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sábado, 20 de junio de 2026

El pensamiento crítico : la primera vacuna contra el populismo

  

Una sociedad que deja de enseñar a pensar críticamente termina votando emocionalmente y, tarde o temprano, entrega su futuro a quienes mejor manipulan sus emociones.

Más que presentar el pensamiento crítico como una habilidad académica, en este blog propongo verlo como una responsabilidad ciudadana y una condición indispensable para que funcione una democracia, especialmente en momentos tan críticos como el actual.

Hace unos días escuché una conferencia que me dejó una inquietud profunda. El conferencista insistía en que el pensamiento crítico no es una técnica para resolver problemas ni una habilidad reservada para los filósofos o los científicos. Es, sobre todo, una manera de vivir.

Mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en Colombia.

Y me preguntaba si buena parte de la crisis política que hoy vivimos no tiene su origen precisamente en una cultura que ha dejado de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Hace apenas seis meses, muy pocos colombianos imaginaban que los dos candidatos que hoy disputan la Presidencia llegarían a la segunda vuelta. Sin embargo, millones de personas terminaron descartando alternativas con mayor experiencia administrativa, mayor preparación técnica o trayectorias más sólidas.

No es solo un problema de candidatos buenos o malos, ni siquiera únicamente de manipulación política. Es que vivimos en una cultura que, en términos generales, no promueve el pensamiento crítico. Una cultura que premia la inmediatez sobre la reflexión, la indignación sobre el diálogo, la imagen sobre la palabra razonada.

No se trata de afirmar que exista un único candidato correcto o que quien vote distinto esté equivocado. La democracia consiste precisamente en la libertad de elegir. La pregunta es otra: ¿estamos eligiendo después de pensar o simplemente después de reaccionar? Y si como resultado de no pensar, tenemos una cultura que hizo posible que tuviéramos los finalistas que hoy se pelean la llegada al poder como lo mencioné en mi blog anterior.

Pensar es un acto de libertad

Uno de los planteamientos más sugerentes de la conferencia es que el pensamiento crítico está íntimamente ligado a la libertad.

Una persona que no reflexiona termina viviendo según las opiniones de otros. Sus decisiones dejan de ser propias para convertirse en el resultado de las presiones del entorno, de las emociones del momento o de las narrativas dominantes. En otras palabras, puede creer que está ejerciendo su libertad cuando en realidad está siendo conducida.

La libertad auténtica exige detenerse, analizar y preguntarse por qué creemos lo que creemos. Quizás por eso Blaise Pascal afirmaba que el primer paso de la moral consiste en detenerse a pensar.

El problema no es la inteligencia. Es la voluntad.

Muchas veces suponemos que el pensamiento crítico depende exclusivamente del coeficiente intelectual. No es cierto. También requiere voluntad.

Pensar exige esfuerzo. Exige resistirse a aceptar la primera explicación disponible. Buscar información adicional, escuchar argumentos distintos y reconocer que uno mismo puede estar equivocado.

Es mucho más fácil repetir un eslogan que analizar una política pública. Es mucho más cómodo compartir un video viral que verificar si es verdadero. Es más sencillo indignarse que comprender. La inercia siempre favorece el pensamiento superficial.

La cultura del algoritmo

Vivimos inmersos en un ecosistema digital diseñado para captar nuestra atención, no para desarrollar un pensamiento crítico y nuestra capacidad de reflexión. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos gusta y comienzan a mostrarnos cada vez más de lo mismo. Poco a poco construyen una realidad personalizada en la que casi todas las opiniones parecen confirmar nuestras propias creencias. Así se crean cámaras de eco donde desaparece el contraste de ideas.

Lo preocupante es que aquello que más nos emociona suele ser precisamente lo que menos cuestionamos. Analizamos con lupa las noticias que contradicen nuestras posiciones políticas, pero aceptamos sin mayor examen  crítico las que favorecen a nuestro grupo. El resultado es una ciudadanía que confunde intensidad emocional con verdad y una cultura que lo promueve .

El silencio se volvió un lujo

El conferencista hacía una observación aparentemente sencilla, pero extraordinariamente profunda: el pensamiento crítico necesita silencio. No solo silencio exterior. También silencio interior.

