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viernes, 2 de enero de 2026

Cuando la historia vuelve a hablar

 

Timothy Snyder, Trump y las lecciones que Colombia no puede ignorar en 2026

He pasado estas vacaciones en los Estados Unidos escuchando análisis sobre la situación  actual de este país. Me ha interesado, sobre todo, escuchar a pensadores que llevan años estudiando los momentos en que las democracias se quiebran desde dentro. En el proceso  me encontré con Timothy Snyder, profesor de Yale, especialista en el Holocausto y Europa del Este, quien es un invitado permanente para iluminar un momento tan obscuro de su país desde su disciplina : la Historia. Es el autor de un pequeño pero poderoso libro publicado en 2017: On Tyranny. Twenty Lessons from the Twentieth Century.

El libro fue escrito cuando Donald Trump cumplía su primer año en la presidencia. Muestra las lecciones que nos deja la Historia de las tiranías del siglo XX y las trae al presente. Hoy, escuchando de nuevo una conferencia de Snyder que dio en diciembre hace ocho años, resulta inquietante constatar cuántas de sus advertencias, no solo no fueron exageradas, sino que parecen describir con precisión el primer año del segundo mandato de Trump.

La tesis de Snyder es simple y profundamente preocupante : las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

La falsa tranquilidad de la excepcionalidad

Snyder insiste en una idea central que atraviesa todo su trabajo: “esto puede pasar aquí”. La creencia en la excepcionalidad —estadounidense, europea o latinoamericana— es uno de los grandes aliados de la tiranía. Pensar que “eso solo le ocurre a otros pueblos” es el primer paso hacia la complacencia.

La historia del siglo XX muestra que los regímenes autoritarios no surgieron porque las sociedades fueran moralmente inferiores, sino porque personas comunes, muy parecidas a nosotros, se adaptaron demasiado rápido a nuevas reglas. El cambio de régimen, recuerda Snyder, puede ser muy rápido y tomar de uno a tres años, no décadas.

Hoy, en Estados Unidos, muchas de las señales que Snyder describía en 2017 —la saturación informativa, el descrédito de la prensa, la normalización del insulto institucional, la desconfianza sistemática en la verdad— ya no sorprenden. Se han vuelto parte del paisaje y se percibe cierta resignación ante la velocidad de la destrucción institucional promovida por Trump en solo 11 meses.

Las ideas importan, y se vuelven reales

Una de las lecciones más ignoradas —y más peligrosas— es creer que las ideas no importan, que todo es retórica o exageración electoral. Snyder insiste en lo contrario: las ideas de quienes buscan o ejercen el poder tienden a materializarse, especialmente cuando encuentran poca resistencia. El ejemplo de su país en el 2025 y su impacto global, así lo demuestra.

El siglo XX dejó una lección incómoda que seguimos empeñados en ignorar: los líderes autoritarios casi siempre anuncian con franqueza lo que piensan hacer, y aun así no se les cree. En el primer año del segundo mandato de Trump, muchas de aquellas ideas que parecían excesivas o inviables ya han empezado a horadar la arquitectura de pesos y contrapesos que convirtió a Estados Unidos en un referente democrático global. Trump no creó este deterioro desde cero; lo encontró avanzado y supo explotarlo. Se apoyó en una democracia cansada, en una resistencia cívica debilitada y en una sociedad fracturada, atrapada en la polarización y cada vez menos capaz de construir acuerdos mínimos sobre las reglas que hacen posible su propia convivencia.

La obediencia anticipada: el regalo más peligroso

La primera lección del libro es quizás la más perturbadora: no obedecer por adelantado. Los regímenes autoritarios no necesitan imponer todas sus decisiones; basta con que la gente anticipe lo que el poder espera y se adapte voluntariamente sin resistencia .

Snyder recuerda cómo, en la Alemania de 1932 o la Checoslovaquia de 1946, el sistema colapsó no solo por la acción del poder, sino por la rápida acomodación de ciudadanos, empresas, burócratas y profesionales. El famoso experimento de Milgram demostró algo inquietante: no existe una “personalidad autoritaria” exclusiva de ciertos pueblos. La mayoría de las personas puede adaptarse a nuevas reglas si el entorno cambia lo suficiente.

