Una sociedad que deja de enseñar a pensar críticamente termina votando emocionalmente y, tarde o temprano, entrega su futuro a quienes mejor manipulan sus emociones.
Más que presentar el pensamiento crítico como una habilidad académica, en este blog propongo verlo como una responsabilidad ciudadana y una condición indispensable para que funcione una democracia, especialmente en momentos tan críticos como el actual.
Hace unos días escuché una conferencia que me dejó una inquietud profunda. El conferencista insistía en que el pensamiento crítico no es una técnica para resolver problemas ni una habilidad reservada para los filósofos o los científicos. Es, sobre todo, una manera de vivir.
Mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en Colombia.
Y me preguntaba si buena parte de la crisis política que hoy vivimos no tiene su origen precisamente en una cultura que ha dejado de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Hace apenas seis meses, muy pocos colombianos imaginaban que los dos candidatos que hoy disputan la Presidencia llegarían a la segunda vuelta. Sin embargo, millones de personas terminaron descartando alternativas con mayor experiencia administrativa, mayor preparación técnica o trayectorias más sólidas.
No es solo un problema de candidatos buenos o malos, ni siquiera únicamente de manipulación política. Es que vivimos en una cultura que, en términos generales, no promueve el pensamiento crítico. Una cultura que premia la inmediatez sobre la reflexión, la indignación sobre el diálogo, la imagen sobre la palabra razonada.
No se trata de afirmar que exista un único candidato correcto o que quien vote distinto esté equivocado. La democracia consiste precisamente en la libertad de elegir. La pregunta es otra: ¿estamos eligiendo después de pensar o simplemente después de reaccionar? Y si como resultado de no pensar, tenemos una cultura que hizo posible que tuviéramos los finalistas que hoy se pelean la llegada al poder como lo mencioné en mi blog anterior.
Pensar es un acto de libertad
Uno de los planteamientos más sugerentes de la conferencia es que el pensamiento crítico está íntimamente ligado a la libertad.
Una persona que no reflexiona termina viviendo según las opiniones de otros. Sus decisiones dejan de ser propias para convertirse en el resultado de las presiones del entorno, de las emociones del momento o de las narrativas dominantes. En otras palabras, puede creer que está ejerciendo su libertad cuando en realidad está siendo conducida.
La libertad auténtica exige detenerse, analizar y preguntarse por qué creemos lo que creemos. Quizás por eso Blaise Pascal afirmaba que el primer paso de la moral consiste en detenerse a pensar.
El problema no es la inteligencia. Es la voluntad.
Muchas veces suponemos que el pensamiento crítico depende exclusivamente del coeficiente intelectual. No es cierto. También requiere voluntad.
Pensar exige esfuerzo. Exige resistirse a aceptar la primera explicación disponible. Buscar información adicional, escuchar argumentos distintos y reconocer que uno mismo puede estar equivocado.
Es mucho más fácil repetir un eslogan que analizar una política pública. Es mucho más cómodo compartir un video viral que verificar si es verdadero. Es más sencillo indignarse que comprender. La inercia siempre favorece el pensamiento superficial.
La cultura del algoritmo
Vivimos inmersos en un ecosistema digital diseñado para captar nuestra atención, no para desarrollar un pensamiento crítico y nuestra capacidad de reflexión. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos gusta y comienzan a mostrarnos cada vez más de lo mismo. Poco a poco construyen una realidad personalizada en la que casi todas las opiniones parecen confirmar nuestras propias creencias. Así se crean cámaras de eco donde desaparece el contraste de ideas.
Lo preocupante es que aquello que más nos emociona suele ser precisamente lo que menos cuestionamos. Analizamos con lupa las noticias que contradicen nuestras posiciones políticas, pero aceptamos sin mayor examen crítico las que favorecen a nuestro grupo. El resultado es una ciudadanía que confunde intensidad emocional con verdad y una cultura que lo promueve .
El silencio se volvió un lujo
El conferencista hacía una observación aparentemente sencilla, pero extraordinariamente profunda: el pensamiento crítico necesita silencio. No solo silencio exterior. También silencio interior.
Difícilmente se puede reflexionar cuando vivimos permanentemente bombardeados por notificaciones, videos de pocos segundos, titulares escandalosos y discusiones interminables en redes sociales. La cultura contemporánea nos mantiene ocupados todo el tiempo, pero rara vez nos deja espacio para pensar.Y una sociedad que pierde la capacidad de detenerse termina reaccionando por impulso.
Las siete preguntas que podrían cambiar a desarrollar un pensamiento crítico.
El conferencista proponía un ejercicio sorprendentemente simple frente a cualquier mensaje:
- ¿Qué se está diciendo?
- ¿A quién va dirigido?
- ¿Por qué se afirma eso?
- ¿Para qué se comunica?
- ¿Cómo está presentado?
