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sábado, 17 de enero de 2026

Venezuela no cayó de un día para otro: lecciones para Colombia


Lecciones incómodas para Colombia en un año electoral decisivo

Los eventos recientes en Venezuela me han obligado a escribir varios blogs en estas últimas semanas. En este blog voy devolverme en la historia de ese país para tener un mejor contexto que permita analizar la situación actual y sus implicaciones para Colombia.

Durante años, muchos en América Latina miraron a Venezuela como una excepción trágica, como un caso extremo que no tenía nada que ver con sus propias realidades. Esa comodidad intelectual —“eso no puede pasarnos a nosotros”— es, precisamente, una de las razones por las que el chavismo logró apoderarse del país sin encontrar una resistencia democrática a la altura del desafío que enfrentaron.

Las reflexiones del sociólogo venezolano Tulio Hernández, hechas durante una entrevista que le hicieran en el Podcast Atemporal,  ayudan a desmontar esa falsa interpretación de la realidad de su país . Su lectura de la historia reciente de Venezuela no comienza con Hugo Chávez, ni siquiera con el primer golpe de 1992, sino con algo mucho más profundo y más incómodo: una sociedad que llevaba décadas acumulando resentimientos, dependencias y malentendidos sobre el papel del Estado, la democracia y la ciudadanía.

La narración del Dr Hernández ratifica lo que escribí en un blog anterior “Cuando la historia nos vuelve hablar” donde mostraba la tesis del historiador Snyder que es simple y profundamente preocupante: las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

El país del “Estado mágico”

Antes de Chávez, Venezuela vivía bajo lo que el dramaturgo José Ignacio Cabrujas llamó el “Estado mágico”: un Estado percibido como omnipotente, proveedor, casi milagroso. Desde que el petróleo comenzó a fluir en los años treinta, se consolidó la idea de que la riqueza no provenía del trabajo, la productividad o la innovación, sino de un recurso que brotaba de la tierra y que el Estado debía repartir.

Cómo lo explica Hernández, esta mentalidad produjo una ciudadanía frágil. No una comunidad de ciudadanos corresponsables, sino una larga fila invisible de personas esperando turno frente al “barril imaginario”. El éxito no dependía del esfuerzo colectivo, sino de la cercanía al poder.

Cuando el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez intentó desmontar abruptamente ese modelo mediante reformas económicas, necesarias pero mal explicadas, el resultado fue devastador. El mensaje implícito fue: “el barril ya no existe; ahora hay que trabajar, pagar impuestos y competir”. Para una sociedad que nunca había sido preparada para ese tránsito, el quiebre fue traumático.

El Caracazo: cuando el espejo mágico se rompió

El estallido social de 1989, conocido como el Caracazo, fue descrito por el propio presidente Pérez como “la explosión de una acumulación de resentimientos”. No fue una revolución ideológica, sino una insurrección caótica, marcada por saqueos más consumistas que políticos, que reveló hasta qué punto el pacto social en Venezuela estaba roto.

Ese momento fue decisivo por varias razones. Los partidos tradicionales perdieron legitimidad. Las fuerzas de seguridad mostraron su incapacidad para manejar la crisis. La democracia venezolana, que se creía sólida y ejemplar, se descubrió frágil. El espejo se rompió, y lo que apareció detrás fue una sociedad profundamente desconectada de sus propias instituciones y sin un liderazgo político fuerte.

Caracas está en un valle rodeado de barrios muy pobres. En  ese contexto emergió un mito peligroso:. el de los cerros que “un día bajarían”. El chavismo supo instrumentalizar ese miedo y convertir a los sectores populares, no en sujetos políticos, sino en amenaza latente, en arma simbólica contra cualquier oposición.

Chávez: carisma, militarismo y el encanto del “por ahora”

El golpe fallido de 1992 no fue un accidente aislado. Fue la irrupción visible de los ríos subterráneos de militarismo que nunca habían desaparecido del todo. Cuando Hugo apareció en televisión asumiendo la responsabilidad del golpe con su famoso “por ahora”, ocurrió algo inédito: un militar derrotado se convirtió en figura moral.

Su juventud, su lenguaje directo y su contraste con los viejos políticos conectaron con una sociedad desencantada. No hubo una defensa masiva de la democracia. La élite política reaccionó; la ciudadanía, no. Como advirtió Ramón J. Velázquez en ese momento, “alguien levantó la tapa del infierno y los demonios del militarismo andan sueltos”.