Cuando hoy vemos instituciones, medios, empresas o líderes sociales moderar su lenguaje, callar o justificar excesos “para no quedar por fuera”, la lección de Snyder vuelve a ser preocupante y muy actual.

El ataque al corazón de la democracia: la verdad

Para Snyder, el verdadero catalizador del autoritarismo no es la fuerza, sino la destrucción de la confianza. Cuando las personas sienten que “nada es verdad” o que “todo es propaganda”, el Estado de derecho deja de funcionar. Sin una noción compartida de realidad, la democracia se vacía. Y los autócratas lo saben y es parte de su estrategia para llegar al poder y quedarse con él.

El bombardeo constante de noticias falsas, la creación de burbujas informativas y la deslegitimación sistemática del periodismo no son efectos colaterales: son estrategias políticas. En este punto, Snyder es particularmente claro: defender el periodismo serio, pagar por información de calidad y ser responsables con lo que compartimos no es un lujo moral, sino un acto político esencial en defensa de la democracia .

Nacionalismo versus patriotismo

Una de las lecciones más potentes del libro es la distinción entre nacionalismo y patriotismo. El nacionalista, dice Snyder, invita a la gente a ser su peor versión y luego les asegura que son  superiores. Vive obsesionado con la humillación, la victoria y la venganza. El patriota, en cambio, quiere que su país esté a la altura de sus ideales, incluso cuando eso exige crítica y autocorrección.

En este sentido, el nacionalismo siempre vende la idea de : “no puede pasar aquí”. El patriotismo dice: “podría pasar aquí, pero no lo permitiremos”.

La política del día a día

Una de las ideas más atractiva —y más subversivas— de Snyder es que, en tiempos autoritarios, la vida cotidiana se vuelve política. El contacto visual, la conversación trivial, la cortesía básica, el  no aislar no  a quien es estigmatizado, se convierten en actos de resistencia.

Y hace una advertencia muy importante. Los regímenes autoritarios prosperan cuando rompen los vínculos humanos. Por eso, crear y cuidar relaciones —viejas y nuevas— es una forma concreta de defender la democracia.

Lo que Estados Unidos enseña hoy

Snyder no escribe desde el desprecio ni desde el alarmismo vacío. Su llamado es profundamente norteamericano : los propios fundadores sabían que la amenaza a la democracia vendría de dentro. Por eso diseñaron un sistema de frenos, contrapesos y derechos que no se sostienen solos. Este diseño es que que Trump pretende demoler contando con las mayorías en el Congreso y una Corte Suprema muy conservadora , que hasta ahora no lo ha frenado. Está realidad puede cambiar con las elecciones de congresistas a mediados del 2026.

El primer año del segundo mandato de Trump confirma una lección que Snyder la recuerda: las constituciones no se defienden por inercia, sino por ciudadanos activos. Y esto tiene otro corolario: la importancia de formar ciudadanos conscientes y corresponsables desde las etapas tempranas de la educación. 

Colombia: una advertencia oportuna para 2026

Aquí es donde este libro deja de ser un análisis externo y se vuelve una advertencia directa para Colombia.

En un año electoral histórico, con una sociedad cansada, polarizada y emocionalmente saturada, muchas de las dinámicas que describe Snyder están presentes en nuestro país: desconfianza, desprestigio de instituciones, narrativas de exclusión, promesas simplificadoras y una peligrosa tentación de obediencia anticipada y la sensación de resignación.

Pero la historia del siglo XX enseña que ninguna sociedad democrática está a salvo por su tradición, su riqueza o su estado de desarrollo. Las democracias no colapsan solo por líderes autoritarios, sino por ciudadanos que se retiran, se resignan o se acomodan.

Reflexión final

On Tyranny no es un libro que promueva  el miedo o la parálisis , sino el despertar de una ciudadanía responsable que no deja engatusar. Snyder no invita al heroísmo épico, sino al coraje de las acciones cotidianas. Su mensaje final es tan simple, esperanzador  como exigente: todos podemos hacer algo, y si muchos lo hacen, pueden marcar una gran diferencia.

