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jueves, 26 de marzo de 2026

Cuando las historias se alineas

  Cuando las historias se alinean: liderazgo, constelaciones narrativas y el 2026 (Publicado 29/03/26)

Las naciones no se transforman únicamente por reformas. Se transforman cuando cambian las historias que cuentan sobre sí mismas. En este blog sigo profundizando sobre el tema vital del papel de la narrativa en la el destino de un país como Colombia.

En Narrative Economics, Robert Shiller plantea algo que debería alterar profundamente la manera como entendemos la política y el liderazgo: las narrativas no son adornos retóricos; son fuerzas económicas y sociales que se comportan como epidemias. Se contagian, alcanzan picos, declinan y, a veces, resurgen con nuevas formas.

Pero el capítulo 7 de su libro, añade un matiz decisivo: las narrativas no operan solas. Se agrupan en constelaciones. Y cuando varias historias se alinean en el mismo clima emocional, pueden producir puntos de inflexión históricos. Esa idea es especialmente relevante para Colombia de cara al 2026.

Del contagio al sistema narrativo

En el capítulo 8, Shiller formula siete proposiciones fundamentales: las narrativas son contagiosas, tienen ciclos de vida, combinan emoción y hechos, interactúan entre sí y pueden alterar comportamientos económicos reales. No votamos solo por programas. Invertimos, migramos, participamos o nos retraemos en función de relatos que nos parecen plausibles.

Pero el capítulo 7 amplía el marco: no es una historia aislada la que cambia una sociedad, sino una constelación narrativa coherente. Cuando “el sistema está capturado”, “nada funciona”, “el cambio debe ser radical” y “hay culpables identificables” se refuerzan mutuamente, no estamos ante una opinión. Estamos ante un ecosistema emocional.

Y los ecosistemas emocionales moldean decisiones colectivas.

El ciclo que se agota

Toda constelación tiene un núcleo afectivo. En los últimos años, ese núcleo estuvo compuesto por indignación, desconfianza y expectativa redentora. Ese conjunto de narrativas alcanzó su punto máximo cuando logró convertirse en mandato político. Pero, como advierte Shiller, las narrativas también enfrentan la prueba del tiempo.

Cuando las expectativas superan la realidad, el relato comienza a desgastarse. No necesariamente desaparece, pero pierde intensidad movilizadora.

El momento actual parece corresponder a esa fase de declive. Y los momentos de declive no son vacíos. Son transiciones. La pregunta no es si habrá una nueva constelación narrativa. La pregunta es cuál será.

Casualidad y preparación

Shiller introduce una idea incómoda: la casualidad importa. Pequeños eventos fortuitos pueden activar o acelerar la propagación de una narrativa ya latente. Una crisis inesperada, un escándalo, un símbolo potente, un error estratégico.

Pero aquí hay una lección estratégica: la casualidad solo activa lo que ya está disponible. Si no existe una constelación alternativa preparada, el vacío será ocupado por otra igualmente polarizante. El liderazgo, por tanto, no controla los eventos. Pero puede preparar el terreno narrativo.

Liderazgo adaptativo: más allá de la técnica

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen transformación cultural y el ejercicio del liderazgo.

Colombia enfrenta un reto adaptativo con un profundo vacío de liderazgo . No es solo un problema de crecimiento económico o de reforma institucional. Es una cuestión de identidad colectiva, de confianza y de cultura cívica. Y los cambios culturales no se imponen por decreto. Se movilizan a través de historias que redefinen quiénes somos. Un liderazgo adaptativo no promete soluciones mágicas. Invita a asumir responsabilidades compartidas.

La constelación del cuidado

En este contexto, el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla propone una constelación alternativa.

Su núcleo emocional no es la indignación, sino el reconocimiento que visibiliza, escucha y la corresponsabilidad. Sus relatos no giran en torno a enemigos, sino a hábitos culturales que debemos superar: el incumplimiento, la indiferencia, la pasividad, la delegación excesiva. Sus protagonistas no son redentores, sino ciudadanos muy variados que hoy reclaman ser tenidos en cuenta, visibilizamos y escuchados: empresarios, universidades, jóvenes, comunidades residenciales, organizaciones sociales, Fuerzas Armadas, muchos de ellos líderes invisibles.

