Entrada destacada

A veces SI a veces NO...

Finalmente se firmó el acuerdo con las FARC. Por esta razón, en  las próximos semanas, me propongo oír la letra de la canción de Julio Igles...

jueves, 6 de agosto de 2026

La verdadera batalla cultural no es contra un enemigo: es por el alma de nuestra convivencia

 

“Las sociedades no se destruyen únicamente cuando fracasan sus economías o colapsan sus instituciones. También pueden fracturarse cuando dejan de compartir una historia capaz de mantenerlas unidas.”

Si miramos la  evolución de las preguntas que permitieron la evolución de la democracia tendríamos la siguiente línea histórica 

  • En el siglo XVIII la gran pregunta fue:
    ¿Cómo limitar el poder? La respuesta fue el constitucionalismo.
  • En el siglo XX la gran pregunta fue:
    ¿Cómo convivir siendo diferentes? Habermas respondió con el patriotismo constitucional.
  • En el siglo XXI aparece una pregunta distinta:

¿Cómo puede una sociedad profundamente diversa aprender a florecer colectivamente?  Con esta última pregunta quiero comenzar el blog de esta semana 

En un blog anterior , inspirado en una conferencia de Yuval Noah Harari, reflexionaba sobre una paradoja inquietante de nuestro tiempo: los seres humanos tendemos a seguir a quienes hablan con absoluta certeza, aunque no necesariamente sean quienes mejor comprenden la realidad. Harari recordaba que nuestro cerebro evolucionó para sobrevivir, no para buscar la verdad. Durante miles de años, seguir al líder que transmitía seguridad aumentaba las posibilidades de sobrevivir frente a un peligro inmediato. Ese mecanismo fue extraordinariamente útil cuando nuestros antepasados enfrentaban depredadores o desastres naturales.

Pero hoy nuestros desafíos son muy distintos. La inflación, la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad, la inseguridad, la migración o la gobernabilidad no se resuelven con respuestas simples. Son problemas complejos que exigen conocimiento, deliberación, cooperación y humildad intelectual.

Sin embargo, nuestro cerebro continúa sintiéndose atraído por quienes prometen soluciones rápidas y hablan con una seguridad absoluta. Las redes sociales han aprendido a explotar esa vulnerabilidad. La política también. Y quizás ninguna expresión sintetice mejor este fenómeno que la creciente utilización del concepto de “batalla cultural”.

El poder invisible de las narrativas

Existe una idea de Harari que considero fundamental. Los seres humanos no solo vivimos de alimentos o de instituciones. Vivimos también de historias. Las naciones existen porque millones de personas creen simultáneamente en una historia común. Las religiones sobreviven porque comparten relatos. Las empresas movilizan talento porque ofrecen un propósito. Las familias transmiten identidad mediante historias compartidas. Incluso la democracia es, en cierto sentido, una narrativa extraordinariamente poderosa: la convicción colectiva de que ciudadanos libres e iguales pueden gobernarse mediante reglas aceptadas por todos.

Las narrativas no son un problema. Son una condición de la vida en sociedad. Sin ellas sería imposible cooperar. La pregunta verdaderamente importante no es si una sociedad necesita una narrativa. La pregunta es qué tipo de narrativa decide construir.

Cuando una historia necesita un enemigo

Aquí aparece una diferencia que con frecuencia pasa desapercibida. Existen narrativas que amplían la comunidad. Y existen narrativas que la reducen. Las primeras invitan a personas distintas a reconocerse como parte de un mismo proyecto colectivo. Las segundas construyen identidad delimitando quién pertenece y quién debe ser excluido. Para lograrlo necesitan una figura indispensable: el enemigo.

No importa si ese enemigo recibe el nombre de élite, oligarquía, comunismo, capitalismo, inmigrantes, progresistas, conservadores, creyentes o ateos. La lógica siempre es la misma. La sociedad deja de verse como una comunidad diversa que debe aprender a convivir y comienza a entenderse como un campo de batalla donde solo puede existir un vencedor.

Es una narrativa emocionalmente poderosa. Porque simplifica la realidad, ofrece certezas, y convierte problemas complejos en historias fáciles de comprender. Y porque responde exactamente a las preferencias de un cerebro que busca claridad en medio de la incertidumbre.

¿Qué significa hablar de una batalla cultural?

Durante los últimos días escuché con enorme interés una conversación dirigida por la periodista María Jimena Duzán con Lucía González, Ana Bejarano y Mauricio Albarracín acerca de la llamada “batalla cultural” anunciada por el nuevo gobierno.

