Entrada destacada

A veces SI a veces NO...

Finalmente se firmó el acuerdo con las FARC. Por esta razón, en  las próximos semanas, me propongo oír la letra de la canción de Julio Igles...

sábado, 23 de mayo de 2026

La libertad adolescente y la libertad adulta

 


 La Libertad:  la gran ausente en el debate público de las elecciones del 2026, y el vacío cultural que explica nuestra fragilidad democrática

En la próxima semana, y si hay segunda vuelta, los colombianos nos estamos jugando muchas cosas , entre ellas la libertad. Sin embargo, en esta sociedad desorientada no hay una verdadera conciencia sobre lo que implica su significado. 

Hace poco escuché una investigación antropológica realizada en México que me dejó inquieto. Durante siete meses, casi cincuenta científicos sociales observaron conversaciones cotidianas, hábitos y preocupaciones de personas comunes relacionadas con el tema. El objetivo no era ideológico. Era cultural.

La pregunta era simple: ¿qué significa la libertad para la gente? El resultado fue desconcertante. La libertad no aparecía como prioridad. Y cuando surgía, era descrita así: “Poder hacer lo que quiero, cuando quiero, sin que nadie me diga nada.”

Es una definición adolescente. No es que la libertad no exista. Es que está mal entendida. Y cuando una sociedad no comprende profundamente el significado de la libertad, su democracia se vuelve frágil aunque sus instituciones sigan en pie.


La libertad como límite, no como horizonte

Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio fue que la palabra libertad evocaba una sensación incómoda. No inspiraba. Molestaba. “Me gustaría hacer lo que quiero y no lo que puedo.” La libertad aparecía como recordatorio de límites, no como impulso de responsabilidad. Es una distorsión cultural profunda.

En la tradición clásica, la libertad no es ausencia de límites. Es capacidad de elegir responsablemente dentro de una comunidad. Pero cuando se elimina el componente del deber, la libertad se convierte en licencia. Y cuando la licencia sustituye a la responsabilidad, la convivencia se erosiona.

La mutilación silenciosa del concepto

En los libros, la libertad se define como: Facultad y derecho de elegir responsablemente la propia forma de actuar dentro de una sociedad.

Observen las dos palabras que suelen desaparecer en la práctica cultural: Responsablemente. Dentro de una sociedad. Cuando esas dos dimensiones se eliminan, lo que queda es una versión adolescente: “Hago lo que quiero y nadie me dice nada.”

Es una libertad que no admite límites legítimos. Que percibe el deber como enemigo.Que confunde norma con opresión. Si alguien dice “no deberías hacer eso”, se interpreta como atentado contra la libertad. Ese desplazamiento conceptual es devastador para la cultura cívica.

Libertad ausente, fragilidad presente

Si trasladamos esta radiografía a Colombia, emergen preguntas incómodas. ¿La libertad está realmente en el centro de nuestras narrativas públicas? Hablamos de cambio, de justicia, de seguridad, de igualdad. Pero rara vez hablamos de libertad como responsabilidad compartida. Y como resultado, cuando la libertad no es prioridad cultural: no se percibe cuando se erosiona, no moviliza defensa, no estructura identidad.

La gente puede sentirse razonablemente bien en su metro cuadrado —con su familia, su hogar, su ingreso— sin advertir que el marco institucional que protege esa estabilidad se debilita. La libertad deja de ser experiencia cotidiana y se convierte en concepto abstracto. Y lo abstracto no moviliza.

El deber como enemigo cultural

El estudio mexicano muestra algo particularmente revelador: existe una tendencia creciente a asumir que a mayor deber, menor libertad. Si el deber es visto como obstáculo, entonces: pagar impuestos es imposición, respetar normas es restricción, cumplir reglas es sometimiento, aceptar límites es debilidad.

En ese contexto cultural, la autoridad legítima pierde sustento. La libertad adolescente quiere autonomía absoluta. La libertad adulta entiende que sin reglas compartidas no hay libertad sostenible. La paradoja es clara: Una sociedad que rechaza el deber termina debilitando la libertad que cree defender.

Libertad real y libertad ideal

Otra dimensión fascinante del estudio es la distinción entre:

  • La libertad real (la que viví “un ratito”).
  • La libertad ideal (la que me gustaría tener sin límites).

