Cuidar la casa común: una conversación que está emergiendo en Colombia (publicado 28/02/26)
En los últimos meses he tenido la oportunidad de escuchar y leer reflexiones provenientes de distintos espacios ciudadanos que, sin haberse coordinado entre sí, parecen estar llegando a conclusiones sorprendentemente similares sobre el país que somos y el país que podríamos llegar a ser.
Recientemente escuché un podcast del profesor Andrés Ramírez en el que se presentaba una iniciativa llamada “Unidos en el desacuerdo”, cuyo propósito es promover una nueva conversación nacional basada en la esperanza, la responsabilidad ciudadana y la construcción colectiva. Lo que más me llamó la atención no fue solo la calidad de las reflexiones, sino la profunda convergencia que encontré entre esas ideas y las que han venido dando forma al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla.
Cuando distintas personas y proyectos llegan a conclusiones parecidas sin haberse puesto de acuerdo, suele ser señal de que está abriendo una ventana de oportunidad para divulgar una verdad profunda. Y tal vez eso es lo que está comenzando a ocurrir en Colombia: está emergiendo lentamente una conversación, una nueva narrativa, que gira alrededor de una idea sencilla pero poderosa: Colombia es buena, es una casa común que necesita ser cuidada por todos antes de que la perdamos por no habernos despertado a tiempo.
El privilegio de ser colombianos
Una de las ideas más hermosas que aparecen en todas estas reflexiones es la definición de lo que significa ser colombiano. Ser colombiano no es solamente haber nacido en un territorio determinado. Es el privilegio de haber nacido en uno de los países más diversos del planeta.
Pocas naciones tienen la variedad de paisajes, especies, climas, culturas, acentos, tradiciones y formas de vida que tiene Colombia. Su diversidad es extraordinaria, pero sobre todo en su gente. Sin embargo, paradójicamente, en lugar de nutrirnos de esas diferencias, con frecuencia terminamos negándola o ignorándolas .
El diferente nos incomoda y no lo valoramos. El que piensa distinto nos parece sospechoso. El que viene de otra región o de otro grupo social nos resulta ajeno y nos alejamos de él. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, todos tenemos que aportar y ganar si nos reconocemos y aprendemos a escuchamos mucho más.
Pero justamente allí reside una de las claves para el futuro del país. Entender nuestra diversidad no como una amenaza sino como una riqueza y un gran activo, y que es un paso indispensable para construir un verdadero sentido de identidad nacional.
Colombia puede convertirse en un país más fuerte en la medida en que logre reconocerse como un “nosotros plural”, donde la diferencia no sea motivo de fractura sino fuente de apoyo y de aprendizaje común.
El peligro de las narrativas negativas
Otra de las convergencias más llamativas entre estas reflexiones y las que han inspirado el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla, es la preocupación por el poder de las narrativas positivas y negativas.
Durante muchos años se ha ido instalando entre nosotros la idea de que Colombia es un país condenado al fracaso, un lugar donde nada funciona y donde cualquier esfuerzo está destinado a perderse. Es la sensación, descrita magistralmente por García Márquez, de que “algo muy grave va a suceder”. Y si querer queriendo, hemos venido creando una cultura implícita en el subconsciente colectivo, que nos envuelve de manera invisible , como lo menciona el experto en cultura Henry Murrain.
En un reciente artículo publicado por este investigador en El Espectador sobre el papel de la cultura negativa escribe :
“ Hay la tendencia cultural a describir nuestra propia comunidad como inferior, defectuosa o irremediablemente fallida. No se trata de una teoría abstracta. Está en nuestro lenguaje cotidiano.
Llamamos “colombianada” a lo mal hecho o lo tramposo. Hablamos de la “hora colombiana” como sinónimo de impuntualidad. Decimos que el undécimo mandamiento es “no dar papaya”, porque “en este país no se puede confiar en nadie. Es una forma silenciosa de desprecio colectivo por nuestra propia identidad”.
La cultura es iteración constante de información: aquello que repetimos se convierte en expectativa compartida e inconsciente. Así, si reiteramos que “ser colombiano” es ser tramposo o poco confiable, esa narrativa termina organizando nuestra manera de vernos y de ver a los demás.
Siguiendo la lógica de Murrain, el problema es que las narrativas negativas tienen consecuencias reales. Cuando una sociedad comienza a creer que su futuro está perdido, termina debilitando su propia capacidad de actuar. La desesperanza paraliza, y la parálisis termina produciendo aquello mismo que se teme.
Un país puede destruirse no solo por la violencia o por las crisis económicas, sino también por la pérdida de la confianza en sí mismo. Por eso resulta tan importante construir narrativas distintas. No narrativas ingenuas ni triunfalistas, sino narrativas capaces de reconocer los problemas sin negar las posibilidades. En próximos blogs volveré sobre este tema tan importante.
Decir que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no significa ignorar sus dificultades. Significa afirmar que, a pesar de ellas, existe un país que merece ser construido. Solo necesitamos repetirlo para que lo podamos creer, interiorizar y reflejar en nuestras acciones individuales y colectivas.
