De la dependencia a la autonomía

Hay otra transformación cultural todavía más importante. Durante décadas hemos diseñado políticas y servicios para las personas mayores, pero pocas veces con ellas. Parece una diferencia semántica. No lo es.

El modelo asistencial supone que alguien sabe lo que ellas necesitan y diseña soluciones en su nombre. El modelo de autonomía comienza preguntándoles qué quieren seguir haciendo con sus vidas. No es simplemente una discusión económica. Es una discusión sobre dignidad. Una persona de 65 años puede tener por delante veinte o treinta años de vida. Estamos hablando prácticamente de una tercera vida adulta completa. ¿Qué va a hacer con ella?

Puede aprender nuevamente. Emprender. Enseñar. Cuidar. Viajar. Trabajar parcialmente. Ser mentor. Participar en organizaciones sociales. Liderar proyectos comunitarios. Acompañar jóvenes. Invertir. Investigar. Crear. Y también puede descubrir un nuevo propósito.

Por eso una de las industrias más interesantes de la economía plateada probablemente no será solamente la de productos para personas mayores. Será la economía del propósito.

Una gigantesca infraestructura de mentoría

Imaginemos por un momento algo diferente. ¿Qué ocurriría si Colombia construyera una gran red de conocimiento intergeneracional? Miles de ingenieros retirados podrían acompañar pequeños municipios en proyectos de infraestructura. Empresarios experimentados podrían asesorar emprendedores jóvenes. Profesores jubilados podrían acompañar colegios y comunidades. Ejecutivos podrían convertirse en mentores de organizaciones sociales. Médicos experimentados podrían apoyar programas preventivos. Abuelos y jóvenes podrían desarrollar conjuntamente proyectos culturales, ambientales o comunitarios.

No se trataría necesariamente de regresar al empleo tradicional de ocho horas. La longevidad probablemente requerirá inventar formas mucho más flexibles de participación social y económica: trabajos parciales, mentorías, voluntariado profesional, consultoría, emprendimiento, enseñanza y participación comunitaria.

La pregunta dejaría de ser cuándo una persona debe retirarse y pasaría a ser otra mucho más interesante: ¿Cómo quiere seguir contribuyendo?

También tendremos que rediseñar las ciudades

La longevidad tampoco puede resolverse exclusivamente desde las empresas. Necesitamos ciudades diferentes. En el documento presentado durante la conversación encontré un concepto particularmente sugestivo: urbanismo de reciprocidad.

La idea consiste en diseñar parques, transporte, barrios e infraestructura social para provocar encuentros intergeneracionales y combatir una de las enfermedades silenciosas de nuestro tiempo: la soledad. Esto resulta especialmente interesante para Colombia.

Los conjuntos habitacionales, centros comerciales, universidades, bibliotecas, parques y equipamientos públicos podrían convertirse deliberadamente en lugares de encuentro entre generaciones. Un centro comercial, por ejemplo, podría dejar de ser exclusivamente un lugar de consumo y convertirse también en infraestructura social. Una universidad podría dejar de pensar que su relación con una persona termina cuando recibe su diploma a los 22 años y acompañarla durante toda su vida. Una empresa podría mantener comunidades de antiguos empleados que continúen transfiriendo conocimiento.

Y un conjunto residencial podría descubrir que entre sus habitantes jubilados existe una extraordinaria reserva de profesores, médicos, empresarios, ingenieros, artistas, administradores y líderes capaces de contribuir al bienestar de su propia comunidad. La longevidad podría convertirse así en capital cívico.

El reto es intergeneracional

Manizales ofrece una señal de lo que viene. Allí la población mayor de 60 años ya supera a la menor de 15. Aproximadamente uno de cada cinco habitantes pertenece a ese grupo poblacional. Podríamos interpretar esa realidad exclusivamente como una alarma demográfica. O podríamos convertirla en un laboratorio.

¿Qué ocurriría si una ciudad decidiera deliberadamente organizar su economía, sus universidades, sus empresas, sus barrios y sus políticas públicas alrededor de la cooperación entre generaciones?. Tal vez descubriríamos algo importante: la economía plateada no debería tratar de separar a los mayores como un nuevo segmento, sino de reincorporarlos plenamente a la sociedad.

Ese cambio conceptual me parece fundamental. Porque crear una sociedad para mayores puede terminar produciendo otra forma de segregación. El verdadero desafío es construir una sociedad intergeneracional.