Difícilmente se puede reflexionar cuando vivimos permanentemente bombardeados por notificaciones, videos de pocos segundos, titulares escandalosos y discusiones interminables en redes sociales. La cultura contemporánea nos mantiene ocupados todo el tiempo, pero rara vez nos deja espacio para pensar.Y una sociedad que pierde la capacidad de detenerse termina reaccionando por impulso.

Las siete preguntas que podrían cambiar a desarrollar  un pensamiento  crítico.

El conferencista proponía un ejercicio sorprendentemente simple frente a cualquier mensaje:

  • ¿Qué se está diciendo?
  • ¿A quién va dirigido?
  • ¿Por qué se afirma eso?
  • ¿Para qué se comunica?
  • ¿Cómo está presentado?
  • ¿Dónde aparece?
  • ¿Cuándo aparece?


Estas siete preguntas constituyen un pequeño antídoto contra la manipulación. Aplicarlas a una cadena de WhatsApp, a un discurso político, a un video viral o a una publicación en redes sociales obliga a abandonar la pasividad y recuperar el papel activo del ciudadano. Lamentablemente, la mayoría de nosotros hacemos exactamente lo contrario. Consumimos información sin detenernos a examinarla.

Pensar también requiere conversar

El pensamiento crítico no se desarrolla únicamente en soledad. También necesita diálogo. Escuchar a quien piensa distinto. Leer autores que desafían nuestras convicciones. Conversar con respeto.  Explicar nuestras propias ideas hasta descubrir sus fortalezas y debilidades. Cuestionar periódicamente nuestras creencias y supuestos.

Cuando dejamos de hablar con quienes discrepan de nosotros, dejamos también de aprender. Y cuando solo convivimos con personas que piensan igual, nuestras certezas dejan de ser fruto de la reflexión para convertirse en simples hábitos colectivos.

Una cultura que no enseña a pensar

En mi blog anterior sostuve que la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de ello. Las elecciones no producen una cultura determinada. Más bien revelan la cultura que ya existe.

Si una sociedad privilegia el espectáculo sobre la deliberación, la indignación sobre la argumentación y la emoción inmediata sobre la evidencia, es perfectamente lógico que terminen triunfando quienes mejor dominan esos lenguajes. No es casualidad que hoy tengamos los candidatos que han llegado a la segunda vuelta mañana. Es el resultado de la coherencia cultural que hemos desarrollado. El problema no empieza en el tarjetón electoral. Empieza mucho antes, cuando dejamos de enseñar a pensar críticamente en la familia, en la escuela, en la universidad y en la conversación pública.

Recuperar la ciudadanía adulta

En semanas recientes he escrito sobre la diferencia entre una libertad adolescente y una libertad adulta. Quizás el pensamiento crítico sea precisamente uno de los rasgos que distinguen ambas.

La libertad adolescente actúa por impulso. La libertad adulta reflexiona antes de actuar. La primera busca gratificación inmediata. La segunda acepta el esfuerzo que implica comprender.  La primera reacciona. La segunda discierne.

Una democracia necesita ciudadanos adultos. No basta con que las personas tengan derecho al voto. También necesitan las capacidades intelectuales y morales y el pensamiento  crítico para ejercerlo responsablemente. Hoy estamos descuidando en las escuelas y las universidades, la formación  de  la capacidad de reflexionar antes de actuar que permita tener ciudadanos con el pensamiento crítico que sustente nuestra democracia.

La gran tarea cultural de Colombia

Más allá de quién gane esta elección presidencial, Colombia enfrenta un desafío mucho más profundo que escoger un nuevo mandatario. Tenemos una tarea pendiente:  reconstruir una cultura donde pensar críticamente se vuelva un valor social.

Donde el silencio no sea visto como pérdida de tiempo, leer siga siendo importante y escribir ayude a ordenar las ideas. Donde conversar con quien piensa distinto deje de ser una amenaza y vuelva a convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Y donde cada ciudadano aprenda a preguntarse, antes de compartir una noticia o depositar un voto: ¿esto es realmente cierto o simplemente confirma aquello que quiero creer?

Porque las democracias no se destruyen únicamente cuando aparecen líderes populistas. También se debilitan cuando desaparecen ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Y quizás la mayor responsabilidad de esta generación no sea solo elegir bien en las urnas, sino reconstruir una cultura que vuelva a formar personas libres, conscientes y con capacidad crítica. Solo entonces la política dejará de ser el escenario donde se expresan nuestras peores emociones y convertirse en el reflejo de una ciudadanía madura.

