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miércoles, 1 de abril de 2026

Después de Petro

  Después de Petro: lo que Colombia todavía no entiende  de sí misma y de lo que nos está pasando ( Publicado 02/04/26)

Este blog es una síntesis deliberada —y necesariamente incompleta— del mensaje central que deja el extraordinario libro Colombia después de Petro de Hernando Gómez Buendía. No pretendo reemplazar su lectura, sino, por el contrario, ofrecer una interpretación, basada en el libro, que ayude a entender lo sucedido en un momento donde abundan las opiniones, pero son escasas las explicaciones.

El valor del libro del autor es que no toma partido, sino que nos presta los ojos de un científico social muy profundo y su capacidad incisiva de análisis y de síntesis. Nos obliga a pensar y a entender por qué Gustavo Petro llegó a la Presidencia, qué logró —y qué no— durante su gobierno, y  lo qué este proceso revela sobre la sociedad colombiana. Más que un balance de un gobierno, es una radiografía de un país en transición.

Aprovecho estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa, a la reflexión y a mirar con más distancia lo que ocurre— para compartir este primer texto. La intención no es cerrar una discusión, sino abrirla bajo una óptica diferente que nos brinda Gómez Buendía.

Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que hay más opinión que comprensión. Abundan los diagnósticos rápidos, las certezas ideológicas y los juicios categóricos. Pero escasea lo esencial: la capacidad de entender qué fue realmente lo que pasó con el Gobierno del Cambio y, sobre todo, qué dice eso sobre el país. Y de cara a las próximas elecciones, que lecciones podemos aprovechar.

Porque el mayor error que podemos cometer hoy es creer que este ciclo político empieza y termina con Gustavo Petro. No. Petro no es el origen del problema colombiano. Es su expresión más visible. Y si no entendemos eso, vamos a repetirlo.

El error de origen: creer que esto empezó con Petro

Durante años, Colombia acumuló tensiones que no fueron resueltas: desigualdad persistente, desconexión entre élites y ciudadanía, instituciones que funcionan pero no representan, crecimiento económico sin inclusión suficiente. Ese país —fragmentado, silencioso, inconforme— no apareció en 2022. Ya estaba ahí. El error fue no verlo. O peor: verlo y minimizarlo.

Aquí es donde el libro de Gómez Buendía es contundente al plantear el dilema clásico de las ciencias sociales: “¿hacen los hombres la historia o la historia hace a los hombres?” La respuesta, en este caso, es clara: la historia hizo posible a Petro. No como accidente, sino como consecuencia.

Cómo llegó Petro: la política de sumar en un país fragmentado

Si hay una lección central del libro es esta:“La política se hace sumando.”

Petro entendió algo que otros ignoraron: Colombia ya no era un sistema ordenado por partidos, sino un archipiélago de malestares. Y en ese contexto, el liderazgo no consiste en representar estructuras, sino en articular fragmentos. Su trayectoria no fue la del político tradicional. No creció dentro del sistema, sino contra él. No heredó poder, lo construyó. No dependió de maquinarias, sino de causas.

Fue ampliando su base como quien cambia de “piscina”: movimientos sociales opinión coalición narrativa nacional. 

Pero sobre todo, hizo algo decisivo: logró conectar el descontento con una identidad política. Mientras otros hablaban de estabilidad, él habló de injusticia. Mientras otros defendían el orden, él nombró a los excluidos. Y en un país donde nadie representaba a nadie, eso fue suficiente.

La oportunidad: los “nadies” y el vacío de representación

El estallido social no fue una anomalía. Fue una advertencia. Una energía social sin dirección, sin liderazgo y sin traducción política. El libro de Gómez Buendía lo describe con crudeza: nadie representaba a nadie. Ni los sindicatos, ni los partidos, ni los gremios, ni los medios. Ahí apareció Petro.No para crear ese malestar, sino para canalizarlo. Y lo hizo con una apuesta clara: construir un “pueblo” político donde antes había fragmentación social.

Por eso, uno de los aportes más importantes del libro es reconocer lo evidente que muchos prefieren ignorar: “el principal descubrimiento hubiera sido el de ‘los nadies’, aquella multitud mayoritaria y sin embargo anónima…” Ese fue el verdadero terreno de la elección de 2022.

No la izquierda. No la derecha. Sino la representación.

La gran paradoja: llegó al gobierno, pero no al poder

Sin embargo, aquí aparece la primera gran ruptura entre expectativa y realidad. El propio libro lo resume con precisión: la izquierda “llegó a la Presidencia, pero no llegó al poder”.¿Por qué?

Porque Colombia no es un sistema donde el presidente decide todo. Es un sistema fragmentado, lleno de contrapesos, donde el cambio depende de acuerdos. Congreso, instituciones, fuerzas armadas, economía: todos actúan como límites reales. Y Petro —acostumbrado a la lógica del opositor— nunca logró adaptarse completamente a esa realidad. El resultado fue un gobierno con ambición transformadora, pero sin capacidad suficiente de ejecución.

