La lección que Colombia no puede ignorar de Venezuela
El mayor aprendizaje del chavismo no es cómo llegó un líder populista al poder. Es comprender por qué millones de personas decidieron seguir creyendo en él y apoyado durante casi dos décadas un proyecto político que terminó destruyendo su propio país?
El destino de los países casi nunca cambia de un día para otro. Las grandes transformaciones comienzan mucho antes de que aparezca el líder que termina simbolizándolas. Cuando finalmente llega esa persona, normalmente no crea el problema: simplemente logra ponerle un rostro, una voz y una historia a un malestar que llevaba años acumulándose.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en Venezuela. Durante mucho tiempo, la explicación dominante fue sencilla: Hugo Chávez destruyó un país rico gracias al petróleo, al populismo y a un inmenso aparato de propaganda. Todo eso es cierto. Pero es una explicación insuficiente.
Hace unos días escuché una extraordinaria entrevista realizada por Atemporal al investigador Alejandro Fajardo, cuya tesis doctoral buscó responder a una de las preguntas más difíciles sobre América Latina:
¿Por qué el chavismo ha logrado mantenerse durante tantos años, incluso cuando los resultados económicos eran cada vez peores?
Su respuesta tiene enormes implicaciones para Colombia, justamente cuando comienza un nuevo gobierno y una nueva etapa política. Porque la verdadera lección venezolana no consiste en repetir que debemos evitar el populismo. La verdadera lección consiste en entender por qué el populismo , encuentra terreno fértil, no importa si es de izquierda o de derecha .
Chávez llenó un vacío que otros habían dejado
Quizá la idea más poderosa de la investigación de Fajardo es que el chavismo no apareció de la nada. Nació de un vacío.
Durante décadas, enormes sectores de la población venezolana sintieron que las élites políticas hablaban entre ellas mientras millones de personas seguían preguntándose algo muy simple: ”¿Por qué seguimos siendo pobres en un país inmensamente rico?” Esa pregunta nunca obtuvo una respuesta convincente.
Cuando apareció Chávez, fue el primero que habló directamente con quienes llevaban años sintiéndose invisibles. No solamente prometió resolver sus problemas. Les dijo algo mucho más poderoso: “Yo los veo.” Esta fue la misma estrategia que llevó a Petro al poder, y que a pesar de haber perdido las elecciones a la Presidencia por un margen menor al 1% , le permitió consolidar a la izquierda como el partido político más organizado en Colombia .
En política, parece que sentirse visto suele ser mucho más importante que sentirse representado.Y allí comenzó todo.
La dignidad también mueve votos
Uno de los aportes más interesantes de la investigación de Fajardo es cuestionar la idea de que la gente apoyó al chavismo únicamente porque recibía subsidios. La verdad es otra.
Las llamadas “misiones sociales” estuvieron profundamente politizadas. Eso es cierto. Pero también mejoraron la vida de millones de personas. Hubo quienes aprendieron a leer. Quienes recibieron atención médica por primera vez. Quienes obtuvieron una vivienda. Quienes sintieron que alguien, por fin, los trataba con dignidad.
La gratitud política nació de experiencias reales. No solamente de propaganda. Este punto es esencial para la Colombia de hoy.
Durante demasiados años hemos reducido el debate a una falsa dicotomía. Como si solo la izquierda pudiera hablar del cuidado de los más vulnerables. Como si la preocupación por quienes han sido excluidos fuera patrimonio ideológico de un solo sector político. No lo puede ser. Cuidar a quienes han sido olvidados no pertenece a la izquierda. Pertenece a toda la sociedad.
El peligro de construir identidades enemigas
Otro concepto fascinante desarrollado por Fajardo es el de las megaidentidades. Chávez dejó de dividir a los venezolanos únicamente por preferencias electorales. Construyó identidades completas. Ser chavista o antichavista dejó de ser una opinión política. Se convirtió en una identidad personal. En una manera de entender quién era uno y quién era el enemigo.
Cuando eso ocurre, la política deja de ser un espacio para resolver problemas. Se convierte en una guerra cultural permanente. Las familias se rompen. Los amigos dejan de hablarse. Toda conversación termina reducida a dos bandos irreconciliables.
Pero otra lección que deja el caso de Venezuela según Fajardo, es que después de tanta polarización, vino la resignación y la indiferencia, acompañada de la migración de más del 25% de la población. El país perdió un capital humano muy valioso y se quedó sin los potenciales líderes de una generación joven que resolvió votar con los pies e irse de su país.