De un problema demográfico a una oportunidad histórica

Empresas, universidades, gobiernos y organizaciones sociales tendrán que actuar conjuntamente. Las empresas deberán medir el costo de perder conocimiento y crear mecanismos para conservarlo. Las universidades deberán comprender que aprender ya no será una etapa de la vida sino una actividad permanente. Los gobiernos tendrán que revisar reglas laborales, pensionales, urbanísticas y de cuidado pensadas para otra estructura demográfica. La sociedad civil tendrá que abrir espacios donde experiencia y propósito puedan encontrarse.

Y todos tendremos que combatir un prejuicio profundamente instalado: creer que después de determinada edad una persona pertenece principalmente al pasado. Quizá sea exactamente al contrario. Una sociedad que vive más necesita aprender a utilizar mejor todo lo que ha aprendido.

El próximo Congreso Latinoamericano de Economía Plateada puede ser un escenario importante para profundizar esta conversación, compartir experiencias y comenzar a articular un ecosistema regional. Pero el verdadero desafío estará mucho más allá de cualquier congreso.

Estará en nuestras empresas, universidades, ciudades, barrios y familias. Porque Colombia tiene ante sí una oportunidad extraordinaria. Millones de personas que durante décadas acumularon conocimiento, relaciones, experiencias, fracasos, aprendizajes y sabiduría tendrán veinte o treinta años adicionales de vida.

Podemos construir una sociedad que simplemente las jubile. O podemos construir una sociedad que las vuelva a convocar. Y en un país que necesita desesperadamente más confianza, más cuidado, más conocimiento compartido y más capacidad de trabajar juntos, no podemos darnos el lujo de jubilar también toda esa experiencia.

Tal vez una de las mayores riquezas que tendrá Colombia en las próximas décadas ya está entre nosotros. Solo necesitamos dejar de llamarla vejez y comenzar a reconocerla como lo que también puede ser: una extraordinaria reserva de conocimiento, propósito y liderazgo al servicio de la sociedad.

Creo que este enfoque tiene una ventaja: no presenta a los mayores como una “población vulnerable que hay que atender”, ni reduce la economía plateada a una oportunidad comercial. La convierte en un asunto de desarrollo, capital cívico e inteligencia colectiva. Esta manera de ver esta nueva realidad que tenemos  conecta muy naturalmente con la reflexión que he venido  construyendo sobre comunidades de liderazgo y florecimiento colectivo en el. O texto del Movimiento Colombia es Buena y vale la pena cuidarla , sobre todo a los adultos mayores que son un activo muy valioso de nuestra sociedad.


sábado, 29 de agosto de 2026

Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

  Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

El nuevo Gobierno enfrenta una combinación extraordinaria de expectativas, restricciones fiscales, debilidad institucional, fractura social y ahora una tragedia natural. Quizás sea el momento de entender que reconstruir Colombia no será solamente responsabilidad del presidente que acabamos de elegir.

Colombia necesita un chequeo de realidad. Después de una de las elecciones más polarizadas y reñidas de nuestra historia reciente, Abelardo De la Espriella llegó a la Presidencia por una diferencia de apenas 251.854 votos frente a Iván Cepeda. Prácticamente medio país votó por una opción y la otra mitad por la contraria.

Para quienes celebraron el resultado electoral puede existir la tentación de pensar que el cambio de presidente resolverá rápidamente los problemas acumulados durante los últimos años. No será así.

Y reconocerlo no significa disminuir la importancia del cambio político. Significa poner los pies sobre la tierra para poder evaluar con sensatez al nuevo Gobierno y, sobre todo, comprender qué nos corresponde hacer como sociedad.

De la Espriella llega a la Presidencia sin experiencia previa administrando el Estado ni ejerciendo cargos ejecutivos de gobierno. Durante la campaña conocimos su capacidad de comunicación, su temperamento político y su habilidad para movilizar electoralmente a millones de colombianos. Ahora comienza una prueba completamente diferente: gobernar.

Gobernar significa construir equipos competentes, entender una maquinaria estatal extraordinariamente compleja, establecer prioridades, negociar con el Congreso, manejar unas finanzas públicas profundamente restringidas, recuperar capacidades institucionales, enfrentar problemas de seguridad y, simultáneamente, generar confianza.

Como si esto fuera poco, apenas comenzando su Gobierno ocurrió algo que nadie podía haber previsto.

El terremoto que cambió la agenda

El terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto produjo una enorme tragedia humana y destruyó viviendas, escuelas, hospitales, vías y buena parte de la infraestructura de extensas zonas del centro y occidente del país.

Las primeras estimaciones oficiales sitúan los costos de reconstrucción por encima de los $30 billones. De repente, las prioridades cuidadosamente diseñadas para los primeros cien días tuvieron que competir con una emergencia nacional gigantesca.

