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domingo, 20 de septiembre de 2026

Colombia tiene un déficit exportador y de mirada internacional


Hace unos días escuché una extraordinaria entrevista con Martín Gustavo Ibarra, uno de los grandes expertos colombianos del comercio internacional. Mientras lo oía hablar de zonas francas, exportaciones, China, México, Corea, Costa Rica, nearshoring y cadenas globales de valor, terminé pensando que el problema que describía era mucho más profundo.

Tal vez el gran desafío de Colombia frente al comercio internacional no está solamente en nuestros puertos, carreteras, impuestos, aranceles o tratados comerciales. Está en nuestra mentalidad.. La firma consultora Monitor lo mostraban de otra manera en el estudio sobre competitividad realizado en 1997. Mostraba como los modelos mentales de un segmento grande de la dirigencia de la ciudad de Bogotá, eran el freno para su desarrollo. Y lo más grave: era un tema invisible para la sociedad. 

El Dr Ibarra muestra cómo treinta años más tarde, Colombia sigue siendo, culturalmente, un país que mira hacia adentro. Y posiblemente allí esté una de las explicaciones menos discutidas de nuestro pobre desempeño exportador.

Una paradoja colombiana

Hay algo que me resulta especialmente desconcertante. Durante los últimos quince años hemos hecho un esfuerzo enorme por promover el emprendimiento. Creamos incubadoras, aceleradoras, fondos de capital, programas universitarios, concursos, ecosistemas de innovación y miles de eventos alrededor del emprendedor.

La palabra startup, que hace veinte años era prácticamente desconocida, entró definitivamente en nuestro vocabulario empresarial. Eso es una excelente noticia. Pero vale la pena hacernos una pregunta incómoda:

¿cuántas de esas nuevas empresas nacieron pensando en el mundo como su mercado natural?

Una cosa es crear emprendedores. Otra muy diferente es crear empresarios globales.

Durante décadas, buena parte del empresariado colombiano aprendió primero a conquistar Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla. Después, eventualmente, pensaría en exportar. Pero las empresas que están transformando la economía mundial funcionan con otra lógica: nacen preguntándose desde el comienzo cuál es el problema que pueden resolver para millones de personas independientemente de dónde vivan. La diferencia parece pequeña. Culturalmente es gigantesca.

Las montañas también pueden estar en la mente

Colombia tiene una geografía extraordinaria y difícil. Durante siglos nuestras montañas separaron regiones, encarecieron el transporte y contribuyeron a crear economías relativamente aisladas.

Pero quizá esas montañas terminaron también instalándose en nuestro imaginario. Nos generaron unas creencias que nos acostumbraron a pensar que estamos lejos. Que exportar es difícil. Que primero hay que resolver el mercado interno. Que competir internacionalmente es asunto de grandes compañías. Que nuestra infraestructura no nos permite hacerlo.

Marín G Ibarra cuestiona frontalmente varias de esas creencias y explicaciones. Y muestra como los ejemplos internacionales obligan, por lo menos, a preguntarnos si hemos convertido algunas dificultades reales en excusas culturales. Y para resaltar su posición muestra varios ejemplos.

Suiza no tiene mar y es una potencia exportadora. Irlanda convirtió su condición periférica en una plataforma para integrarse a cadenas internacionales. Costa Rica logró atraer industrias sofisticadas que hoy exportan dispositivos médicos y productos de alto valor agregado. México tomó una decisión estratégica diferente hace tres décadas: utilizó su integración comercial con Norteamérica no simplemente para vender más de lo mismo, sino para transformar su estructura productiva. China hizo algo todavía más impresionante: después de siglos de aislamiento terminó convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas del comercio mundial.

En todos esos casos hubo infraestructura, instituciones e incentivos. Pero antes hubo algo más importante: una decisión de mirar hacia afuera, una mentalidad ganadora y una narrativa que decidieron creerse  .

Seguimos vendiendo principalmente lo que encontramos debajo de la tierra

Treinta y cinco años después de la apertura económica colombiana, nuestra estructura exportadora continúa dependiendo fuertemente de recursos naturales. Eso debería preocuparnos especialmente cuando petróleo y carbón enfrentan una transformación energética mundial que se acelerará durante las próximas décadas.

El problema no es exportarlos mientras tengan mercado. El problema sería llegar al momento en que dejen de tenerlo sin haber construido sus reemplazos. Y allí los próximos cuatro años pueden ser decisivos. No porque un gobierno pueda transformar por sí solo la estructura productiva del país. Ninguno puede hacerlo. Pero sí porque Colombia necesita construir una visión de largo plazo que sobreviva a los gobiernos.

El riesgo es que el nuevo gobierno, absorbido por la necesidad de apagar incendios y atender las urgencias del presente, termine relegando aquello que, aunque menos urgente, es profundamente estratégico: impulsar al sector productivo colombiano a mirar hacia el mundo y competir en él.

El comercio exterior debería dejar de ser una política de un ministerio para convertirse en una verdadera estrategia nacional de desarrollo, construida conjuntamente por el Estado, los empresarios, las universidades, las regiones y los emprendedores.

