Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir
El nuevo Gobierno enfrenta una combinación extraordinaria de expectativas, restricciones fiscales, debilidad institucional, fractura social y ahora una tragedia natural. Quizás sea el momento de entender que reconstruir Colombia no será solamente responsabilidad del presidente que acabamos de elegir.
Colombia necesita un chequeo de realidad. Después de una de las elecciones más polarizadas y reñidas de nuestra historia reciente, Abelardo De la Espriella llegó a la Presidencia por una diferencia de apenas 251.854 votos frente a Iván Cepeda. Prácticamente medio país votó por una opción y la otra mitad por la contraria.
Para quienes celebraron el resultado electoral puede existir la tentación de pensar que el cambio de presidente resolverá rápidamente los problemas acumulados durante los últimos años. No será así.
Y reconocerlo no significa disminuir la importancia del cambio político. Significa poner los pies sobre la tierra para poder evaluar con sensatez al nuevo Gobierno y, sobre todo, comprender qué nos corresponde hacer como sociedad.
De la Espriella llega a la Presidencia sin experiencia previa administrando el Estado ni ejerciendo cargos ejecutivos de gobierno. Durante la campaña conocimos su capacidad de comunicación, su temperamento político y su habilidad para movilizar electoralmente a millones de colombianos. Ahora comienza una prueba completamente diferente: gobernar.
Gobernar significa construir equipos competentes, entender una maquinaria estatal extraordinariamente compleja, establecer prioridades, negociar con el Congreso, manejar unas finanzas públicas profundamente restringidas, recuperar capacidades institucionales, enfrentar problemas de seguridad y, simultáneamente, generar confianza.
Como si esto fuera poco, apenas comenzando su Gobierno ocurrió algo que nadie podía haber previsto.
El terremoto que cambió la agenda
El terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto produjo una enorme tragedia humana y destruyó viviendas, escuelas, hospitales, vías y buena parte de la infraestructura de extensas zonas del centro y occidente del país.
Las primeras estimaciones oficiales sitúan los costos de reconstrucción por encima de los $30 billones. De repente, las prioridades cuidadosamente diseñadas para los primeros cien días tuvieron que competir con una emergencia nacional gigantesca.
Pero el terremoto hizo visible una paradoja sobre la cual deberíamos reflexionar. Colombia tiene ahora dos reconstrucciones por delante. Una es evidente porque podemos fotografiarla.Son los edificios derrumbados, las carreteras destruidas, las escuelas averiadas y las familias que perdieron sus viviendas.
Pero existe otra destrucción mucho menos visible. Es el deterioro de nuestra infraestructura social. Un país profundamente polarizado. Una confianza institucional debilitada. Comunidades desconectadas. Una cultura política acostumbrada a convertir al contradictor en enemigo. Una ciudadanía que espera demasiado del Estado y demasiado poco de sí misma. Y un aparato público debilitado cuya capacidad de ejecución está muy lejos de las necesidades que enfrenta Colombia. Ese es el otro terremoto. Y probablemente sea más difícil de reconstruir.
No basta con cambiar el Gobierno
En varios blogs anteriores he tratado de llamar la atención precisamente sobre este punto:
En Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente sostuve que ningún mandatario, independientemente de sus capacidades o de la legitimidad obtenida en las urnas, puede transformar por sí solo una sociedad de más de cincuenta millones de habitantes.
En No basta con cambiar el Gobierno. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de gobernar señalé algo todavía más preocupante: un presidente puede tener voluntad política y buenas ideas, pero si recibe instituciones debilitadas, información incompleta, capacidades técnicas erosionadas, recursos fiscales restringidos y una burocracia desarticulada, su capacidad de convertir decisiones en resultados será limitada.
El problema no es solamente quién gobierna. Es con qué capacidad institucional puede gobernar.
Y en La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia planteé una dimensión todavía más profunda: solemos pensar que cambiando las leyes, los funcionarios o las instituciones cambiaremos automáticamente la sociedad, cuando muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones reflejan la cultura que las sostiene. Una sociedad caracterizada por la desconfianza, la polarización, la intolerancia y la búsqueda permanente de culpables terminará reproduciendo esas mismas características en su política.
Finalmente, en El carácter y la integridad antes que el poder recordaba que gobernar en circunstancias extraordinariamente difíciles requiere algo más que autoridad. Requiere prudencia, autocontrol, humildad para escuchar, capacidad para rodearse bien, fortaleza emocional y disposición para aprender.
Esas cuatro reflexiones hoy convergen.
Expectativas enormes, capacidades muy limitadas
Aquí aparece uno de los principales riesgos de los próximos meses. Millones de colombianos votaron esperando cambios rápidos en seguridad, economía, salud, energía, corrupción y funcionamiento del Estado. Pero el nuevo Gobierno tendrá inicialmente una capacidad de respuesta mucho menor que esas expectativas.
Las restricciones fiscales son enormes. La deuda absorbe recursos crecientes. El espacio para nuevas inversiones es muy limitado. Y ahora habrá que encontrar decenas de billones adicionales para reconstruir las zonas afectadas por el terremoto.
Al mismo tiempo, la oposición no desapareció con la derrota electoral. Todo lo contrario. La izquierda colombiana salió de las elecciones con una organización política poderosa, una representación importante en el Congreso y millones de ciudadanos que respaldaron su proyecto. Ya anunció incluso la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento y oposición al Gobierno. Eso forma parte de la democracia y debe ser respetado.