Al fin y al cabo, una sociedad que aprende a pensar críticamente no garantiza que siempre tome las decisiones correctas. Pero sí reduce enormemente la probabilidad de dejarse seducir por quienes ofrecen respuestas fáciles para problemas profundamente complejos de nuestra sociedad.

Lo que está en juego en Colombia no es solo quién gane una segunda vuelta. Es si, como sociedad, estamos dispuestos a recuperar el hábito de pensar antes de reaccionar, de leer antes de compartir, de conversar antes de etiquetar al que piensa distinto. Movimientos como “Colombia es buena, vale la pena cuidarla” tienen, en este sentido, una tarea que va más allá de lo electoral: se trata de ayudar a reconstruir, paso a paso, esa capacidad colectiva de detenerse, observar, reflexionar y dialogar que durante tanto tiempo dimos por descontada.

Porque al final, una democracia no es más sana que el pensamiento crítico de quienes la sostienen con su voto. Y ese pensamiento crítico, como bien señalaba la conferencia, no se improvisa el día de la elección: se cultiva, o se descuida, todos los días.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Libertad sin brújula: cuando la moral se convierte en trinchera

  Libertad  sin brújula: cuando la moral se convierte en trinchera

La discusión sobre la libertad se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla culturales y políticos de nuestro tiempo. Se habla de libertad para justificar casi cualquier cosa: desde el rechazo a las instituciones hasta la agresión verbal contra quien piensa distinto; desde la desobediencia a las normas hasta la imposición moral sobre los demás. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo esencial: ¿qué tipo de libertad estamos defendiendo?

Este domingo escribí sobre la diferencia entre la libertad adolescente y la libertad adulta. La primera entiende la libertad como ausencia de límites; la segunda, como capacidad de actuar responsablemente dentro de límites legítimos construidos colectivamente. 

Hoy , a tres días de la primera vuelta por la Presidencia de Colombia, el tema no es menor. Tiene enormes implicaciones para el momento que vive Colombia y para las decisiones políticas que millones de ciudadanos deberán tomar el próximo domingo en las urnas.

En una entrevista publicada por La Nación al psiquiatra Pablo Malo Ocejo , mencionaba que el tribalismo está disparado, porque “las ideologías políticas han tomado lugar que antes ocupaba la religión y están funcionando de brújula moral e identificaría para sus seguidores”. Sus opiniones se apoyan en las reflexiones de pensadores como Francis Fukuyama y Marshall McLuhan, para plantear una tesis muy preocupante: la desaparición progresiva de la religión como gran organizadora moral de la sociedad no eliminó la necesidad humana de pertenencia, identidad y sentido. Lo que hizo fue desplazarla hacia nuevas formas de tribalización política y cultural.

Durante siglos, las sociedades occidentales compartieron ciertos marcos éticos y culturales relativamente comunes. Había desacuerdos, por supuesto, pero existía una idea compartida de comunidad moral. La religión —con todas sus limitaciones y contradicciones históricas— ayudaba a crear lenguajes comunes sobre el bien, el deber, la responsabilidad y los límites. Hoy ese marco se ha fragmentado profundamente.

La política ya no gira solamente alrededor de debates económicos o institucionales. De hecho en estas elecciones no fue posible un debate entre los tres finalistas porque Cepeda se negó a hacerlo si no se cumplía con sus reglas. Pero el hecho es que la dinámica política gira cada vez más  alrededor de identidades emocionales y morales. Las personas ya no solo votan por programas de gobierno; votan por tribus culturales que les ofrecen reconocimiento emocional, sentido de pertenencia y validación moral. Y allí comienza uno de los mayores riesgos para la democracia contemporánea. Porque los intereses económicos se negocian pero las identidades morales que se vuelven absolutas, no.

Cuando una sociedad deja de verse como una comunidad política y comienza a verse como una guerra entre tribus morales irreconciliables, la libertad empieza a deteriorarse silenciosamente. El otro deja de ser un ciudadano distinto y se convierte en un enemigo moral que debe ser derrotado, humillado o excluido. Abrir un diálogo en estas condiciones es imposible.