La década de los noventa profundizó el vacío que se sentía en la sociedad. La destitución politizada del presidente  Carlos A Pérez, la campaña antipolítica promovida por los medios y las élites, la fragmentación de los partidos y la liberación de Chávez durante el gobierno de Caldera, terminaron de despejar el camino para que este militar golpista se lanzara a la política electoral .

Las elecciones de 1998, con dos outsiders como principales contendores, sellaron el rechazo a la política tradicional y llevaron a Chaves al poder

Un autoritarismo de nuevo cuño

El chavismo no fue un comunismo clásico. Fue algo más difícil de detectar y, por eso, más eficaz: un neoautoritarismo con maquillaje democrático. Mantuvo elecciones, propiedad privada y retórica igualitaria, mientras desmontaba sistemáticamente la alternancia, el Estado de derecho y los derechos humanos.

Chávez anunció desde el inicio que su proyecto no era transitorio. “Por ahora y para siempre” no era una metáfora, era un programa. La violencia, la violación constitucional y la permanencia en el poder no eran excesos: eran principios.

Según lo manifestó Hernadez en su charla, el liderazgo carismático de Chávez , en el sentido weberiano, creó una relación casi religiosa con las masas. Chávez no gobernaba solo con leyes; gobernaba con emociones, con espectáculo, con omnipresencia mediática. La comunicación no era un instrumento: era el gobierno mismo.

La lenta asfixia de la democracia

A diferencia de un golpe clásico —el zarpazo del tigre— el chavismo operó como una boa constrictor. Fue apretando lentamente, sin que muchos se dieran cuenta. Controló medios, persiguió periodistas, deshumanizó al adversario, creó enemigos internos y utilizó grupos paramilitares para la violencia informal.

La oposición cometió errores graves: el golpe de 2002, el paro petrolero, la abstención electoral. Cada uno de esos errores fue utilizado para justificar una limpieza ideológica, la destrucción de PDVSA y la eliminación de espacios democráticos.

Cuando Chávez murió, el simulacro democrático terminó. Su sucesor Nicolás Maduro, sin carisma ni legitimidad, solo pudo sostenerse destruyendo abiertamente las instituciones, persiguiendo a la oposición y convirtiendo el fraude en norma

El costo humano y moral

El resultado del proceso de deterioro de la democracia venezolana es conocido, pero no por eso menos brutal: millones de exiliados, destrucción institucional, violencia sistemática, presos políticos, desapariciones forzadas y un sufrimiento ético-político que atraviesa generaciones. No es solo pobreza material; es la pérdida de horizonte, de confianza y de futuro.

Colombia: advertencias que no podemos ignorar

Según Hernández, la historia venezolana no debe ser usada como amenaza retórica ni como caricatura ideológica. Debe ser estudiada con rigor. Las lecciones que plantea Tulio Hernández son claras:

  • No subestimar a los líderes populistas-autoritarios.
  • No confundir banderas sociales legítimas con proyectos de poder excluyentes.
  • No destruir la política en nombre de la antipolítica.
  • No sacrificar las reglas democráticas por la promesa de eficacia.
  • Construir esperanza y proyectos de futuro, no solo oponer resistencia.
  • Unir fuerzas democráticas más allá de etiquetas ideológicas.

Colombia enfrenta este año una elección decisiva. Creer que nuestra historia, nuestras instituciones o nuestra cultura nos hacen inmunes es repetir el primer error venezolano. Hay varias lecciones para nuestro país.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones.


Colombia todavía está a tiempo. Pero solo si entiende que cuidar a Colombia, es cuidar su democracia a pesar de sus imperfecciones; significa reconocer los avances logrados porque son los cimientos sobre los cuales debemos seguir mejorando como país; no es defender a un gobierno o a una ideología, sino proteger las reglas que impiden que cualquier proyecto —por noble que se proclame— termine devorando al país que dice querer salvar. Esa es la. Recadera gran lección que el Sr Hernández nos deja en su amena e impactante charla muy bien moderada en el podcast de Andrés Acevedo, a quien felicitó por su aporte . Estas son las reflexiones que se necesitan para una sociedad desorientada como la nuestra

sábado, 10 de enero de 2026

Cuando la geopolítica desnuda la retórica y Petro descubre sus límites.