No se trata de negar los problemas del país. Se trata de reconfigurar la historia que nos contamos que define la identidad desde la cual los enfrentamos . La cultura —esa infraestructura invisible que determina cómo actuamos cuando nadie nos vigila— se convierte aquí en eje estratégico. Si la narrativa dominante dice “todo está perdido”, la cultura se erosiona. Si la narrativa emergente dice “yo si puedo y soy corresponsable, hemos construido mucho y debemos cuidarlo”, la cultura se fortalece.

El riesgo de la sustitución automática

Un error frecuente en transiciones narrativas es asumir que el desgaste de una historia garantiza el triunfo de otra. No es así. En sociedades polarizadas, cuando una constelación declina, pueden emerger relatos aún más simplificadores , emocionalmente intensos ,  destructivos y limitantes .

La historia demuestra que el vacío rara vez permanece. Por eso el trabajo narrativo previo es crucial. Hoy este es un mensaje de urgencia para millones de colombianos que no quisiéramos vivir la experiencia venezolana. Construir una constelación implica articular múltiples relatos coherentes: microhistorias de liderazgo, ejemplos de corresponsabilidad, experiencias sectoriales que demuestren que el cuidado es practicable. No basta una consigna. Se necesita un ecosistema de historias poderosas que nos hagan tener una autoimagen colectiva positiva  .

2026: elección de poder o elección de historia

En 2026 no solo se elegirá un Presidente . Se definirá si Colombia consolida una ciudadanía adulta o si continúa delegando su destino en figuras providenciales, mesías disfrazados como Petro. Estará en juego la historia que queremos encarnar hacia el futuro como nación. O asumimos la reconstrucción con madurez histórica, o repetimos el ciclo de expectativas desmesuradas y frustraciones recurrentes. Las elecciones visibles serán un episodio. La narrativa dominante será el verdadero gobierno invisible.

Una responsabilidad colectiva

Shiller nos recuerda que las narrativas son contagiosas y no lineales. Heifetz nos recuerda que el liderazgo moviliza adaptación y la narrativa juega un papel fundamental..

La convergencia de ambos plantea una tarea histórica: Preparar una constelación narrativa capaz de activarse cuando las circunstancias lo permitan. No se trata de manipular emociones. Se trata de encauzarlas hacia responsabilidad compartida. El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política madura. Implica memoria, disciplina, compromiso y respeto por lo construido.

Si la historia que repetimos es la del fracaso inevitable, actuaremos en consecuencia. Si la historia que repetimos es la del cuidado corresponsable, comenzaremos a comportarnos como custodios de un proyecto común. El fin de una constelación ya es perceptible. El comienzo del cuidado no será automático. Será una decisión cultural. Y esa decisión empieza hoy, en la historia que decidimos contar y sostener

En un próximo blog voy a conectar los temas de cultura y narrativa con los resultados de un reciente estudio contratado por el Instituto de Ciencia Política - ICP-  y la firma Búho sobre la narrativa imperante en el país. 

Y aprovechó para invitar a mis lectores que descarguen en Amazon o compren en librerías el último libro de Hernando Gómez Buendía : “Colombia después de Petro”. Extraordinario y oportunismo análisis muy incisivo que abre los ojos cuando más los necesitamos tener abiertos para entender porque llegamos a donde estamos y que podemos hacer de cara a la construcción de una nueva narrativa para Colombia.

PD: me llamo mucho la atención que mi blog anterior: “Colombia está desperdiciando a sus mayores” haya tenido una lecturabilidad menos de la mitad de los blogs míos en los últimos cinco meses, cuando abordó un de los temas más críticos para la sociedad colombiana. Invito al lector que no lo haya leído a que le dé la oportunidad y lo visite. Posiblemente yo sea el equivocado pero me gustaría generar la discusión y escuchar opiniones distintas

sábado, 21 de marzo de 2026

Colombia está desperdiciando a sus mayores

  Colombia está desperdiciando a sus mayores: Una conversación urgente que el país aún no quiere tener (Publicado 21/03/26)

Colombia no solo enfrenta un desafío demográfico; enfrenta un problema cultural y estratégico: no ha sabido reinterpretar el valor del envejecimiento en una sociedad que vive más años.