Las redes sociales han acelerado dramáticamente este fenómeno. Los algoritmos premian la indignación, simplifican la complejidad y convierten las emociones en espectáculo permanente. La viralidad reemplaza la reflexión. La reacción emocional reemplaza la deliberación democrática. Y poco a poco aparece una nueva moral excluyente.

Una moral que no busca convivir con quien piensa diferente, sino cancelar su legitimidad. Una moral que divide a la sociedad entre “puros” e “impuros”, entre “pueblo” y “enemigos del pueblo”, entre “despiertos” y “retrógrados”.

Ese fenómeno no pertenece exclusivamente ni a la izquierda ni a la derecha. Existe en múltiples expresiones ideológicas alrededor del mundo. Pero en Colombia hemos visto cómo desde sectores de la extrema izquierda se ha promovido de manera sistemática una narrativa de confrontación moral que profundiza la polarización y erosiona las bases culturales de la libertad democrática. Pero ahora con el candidato de la extrema derecha vamos en la misma dirección. 

No se trata simplemente de diferencias ideológicas legítimas. Las democracias necesitan pluralismo y debate. El problema aparece cuando la diferencia política se transforma en exclusión moral. Cuando quienes piensan distinto dejan de ser considerados adversarios democráticos y comienzan a ser presentados como enemigos éticamente inferiores. Ese lenguaje ha ido penetrando lentamente la conversación pública colombiana.

Empresarios convertidos automáticamente en “explotadores”. Medios independientes señalados como “enemigos del cambio”. Instituciones cuestionadas no desde la crítica legítima, sino desde la deslegitimación permanente. Fuerzas Armadas humilladas colectivamente. Ciudadanos moderados caricaturizados como cómplices de privilegios históricos simplemente por defender ciertos principios institucionales.

La lógica tribal necesita enemigos permanentes para sostener la cohesión emocional de sus seguidores. Y aquí aparece una paradoja profundamente peligrosa: en nombre de la libertad y de la justicia social puede terminar construyéndose una cultura profundamente intolerante frente a la diversidad de pensamiento.

Porque la libertad no sobrevive solamente gracias a elecciones periódicas. Sobrevive gracias a una cultura moral capaz de aceptar límites, reconocer la legitimidad del otro y sostener espacios comunes de convivencia. Sin eso, las democracias comienzan a degradarse emocionalmente desde adentro.

El deterioro no siempre empieza con dictaduras explícitas. Muchas veces comienza con algo más sutil: la erosión de los códigos morales compartidos que permiten que personas diferentes convivan sin destruirse mutuamente. Eso explica por qué hoy tantas sociedades parecen atrapadas en estados permanentes de indignación y confrontación emocional.

Estados Unidos con Trump vive una expresión dramática de este fenómeno. Europa también. América Latina empieza a profundizarlo peligrosamente con Milei y Bukele . Y Colombia no es inmune a algo similar desde los dos extremos ideológicos que hoy se disputan el poder.

En este contexto, la discusión sobre la libertad adquiere una importancia enorme. Porque la libertad adulta exige aceptar algo que las culturas políticas extremas detestan: que ninguna persona, partido o movimiento posee el monopolio absoluto de la verdad moral.

La libertad adulta reconoce límites. Entiende que vivir en democracia implica autocontrol, responsabilidad y capacidad de coexistencia. Entiende que los derechos conviven con deberes. Que las leyes importan. Que las instituciones importan. Que las formas importan.

La libertad adolescente, en cambio, interpreta cualquier límite como opresión y cualquier desacuerdo como agresión moral. Por eso resulta tan preocupante escuchar dirigentes políticos afirmar que “lo legal no tiene nada que ver con lo ético”, como ocurrió recientemente en Colombia. 

La frase parece sofisticada, pero encierra un enorme peligro pedagógico. Claro que existen cosas legales que pueden ser inmorales. La historia está llena de ejemplos. Pero precisamente por eso las democracias modernas buscan construir sistemas donde legalidad, ética pública e institucionalidad dialoguen y se corrijan mutuamente. Cuando se separan completamente, aparece el terreno perfecto para el caudillismo moral.