   No suelo enviar dos blogs tan seguidos, pero la llamada de Petro a Trump y su respuesta , me obligaron a encontrar una explicación. En este blog comparto con mis lectores lo que encontré escuchando las opiniones de expertos internacionales. El profesor John Mearsheimer fue la mejor.

Este académico  es hoy uno de los analistas geopolíticos más influyentes del mundo. Profesor de la Universidad de Chicago y creador de la teoría del realismo ofensivo, su pensamiento resulta incómodo para quienes prefieren una visión más moralizada de la política internacional. Pero precisamente por eso es tan útil: Mearsheimer no analiza el mundo como debería ser, sino como es.

Desde esa lógica, resulta particularmente revelador su análisis del abrupto cambio de postura del presidente colombiano Gustavo Petro frente Donald Trump ocurrido en apenas cuatro días a comienzos de enero. Un episodio que, más allá de simpatías o antipatías ideológicas, desnuda una lectura cruda de las restricciones estructurales que enfrenta Colombia en el entorno geopolítico internacional.

El realismo ofensivo: poder, supervivencia y jerarquías

Para Mearsheimer, el sistema internacional en la actualidad es aún más anárquico que en años anteriores: no existe una autoridad superior que garantice la seguridad de los Estados y entidades como la ONU o la OEA son cada día más irrelevantes. En ese contexto, las grandes potencias buscan maximizar su poder relativo en un giro hacia un mundo dividido por esferas de influencia. Esto explica el porqué  la hegemonía regional no es una opción; es un objetivo estratégico en el nuevo mundo que Trump quiere impulsar. El ataque a Venezuela es el resultado de esa decisión. 

Está perspectiva es clave para entender la llamada de Petro, Estados Unidos no tolera competidores ni desafíos sostenidos en su hemisferio o “patio trasero” . Es la visión revisada de la Doctrina Monroe, donde Trump no acepta discursos críticos, y tampoco resistencias reales que amenacen su capacidad de coerción económica, militar o política.

Cuatro días que revelaron una asimetría brutal

El 3 de enero, tras la operación militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro, Petro guardó silencio. El 4 de enero condenó la acción como “aberrante”. El 5, Trump respondió con amenazas directas, insultos personales y la insinuación de que Colombia podría recibir un “tratamiento similar” al de Venezuela.

El 6 de enero, Petro elevó el tono: desplegó 30.000 tropas en la frontera, solicitó reuniones de emergencia en la ONU y la OEA, e invocó su pasado guerrillero, afirmando que “por la patria” volvería a tomar las armas. Era un lenguaje de resistencia, épico, cargado de simbolismo político interno.

Pero el 7 de enero, en la noche, ocurrió el giro completo: Petro reculó y llamó a Trump, para explicar la situación del narcotráfico, presentó datos sobre los esfuerzos colombianos y aceptó una invitación a la Casa Blanca. Trump, horas después, publicó un mensaje elogioso en su red True Social, celebrando el “buen tono” de la conversación.

El cambio no fue producto de una iluminación diplomática. Fue, como diría Mearsheimer, el resultado inevitable de fuerzas estructurales del juego geopolítico que Trump ha impulsado desde que llegó hace un año por segunda vez al poder.

La paradoja de la proximidad: Colombia no puede escapar

En la lógica del realismo ofensivo propuesta por  Mearsheimer, la cercanía geográfica a una superpotencia no es una ventaja, sino una vulnerabilidad. Esto que es una verdad para México, también lo es para Colombia, que está atrapada en lo que el analista llamaría una gravedad estratégica imposible de eludir y de la cual Canadá se está preparando inteligentemente para evitar.

La economía colombiana depende profundamente del acceso a los mercados financieros y comerciales estadounidenses. Su estabilidad monetaria está atada a decisiones tomadas en Washington. Su lucha contra el narcotráfico depende de inteligencia, equipos y cooperación estadounidense. Su sistema financiero es extremadamente sensible a sanciones secundarias.

Y según Mearsheimer, hay un factor aún más delicado: los casi tres millones de refugiados venezolanos. Colombia no puede absorber ese impacto sin apoyo internacional. Cuando Trump amenazó con recortar el 70% de la financiación humanitaria a la región, no estaba haciendo retórica: estaba utilizando un punto de presión crítico. La movilización  hacía la frontera de 30.000 tropas desplegadas por Petro no alteraban esa ecuación. Petro lo sabía. Y Trump también.

