¿Estamos eligiendo un presidente o simplemente un ganador? Blog para leer antes de votar.
Hay momentos en la historia de un país en los que las preguntas más importantes desaparecen de la conversación pública. Colombia parece estar viviendo uno de ellos.
A pocas horas de una de las elecciones más trascendentales de las últimas décadas, el debate nacional ha estado dominado por los insultos, las descalificaciones, los escándalos, las redes sociales, los videos virales, las emociones de corto plazo y una creciente polarización que dificulta pensar con serenidad. Hoy tenemos tres candidatos punteando en las encuestas que, hasta hace menos de seis meses, no estaban en el radar de nadie para ser considerados entre las principales opciones para llegar a la Presidencia de Colombia.
Lo que sí conocemos es que dos de ellos han sido senadores y un tercero es un controvertido litigante que ha pasado buena parte de su vida reciente fuera del país.
Pero, como lo planteaba Hernando Gómez Buendía en una reciente columna en defensa del centro publicada en El Espectador:
“Los tres piensan como piensa la gente común porque vienen directamente de sus propias tribus emocionales y nunca tuvieron que administrar la complejidad. Ninguno ha gobernado una gran ciudad, una región compleja o una burocracia gigantesca. Ninguno ha tenido que arbitrar intereses incompatibles, cuadrar presupuestos imposibles, manejar sindicatos, policías, empresarios, ambientalistas, transportadores y jueces al mismo tiempo”.
Y yo añadiría que cualquiera de ellos, si se gana la lotería de llegar a la más alta posición del Estado, tendrá que enfrentar, junto con su equipo, la acumulación de problemas más difíciles de nuestra historia contemporánea y las expectativas desbordadas de un país profundamente dividido.
Y los tres han estado envueltos en una campaña que se parece más a un circo que al proceso serio que requiere para elegir al futuro Presidente de Colombia, en uno de los momentos más críticos de su historia, para orientar y dirigir los destinos de la nación.
Teniendo en cuenta estas reflexiones, resulta fundamental hacerse una pregunta que no ha sido tema principal en este carnaval de ruido, donde han abundado la desinformación y los ataques personales, mientras han escaseado los debates de fondo:
¿Qué condiciones personales y capacidades necesita realmente quien llegue a la Presidencia de Colombia en este momento tan complejo de nuestra historia?
La pregunta es especialmente relevante porque, hace apenas seis meses, pocos habrían imaginado que los principales aspirantes a la Presidencia serían quienes hoy encabezan las encuestas. La triste realidad es que el país se encuentra frente a una oferta política inesperada, construida más por las dinámicas emocionales de la coyuntura y por el desastre que nos deja el gobierno Petro, que por una deliberación profunda sobre las capacidades requeridas para gobernar una nación extraordinariamente compleja.
Quien llegue a la Casa de Nariño recibirá un país atravesado simultáneamente por múltiples crisis.
Una crisis de seguridad que ha permitido la expansión de grupos armados ilegales en amplias zonas del territorio. Una crisis fiscal que limita enormemente la capacidad de maniobra del Estado. Una crisis del sistema de salud que genera incertidumbre sobre la atención de millones de ciudadanos. Una crisis energética que amenaza la competitividad y la estabilidad futura del país. Una crisis institucional derivada de años de polarización creciente. Y quizás la más delicada de todas: una profunda crisis de confianza entre los colombianos.
No se trata de problemas aislados. Son desafíos interconectados que se retroalimentan mutuamente y que exigen una capacidad de liderazgo excepcional.
Y aquí vale la pena conectar con una reflexión de mis dos blogs anteriores: lo que está en juego es nuestra democracia, que sustenta la libertad. Pero el ejercicio del voto este domingo no puede entenderse únicamente como la posibilidad de elegir entre opciones, sino también como la responsabilidad moral y ética de ejercer esa decisión pensando en el bien común.
Elegir a un presidente es, en el fondo, un acto de libertad ciudadana. Pero una libertad que solo adquiere sentido cuando está guiada por criterios éticos y por una reflexión seria sobre el carácter y las capacidades de quien recibirá el poder. Cuando eso no sucede, las consecuencias terminan siendo las que hoy estamos viviendo, o aún peor.