Cada líder comienza entonces a presentarse como intérprete único de “la verdadera moral del pueblo”, por encima de las normas, de las instituciones y de los contrapesos democráticos. Y allí la libertad empieza a convertirse en arbitrariedad.

La historia latinoamericana está llena de experiencias donde líderes carismáticos llegaron al poder prometiendo liberar al pueblo de élites corruptas, para terminar construyendo sistemas profundamente intolerantes frente a la crítica y la pluralidad.

Por eso las elecciones del próximo domingo tienen una dimensión que va mucho más allá de escoger administradores públicos o programas económicos. Lo que también está en juego es el tipo de cultura democrática que queremos fortalecer hacia el futuro. Una cultura basada en la conversación democrática, el respeto institucional y la libertad responsable.

O una cultura crecientemente tribalizada donde cada grupo considera ilegítimo al otro y donde la moral se convierte en instrumento de exclusión política.

Es evidente que Colombia necesita reformas. Necesita corregir desigualdades históricas. Necesita combatir privilegios, corrupción y exclusión. Pero ninguna transformación sostenible puede construirse destruyendo las bases culturales que permiten la convivencia democrática.

Porque las sociedades no se destruyen únicamente cuando colapsa la economía. También se destruyen cuando desaparece la confianza mínima que permite reconocernos como parte de una comunidad común. Y reconstruir esa confianza puede tardar generaciones y si no veamos a Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Por eso el reto de Colombia no es simplemente político. Es profundamente cultural y moral. Necesitamos reaprender a convivir con diferencias. Necesitamos reconstruir una ética ciudadana compartida que permita debatir sin destruir. Necesitamos educar para una libertad adulta, capaz de combinar derechos con responsabilidad y autonomía con corresponsabilidad.

Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de nuestra época: entender que la libertad no puede sobrevivir en una sociedad donde cada tribu construye su propia moral excluyente y deja de reconocer cualquier obligación hacia el conjunto.

Porque una democracia no se sostiene solamente por constituciones o elecciones. Se sostiene por una cultura moral que permita que millones de personas diferentes acepten convivir dentro de reglas comunes. Y cuando esa cultura desaparece, la polarización deja de ser un simple desacuerdo político y comienza a convertirse en una amenaza directa contra la libertad misma.

Hoy Colombia está peligrosamente cerca de esa frontera. Y quizás todavía estamos a tiempo de entenderlo. 

Mirando a los candidatos que el domingo próximo se disputan la Presidencia, la pregunta que deja las reflexiones de este blog, es cuál de ellos ofrece la mejor posibilidad de no seguir con la dinámica tribalista descalificadora del otro y conservar nuestra libertad. Usted decide .













sábado, 21 de mayo de 2022

Desnudando la agenda oculta del autoritarismo.

 


Hay ocasiones en las que un buen libro puede ayudar a darle sentido a situaciones que se ven muy complejas y difíciles de explicar. En esta categoría yo no dudo en incluir el libro “La revancha de los poderosos” del analista y escritor venezolano Moisés Naim, publicado en enero de este año. Es un trabajo que hay que estudiarlo con mucho cuidado, especialmente a una semana de la primera vuelta para elegir presidente de Colombia. Este trabajo ilumina, como ningún otro, las estrategias que hoy están impulsando al autoritarismo al poder. 


En este libro Naim descifra y desnuda la estrategia que siguen personajes como Petro, en su búsqueda por llegar al poder a cualquier costo. Y en caso de lograrlo, muestra con mucha claridad y crudeza, cual sería ser su ruta que podríamos esperar una vez en el poder.

En mis dos blogs anteriores, me referí a la dinámica de la desglobalización que hoy estamos observando. Sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno inverso: la globalización de los regímenes autócratas y sus ataques crecientes y coordinados contra las democracias en el mundo. Esto está sucediendo sin diferencias nacionales, institucionales o culturales. Y la pregunta es ¿porqué?


Y para contestar esta pregunta, es muy pertinente el comentario de Naim al inicio de su libro. Es necesario entender las dinámicas, estrategias y herramientas que estos nuevos autócratas están utilizando para llegar al poder y quedarse con él, y así  calibrar el tamaño del reto que enfrentamos. Es un llamado a la acción, pero a partir de una verdadera compresión, del problema que tenemos quienes no estamos de acuerdo con este tipo de regímenes. 