Más allá de las posiciones ideológicas de cada participante, hubo una reflexión que me pareció especialmente valiosa. Todos los gobiernos tienen una visión cultural. Eso es inevitable. Gobernar también significa proponer un relato sobre el país que se quiere construir. El verdadero interrogante surge cuando ese relato deja de ser una invitación al diálogo y comienza a presentarse como una batalla entre quienes representan los valores correctos y quienes simbolizan aquello que debe ser derrotado.

Las palabras importan. Y mucho porque crean realidades.  No es lo mismo hablar de construir una cultura del cuidado que de librar una batalla cultural. No es lo mismo convocar a una conversación nacional que movilizar a la sociedad alrededor de una confrontación permanente. Los marcos lingüísticos terminan moldeando la manera como una sociedad interpreta sus diferencias.

Cuando el lenguaje político adopta términos militares - batalla, enemigo, recuperación, derrota - corre el riesgo de trasladar esa lógica a la vida cotidiana. Y una democracia no puede vivir indefinidamente en estado de movilización contra una parte de sí misma.

La cultura no se decreta

Quizás el mayor error de todas las guerras culturales, tanto de izquierda como de derecha, consiste en creer que la cultura puede imponerse desde el poder. La historia demuestra exactamente lo contrario. Las grandes transformaciones culturales nunca fueron simplemente el resultado de un decreto gubernamental. Fueron procesos largos de aprendizaje colectivo.

Así ocurrió con la abolición de la esclavitud. Con el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres. Con la expansión de las libertades religiosas. Con el fortalecimiento de la libertad de expresión. Con la protección de los derechos fundamentales.

Todas estas transformaciones nacieron de décadas de deliberación pública, movilización ciudadana, evolución ética y construcción institucional. Reducir esa historia a la victoria circunstancial de un sector político significa desconocer la enorme complejidad con la que evolucionan las sociedades.

Y, sobre todo, olvidar una lección fundamental: las culturas cambian cuando millones de personas modifican gradualmente sus formas de relacionarse, no cuando un gobierno intenta reemplazar un relato por otro.

La Constitución de 1991: mucho más que un texto jurídico

Tal vez por eso vale la pena mirar nuevamente nuestra propia historia.

Con frecuencia hablamos de la Constitución de 1991 como una reforma institucional. No soy experto en la materia, pero creo que fue mucho más que eso. Representó un cambio profundo en la narrativa que Colombia empezó a contar sobre sí misma. Después de décadas marcadas por la violencia política, la exclusión y la confrontación, el país decidió reconocerse como una nación plural, diversa y fundada en la dignidad de todas las personas.

No fue un acuerdo perfecto. Ninguna Constitución lo es. Pero sí constituyó un intento extraordinario por sustituir la lógica del enemigo por la lógica del ciudadano. Ese cambio permitió consolidar una cultura de derechos que hoy forma parte del sentido común de millones de colombianos. La tutela, la libertad religiosa, el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural, la ampliación progresiva de derechos para distintos grupos de la población y la independencia de las instituciones no son simplemente decisiones jurídicas.

Son expresiones de una narrativa democrática construida durante décadas. Por eso cualquier debate sobre esos consensos debe darse con respeto por las reglas constitucionales, por la deliberación pública y por la dignidad de quienes piensan distinto. Esa es precisamente una de las fortalezas de una democracia plural.

La verdadera batalla de nuestro tiempo

Mientras escuchaba aquella conversación recordé una frase que escribí hace algunas semanas.

La verdadera batalla de nuestro tiempo no es política. Es cultural.

Sin contradecirme con lo expuesto anteriormente, añadiría algo más. Tal vez ni siquiera sea una batalla cultural. Tal vez sea una batalla por evitar que la cultura se convierta en una guerra. Porque cuando la conversación pública gira exclusivamente alrededor del miedo, de la sospecha y de la descalificación, todos terminamos perdiendo. Se pierde la confianza,  la capacidad de escuchar,  el pensamiento crítico, se pierde la democracia.Y , sobre todo, la posibilidad de seguir construyendo un “nosotros”.

La pregunta que Colombia necesita responder

En los últimos meses he insistido en una idea que considero central para el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Las sociedades no florecen porque desaparezcan sus diferencias. Florecen cuando aprenden a convertir esas diferencias en una fuente de aprendizaje, creatividad y cooperación.