En Colombia, de cara a 2026, esta puede ser la lección más importante: la democracia no se hereda, se cuida. Y cuidarla empieza mucho antes del día de las elecciones porque Colombia es buena

sábado, 27 de diciembre de 2025

Dos lógicas distintas alrededor del poder

  


Venezuela entre la amenaza y la asfixia: Trump, Maduro dos lógicas alrededor del poder

 Jhon Mearsheimer es uno de los analistas geopolíticos más respetados del mundo. En las últimas semanas he seguido con atención sus reflexiones sobre la confrontación entre Donald Trump y Nicolás Maduro, consciente del impacto que este episodio puede tener no solo para Estados Unidos y Venezuela, sino también para países como Colombia. Desde el realismo de alguien profundamente informado y ajeno a la retórica fácil, Mearsheimer ofrece una lectura tan impactante como esclarecedora de lo que realmente está ocurriendo.

A su juicio, esta no es una guerra contra las drogas, como ha querido presentarla Trump. Tampoco se trata de una cruzada moral ni, en sentido estricto, de un pleito personal entre dos líderes extravagantes. Lo que estamos presenciando es el choque entre la política doméstica estadounidense, la lucha por la supervivencia del régimen venezolano y la hegemonía estratégica de Estados Unidos, en un tablero geopolítico donde el margen de error se ha reducido peligrosamente.

Hay cifras que, de pronto, dejan de ser estadísticas y se convierten en advertencias. Ochenta y siete minutos de vuelo desde bases del Comando Sur hasta Caracas. Dieciocho horas para desplegar una división aerotransportada. Novecientos cincuenta mil barriles: la capacidad de carga del mayor tanquero venezolano. Ochenta y siete millones de dólares: su valor aproximado. Son números que condensan la confrontación actual entre Donald Trump y Nicolás Maduro y que revelan algo más profundo que un conflicto bilateral: una lección brutal sobre cómo funciona realmente la lógica del poder en el sistema internacional.

La lógica de Washington: credibilidad, presión y bajo costo

En la primera dimensión, Trump aparece atrapado por una necesidad política interna: mostrar fuerza. El aumento de muertes por fentanilo, la crisis en la frontera y la ansiedad del electorado exigen un enemigo identificable. Venezuela cumple esa función. A diferencia de mercados transnacionales, problemas de salud pública o fallas estructurales, un Estado permite construir una narrativa simple: “golpeamos aquí y el problema se resuelve”.

Pero la lectura integrada de ambas transcripciones muestra algo más sofisticado. Trump —o, más precisamente, el aparato estratégico estadounidense— opera en dos niveles simultáneos. En el plano discursivo, amenaza con intervención militar, porque retroceder sería políticamente costoso. En el plano real, ejecuta una estrategia mucho más eficaz: coerción económica y psicológica con costos mínimos.

El decomiso de los tanqueros venezolanos no es un gesto improvisado. Es un mensaje quirúrgico: podemos estrangular su economía sin disparar un tiro. Control de sistemas financieros, seguros marítimos, rutas comerciales y activos internacionales: esa es la hegemonía en el siglo XXI. Desde Washington, el cálculo es frío y racional: máxima presión, cero bajas propias, escaso costo político interno.

Maduro: supervivencia, provocación y teatro

Según Mearsheimer , del  lado venezolano la lógica es más precaria. Maduro enfrenta una combinación letal: colapso económico, erosión de apoyo interno y fracturas incipientes en su círculo de poder. En ese contexto, despliega dos herramientas.

Hacia afuera, intenta elevar el costo de una intervención vinculándose explícitamente con Rusia, China e Irán. No busca derrotar a Estados Unidos; busca disuadirlo transformando un conflicto bilateral en un problema multilateral. Es señalización estratégica clásica de un actor débil: si me atacas, el precio será mayor de lo que imaginas.

Hacia adentro, recurre a la política performativa. Movilizaciones, gestos de confianza, discursos de control… incluso sale a cantar “Don’t Worry, Be Happy” en medio del colapso. No se trata de ignorancia. Es psicología de supervivencia. Admitir debilidad sería existencialmente peligroso. La performance busca sostener lealtades internas cuando los recursos materiales se agotan.