Por eso resulta preocupante que la discusión pública haya estado centrada casi exclusivamente en quién tiene la razón ideológica, quién representa mejor un determinado sector político o quién despierta la emoción más intensa, mientras se ha dejado de lado una cuestión mucho más profunda: la capacidad personal y profesional para gobernar en medio de un entorno de enorme complejidad nacional e internacional.
Ronald Heifetz, profesor de Harvard y uno de los mayores expertos mundiales en liderazgo, distingue entre los retos técnicos y los retos adaptativos. Los primeros pueden resolverse mediante conocimientos especializados, experiencia previa o procedimientos conocidos. Los segundos exigen algo mucho más difícil: movilizar a una sociedad para enfrentar realidades incómodas, cambiar comportamientos, construir nuevas capacidades colectivas y atravesar períodos prolongados de incertidumbre.
Colombia enfrenta hoy, principalmente, inmensos retos adaptativos.
Y eso cambia completamente la naturaleza del liderazgo requerido. No basta con tener buenas intenciones. No basta con ser una persona honesta. No basta con ser un excelente comunicador. No basta con haber sido un buen senador, un buen abogado o un buen opositor. Gobernar un país en crisis demanda condiciones personales y capacidades extraordinariamente exigentes.
Y aun si una persona las tuviera, los retos son tan enormes que probablemente desbordarían las capacidades de cualquier individuo, por competente y experimentado que fuera.
Si fuéramos a elaborar el perfil del cargo, como se haría para seleccionar al líder de una empresa en crisis, veamos qué requisitos mínimos exigiríamos: estabilidad emocional para tomar decisiones bajo presión extrema; capacidad para escuchar opiniones distintas sin convertir la diferencia en enemistad; humildad intelectual para reconocer errores y corregir el rumbo; autocontrol para no reaccionar impulsivamente frente a las críticas; fortaleza psicológica para soportar ataques permanentes sin perder el equilibrio; criterio para distinguir entre lo popular y lo correcto; y capacidad para rodearse de personas más capaces que uno mismo.
Y quizás la más escasa de todas: la capacidad de unir a un país fragmentado y diverso cuando todos los incentivos políticos empujan en la dirección contraria.
Para unir se requiere empatía: la capacidad de salir de sí mismo y comprender que el adversario político no tiene que ser un enemigo al que hay que eliminar, sino alguien cuya voz también representa problemas reales, angustias reales y personas reales que deben ser incluidas si se quiere comenzar a sanar las profundas heridas que Petro deja en la sociedad colombiana.
La historia está llena de líderes que se creían inteligentes pero fracasaron porque carecían de estas cualidades. También está llena de dirigentes con enormes conocimientos técnicos que terminaron agravando los problemas que pretendían resolver porque no entendieron la dimensión humana del poder.
Pero también porque la democracia no depende únicamente de las leyes ni de las capacidades individuales. Cuando existen crisis severas, como las que hoy enfrenta Colombia, también influye enormemente la madurez emocional y moral de quienes ejercen el poder.
Pero hay otra cara de la moneda que es tan importante como lo anterior. El ejercicio de la Presidencia no exige únicamente virtudes y capacidades. También amplifica los defectos personales.
Si alguien es impulsivo, la Presidencia amplifica esa impulsividad. Si es arrogante, el poder amplifica esa arrogancia. Si tiene dificultades para escuchar, el aislamiento propio del poder profundiza esa limitación. Si ve enemigos en todas partes, el poder terminará rodeándolo de enemigos reales.
Por eso las elecciones no son simplemente una competencia de propuestas. Son también una evaluación del carácter de quienes aspiran a llegar al poder. Porque el carácter de una persona suele revelarse y ponerse a prueba precisamente cuando aparecen las crisis y se enfrenta la complejidad del cargo, especialmente cuando no existe una experiencia previa comparable.
Pero, para agravar aún más la situación, quien llegue a gobernar Colombia encontrará una institucionalidad debilitada y más frágil de lo que muchos imaginan.