La lógica de Trump: coerción racional, no improvisación

Desde el prisma de Mearsheimer, el comportamiento de Trump no ha sido errático en este caso. Siguió una secuencia estratégica clásica:

  1. Demostrar credibilidad mediante el uso de la fuerza (Venezuela).
  2. Aumentar el costo de la resistencia con amenazas económicas y militares.
  3. Ofrecer una salida digna a la capitulación (la llamada).
  4. Aceptar la rendición con cortesía, reforzando el mensaje disuasorio.

El cambio de tono de Trump no fue una contradicción: fue calculado. En este episodio con un Petro sin visa y en la lista Clinton, no buscaba su cooperación sino su sumisión. Y con la llamada  lo obtuvo. Claro, Petro ante sus bases no lo va a confesar y vamos a ver qué cuento chino les va a tratar de vender. Más allá de su discurso, es la realidad que tuvo que aceptar ante el gran peligro personal que estaba incurriendo, además de las sanciones que los gringos ya le habían  impuesto. 

El problema de la capitulación: obediencia sin solución

Aquí aparece una de las advertencias más finas de Mearsheimer. Para las potencias hegemónicas, forzar la capitulación es relativamente fácil. Lo difícil es convertir esa capitulación en cooperación estable.

Petro seguramente no olvidará jamás haber sido llamado “traficante de cocaína enfermo”. El sentimiento anti estadounidense no desaparecerá pero si le va a tocar reprimirlo. El narcotráfico seguirá existiendo porque responde a incentivos económicos muy grandes. Los refugiados seguirán presionando al Estado colombiano. Cómo lo menciona  Mearsheimer, la coerción resuelve el momento, más no el problema.

Lecciones incómodas para Colombia y sobre todo para Petro

Para el profesor el episodio deja varias enseñanzas que Colombia no puede ignorar, especialmente en un contexto político tan polarizado:

  1. La retórica de la soberanía  tiene límites reales.
    Prometer resistencia frente a una superpotencia puede ser rentable electoralmente, pero choca con restricciones de capacidad estructurales que no se pueden ocultar.
  2. La ideología no sustituye las dinámicas de poder que hoy mueven la geopolítica mundial. En este entorno internacional, las intenciones importan menos que las capacidades. Este mensaje ya caló en Canadá, México y también en la Comunidad Europea con la amenaza de invasión gringa a Groenlandia y la desaparición de NATO.
  3. El liderazgo responsable reconoce límites.
    Confundir la épica interna con la capacidad real de acción externa conduce, casi siempre, a humillaciones costosas. Eso es lo que hoy enfrenta Petro tras su arenga en Nueva York, megáfono en mano, cuando llegó a insinuar una insurrección de los militares estadounidenses y acumuló agravios personales contra Trump, bajo la falsa premisa de que ese tipo de gestos podía quedar impune
  4. La política exterior no admite gestos performativos.
    Cada palabra tiene costos medibles como lo está aprendiendo a la fuerza Petro.

Implicaciones para el debate político colombiano

De cara al futuro político del país, este episodio debería servir como advertencia transversal. Ni la izquierda ni la derecha pueden prometer lo que Colombia como país no está en condiciones de cumplir. Y como Mearsheimer lo menciona, en la lucha por las esferas de influencia que Trump está promoviendo con el uso de la fuerza bruta, lo que cuenta es la capacidad, y en esa confrontación, países como Venezuela, Colombia y México, no la tienen.

El problema no es “desafiar” a Estados Unidos, ni someterse sin dignidad. El reto  es construir márgenes de maniobra realistas, fortalecer alianzas, diversificar dependencias y, sobre todo, evitar que la política exterior se convierta en un escenario de improvisación ideológica. Como enseñaría Mearsheimer, los Estados pequeños no sobreviven por su valentía discursiva, sino por tener prudencia estratégica. 

Trump ha puesto patas arriba la arquitectura de cooperación multilateral. Ese es un hecho. Y aún le restan tres años de mandato. Tras la captura de Maduro, Colombia —sin contar con las capacidades reales para hacerlo— está enfrentando de manera directa las consecuencias del ejercicio de un poder hegemónico bruto que Trump busca imponer en la región, en una lógica que revive, sin ambigüedades, la vieja Doctrina Monroe. En un próximo blog analizaré un contraste revelador: la reacción estratégica, inteligente y pragmática de Canadá, país al que Trump llegó incluso a amenazar con convertir en el estado número 51 de la Unión.