Estamos ante una paradoja:

  • Nunca habíamos tenido tantos años de vida disponibles
  • Y nunca habíamos desaprovechado tanto ese capital humano

Hay problemas que hacen ruido. Y hay problemas que crecen en silencio. Los primeros ocupan titulares, dividen la opinión pública y marcan la agenda política. Los segundos avanzan lentamente, sin generar alarma… hasta que se vuelven inevitables y nos explotan en la cara.

El envejecimiento de la población colombiana —y el desperdicio sistemático del talento senior— pertenece claramente a esta segunda categoría. Y, sin embargo, es uno de los temas más importantes que el país debería estar discutiendo hoy. En medio de la campaña política más trascendente de este siglo, el envejecimiento de la población y papel de los adultos mayores, no aparece como uno de los temas más críticos de nuestra sociedad . Cuando se medio menciona se ve como un problema y no como una oportunidad. 

Una transformación que ya ocurrió

En una reciente conversación en el podcast Políticas Públicas, los economistas Mauricio Reina y Eduardo Lora pusieron sobre la mesa una realidad que cambia por completo la forma como deberíamos entender el futuro del país: Colombia ya no es un país joven.O, al menos, está dejando de serlo rápidamente.

Durante décadas, nuestra estructura demográfica se parecía a una pirámide: muchos jóvenes en la base y pocos adultos mayores en la parte alta. Hoy esa figura se está transformando aceleradamente. La tasa de fecundidad ha caído a niveles históricamente bajos —alrededor de 1.06 hijos por mujer según un informe reciente— muy por debajo del nivel de reemplazo y más bajo que el Japón. Al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado de manera extraordinaria.

Para ponerlo en perspectiva: una persona nacida en Colombia en los años 60 tenía una expectativa de vida cercana a los 58 años. Hoy esa misma generación puede esperar vivir más de 80 años. Hemos ganado, en promedio, más de dos décadas de vida. Y ese es, al mismo tiempo, uno de los mayores logros de nuestra sociedad… y uno de sus mayores desafíos.

El problema no es vivir más… es cómo vivimos más

El aumento de la longevidad no es el problema. El problema es que nuestra sociedad —y particularmente nuestro mercado laboral— no ha sabido adaptarse a esa nueva realidad. Hoy en Colombia millones de personas llegan a la edad de pensión con buena salud, con experiencia acumulada y con una enorme capacidad productiva. 

Y, sin embargo, son expulsadas del sistema formal.No porque no puedan trabajar.Sino porque el sistema dejó de tener espacio para ellas.

El desperdicio del talento senior

Los datos que presenta Eduardo Lora son contundentes. En Colombia, la participación laboral y la formalidad tienen comportamientos profundamente preocupantes a medida que aumenta la edad.El empleo formal alcanza su punto máximo entre los 25 y 30 años.A partir de ahí comienza a caer. De manera sostenida. Y de manera dramática. A los 50 años, solo una fracción de las personas sigue vinculada a empleos formales. A los 60, la mayoría ha sido desplazada hacia la informalidad.

Esto significa que el país está perdiendo —de manera sistemática— una de sus mayores reservas de capital humano: personas con décadas de experiencia, conocimiento acumulado y criterio. Lo más grave es que esta exclusión no responde necesariamente a una caída en la productividad.Responde, en gran medida, a un sesgo cultural y estructural contra la edad.

El edadismo: un prejuicio invisible

Una de las hipótesis más relevantes planteadas en la conversación es la existencia de un fuerte sesgo antisenior en el mercado laboral colombiano. Las empresas —especialmente las grandes— tienden a evitar la contratación de personas mayores.

Las razones que se esgrimen son conocidas:que tienen dificultades para adaptarse a la tecnología, que aprenden más lento, que se ausentan más, que son menos productivos. Pero la evidencia muestra que muchos de estos supuestos no son ciertos.

De hecho, en muchas actividades, las personas mayores presentan niveles de desempeño superiores gracias a su experiencia y capacidad de juicio.El problema no es la capacidad. Es la percepción. Y esa percepción está costándole al país una enorme pérdida de talento.