Es un hecho que una de las lecciones más importantes que ha dejado Colombia en los últimos años es que las instituciones, por sólidas que parezcan, son mucho más vulnerables de lo que creíamos cuando llegan al poder personas que no comprenden los límites que exige una democracia constitucional.
Las instituciones crean límites. Pero son los líderes quienes escogen actuar dentro de ellos o intentar sobrepasarlos. Las constituciones establecen reglas. Pero son las personas quienes deciden respetarlas o estirarlas. Hoy vemos a Petro violentando muchas de ellas sin mayor pudor porque considera que la impunidad política que ha tenido hasta ahora se lo permite.
Por todo lo anterior, resulta tan preocupante que estas consideraciones hayan desaparecido prácticamente del debate electoral actual. Han predominado la ideología, las encuestas, las alianzas y los escándalos. Pero hemos discutido muy poco sobre las capacidades personales necesarias para liderar una nación fragmentada y en crisis como la nuestra.
Y esa omisión puede terminar siendo una de las más costosas para el futuro del país.
Porque los próximos cuatro años exigirán capacidades sobresalientes de liderazgo, pero también de gobierno. Liderazgo para inspirar, movilizar la corresponsabilidad y promover la construcción colectiva de soluciones. Liderazgo para disminuir significativamente la confrontación y reconstruir la confianza.
Se requiere más serenidad y menos espectáculo. Más responsabilidad y menos fuegos artificiales. Más madurez que agresividad, más prudencia que fanatismo y más carácter que consignas ideológicas.
Este domingo los colombianos no solo estarán escogiendo entre distintos proyectos políticos. Estarán escogiendo a la persona que ocupará el centro del sistema institucional más importante de la República.
Estaremos escogiendo la manera como se ejercerá el poder. La forma como se tramitarán los desacuerdos. La capacidad de convocar o dividir. La disposición para construir puentes o profundizar fracturas. Y esa decisión tendrá consecuencias mucho más profundas que cualquier promesa de campaña.
Quizás otra pregunta que cada ciudadano debería hacerse antes de votar, no es únicamente quién representa mejor sus preferencias ideológicas. Después de estas reflexiones , tal vez debería replantear la pregunta que propuse al inicio de este blog:
¿Quién , de los cinco candidatos que hoy se presentan, tiene las condiciones humanas para enfrentar con equilibrio, prudencia, inteligencia y sentido de responsabilidad el inmenso peso de gobernar una Colombia herida, polarizada y compleja?
Porque las naciones rara vez fracasan únicamente por falta de recursos. Muchas veces fracasan por errores de liderazgo. Y cuando eso ocurre, las consecuencias pueden acompañarlas durante generaciones.
Lo que está en juego este domingo no es solamente quién gana una elección. Lo que está en juego es la calidad del liderazgo con el que Colombia intentará reconstruir su futuro.
¿Quién cree realmente en una versión de país donde cabemos todos?
Porque, al final, el verdadero desafío de quien llegue a la Presidencia no será derrotar a sus adversarios ni imponer una visión sobre la otra. Será construir una versión más grande de Colombia, una en la que puedan convivir quienes piensan distinto, quienes quieren cambio y quienes necesitan estabilidad, quienes temen perder lo construido y quienes sienten que nunca han tenido oportunidades.
Esa es, quizás, la tarea más difícil del próximo presidente. Y también la más urgente.
PD: Estaba terminando de escribir este blog cuando me llegó una columna de Juanita Uribe, de la cual extracto el siguiente párrafo:“Porque Colombia no necesita otra narrativa en la que unos tengan que desaparecer para que otros puedan existir. No necesita rabia, superioridad moral, miedo o la nostalgia de un país que ya no existe. Necesita una versión más grande de sí misma. En la que quepan quienes han estado afuera, pero también quienes tienen miedo de perder lo que han construido. Donde quepan los empresarios y los trabajadores, los jóvenes y los mayores, las regiones y las ciudades, los que quieren cambio y los que necesitan estabilidad. Una versión en la que la diferencia no se trate como una amenaza, sino como materia prima con la que hay que trabajar”.
Mejor final para este blog, imposible.
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