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sábado, 11 de julio de 2026

La revolución silenciosa que Colombia necesita.

 

Lo que el renacer de la educación cívica en Estados Unidos puede enseñarnos para reconstruir el “nosotros” en Colombia

En el artículo de hace dos semanas sostuve que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

Las elecciones presidenciales dejaron una lección que va mucho más allá del nombre del ganador. Confirmaron que nuestro mayor desafío no es únicamente político. Es cultural. Las urnas no fracturaron al país. Simplemente hicieron visibles fracturas que venían creciendo silenciosamente desde hace muchos años.

Terminé aquel artículo formulando una pregunta que considero decisiva para nuestro futuro: ¿Cómo se reconstruye el “nosotros” en Colombia cuando el,país quedó fracturado en dos?

Durante varios días esa pregunta siguió rondando mi cabeza. Hasta que encontré una respuesta donde menos la esperaba. No en un discurso político ni un programa de gobierno o una reforma constitucional. La encontré en un artículo publicado en The New York Times por Danielle Allen, filósofa política de Harvard, titulado The Civic Education Comeback. Su lectura me produjo una mezcla de sorpresa y esperanza.

Mientras el mundo entero observa la creciente polarización política de los Estados Unidos, existe otra historia mucho menos visible que apenas comienza a llamar la atención. Una historia que no aparece todos los días en los titulares porque no está protagonizada por presidentes, congresistas o candidatos. Está siendo escrita por profesores, estudiantes, universidades, fundaciones, organizaciones sociales, empresas y líderes comunitarios.

Es una revolución silenciosa. Y creo que Colombia debería prestarle mucha atención.

La gran paradoja estadounidense

Pocas democracias occidentales han vivido durante la última década una polarización tan intensa como la estadounidense. Las instituciones han perdido credibilidad. La conversación pública se ha vuelto cada vez más agresiva. Las redes sociales han amplificado la desinformación. Las familias han dejado de hablar de política para evitar conflictos. Las universidades han sido escenario de profundas tensiones ideológicas. Y el regreso de Donald Trump al centro de la política ha intensificado aún más esa sensación de división permanente.

Sin embargo, mientras el debate público parecía deteriorarse, comenzó a crecer una corriente completamente distinta. Miles de ciudadanos llegaron a una conclusión sencilla pero profunda. La democracia no iba a salvarse únicamente ganando la siguiente elección. Había que volver a formar ciudadanos. Esa decisión cambió completamente la conversación.

Ese planteamiento me hizo recordar una reflexión muy similar que compartió el profesor John Martin, de la Universidad de Notre Dame, durante una reunión de planeación de la iniciativa Diálogos de Futuro en marzo de 2021. Martin afirmaba que, si el sistema de educación superior quería contribuir de verdad al desarrollo del país, su primera responsabilidad era formar ciudadanos. Solo después debía formar profesionales, para que, al ejercer sus respectivas disciplinas, pudieran convertirse en auténticos agentes de cambio al servicio de la sociedad.

Volviendo al caso norteamericano, en lugar de preguntarse únicamente cómo derrotar al adversario político, comenzaron a preguntarse cómo preparar mejor a la próxima generación para vivir en democracia. Más de treinta estados reformaron sus programas de educación cívica. Universidades de distintas orientaciones ideológicas comenzaron a trabajar juntas. Fundaciones privadas financiaron programas nacionales. Organizaciones de la sociedad civil diseñaron nuevas metodologías pedagógicas. Empresas comenzaron a apoyar iniciativas para fortalecer la ciudadanía.

La gran apuesta dejó de ser electoral. Pasó a ser cultural para construir las bases de una ciudadanía más preparada y corresponsable.

La democracia también se aprende

Quizá la mayor enseñanza de Danielle Allen consiste en recordar algo que muchas veces olvidamos. La ciudadanía no aparece espontáneamente cuando una persona cumple dieciocho años. La democracia tampoco nace automáticamente el día que alguien deposita un voto en una urna. Ambas necesitan aprendizaje. Como también apréndelos matemáticas, idiomas o una profesión.

Así como nadie nos enseñó a ser papás, ¿por qué suponemos que sabemos ser ciudadanos sin haber aprendido nunca cómo hacerlo?

Durante décadas dimos por sentado que bastaba con enseñar el funcionamiento de las instituciones. Memorizar artículos de la Constitución. Aprender la separación de poderes. Conocer las funciones del Congreso. Hoy ya ni siquiera se hace ese esfuerzo a pesar de que todos esos temas siguen siendo importantes. Pero hoy sabemos que no son suficientes y la educación cívica debe de actualizarse para enfrentar los retos de un entorno de altísima complejidad .

La democracia exige competencias mucho más sofisticadas. Escuchar. Argumentar. Evaluar evidencia. Reconocer información falsa. Distinguir hechos de opiniones. Aceptar la legitimidad del desacuerdo. Construir acuerdos sin renunciar a las propias convicciones. Nada de eso aparece de manera espontánea. También se debe aprender y hoy no se hace.

No enseñar qué pensar

Hay una idea del movimiento estadounidense que me parece extraordinariamente poderosa. Su propósito no consiste en enseñarles a los jóvenes qué deben pensar. Su propósito consiste en enseñarles cómo pensar juntos. La diferencia parece pequeña. En realidad cambia todo.

