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sábado, 14 de marzo de 2026

  Cuando la democracia se desmonta desde adentro y sus ciudadanos no la cuidan

Una advertencia desde Estados Unidos para Colombia en vísperas de la elección para Presidente del 2026

Hace pocos días publiqué un blog titulado “Los países cambian cuando cambian las historias que deciden contarse”. En él proponía una idea sencilla pero poderosa: las sociedades no solo se organizan a través de instituciones o leyes; también se sostienen sobre las narrativas que sus ciudadanos comparten sobre sí mismos.

Las historias que una nación decide creer terminan moldeando su cultura, sus expectativas y, finalmente, su destino.

Hay narrativas que construyen esperanza y sentido de propósito colectivo. Pero también existen narrativas que alimentan el resentimiento, la desconfianza y la ruptura del tejido social. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando observamos lo que hoy ocurre en varias democracias del mundo.

Recientemente escuché una presentación del historiador y viajero Rick Steves sobre la situación política en Estados Unidos. Su intervención, dirigida a ciudadanos preocupados por el futuro de su país, contiene una advertencia que trasciende el caso norteamericano: las democracias rara vez mueren de un golpe repentino; normalmente se debilitan lentamente desde adentro cuando permiten que una narrativa destructiva se extienda como un cancer en la sociedad.

Durante décadas, Estados Unidos fue para gran parte del mundo un referente simbólico de la democracia liberal. No porque fuera perfecto —ninguna democracia lo es— sino porque representaba un conjunto de principios que inspiraron a muchas sociedades: libertad individual, estado de derecho, pluralismo, alternancia en el poder y respeto por las instituciones.

Por eso me resultó particularmente impactante, escuchar a un historiador y observador de la vida pública estadounidense, advertir que la principal amenaza para esa democracia no viene hoy desde afuera, sino desde adentro.

La preocupación central de Steven es que el movimiento político dominante dentro del Partido Republicano —el movimiento MAGA— estaría impulsando una narrativa destructiva que impulsa un proceso sistemático de debilitamiento institucional que, de consolidarse, podría transformar profundamente la naturaleza de la democracia estadounidense.

Más allá de las posiciones partidistas, el valor de su reflexión radica en algo más profundo: identificar los patrones de la narrativa que suelen acompañar los procesos de erosión democrática . Y lo interesante es que esos patrones no pertenecen ni a la derecha ni a la izquierda. Como lo muestra la historia de las dictaduras en el Siglo XX en lo que llevamos de este siglo, son los manuales clásicos de cualquier deriva autoritaria. Lo más inquietante es que ese proceso suele ir acompañado de nuevas narrativas políticas que buscan justificar el deterioro institucional

El manual del deterioro democrático

Steves describe cómo ciertos movimientos políticos han logrado construir una narrativa poderosa según la cual el país estaría amenazado por enemigos internos, instituciones corruptas y élites traidoras. En esa historia, el líder político aparece como el único capaz de “salvar” a la nación.

Es una narrativa emocionalmente eficaz. Promete soluciones simples para problemas complejos. Identifica culpables claros. Ofrece un relato épico de rescate nacional. Pero detrás de esa narrativa suele esconderse algo más preocupante: una estrategia sistemática para debilitar las instituciones que sostienen la democracia.

A lo largo de la historia, este proceso ha seguido patrones bastante reconocibles. Steves describe lo que llama el “manual del dictador”: un conjunto de tácticas que se han repetido a lo largo de la historia en diferentes países cuando los liderazgos políticos buscan concentrar poder. Entre ellas aparecen varias señales conocidas que hoy estamos viendo en Colombia:

Primero, la construcción de un líder que exige lealtad personal absoluta, por encima de las instituciones.

Segundo, la promesa de soluciones simples para problemas complejos, apelando más a la emoción que a la realidad.

Tercero, el debilitamiento de la sociedad civil: sindicatos, universidades, organizaciones independientes y medios de comunicación. El fortalecimiento de grupos incondicionales como los indígenas del Cauca en Colombia.

Cuarto, la captura de la burocracia profesional, reemplazando expertos por ideólogos o personas cuya principal virtud es la obediencia política.

Quinto, la creación de enemigos internos —inmigrantes, opositores, periodistas, empresarios o minorías— que sirven como chivos expiatorios para explicar todos los problemas.

Sexto, la deslegitimación preventiva de las elecciones, insinuando fraude cuando los resultados no favorecen al líder. Lo acabamos de ver con Petro.

Séptimo, el uso del miedo como herramienta política, presentando crisis de seguridad o amenazas internas para justificar medidas excepcionales.

Octavo, el ataque sistemático a la prensa y al sistema judicial, con el fin de debilitar los controles al poder.

Noveno, la manipulación de emergencias o tragedias para ampliar la autoridad del gobierno. Caso reciente las inundaciones de Córdoba en nuestro país.