El problema, como muestra crudamente   Mearsheimer, es que la performance no paga salarios militares, no importa alimentos, no mantiene infraestructura petrolera. Cuando el poder real se ejerce —con el decomiso de tanqueros— la ficción queda expuesta. Y esa exposición es, en sí misma, una forma de guerra psicológica.

Apariencia versus capacidad: el núcleo del conflicto

Ambas lógicas  convergen en una tesis central: el conflicto se decide menos por discursos que por capacidades.

Trump corre el riesgo clásico de las grandes potencias: confundir dureza retórica con estrategia. Si responde a provocaciones para no “verse débil”, puede perder el control de la escalada y entrar en un conflicto que sirva más a la supervivencia del adversario que a sus propios intereses.

Maduro, por su parte, cae en el error inverso: creer que la narrativa puede compensar la debilidad material. Cada acto de confianza teatral se convierte, paradójicamente, en una oportunidad para que Washington demuestre su poder real. La humillación no es un efecto colateral: es parte del diseño.

Dos guerras posibles: rápida o lenta, visible o silenciosa

El contraste entre estas dos lógicas según Mearsheimer , también revela dos tipos de guerra. La primera es la militar: rápida, espectacular, de alto riesgo, con potencial de escalamiento regional y pérdida de credibilidad a largo plazo. Es la que el analista advierte como trampa histórica, repetida en Vietnam, Irak y Afganistán.

La segunda es la guerra económica: lenta, silenciosa, asimétrica. No produce imágenes de combate, pero genera sufrimiento prolongado y difuso. Desde Washington, es ideal: bajo costo, alta efectividad. Desde Caracas, es una agonía que erosiona el régimen día tras día, incentivando defecciones y fracturas internas.

Aquí surge una pregunta moral incómoda: ¿es más “humano” un colapso lento que una derrota rápida? El realismo no ofrece consuelo ético. Las grandes potencias eligen herramientas por eficacia, no por compasión.

La falacia antidrogas

Un punto crucial de Trump según  Mearsheimer , es que se desmonta la narrativa justificatoria: la guerra contra las drogas. Destruir infraestructura en un país no reduce el consumo en Estados Unidos. Las redes criminales no se van a detener por el bombardeo a las lanchas rápidas, son muy adaptativas, transnacionales y solo responden a una variable estructural: la demanda.

Cincuenta años de evidencia muestran el fracaso del enfoque militarizado. Drogas más baratas, más potentes, más disponibles. Pero reconocer esto implicaría admitir límites, hablar de cambiar la política doméstica sobre la droga  y abandonar promesas de “victoria fáciles ”. Políticamente, eso es inaceptable cuando las encuestas van cayendo para Trump. Estratégicamente, el insistir en la ilusión de lograr resultados rápidos puede serle muy peligroso de cara a las elecciones del Congreso en el 2026, donde puede perder el control de las dos cámaras .

¿Qué viene ahora?

El escenario más probable según  Mearsheimer ,no es una invasión inmediata, sino la continuidad del estrangulamiento económico. Más sanciones, más decomisos, más presión. Maduro responderá con más performance. El ejército observará, calculará, y eventualmente decidirá si la lealtad sigue siendo racional. El desenlace, de llegar, será por colapso interno o negociación de salida, no por épica revolucionaria.

El riesgo real es el error de cálculo: una provocación mal leída, una escalada no prevista, una decisión tomada para consumo doméstico que derive en un conflicto mayor. Esa es la tragedia que Mearsheimer señala: decisiones racionales individuales que producen resultados colectivos catastróficos.

Una lección para América Latina

Para América Latina, esta confrontación es un espejo incómodo. Muestra cómo los países con institucionalidad débil se convierten en tableros de disputas mayores. Revela el límite de la retórica antiimperialista cuando no hay capacidades materiales que la respalden. Y recuerda que la verdadera soberanía no se proclama: se construye con Estado, economía funcional y legitimidad.

También deja una advertencia para quienes creen en atajos duros y soluciones épicas: confundir narrativa con poder termina mal. La prudencia estratégica no es cobardía; es responsabilidad histórica.

Venezuela no es solo el problema de Trump ni la tragedia de Maduro. Es una lección viva sobre cómo opera la lógica de la hegemonía, sobre los costos de la ilusión y sobre la diferencia —siempre decisiva— entre parecer fuerte y serlo.


jueves, 25 de diciembre de 2025

La decadencia de los imperios.