Pero el terremoto hizo visible una paradoja sobre la cual deberíamos reflexionar. Colombia tiene ahora dos reconstrucciones por delante. Una es evidente porque podemos fotografiarla.Son los edificios derrumbados, las carreteras destruidas, las escuelas averiadas y las familias que perdieron sus viviendas.

Pero existe otra destrucción mucho menos visible. Es el deterioro de nuestra infraestructura social. Un país profundamente polarizado. Una confianza institucional debilitada. Comunidades desconectadas. Una cultura política acostumbrada a convertir al contradictor en enemigo. Una ciudadanía que espera demasiado del Estado y demasiado poco de sí misma. Y un aparato público debilitado cuya capacidad de ejecución está muy lejos de las necesidades que enfrenta Colombia. Ese es el otro terremoto. Y probablemente sea más difícil de reconstruir.

No basta con cambiar el Gobierno

En varios blogs anteriores he tratado de llamar la atención precisamente sobre este punto: 

En Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente sostuve que ningún mandatario, independientemente de sus capacidades o de la legitimidad obtenida en las urnas, puede transformar por sí solo una sociedad de más de cincuenta millones de habitantes.

En No basta con cambiar el Gobierno. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de gobernar señalé algo todavía más preocupante: un presidente puede tener voluntad política y buenas ideas, pero si recibe instituciones debilitadas, información incompleta, capacidades técnicas erosionadas, recursos fiscales restringidos y una burocracia desarticulada, su capacidad de convertir decisiones en resultados será limitada.

El problema no es solamente quién gobierna. Es con qué capacidad institucional puede gobernar.

Y en La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia planteé una dimensión todavía más profunda: solemos pensar que cambiando las leyes, los funcionarios o las instituciones cambiaremos automáticamente la sociedad, cuando muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones reflejan la cultura que las sostiene. Una sociedad caracterizada por la desconfianza, la polarización, la intolerancia y la búsqueda permanente de culpables terminará reproduciendo esas mismas características en su política.

Finalmente, en El carácter y la integridad antes que el poder recordaba que gobernar en circunstancias extraordinariamente difíciles requiere algo más que autoridad. Requiere prudencia, autocontrol, humildad para escuchar, capacidad para rodearse bien, fortaleza emocional y disposición para aprender.

Esas cuatro reflexiones hoy convergen.

Expectativas enormes, capacidades muy  limitadas

Aquí aparece uno de los principales riesgos de los próximos meses. Millones de colombianos votaron esperando cambios rápidos en seguridad, economía, salud, energía, corrupción y funcionamiento del Estado. Pero el nuevo Gobierno tendrá inicialmente una capacidad de respuesta mucho menor que esas expectativas.

Las restricciones fiscales son enormes. La deuda absorbe recursos crecientes. El espacio para nuevas inversiones es muy limitado. Y ahora habrá que encontrar decenas de billones adicionales para reconstruir las zonas afectadas por el terremoto.

Al mismo tiempo, la oposición no desapareció con la derrota electoral. Todo lo contrario. La izquierda colombiana salió de las elecciones con una organización política poderosa, una representación importante en el Congreso y millones de ciudadanos que respaldaron su proyecto. Ya anunció incluso la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento y oposición al Gobierno. Eso forma parte de la democracia y debe ser respetado.

Pero también debemos reconocer que Colombia continuará viviendo una intensa confrontación política y que existe el riesgo de que algunos sectores —de cualquier extremo— prefieran que al Gobierno le vaya mal antes que contribuir a que al país le vaya bien. En esas circunstancias, prometer resultados inmediatos sería irresponsable. Y exigir milagros también.

Aquí aparece una enorme oportunidad

Paradójicamente, esta combinación de dificultades puede abrir una posibilidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos construido una relación demasiado paternalista con el Estado.

Cuando existe un problema preguntamos inmediatamente: ¿Qué va a hacer el Gobierno? Quizás la pregunta que necesitamos comenzar a formular sea diferente: ¿Qué podemos hacer nosotros?

Y allí el sector privado tiene una responsabilidad histórica. Las empresas no pueden limitarse a pagar impuestos, generar empleo y esperar que el Gobierno reconstruya el país. Este momento exige algo más. Exige que empresarios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación, gremios, cajas de compensación, sector financiero, sistema de salud y comunidades desarrollen una nueva capacidad de acción colectiva.

Por supuesto que tenemos que reconstruir las viviendas, escuelas, hospitales y carreteras destruidas por el terremoto. Pero sería un enorme error reconstruir únicamente la infraestructura física y dejar intacta la infraestructura social que viene deteriorándose desde hace años.