Por eso creo que Colombia necesita una narrativa distinta. No una narrativa vencedora. Una narrativa integradora. No una historia que clasifique ciudadanos entre buenos y malos. Sino una historia capaz de recordarnos que el futuro del país dependerá mucho más de nuestra capacidad para colaborar que de nuestra habilidad para derrotarnos mutuamente.

Las narrativas seguirán siendo indispensables. Siempre lo serán. La cuestión es si elegimos historias que necesiten enemigos para existir o historias suficientemente amplias para que millones de personas diferentes puedan encontrarse y reconocerse en ellas.

Esa decisión puede terminar siendo mucho más importante que cualquier elección presidencial. Porque los gobiernos cambian. Las leyes cambian. Las mayorías cambian. Pero las culturas permanecen durante generaciones.

Y precisamente por eso la pregunta decisiva no es quién ganará la próxima batalla cultural. La verdadera pregunta es mucho más exigente: 

¿Qué historia queremos contarles a nuestros hijos sobre el país que decidimos construir juntos?

En el siguiente blog voy seguir profundizando sobre el tema. 


viernes, 31 de julio de 2026

No basta con cambiar el Gobierno: se necesita capacidad

  

“Las elecciones cambian gobiernos. Las sociedades cambian cuando desarrollan nuevas capacidades.”

Mientras la atención del país se ha concentrado en los nombres del nuevo gabinete, en las primeras decisiones del presidente electo y en las disputas políticas propias de la transición, hay un tema fundamental que ha pasado casi inadvertido. Paradójicamente, puede convertirse en el factor que más determine el éxito o el fracaso del nuevo gobierno.

La posesión de un nuevo presidente siempre despierta esperanza. Después de una campaña intensa, millones de ciudadanos sienten que comienza una nueva etapa y esperan que, ahora sí, el país empiece a resolver los problemas acumulados en estos últimos cuatro años. Es una reacción natural. Toda democracia necesita esperanza. Pero también necesita realismo.

Porque cambiar un gobierno puede tomar un día. Recuperar la capacidad de gobernar puede tomar muchos más tiempo. Ese será, probablemente, el mayor desafío que enfrentará Colombia durante los próximos cuatro años.

No se trata únicamente de enfrentar de la compleja situación económica, las dificultades del sistema de salud, la inseguridad creciente, las tensiones fiscales, la incertidumbre energética o una sociedad profundamente polarizada. A todo ello se suma un desafío mucho menos visible, pero decisivo: el estado en que el nuevo gobierno recibe la capacidad institucional del Gobierno Central y que hoy se encuentra muy debilitada después del desgobierno de Petro.

Durante las últimas semanas, los colombianos hemos conocido, a través de distintos medios de comunicación y de investigaciones en curso el lamentable cierre de la administración que termina: denuncias sobre contrataciones realizadas a las carreteras al final del gobierno saliente, denuncias crecientes de  hechos de corrupción, la ausencia histórica del proceso de empalme entre la administración saliente y entrante, los cuestionamientos sobre la calidad y disponibilidad de información en diversas entidades públicas y un largo etc.

Se necesita que, para aclarar todos estos hechos, sean  a las autoridades las que establezcan responsabilidades donde las haya y lo hagan rápido . Sin embargo, más allá del desenlace de cada caso, esta lamentable situación pone sobre la mesa una realidad que ningún ciudadano debería ignorar: un gobierno no gobierna únicamente con buenas intenciones. Gobierna con instituciones capaces de ejecutar y que debe cuidar. 

Este no ha sido el caso del gobierno de Gustavo Petro. Durante las últimas semanas se han conocido muchas denuncias e investigaciones sobre multimillonarias contrataciones de gente realizadas en la etapa final de su administración, una situación que recuerda lo ocurrido cuando entregó la Alcaldía de Bogotá a Enrique Peñalosa. Si entonces el reto fue recuperar la capacidad de gestión de una administración distrital, hoy el desafío para el nuevo gobierno sería mucho mayor al proyectarse sobre el conjunto del Estado central

Comprender esta realidad no significa justificar de antemano los errores que pueda cometer la nueva administración. Tampoco significa prolongar la confrontación política que tanto daño le ha hecho al país. Implica entender el punto de partida desde el cual tendrá que gobernar De la Espriella , y que  probablemente constituya el mayor desafío de su nuevo mandato. Sobre esa base el próximo presidente deberá enfrentar, de manera simultánea, los enormes problemas que hoy afectan al país en frentes tan críticos como la seguridad, la salud, las finanzas públicas, la economía y la energía.