Pero también debemos reconocer que Colombia continuará viviendo una intensa confrontación política y que existe el riesgo de que algunos sectores —de cualquier extremo— prefieran que al Gobierno le vaya mal antes que contribuir a que al país le vaya bien. En esas circunstancias, prometer resultados inmediatos sería irresponsable. Y exigir milagros también.
Aquí aparece una enorme oportunidad
Paradójicamente, esta combinación de dificultades puede abrir una posibilidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos construido una relación demasiado paternalista con el Estado.
Cuando existe un problema preguntamos inmediatamente: ¿Qué va a hacer el Gobierno? Quizás la pregunta que necesitamos comenzar a formular sea diferente: ¿Qué podemos hacer nosotros?
Y allí el sector privado tiene una responsabilidad histórica. Las empresas no pueden limitarse a pagar impuestos, generar empleo y esperar que el Gobierno reconstruya el país. Este momento exige algo más. Exige que empresarios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación, gremios, cajas de compensación, sector financiero, sistema de salud y comunidades desarrollen una nueva capacidad de acción colectiva.
Por supuesto que tenemos que reconstruir las viviendas, escuelas, hospitales y carreteras destruidas por el terremoto. Pero sería un enorme error reconstruir únicamente la infraestructura física y dejar intacta la infraestructura social que viene deteriorándose desde hace años.
Porque podemos reconstruir una escuela en doce meses. Pero reconstruir la confianza entre los colombianos puede tomar una generación. Podemos levantar nuevamente un hospital. Pero reconstruir comunidades capaces de cuidarse unas a otras es muchísimo más difícil. Podemos reparar una carretera. Pero volver a conectar una sociedad fracturada políticamente exige liderazgo, paciencia y propósito compartido.
La infraestructura invisible de un país
Existe una infraestructura que no aparece en los presupuestos públicos ni en los balances de las empresas. Es la confianza y la capacidad de cooperación. Las redes comunitarias. El liderazgo local. La cultura cívica y la disposición de las personas para cuidar aquello que consideran suyo. Ese conjunto constituye lo que podríamos llamar la infraestructura invisible de una sociedad.
Cuando esa infraestructura funciona, las instituciones funcionan mejor, disminuyen los costos de transacción, aumenta la cooperación y las comunidades desarrollan capacidad para resolver problemas. Cuando se destruye, ningún presupuesto alcanza.
Por eso la reconstrucción que Colombia necesita después del terremoto debería convertirse también en una oportunidad para reconstruir nuestro tejido social. No se trata de escoger entre cemento y confianza. Necesitamos ambos.
Una oportunidad para el empresariado colombiano
Este puede ser uno de esos momentos en los cuales el sector privado colombiano demuestre que su responsabilidad con el país va mucho más allá de sus balances financieros. Las empresas tienen recursos, talento, capacidad de gestión, tecnología, redes y conocimiento que el Estado necesitará desesperadamente durante los próximos años.
Pero pueden aportar algo todavía más importante: ayudar a construir capacidades en las comunidades. Ayudar a formar líderes. Conectar actores y fortalecerlas redes locales. Crear confianza para apoyarproyectos colectivos. Hacer visibles miles de historias de cooperación que cambien la narrativa que tenemos de nosotros mismos.
Porque el terremoto también nos mostró otra Colombia. Entre los escombros aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, empresarios movilizando recursos, jóvenes trabajando como voluntarios, comunidades organizándose y miles de personas demostrando que la solidaridad sigue viva.
Esa Colombia existe. El desafío es que no aparezca únicamente después de una tragedia.
El verdadero chequeo de realidad
El nuevo presidente enfrentará dificultades enormes. Cometerá errores. Tendrá que aprender. Encontrará restricciones que desde afuera probablemente no alcanzábamos a dimensionar. La oposición cumplirá su tarea, aprovechará cualquier desliz de nuevo gobierno y la confrontación política continuará. Y la reconstrucción física del terremoto consumirá recursos, energía institucional y atención política durante mucho tiempo.
Por eso quienes votaron por el nuevo Gobierno deberían moderar sus expectativas sin disminuir sus exigencias. Hay que evaluar al presidente con rigor, pero también con realismo. Y quienes no votaron por él deberían recordar que una cosa es hacer oposición al Gobierno y otra muy diferente desear que fracase el país.
Pero existe una conclusión todavía más importante.
Colombia no puede volver a sentarse durante cuatro años a mirar qué hace el presidente.
El terremoto físico nos obliga a reconstruir edificios. El terremoto social nos obliga a reconstruir confianza. Y quizás la gran oportunidad de este momento histórico sea comprender finalmente que la segunda reconstrucción no puede delegarse al Gobierno. Nos corresponde a todos. Especialmente a quienes tenemos capacidades, recursos, liderazgo y posibilidades de movilizar a otros.
Si algo debería surgir de esta crisis es un sector privado mucho más consciente de su responsabilidad en la construcción de sociedad. Porque reconstruir Colombia no significa solamente volver a levantar lo que el terremoto derrumbó. Significa construir aquello que durante demasiado tiempo dejamos deteriorar: nuestra capacidad de confiar, colaborar y cuidarnos unos a otros.
Ese será, posiblemente, el proyecto de reconstrucción más importante de todos.
Creo que aquí aparece una tesis particularmente útil para el movimiento que venimos construyendo Colombia es Buena y vale la pena cuidar : “Colombia enfrenta dos reconstrucciones: la de su infraestructura física y la de su infraestructura social.” Esta frase desplaza la conversación hacia la corresponsabilidad y hacia qué debe hacer ahora la sociedad. La tesis de fondo de este blog es que la fractura social constituye el segundo terremoto, y mi blog invita a estar muy consciente para que evitar profundizar esa fractura.