  


Las siete etapas de la decadencia imperial: cuando la historia nos habla 

Hay momentos en los que la historia deja de ser un ejercicio académico y se convierte en un espejo incómodo. No porque anuncie un colapso inmediato, sino porque revela patrones que ya se han visto demasiadas veces como para ignorarlos. La caída de los imperios no es un accidente, ni una conspiración. Es, sobre todo, un proceso que tiene unas etapas . Y lo impresionante es que tiende a repetirse con una regularidad casi matemática según un documental que tuve la oportunidad de ver recientemente y del cual tomé notas para este blog.

España en los siglos XVI y XVII, el Imperio Británico en el siglo XX y la Unión Soviética en el final de la Guerra Fría fueron proyectos de poder radicalmente distintos. Sin embargo, todos recorrieron las mismas siete etapas de decadencia. Hoy,  al observar con atención la trayectoria económica, monetaria, social y política de los Estados Unidos, la pregunta ya no es si las señales de alerta son ciertas, sino cuántas de esas etapas ya han sido completadas para este país .

La historia muestra que los imperios no caen porque pierdan su fuerza, sino porque confunden su fuerza con inmunidad.

1. Sobreextensión militar: el costo de querer sostener el orden del mundo

La primera etapa de la decadencia imperial no surge de la debilidad, sino del exceso. El imperio asume el rol de garante del orden global y extiende sus compromisos militares mucho más allá de lo sostenible.

España combatió simultáneamente en Europa, América y Asia; el Imperio Británico sostuvo guarniciones en seis continentes; la Unión Soviética destinó hasta una quinta parte de su PIB a la defensa para competir con Occidente.

Estados Unidos ha completado esta etapa con creces. Mantiene más de 750 bases militares en alrededor de 80 países, tropas desplegadas en más de 150, y un presupuesto de defensa cercano a los 850.000 millones de dólares, superior al de los diez países siguientes combinados. El resultado no es solo un gasto monumental, sino un ejército estirado, con dificultades de reclutamiento, equipos envejecidos para otra era y tensiones estratégicas permanentes.

Primera reflexión: la sobreextensión no derrumba al imperio; lo desgasta lentamente.

2. Debilitamiento monetario: cuando la moneda deja de reflejar valor real

La segunda etapa aparece cuando el costo del imperio supera su capacidad fiscal. Incapaz de financiarse con impuestos, el poder recurre a la manipulación monetaria.

España adulteró la plata con cobre. Gran Bretaña agotó sus reservas de oro durante las dos guerras mundiales del siglo XX. La Unión Soviética sostuvo un rublo artificial sin convertibilidad real.

Desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro, el dólar se convirtió en una moneda fiduciaria plena. Desde entonces, ha perdido cerca del 98 % de su poder adquisitivo. Solo desde el año 2000, la oferta monetaria se ha multiplicado de forma exponencial, y entre 2020 y 2022 se inyectaron más de 6 billones de dólares al sistema.

Segunda reflexión: la inflación no se percibe como colapso, sino como una molestia manejable. La historia sugiere lo contrario.

3. Espiral de deuda: hipotecar el futuro para sostener el presente

La tercera etapa es la consecuencia lógica de las dos anteriores. El imperio comienza a financiar su funcionamiento con deuda estructural.

España declaró bancarrota cuatro veces en cuarenta años. Gran Bretaña salió de la Segunda Guerra Mundial profundamente endeudada. La Unión Soviética sostuvo su economía a crédito hasta que el sistema implosionó.

Hoy, la deuda federal estadounidense supera los 36 billones de dólares, equivalente a alrededor del 120 % de su PIB. Los pagos de intereses se acercan al billón de dólares anuales, superando incluso el gasto en defensa, todo ello en tiempos de paz.

Tercera reflexión: cuando la deuda deja de ser un instrumento y se convierte en una condición permanente, el declive ya está en marcha.

4. Pérdida de capacidad productiva: vivir de la renta imperial

Los imperios maduros suelen vivir de su estatus. España vivió del oro americano; Gran Bretaña de su red financiera; la Unión Soviética del petróleo y el control político.