Es imposible no pensar en Colombia cuando ya son más de 5 millones de personas que se han ido afuera, y más de 1 millón en el 2025. Durante los últimos años también hemos comenzado a construir identidades políticas cada vez más rígidas. La tentación de dividir permanentemente al país entre buenos y malos sigue estando presente. Y ningún gobierno debería alimentarla. Porque gobernar consiste precisamente en ampliar el “nosotros”, no en desunirlo más como lo mencioné en un blog anterior .
El gran error de las élites
Hay otra lección incómoda. Durante años fue mucho más fácil culpar exclusivamente a Chávez que preguntarse por qué apareció este personaje. Las élites venezolanas cometieron un enorme error. Confundieron crecimiento económico con inclusión. Pensaron que bastaba con administrar más o menos el país. Olvidaron construir comunidad. Olvidaron escuchar. Olvidaron recorrer los barrios. Olvidaron comprender cómo vivía la gente común.
Cuando una democracia deja de escuchar durante demasiado tiempo, alguien termina apareciendo para decir:“Yo sí los escucho.” Ese alguien puede ser un gran reformador. O puede convertirse en un líder autoritario. Todo depende de lo que ocurra después.
Una advertencia también para la oposición
La tesis de Fajardo tampoco idealiza a la oposición venezolana. Cometió numerosos errores estratégicos. Se fragmentó. Se desconectó de la ciudadanía. En ocasiones reaccionó más desde la indignación que desde la inteligencia política. Y terminó fortaleciendo, sin proponérselo, la narrativa del chavismo.
Esta es otra lección para Colombia y para Cepeda y el Pacto Histórico. La oposición de cualquier gobierno tiene una enorme responsabilidad. No basta con denunciar. No basta con oponerse. Debe construir alternativas creíbles. Debe representar esperanza. Debe evitar caer en las trampas de la polarización permanente.
Porque una mala oposición también termina debilitando la democracia, especialmente si invita a la desobediencia civil como sucedió en estos días. Con esta postura están demostrando ser pésimos perdedores además de que ya habían demostrado ser desastroso gobernantes.
La política del cuidado
Aquí aparece, quizá, la principal reflexión para el nuevo gobierno colombiano. Durante la campaña escuchamos discursos fuertes, confrontacionales y, en ocasiones, profundamente divisivos. Eso generó preocupación en muchos ciudadanos, muchos de los cuales se abstuvieron de votar o lo hicieron por la extrema izquierda.
Sin embargo, ahora comienza otra etapa. Gobernar es diferente a hacer un show en una campaña. Existe una enorme oportunidad para demostrar que el cuidado puede convertirse en una política pública que una al país en lugar de dividirlo. La gente que durante años sintió que no era escuchada necesita ser reconocida y también cuidada.
Pero también necesita instituciones. Oportunidades. Educación. Empleo. Confianza.
No necesita depender políticamente de quien le entrega una ayuda. Necesita desarrollar capacidades para construir su propio proyecto de vida. Ese debería ser el verdadero sentido de una política del cuidado. No crear ciudadanos dependientes. Sino ciudadanos cada vez más libres y corresponsables.
La gran diferencia
Quizá la diferencia más importante entre una democracia sana y un proyecto populista puede resumirse en una sola pregunta.¿El Estado busca empoderar ciudadanos? ¿O busca construir lealtades?
Cuando las políticas sociales fortalecen capacidades, fortalecen también la democracia. Cuando fortalecen dependencias políticas, terminan debilitándola. La historia venezolana demuestra hasta dónde puede llegar esa diferencia.
Colombia todavía está a tiempo
La mayor enseñanza de Venezuela no es el miedo. Es la comprensión. Millones de venezolanos no apoyaron durante años al chavismo porque desearan destruir su país. Lo hicieron porque encontraron allí reconocimiento, identidad, dignidad y esperanza. El problema comenzó cuando esas necesidades legítimas fueron utilizadas para concentrar el poder, dividir a la sociedad y debilitar las instituciones.
Colombia todavía tiene la oportunidad de recorrer un camino distinto . El nuevo gobierno puede demostrar que escuchar y cuidar a quienes han sido olvidados no exige dividir al país. Que cuidar a los más vulnerables no requiere construir enemigos. Que reconocer la dignidad de todos puede hacerse fortaleciendo —y no debilitando— la democracia.
Porque la gran lección venezolana no es que el populismo aparezca de repente. Es que aparece cuando una sociedad deja durante demasiado tiempo a millones de personas sintiendo que nadie las ve. Y la mejor vacuna contra esa historia no es el miedo. Es construir un país donde cada colombiano pueda decir, sin importar por quién vote: “Aquí también cuentan conmigo.”
“El cuidado no puede ser monopolio de la izquierda ni la defensa de las instituciones monopolio de la derecha. Una democracia madura necesita ambas cosas al mismo tiempo: cuidar a las personas y cuidar las instituciones.”
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