Ser ciudadano es habitar y cuidar
Tal vez la convergencia más profunda, entre estas reflexiones y el movimiento que venimos impulsando, está en la idea de ciudadanía. Ser ciudadano no significa simplemente votar cada cuatro años ni delegar en los políticos la responsabilidad por el destino colectivo. Ser ciudadano significa habitar activamente el país y cuidar de él.
Por lo anterior, coincido con Ramírez cuando afirma que habitar implica cuidar, lo que también está en el corazón de nuestra propuesta. Cuidar el barrio, cuidar el conjunto residencial, cuidar los espacios públicos, cuidar las relaciones humanas, cuidar las instituciones, cuidar las reglas de convivencia. Y la magia del cuidado es que permite la convergencia de una sociedad que hoy está fracturada.
Un país es, en el fondo, como una casa. Necesita mantenimiento permanente. Necesita que alguien limpie, que alguien repare las grietas, que alguien evite que el deterioro avance.
También necesita que quienes viven en esa casa contribuyan a su sostenimiento. Pagar impuestos, cumplir las normas y participar en la vida comunitaria son formas básicas de cuidar el lugar que habitamos.
Y una gran advertencia: Un derecho sin deberes y responsabilidad termina debilitándose. Una ciudadanía que solo reclama derechos sin asumir deberes termina erosionando las bases mismas de la convivencia democrática.
Y algo más. Un país no se cuida desde el gobierno: se cuida desde la ciudadanía.
El “nosotros” que hace posible la convivencia
Detrás de la idea de cuidado aparece un concepto aún más profundo: el sentido de identidad y de pertenencia. Las personas necesitan sentirse parte de algo más grande que ellas mismas: una familia, un barrio, una escuela, un equipo, una comunidad.
Ese sentido de pertenencia es el que permite construir la identidad del “nosotros” sin el cual ninguna sociedad puede sostenerse. Cuando el “nosotros” desaparece, el otro deja de ser un ciudadano y se convierte en un adversario o en un extraño. Y cuando eso ocurre, la confianza se debilita y la convivencia se vuelve frágil.
La democracia no puede sobrevivir únicamente gracias a las instituciones. También necesita de manera fundamental una base cultural hecha desde el reconocimiento mutuo, el respeto y la cooperación. Sin un “nosotros”, no hay reglas que puedan sostenerse en el tiempo. Esta es una verdad profunda que hoy ignora la sociedad colombiana.
Unidos en el desacuerdo
Uno de los aportes más valiosos con los que me identifico de la iniciativa Unidos en el desacuerdo, es precisamente la idea de que la unidad no significa uniformidad. En una sociedad diversa es inevitable que existan desacuerdos. Pretender eliminarlos sería no solo imposible sino indeseable. El verdadero desafío no es eliminar las diferencias sino aprender a convivir con ellas.
El mensaje es clave: lo fácil es encontrar aquello que nos divide y lo difícil es descubrir aquello que nos une.Pero solo a partir de esos puntos de encuentro puede construirse un proyecto común. Podemos pensar distinto sobre muchas cosas y, sin embargo, coincidir en que este país vale la pena cuidarlo y en que todos tenemos una responsabilidad en lograrlo.
La lección del colibrí
Entre las imágenes más poderosas que aparecen en las reflexiones del artículo de Ramírez, hay una pequeña fábula que resume de manera extraordinaria el espíritu de esta conversación emergente.
En medio de un incendio forestal, todos los animales huyen. Solo un colibrí va y viene llevando en su pico pequeñas gotas de agua para intentar apagar el fuego. Un jaguar lo observa y le pregunta qué está haciendo. El colibrí responde: “Estoy seguro de que no lograré apagar el incendio, pero estoy haciendo mi parte.”
Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes para Colombia. La transformación de un país no depende de gestos heroicos individuales, sino de millones de pequeñas acciones cotidianas realizadas por ciudadanos que deciden asumir su responsabilidad. Sumadas todas son capaces de hacer la diferencia y su impacto transformador sobre nuestra autoimagen individual y colectiva. Un extraordinario ejemplo que si se puede , nos lo ofrecen los ciudadanos de Medellín con el cuidado colectivo de su Metro y el orgullo que tienen por él y su ciudad.
Amar y entender Colombia
Amar a Colombia es relativamente fácil. La belleza del país, la calidez de su gente y su enorme potencial despiertan afecto casi de manera natural en muchos extranjeros que nos visitan. . Pero entender a Colombia es un trabajo más exigente. Implica conocer sus complejidades, reconocer sus contradicciones y asumir sus desafíos con realismo. Solo cuando entendemos un país podemos cuidarlo de verdad.
Tal vez la conversación que está comenzando a emerger en distintos espacios ciudadanos tenga precisamente ese propósito: aprender a entender mejor a Colombia para poder amarla con mayor profundidad y cuidarla con mayor responsabilidad.
Porque, en el fondo, cuidar la casa común no es tarea de unos pocos. Es una tarea de todos. Y quizás lo más esperanzador de este momento es que cada vez más colombianos parecen estar llegando, por caminos distintos, a esa misma convicción.
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