No deberíamos necesitar un terremoto para recordar quiénes somos
“Hay momentos en que una tragedia destruye edificios, pero al mismo tiempo deja al descubierto algo que permanecía oculto: la capacidad de una sociedad para cuidarse.”
Hace apenas una semana, Colombia despertó sacudida por uno de esos acontecimientos que dividen la historia entre un antes y un después. El terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto golpeó especialmente el occidente del país. Cali, Pereira, Manizales, Quibdó, Armenia y numerosos municipios quedaron afectados. Cientos de colombianos murieron, miles resultaron heridos y decenas de miles de familias vieron alteradas sus vidas en cuestión de segundos. (Portal de Gestión del Riesgo). Todavía estamos tratando de comprender la magnitud de la tragedia.
Pero entre las imágenes de destrucción comenzó a aparecer también la imagen de otra Colombia: una Colombia solidaria, generosa y capaz de cuidarse. Una Colombia que necesitamos hacer cada vez más visible, hasta convertirla en una nueva narrativa que nos ayude a construir un sentido más positivo de nuestra identidad cívica y cultural. Ese es, precisamente, el propósito que le da sentido al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Ver artículo de Henry Murrain en el Espectador quien refuerza el tema.
Es la narrativa de los voluntarios removiendo escombros. La de quienes abrieron sus casas. La de médicos, enfermeras, psicólogos, bomberos y rescatistas trabajando durante jornadas interminables. La de cocineras preparando alimentos para desconocidos. La de ingenieros ofreciendo gratuitamente sus conocimientos para evaluar viviendas. La de empresarios movilizando recursos. La de ciudadanos haciendo filas para donar. La de colombianos en el exterior organizándose para ayudar a un país del que quizás salieron hace muchos años, pero que nunca dejó de pertenecerles.
En Bogotá se habían recogido para el domingo 16 de agosto 1.800 toneladas de ayuda para los damnificados. (Bogotá.gov.co) En España, colombianos organizaron centros de acopio y redes de solidaridad en Madrid, Barcelona y otras ciudades. (El País) Desde el sector empresarial también se produjo una movilización extraordinaria de recursos para atender la emergencia y comenzar a pensar en la reconstrucción. (El País)
Y entonces aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿De dónde salió toda esta solidaridad? Mi respuesta es sencilla: siempre estuvo ahí.
La Colombia invisible
Durante los últimos años —y especialmente durante la reciente campaña electoral— los colombianos fuimos expuestos a una narrativa profundamente divisiva. Izquierda contra derecha. Ricos contra pobres. Empresarios contra trabajadores. Regiones contra Bogotá. Jóvenes contra mayores. Gobierno contra oposición. La política convirtió demasiadas veces nuestras diferencias en trincheras. Y poco a poco comenzamos a construir una imagen de nosotros mismos mucho más pobre que la realidad.
Una Colombia incapaz de ponerse de acuerdo, profundamente dividida y donde nadie confía en nadie. Una Colombia condenada al conflicto. Entonces tembló la tierra. Y durante unos instantes muchas de esas etiquetas perdieron importancia.
Cuando alguien estaba atrapado bajo los escombros, nadie preguntaba por quién había votado. Cuando una familia necesitaba comida, nadie preguntaba si era de izquierda o de derecha. Cuando un médico atendía a un herido, no preguntaba qué candidato había apoyado. Cuando miles de personas llevaron alimentos, medicamentos, ropa o dinero a los centros de acopio, simplemente estaban ayudando a otros colombianos.
La tragedia nos recordó algo que la política había conseguido ocultarnos: tenemos mucho más en común de lo que nuestras diferencias nos permiten ver.
El terremoto reveló Capital Cívico
Hay una riqueza de las sociedades que normalmente no aparece en las estadísticas económicas. No está registrada en el PIB. No aparece en el valor de las empresas ni en el presupuesto nacional. Es la capacidad de las personas para confiar, colaborar, ayudarse, organizarse y actuar conjuntamente cuando enfrentan un desafío.