En resumen, para Mearsheimer la llamada entre Trump y Petro no fue un incidente diplomático menor ni un malentendido resuelto gracias a la buena voluntad de las partes. Fue una lección descarnada de realismo del ejercicio del uso del poder bruto a nivel internacional. En apenas cuatro días quedó en evidencia que, en este sistema, la retórica ideológica y los gestos simbólicos pesan poco frente a las estructuras de poder, la dependencia económica y la asimetría militar.

Desde la perspectiva de Mearsheimer, lo ocurrido no tiene nada de sorprendente. Las grandes potencias no actúan en este nuevo entorno mundial, movidas por simpatías, valores o afinidades políticas, sino por cálculos de poder y defensa de sus intereses. En ese tablero, los Estados medianos o pequeños no fracasan por falta de dignidad, sino cuando confunden voluntad política con capacidad real de resistencia.


El riesgo mayor  es no reconocer los límites e ignorarlos. En política internacional —como en el liderazgo— el costo de confundir deseos con capacidades se paga rápido y casi siempre lo paga la sociedad, no quien pronuncia el discurso. Colombia haría bien en aprender esta lección antes de que la próxima crisis la obligue a hacerlo de nuevo, en condiciones aún más desfavorables.


Para Colombia, este episodio también debería funcionar como advertencia estratégica en un momento político particularmente sensible. Prometer desafíos heroicos frente a una superpotencia podría resultar rentable en el discurso interno, pero suele desembocar en rectificaciones humillantes cuando la realidad se impone y el peligro personal se vuelve inmanejable . 


Lo repite  Mearsheimer, la soberanía no se defiende con épica improvisada, sino con prudencia, alianzas inteligentes y una lectura honesta de las propias vulnerabilidades. Pero, el mayor peligro para Colombia y para los venezolanos, es que Trump se contente solo con apoderarse del petróleo venezolano,  consolide a la sra Rodríguez en el poder. Todo cambia para que nada cambie.


Y para terminar, The Economist esta semana, describe lo que ha sucedido con Venezuela:  “es un tema de poder y recursos naturales, no de valores”. Estamos volviendo al mundo del siglo XIX donde  cambiaba la frontera por la fuerza, pero hoy se hace  con armas atómicas del siglo XXI.


viernes, 9 de enero de 2026

Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe

  Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe 

El ataque ordenado por Donald Trump el sábado 3 de enero contra Venezuela —con el objetivo de capturar a Nicolás Maduro y a su esposa para llevarlos ante la justicia norteamericana— produjo una conmoción internacional inmediata. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en inquietud cuando el propio Trump afirmó que Estados Unidos podría “tomar el control” de Venezuela y, de paso, descalificó de manera despectiva a María Corina Machado, minimizando su liderazgo y legitimidad política.

Más allá del impacto noticioso, el episodio abre una pregunta de fondo mucho más inquietante: ¿qué tipo de poder está ejerciendo hoy Estados Unidos en el mundo, y  qué consecuencias  tiene para el sistema democrático?. Para contestar a esta pregunta he estado siguiendo a varios historiadores y analistas norteamericanos sobre el tema. Mis últimos dos blogs se han basado en las notas que he tomado y que quiero completar con este blog, dado el impacto de los acontecimientos más recientes de los últimos días. 

La Doctrina Monroe es uno de los pilares más antiguos de la política exterior de Estados Unidos, sintetizada en la famosa frase: "América para los americanos" .En el siglo XIX, el objetivo era advertir a las potencias europeas (España, Francia, Gran Bretaña) que no intentaran recolonizar ninguna parte del continente americano. Estados Unidos se declaraba protector de la independencia de las nuevas repúblicas latinoamericanas, pero también establecía que cualquier intervención europea sería vista como un acto de agresión contra EE. UU. 


Para la administración Trump, las "potencias externas" ya no son los imperios europeos, sino China, Rusia e Irán. Bajo esta nueva interpretación EE. UU. sostiene que no permitirá que potencias rivales establezcan bases militares o alianzas estratégicas profundas en el patio trasero de Washington. Se argumenta que la presencia de regímenes aliados a estos países (como el de Maduro en Venezuela) representa una amenaza directa a la estabilidad del continente


 En una conversación de esta semana  entre David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum, se abordaron con crudeza los dilemas, contradicciones y riesgos de la intervención de Trump. Evidentemente  lo que emerge no es una defensa de Maduro —cuya salida millones de venezolanos celebran— sino una advertencia severa sobre la forma en que Trump entiende el uso del poder como presidente  de su país, y las consecuencias sistémicas de este tipo e intervenciones dadas las historias recientes de los Estados Unidos en Irak y Afghanistan y Libia. .


