Cuando la guerra se vuelve portátil: drones y el nuevo rostro del conflicto en Colombia (publicado 12/04/26)
Durante décadas, el poder en los conflictos armados estuvo determinado por la capacidad del Estado para concentrar recursos, tecnología y fuerza. La superioridad militar era, en esencia, una función de escala: ejércitos grandes, sistemas costosos, inteligencia sofisticada. Hoy, esa ecuación se está rompiendo.
El desarrollo acelerado de los drones —impulsado por conflictos como Ucrania y las tensiones en el Golfo Pérsico— está transformando el campo de batalla en algo radicalmente distinto: un espacio donde actores pequeños, con recursos limitados, pueden ejercer un poder desproporcionado. El mejor ejemplo Irán con un aparto militar desmantelado pero con la capacidad de producir miles de drones, ha cerrado el Estrecho de Ormuz. Y esa transformación ya llegó a Colombia como lo muestran las noticias diarias sobre el uso de esta tecnología por parte de los grupos armados como el ELN
La ruptura del paradigma: de la guerra industrial a la guerra distribuida
No se está frente a una simple innovación tecnológica sino a un cambio de lógica . En Ucrania, la guerra dejó de ser exclusivamente una confrontación entre grandes sistemas militares para convertirse en una red distribuida de vigilancia, ataque y respuesta en tiempo real. Drones comerciales modificados, enjambres de bajo costo y sistemas asistidos por inteligencia artificial han redefinido la manera de combatir.
En el Golfo Pérsico, la asimetría es aún más evidente: mientras unos utilizan tecnología de altísimo costo, otros responden con volumen, simplicidad y eficiencia económica. No es una simple innovación tecnológica , es un cambio más radical: un cambio de lógica.
Hay una idea que resume esta transformación: Un misil de más de un millón de dólares contra un dron de 30.000 euros. Esa es la nueva ecuación de la guerra. El Shahed 136 hecho en Iran —barato, autónomo, capaz de volar 2.000 kilómetros con una carga explosiva significativa— demuestra que ya no se necesita tecnología sofisticada para generar daño estratégico. Es una manera más eficiente de enfrentar un conflicto asimétrico.
La respuesta a los ataques de Iran desde Ucrania : drones interceptores de apenas 1.000 dólares, diseñados para destruir otros drones. Una guerra de máquinas autónomas cada vez más baratas, más rápidas y más prescindibles.
La conclusión es un nuevo paradigma: atacar es más fácil que defender. Y lo más importante: esta ya no es una ventaja exclusiva de los Estados y esto nos afecta directamente en Colombia.
Colombia: la tecnología baja al territorio
Colombia ha enfrentado históricamente un conflicto adaptativo, donde los actores ilegales han sabido evolucionar frente a la presión estatal. Sin embargo, la incorporación de drones introduce una nueva dimensión en el conflicto con las bandas criminales que hoy están copando bastas extensiones del territorio nacional.
Ya no se trata solo de control territorial o la movilidad. Se trata de proyección remota de poder, donde estas estructuras criminales pueden:
- Vigilar movimientos de la Fuerza Pública en tiempo real
- Ejecutar ataques sin exposición directa
- Generar miedo constante en comunidades rurales
- Coordinar operaciones con precisión creciente
Todo esto, con tecnologías accesibles y relativamente económicas. Se está entrando en una nueva fase del conflicto: una violencia más precisa, más distante y más difícil de anticipar. Y este cambio sucede cuando el gobierno de Petro ha debilitado de manera intencionada la capacidad de nuestras fuerzas armadas.
El debilitamiento relativo del monopolio de la fuerza
El Estado moderno se ha sostenido sobre el monopolio legítimo de la fuerza. Pero ese monopolio también era tecnológico. Durante años, el acceso a capacidades avanzadas —inteligencia, precisión, alcance— era exclusivo de las fuerzas armadas. Los drones están reduciendo , e incluso eliminando esa brecha como lo muestra el conflicto en Ucrania con Iran. Hoy, actores ilegales pueden replicar parcialmente capacidades que antes eran inalcanzables. Esto no elimina la ventaja del Estado, pero sí la erosiona mucho. Y cuando la asimetría disminuye, el conflicto se vuelve más incierto como lo evidencia la situación actual en el Oriente Medio.
El miedo invisible: la dimensión psicológica
El impacto de los drones no es solo táctico. Tiene un componente profundamente psicológico. Un dron puede no estar visible… pero su posibilidad siempre está presente. En Colombia, esto se está traduciendo en:
- Fuerza Pública operando bajo vigilancia constante
- Comunidades rurales en estado de alerta permanente
- Sensación de omnipresencia paralizante del enemigo
Es una nueva forma de presión: la del riesgo constante sin rostro visible.
El siguiente salto: inteligencia artificial y autonomía
Lo que hoy vemos es apenas el comienzo de una transformación tecnológica con un impacto muy grande. Los drones están incorporando inteligencia artificial que les permite: Identificar objetivos. Navegar sin GPS. Evadir interferencias. Operar en enjambres coordinados
En escenarios recientes que hoy se pueden ver en YouTube, un solo operador puede activar múltiples drones que atacan objetivos distintos simultáneamente. La pregunta ya no es solo tecnológica. Tiene una dimensión ética y política: ¿Hasta dónde se ha abierto la posibilidad de delegar decisiones críticas en sistemas autónomos en escenarios de guerra?
Un desafío adaptativo, no solo técnico
La respuesta a esta transformación no puede ser únicamente militar. Es parte del gran debate que está generando la revolución de la IA. En el caso del orden público en Colombia, con unas Fuerzas Armadas muy debilitadas, hoy se enfrenta un desafío más profundo: entender que el conflicto ha cambiado de naturaleza y el Estado no está preparado para enfrentarlo.
Esta nueva realidad exige: Inteligencia distribuida, no centralizada. Innovación ágil, en alianza con universidades y empresas. Capacidad de anticipación, no solo reacción. Pero, sobre todo, exige algo que suele olvidarse: la legitimidad del Estado que genera el apoyo de la comunidad..
La ventaja que la tecnología no puede reemplazar
En un entorno donde la tecnología reduce las barreras para ejercer violencia, la verdadera ventaja estratégica no es solo tecnológica. Hoy más que nunca es social. Su fundamento es la capacidad de una sociedad para construir una cultura basada en: Confianza. Cooperación. Sentido de propósito compartido. Sin estos ingredientes, es mucho más difícil enfrentar los avance tecnológicos en un entorno de orden público tan complejo como el colombiano.
El riesgo silencioso: la banalización de la violencia
Cuando la violencia se vuelve más remota, más fácil y menos riesgosa para quien la ejecuta, existe un peligro: que se vuelva más frecuente. Los drones eliminan barreras emocionales. El atacante no ve. No se expone. No enfrenta directamente las consecuencias. La violencia se convierte en una operación. Y eso cambia todo.
Tecnología sin narrativa
Los drones no son buenos ni malos en sí mismos. Son unas herramientas que pueden salvar vidas o destruirlas. Pueden proteger o intimidar. La diferencia está en la narrativa que los rodea y en la calidad de las instituciones que los regulan.
Colombia enfrenta hoy una encrucijada silenciosa:mientras la tecnología democratiza el acceso al poder destructivo, el país necesita fortalecer —con urgencia— su capacidad de construir poder constructivo. Porque en el largo plazo, la verdadera seguridad no depende de quién tiene mejores drones, sino de quién logra construir una sociedad que no los necesite para resolver sus conflictos.
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