Y ese punto de partida importa porque condicionará la capacidad de ejecución del nuevo gobierno, la velocidad con la que podrá responder a las urgencias nacionales y, sobre todo, rea las inmensas expectativas de millones de ciudadanos que votaron esperando un cambio rápido y profundo.

La calidad de un gobierno no depende únicamente de la visión de su presidente. Depende también de la capacidad institucional con la que cuenta al iniciar su mandato para convertir esa visión en resultados. Y ese será, probablemente, uno de los mayores desafíos de la nueva administración. Diversos indicadores y hechos ampliamente debatidos en el país sugieren que recibirá instituciones con capacidades muy debilitadas en varios frentes, precisamente cuando Colombia enfrenta problemas que exigen respuestas rápidas y eficaces.

 Por lo anterior, las primeras decisiones del presidente —especialmente la conformación de su equipo de gobierno y su capacidad para priorizar, aprender y ejecutar— serán determinantes. No habrá mucho margen para la improvisación, porque el tiempo correrá en su contra y la inevitable curva de aprendizaje reducirá aún más un recurso que ya será escaso: los cuatro años de gobierno.

La primera tarea del nuevo presidente no será únicamente gobernar. Será reconstruir la capacidad del Estado para poder gobernar.

 .Gobernar no es ocupar cargos. Es hacer que el Estado funcione.

Existe una idea muy extendida según la cual basta con elegir un nuevo presidente para que el país cambie de rumbo. La realidad es mucho más compleja.

Un presidente no gobierna directamente a cincuenta millones de personas. Gobierna a través de miles de servidores públicos, cientos de entidades, sistemas de información, procedimientos administrativos, capacidades técnicas y culturas organizacionales que convierten las decisiones políticas en resultados concretos.

Cuando esa maquinaria funciona bien, el Estado responde. Cuando pierde capacidad, incluso las mejores decisiones pueden quedarse atrapadas en la burocracia, la descoordinación o la ineficiencia. O peor aún , en el campo minado dejado de manera deliberada por la administración saliente. 

Por eso, la primera tarea del nuevo gobierno no será únicamente formular nuevas políticas. Será comprender con precisión la verdadera condición del aparato estatal que recibe y fortalecer su capacidad para responder a los enormes desafíos nacionales. Se deberá contar con equipos expertos en desminado organizacional y también en desminado en las zonas de conflicto. 

Esa reconstrucción no produce titulares espectaculares. Tampoco genera aplausos inmediatos. Pero constituye el fundamento de cualquier transformación duradera que quiera lograr el. Je o gobierno.

Un desafío adaptativo, no solamente administrativo

Ronald Heifetz distingue entre los problemas técnicos y los desafíos adaptativos. Los problemas técnicos tienen soluciones conocidas. Requieren conocimiento especializado y buena gestión. Los desafíos adaptativos exigen algo mucho más profundo: aprender nuevas formas de trabajar, modificar culturas organizacionales, reconstruir confianza y desarrollar capacidades que antes no existían.

La situación que enfrenta Colombia pertenece claramente a esta segunda categoría. No bastará con cambiar ministros, directores o gerentes. No bastará con expedir nuevos decretos. Será necesario reconstruir capacidades institucionales, fortalecer equipos, recuperar información confiable, mejorar la coordinación entre entidades y restablecer una cultura de servicio público basada en la integridad, el aprendizaje y la responsabilidad. Eso no se logra en semanas. Ni siquiera en meses.

La gobernabilidad también sigue a la cultura

En los últimos meses he insistido en una idea: la política sigue a la cultura. Hoy quisiera añadir otra. La gobernabilidad también sigue a la cultura institucional.

Las organizaciones públicas no funcionan únicamente gracias a las leyes. Funcionan porque existen hábitos de colaboración, liderazgo competente, confianza, aprendizaje continuo y compromiso con el servicio al ciudadano. Cuando esa cultura se fortalece, las instituciones generan soluciones. Cuando se deteriora, incluso las mejores políticas pierden efectividad. Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es solamente una tarea administrativa. Es, sobre todo, un proceso cultural. Y esa es una de las tareas más difíciles del liderazgo. Solo recordemos a Peter Druker el Guro de la Administración moderna: la cultura se come a la estrategia al desayuno. Espero que el nuevo presidente y su equipo no se les olvide esta lección.

El riesgo de seguir haciendo campaña

Aquí aparece una tentación que el nuevo gobierno deberá evitar. Toda campaña electoral simplifica la realidad. Necesita mensajes contundentes, adversarios claramente identificados y promesas movilizadoras. Pero gobernar exige exactamente lo contrario. Exige escuchar. Negociar. Construir acuerdos. Priorizar. Resolver problemas.