Pero antes de entrar en la materia del análisis del libro de Naim, el autor recomienda entender que es lo que está en juego,  a partir del acuerdo que emergió al terminar la Guerra Fría y se inició la globalización. En esa época, se estableció un nuevo consenso liberal que le daba bases a la legitimidad del modelo democrático, que se comenzó a extender por el mundo en esos años. 


Su legitimidad se basaba en varios puntos fundamentales. La libertad como prioridad, lo que implica el tener elecciones libres y limpias. El respeto al estado de derecho y los derechos de las minorías. La aceptación de los controles institucionales. Y el respeto al derecho del votante a cambiar el gobierno mediante el uso de las elecciones. 


Pero Naim también nos recuerda que: 


“Las democracias liberales se apoyan en leyes e instituciones permanentes, como los parlamentos y los tribunales. Y también en algo menos visible, pero igual de importante: las normas que son los límites no escritos, pero aceptados por todos, que definen la forma apropiada de actuar.


No valoramos del todo el poder de las normas hasta que se infringen de forma reiterada. Y la infracción de las normas suele tener un efecto en cascada: cuando una persona rompe con la tradición y las expectativas, un comportamiento que antes se consideraba inapropiado se normaliza y otros lo adoptan.


Con el tiempo, las redes de normas se entretejen para establecer una idea tácita pero sólida, una cultura que define lo que es apropiado y de lo que no lo es en política. Juntas, conforman lo que los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt llamaron «los guardarraíles de la democracia»: el sentimiento tácito y común de «cómo deben hacerse las cosas» que mantiene unida una cultura política democrática”


Pues bien, el objeto del libro de Naim, es mostrar como ese consenso liberal, que dio pie al proceso de desarrollo más acelerado y exitoso que ha tenido la humanidad en toda su historia, y que sacó a millones de personas de la pobreza extrema en solo tres décadas, hoy está seriamente amenazado por autócratas que están llegando al poder, minando desde adentro el sistema democrático.



Lo que presenta Naim son las estrategias utilizadas para llegar al poder y son muy similares en diferentes países, con distintas geografías y circunstancias. Se basan en lo que el llama las estrategias autócratas 3P: populismo, polarización y posverdad. 


Dado que la llegada al poder en el siglo XXI, cuenta con muy poca aceptación al uso de la fuerza bruta, con estas estrategias se abren el camino para llegar a las elecciones, pero ocultando sus verdaderas intensiones. Si lo logran, la tarea inmediata es el desmantelamiento institucional para quedarse indefinidamente en el poder. 



La primera estrategia es la del populismo. 


Se basa en el sigilo, la confusión, la manipulación y el uso de todo lo que les sea útil para llegar al poder. Estos son sus medios preferidos. Parte del repertorio populista es el de atacar con mentiras  a quienes los critiquen y se le oponen en el camino al poder. 


Mientras logran consolidarse, procuran mantener las apariencias de una democracia funcionado y de operar dentro de las reglas del juego. Este fue el camino que siguió Chávez en sus primeros años, con el aplauso de mucho ingenuos, que no supieron ni quisieron leer sus verdaderas intensiones, a pesar de que las venía cantando por mucho tiempo.


Teniendo en frente los resultados de Chávez en Venezuela, escribiendo este blog me sorprendió el comentario que hizo Alejandro Gaviria, quien compitió por unos meses por la Presidencia de Colombia. Este señor afirmó en una entrevista que le hicieron, que:”estamos durmiendo encima de un volcán. Hay mucha insatisfacción. Puede ser mejor tener una explosión controlada con Petro que abrir el volcán. El país demanda cambio”. 


La ingenuidad de Gaviria raya en la irresponsabilidad. Si no que les pregunte a los venezolanos que creyeron en poder controlar la explosión de Chávez que arrasó con su país, y que también capitalizó en beneficio propio, la insatisfacción de la población. Para movilizar a la gente, los autócratas aprovechan la situación de desesperanza y desconfianza que se ha venido acelerando en el mundo, especialmente después de la pandemia. 



Estos personajes le dan voz a la indignación de la gente. Capitalizan y atizan  estas emociones negativas  que se reflejan hoy en las encuestas. Como parte de esta estrategia populista, dividen a la gente entre las élites corruptas y el pueblo traicionado  que ha sido su victima. Siempre hay un villano al que culpar. 