A esa riqueza podemos llamarla Capital Cívico.
Y durante estos días Colombia ha mostrado que posee enormes reservas de ese capital. La solidaridad que hemos presenciado no apareció espontáneamente de la nada. Existe porque hay miles de organizaciones, fundaciones, universidades, empresas, iglesias, comunidades, cuerpos de socorro y ciudadanos que llevan años construyendo capacidades y relaciones. El terremoto simplemente las hizo visibles.
Colombia tenía esa riqueza antes del 10 de agosto. Lo que ocurre es que normalmente no la vemos. Y esa constatación tiene enormes implicaciones. Porque quizás uno de los mayores problemas de Colombia no sea solamente que nos falten líderes. Es que tenemos miles de líderes que permanecen invisibles, desconectados y sin suficiente apoyo.
Colombia es buena
Hace algún tiempo comenzamos una iniciativa alrededor de una convicción muy sencilla:
Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Y ahora: reconstruirla
Algunas personas podrían interpretar esta frase como una expresión de optimismo. No lo es. Tampoco significa negar nuestros problemas. Colombia tiene desigualdad, violencia, corrupción, pobreza, exclusión, narcotráfico, instituciones débiles y profundas fracturas sociales. Sería absurdo desconocerlo.
La pregunta es otra: ¿Esos problemas representan a toda Colombia?
Estos días nos han dado una respuesta contundente. No. También existe una Colombia solidaria, generosa y capaz de organizarse. Una Colombia donde miles de personas están dispuestas a entregar su tiempo, conocimientos, recursos y hasta arriesgar su vida para ayudar a alguien que no conocen. Esa Colombia también es real.
El propósito de Colombia es buena y vale la pena cuidarla consiste precisamente en hacerla visible, conectarla y fortalecerla. Queremos identificar a esas personas extraordinarias que trabajan silenciosamente en barrios, empresas, universidades, organizaciones sociales, conjuntos residenciales, municipios y comunidades. Queremos conectarlas y construir con ellas comunidades y redes de liderazgo.
Porque un país no se transforma únicamente desde la Presidencia de la República. También se transforma cuando miles de ciudadanos descubren que también corresponsables y que tienen capacidad de actuar sobre su entorno y, sobre todo, cuando descubren que no están solos.
No deberíamos necesitar una tragedia
Aquí aparece la paradoja. ¿Por qué necesitamos que ocurra un terremoto para reconocernos como colombianos? Algo parecido sucede cuando juega la Selección Colombia. Durante noventa minutos desaparecen muchas de nuestras diferencias. Millones de personas se ponen la misma camiseta, celebran el mismo gol y sienten que pertenecen a algo común. Pero después termina el partido. O pasa la emergencia. Y regresamos a nuestras trincheras.
No regresar a mirar únicamente lo negativo es, quizás, uno de los grandes desafíos culturales que tenemos como sociedad: lograr que los colombianos nos pongamos la camiseta de nuestro país y no volvamos a quitárnosla; que esa pertenencia se convierta en parte de la identidad que nos define y se refleje en la manera como pensamos, sentimos y actuamos, tanto individual como colectivamente.
Necesitamos construir propósitos colectivos que no dependan de una tragedia ni de un partido de fútbol.
Necesitamos descubrir razones cotidianas para cuidarnos. El cuidado de nuestros barrios. La educación de nuestros niños. La protección de nuestros mayores. La recuperación del espacio público. El fortalecimiento de nuestras instituciones. El cuidado del medio ambiente. La disminución de la violencia. La reconstrucción de la confianza. La creación de oportunidades. Todos ellos pueden convertirse en espacios de colaboración.
De la solidaridad a la reconstrucción
Ahora comienza quizás la etapa más difícil. La emergencia moviliza. La reconstrucción exige perseverancia. Durante las próximas semanas disminuirá la atención mediática. Las imágenes desaparecerán lentamente de las pantallas. Pero miles de familias seguirán necesitando vivienda, empleo, infraestructura, colegios, hospitales y acompañamiento emocional. La reconstrucción material será gigantesca.
