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sábado, 13 de junio de 2026

La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia

Si queremos un país diferente después de las elecciones, quizás debamos empezar por cambiar algo más profundo que un gobierno: la cultura que lo hizo posible.

A pocos días de que Colombia elija a su próximo presidente, millones de ciudadanos se preparan para acudir a las urnas con una mezcla de esperanza, preocupación, cansancio y desconfianza.

Durante meses hemos asistido a una campaña marcada por la polarización, los ataques personales, los videos virales, las acusaciones mutuas y una creciente sensación de incertidumbre. Como suele ocurrir en estos momentos, buena parte de la conversación pública parece haberse reducido a una pregunta aparentemente simple: ¿quién ganará?

Sin embargo, existe otra pregunta mucho más importante y mucho menos discutida: ¿Qué tipo de sociedad está produciendo los liderazgos que llegan hoy a competir por el poder?

La diferencia entre ambas preguntas es enorme. La primera mira al resultado electoral. La segunda mira a la cultura que hace posible ese resultado. Y es precisamente sobre este tema que reflexionó recientemente el reconocido escritor y analista estadounidense David Brooks en una conferencia en la Universidad de Yale. Sus observaciones estaban dirigidas a entender la profunda crisis que vive Estados Unidos, pero muchas de sus conclusiones parecen describir con sorprendente precisión lo que hoy ocurre en Colombia.

La tesis central de Brooks es sencilla pero poderosa: La política no crea la cultura. Es la cultura la que termina creando la política.

Durante años hemos tendido a pensar que los grandes cambios sociales dependen principalmente de los gobiernos, de las leyes o de las elecciones. Sin embargo, la experiencia demuestra que los dirigentes suelen ser más un reflejo de las emociones, valores y creencias predominantes en una sociedad que la causa de ellas.

Los políticos llegan al poder navegando las corrientes culturales que ya existen.

Por eso, cuando una sociedad se fragmenta, se llena de resentimiento o pierde la confianza en sí misma, inevitablemente termina produciendo liderazgos que reflejan esas mismas emociones.

Brooks sostiene que la verdadera crisis estadounidense no es política sino cultural. Es una crisis de confianza. Durante décadas, los ciudadanos fueron perdiendo confianza en las instituciones, en los medios de comunicación, en las élites, en los partidos políticos y, más preocupante aún, en sus propios vecinos. Cuando desaparece la confianza, aparece el resentimiento.

Y cuando el resentimiento se convierte en una emoción dominante, la política deja de ser una búsqueda colectiva de soluciones para convertirse en una lucha permanente entre tribus enfrentadas.

¿No es eso precisamente lo que estamos viviendo en Colombia?

Durante años hemos acumulado muchas fracturas sociales, económicas y culturales. Hemos aprendido a sospechar del que piensa diferente. Hemos reemplazado el debate por la descalificación. Hemos reducido la complejidad de los problemas nacionales a consignas emocionales cada vez más simples. El resultado es una sociedad donde cada grupo tiene su propia versión de la realidad y donde la capacidad de escucharnos disminuye día tras día.

Esta situación no comenzó con el gobierno de Gustavo Petro. Tampoco terminará cuando termine su mandato. Petro es parte de un fenómeno más profundo. Es la expresión de tensiones culturales que venían acumulándose desde hace décadas. De la misma manera, quienes aspiran hoy a reemplazarlo también son producto de esas mismas tensiones.

Por eso sería un error pensar que el 21 de. Junio resolveremos mágicamente los problemas fundamentales del país. Las elecciones son importantes. Muy importantes. Pero ninguna elección puede sustituir el trabajo cultural que una sociedad debe hacer consigo misma. Y en nuestro caso eso nunca lo hemos hecho a la escala que necesita una país tan fracturado.

Brooks plantea otra idea particularmente relevante para nuestro momento histórico. Según él, las sociedades atraviesan períodos en los que los paradigmas culturales dejan de funcionar. Durante un tiempo, ciertas ideas organizan la vida colectiva. Luego comienzan a agotarse.

Las personas empiezan a sentirse más solas, más ansiosas, más desconectadas y más desconfiadas. Los mecanismos tradicionales de cohesión pierden fuerza como ha sido la religión. Y entonces surge una necesidad de renovación cultural. 