Un problema que va más allá del individuo

Este no es solo un problema de quienes están llegando a la edad de retiro. Es un problema estructural que afecta a toda la sociedad. Porque la combinación de dos tendencias —menos jóvenes y más adultos mayores— genera una presión creciente sobre el sistema económico. Cada vez habrá menos personas trabajando para sostener a una población más longeva. Y en un país con baja productividad y alta informalidad, esa ecuación se vuelve especialmente compleja.

Si además se excluye del sistema productivo a millones de personas que aún pueden aportar, el resultado es evidente: un deterioro progresivo de la sostenibilidad económica y social.

Una institucionalidad que no ha reaccionado

Uno de los aspectos más preocupantes es la falta de respuesta del sistema. Las políticas públicas siguen operando bajo supuestos demográficos del pasado. El sistema pensional, por ejemplo, no ha incorporado plenamente el impacto de la mayor longevidad.

El sistema financiero mantiene restricciones que dificultan el acceso al crédito para personas mayores. Y la legislación laboral, en algunos casos, genera incentivos perversos que desincentivan la contratación de trabajadores senior. Todo esto ocurre mientras el problema sigue creciendo. En silencio.

¿Problema o oportunidad?

Pero hay otra forma de mirar esta realidad. El envejecimiento de la población también puede ser una oportunidad. Una sociedad que logra aprovechar el talento senior puede ganar en productividad, estabilidad y cohesión social. Puede construir organizaciones más equilibradas. Puede fortalecer procesos de mentoría y transferencia de conocimiento. Puede desarrollar nuevas formas de trabajo más flexibles e inclusivas.

El problema no es la edad. El problema es el modelo.

Repensar la vida productiva

Tal vez el cambio más profundo que necesitamos hacer es conceptual. Durante décadas hemos operado bajo un modelo lineal de vida:educación, trabajo, jubilación. Ese modelo ya no corresponde a la realidad. Hoy las personas viven más, cambian más de ocupación y tienen la posibilidad de reinventarse varias veces a lo largo de su vida. Esto implica repensar la educación, el trabajo y las políticas públicas. Implica construir ciclos de vida más flexibles. Implica reconocer que la productividad no tiene una fecha de vencimiento fija.

Una conversación que el país no está dando

A pesar de la magnitud del problema, este tema sigue siendo marginal en la agenda pública.No genera movilización. No produce polarización. No es políticamente atractivo.En muchos casos, incluso, es visto como un “problema de viejos o de chuchos”.

Y esa percepción es, en sí misma, parte del problema. Porque lo que está en juego no es solo el bienestar de una generación. Es el equilibrio de toda la sociedad.


Cuidar a quienes nos cuidaron

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la conversación. De dejar de ver a las personas mayores como una carga. Y empezar a verlas como una oportunidad. Como una fuente de experiencia, estabilidad y conocimiento.

Pero también como una responsabilidad colectiva. Porque una sociedad que no sabe integrar a sus mayores es una sociedad que no ha entendido su propia evolución.

Una invitación a ampliar la mirada

Este blog es, en el fondo, una invitación. A reconocer que estamos frente a una transformación profunda. A entender que el envejecimiento de la población no es un tema marginal, sino estructural. Y a abrir una conversación que Colombia no puede seguir postergando. Porque el futuro del país no se construye solo con los jóvenes que hoy son cada día menos.

También se construye con quienes han acumulado la experiencia de toda una vida.

Un siguiente paso

En el próximo blog quiero profundizar en esta idea desde una perspectiva más humana y cercana:  El futuro de Colombia también lo cuidan los mayores.

Es una reflexión sobre el papel que pueden jugar los adultos mayores en la construcción del país. Una mirada que conecta con algo esencial: que el futuro de Colombia no solo se construye hacia adelante. También se construye reconociendo el valor de quienes han llegado más lejos en el camino de la vida y cuya experiencia quieren aportar.


sábado, 14 de marzo de 2026

Cuando la democracia se desmonta desde adentro

  Cuando la democracia se desmonta desde adentro y sus ciudadanos no la cuidan

Una advertencia desde Estados Unidos para Colombia en vísperas de la elección para Presidente del 2026

Hace pocos días publiqué un blog titulado “Los países cambian cuando cambian las historias que deciden contarse”. En él proponía una idea sencilla pero poderosa: las sociedades no solo se organizan a través de instituciones o leyes; también se sostienen sobre las narrativas que sus ciudadanos comparten sobre sí mismos.