El mundo está reorganizando sus mapas

Paradójicamente, mientras nosotros seguimos discutiendo si debemos mirar hacia afuera, el mundo está cambiando de lugar sus cadenas productivas. La inteligencia artificial demandará enormes cantidades de infraestructura digital y energía. La transición energética creará nuevas cadenas alrededor de vehículos eléctricos, minerales, energías renovables e hidrógeno. La seguridad alimentaria será cada vez más estratégica.

Las tensiones geopolíticas están llevando a las empresas a buscar proveedores más cercanos y confiables. El turismo mundial se está fragmentando en nuevas categorías. Los servicios digitales pueden exportarse desde un computador sin necesidad de atravesar una cordillera.

Y Colombia aparece frente a muchas de estas transformaciones con ventajas interesantes: ubicación geográfica, biodiversidad, matriz energética relativamente limpia, acceso a dos océanos, talento humano, grandes ciudades, tratados comerciales y proximidad al mayor mercado consumidor del mundo. La pregunta no es si tenemos oportunidades.

La pregunta es por qué otros países parecen convertirlas más rápidamente en empresas, inversiones y exportaciones.

Deberíamos cambiar la pregunta que le hacemos al emprendedor

Quizá aquí comienza el cambio cultural. Cuando un joven colombiano presenta un nuevo emprendimiento, solemos preguntarle: ¿Cuánto vendes? ¿Cuántos clientes tienes? ¿Cuánto capital necesitas? ¿Cuándo alcanzas el punto de equilibrio?

Todas son preguntas necesarias. Pero podríamos agregar una más de fondo:

¿qué parte del mundo quieres conquistar?

Imaginemos lo que ocurriría si universidades, incubadoras, cámaras de comercio, fondos de inversión y empresarios comenzaran a formular sistemáticamente esa pregunta.

Cambiaría la ambición y el diseño de los productos. Cambiaría la tecnología utilizada y los estándares. Cambiarían los socios que buscamos.Incluso cambiaría nuestra definición de éxito empresarial. Exportar dejaría de ser la última etapa de una empresa colombiana exitosa y comenzaría a ser parte de su ADN inicial.

Necesitamos héroes exportadores

Una de las reflexiones del Dr Ibarra que más me llamó la atención proviene de la experiencia asiática: sociedades que convirtieron al empresario capaz de conquistar mercados internacionales en una figura de reconocimiento nacional. Nosotros también necesitamos hacer visible esa nueva generación. 

Empresarios que vendan conocimiento colombiano. Agroindustriales que conviertan nuestra biodiversidad en productos sofisticados. Emprendedores tecnológicos que nazcan hablando inglés, español y el lenguaje universal de los mercados. Empresas medianas que descubran que su mercado potencial no termina en la frontera. Multinacionales que encuentren en Colombia una plataforma desde donde abastecer el continente. Y regiones que descubran su propia vocación internacional.

Porque esta transformación no debería ocurrir solamente desde Bogotá. Valle del Cauca, Antioquia, Atlántico, Santander, el Eje Cafetero, los Llanos y muchas otras regiones deberían preguntarse qué lugar quieren ocupar en las cadenas productivas del futuro.

Una nueva apertura

Tal vez necesitamos una segunda apertura económica. Pero esta vez no estoy hablando simplemente de reducir aranceles. La apertura de los años noventa abrió las fronteras.

La próxima apertura tiene que abrir nuestras mentes.

Significa pasar de una cultura empresarial defensiva a una cultura exploradora. De proteger mercados a conquistar mercados. De exportar excedentes a diseñar para exportar. De vender materias primas a participar en cadenas globales de valor. De esperar inversión extranjera a salir deliberadamente a buscar las empresas que queremos atraer. Y de pensar el comercio exterior como responsabilidad del gobierno a entenderlo como una gran tarea colectiva del país.

La OCDE ha advertido precisamente que Colombia todavía puede aprovechar mucho mejor los acuerdos comerciales que ya tiene para diversificar productos y mercados, y que está geográficamente bien ubicada para beneficiarse de la reorganización de las cadenas globales y del nearshoring.

Esta es una discusión sobre mentalidad y cultura empresarial y no sobre proteccionismo . La evidencia de la OCDE nos permite hacerlo: Colombia tiene baja penetración comercial, barreras todavía importantes y una integración reducida a las cadenas globales, al tiempo que reconoce oportunidades concretas en nearshoring, servicios y diversificación. 

Y este blog , hay una conexión muy interesante con Colombia es Buena: pasar de la narrativa de “Colombia tiene enormes potencialidades” —que repetimos desde hace décadas— a otra mucho más exigente: “Colombia aprende a convertir sus potencialidades en capacidades”

Por eso el desafío de los próximos cuatro años no debería medirse solamente preguntando cuánto exportamos al final del período. Hay una pregunta anterior y mucho más profunda: ¿habremos logrado cambiar nuestra relación cultural con el mundo y por lo tanto nuestra mentalidad?

Hace treinta y cinco años Colombia abrió su economía. Tal vez llegó el momento de abrir su imaginación. Porque nuestro problema puede no ser que el mundo esté demasiado lejos. Puede ser que durante demasiado tiempo nos acostumbramos a pensar que nuestro mundo terminaba en nuestras fronteras.





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