Estados Unidos ha experimentado una desindustrialización profunda. Gran parte de su base manufacturera fue trasladada al exterior, y hoy importa cerca de 800.000 millones de dólares más de lo que exporta cada año. Depende de cadenas de suministro externas incluso para bienes estratégicos.

Cuarta reflexión:  el imperio deja de producir y comienza a administrar privilegios heredados.

5. Decadencia social: cuando el contrato interno se rompe

Esta es la etapa en la que el declive deja de ser macroeconómico y se vuelve cotidiano. Aumentan el crimen, la indigencia, la polarización y la desconfianza institucional. La política se vuelve disfuncional. Los ciudadanos productivos se desconectan o emigran emocionalmente.

Estados Unidos muestra señales claras: crisis de salud mental, epidemia de opioides, colapso de la confianza en el Congreso, en los medios y en el sistema electoral, caída sostenida de la natalidad y una polarización que paraliza cualquier proyecto de largo plazo. Y un Presidente convicto desmantelado la estructura de pesos y contrapesos que han sido pilares ejemplares de la democracia norteamericana. Y además hoy , la disfuncionalidad política de la democracia este país, lo convierte en el mayor desestabilizador del orden internacional y que paradójicamente  lideró después la II Guerra Mundial 

Quinta reflexión: el imperio empieza a perder la fe en sí mismo y su comportamiento es impredecible y errático .

6. La grieta monetaria: el cuestionamiento del dólar como moneda global

La sexta etapa no suele ser abrupta, sino progresiva. Los aliados comienzan a diversificar reservas; los intercambios se realizan en otras monedas; el oro vuelve al centro del sistema.

Hoy, los países BRICS exploran mecanismos alternativos, China y Rusia comercian fuera del dólar y los bancos centrales compran oro a ritmos récord. No es el fin inmediato del dólar, pero sí el inicio de una erosión histórica.

Sexta reflexión: cuando la hegemonía monetaria basada en instituciones creíbles y confiables se desmorona, también lo hacen las bases del poder y respeto que sustentan el imperio .

7. El colapso: cuando todo converge

La última etapa no es una decadencia lenta, sino una implosión rápida. El Imperio Británico se desmoronó en 20 años. La Unión Soviética se disolvió en apenas 900 días. La moneda se vuelve insostenible, la deuda impagable y el Estado incapaz de gobernar.

Séptima reflexión: la historia muestra que, una vez completadas las etapas previas, el desenlace depende más del tiempo que de la voluntad.

Reflexiones finales: las lecciones que los imperios nunca quieren aprender

Todos los imperios creyeron ser excepcionales. Todos pensaron que su poder, su tecnología o su sistema político los hacía inmunes a la historia. Ninguno lo fue. Y la historia, como siempre nos puede muestra el camino : 

a) Liderazgo

El patrón de decadencia imperial revela un rasgo común: liderazgos atrapados en soluciones técnicas frente a problemas adaptativos como lo plantea Ronald Heifetz profesor de liderazgo de Harvard. Los imperios no fracasan por falta de información, sino por falta de coraje político para reformar y desafiar privilegios, reducir ambiciones y reconstruir el contrato interno de la sociedad. Aquí hay un puente directo con lo planteado por Heifetz: el colapso ocurre cuando el liderazgo evita el dolor del ajuste.

b) Salud mental colectiva

La etapa de decadencia social no es solo económica o institucional; es emocional. La pérdida de sentido, la polarización extrema, la ansiedad colectiva y la búsqueda de culpables externos son síntomas de sociedades que ya no confían en sí mismas. Este tema toca directamente con la  salud mental, mostrando cómo el deterioro psicológico colectivo precede al colapso político.

 c) Narrativa política

Con  este blog refuerzo la tesis central que he venido proponiendo en mis blogs anteriores: sin una narrativa de propósito superior, las sociedades se fragmentan. Los imperios caen cuando dejan de saber para qué existen, cuando el poder sustituye al sentido y la política divisiva reemplaza al liderazgo moral. Está reflexión  se conecta con la propuesta de Colombia es buena y vale la pena cuidarla hecha en escritos anteriores: las naciones que se salvan no son las más poderosas, sino las que reconstruyen a tiempo un significado compartido.