Las historias que una nación decide creer terminan moldeando su cultura, sus expectativas y, finalmente, su destino.

Hay narrativas que construyen esperanza y sentido de propósito colectivo. Pero también existen narrativas que alimentan el resentimiento, la desconfianza y la ruptura del tejido social. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando observamos lo que hoy ocurre en varias democracias del mundo.

Recientemente escuché una presentación del historiador y viajero Rick Steves sobre la situación política en Estados Unidos. Su intervención, dirigida a ciudadanos preocupados por el futuro de su país, contiene una advertencia que trasciende el caso norteamericano: las democracias rara vez mueren de un golpe repentino; normalmente se debilitan lentamente desde adentro cuando permiten que una narrativa destructiva se extienda como un cancer en la sociedad.

Durante décadas, Estados Unidos fue para gran parte del mundo un referente simbólico de la democracia liberal. No porque fuera perfecto —ninguna democracia lo es— sino porque representaba un conjunto de principios que inspiraron a muchas sociedades: libertad individual, estado de derecho, pluralismo, alternancia en el poder y respeto por las instituciones.

Por eso me resultó particularmente impactante, escuchar a un historiador y observador de la vida pública estadounidense, advertir que la principal amenaza para esa democracia no viene hoy desde afuera, sino desde adentro.

La preocupación central de Steven es que el movimiento político dominante dentro del Partido Republicano —el movimiento MAGA— estaría impulsando una narrativa destructiva que impulsa un proceso sistemático de debilitamiento institucional que, de consolidarse, podría transformar profundamente la naturaleza de la democracia estadounidense.

Más allá de las posiciones partidistas, el valor de su reflexión radica en algo más profundo: identificar los patrones de la narrativa que suelen acompañar los procesos de erosión democrática . Y lo interesante es que esos patrones no pertenecen ni a la derecha ni a la izquierda. Como lo muestra la historia de las dictaduras en el Siglo XX en lo que llevamos de este siglo, son los manuales clásicos de cualquier deriva autoritaria. Lo más inquietante es que ese proceso suele ir acompañado de nuevas narrativas políticas que buscan justificar el deterioro institucional

El manual del deterioro democrático

Steves describe cómo ciertos movimientos políticos han logrado construir una narrativa poderosa según la cual el país estaría amenazado por enemigos internos, instituciones corruptas y élites traidoras. En esa historia, el líder político aparece como el único capaz de “salvar” a la nación.

Es una narrativa emocionalmente eficaz. Promete soluciones simples para problemas complejos. Identifica culpables claros. Ofrece un relato épico de rescate nacional. Pero detrás de esa narrativa suele esconderse algo más preocupante: una estrategia sistemática para debilitar las instituciones que sostienen la democracia.

A lo largo de la historia, este proceso ha seguido patrones bastante reconocibles. Steves describe lo que llama el “manual del dictador”: un conjunto de tácticas que se han repetido a lo largo de la historia en diferentes países cuando los liderazgos políticos buscan concentrar poder. Entre ellas aparecen varias señales conocidas que hoy estamos viendo en Colombia:

Primero, la construcción de un líder que exige lealtad personal absoluta, por encima de las instituciones.

Segundo, la promesa de soluciones simples para problemas complejos, apelando más a la emoción que a la realidad.

Tercero, el debilitamiento de la sociedad civil: sindicatos, universidades, organizaciones independientes y medios de comunicación. El fortalecimiento de grupos incondicionales como los indígenas del Cauca en Colombia.

Cuarto, la captura de la burocracia profesional, reemplazando expertos por ideólogos o personas cuya principal virtud es la obediencia política.

Quinto, la creación de enemigos internos —inmigrantes, opositores, periodistas, empresarios o minorías— que sirven como chivos expiatorios para explicar todos los problemas.

Sexto, la deslegitimación preventiva de las elecciones, insinuando fraude cuando los resultados no favorecen al líder. Lo acabamos de ver con Petro.

Séptimo, el uso del miedo como herramienta política, presentando crisis de seguridad o amenazas internas para justificar medidas excepcionales.

Octavo, el ataque sistemático a la prensa y al sistema judicial, con el fin de debilitar los controles al poder.