Cada semana dedicada a prolongar la confrontación política será una semana que dejará de invertirse en fortalecer instituciones y producir resultados. El mayor capital político del nuevo gobierno será el tiempo. Y el tiempo, en un mandato de cuatro años, es extraordinariamente escaso.

Pero hay una verdad todavía más importante

Hasta aquí podríamos pensar que este artículo trata únicamente sobre el nuevo gobierno. En realidad, trata sobre todos nosotros los colombianos .

Porque existe una costumbre profundamente arraigada en América Latina: esperar que cada nuevo presidente haga milagros. Cambiamos al gobernante, pero mantenemos intacta la cultura de la dependencia. Seguimos creyendo que la solución llegará desde el Palacio de Nariño, mientras millones de ciudadanos observamos la realidad como simples espectadores. Esa mentalidad es parte del problema.

Las sociedades no florecen porque aparece un líder extraordinario. Florecen cuando millones de ciudadanos desarrollan capacidades para cuidar aquello que tienen en común.

La infraestructura invisible del florecimiento

Durante los últimos años he venido desarrollando una idea que considero fundamental. Toda sociedad posee una infraestructura física: carreteras, hospitales, puertos, escuelas, redes eléctricas y sistemas de transporte. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible y, probablemente, mucho más importante. La infraestructura mental del florecimiento.

Está formada por ciudadanos responsables. Por comunidades que aprenden. Por organizaciones que cooperan. Por líderes que construyen confianza. Por instituciones que mejoran continuamente. Por empresas que entienden que crear comunidad también hace parte de su propósito. Por universidades que forman ciudadanos antes que profesionales. Por barrios, conjuntos residenciales, veredas y municipios donde las personas aprenden a resolver juntas sus problemas.

Sin esa infraestructura social, ningún gobierno puede producir un cambio profundo. Con ella, incluso gobiernos imperfectos pueden impulsar enormes transformaciones.

El verdadero milagro

Durante la campaña escuchamos del nuevo Presidente el lema de la “Patria Milagro”. Todos quisiéramos que los milagros existieran en política. Pero la historia demuestra que los países no cambian por actos milagrosos. Cambian cuando desarrollan nuevas capacidades colectivas.

El verdadero milagro sería que millones de colombianos dejáramos de preguntarnos únicamente qué hará De la Espriella y su equipo de gobierno, y comenzáramos a preguntarnos qué pueden hacer ellos por su barrio, su empresa, su universidad, su conjunto residencial, su municipio o su comunidad y su país , como lo propuso el Presidente Jhon F Kennedy hace más de seis décadas en su país 

Sería que miles de docentes decidieran formar ciudadanos además de estudiantes. Que empresarios asumieran el fortalecimiento del tejido social como parte de su misión. Que servidores públicos entendieran que cada decisión fortalece o debilita la confianza. Que líderes comunitarios dejaran de esperar instrucciones desde Bogotá y comenzaran a construir soluciones desde sus territorios. Que las universidades enseñaran liderazgo cívico con la misma importancia que enseñan conocimientos técnicos. Que las comunidades aprendieran a colaborar antes que a confrontarse.

Colombia es buena… cuando decide cuidarse

Precisamente esa convicción dio origen al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No nació para negar los problemas del país. Nació porque creemos que existe una inmensa reserva moral y humana que permanece dispersa. Miles de ciudadanos cuidan todos los días su entorno sin aparecer en los titulares. Madres comunitarias. Docentes. Empresarios responsables. Voluntarios. Líderes barriales. Administradores de propiedad horizontal. Jóvenes. Adultos mayores. Mujeres cabeza de familia. Organizaciones sociales. Funcionarios íntegros. Todos ellos representan una infraestructura de liderazgo que Colombia todavía no ha aprendido a visibilizar, conectar y apoyar para que hagan el verdadero milagro de movilizar al país desde lo local. 

Nuestro mayor desafío no es encontrar más héroes. Es conectar a los miles que ya existen. Porque cuando esas comunidades de liderazgo comienzan a aprender unas de otras, compartir experiencias y trabajar con un propósito común, la capacidad de gobernar deja de depender exclusivamente del Estado. Comienza a convertirse en una capacidad de toda la sociedad.

La verdadera prueba

Dentro de cuatro años evaluaremos al nuevo gobierno. Y debemos hacerlo con rigor. Pero también deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda. ¿Qué hicimos nosotros durante esos cuatro años? ¿Esperamos pasivamente que el gobierno resolviera todos los problemas? ¿O decidimos convertirnos en corresponsables del país que queremos construir?

