Libertad sin brújula: cuando la moral se convierte en trinchera
La discusión sobre la libertad se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla culturales y políticos de nuestro tiempo. Se habla de libertad para justificar casi cualquier cosa: desde el rechazo a las instituciones hasta la agresión verbal contra quien piensa distinto; desde la desobediencia a las normas hasta la imposición moral sobre los demás. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo esencial: ¿qué tipo de libertad estamos defendiendo?
Este domingo escribí sobre la diferencia entre la libertad adolescente y la libertad adulta. La primera entiende la libertad como ausencia de límites; la segunda, como capacidad de actuar responsablemente dentro de límites legítimos construidos colectivamente.
Hoy , a tres días de la primera vuelta por la Presidencia de Colombia, el tema no es menor. Tiene enormes implicaciones para el momento que vive Colombia y para las decisiones políticas que millones de ciudadanos deberán tomar el próximo domingo en las urnas.
En una entrevista publicada por La Nación al psiquiatra Pablo Malo Ocejo , mencionaba que el tribalismo está disparado, porque “las ideologías políticas han tomado lugar que antes ocupaba la religión y están funcionando de brújula moral e identificaría para sus seguidores”. Sus opiniones se apoyan en las reflexiones de pensadores como Francis Fukuyama y Marshall McLuhan, para plantear una tesis muy preocupante: la desaparición progresiva de la religión como gran organizadora moral de la sociedad no eliminó la necesidad humana de pertenencia, identidad y sentido. Lo que hizo fue desplazarla hacia nuevas formas de tribalización política y cultural.
Durante siglos, las sociedades occidentales compartieron ciertos marcos éticos y culturales relativamente comunes. Había desacuerdos, por supuesto, pero existía una idea compartida de comunidad moral. La religión —con todas sus limitaciones y contradicciones históricas— ayudaba a crear lenguajes comunes sobre el bien, el deber, la responsabilidad y los límites. Hoy ese marco se ha fragmentado profundamente.
La política ya no gira solamente alrededor de debates económicos o institucionales. De hecho en estas elecciones no fue posible un debate entre los tres finalistas porque Cepeda se negó a hacerlo si no se cumplía con sus reglas. Pero el hecho es que la dinámica política gira cada vez más alrededor de identidades emocionales y morales. Las personas ya no solo votan por programas de gobierno; votan por tribus culturales que les ofrecen reconocimiento emocional, sentido de pertenencia y validación moral. Y allí comienza uno de los mayores riesgos para la democracia contemporánea. Porque los intereses económicos se negocian pero las identidades morales que se vuelven absolutas, no.
Cuando una sociedad deja de verse como una comunidad política y comienza a verse como una guerra entre tribus morales irreconciliables, la libertad empieza a deteriorarse silenciosamente. El otro deja de ser un ciudadano distinto y se convierte en un enemigo moral que debe ser derrotado, humillado o excluido. Abrir un diálogo en estas condiciones es imposible.
Las redes sociales han acelerado dramáticamente este fenómeno. Los algoritmos premian la indignación, simplifican la complejidad y convierten las emociones en espectáculo permanente. La viralidad reemplaza la reflexión. La reacción emocional reemplaza la deliberación democrática. Y poco a poco aparece una nueva moral excluyente.
Una moral que no busca convivir con quien piensa diferente, sino cancelar su legitimidad. Una moral que divide a la sociedad entre “puros” e “impuros”, entre “pueblo” y “enemigos del pueblo”, entre “despiertos” y “retrógrados”.
Ese fenómeno no pertenece exclusivamente ni a la izquierda ni a la derecha. Existe en múltiples expresiones ideológicas alrededor del mundo. Pero en Colombia hemos visto cómo desde sectores de la extrema izquierda se ha promovido de manera sistemática una narrativa de confrontación moral que profundiza la polarización y erosiona las bases culturales de la libertad democrática. Pero ahora con el candidato de la extrema derecha vamos en la misma dirección.
No se trata simplemente de diferencias ideológicas legítimas. Las democracias necesitan pluralismo y debate. El problema aparece cuando la diferencia política se transforma en exclusión moral. Cuando quienes piensan distinto dejan de ser considerados adversarios democráticos y comienzan a ser presentados como enemigos éticamente inferiores. Ese lenguaje ha ido penetrando lentamente la conversación pública colombiana.
Empresarios convertidos automáticamente en “explotadores”. Medios independientes señalados como “enemigos del cambio”. Instituciones cuestionadas no desde la crítica legítima, sino desde la deslegitimación permanente. Fuerzas Armadas humilladas colectivamente. Ciudadanos moderados caricaturizados como cómplices de privilegios históricos simplemente por defender ciertos principios institucionales.
La lógica tribal necesita enemigos permanentes para sostener la cohesión emocional de sus seguidores. Y aquí aparece una paradoja profundamente peligrosa: en nombre de la libertad y de la justicia social puede terminar construyéndose una cultura profundamente intolerante frente a la diversidad de pensamiento.