Eso parece estar ocurriendo en gran parte del mundo occidental. La promesa del individualismo extremo ha mostrado sus límites. Las personas tienen más libertad que nunca, pero también más soledad. Tienen más información que nunca, pero también más confusión. Tienen más posibilidades de expresión que nunca, pero también más dificultad para construir conversaciones significativas. La consecuencia es una profunda sensación de vacío colectivo.

En Colombia esta situación se manifiesta de maneras diversas. La vemos en la creciente desconfianza hacia las instituciones. La vemos en la dificultad para construir acuerdos. La vemos en la pérdida de credibilidad de los liderazgos tradicionales. La vemos en la facilidad con la que prosperan discursos basados en el miedo, la indignación o la confrontación.

Pero también la vemos en algo más esperanzador. En miles de ciudadanos que, silenciosamente, están buscando formas diferentes de relacionarse con su comunidad y en organizaciones sociales que construyen confianza desde lo local. La vemos en líderes comunitarios que trabajan lejos de los reflectores, y en universidades, empresas, fundaciones y grupos ciudadanos que entienden que los cambios duraderos nacen desde abajo.

Aquí es donde las reflexiones de Brooks conectan profundamente con una idea que he venido desarrollando en mis blogs durante los últimos meses. Si el problema de fondo es cultural, entonces la solución también debe ser cultural. No basta con cambiar gobernantes. Necesitamos tener las conversaciones que iluminen este tema . 

No basta con cambiar leyes. Necesitamos cambiar comportamientos. No basta con cambiar instituciones. Necesitamos reconstruir relaciones de confianza. Esta es precisamente la intuición que inspira la iniciativa “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Algunas personas han interpretado este mensaje como una simple campaña de optimismo. No lo es. En realidad, es una apuesta por intervenir uno de los factores más decisivos de cualquier transformación social: tener una narrativa positiva colectiva.

Las sociedades no se construyen únicamente sobre infraestructuras, presupuestos o políticas públicas. También se construyen sobre historias compartidas. Sobre relatos que ayudan a responder quiénes somos, qué valoramos y hacia dónde queremos ir. Durante demasiado tiempo, la conversación nacional ha estado dominada por narrativas de fracaso, confrontación y desesperanza. Pero además, con Petro, de desconocimiento de los logros obtenidos.

Por supuesto que Colombia tiene enormes problemas. Negarlos sería irresponsable. Pero también sería irresponsable ignorar los activos extraordinarios que posee este país: su gente, su capacidad de resiliencia, su creatividad, sus redes sociales, sus emprendedores, sus educadores, sus organizaciones comunitarias y sus millones de ciudadanos honestos que trabajan todos los días por sacar adelante a sus familias.

Quizás haya llegado el momento de equilibrar la conversación. No para ocultar los problemas, sino para recuperar la capacidad de construir un futuro incluyente para todos desde la gran diversidad de nuestro país.

David Brooks sostiene que el próximo gran cambio en Estados Unidos no será político sino cultural, emocional y espiritual. Quisiera creer  que algo similar también suceda  en Colombia.

El verdadero desafío nacional no consiste únicamente en elegir correctamente al próximo presidente. Consiste en reconstruir los vínculos de confianza que hacen posible una democracia sana y en volver a aprender a conversar. Consiste en reconocer la dignidad de quienes piensan distinto y en recuperar la capacidad de colaborar alrededor de propósitos compartidos. Consiste en reemplazar la lógica permanente del enemigo por la lógica del cuidado.

Porque al final, ningún presidente podrá hacer por nosotros aquello que solamente la sociedad puede hacer por sí misma. Las democracias no son más fuertes que la cultura que las sostiene. Y las instituciones no son más sólidas que la confianza de los ciudadanos que las habitan.

Por eso, mientras el país se prepara para votar, quizás convenga recordar que el resultado del domingo 21, será importante, pero no definitivo. La verdadera elección continuará el lunes. Será una elección silenciosa y cotidiana. La elección entre seguir profundizando la fragmentación o comenzar a reconstruir la confianza. La elección entre alimentar el resentimiento o fortalecer el cuidado. La elección entre esperar que otros cambien el país o asumir nuestra responsabilidad en esa transformación.

Porque los gobiernos pasan.Las campañas terminan. Los presidentes cambian. Pero las culturas permanecen. Y si Colombia logra fortalecer una cultura basada en la confianza, la colaboración y el cuidado mutuo, no solo elegirá mejores gobernantes. También será capaz de producirlos.

PD: al lector que no haya leído mi blog anterior, los invito a leerlo. Hay una conexión profunda entre los dos. 


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