Las elecciones cambian gobiernos. La cultura cambia sociedades. Y las sociedades florecen cuando millones de personas descubren que también ellas forman parte de la solución. Quizá ese sea el verdadero milagro que Colombia necesita. No el milagro de un presidente. Sino el de una nación que comprende que reconstruir la capacidad de gobernar comienza por reconstruir la capacidad de sus ciudadanos para gobernarse a sí mismos y pedirle cuentas a sus gobernantes por las promesas hechas durante las campañas políticas..


sábado, 25 de julio de 2026

La trampa de la certeza

 Y el liderazgo que necesitamos en la era de la manipulación 

¿Por qué, en un mundo con más conocimiento disponible que en cualquier otro momento de la historia, tantas veces terminan teniendo mayor influencia quienes menos dudas expresan y más certezas ofrecen?

¿Por qué una afirmación contundente, repetida con absoluta seguridad, puede derrotar públicamente a una explicación mucho mejor fundamentada, pero llena de matices?

Y, sobre todo, ¿qué significa todo esto para el liderazgo y para la cultura democrática que necesitamos construir?

Una reciente charla de Yuval Noah Harari plantea una explicación inquietante. El problema no estaría simplemente en que las sociedades hayan dejado de valorar la inteligencia o el conocimiento. La dificultad sería mucho más profunda: nuestra mente no evolucionó principalmente para encontrar la verdad. Evolucionó para sobrevivir. Y esa diferencia puede ayudarnos a comprender buena parte de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades.

A continuación , quiero compartir algunas de las reflexiones que más me impactaron de la presentación de Harari y conectar al lector con algunas ideas que he venido sosteniendo en blogs anteriores .

Durante miles de años, nuestros antepasados enfrentaron peligros inmediatos. Ante la presencia de un depredador no había tiempo para organizar un seminario sobre las diferentes alternativas disponibles. Alguien tenía que gritar: “¡Corran!”, y los demás debían decidir rápidamente si lo seguían. En ese mundo, la confianza  podía ser una señal útil de liderazgo.

El problema es que seguimos utilizando un cerebro formado para responder a ese tipo de circunstancias en un mundo radicalmente diferente. Los grandes desafíos contemporáneos —la economía, la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad, los ataques a la  democracia o la transformación de nuestras ciudades— son problemas muy complejos. No admiten certezas ni respuestas simples o soluciones instantáneas. Sin embargo, seguimos sintiéndonos atraídos por quienes hablan como si las tuvieran.

Cuando la seguridad se confunde con la sabiduría

Uno de los fenómenos más paradójicos de nuestro tiempo es que quienes más conocen un tema suelen ser también quienes mejor comprenden sus límites. El verdadero experto tiene la duda siempre como su compañera. Dice “depende”. Reconoce las incertidumbres. Introduce matices. Explica que existen variables que todavía no conocemos. Está dispuesto a cambiar de opinión ante nueva evidencia.

Quien conoce poco, en cambio, puede experimentar exactamente la sensación contraria. Como no alcanza a percibir la complejidad del problema, cree que la solución es evidente y ofrecen “la certeza”.

Esta paradoja, según Harari, está asociada al llamado efecto Dunning-Kruger. Y tiene consecuencias enormes para el liderazgo público, afectando profundamente la calidad de las decisiones que impactan a millones de personas.

Lamentablemente hoy vivimos en un ecosistema de comunicación donde la prudencia puede parecer debilidad y la arrogancia que ofrece certeza puede confundirse con liderazgo. El dirigente que dice “esto es complejo y necesitamos aprender” compite contra quien afirma: “Yo sé exactamente cuál es el problema, quiénes son los culpables y cómo resolverlo”. Cuando hay avidez por soluciones simples a problemas complejos, sabemos quién tiene ventaja en un video de treinta segundos on en un twitt de menos de 140 caracteres  .

Y allí aparece una de las grandes vulnerabilidades de nuestras democracias: hemos construido un sistema de comunicación que premia precisamente algunos de los rasgos que menos necesitamos para enfrentar colectivamente problemas muy  complejos. Como por ejemplo, las consecuencias del cambio climático que hoy se reflejan en incendios sin antecedentes que hoy están afectando   a España y Francia.