Porque la libertad no sobrevive solamente gracias a elecciones periódicas. Sobrevive gracias a una cultura moral capaz de aceptar límites, reconocer la legitimidad del otro y sostener espacios comunes de convivencia. Sin eso, las democracias comienzan a degradarse emocionalmente desde adentro.
El deterioro no siempre empieza con dictaduras explícitas. Muchas veces comienza con algo más sutil: la erosión de los códigos morales compartidos que permiten que personas diferentes convivan sin destruirse mutuamente. Eso explica por qué hoy tantas sociedades parecen atrapadas en estados permanentes de indignación y confrontación emocional.
Estados Unidos con Trump vive una expresión dramática de este fenómeno. Europa también. América Latina empieza a profundizarlo peligrosamente con Milei y Bukele . Y Colombia no es inmune a algo similar desde los dos extremos ideológicos que hoy se disputan el poder.
En este contexto, la discusión sobre la libertad adquiere una importancia enorme. Porque la libertad adulta exige aceptar algo que las culturas políticas extremas detestan: que ninguna persona, partido o movimiento posee el monopolio absoluto de la verdad moral.
La libertad adulta reconoce límites. Entiende que vivir en democracia implica autocontrol, responsabilidad y capacidad de coexistencia. Entiende que los derechos conviven con deberes. Que las leyes importan. Que las instituciones importan. Que las formas importan.
La libertad adolescente, en cambio, interpreta cualquier límite como opresión y cualquier desacuerdo como agresión moral. Por eso resulta tan preocupante escuchar dirigentes políticos afirmar que “lo legal no tiene nada que ver con lo ético”, como ocurrió recientemente en Colombia.
La frase parece sofisticada, pero encierra un enorme peligro pedagógico. Claro que existen cosas legales que pueden ser inmorales. La historia está llena de ejemplos. Pero precisamente por eso las democracias modernas buscan construir sistemas donde legalidad, ética pública e institucionalidad dialoguen y se corrijan mutuamente. Cuando se separan completamente, aparece el terreno perfecto para el caudillismo moral.
Cada líder comienza entonces a presentarse como intérprete único de “la verdadera moral del pueblo”, por encima de las normas, de las instituciones y de los contrapesos democráticos. Y allí la libertad empieza a convertirse en arbitrariedad.
La historia latinoamericana está llena de experiencias donde líderes carismáticos llegaron al poder prometiendo liberar al pueblo de élites corruptas, para terminar construyendo sistemas profundamente intolerantes frente a la crítica y la pluralidad.
Por eso las elecciones del próximo domingo tienen una dimensión que va mucho más allá de escoger administradores públicos o programas económicos. Lo que también está en juego es el tipo de cultura democrática que queremos fortalecer hacia el futuro. Una cultura basada en la conversación democrática, el respeto institucional y la libertad responsable.
O una cultura crecientemente tribalizada donde cada grupo considera ilegítimo al otro y donde la moral se convierte en instrumento de exclusión política.
Es evidente que Colombia necesita reformas. Necesita corregir desigualdades históricas. Necesita combatir privilegios, corrupción y exclusión. Pero ninguna transformación sostenible puede construirse destruyendo las bases culturales que permiten la convivencia democrática.
Porque las sociedades no se destruyen únicamente cuando colapsa la economía. También se destruyen cuando desaparece la confianza mínima que permite reconocernos como parte de una comunidad común. Y reconstruir esa confianza puede tardar generaciones y si no veamos a Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Por eso el reto de Colombia no es simplemente político. Es profundamente cultural y moral. Necesitamos reaprender a convivir con diferencias. Necesitamos reconstruir una ética ciudadana compartida que permita debatir sin destruir. Necesitamos educar para una libertad adulta, capaz de combinar derechos con responsabilidad y autonomía con corresponsabilidad.
Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de nuestra época: entender que la libertad no puede sobrevivir en una sociedad donde cada tribu construye su propia moral excluyente y deja de reconocer cualquier obligación hacia el conjunto.
Porque una democracia no se sostiene solamente por constituciones o elecciones. Se sostiene por una cultura moral que permita que millones de personas diferentes acepten convivir dentro de reglas comunes. Y cuando esa cultura desaparece, la polarización deja de ser un simple desacuerdo político y comienza a convertirse en una amenaza directa contra la libertad misma.
Hoy Colombia está peligrosamente cerca de esa frontera. Y quizás todavía estamos a tiempo de entenderlo.
Mirando a los candidatos que el domingo próximo se disputan la Presidencia, la pregunta que deja las reflexiones de este blog, es cuál de ellos ofrece la mejor posibilidad de no seguir con la dinámica tribalista descalificadora del otro y conservar nuestra libertad. Usted decide .
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