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viernes, 1 de mayo de 2026

La mayoría silenciosa

 La voz de la clase media que Colombia  necesita despertar en 2026 

Como una continuidad a los temas tratados en el libro de Hernando Gómez Buendía “Colombia después de Petro”, por los comentarios que recibí, me di cuenta que hay un vacío en el proceso electoral actual que es urgente visibilizarlo: el país no solo está polarizado… está incompleto.

Mientras el debate público se radicaliza y el país parece atrapado en una confrontación permanente entre los extremos de izquierda y derecha, hay una realidad que pocos están dispuestos a reconocer: el verdadero centro de gravedad de Colombia no está en los discursos más estridentes, sino en una mayoría silenciosa que no se identifica con ninguno de los extremos.

 Me refiero al “centro” —más que una posición ideológica— es un espacio vital donde habitan millones de colombianos, en su mayoría pertenecientes a la clase media, que han optado por apartarse del ruido, no por indiferencia sino por desconfianza. Sin embargo, su silencio está teniendo un costo: al no participar, están dejando que otros definan el rumbo del país. Y así, paradójicamente, mientras los extremos dominan la conversación, el verdadero país —el que trabaja, construye y sostiene— permanece invisible y mudo.

No es la ausencia de una voz marginal. No es una minoría irrelevante. Es, en realidad, la voz de millones de colombianos que sostienen el país todos los días… pero que han optado por el silencio. Me refiero a la clase media.

El país que funciona… pero no se expresa

La clase media colombiana madruga, trabaja, paga impuestos, educa a sus hijos, cumple —en la medida de lo posible— las reglas del juego, y mantiene en funcionamiento gran parte de la vida económica y social del país. Es el tejido que conecta la institucionalidad con la vida cotidiana. Es el espacio donde se construyen aspiraciones, movilidad social y sentido de progreso.

Y, sin embargo, hoy está muy ausente. Observa, analiza, comenta en privado… pero no actúa colectivamente. Ese silencio, en un momento como el actual, no es neutro. Es un vacío. Y todo vacío en política termina siendo ocupado.

La lección que sí entendió Petro

Uno de los aprendizajes más importantes del momento actual —y que Hernando Gómez Buendía ayuda a entender con claridad con su nuevo libro Colombia después de Petro, — es que la llegada de Petro al poder no fue una casualidad ni una anomalía. Fue la expresión de un cambio más profundo. Petro entendió algo que otros sectores ignoraron: el poder de la narrativa como herramienta de movilización.

Logró darle voz a quienes se sentían invisibles. Transformó frustraciones dispersas en identidad política. Convirtió el malestar en causa.

Pero esa construcción tuvo un rasgo determinante: fue una narrativa que no integró, sino que dividió. En lugar de articular al país, lo fragmentó. En lugar de sumar voces, las jerarquizó. Y en ese proceso, sectores como la clase media quedaron desdibujados, cuando no directamente cuestionados.

El riesgo de una narrativa excluyente

Aquí aparece una diferencia clave que Colombia debe entender hacia adelante. Dar voz a los excluidos es necesario. Pero hacerlo a costa de invisibilizar a otros es profundamente equivocado.

Las sociedades que avanzan no reemplazan unas voces por otras. Las articulan. Sin embargo, buena parte del discurso reciente ha operado bajo una lógica de confrontación permanente: unos contra otros, víctimas contra responsables, pueblo contra “élites”, como si el país pudiera dividirse en categorías simples. Esa simplificación no solo es falsa. Es peligrosa porque rompe los puentes que permiten construir futuro.

La clase media: entre el miedo y la falta de relato

¿Por qué la clase media no ha reaccionado? . No es por falta de conciencia. No es por indiferencia real. Es, en buena medida, por tres factores: Primero, el miedo. El costo de opinar en un entorno polarizado es alto. Segundo, el cansancio. Años de frustración han erosionado la confianza en la posibilidad de cambio. Y tercero —quizás el más importante—: la ausencia de una narrativa que la convoque.

A la clase media no se le ha hablado como actor central del país. No se le ha ofrecido un relato en el cual reconocerse. Y sin relato, no hay movilización como ya lo hemos visto en blogs sobre el poder de las narrativas.

La oportunidad: una narrativa que integre, no que divida

Aquí es donde se abre una posibilidad extraordinaria de cara a 2026. Si algo ha demostrado este momento histórico es que las narrativas importan. Que las historias que una sociedad decide creer pueden cambiar su rumbo. Colombia no necesita una nueva narrativa que sustituya una polarización por otra. 

Necesita una narrativa que integre. Una narrativa que reconozca el dolor de los excluidos, pero también el esfuerzo de quienes han sostenido el país. Que entienda la desigualdad sin desconocer la construcción. Que convoque desde la responsabilidad, no desde el resentimiento. Y aquí es donde su propuesta cobra una relevancia estratégica profunda.

“Colombia es buena”: una narrativa que sí incluye

El movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla introduce un elemento que ha estado ausente en el debate público: una narrativa que no excluye, sino que suma. No parte del diagnóstico de la destrucción, sino del reconocimiento de lo que funciona. No convoca desde la rabia, sino desde el cuidado. Y, sobre todo, no plantea una lucha entre sectores, sino una corresponsabilidad compartida.

En ese marco, la clase media encuentra algo que hoy no tiene en el escenario político: un lugar. Un rol. Un propósito.

Dar voz a la clase media no es excluir: es equilibrar

Darles voz a millones de colombianos de clase media no implica invisibilizar a otros. Implica recuperar el equilibrio. Porque una democracia sana no se construye sobre la supremacía de un grupo, sino sobre la participación de todos. 

La clase media no es un actor secundario. Es un puente social. Conecta aspiraciones con realidades. Articula lo público con lo privado. Sostiene buena parte de la confianza institucional. Pero hoy, ese puente está debilitado. Y fortalecerlo es una tarea urgente.

Del silencio a la acción: el verdadero llamado

El desafío no es simplemente “darle voz” a la clase media. Es invitarla a asumir su papel. A pasar de la conversación privada a la acción pública. De la crítica a la construcción. De la distancia a la corresponsabilidad. Y esto no se logra con discursos políticos tradicionales. Se logra con una narrativa que convoque, que inspire y que conecte con algo más profundo: el sentido de pertenencia.

Porque al final, las sociedades cambian cuando sus ciudadanos deciden involucrarse.

2026: una decisión que no admite espectadores

La elección de 2026 no será una elección más. Será una definición de rumbo. Y en ese momento, la diferencia no la marcarán únicamente los liderazgos visibles. La marcarán los millones de ciudadanos que hoy están en silencio. Si ese silencio se mantiene, otros decidirán por ellos. Si ese silencio se transforma en acción, el país puede cambiar de dirección.

Una voz que completa la historia

Insisto, Colombia no necesita reemplazar unas voces por otras. Necesita escucharse completa. Hoy, esa historia está incompleta. Le falta una voz. La de la clase media que sostiene el país… pero que aún no ha decidido hablar. Si esa voz emerge, si encuentra un relato que la convoque, si se conecta con otros sectores desde una lógica de colaboración, Colombia puede abrir un nuevo capítulo. Un capítulo donde el liderazgo no divida, sino que articule. Donde la política no enfrente, sino que convoque.

Y donde, finalmente, entendamos que cuidar a Colombia no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos los ciudadanos.