Décimo, la utilización de la justicia para perseguir adversarios y proteger aliados. 

Estos patrones no son nuevos. Se han observado en distintos momentos de la historia del siglo XX y del XXI. Lo que resulta inquietante es que muchos de ellos están reapareciendo simultáneamente en distintas democracias contemporáneas alrededor del mundo .

El espejo para Colombia

Colombia no es Estados Unidos. Nuestra historia institucional, nuestra cultura política y nuestros conflictos sociales son distintos. Sin embargo, el análisis de Steves permite mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo en nuestro propio país.

Mientras en Estados Unidos algunos observadores ven riesgos provenientes de sectores de la derecha populista, en Colombia muchos ciudadanos perciben amenazas provenientes del proyecto político impulsado por el actual gobierno de izquierda. 

Los países no solo se transforman a través de reformas económicas o decisiones políticas. También cambian cuando sus ciudadanos deciden contar nuevas historias sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir. 

Durante décadas, Colombia ha estado atrapada en narrativas profundamente negativas sobre sí misma: violencia, corrupción, desigualdad, conflicto permanente. Muchas de esas realidades han sido ciertas. Pero cuando una sociedad solo se define a sí misma a partir de sus problemas, termina debilitando su propia capacidad de imaginar un futuro diferente.

La diferencia ideológica no cambia el fenómeno de fondo. Las democracias pueden deteriorarse desde cualquiera de los extremos. Lo que las debilita no es una etiqueta ideológica, sino ciertas prácticas recurrentes:

– La deslegitimación constante de las instituciones.

– El desprecio por los contrapesos democráticos.

– El intento de colonizar la justicia, los organismos de control o la burocracia estatal.

– La creación permanente de enemigos políticos.

– El uso sistemático de la polarización como estrategia de poder.

Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, la democracia comienza a permitir algo esencial: una narrativa que mina la confianza compartida en las reglas del juego. Y cuando las reglas dejan de ser creíbles, la democracia entra en terreno peligroso y puede desaparecer.

El valor de la solidaridad democrática

Una de las ideas más interesantes de la reflexión de Steves es que la defensa de la democracia no puede ser un proyecto partidista. Debe ser un proyecto patriótico, colectivo y solidario alrededor de un propósito superior. En su llamado, él insiste en la necesidad de crear coaliciones incómodas: alianzas entre sectores distintos que, aunque no compartan todas sus ideas, sí comparten algo fundamental: la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas.

Ese punto es especialmente relevante para Colombia en los próximos dos meses y medio. En este periodo veremos una intensa campaña electoral por la Presidencia. Como ocurre en toda democracia, habrá diferencias ideológicas legítimas.

Pero existe un gran peligro y una frontera que no debería cruzarse: lo que separa la competencia democrática de la destrucción del sistema democrático. Cuando los actores políticos comienzan a ver las instituciones como obstáculos que deben ser desmontados, la política deja de ser una disputa democrática y se convierte en una lucha cruda y sin escrúpulos por el control total del poder.

El verdadero debate que viene

Las elecciones de 2026 no serán solo una competencia entre candidatos. En el fondo, serán también una conversación sobre el tipo de democracia que los colombianos queremos preservar y que historia nos queremos creer como nación. Una narrativa que reconoce que tenemos una  democracia imperfecta, sí, pero que se puede mejorar y se debe de cuidar. Esta narrativa reconoce que Colombia es buena , que vale la pena cuidar sus instituciones y sus avances, pero basada en principios que han permitido mantener un cierto equilibrio institucional durante más de siete décadas:

– separación de poderes

– elecciones libres

– pluralismo político

– libertad de prensa

– justicia independiente

– alternancia en el poder.

Esos principios no son abstractos. Son las garantías que permiten que un ciudadano común pueda vivir en libertad, cuidar el fundamento de una narrativa que nos permita mejorar nuestra autoestima y nos haga sentir orgullosos como colombianos .

La libertad nunca está garantizada

La lección más profunda que deja la reflexión de Rick Steves es simple pero poderosa:la democracia nunca está asegurada para siempre. Incluso en países con larga tradición democrática como los Estados Unidos, puede deteriorarse si los ciudadanos se vuelven indiferentes frente a su erosión. Por eso su llamado urgente a sus compatriotas para que despierten, se movilicen y tracen una línea roja antes de que sea muy tarde.

La libertad no se pierde de un día para otro.Se pierde gradualmente, a través de pequeñas decisiones, silencios y concesiones. 

Por eso, en momentos electorales como el que comienza en Colombia, el desafío no es solo elegir gobernantes. El desafío es más profundo: recordar que la democracia pertenece a los ciudadanos, no a los gobiernos. Y que su defensa requiere algo que hoy parece escaso pero sigue siendo indispensable: coraje cívico, responsabilidad colectiva y una profunda convicción de que la libertad —aunque imperfecta— sigue siendo el bien público más valioso que una sociedad puede preservar

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