Para terminar, la pregunta decisiva no es si Estados Unidos colapsará mañana. La pregunta verdaderamente histórica es esta: ¿puede una potencia madura reformarse antes de completar el ciclo de decadencia? Hasta ahora, la historia no ofrece ejemplos alentadores.

Los imperios no caen por falta de información. Caen por incapacidad cultural y política de escucharse a tiempo, por confundir liderazgo con dominación, y por reducir los problemas estructurales a soluciones técnicas de corto plazo.

Cuando la historia deja de ser advertencia y se convierte en espejo, ignorarla no es neutralidad: es elección y tiene sus consecuencias


domingo, 21 de diciembre de 2025

La política se convirtió en un circo II parte


 La política convertida en un circo: el continente seducido por los acróbatas del poder  II parte 

En mi blog anterior quise traer la reflexiones del escritor y antropólogo colombiano, Carlos Granés en su último ensayo “El rugido de nuestro tiempo “ recientemente publicado. En el, el escritor ofrece una explicación al confuso panorama político latinoamericano. 

En este blog voy a entrar en un mayor detalle en las reflexiones del autor, como un aporte para ayudar a mucha gente a entender mejor lo que estamos enfrentando como sociedad, en momentos de gran  desorientación colectiva.

Del ciudadano al espectador: la política que perdió el norte

Granés lo dice sin rodeos: la cultura devoró a la política. Las ideas cedieron el espacio a los gestos. Las reformas a los rituales. Y la deliberación a los monólogos.

Los líderes se ven a sí mismos como creadores, no como gobernantes; como artistas de una obra nacional, no como administradores responsables. Petro quiere refundar el país desde su poética personal. AMLO se narra como el cuarto gran transformador de México. Bukele encarna al sheriff digital que reparte justicia desde su smartphone. Milei es un “profeta económico” que combate demonios imaginarios con motosierras simbólicas.

Y el ciudadano, en esta dinámica, deja de ser ciudadano: se vuelve público enloquecido. Espectador. Barrista político. Aplausos para el que rompa más reglas. Aplausos para el que provoque e insulte al adversario. Catarsis para el que el dirigente que diga lo que “ él si me entiende y me representa”.

En resumen: la política convertida en circo. Pero los circos duran poco. Y las consecuencias, pueden ser muy graves y tomar años en reparar.

Cinco países, una misma enfermedad

Argentina: Milei y la utopía de destruir para salvar

Milei gobierna como si fuera la mezcla entre un predicador, un libertario apocalíptico y un gladiador cultural. Su guerra contra “la casta” no es un programa de gobierno: es un espectáculo. Pero debajo de ese show hay una narrativa peligrosa: el país solo se salvará si destruye todo lo que existe. Es la misma partitura de Petro durante su desastroso mandato.

El resultado: un pueblo dividido entre creyentes y herejes. Las soluciones económicas se discuten menos que las metáforas. Es un país gobernado más por un estado emocional que por un Estado real.

Chile: Boric atrapado entre la épica y la realidad

El estallido social prometía dignidad; terminó en frustración. Boric llegó como símbolo generacional, pero no logró gobernar un país que exigía un gesta épica mientras necesitaba institucionalidad. El fracaso de la nueva Constitución demostró que las emociones masivas no producen estabilidad democrática, y que la refundación no es política sino impulso adolescente en manos de adultos.

México: AMLO, el patriarca que transformó la historia en mito

AMLO no gobernó: reinterpretó la historia nacional para justificarse a sí mismo. Su propuesta de elegir jueces “por el pueblo” es un retroceso democrático disfrazado de democratización radical.Dividió a México entre buenos y malos; “conservadores” contra “transformadores”. Su lucha no es contra la corrupción: es contra el disentimiento.

El Salvador: Bukele y la dictadura del aplauso

Bukele es el ejemplo más sofisticado del populismo punitivo. No necesita ideología; le basta la narrativa moral del “bien contra el mal”. Capturó el Congreso, la Corte Suprema, el sistema judicial y la seguridad nacional sin resistencia significativa. ¿Por qué? Porque la gente prefiere un líder que inspire miedo a un Estado que genere confianza.