Noveno, la manipulación de emergencias o tragedias para ampliar la autoridad del gobierno. Caso reciente las inundaciones de Córdoba en nuestro país.

Décimo, la utilización de la justicia para perseguir adversarios y proteger aliados. 

Estos patrones no son nuevos. Se han observado en distintos momentos de la historia del siglo XX y del XXI. Lo que resulta inquietante es que muchos de ellos están reapareciendo simultáneamente en distintas democracias contemporáneas alrededor del mundo .

El espejo para Colombia

Colombia no es Estados Unidos. Nuestra historia institucional, nuestra cultura política y nuestros conflictos sociales son distintos. Sin embargo, el análisis de Steves permite mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo en nuestro propio país.

Mientras en Estados Unidos algunos observadores ven riesgos provenientes de sectores de la derecha populista, en Colombia muchos ciudadanos perciben amenazas provenientes del proyecto político impulsado por el actual gobierno de izquierda. 

Los países no solo se transforman a través de reformas económicas o decisiones políticas. También cambian cuando sus ciudadanos deciden contar nuevas historias sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir. 

Durante décadas, Colombia ha estado atrapada en narrativas profundamente negativas sobre sí misma: violencia, corrupción, desigualdad, conflicto permanente. Muchas de esas realidades han sido ciertas. Pero cuando una sociedad solo se define a sí misma a partir de sus problemas, termina debilitando su propia capacidad de imaginar un futuro diferente.

La diferencia ideológica no cambia el fenómeno de fondo. Las democracias pueden deteriorarse desde cualquiera de los extremos. Lo que las debilita no es una etiqueta ideológica, sino ciertas prácticas recurrentes:

– La deslegitimación constante de las instituciones.

– El desprecio por los contrapesos democráticos.

– El intento de colonizar la justicia, los organismos de control o la burocracia estatal.

– La creación permanente de enemigos políticos.

– El uso sistemático de la polarización como estrategia de poder.

Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, la democracia comienza a permitir algo esencial: una narrativa que mina la confianza compartida en las reglas del juego. Y cuando las reglas dejan de ser creíbles, la democracia entra en terreno peligroso y puede desaparecer.

El valor de la solidaridad democrática

Una de las ideas más interesantes de la reflexión de Steves es que la defensa de la democracia no puede ser un proyecto partidista. Debe ser un proyecto patriótico, colectivo y solidario alrededor de un propósito superior. En su llamado, él insiste en la necesidad de crear coaliciones incómodas: alianzas entre sectores distintos que, aunque no compartan todas sus ideas, sí comparten algo fundamental: la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas.

Ese punto es especialmente relevante para Colombia en los próximos dos meses y medio. En este periodo veremos una intensa campaña electoral por la Presidencia. Como ocurre en toda democracia, habrá diferencias ideológicas legítimas.

Pero existe un gran peligro y una frontera que no debería cruzarse: lo que separa la competencia democrática de la destrucción del sistema democrático. Cuando los actores políticos comienzan a ver las instituciones como obstáculos que deben ser desmontados, la política deja de ser una disputa democrática y se convierte en una lucha cruda y sin escrúpulos por el control total del poder.

El verdadero debate que viene

Las elecciones de 2026 no serán solo una competencia entre candidatos. En el fondo, serán también una conversación sobre el tipo de democracia que los colombianos queremos preservar y que historia nos queremos creer como nación. Una narrativa que reconoce que tenemos una  democracia imperfecta, sí, pero que se puede mejorar y se debe de cuidar. Esta narrativa reconoce que Colombia es buena , que vale la pena cuidar sus instituciones y sus avances, pero basada en principios que han permitido mantener un cierto equilibrio institucional durante más de siete décadas:

– separación de poderes

– elecciones libres

– pluralismo político

– libertad de prensa

– justicia independiente

– alternancia en el poder.

Esos principios no son abstractos. Son las garantías que permiten que un ciudadano común pueda vivir en libertad, cuidar el fundamento de una narrativa que nos permita mejorar nuestra autoestima y nos haga sentir orgullosos como colombianos .