En la conversación del editor de la revista Atlantic y la historiadora, abordan desde diferentes ángulos , el análisis de los acontecimientos de la captura de Maduro y su llevada a juicio en NY.  Veamos.

Venezuela antes de Trump: una dictadura derrotada en las urnas

Conviene partir de un punto claro: el régimen de Maduro estaba políticamente derrotado antes de la intervención de Trump . Las elecciones de 2024 fueron fraudulentas, y la evidencia recolectada por los propios venezolanos, demostró que el candidato opositor Edmundo González había ganado. María Corina Machado, reconocida con el Premio Nobel de la Paz y figura central de la oposición, fue inhabilitada precisamente porque el régimen sabía que perdería.

Maduro se sostuvo no por legitimidad, sino por represión. Nadie serio discute que su salida era deseable. Y como lo mencionan los analistas citados,  el problema no es el fin, sino los medios y, sobre todo, como ya lo mencioné, las consecuencias sistémicas impredecibles en un mundo caracterizado por la gran incertidumbre y deslegitimación creciente de las instituciones  multilaterales y de la democracia  . 

Una intervención para consumo interno

Según Frum y Applebaum,  uno de los aspectos más perturbadores de la intervención norteamericana, es su carácter profundamente nacionalista y unilateral. Desde la Casa Blanca, la acción fue presentada como un logro de Estados Unidos, no como un acto orientado a restaurar la democracia venezolana. No hubo consulta con aliados regionales, ni respaldo del Congreso, ni mandato multilateral, ni narrativa coherente dirigida al pueblo venezolano.

Trump habló de petróleo que parece ser el verdadero objetivo. De narcotráfico lo que es muy incoherente ya que semanas atrás había sacado de la cárcel al ex presidente de Honduras condenado por ese delito en los Estados Unidos. De migración que es su obsesión y donde los venezolanos han sido especialmente señalados y expulsados. . 

Y todos estos argumentos  Trump los utiliza para justificar sus acciones por su impacto en seguridad nacional de su país. Pero además, la comunicación se hizo casi exclusivamente a través de Fox News y de True Social. Y según Brun y Applebaum así como muchos otros analistas internacionales, la multiplicidad de explicaciones no son coherentes ni aclara.

Para Frum, la intervención en Venezuela parece diseñada más para reforzar la narrativa interna de Trump para sus bases—mano dura, fuerza militar, enemigos externos— que para construir una salida democrática y sostenible para Venezuela.

La gran contradicción moral

Hay una contradicción difícil de ignorar: mientras Trump ordena una operación militar para “hacer justicia” en Venezuela, como ya lo mencionaron los analistas, su gobierno expulsa masivamente a migrantes venezolanos, a quienes describe como criminales o enfermos mentales. Muchos de esos migrantes son precisamente opositores al régimen que Trump dice combatir.

La justicia selectiva, cuando se combina con desprecio humano, deja de serlo y se convierte en instrumento de poder. Y el uso sin restricciones del PODER, parece ser el verdadero nombre del juego que motiva hoy en todas sus acciones a Trump, como lo mencionan el editorial del NY Times  de enero 8, y una entrevista que le hicieron al presidente de ese periódico, el día anterior. . 

El fantasma de las “esferas de influencia”

Quizás el punto más inquietante del análisis de Applebaum es el regreso explícito de la idea de esferas de influencia, una lógica que Estados Unidos rechazó formalmente desde 1945. Trump parece cómodo con un mundo repartido entre grandes potencias: Rusia en Europa Oriental, China en Asia, Estados Unidos, en el hemisferio occidental.

Esta lógica no solo normaliza la agresión de los países grandes sobre los pequeños, sino que destruye la idea misma de principios universales: derechos humanos, democracia, soberanía popular. El mensaje implícito es muy grave: la democracia ya no es un valor, sino una conveniencia en un juego de poder que bota por la borda la arquitectura internacional promovida por los Estados Unidos después de la II Guerra .