La democracia salvadoreña ya no funciona como democracia. Funciona como espectáculo. Y el público está feliz.

Colombia: Petro y Uribe, dos espejos deformantes

Granés señala algo que no es fácil de  admitir y que puede suscitar mucha controversia : Petro y Uribe son más parecidos de lo que sus seguidores creen. Ambos han construido  su legitimidad en relación directa con “el pueblo verdadero el primero o con el constituyente primario el segundo ”. Ambos buscaron manipular a las instituciones cuando servían  de contra peso a sus decisiones. Y para el escritor, ambos narran la política como una epopeya personal.

Colombia no tiene un mesías. Tiene dos.Y ambos creen que el problema es el otro.

 El enemigo silencioso: la demolición de la democracia liberal

La democracia liberal —la que garantiza derechos, equilibra poderes y limita a los gobernantes— es la gran perdedora de este circo. Los proyectos identitarios, de extrema derecha o de izquierda, tienen un empaque democrático para llegar al poder, pero un corazón iliberal para quedarse en él.

Sus rasgos son claros:

  • Rechazan los contrapesos. Ven al Congreso como estorbo. Desprecian las reformas lentas sujetas  a negociaciones . Necesitan un enemigo para existir. Se legitiman en la calle o en las redes, no en las instituciones.

Bajo el atronador ruido emocional que hoy tenemos, está ocurriendo algo gravísimo: estamos retrocediendo un siglo en cultura democrática sin darnos cuenta.

4. ¿Por qué este modelo circense está ganando?. La respuestas es dura de asimilar pero real:  la desesperación es más fuerte que una institucionalidad débil

Muchos dicen: “El problema es que el electorado es ignorante”. Falso. Una parte muy importante del electorado tiene hambre, miedo, rabia. Tienen urgencias. Y quien las tiene quiere soluciones rápidas. Cuando la democracia no responde a la velocidad de las expectativas creadas, porque no tiene las capacidades para hacerlo, aparece el acróbata que promete saltar todos los obstáculos institucionales. Esos acróbatas se llaman Bukele, Milei, AMLO y Petro.

El nombre del acróbata importa menos que la estructura emocional que encarna con su “performance circense”

5. La única salida: un propósito compartido,  no mesías redentor.

Granés plantea que la única forma de interrumpir el ciclo populista es intervenir el debate público con vehemencia y cambiar el eje identitario hacia uno modernizador que invite a la gente a asumir una posición adulta y corresponsable que cuide lo que le importa de su país. Pero esa intervención no puede venir de un nuevo salvador. Las sociedades ya no creen en salvadores. Y cuando creen, terminan entregándoles demasiado. Una sociedad madura democráticamente es es la que la gente hace los milagros y no espera que se los hagan.

Aquí es donde entra la propuesta de Colombia es buena. No como consigna, sino como antídoto estructural:

  • No divide entre buenos y malos. No propone guerra cultural. No ofrece milagros de 100 días. No necesita enemigos imaginarios. No seduce con espectáculo, sino con propósito. No concentra el poder: lo distribuye. No llama a la furia: llama al cuidado.

La narrativa del cuidado es más revolucionaria hoy que cualquier narrativa de revancha . Porque mientras el mesianismo destruye, el propósito une. Mientras el histrionismo enciende, el liderazgo colectivo reconstruye. Mientras la política del carnaval agota, el cuidado del país reencanta y produce los verdaderos milagros sostenibles que benefician a la sociedad.

6. Conclusión: o recuperamos la política, o nos quedamos con el show

América Latina está decidiendo su futuro sin darse cuenta. Puede seguir aplaudiendo a los magos del espectáculo político, que prometen orden mientras erosionan la democracia. O puede recuperar la política como proyecto común, no como catarsis colectiva. La política convertida en un circo entretiene, pero no gobierna.. Emociona, pero no transforma. Grita, pero no construye.

Si no recuperamos el sentido de propósito —y si no lo hacemos pronto— el continente terminará gobernado no por estadistas, sino por actores; no por instituciones, sino por impulsos. Y la democracia, como tantas veces en nuestra historia, quedará reducida a un disfraz usado en un carnaval que terminó hace rato.