- ¿Dónde aparece?
- ¿Cuándo aparece?
Estas siete preguntas constituyen un pequeño antídoto contra la manipulación. Aplicarlas a una cadena de WhatsApp, a un discurso político, a un video viral o a una publicación en redes sociales obliga a abandonar la pasividad y recuperar el papel activo del ciudadano. Lamentablemente, la mayoría de nosotros hacemos exactamente lo contrario. Consumimos información sin detenernos a examinarla.
Pensar también requiere conversar
El pensamiento crítico no se desarrolla únicamente en soledad. También necesita diálogo. Escuchar a quien piensa distinto. Leer autores que desafían nuestras convicciones. Conversar con respeto. Explicar nuestras propias ideas hasta descubrir sus fortalezas y debilidades. Cuestionar periódicamente nuestras creencias y supuestos.
Cuando dejamos de hablar con quienes discrepan de nosotros, dejamos también de aprender. Y cuando solo convivimos con personas que piensan igual, nuestras certezas dejan de ser fruto de la reflexión para convertirse en simples hábitos colectivos.
Una cultura que no enseña a pensar
En mi blog anterior sostuve que la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de ello. Las elecciones no producen una cultura determinada. Más bien revelan la cultura que ya existe.
Si una sociedad privilegia el espectáculo sobre la deliberación, la indignación sobre la argumentación y la emoción inmediata sobre la evidencia, es perfectamente lógico que terminen triunfando quienes mejor dominan esos lenguajes. No es casualidad que hoy tengamos los candidatos que han llegado a la segunda vuelta mañana. Es el resultado de la coherencia cultural que hemos desarrollado. El problema no empieza en el tarjetón electoral. Empieza mucho antes, cuando dejamos de enseñar a pensar críticamente en la familia, en la escuela, en la universidad y en la conversación pública.
Recuperar la ciudadanía adulta
En semanas recientes he escrito sobre la diferencia entre una libertad adolescente y una libertad adulta. Quizás el pensamiento crítico sea precisamente uno de los rasgos que distinguen ambas.
La libertad adolescente actúa por impulso. La libertad adulta reflexiona antes de actuar. La primera busca gratificación inmediata. La segunda acepta el esfuerzo que implica comprender. La primera reacciona. La segunda discierne.
Una democracia necesita ciudadanos adultos. No basta con que las personas tengan derecho al voto. También necesitan las capacidades intelectuales y morales y el pensamiento crítico para ejercerlo responsablemente. Hoy estamos descuidando en las escuelas y las universidades, la formación de la capacidad de reflexionar antes de actuar que permita tener ciudadanos con el pensamiento crítico que sustente nuestra democracia.
La gran tarea cultural de Colombia
Más allá de quién gane esta elección presidencial, Colombia enfrenta un desafío mucho más profundo que escoger un nuevo mandatario. Tenemos una tarea pendiente: reconstruir una cultura donde pensar críticamente se vuelva un valor social.
Donde el silencio no sea visto como pérdida de tiempo, leer siga siendo importante y escribir ayude a ordenar las ideas. Donde conversar con quien piensa distinto deje de ser una amenaza y vuelva a convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Y donde cada ciudadano aprenda a preguntarse, antes de compartir una noticia o depositar un voto: ¿esto es realmente cierto o simplemente confirma aquello que quiero creer?
Porque las democracias no se destruyen únicamente cuando aparecen líderes populistas. También se debilitan cuando desaparecen ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Y quizás la mayor responsabilidad de esta generación no sea solo elegir bien en las urnas, sino reconstruir una cultura que vuelva a formar personas libres, conscientes y con capacidad crítica. Solo entonces la política dejará de ser el escenario donde se expresan nuestras peores emociones y convertirse en el reflejo de una ciudadanía madura.
Al fin y al cabo, una sociedad que aprende a pensar críticamente no garantiza que siempre tome las decisiones correctas. Pero sí reduce enormemente la probabilidad de dejarse seducir por quienes ofrecen respuestas fáciles para problemas profundamente complejos de nuestra sociedad.
Lo que está en juego en Colombia no es solo quién gane una segunda vuelta. Es si, como sociedad, estamos dispuestos a recuperar el hábito de pensar antes de reaccionar, de leer antes de compartir, de conversar antes de etiquetar al que piensa distinto. Movimientos como “Colombia es buena, vale la pena cuidarla” tienen, en este sentido, una tarea que va más allá de lo electoral: se trata de ayudar a reconstruir, paso a paso, esa capacidad colectiva de detenerse, observar, reflexionar y dialogar que durante tanto tiempo dimos por descontada.
Porque al final, una democracia no es más sana que el pensamiento crítico de quienes la sostienen con su voto. Y ese pensamiento crítico, como bien señalaba la conferencia, no se improvisa el día de la elección: se cultiva, o se descuida, todos los días.
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