Gobernar no es lo mismo que oponerse

Aquí está una de las lecciones más duras del cuatrienio. Petro fue, durante décadas, un opositor eficaz. Pero gobernar exige otra lógica. El libro lo dice sin rodeos: no era ejecutar, era polemizar; no era administrar, era confrontar. Su estilo —pedagógico, insistente, combativo— funcionaba en la plaza pública, pero no en la gestión cotidiana del Estado.

Esto se tradujo en problemas concretos:

  • Alta rotación de ministros
  • Falta de continuidad
  • Baja ejecución
  • Exceso de frentes abiertos

El gobierno tuvo ideas, pero no estructura. Tuvo narrativa, pero no coordinación.

Mucho ruido, pocas nueces: la batalla simbólica

Y sin embargo, aquí está la segunda gran paradoja. A pesar de las limitaciones en la gestión, el gobierno logró algo fundamental: dominar la narrativa. El libro lo sintetiza en una frase poderosa: “En Colombia no hubo lucha de clases sino lucha de palabras… lo que estuvo en juego no fueron los bolsillos, sino los imaginarios. Petro entendió que el poder no es solo institucional, sino simbólico. Por eso trasladó la batalla al terreno del lenguaje, de los símbolos, del relato: “el pueblo” vs “el establecimiento”

No importaba tanto lograr sus reformas como ganar sentido. Y en ese terreno, fue eficaz. 

El papel de la narrativa, al que le he dedicado varios blogs, emerge en el libro de Gómez Buendía con una gran fuerza como determinante de la situación actual. Me alegra que Carlos Enrique Moreno también se sume a esta corriente con su columna del sábado pasado en El Espectador.

¿Por qué Petro mantiene apoyo de mucha gente?

Aquí está una de las preguntas más incómodas para muchos analistas. ¿Cómo es posible que, con tantas fallas evidentes, Petro conserve respaldo? La respuesta no está en la gestión, sino en la representación. Para millones de colombianos, este gobierno significó algo que nunca habían tenido: visibilidad.

El libro lo plantea con claridad:

  • sectores históricamente invisibles aparecieron en el discurso
  • nuevas identidades entraron al escenario público
  • el Estado dejó de sentirse completamente ajeno

Eso no resolvió sus problemas materiales. Pero cambió su lugar simbólico. Y en política, eso pesa.

El fracaso compartido

Sería un error atribuir todo al balance al gobierno. Porque si el gobierno falló en ejecutar, la oposición falló en entender. No ofreció una alternativa de cambio. No reconoció a los nuevos actores sociales. No construyó un relato propio.

Se limitó a resistir. Y como bien sugiere el libro, su logro fue otro: acumular desgaste, no construir futuro.

¿Anomalía o transición?

Llegados a este punto, la pregunta clave es inevitable: ¿Fue Petro una anomalía o el inicio de algo más profundo? La respuesta es incómoda, pero necesaria: fue una transición.

Un síntoma de que el sistema político colombiano cambió:

  • menos partidos, más liderazgos personales
  • menos programas, más narrativas
  • menos ideologías estructuradas, más identidades fragmentadas

Petro no es una excepción. Es un precedente.

La lección estratégica: lo que viene después

Y aquí está el punto más importante hacia adelante. Colombia no enfrenta un problema de nombres. Enfrenta un problema de representación. El país que eligió a Petro no ha desaparecido. Sigue ahí: fragmentado, inconforme, buscando voz. Por eso, cualquier proyecto político que quiera gobernar en los próximos años deberá entender algo básico: no basta con prometer estabilidad, no basta con ofrecer eficiencia, no basta con criticar al gobierno.

Se necesita algo más difícil: construir una narrativa de cambio inspiradora, creíble, incluyente y gobernable.

Una pregunta que define el futuro

Colombia no necesita volver al pasado. Pero tampoco puede seguir atrapada en un cambio que no logra ejecutarse. Necesita algo más exigente: entender por qué una mayoría silenciosa decidió hablar, por qué encontró en Petro un canal, y por qué nadie más ha sabido interpretarla.

Porque si esa pregunta no se responde, no importa quién gane en 2026. El resultado será el mismo. Un país que cambia de gobierno, pero no logra cambiar de fondo.

Este blog es apenas un punto de partida. En las próximas semanas compartiré una serie de tres textos donde profundizaré en las ideas centrales de los capítulos 1 al 3 del libro de Hernando Gómez Buendía, porque es allí donde realmente se explican las raíces del momento que estamos viviendo como país.

Entender esas causas no es un ejercicio teórico. Es la base para poder tomar mejores decisiones —como ciudadanos, como líderes y como sociedad— en un momento donde la confusión abunda y las respuestas fáciles suelen ser engañosas. Colombia no necesita más ruido. Necesita comprensión, criterio y dirección.

Ojalá estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa y a la reflexión— sean también una oportunidad para pensar con más profundidad el país que tenemos y, sobre todo, el país que queremos soñar y construir.


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