La libertad nunca está garantizada

La lección más profunda que deja la reflexión de Rick Steves es simple pero poderosa:la democracia nunca está asegurada para siempre. Incluso en países con larga tradición democrática como los Estados Unidos, puede deteriorarse si los ciudadanos se vuelven indiferentes frente a su erosión. Por eso su llamado urgente a sus compatriotas para que despierten, se movilicen y tracen una línea roja antes de que sea muy tarde.

La libertad no se pierde de un día para otro.Se pierde gradualmente, a través de pequeñas decisiones, silencios y concesiones. 

Por eso, en momentos electorales como el que comienza en Colombia, el desafío no es solo elegir gobernantes. El desafío es más profundo: recordar que la democracia pertenece a los ciudadanos, no a los gobiernos. Y que su defensa requiere algo que hoy parece escaso pero sigue siendo indispensable: coraje cívico, responsabilidad colectiva y una profunda convicción de que la libertad —aunque imperfecta— sigue siendo el bien público más valioso que una sociedad puede preservar

sábado, 7 de marzo de 2026

El fin de una narrativa dominante?

 El fin de una historia negativa y el comienzo de otra  más motivante

Cómo el declive de la narrativa dominante abre espacio para “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” como propuesta de liderazgo adaptativo hacia 2026

En 2019, el Nobel de Economía Robert J. Shiller publicó Narrative Economics, un libro que debería ser lectura obligatoria para cualquier sociedad que quiera comprender su propio momento histórico. Su tesis es clara: las historias se comportan como epidemias y pueden provocar cambios económicos, políticos y culturales de gran escala.

No son los datos los que primero mueven a una nación. Son los relatos que les dan sentido. Y Colombia está viviendo, silenciosamente, el declive de un relato dominante.

El contagio del desencanto

Shiller plantea que las narrativas son contagiosas. Se expanden no por su exactitud, sino por su carga emocional y su capacidad de ser repetidas. Cuando una historia logra activar indignación, esperanza o resentimiento, comienza a multiplicarse.

En Colombia se volvió contagiosa la narrativa del agotamiento institucional. El relato de que el sistema estaba capturado, que nada funcionaba, que el cambio radical era la única salida. Esa historia conectó con frustraciones reales y acumuladas. Alcanzó su punto máximo cuando se convirtió en mandato electoral.

Pero toda narrativa tiene un ciclo de vida. Nace, crece, alcanza un pico y, tarde o temprano, enfrenta la prueba de la realidad. Cuando los resultados no coinciden con las expectativas emocionales que la impulsaron, comienza el desgaste. No necesariamente desaparece de inmediato, pero pierde su fuerza movilizadora original.

Colombia parece estar entrando en esa fase. Y ese momento —según Shiller— no es solo un cierre. Es una apertura.

El punto de inflexión narrativo

Las sociedades rara vez cambian únicamente por políticas públicas. Cambian cuando cambia la historia que cuentan sobre sí mismas. El desgaste de una narrativa dominante crea una ventana histórica: la posibilidad de introducir un relato alternativo.

Pero aquí está la diferencia crucial: no basta con criticar la historia que declina. Hay que ofrecer una superior. Y superior no significa ingenua. Significa más profunda, más integradora, más sostenible emocionalmente.

Es en este punto donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere relevancia estratégica. No surge como negación de los problemas. Surge como un nuevo enfoque de la identidad nacional.

En lugar de partir del resentimiento, parte del reconocimiento. En lugar de anclarse en la fractura, se apoya en la corresponsabilidad. En lugar de esperar redentores, convoca ciudadanos adultos. Ese cambio es profundamente adaptativo.

Cultura y corresponsabilidad: el núcleo del nuevo relato

En blogs anteriores he insistido en que la cultura no es un adorno simbólico. Es la infraestructura invisible de la convivencia. Es el conjunto de creencias, hábitos y expectativas que determinan cómo actuamos cuando nadie nos está vigilando.

Si la narrativa dominante instala la idea de que todo está perdido, la cultura se erosiona. Si instala la idea de que el otro es el enemigo, la confianza se rompe. Si instala la idea de que el cambio depende de un líder providencial, la corresponsabilidad desaparece.

El movimiento Colombia es buena propone algo distinto: reconocer que, pese a las dificultades, este país ha construido instituciones, empresas, universidades, comunidades, redes de solidaridad y ciudadanos extraordinarios.