Pero hay que enfrentar una realidad: la  pandemia desnudó una situación insostenible de desequilibrio social y económico en muchos países, especialmente en America Latina. Colombia no fue una excepción. Esta campaña política en Colombia, como sucedió en Chile y Perú, es el reflejo de haber volteado la espalda al volcán que estaba por estallar. Es en lo único que estoy de acuerdo con Gaviria en su desafortunada entrevista. 


Durante un largo tiempo, el establecimiento, no quiso o no pudo ver, la realidad de mucha gente que se quedó atrás y quienes tienen un sentimiento  muy fuerte  de abandono. Un sistema, incapaz de interpretar y conectarse con su situación, representado por un Estado débil y lento para responder a las expectativas crecientes de mucha gente. 


Pero como lo muestra James Robinson, en su último libro “El corredor estrecho” al que ya me he referido en unos blogs anteriores, los problemas mencionados también son el resultado de una sociedad muy débil, incapaz de exigir y controlar al Estado, con quien además debe de colaborar bajo un principio de corresponsabilidad. 



Esa sociedad es la que elige una y otra vez a los dirigentes políticos corruptos que coptan las instituciones en su propio beneficio, sin pagar los costos ni responderles a su clientela electoral. Lo irónico, es que quien lidera hoy las encuestas, junto con muchos de los personajes que lo acompañan, hayan sido los protagonistas de muchos escándalos que han desprestigiado a la clase política en Colombia. Ahora, sin sonrojarse,  ofrecen “el cambio” sin explicar cómo lo harán y porque creerles que ellos sí lo van hacer y no se van a lucrar como ya lo hicieron en el pasado muchos de ellos. 


Difícil de digerir, pero estas son las bases que  han permitido que en Colombia,  sea muy posible la llegada de un Petro al poder, igual a como ocurrió con personajes similares en Peru y en Chile recientemente. 


Naim en su libro, muestra las herramientas del populismo que han utilizado  estos dirigentes  autócratas, para lograr su propósito final: llegar al poder y quedarse con él. Veamos.


Todo lo actual es catastrófico: el pesimismo es su arma favorita para mostrar que todo lo que se ha logrado no vale la pena conservarlo. De ahí sacan sus argumentos para conseguir “el cambio del sistema”, pero sin explicar los detalles de cómo lo harían si llegaran al poder. Y cuando lo hacen, utilizan propuestas irrealizables porque se aprovechan de la ignorancia y el desinterés de la gente. 


La criminalización de sus adversarios cuando llegan al poder. Estas no son personas con visiones y opiniones distintas. No, son los enemigos del pueblo qué hay que desaparecer. 


La amenaza externa y los problemas de fronteras, para generar miedo y solidaridad con el autócrata. Quienes se oponen en a esta estrategia se les tilda de traidores a la patria, son perseguidos, encarcelados o exilados .


El uso del poder militar, coptando a las Fuerzas Armadas, como sucedió en Venezuela, con el Cartel de los Soles. Se creó una mafia entre las fuerzas del orden del Estado y los delincuentes. Este es un proceso similar al que se está dando posiblemente en el Peru y en Chile en estos meses. 


El ignorar y despreciar la opinión de expertos porque son parte de las élites enemigas del pueblo. Son personas muy incómodas porque sus estudios pueden contradecir la verdad oficial que se quiere imponer, y destapar lo que el autócrata y sus cómplices quieren ocultar.  Por esta razón, la ciencia y los datos, no son bienvenidos porque van en contra del instinto y la imagen que gobernante quiere mostrar al mundo y sus seguidores o fans. 



El ejemplo emblemático fue el manejo que tuvo  el  gobierno de la China, ocultando la pandemia a finales del 2019 y negando su responsabilidad. Hoy han tenido que cerrar a las dos ciudades más populosas de ese país a un costo enorme para la sociedad china y la economía global. 


El caso de este país, que hoy es la segunda economía mundial,  ha desnudando la realidad que se quiso ocultar, usando el poder de un estado dictatorial, apoyado en la tecnología, para limitar la libertad de su gente. Para ellos, el valor de la libertad, es solo un embeleco de un “Occidente” decadente, cuando lo comparan con su sistema autocrático de un solo partido.