El cerebro tribal en la era de TikTok

A lo anterior, se suma otro problema. Los seres humanos somos animales profundamente sociales. Durante la mayor parte de nuestra evolución, pertenecer a un grupo era una condición para sobrevivir. Ser expulsado de la tribu podía significar la muerte. Por eso nuestra mente aprendió algo que sigue operando silenciosamente: muchas veces es más importante pertenecer a un grupo que nos da identidad que tener la razón. Y eso nos hace muy vulnerables a la manipulación.

Esto explica por qué las personas no cambian fácilmente de opinión cuando reciben nueva información. Cuando una creencia se convierte en parte de nuestra identidad, cuestionarla deja de ser un ejercicio intelectual. Puede sentirse como una amenaza personal.

Ya no discutimos solamente ideas. Defendemos tribus. Y cuando la política se convierte en identidad, el adversario deja de ser alguien con quien discrepamos y empieza a convertirse en alguien que amenaza nuestra pertenencia, nuestros valores y nuestra manera de entender el mundo. La razón es reemplazada por la emoción.

Las redes sociales han llevado esta vulnerabilidad humana a una escala desconocida. TikTok, X, Instagram, Facebook y las demás plataformas compiten por nuestra atención. Y los algoritmos han aprendido algo que los grandes manipuladores políticos siempre intuyeron: pocas cosas capturan mejor la atención humana que despertar emociones como el miedo, la indignación y la ira. El resultado es una combinación explosiva.

Según Harari, tenemos un cerebro que busca certezas, una necesidad profunda de pertenecer, una inclinación a seguir voces que nos ofrezcan certezas para enfrentar la complejidad a sabiendas que no las hay.  Y una tecnología capaz de identificar, en tiempo real, los contenidos que mejor activan nuestras emociones y nos venden cantos de sirena. Nunca habíamos tenido tanta información y sin embargo reina la confusión y la desconfianza. Pero tener más información  no significa que tengamos más sabiduría.

Quien controla la historia puede controlar la conversación

Harari muestra que, una característica extraordinaria de nuestra especie, es nuestra capacidad para construir y compartir historias. Es una forma de transmitir la cultura de una comunidad. Las sociedades humanas existen porque somos capaces de creer colectivamente en realidades que van mucho más allá de nuestra experiencia inmediata. Las naciones, las instituciones, las empresas y muchas de nuestras formas de cooperación dependen de narrativas compartidas.

Las historias tienen el poder de definir la realidad, de  unirnos, pero también pueden dividirnos.

Una narrativa poderosa puede transformar una realidad extraordinariamente compleja en una historia muy sencilla: nosotros somos los buenos; ellos son los malos. Nosotros representamos al pueblo; ellos son sus enemigos. Si eliminamos al adversario, todos nuestros problemas desaparecerán. Son narrativas falsas que en casi cualquier sociedad emocionalmente funcionan.

El miedo busca protección. La ira busca culpables. La incertidumbre busca certezas. Por eso los liderazgos populistas comprenden intuitivamente algo que muchas élites técnicas olvidan: las personas no se movilizan únicamente con datos. Se movilizan alrededor de historias que les permiten comprender quiénes son, a qué pertenecen y hacia dónde deberían caminar. Eses es el gran poder que tienen para definir la realidad.

El camino, entonces, no puede consistir simplemente en producir mejores estadísticas. Necesitamos construir mejores narrativas. Pero aquí aparece un tema muy poderoso, las historias que nos contamos de nosotros mismos definen nuestra respuesta a la manera que interpretamos la realidad y colectivamente influimos en la cultura en la que operamos. 

La política sigue a la cultura

En varios de mis últimos blogs he venido insistiendo en una idea que David Brooks expresó de manera particularmente poderosa: la política sigue a la cultura. Cada vez estoy más convencido de su importancia.

Nos preocupamos enormemente por quién llega a la Presidencia, quién gana una elección o qué partido controla el Congreso. Son preguntas importantes. Pero debajo de esas disputas existe una realidad mucho más profunda: la cultura desde la cual elegimos, conversamos, confiamos y construimos nuestra relación con los demás. Y que como ya lo mencioné, esta influida  por narrativa dominante.

Si en una cultura la narrativa premia la agresividad, tendremos liderazgos agresivos. Si convierte al adversario en enemigo, tendremos una política de enemigos. Si recompensa la mentira emocionalmente atractiva por encima de la verdad incómoda, aparecerán líderes extraordinariamente hábiles para explotar esa vulnerabilidad.

Y si confundimos la certeza con la competencia, terminaremos escogiendo personas que parecen saberlo todo precisamente porque no alcanzan a comprender la complejidad de aquello que pretenden gobernar. Por eso, cambiar la política sin transformar la narrativa que impacta a la cultura, puede terminar siendo apenas un cambio de protagonistas.