Pero tenemos frente a nosotros la posibilidad de impulsar simultáneamente otra reconstrucción: la reconstrucción del tejido social colombiano , de la mentalidad y la narrativa que lo sostenga.
Sería extraordinario que las redes de solidaridad que han aparecido estos días no desaparecieran cuando termine la emergencia. Que pudiéramos identificarlas, conectarlas y convertirlas en una gran red ciudadana para la reconstrucción. Que empresarios, universidades, organizaciones sociales, comunidades, jóvenes, profesionales, gobiernos locales y ciudadanos trabajaran alrededor de un propósito compartido.
El desastre podría convertirse entonces, sin romantizar jamás el dolor que ha producido, en un punto de inflexión.
Para lograrlo, las redes sociales y los influenciadores pueden desempeñar un papel fundamental: visibilizar y amplificar miles de historias reales de solidaridad, colaboración y cuidado que contribuyan al nacimiento de una narrativa más constructiva sobre nosotros mismos que fortalezcan nuestro sentido de identidad y de propósito compartido como colombianos.
Pero no basta con contar historias. Necesitamos generar capacidades colectivas tangibles y sostenibles en el tiempo, en comunidades y territorios concretos, que se conviertan en verdaderas cajas de resonancia de una autoimagen más positiva del país, capaces no solo de difundir esa nueva narrativa, sino de demostrarla a través de la acción cotidiana.
Una oportunidad para el nuevo Gobierno
El terremoto ocurrió apenas comenzando un nuevo Gobierno y después de una campaña electoral particularmente polarizada. Por eso existe también una enorme responsabilidad política. El Gobierno puede administrar la emergencia y reconstruir infraestructura. Pero puede hacer algo todavía más importante: ayudar a reconstruir el sentido de comunidad e identidad nacional.
Ojalá convoque al país entero. A quienes votaron por él y a quienes no. A empresarios y sindicatos. A universidades y organizaciones sociales. A gobernadores y alcaldes de diferentes corrientes políticas. A jóvenes, comunidades y ciudadanos. La reconstrucción no debería tener color político. Puede convertirse en el primer gran propósito colectivo de esta nueva etapa nacional.
Después de años en que demasiados dirigentes descubrieron que dividir producía réditos electorales, necesitamos liderazgos capaces de demostrar que unir también produce resultados. Sanar las heridas no significa borrar nuestras diferencias. Significa aprender a convivir con ellas sin convertir al otro en enemigo.
La Colombia que tenemos que cuidar
Quizás dentro de algunos años recordemos el terremoto de agosto de 2026 solamente por sus pérdidas. O quizás podamos recordar también algo más. El momento en que, entre los escombros, apareció una Colombia que habíamos dejado de ver. Una Colombia compasiva y . solidaria capaz de colaborar. Una Colombia donde ciudadanos comunes hicieron cosas extraordinarias.
Esa Colombia no nació con el terremoto. El terremoto simplemente la hizo visible. Ahora tenemos una responsabilidad mucho mayor: no permitir que vuelva a desaparecer.
Necesitamos ponernos y mantener puesta la camiseta del país, para convertir la solidaridad espontánea en colaboración permanente . La colaboración en confianza. La confianza en Capital Cívico. El Capital Cívico en comunidades de liderazgo. Y esas comunidades en una gran red capaz de participar en la construcción del país.
Porque Colombia no necesita esperar otro terremoto para descubrir que puede unirse. No necesita esperar el próximo gol de la Selección para sentirse una comunidad. Necesita construir un propósito compartido suficientemente poderoso para recordarnos todos los días que, antes que adversarios políticos, somos ciudadanos de un mismo país.
Tal vez esa sea una de las grandes lecciones que nos dejan estos días terribles.
Entre los escombros no solamente aparecieron víctimas y ruinas. También apareció una extraordinaria reserva de humanidad.
Está en nuestras manos decidir qué hacemos con ella. Colombia es buena. Y precisamente por eso, vale la pena cuidarla y reconstruirla .
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