Si este país abandona el principio de universalidad, deja de ser un referente no perfecto pero si aspiracional, y decide ser un actor más del juego cínico del poder, en un mundo multipolar dividido por esferas de influencia.

¿Noriega 2.0 o algo peor?

Según Applebaum, la comparación con la captura de Manuel Noriega en Panamá en enero de 1990 resulta tentadora, pero engañosa. Aquella operación tuvo respaldo internacional, objetivos claros y una retirada posterior. En el caso venezolano, Trump habla de “dirigir” el país, sin explicar cómo, por cuánto tiempo, ni con qué legitimidad. Y además descalifica a Maria Corina Machado cuando ha demostrado una gran capacidad de conectarse con su gente y valor para enfrentar en la clandestinidad a Maduro y a sus compinches.

Y como lo menciona la historiadora, la ambigüedad no es accidental. La vaguedad de las justificaciones es una de las herramientas de uso del poder autoritario, tema sobre el cual ha hecho extensos estudios durante el siglo XX.

El dilema demócrata: entre el aislamiento y la hipocresía

Applebaum y Frum reconocen que Trump  ha generado un dilema incómodo para los demócratas. Criticar la intervención de Trump es necesario, pero refugiarse en un aislacionismo moral —“no debemos intervenir nunca”— es peligroso. Estados Unidos siempre ejerce influencia, incluso cuando finge no hacerlo. Negociar petróleo con Maduro en el pasado también fue una forma de intervención. La pregunta en este caso  no es si vale la pena intervenir, sino cómo y para qué. 

Según estos  y otros analistas, una  intervención con gran respaldo internacional  requeriría : restaurar al ganador legítimo de las elecciones del 2024 en Venezuela, respaldo del Congreso , apoyo regional, y  una coalición multinacional con objetivos claros y límites definidos. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora. .

El riesgo mayor: lo que Trump le hace a Estados Unidos

Para Applebaum, el daño más profundo va mas allá de Venezuela, sino que también impacta en la transformación del la arquitectura  institucional de los Estados Unidos. Al actuar sin justificación legal, sin controles y sin respeto por aliados, Trump afecta el Estado de derecho interno y normaliza la arbitrariedad debilitando mucho la democracia de su país. .

Estados Unidos deja de ser un “faro imperfecto” para convertirse en un matón impredecible. Y cuando eso ocurre, también se erosionan los derechos civiles internos. La historia muestra que el autoritarismo externo siempre regresa a casa.

En el artículo publicado por el NY Times sobre la entrevista a Trump el 7 de enero titulada "Trump expone una visión de poder restringida a  'Mi propia moralidad' , el presidente  dejó claro que sería el árbitro de cualquier límite a su autoridad, desconociendo el derecho internacional, los tratados vigentes y la arquitectura multilateral que Estados Unidos había impulsado en los últimos ochenta años. Posiblemente este reportaje sirve para explicar el cambio de postura de Petro y su llamada a Trump el pasado miércoles.   

Una alegría legítima, una advertencia necesaria

Nada de esto niega una realidad: muchos venezolanos hoy celebran la caída de Maduro. También lo hacen millones de colombianos y de otros países de la región afectados por migración forzosa de 8 millones de exilados. Esa alegría es comprensible y legítima. Pero la historia enseña , como lo recuerda la historiadora Applebaum,  que la forma en que caen las dictaduras importa tanto como el hecho de que caigan. Cambiar un tirano por una tutela imperial no es libertad. Es dependencia. Y hay que recordar que  esta es la lección de Irak, Afganistán y Libia 

Para Trump, restablecer la democracia en Venezuela,  no es una preocupación, porque se trata de dinero, poder y la protección de su país de  las drogas y los criminales", según lo explicó  Michael Shifter, miembro principal del Diálogo Interamericano, un instituto de investigación en Washington.


En el editorial del 8 de enero del NY Times  termina con un comentario que nos obliga a reflexionar y poner los pies en la tierra: “Tenemos la esperanza de que la crisis actual termine menos mal de lo que esperamos. Tememos que el resultado del aventurerismo del Sr. Trump sea un mayor sufrimiento para los venezolanos, una creciente inestabilidad regional y un daño duradero para los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. Sabemos que el uso de la fuerz del Sr. Trump, violan la ley”


Reflexión final para Colombia

De las reflexiones de David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum , para Colombia hay una advertencia triple.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia el autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo de derecha o izquierda. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder, compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona, en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones