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sábado, 11 de julio de 2026

  La revolución silenciosa que Colombia necesita (publicado 07/11/26)

Lo que el renacer de la educación cívica en Estados Unidos puede enseñarnos para reconstruir el “nosotros”

En el artículo de hace dos semanas sostuve que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

Las elecciones presidenciales dejaron una lección que va mucho más allá del nombre del ganador. Confirmaron que nuestro mayor desafío no es únicamente político. Es cultural. Las urnas no fracturaron al país. Simplemente hicieron visibles fracturas que venían creciendo silenciosamente desde hace muchos años.

Terminé aquel artículo formulando una pregunta que considero decisiva para nuestro futuro: ¿Cómo se reconstruye el “nosotros” en Colombia cuando el,país quedó fracturado en dos?

Durante varios días esa pregunta siguió rondando mi cabeza. Hasta que encontré una respuesta donde menos la esperaba. No en un discurso político ni un programa de gobierno o una reforma constitucional. La encontré en un artículo publicado en The New York Times por Danielle Allen, filósofa política de Harvard, titulado The Civic Education Comeback. Su lectura me produjo una mezcla de sorpresa y esperanza.

Mientras el mundo entero observa la creciente polarización política de los Estados Unidos, existe otra historia mucho menos visible que apenas comienza a llamar la atención. Una historia que no aparece todos los días en los titulares porque no está protagonizada por presidentes, congresistas o candidatos. Está siendo escrita por profesores, estudiantes, universidades, fundaciones, organizaciones sociales, empresas y líderes comunitarios.

Es una revolución silenciosa. Y creo que Colombia debería prestarle mucha atención.

La gran paradoja estadounidense

Pocas democracias occidentales han vivido durante la última década una polarización tan intensa como la estadounidense. Las instituciones han perdido credibilidad. La conversación pública se ha vuelto cada vez más agresiva. Las redes sociales han amplificado la desinformación. Las familias han dejado de hablar de política para evitar conflictos. Las universidades han sido escenario de profundas tensiones ideológicas. Y el regreso de Donald Trump al centro de la política ha intensificado aún más esa sensación de división permanente.

Sin embargo, mientras el debate público parecía deteriorarse, comenzó a crecer una corriente completamente distinta. Miles de ciudadanos llegaron a una conclusión sencilla pero profunda. La democracia no iba a salvarse únicamente ganando la siguiente elección. Había que volver a formar ciudadanos. Esa decisión cambió completamente la conversación.

Ese planteamiento me hizo recordar una reflexión muy similar que compartió el profesor John Martin, de la Universidad de Notre Dame, durante una reunión de planeación de la iniciativa Diálogos de Futuro en marzo de 2021. Martin afirmaba que, si el sistema de educación superior quería contribuir de verdad al desarrollo del país, su primera responsabilidad era formar ciudadanos. Solo después debía formar profesionales, para que, al ejercer sus respectivas disciplinas, pudieran convertirse en auténticos agentes de cambio al servicio de la sociedad.

Volviendo al caso norteamericano, en lugar de preguntarse únicamente cómo derrotar al adversario político, comenzaron a preguntarse cómo preparar mejor a la próxima generación para vivir en democracia. Más de treinta estados reformaron sus programas de educación cívica. Universidades de distintas orientaciones ideológicas comenzaron a trabajar juntas. Fundaciones privadas financiaron programas nacionales. Organizaciones de la sociedad civil diseñaron nuevas metodologías pedagógicas. Empresas comenzaron a apoyar iniciativas para fortalecer la ciudadanía.

La gran apuesta dejó de ser electoral. Pasó a ser cultural para construir las bases de una ciudadanía más preparada y corresponsable.

La democracia también se aprende

Quizá la mayor enseñanza de Danielle Allen consiste en recordar algo que muchas veces olvidamos. La ciudadanía no aparece espontáneamente cuando una persona cumple dieciocho años. La democracia tampoco nace automáticamente el día que alguien deposita un voto en una urna. Ambas necesitan aprendizaje. Como también apréndelos matemáticas, idiomas o una profesión.

Así como nadie nos enseñó a ser papás, ¿por qué suponemos que sabemos ser ciudadanos sin haber aprendido nunca cómo hacerlo?

Durante décadas dimos por sentado que bastaba con enseñar el funcionamiento de las instituciones. Memorizar artículos de la Constitución. Aprender la separación de poderes. Conocer las funciones del Congreso. Hoy ya ni siquiera se hace ese esfuerzo a pesar de que todos esos temas siguen siendo importantes. Pero hoy sabemos que no son suficientes y la educación cívica debe de actualizarse para enfrentar los retos de un entorno de altísima complejidad .

La democracia exige competencias mucho más sofisticadas. Escuchar. Argumentar. Evaluar evidencia. Reconocer información falsa. Distinguir hechos de opiniones. Aceptar la legitimidad del desacuerdo. Construir acuerdos sin renunciar a las propias convicciones. Nada de eso aparece de manera espontánea. También se debe aprender y hoy no se hace.

No enseñar qué pensar

Hay una idea del movimiento estadounidense que me parece extraordinariamente poderosa. Su propósito no consiste en enseñarles a los jóvenes qué deben pensar. Su propósito consiste en enseñarles cómo pensar juntos. La diferencia parece pequeña. En realidad cambia todo.

La educación cívica del siglo XXI no pretende producir ciudadanos que piensen igual. Pretende formar ciudadanos capaces de seguir viviendo juntos cuando piensan distinto en una sociedad marcada por la diversidad. Ese matiz resulta fundamental para países como Colombia.

Durante muchos años hemos sospechado de cualquier propuesta de educación cívica porque tememos el adoctrinamiento. Y con razón. Nuestra historia política explica esa desconfianza. Pero el modelo que hoy comienza a consolidarse en Estados Unidos plantea exactamente lo contrario.

No busca uniformidad sino pluralismo. No busca obediencia sino criterio. No busca producir seguidores sino ciudadanos conscientes y corresponsables .

La verdadera infraestructura de una democracia

Con frecuencia pensamos que la infraestructura de un país son las carreteras, los puertos, los aeropuertos, los hospitales o las redes digitales. Todo eso es indispensable. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible. La infraestructura mental y cívica.

Está formada por la confianza. Las normas compartidas. Los hábitos de cooperación. La disposición para resolver conflictos pacíficamente. La capacidad de deliberar. La credibilidad de las instituciones. La voluntad de participar. Cuando esa infraestructura invisible comienza a deteriorarse, ninguna democracia permanece fuerte durante mucho tiempo. Porque las instituciones no funcionan solas. Funcionan en la medida en que existan ciudadanos capaces de sostenerlas.

Colombia enfrenta exactamente el mismo desafío

Mientras leía el artículo de Danielle Allen no podía dejar de pensar en nuestro país. Nos hemos acostumbrado a explicar todos nuestros problemas desde la política. Culpamos al presidente. Al Congreso. A los partidos. A los jueces. A los medios. A los algoritmos. Y que pasa con nosotros mismos?

Todos tenemos alguna responsabilidad. Pero existe una pregunta mucho más incómoda. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de sostener la democracia que esperamos tener?

La respuesta, desafortunadamente, parece ser negativa.

Sabemos votar. Pero pocas veces sabemos deliberar. Sabemos protestar. Pero pocas veces sabemos cooperar. Sabemos indignarnos. Pero pocas veces sabemos construir confianza.

Y cuando aparecen diferencias profundas, con demasiada facilidad dejamos de ver al otro como un compatriota para convertirlo en un enemigo. No porque seamos malas personas. Sino porque nunca aprendimos otra manera de convivir.

Aquí comienza la verdadera misión de Colombia es buena

Hace varios meses en mis blogs vengo proponiendo que Colombia necesita construir una cultura ciudadana del cuidado. Hoy estoy aún más convencido que nunca.

Pero ahora comprendo que el cuidado necesita un fundamento mucho más profundo. Necesita educación cívica. Porque cuidar no es únicamente proteger aquello que nos pertenece. Es aprender a reconocer que también somos responsables de aquello que pertenece a todos.

Cuidar el espacio público. Cuidar las instituciones. Cuidar la conversación democrática. Cuidar la confianza. Cuidar incluso el derecho del otro a pensar distinto. Todo eso constituye ciudadanía. Y la ciudadanía se aprende.

Por eso creo que Colombia es buena debe evolucionar más allá de una narrativa positiva. Debe convertirse en un gran movimiento nacional de aprendizaje cívico. No impulsado exclusivamente por el Estado. Sino por toda la sociedad : las universidades, las empresas.  los medios de comunicación. Las organizaciones sociales, las juntas de acción comunal. También los conjuntos habitacionales. Las comunidades religiosas. las Fundaciones y los centros culturales.

Todos formando parte de una misma conversación nacional.

La revolución silenciosa puede comenzar aquí

Existe una enorme ventaja para Colombia. No necesitamos inventarlo todo desde cero. Ya existen miles de líderes comunitarios trabajando silenciosamente. Existen universidades comprometidas. Empresas con programas de sostenibilidad. Organizaciones sociales que llevan años fortaleciendo comunidades. Lo que hace falta no son buenas personas. Hace falta conectarlas. Darles un propósito compartido. Construir una narrativa común. Articular esfuerzos dispersos alrededor de un mismo objetivo nacional.

Eso es precisamente lo que puede hacer Colombia es buena. Convertir miles de iniciativas aisladas en un gran movimiento de reconstrucción cultural.

La democracia empieza mucho antes de las elecciones

La historia demuestra que las democracias no comienzan a debilitarse cuando aparecen malos gobernantes. Empiezan a debilitarse cuando dejan de producir buenos ciudadanos. Tal vez por eso la revolución más importante de nuestro tiempo no esté ocurriendo en los parlamentos. Está ocurriendo en las aulas escolares. En las bibliotecas. En las universidades. En las organizaciones sociales. En las comunidades.

En los lugares donde las personas vuelven a aprender algo que nunca debimos olvidar: cómo vivir juntos. Eso es exactamente lo que Colombia necesita. Y quizá esa sea la misión histórica de Colombia es buena. No cambiar el resultado de la próxima elección. Sino ayudar a formar la generación de ciudadanos que hará posibles todas las elecciones que vendrán después.

En un próximo artículo quisiera dar un paso más.

Si la educación cívica constituye el camino para reconstruir la democracia, la pregunta siguiente es inevitable: ¿Dónde puede aprenderse?

Mi respuesta es sencilla. En el mismo lugar donde transcurre nuestra vida cotidiana. En los barrios. En las universidades. En las empresas. Y, sobre todo, en las comunidades donde convivimos todos los días.

Porque la democracia no se aprende únicamente en un salón 

sábado, 4 de julio de 2026

  La lección que Colombia no puede ignorar de Venezuela

El mayor aprendizaje del chavismo no es cómo llegó un líder populista al poder. Es comprender por qué millones de personas decidieron seguir creyendo en él y apoyado durante casi dos décadas un proyecto político que terminó destruyendo su propio país?

El destino de los países casi nunca cambia de un día para otro. Las grandes transformaciones comienzan mucho antes de que aparezca el líder que termina simbolizándolas. Cuando finalmente llega esa persona, normalmente no crea el problema: simplemente logra ponerle un rostro, una voz y una historia a un malestar que llevaba años acumulándose.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en Venezuela. Durante mucho tiempo, la explicación dominante fue sencilla: Hugo Chávez destruyó un país rico gracias al petróleo, al populismo y a un inmenso aparato de propaganda. Todo eso es cierto. Pero es una explicación insuficiente.

Hace unos días escuché una extraordinaria entrevista realizada por Atemporal al investigador Alejandro Fajardo, cuya tesis doctoral buscó responder a una de las preguntas más difíciles  sobre América Latina:

¿Por qué el chavismo ha logrado mantenerse durante tantos años, incluso cuando los resultados económicos eran cada vez peores?

Su respuesta tiene enormes implicaciones para Colombia, justamente cuando comienza un nuevo gobierno y una nueva etapa política. Porque la verdadera lección venezolana no consiste en repetir que debemos evitar el populismo. La verdadera lección consiste en entender por qué el populismo , encuentra terreno fértil, no importa si es de izquierda o de derecha .

Chávez llenó un vacío que otros habían dejado

Quizá la idea más poderosa de la investigación de Fajardo es que el chavismo no apareció de la nada. Nació de un vacío.

Durante décadas, enormes sectores de la población venezolana sintieron que las élites políticas hablaban entre ellas mientras millones de personas seguían preguntándose algo muy simple: ”¿Por qué seguimos siendo pobres en un país inmensamente rico?” Esa pregunta nunca obtuvo una respuesta convincente.

Cuando apareció Chávez, fue el primero que habló directamente con quienes llevaban años sintiéndose invisibles. No solamente prometió resolver sus problemas. Les dijo algo mucho más poderoso: “Yo los veo.” Esta fue la misma estrategia que llevó a Petro al poder, y que a pesar de haber perdido las elecciones a la Presidencia por un margen menor al 1% ,  le permitió consolidar a la izquierda como el partido político más organizado en  Colombia . 

En política, parece que sentirse visto suele ser mucho más importante que sentirse representado.Y allí comenzó todo.

La dignidad también mueve votos

Uno de los aportes más interesantes de la investigación de Fajardo es cuestionar la idea de que la gente apoyó al chavismo únicamente porque recibía subsidios. La verdad es otra.

Las llamadas “misiones sociales” estuvieron profundamente politizadas. Eso es cierto. Pero también mejoraron la vida de millones de personas. Hubo quienes aprendieron a leer. Quienes recibieron atención médica por primera vez. Quienes obtuvieron una vivienda. Quienes sintieron que alguien, por fin, los trataba con dignidad.

La gratitud política nació de experiencias reales. No solamente de propaganda. Este punto es esencial para la Colombia de hoy.

Durante  demasiados años hemos reducido el debate a una falsa dicotomía. Como si solo la izquierda pudiera hablar del cuidado de los más vulnerables. Como si la preocupación por quienes han sido excluidos fuera patrimonio ideológico de un solo sector político. No lo puede ser. Cuidar a quienes han sido olvidados no pertenece a la izquierda. Pertenece a toda la sociedad.

El peligro de construir identidades enemigas

Otro concepto fascinante desarrollado por Fajardo es el de las megaidentidades. Chávez dejó de dividir a los venezolanos únicamente por preferencias electorales. Construyó identidades completas. Ser chavista o antichavista dejó de ser una opinión política. Se convirtió en una identidad personal. En una manera de entender quién era uno y quién era el enemigo.

Cuando eso ocurre, la política deja de ser un espacio para resolver problemas. Se convierte en una guerra cultural permanente. Las familias se rompen. Los amigos dejan de hablarse. Toda conversación termina reducida a dos bandos irreconciliables. 

Pero otra lección que deja el caso de Venezuela según Fajardo, es que después de tanta polarización, vino la resignación y la indiferencia, acompañada de la migración de más del 25% de la población. El país perdió un capital humano muy valioso y se quedó sin los potenciales líderes de una generación joven que resolvió votar con los pies e irse de su país. 

Es imposible no pensar en Colombia cuando ya son más de 5 millones de personas que se han ido afuera, y más de 1 millón en el 2025. Durante los últimos años también hemos comenzado a construir identidades políticas cada vez más rígidas. La tentación de dividir permanentemente al país entre buenos y malos sigue estando presente. Y ningún gobierno debería alimentarla. Porque gobernar consiste precisamente en ampliar el “nosotros”, no en desunirlo más  como lo mencioné en un blog anterior .

El gran error de las élites

Hay otra lección incómoda. Durante años fue mucho más fácil culpar exclusivamente a Chávez que preguntarse por qué apareció este personaje. Las élites venezolanas cometieron un enorme error. Confundieron crecimiento económico con inclusión. Pensaron que bastaba con administrar más o menos el país. Olvidaron construir comunidad. Olvidaron escuchar. Olvidaron recorrer los barrios. Olvidaron comprender cómo vivía la gente común.

Cuando una democracia deja de escuchar durante demasiado tiempo, alguien termina apareciendo para decir:“Yo sí los escucho.” Ese alguien puede ser un gran reformador. O puede convertirse en un líder autoritario. Todo depende de lo que ocurra después.

Una advertencia también para la oposición

La tesis de Fajardo tampoco idealiza a la oposición venezolana. Cometió numerosos errores estratégicos. Se fragmentó. Se desconectó de la ciudadanía. En ocasiones reaccionó más desde la indignación que desde la inteligencia política. Y terminó fortaleciendo, sin proponérselo, la narrativa del chavismo.

Esta es otra lección para Colombia y para Cepeda y el Pacto Histórico. La oposición de cualquier gobierno tiene una enorme responsabilidad. No basta con denunciar. No basta con oponerse. Debe construir alternativas creíbles. Debe representar esperanza. Debe evitar caer en las trampas de la polarización permanente.

Porque una mala oposición también termina debilitando la democracia, especialmente si invita a la desobediencia civil como sucedió en estos días. Con esta postura están demostrando ser pésimos perdedores además de que ya habían demostrado ser desastroso gobernantes.

La política del cuidado

Aquí aparece, quizá, la principal reflexión para el nuevo gobierno colombiano. Durante la campaña escuchamos discursos fuertes, confrontacionales y, en ocasiones, profundamente divisivos. Eso generó preocupación en muchos ciudadanos, muchos de los cuales se abstuvieron de votar o lo hicieron por la extrema izquierda.

Sin embargo, ahora comienza otra etapa. Gobernar es diferente a hacer un show en una campaña. Existe una enorme oportunidad para demostrar que el cuidado puede convertirse en una política pública que una al país en lugar de dividirlo. La gente que durante años sintió que no era escuchada necesita ser reconocida y también cuidada.

Pero también necesita instituciones. Oportunidades. Educación. Empleo. Confianza.

No necesita depender políticamente de quien le entrega una ayuda. Necesita desarrollar capacidades para construir su propio proyecto de vida. Ese debería ser el verdadero sentido de una política del cuidado. No crear ciudadanos dependientes. Sino ciudadanos cada vez más libres y corresponsables.

La gran diferencia

Quizá la diferencia más importante entre una democracia sana y un proyecto populista puede resumirse en una sola pregunta.¿El Estado busca empoderar ciudadanos? ¿O busca construir lealtades?

Cuando las políticas sociales fortalecen capacidades, fortalecen también la democracia. Cuando fortalecen dependencias políticas, terminan debilitándola. La historia venezolana demuestra hasta dónde puede llegar esa diferencia.

Colombia todavía está a tiempo

La mayor enseñanza de Venezuela no es el miedo. Es la comprensión. Millones de venezolanos no apoyaron durante años al chavismo porque desearan destruir su país. Lo hicieron porque encontraron allí reconocimiento, identidad, dignidad y esperanza. El problema comenzó cuando esas necesidades legítimas fueron utilizadas para concentrar el poder, dividir a la sociedad y debilitar las instituciones.

Colombia todavía tiene la oportunidad de recorrer un camino distinto . El nuevo gobierno puede demostrar que escuchar y cuidar a quienes han sido olvidados no exige dividir al país. Que cuidar a los más vulnerables no requiere construir enemigos. Que reconocer la dignidad de todos puede hacerse fortaleciendo —y no debilitando— la democracia.

Porque la gran lección venezolana no es que el populismo aparezca de repente. Es que aparece cuando una sociedad deja durante demasiado tiempo a millones de personas sintiendo que nadie las ve. Y la mejor vacuna contra esa historia no es el miedo. Es construir un país donde cada colombiano pueda decir, sin importar por quién vote: “Aquí también cuentan conmigo.”

“El cuidado no puede ser monopolio de la izquierda ni la defensa de las instituciones monopolio de la derecha. Una democracia madura necesita ambas cosas al mismo tiempo: cuidar a las personas y cuidar las instituciones.”


sábado, 27 de junio de 2026

Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente

 

Colombia despertó esta semana con un nuevo presidente, pero también con una vieja preocupación. Más allá de quién haya ganado y quién haya perdido, y de los discursos de victoria o de derrota, o de las celebraciones de unos y la frustración de otros, el país quedó frente a una evidencia difícil de eludir.

Pedro Medellín lo planteaba esta semana en su columna del jueves en  El Tiempo con una frase inquietante:” estamos ante una sociedad fracturada. Una sociedad que ha dejado rasgar los tejidos de la cohesión social, donde los individuos dejan de sentirse parte de un proyecto común y empiezan a vivir en la anomia, es decir, en el debilitamiento de las normas compartidas que hacen posible la vida colectiva”.

Esa es la palabra que debería preocuparnos: fractura. Porque una elección no fractura una sociedad. Una elección simplemente revela las fracturas que ya existían.

Las urnas funcionan como una radiografía. No producen la enfermedad. La muestran. Nos obligan a mirar lo que venía creciendo silenciosamente: la desconfianza, el resentimiento, el miedo, la rabia acumulada, la incapacidad de conversar, la desaparición de espacios comunes y la creciente tentación de convertir la política en una guerra moral donde solo hay buenos y malos, patriotas y traidores, víctimas y verdugos.

El problema no comenzó el domingo. El domingo simplemente se hizo visible. Y esto nos debe poner a reflexionar.

Una elección ganada por un margen inferior al uno por ciento no solo deja un resultado político. Deja una pregunta nacional. ¿Qué hacemos ahora con un país fracturado casi por la mitad? ¿Cómo se gobierna una sociedad donde millones de personas sienten que ganaron por muy poco y millones sienten que perdieron por muy poco? ¿Cómo se reconstruye la confianza cuando el adversario político deja de ser visto como un compatriota y comienza a ser tratado como una amenaza o, peor aún, como un enemigo al que hay que destruir, como lo sugirió una de las expresiones más desafortunadas de la reciente campaña presidencial por parte de quien resultó ser el ganador?

Durante toda la semana hemos discutido quién ganó. Pero tal vez esa no sea la pregunta más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿qué necesita Colombia para volver a encontrarse después de una campaña que llevó la confrontación a niveles sin precedentes? ¿Cómo podrá construirse la unidad nacional que el nuevo presidente prometió al país, cuando la retórica electoral convirtió a una parte de los colombianos en adversarios que parecían no merecer un lugar dentro de un mismo proyecto de nación?

¿Será suficiente un nuevo presidente para reconstruir una sociedad que ha dejado de verse a sí misma como un “nosotros”?

La respuesta más fácil sería decir que Colombia necesita un buen gobierno. Y, por supuesto, lo necesita. Un gobierno que recupere la sensatez, la prudencia, la responsabilidad institucional y el respeto por la Constitución; que demuestre capacidad técnica, liderazgo democrático y grandeza política. Un gobierno que entienda que no recibió un cheque en blanco, sino el inmenso desafío de gobernar un país profundamente fracturado.

Pero Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita que quienes ejercen el poder sean coherentes con su llamado a la unidad y contribuyan a tender puentes en lugar de profundizar las divisiones. Sin embargo, incluso eso no será suficiente. 

La reconstrucción del “nosotros” no podrá depender exclusivamente del Gobierno. Será una tarea de toda la sociedad. Los presidentes pueden cambiar un gobierno. Solo los ciudadanos pueden reconstruir una nación

Durante años, Colombia ha venido perdiendo la capacidad de reconocerse como una comunidad política compartida. Hemos aprendido a votar, pero no necesariamente a deliberar. Hemos aprendido a indignarnos, pero no a construir. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a cooperar. Hemos aprendido a defender nuestras causas, pero muchas veces olvidamos cómo escuchar las razones del otro. Y cuando una sociedad pierde esa capacidad, la democracia se vuelve muy frágil.

Porque la democracia no es solamente un sistema para contar votos. Es una forma de convivir con quienes piensan distinto. Es la decisión civilizada de aceptar que nadie tiene toda la verdad, que nadie representa por completo al país y que ningún triunfo electoral autoriza a desconocer la dignidad de quienes votaron por otra opción.

Por eso, después de esta elección, Colombia necesita algo mucho más profundo que una transición de gobierno, o el saneamiento de las finanzas públicas, la seguridad y la salud . Son temas críticos y muy visibles. Pero otro tema mucho menos visible pero también fundamental: requiere una reconstrucción cultural sin la cual los demás esfuerzos no son sostenibles.

Desde hace meses hemos venido promoviendo con un grupo creciente de personas, empresas, gremios  y universidades, una idea que para algunos puede sonar ingenua, pero que considero profundamente realista: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Es una invitación a desarrollar una nueva narrativa pero sobre la base de una cultura del cuidado y la corresponsabilidad ciudadana .

No es una frase simple o un eslogan publicitario amable para evadir nuestros problemas. Tampoco es una forma de negar la corrupción, la violencia, la desigualdad, la polarización o la mediocridad de buena parte de nuestra dirigencia. Sería absurdo. La realidad es que Colombia enfrenta problemas enormes y no se resuelven con frases de cajón o un optimismo superficial.

Pero también sería profundamente injusto definir a Colombia únicamente por sus heridas.

Cuando uno sale de las redes sociales, se aleja del ruido de la confrontación política que marcó el gobierno que termina y deja atrás los debates cargados de rabia, descubre otro país. Un país que rara vez ocupa los titulares. Un país donde sobrevive una inmensa reserva moral y cívica, integrada por personas de todas las regiones, etnias, edades, creencias, condiciones económicas y sensibilidades políticas. 

Allí están los líderes comunitarios, las madres cabeza de familia, los jóvenes voluntarios, los empresarios responsables, los docentes comprometidos, los servidores públicos honestos, los emprendedores sociales, las juntas de acción comunal, las comunidades religiosas y miles de ciudadanos anónimos que todos ellos tienen algo en común: cuidan. Cuidan a sus familias, a sus vecinos, a sus comunidades, a sus organizaciones o al lugar donde viven. Son personas que, sin saberlo, mantienen unido al país mientras la conversación pública insiste en mostrar únicamente aquello que lo divide No son solo buenas personas. Son las que sostienen silenciosamente a Colombia

Ese país  el verdadero país que ya existe,  pero que está invisible, disperso y desconectado. El verdadero capital de Colombia no es únicamente su economía o sus instituciones; es esa inmensa comunidad de ciudadanos que, en silencio, cuida todos los días de lo que ama y mantiene vivo el tejido social

La gran tragedia colombiana no es que no tengamos reservas morales. Las tenemos. La tragedia es que esas reservas no se han convertido todavía en una fuerza organizada capaz de reconstruir confianza, fortalecer instituciones y sostener una cultura cívica y democrática.. De ahí aparece la importancia del valor del cuidado.

El cuidado puede convertirse en el punto de convergencia que nos permita comenzar a encontrarnos de nuevo. No porque todos pensemos igual. No porque desaparezcan las diferencias ideológicas o porque dejemos de tener debates duros sobre economía, seguridad, justicia social, paz, educación o modelo de Estado. Sino porque antes de preguntarnos en qué estamos en desacuerdo, deberíamos preguntarnos algo más elemental: ¿qué estamos dispuestos a cuidar juntos?

¿Estamos dispuestos a cuidar el barrio, o el conjunto residencial donde vivimos? ¿El parque? ¿La escuela? ¿La conversación pública? ¿Las instituciones? ¿La vida? ¿La dignidad del que piensa distinto? ¿La posibilidad de que nuestros hijos crezcan en un país donde no tengan que odiar para participar en política?

Las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando una sociedad deja de cuidar lo común, empieza a desintegrarse. Por eso el cuidado no es una idea blanda. Es una estrategia de reconstrucción nacional.

Cuidar exige corresponsabilidad. Exige límites, y reconocer que la vida en comunidad, no puede depender únicamente del Estado, del mercado o del próximo presidente. Exige comprender que la democracia también se sostiene en el metro cuadrado donde vivimos, en la manera como administramos un conjunto habitacional, resolvemos un conflicto vecinal, usamos el espacio público, conversamos en familia o tratamos a quien piensa distinto.

Es claro, Colombia no se reconstruirá únicamente desde la Casa de Nariño. Se reconstruirá también desde las porterías, los salones comunales, los colegios, las universidades, las empresas, las iglesias, los parques, las bibliotecas, las juntas de acción comunal y los conjuntos residenciales. En resumen, en los espacios públicos que compartimos todos.

Por eso Colombia es buena debe entenderse como una invitación nacional. Una invitación a pasar de la queja a la corresponsabilidad. De la rabia a la acción. De la polarización a la conversación. De la indiferencia al cuidado. De la ciudadanía pasiva al liderazgo colectivo.

La tarea que viene no es borrar las diferencias. Es aprender a procesarlas civilizadamente. Y allí aparece un desafío enorme: Colombia necesita volver a formar ciudadanos, no solo votantes,  capaces de comprender las instituciones, evaluar información, identificar mentiras, participar con responsabilidad, fiscalizar sin destruir, disentir sin odiar y construir acuerdos mínimos sobre lo que debe ser cuidado. Eso tiene un nombre: educación cívica.

Pero no la educación cívica entendida como una materia aburrida, llena de fechas, artículos constitucionales y definiciones memorizadas. Hablo de una educación cívica viva, práctica, comunitaria, profundamente democrática para enfrentar los retos colectivos del siglo XXI. Una educación que enseñe a pensar, no qué pensar. Que forme criterio, no obediencia. Que ayude a entender que la democracia no es solamente el derecho a expresar lo que siento, sino la responsabilidad de escuchar lo que el otro tiene que decir.

Una sociedad fracturada no se recompone con propaganda y más shows mediáticos . Se recompone con pedagogía cultural. 

Necesitamos alfabetización mediática para no seguir siendo presa fácil de la desinformación, los videos manipulados, las cadenas emocionales y los discursos mesiánicos que prometen soluciones simples a problemas complejos.

Necesitamos laboratorios de conversación democrática donde personas de distintas edades, regiones, clases sociales e ideologías puedan encontrarse a resolver problemas comunes sin agredirse o declararse enemigos. Espacios donde se practique algo que hoy parece revolucionario: escuchar al otro como si pudiera tener una parte de la verdad.

Y necesitamos comunidades de liderazgo donde los ciudadanos descubran que la democracia no ocurre solamente cada cuatro años, sino todos los días, en la forma como cuidamos lo común, participando, proponiendo y tendiendo puentes desde la diferencia..

Esa es la verdadera batalla cultural que tenemos por delante. No se trata de imponer una nueva ideología. Se trata de recuperar las condiciones mínimas para poder vivir juntos en medio de la diferencia.

Colombia acaba de elegir un presidente. Pero ahora debe decidir qué tipo de sociedad quiere ser. Podemos seguir profundizando la fractura, alimentando el resentimiento, celebrando la derrota del otro y esperando que el próximo gobierno resuelva lo que nosotros no hemos querido asumir.

O podemos reconocer que ninguna democracia sobrevive durante mucho tiempo si sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una comunidad política compartida. Depende de nuestra capacidad de volver a descubrir aquello que todavía somos capaces de cuidar juntos.

Porque las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando millones de ciudadanos comienzan a cuidar el barrio, el conjunto residencial, el espacio público, las instituciones y la conversación democrática, ocurre algo extraordinario: empieza a reconstruirse el “nosotros”.

Ese es el propósito de Colombia es buena. No ganar una elección ni reemplazar a los partidos. No promover una nueva consigna. Sino ayudar a que Colombia vuelva a encontrarse consigo misma. Porque Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita ciudadanos capaces de cuidar el país que dicen querer.






sábado, 20 de junio de 2026

El pensamiento crítico : la primera vacuna contra el populismo

  

Una sociedad que deja de enseñar a pensar críticamente termina votando emocionalmente y, tarde o temprano, entrega su futuro a quienes mejor manipulan sus emociones.

Más que presentar el pensamiento crítico como una habilidad académica, en este blog propongo verlo como una responsabilidad ciudadana y una condición indispensable para que funcione una democracia, especialmente en momentos tan críticos como el actual.

Hace unos días escuché una conferencia que me dejó una inquietud profunda. El conferencista insistía en que el pensamiento crítico no es una técnica para resolver problemas ni una habilidad reservada para los filósofos o los científicos. Es, sobre todo, una manera de vivir.

Mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en Colombia.

Y me preguntaba si buena parte de la crisis política que hoy vivimos no tiene su origen precisamente en una cultura que ha dejado de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Hace apenas seis meses, muy pocos colombianos imaginaban que los dos candidatos que hoy disputan la Presidencia llegarían a la segunda vuelta. Sin embargo, millones de personas terminaron descartando alternativas con mayor experiencia administrativa, mayor preparación técnica o trayectorias más sólidas.

No es solo un problema de candidatos buenos o malos, ni siquiera únicamente de manipulación política. Es que vivimos en una cultura que, en términos generales, no promueve el pensamiento crítico. Una cultura que premia la inmediatez sobre la reflexión, la indignación sobre el diálogo, la imagen sobre la palabra razonada.

No se trata de afirmar que exista un único candidato correcto o que quien vote distinto esté equivocado. La democracia consiste precisamente en la libertad de elegir. La pregunta es otra: ¿estamos eligiendo después de pensar o simplemente después de reaccionar? Y si como resultado de no pensar, tenemos una cultura que hizo posible que tuviéramos los finalistas que hoy se pelean la llegada al poder como lo mencioné en mi blog anterior.

Pensar es un acto de libertad

Uno de los planteamientos más sugerentes de la conferencia es que el pensamiento crítico está íntimamente ligado a la libertad.

Una persona que no reflexiona termina viviendo según las opiniones de otros. Sus decisiones dejan de ser propias para convertirse en el resultado de las presiones del entorno, de las emociones del momento o de las narrativas dominantes. En otras palabras, puede creer que está ejerciendo su libertad cuando en realidad está siendo conducida.

La libertad auténtica exige detenerse, analizar y preguntarse por qué creemos lo que creemos. Quizás por eso Blaise Pascal afirmaba que el primer paso de la moral consiste en detenerse a pensar.

El problema no es la inteligencia. Es la voluntad.

Muchas veces suponemos que el pensamiento crítico depende exclusivamente del coeficiente intelectual. No es cierto. También requiere voluntad.

Pensar exige esfuerzo. Exige resistirse a aceptar la primera explicación disponible. Buscar información adicional, escuchar argumentos distintos y reconocer que uno mismo puede estar equivocado.

Es mucho más fácil repetir un eslogan que analizar una política pública. Es mucho más cómodo compartir un video viral que verificar si es verdadero. Es más sencillo indignarse que comprender. La inercia siempre favorece el pensamiento superficial.

La cultura del algoritmo

Vivimos inmersos en un ecosistema digital diseñado para captar nuestra atención, no para desarrollar un pensamiento crítico y nuestra capacidad de reflexión. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos gusta y comienzan a mostrarnos cada vez más de lo mismo. Poco a poco construyen una realidad personalizada en la que casi todas las opiniones parecen confirmar nuestras propias creencias. Así se crean cámaras de eco donde desaparece el contraste de ideas.

Lo preocupante es que aquello que más nos emociona suele ser precisamente lo que menos cuestionamos. Analizamos con lupa las noticias que contradicen nuestras posiciones políticas, pero aceptamos sin mayor examen  crítico las que favorecen a nuestro grupo. El resultado es una ciudadanía que confunde intensidad emocional con verdad y una cultura que lo promueve .

El silencio se volvió un lujo

El conferencista hacía una observación aparentemente sencilla, pero extraordinariamente profunda: el pensamiento crítico necesita silencio. No solo silencio exterior. También silencio interior.

Difícilmente se puede reflexionar cuando vivimos permanentemente bombardeados por notificaciones, videos de pocos segundos, titulares escandalosos y discusiones interminables en redes sociales. La cultura contemporánea nos mantiene ocupados todo el tiempo, pero rara vez nos deja espacio para pensar.Y una sociedad que pierde la capacidad de detenerse termina reaccionando por impulso.