La educación cívica del siglo XXI no pretende producir ciudadanos que piensen igual. Pretende formar ciudadanos capaces de seguir viviendo juntos cuando piensan distinto en una sociedad marcada por la diversidad. Ese matiz resulta fundamental para países como Colombia.

Durante muchos años hemos sospechado de cualquier propuesta de educación cívica porque tememos el adoctrinamiento. Y con razón. Nuestra historia política explica esa desconfianza. Pero el modelo que hoy comienza a consolidarse en Estados Unidos plantea exactamente lo contrario.

No busca uniformidad sino pluralismo. No busca obediencia sino criterio. No busca producir seguidores sino ciudadanos conscientes y corresponsables .

La verdadera infraestructura de una democracia

Con frecuencia pensamos que la infraestructura de un país son las carreteras, los puertos, los aeropuertos, los hospitales o las redes digitales. Todo eso es indispensable. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible. La infraestructura mental y cívica.

Está formada por la confianza. Las normas compartidas. Los hábitos de cooperación. La disposición para resolver conflictos pacíficamente. La capacidad de deliberar. La credibilidad de las instituciones. La voluntad de participar. Cuando esa infraestructura invisible comienza a deteriorarse, ninguna democracia permanece fuerte durante mucho tiempo. Porque las instituciones no funcionan solas. Funcionan en la medida en que existan ciudadanos capaces de sostenerlas.

Colombia enfrenta exactamente el mismo desafío

Mientras leía el artículo de Danielle Allen no podía dejar de pensar en nuestro país. Nos hemos acostumbrado a explicar todos nuestros problemas desde la política. Culpamos al presidente. Al Congreso. A los partidos. A los jueces. A los medios. A los algoritmos. Y que pasa con nosotros mismos?

Todos tenemos alguna responsabilidad. Pero existe una pregunta mucho más incómoda. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de sostener la democracia que esperamos tener?

La respuesta, desafortunadamente, parece ser negativa.

Sabemos votar. Pero pocas veces sabemos deliberar. Sabemos protestar. Pero pocas veces sabemos cooperar. Sabemos indignarnos. Pero pocas veces sabemos construir confianza.

Y cuando aparecen diferencias profundas, con demasiada facilidad dejamos de ver al otro como un compatriota para convertirlo en un enemigo. No porque seamos malas personas. Sino porque nunca aprendimos otra manera de convivir.

Aquí comienza la verdadera misión de Colombia es buena

Hace varios meses en mis blogs vengo proponiendo que Colombia necesita construir una cultura ciudadana del cuidado. Hoy estoy aún más convencido que nunca.

Pero ahora comprendo que el cuidado necesita un fundamento mucho más profundo. Necesita educación cívica. Porque cuidar no es únicamente proteger aquello que nos pertenece. Es aprender a reconocer que también somos responsables de aquello que pertenece a todos.

Cuidar el espacio público. Cuidar las instituciones. Cuidar la conversación democrática. Cuidar la confianza. Cuidar incluso el derecho del otro a pensar distinto. Todo eso constituye ciudadanía. Y la ciudadanía se aprende.

Por eso creo que Colombia es buena debe evolucionar más allá de una narrativa positiva. Debe convertirse en un gran movimiento nacional de aprendizaje cívico. No impulsado exclusivamente por el Estado. Sino por toda la sociedad : las universidades, las empresas.  los medios de comunicación. Las organizaciones sociales, las juntas de acción comunal. También los conjuntos habitacionales. Las comunidades religiosas. las Fundaciones y los centros culturales.

Todos formando parte de una misma conversación nacional.

La revolución silenciosa puede comenzar aquí

Existe una enorme ventaja para Colombia. No necesitamos inventarlo todo desde cero. Ya existen miles de líderes comunitarios trabajando silenciosamente. Existen universidades comprometidas. Empresas con programas de sostenibilidad. Organizaciones sociales que llevan años fortaleciendo comunidades. Lo que hace falta no son buenas personas. Hace falta conectarlas. Darles un propósito compartido. Construir una narrativa común. Articular esfuerzos dispersos alrededor de un mismo objetivo nacional.

Eso es precisamente lo que puede hacer Colombia es buena. Convertir miles de iniciativas aisladas en un gran movimiento de reconstrucción cultural.

La democracia empieza mucho antes de las elecciones

La historia demuestra que las democracias no comienzan a debilitarse cuando aparecen malos gobernantes. Empiezan a debilitarse cuando dejan de producir buenos ciudadanos. Tal vez por eso la revolución más importante de nuestro tiempo no esté ocurriendo en los parlamentos. Está ocurriendo en las aulas escolares. En las bibliotecas. En las universidades. En las organizaciones sociales. En las comunidades.

En los lugares donde las personas vuelven a aprender algo que nunca debimos olvidar: cómo vivir juntos. Eso es exactamente lo que Colombia necesita. Y quizá esa sea la misión histórica de Colombia es buena. No cambiar el resultado de la próxima elección. Sino ayudar a formar la generación de ciudadanos que hará posibles todas las elecciones que vendrán después.

En un próximo artículo quisiera dar un paso más.

Si la educación cívica constituye el camino para reconstruir la democracia, la pregunta siguiente es inevitable: ¿Dónde puede aprenderse?

Mi respuesta es sencilla. En el mismo lugar donde transcurre nuestra vida cotidiana. En los barrios. En las universidades. En las empresas. Y, sobre todo, en las comunidades donde convivimos todos los días.

Porque la democracia no se aprende únicamente en un salón 

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