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sábado, 18 de julio de 2026

Unas nuevas escuelas de ciudadanía.

Los  conjuntos habitacionales pueden convertirse en las nuevas escuelas de ciudadanía de Colombia 

En los dos artículos anteriores propuse una idea que puede parecer incómoda, pero que considero indispensable para comprender el momento que vive nuestro país.

La primera fue que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Las elecciones revelaron una fractura que no nació en las urnas. Simplemente hicieron visible una pérdida progresiva de confianza, de cohesión social y de sentido de pertenencia a un proyecto común.

La segunda fue que esa fractura no podrá resolverse únicamente desde la política. La experiencia que hoy vive Estados Unidos con el renacer de la educación cívica demuestra que las democracias se fortalecen cuando vuelven a formar ciudadanos capaces de deliberar, cooperar y construir confianza.

Pero ambas reflexiones dejan abierta una pregunta inevitable.

¿Dónde se aprende todo eso?

La respuesta tradicional ha sido: en la escuela. Sin embargo, creo que hoy debemos ampliar esa respuesta. La democracia no se aprende únicamente en un salón de clase. Se aprende viviendo.

La ciudadanía no es una teoría

La mayoría de nosotros nunca asistimos a un curso para aprender a ser vecinos.  Nadie nos enseñó cómo participar en una asamblea. Cómo resolver un conflicto comunitario. Cómo escuchar a quien piensa distinto. Cómo construir acuerdos. Cómo cuidar lo que pertenece a todos. Y, sin embargo, todos esos aprendizajes determinan la calidad de nuestra democracia mucho más que muchas discusiones ideológicas.

La democracia no se reduce al voto. Es una práctica cotidiana. Cada conversación y decisión compartida. Cada conflicto bien resuelto, acto de corresponsabilidad y gesto de cuidado. Todos ellos constituyen  aprendizajes democráticos. Por eso la pregunta ya no debería ser únicamente qué enseñar, sino dónde crear experiencias que permitan vivir la ciudadanía.

El mayor campus ciudadano de Colombia

Aquí aparece una oportunidad extraordinaria que, paradójicamente, ha pasado casi inadvertida. Según el DANE 32 Millones de colombianos viven hoy en propiedad horizontal. Nunca antes nuestra historia había concentrado tantas personas compartiendo espacios comunes, reglamentos, decisiones colectivas, presupuestos, conflictos, intereses y responsabilidades. Sin proponérnoslo, hemos construido el mayor laboratorio ciudadano que ha existido en Colombia.

Cada conjunto residencial es una pequeña democracia. Tiene normas. Instituciones. Representantes. Elecciones. Presupuestos. Espacios comunes. Conflictos. Bienes colectivos. Participación ciudadana. Rendición de cuentas. Es, en cierta forma, una versión en pequeño del país. Sin embargo, seguimos administrando esos espacios únicamente desde una lógica jurídica y administrativa. Olvidamos que también son escenarios privilegiados para formar ciudadanía.

Del administrador al constructor de comunidad

Durante décadas hemos pensado que administrar bien un conjunto consiste en mantener funcionando la portería, los ascensores, la seguridad, las zonas comunes y las finanzas. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero hoy sabemos que no basta.

El verdadero activo de una comunidad no son únicamente sus edificios. Es la calidad de las relaciones entre quienes viven allí, la confianza que exista y la cooperación. Pero hay más: el sentido de pertenencia, la capacidad para resolver conflictos, el liderazgo distribuido y el cuidado mutuo. Todos ellos se constituyen en el capital social de esa comunidad y vale tanto como cualquier inversión física. Pero, a diferencia de un edificio, su valor aumenta cuando se comparte.

La innovación que Colombia necesita

Esa reflexión dio origen a una idea que hemos venido construyendo desde el movimiento Colombia es Buena.¿Qué ocurriría si los conjuntos habitacionales dejaran de verse únicamente como unidades inmobiliarias y comenzaran a entenderse como comunidades de liderazgo? ¿Qué ocurriría si cada conjunto se convirtiera en una escuela viva de ciudadanía?