Las siete preguntas que podrían cambiar a desarrollar  un pensamiento  crítico.

El conferencista proponía un ejercicio sorprendentemente simple frente a cualquier mensaje:

  • ¿Qué se está diciendo?
  • ¿A quién va dirigido?
  • ¿Por qué se afirma eso?
  • ¿Para qué se comunica?
  • ¿Cómo está presentado?
  • ¿Dónde aparece?
  • ¿Cuándo aparece?


Estas siete preguntas constituyen un pequeño antídoto contra la manipulación. Aplicarlas a una cadena de WhatsApp, a un discurso político, a un video viral o a una publicación en redes sociales obliga a abandonar la pasividad y recuperar el papel activo del ciudadano. Lamentablemente, la mayoría de nosotros hacemos exactamente lo contrario. Consumimos información sin detenernos a examinarla.

Pensar también requiere conversar

El pensamiento crítico no se desarrolla únicamente en soledad. También necesita diálogo. Escuchar a quien piensa distinto. Leer autores que desafían nuestras convicciones. Conversar con respeto.  Explicar nuestras propias ideas hasta descubrir sus fortalezas y debilidades. Cuestionar periódicamente nuestras creencias y supuestos.

Cuando dejamos de hablar con quienes discrepan de nosotros, dejamos también de aprender. Y cuando solo convivimos con personas que piensan igual, nuestras certezas dejan de ser fruto de la reflexión para convertirse en simples hábitos colectivos.

Una cultura que no enseña a pensar

En mi blog anterior sostuve que la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de ello. Las elecciones no producen una cultura determinada. Más bien revelan la cultura que ya existe.

Si una sociedad privilegia el espectáculo sobre la deliberación, la indignación sobre la argumentación y la emoción inmediata sobre la evidencia, es perfectamente lógico que terminen triunfando quienes mejor dominan esos lenguajes. No es casualidad que hoy tengamos los candidatos que han llegado a la segunda vuelta mañana. Es el resultado de la coherencia cultural que hemos desarrollado. El problema no empieza en el tarjetón electoral. Empieza mucho antes, cuando dejamos de enseñar a pensar críticamente en la familia, en la escuela, en la universidad y en la conversación pública.

Recuperar la ciudadanía adulta

En semanas recientes he escrito sobre la diferencia entre una libertad adolescente y una libertad adulta. Quizás el pensamiento crítico sea precisamente uno de los rasgos que distinguen ambas.

La libertad adolescente actúa por impulso. La libertad adulta reflexiona antes de actuar. La primera busca gratificación inmediata. La segunda acepta el esfuerzo que implica comprender.  La primera reacciona. La segunda discierne.

Una democracia necesita ciudadanos adultos. No basta con que las personas tengan derecho al voto. También necesitan las capacidades intelectuales y morales y el pensamiento  crítico para ejercerlo responsablemente. Hoy estamos descuidando en las escuelas y las universidades, la formación  de  la capacidad de reflexionar antes de actuar que permita tener ciudadanos con el pensamiento crítico que sustente nuestra democracia.

La gran tarea cultural de Colombia

Más allá de quién gane esta elección presidencial, Colombia enfrenta un desafío mucho más profundo que escoger un nuevo mandatario. Tenemos una tarea pendiente:  reconstruir una cultura donde pensar críticamente se vuelva un valor social.

Donde el silencio no sea visto como pérdida de tiempo, leer siga siendo importante y escribir ayude a ordenar las ideas. Donde conversar con quien piensa distinto deje de ser una amenaza y vuelva a convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Y donde cada ciudadano aprenda a preguntarse, antes de compartir una noticia o depositar un voto: ¿esto es realmente cierto o simplemente confirma aquello que quiero creer?

Porque las democracias no se destruyen únicamente cuando aparecen líderes populistas. También se debilitan cuando desaparecen ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Y quizás la mayor responsabilidad de esta generación no sea solo elegir bien en las urnas, sino reconstruir una cultura que vuelva a formar personas libres, conscientes y con capacidad crítica. Solo entonces la política dejará de ser el escenario donde se expresan nuestras peores emociones y convertirse en el reflejo de una ciudadanía madura.

Al fin y al cabo, una sociedad que aprende a pensar críticamente no garantiza que siempre tome las decisiones correctas. Pero sí reduce enormemente la probabilidad de dejarse seducir por quienes ofrecen respuestas fáciles para problemas profundamente complejos de nuestra sociedad.

Lo que está en juego en Colombia no es solo quién gane una segunda vuelta. Es si, como sociedad, estamos dispuestos a recuperar el hábito de pensar antes de reaccionar, de leer antes de compartir, de conversar antes de etiquetar al que piensa distinto. Movimientos como “Colombia es buena, vale la pena cuidarla” tienen, en este sentido, una tarea que va más allá de lo electoral: se trata de ayudar a reconstruir, paso a paso, esa capacidad colectiva de detenerse, observar, reflexionar y dialogar que durante tanto tiempo dimos por descontada.

Porque al final, una democracia no es más sana que el pensamiento crítico de quienes la sostienen con su voto. Y ese pensamiento crítico, como bien señalaba la conferencia, no se improvisa el día de la elección: se cultiva, o se descuida, todos los días.