Porque podemos reconstruir una escuela en doce meses. Pero reconstruir la confianza entre los colombianos puede tomar una generación. Podemos levantar nuevamente un hospital. Pero reconstruir comunidades capaces de cuidarse unas a otras es muchísimo más difícil. Podemos reparar una carretera. Pero volver a conectar una sociedad fracturada políticamente exige liderazgo, paciencia y propósito compartido.

La infraestructura invisible de un país

Existe una infraestructura que no aparece en los presupuestos públicos ni en los balances de las empresas. Es la confianza y la capacidad de cooperación. Las redes comunitarias. El liderazgo local. La cultura cívica y la disposición de las personas para cuidar aquello que consideran suyo. Ese conjunto constituye lo que podríamos llamar la infraestructura invisible de una sociedad.

Cuando esa infraestructura funciona, las instituciones funcionan mejor, disminuyen los costos de transacción, aumenta la cooperación y las comunidades desarrollan capacidad para resolver problemas. Cuando se destruye, ningún presupuesto alcanza.

Por eso la reconstrucción que Colombia necesita después del terremoto debería convertirse también en una oportunidad para reconstruir nuestro tejido social. No se trata de escoger entre cemento y confianza. Necesitamos ambos.

Una oportunidad para el empresariado colombiano

Este puede ser uno de esos momentos en los cuales el sector privado colombiano demuestre que su responsabilidad con el país va mucho más allá de sus balances financieros. Las empresas tienen recursos, talento, capacidad de gestión, tecnología, redes y conocimiento que el Estado necesitará desesperadamente durante los próximos años. 

Pero pueden aportar algo todavía más importante: ayudar a construir capacidades en las comunidades. Ayudar a formar líderes. Conectar actores y fortalecerlas redes locales. Crear confianza para apoyarproyectos colectivos. Hacer visibles miles de historias de cooperación que cambien la narrativa que tenemos de nosotros mismos.

Porque el terremoto también nos mostró otra Colombia. Entre los escombros aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, empresarios movilizando recursos, jóvenes trabajando como voluntarios, comunidades organizándose y miles de personas demostrando que la solidaridad sigue viva.

Esa Colombia existe. El desafío es que no aparezca únicamente después de una tragedia.

El verdadero chequeo de realidad

El nuevo presidente enfrentará dificultades enormes. Cometerá errores. Tendrá que aprender. Encontrará restricciones que desde afuera probablemente no alcanzábamos a dimensionar. La oposición cumplirá su tarea, aprovechará cualquier desliz de nuevo gobierno y la confrontación política continuará. Y la reconstrucción física del terremoto consumirá recursos, energía institucional y atención política durante mucho tiempo.

Por eso quienes votaron por el nuevo Gobierno deberían moderar sus expectativas sin disminuir sus exigencias. Hay que evaluar al presidente con rigor, pero también con realismo. Y quienes no votaron por él deberían recordar que una cosa es hacer oposición al Gobierno y otra muy diferente desear que fracase el país.

Pero existe una conclusión todavía más importante.

Colombia no puede volver a sentarse durante cuatro años a mirar qué hace el presidente.

El terremoto físico nos obliga a reconstruir edificios. El terremoto social nos obliga a reconstruir confianza. Y quizás la gran oportunidad de este momento histórico sea comprender finalmente que la segunda reconstrucción no puede delegarse al Gobierno. Nos corresponde a todos. Especialmente a quienes tenemos capacidades, recursos, liderazgo y posibilidades de movilizar a otros.

Si algo debería surgir de esta crisis es un sector privado mucho más consciente de su responsabilidad en la construcción de sociedad. Porque reconstruir Colombia no significa solamente volver a levantar lo que el terremoto derrumbó. Significa construir aquello que durante demasiado tiempo dejamos deteriorar: nuestra capacidad de confiar, colaborar y cuidarnos unos a otros.

Ese será, posiblemente, el proyecto de reconstrucción más importante de todos.

Creo que aquí aparece una tesis particularmente útil para el movimiento que venimos  construyendo Colombia es Buena y vale la pena cuidar : “Colombia enfrenta dos reconstrucciones: la de su infraestructura física y la de su infraestructura social.” Esta frase desplaza la conversación hacia la corresponsabilidad y hacia qué debe hacer ahora la sociedad. La  tesis de fondo de este blog es que la fractura social constituye el segundo terremoto, y mi blog invita a estar muy consciente para que evitar profundizar esa fractura.