La libertad real es efímera, individual y pasada: “Cuando me fui con mis amigos a la playa.” No se proyecta hacia el futuro ni se integra a la vida colectiva. La libertad ideal es ilimitada e inalcanzable. En ese contraste, la libertad adulta —la que se ejerce diariamente en comunidad— desaparece. Y cuando desaparece del imaginario cultural, la democracia pierde su anclaje emocional.

La libertad como cultura, no como eslogan

Si queremos fortalecer la democracia, no basta con defender la libertad en discursos jurídicos. Hay que reconstruir su significado cultural, pero hoy en los debates políticos,  lamentablemente brilla por su ausencia. 

Hay que recordarlo: la libertad no es ausencia de límites. Es la capacidad de elegir bien dentro de límites legítimos. No es la independencia absoluta. Es asumir la corresponsabilidad. No es hacer lo que quiera, es poder hacer lo correcto dentro de un marco legal y de valores compartidos por una comunidad. Porque una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre la pregunta “¿es legal?”, sino también sobre otra más profunda: “¿es correcto?”. Hay cosas que pueden ser legales y, sin embargo, profundamente antiéticas. Cuando la libertad se desconecta de la ética, deja de ser libertad madura y se convierte en simple licencia para actuar sin consideración por el impacto sobre los demás. Por eso la libertad adulta no se impone, se aprende.

La libertad que vale la pena cuidar

Si algo nos enseñan las experiencias de otros países latinoamericanos es que la libertad no se pierde de un día para otro. Se desgasta. Se relativiza. Se banaliza. Se convierte en eslogan vacío mientras sus fundamentos culturales se erosionan silenciosamente.

Primero se trivializa el deber. Luego se deslegitiman las reglas. Después se debilitan las instituciones. Y cuando finalmente se percibe la pérdida, ya es tarde para corregirla sin costos enormes. Por eso la discusión sobre la libertad no puede reducirse a un debate jurídico ni a una bandera ideológica. Es un debate cultural. Es una conversación sobre el tipo de ciudadanos que queremos ser.

La libertad adolescente —esa que reclama hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada— puede sonar atractiva en el corto plazo. Pero a largo plazo produce fragilidad institucional y fractura social. No construye comunidad. No protege derechos. No sostiene prosperidad.

La libertad adulta, en cambio, es exigente. Implica deberes. Implica límites legítimos a los derechos. Implica corresponsabilidad. Pero justamente por eso es la única capaz de sostener una democracia estable y una economía dinámica.

Aquí es donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere una dimensión más profunda.

Cuidar no es un gesto sentimental. Es el acto más adulto de la libertad. Cuidar es reconocer que mi libertad depende del cumplimiento de otros y que la libertad de otros depende de mí. Cuidar es asumir que las normas compartidas no son cadenas, sino garantías. Cuidar es entender que el deber no es enemigo de la libertad, sino su condición.

Podemos optar por narrativas que exacerben la indignación, relativicen el deber y prometan soluciones sin límites. O podemos consolidar una narrativa que reconozca al ciudadano como héroe cotidiano, fortalezca la cultura del cumplimiento y eleve la libertad adulta como fundamento de nuestra convivencia.

Colombia es buena porque millones de personas ejercen diariamente su libertad con responsabilidad: trabajando, emprendiendo, cuidando a sus familias, cumpliendo compromisos. La tarea ahora es darle a ese comportamiento cotidiano una narrativa que lo reconozca y lo proteja.

Porque la libertad no se defiende solo con discursos. Se protege con cultura. Y la cultura se construye todos los días.

El desafío en el  2026 y hacia adelante

En dos semanas no solo se decidirá quién gobierna. Se decidirá qué comprensión cultural de la libertad prevalece. Si la narrativa dominante sigue apelando a una libertad adolescente —sin deber, sin límites, sin responsabilidad— el ciclo de frustración continuará.

Pero si logramos reinstalar la libertad adulta como valor cultural —libertad en sociedad, con reglas, con deberes compartidos— entonces estaremos dando un salto muy importante hacia una cultura ciudadana que la cuida . No es un debate ideológico. Es un debate antropológico como lo demuestra la investigación en México . La pregunta no es solo qué país queremos. Es qué tipo de ciudadanos queremos ser. Porque una democracia no se sostiene únicamente por constituciones. Se sostiene por la cultura que da sentido a la libertad. Y si no reconstruimos ese sentido, la fragilidad será inevitable y el futuro muy incierto .


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Favor colocar aquí sus comentarios