No es un relato complaciente. Es un relato equilibrado. Reconoce lo que falta, pero también visibiliza lo que funciona. Y eso cambia el tono emocional de la conversación colectiva. Shiller nos enseñó que las narrativas contagian. Una narrativa de cuidado también puede contagiar.

Liderazgo adaptativo en tiempos de transición

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen cambios culturales y liderazgo.

Colombia no enfrenta solo un desafío económico o institucional. Enfrenta un desafío emocional y cultural. Necesitamos un liderazgo que entienda que el problema no es únicamente quién gobierna, sino desde qué historia gobierna.

Un liderazgo que:

  • No exacerbe la fractura.
  • No instrumentalice el miedo.
  • No prometa redenciones simplificadoras.
  • Invite a la adultez ciudadana.

El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política profunda. Implica responsabilidad compartida, vigilancia ética, compromiso intersectorial.

Y puede ejercerse desde múltiples frentes: empresarios, universidades, jóvenes, Fuerzas Armadas, comunidades residenciales, organizaciones sociales.Ese es el norte adaptativo que propone Colombia es buena: una convergencia improbable alrededor de una narrativa superior.

De 2026 en adelante: qué historia gobernará

Toda elección es una elección narrativa. No votamos solo por programas. Votamos por historias que nos explican quiénes somos y hacia dónde vamos.

El riesgo es que el agotamiento del relato actual sea reemplazado por otro igualmente polarizante. La oportunidad es que emerja una narrativa más madura.

Una narrativa que no niegue los errores, pero que tampoco construya identidad desde la descalificación permanente. Que reconozca que en Colombia hay talento, esfuerzo, resiliencia y liderazgo distribuido. Que entienda que la cultura del cuidado no es romanticismo, sino estrategia de largo plazo. Porque, en última instancia, las sociedades se parecen a las historias que repiten.

La responsabilidad histórica que se abre

El verdadero desafío hacia 2026 no es solamente elegir un nuevo gobierno. Es elegir la historia desde la cual queremos gobernarnos. Las elecciones son momentos visibles. Las narrativas son procesos silenciosos.

Si el agotamiento del relato dominante no es acompañado por la construcción deliberada de una narrativa superior, el vacío emocional será llenado por otra historia simplificadora, polarizante o mesiánica. Las sociedades no toleran el vacío narrativo.

Por eso el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es un gesto optimista. Es una estrategia adaptativa. Parte de una premisa distinta: Colombia no es un país condenado. Es un país inacabado. Y en ese hecho habita una reserva extraordinaria de liderazgo distribuido, cultura resiliente y capacidad de corresponsabilidad que rara vez se visibiliza.

Reconocer lo bueno no es ingenuidad. Es una decisión estratégica para reconstruir confianza.

En 2026 no solo se elegirá un Presidente. Se decidirá si Colombia da el salto definitivo hacia una ciudadanía adulta y corresponsable o si insiste en delegar su destino en figuras providenciales. Estará en juego la historia que queremos encarnar como nación: o asumimos la reconstrucción del país con madurez y memoria, o repetimos, una vez más, los errores que nos han impedido avanzar y que nos pueden unir como nación .

El liderazgo adaptativo que necesitamos no promete redención. Convoca madurez. No exacerba emociones primarias. Las canaliza hacia propósito. No divide identidades. Las integra alrededor del cuidado.

Shiller nos enseñó que las narrativas son contagiosas y cíclicas. Heifetz nos recordó que el liderazgo moviliza a las sociedades a enfrentar sus propias contradicciones. La convergencia de ambos plantea una tarea histórica para Colombia:

Construir una narrativa que transforme la economía emocional del país. Porque si la historia que repetimos es la del fracaso, nos comportaremos como fracasados. Si la historia que repetimos es la del cuidado y la corresponsabilidad, comenzaremos a actuar como cuidadores de un proyecto común.

El fin de una historia ya es visible. El comienzo del cuidado no será automático.Y será una decisión colectiva. Y esa decisión empieza por asumir que cada sector —empresarios, universidades, jóvenes, comunidades, organizaciones sociales— tiene un papel insustituible en la historia que está por escribirse.

La pregunta no es quién nos salvará. La pregunta es quién asumirá su parte. Y es la esencia del liderazgo que exige 2026.