No una escuela con profesores y exámenes. Sino una comunidad donde las personas aprendan haciendo. Aprendan a conversar y liderar. A cooperar y resolver problemas comunes. A cuidar, participar y a construir confianza, Y en últimas, a vivir la democracia.

Una nueva generación de líderes invisibles

Cada conjunto residencial está lleno de personas extraordinarias. Madres. Jóvenes. Adultos mayores. Emprendedores. Profesionales. Docentes. Vecinos que todos los días ayudan a otros sin aparecer nunca en los titulares. Ese liderazgo existe. Lo que falta es reconocerlo, conectarlo y desarrollarlo. La verdadera riqueza de Colombia no está únicamente en sus recursos naturales. Está en esos miles de líderes invisibles que todavía no saben que forman parte de una misma historia.

Colombia es Buena quiere ayudar a encontrarlos.

Del cuidado privado al cuidado de lo común

Existe una frase que resume toda esta propuesta. Las personas cuidan aquello que les importa. Durante siglos hemos aprendido a cuidar nuestra familia.,  nuestras casas. El trabajo. Y nuestro patrimonio. Ahora necesitamos dar un paso más. Aprender a cuidar aquello que pertenece a todos. El barrio. El parque. La conversación pública. Las instituciones. La democracia.

Ese paso marca la diferencia entre un buen ciudadano privado y un constructor de comunidad.

Una nueva infraestructura para Colombia

Cuando hablamos de infraestructura pensamos inmediatamente en carreteras, puertos, hospitales o sistemas de transporte. Pero el desarrollo del siglo XXI necesita otra infraestructura igual de importante. La infraestructura de la confianza y de redes de colaboración. Las comunidades de liderazgo que muevan a los habitantes de esos conjuntos capaces de resolver problemas antes de que se conviertan en crisis.

Eso es precisamente lo que Colombia es buena, busca construir. No un nuevo programa social o una campaña política o una fundación más. Sino una red nacional de comunidades de liderazgo que fortalezca desde abajo la democracia colombiana.

Del metro cuadrado al país

Durante años hemos esperado que las grandes transformaciones comiencen desde arriba. Elegimos un nuevo presidente. Esperamos una gran reforma. Confiamos en un nuevo gobierno. Y volvemos a frustrarnos.

Tal vez llegó el momento de invertir la lógica. Comenzar desde el metro cuadrado donde vivimos. Porque allí es donde realmente aprendemos a convivir. Cada comunidad fortalecida mejora un barrio. Cada barrio fortalece una localidad. Cada localidad fortalece una ciudad.

Y ciudades con ciudadanos que saben cooperar terminan fortaleciendo la democracia nacional. Así comienzan los grandes cambios culturales. No con un decreto sino con millones de pequeñas experiencias compartidas.

Una invitación nacional

Hace algunas semanas escribía que Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente.

La semana pasada propuse que la educación cívica puede convertirse en la gran revolución silenciosa de nuestro tiempo. Hoy quisiera dar un paso más.

Creo que Colombia tiene la oportunidad de convertirse en un referente internacional de innovación democrática. No porque inventemos una nueva Constitución. Sino porque podemos inventar una nueva forma de aprender ciudadanía. Una ciudadanía que no nazca únicamente en las aulas sino en la vida cotidiana:  En los edificios donde vivimos. En las empresas donde trabajamos. En las universidades donde estudiamos. En los barrios donde compartimos el espacio público. Ese es el sueño que inspira a Colombia es Buena.

Construir una cultura ciudadana del cuidado es conectar a miles de líderes invisibles para fortalecer sus comunidades y recuperar la confianza. Y así demostrar que la democracia no empieza en el Capitolio. Empieza cuando dos vecinos que piensan distinto descubren que pueden trabajar juntos para cuidar el lugar donde viven.

Tal vez esa sea la innovación social más importante que Colombia puede ofrecerle al mundo.

Porque, al final, la democracia no sobrevive gracias a los discursos. Sobrevive gracias a los ciudadanos que la practican todos los días. Y esa es una buena noticia. Porque significa que el futuro de Colombia no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende también de cada uno de nosotros.


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