Atacar y neutralizar los medios de comunicación que no soporten el régimen y se opongan a él.  Para estos regímenes la libertad de expresión y de información es un anatema qué hay evitar, utilizando la fuerza para cerrar los medios, o a compinches que los compran para ponerlos alineados como voceros del régimen. Los ejemplo de Venezuela, Rusia, Hungría, Polonia y Filipinas, muestran el mismo patrón. 


Detrás de un autócrata del siglo XXI, que utiliza el populismo para llegar al poder, hay un narcisista, un mesías en potencia quien ofrece el oro y el moro para lograr su objetivo. Cuando lo consigue, se encuentra con la realidad que le impide  cumplir con  las expectativas que sembró en el camino. Pero no le importa, porque para eso ha desmantelado las estructuras de pesos y contrapesos, que son tan incomodas ya que lo obligarían a responder.



La segunda estrategia es la de la polarización. 


Se utiliza para dividir la sociedad en dos facciones donde no hay soluciones intermedias. Naim muestra una tendencia muy preocupante: la consolidación de grupos de fanáticos que ven al autócrata como una estrella del espectáculo, con quien se identifican y todo le perdonan. Lo hacen porque lo que está en juego es su propia identidad. 


Es una tendencia muy compleja, donde el mundo del espectáculo se funde con el de la política. Se abre el espacio donde el medio y la forma, anulan el fondo. Lo importante es suscitar emociones fuertes y reacciones viscerales que entretengan. El objetivo es formar un club de fans y no un movimiento político. Sobre este tema Naim hace un análisis magistral que lo ampliaré en el siguiente blog.


La polarización extiende la visión fatalista del pasado y del presente para demonizar a los adversarios y “agudizar las contradicciones”. El resultado es generar una brecha profunda que divida de manera irreconciliable a la sociedad. Este es un objetivo primordial para el autócrata porque es el camino que le permite llegar y quedarse con él poder. 


El tema de la identidad en la polarización es crucial. El analista y escritor Francis Fukuyama lo expresó muy bien: “esta centra la necesidad natural de la gente de que se reconozca su dignidad y proporciona el lenguaje para expresar los sentimientos de agravio cuando no se les proporciona ese reconocimiento”.


Entre el fanatismo y la identidad no queda espacio para posiciones intermedias, tender puentes entre visiones diferentes, generar consensos, o llegar a acuerdos. La diversidad deja de ser una opción, todo aquel que piense distinto es un enemigo qué hay que eliminar. Se niega el derecho que el sistema democrático ofrece a otros de llegar al poder.


Como se puede ver, la polarización genera las condiciones contrarias a las que se necesitan para enfrentar los grandes retos de las sociedades contemporáneas, producidos por los cambios cada vez más acelerados del entorno actual.



La tercera estrategia: la posverdad. 


Es un tema nuevo que requiere de una explicación. “La posverdad  niega la existencia de una realidad independientemente susceptible de verificarse”. No existen o se rechazan los criterios  para establecer la verdad. Se busca un objetivo fundamental: enturbiar al máximo el ambiente para impedir distinguir la diferencia entre la verdad y la falsedad. Para lograrlo, el uso de la tecnología ha facilitado enormemente esta estrategia a unos costos mínimos y unos resultados impresionantes.



Los ejemplos recientes abundan de la interferencia de Rusia con sus aliados como Venezuela, para influir en las elecciones de países como España, Mexico, Chile, Peru, y también Colombia. Para no hablar del escandaloso caso de la elección de Trump y el uso de las redes contra Hilary Clinton en los Estados Unidos. 


En resumen, como se puede observar, la estrategia de las 3P que Naim ha decodificado de manera oportuna y brillante, muestra que ha sido un gravísimo error el subestimar a tipos como Putin, Chávez y similares. El daño ha sido enorme y el peligro para la democracia mortal.


Por la importancia del tema, y que enfrentamos unas elecciones sin antecedentes, voy a seguir profundizando sobre los aportes de Naim, en un momento donde hay tanta desorientación y vacíos profundos de liderazgo. Aprovecho para recomendar  al lector ver el artículo sobre el tipo de líderes que buscan los colombianos publicados por El Tiempo el pasado domingo. Sobre estos resultados también voy a escribir en estas semanas.