El liderazgo que exige la complejidad

Todo esto plantea una pregunta fundamental: entonces ¿qué tipo de liderazgo necesitamos?

Durante mucho tiempo asociamos liderazgo con tener respuestas. Tal vez debamos empezar a asociarlo con la capacidad de hacer mejores preguntas y ambientar una narrativa más positiva que impacte la autoimagen .individual y colectiva de la sociedad.

Los problemas complejos requieren una forma diferente de ejercer el liderazgo, por parte de las figuras con la autoridad, y que son reconocida por una sociedad. Necesitamos líderes que al enfrentar problemas muy complejos, sean vulnerables y capaces de decir “no sé” sin paralizarse; capaces de convocar conocimiento que ellos mismos no poseen y capaces de escuchar posiciones diferentes para aprender; dispuestos a revisar sus propias creencias sin considerar que cambiar de opinión es una derrota.

Eso no significa un liderazgo débil. Todo lo contrario. Se necesita enorme fortaleza interior para reconocer los límites del propio conocimiento. Ante la complejidad y la incertidumbre crecientes, la humildad intelectual debería convertirse en una de las competencias esenciales del liderazgo del siglo XXI.

Pero hay algo más.

No basta con tener líderes intelectualmente rigurosos si son incapaces de construir una narrativa que movilice de manera positiva emocional a la sociedad. La gran tarea consiste en reconciliar dos capacidades que con demasiada frecuencia aparecen separadas: comprender la complejidad y comunicar con narrativas positivas la esperanza.

Necesitamos líderes que no simplifiquen irresponsablemente la realidad, pero que tampoco abandonen el territorio de las emociones a los extremistas. Porque la democracia también necesita historias que la defiendan.

La batalla cultural de nuestro tiempo

Aquí encuentro una conexión directa con el desafío que estamos planteando desde Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Nuestra tarea no consiste simplemente en contrarrestar una narrativa negativa con propaganda positiva. Sería caer en la misma trampa. El desafío es mucho más profundo: ayudar a construir una cultura ciudadana capaz de resistir la manipulación.

Una sociedad donde las personas aprendan a preguntarse: ¿quién se beneficia de esta historia?, ¿qué evidencia la respalda?, ¿qué información me están ocultando?, ¿estoy creyendo esto porque es cierto o porque confirma lo que quiero creer?

Por eso la educación cívica y el pensamiento crítico no son asuntos secundarios. Son infraestructura mental que soporta la democracia .

Necesitamos formar ciudadanos capaces de vivir con la complejidad sin refugiarse inmediatamente en el extremismo; personas capaces de pertenecer a una comunidad sin renunciar a pensar por sí mismas; ciudadanos que puedan disentir sin convertir al otro en enemigo.

Y esto no se aprende solamente en los colegios. Se aprende en las familias, las universidades, las empresas, las comunidades, los conjuntos habitacionales y las redes sociales. Se aprende participando, conversando y resolviendo problemas reales con personas diferentes. Por eso he venido insistiendo en otros blogs en que necesitamos recuperar espacios cotidianos como verdaderas escuelas de ciudadanía.

Una nueva responsabilidad del liderazgo

La gran responsabilidad de los líderes de nuestro tiempo no es solamente dirigir organizaciones o ganar elecciones. Hoy más que nunca, es cuidar la calidad de la conversación colectiva.

Un líder puede utilizar el miedo para acumular poder o puede ayudar a una comunidad a comprender mejor sus desafíos, sentirse empoderada y corresponsable. Puede explotar la rabia o canalizarla hacia la acción constructiva. Puede fabricar enemigos o construir puentes hacia quienes son distintos y distantes. Puede presentarse como el salvador que posee la certeza de tener todas las respuestas o desarrollar la capacidad colectiva aceptar las preguntas difíciles que no tienen las respuestas.

Esa elección define mucho más que un estilo de liderazgo. Define una cultura que habilita una democracia fortalecida. Y aquí está, posiblemente, una de las batallas más importantes de nuestro tiempo.

Las mismas tecnologías que pueden amplificar la mentira pueden conectar millones de personas alrededor de una causa. Las mismas narrativas que pueden dividirnos pueden ayudarnos a reconstruir un sentido de propósito compartido.

El problema no son las historias. El problema es qué historias decidimos contar y creernos individual y colectivamente . 

Frente a las narrativas del miedo necesitamos narrativas de posibilidad. Frente a las historias que necesitan enemigos, necesitamos historias que reconstruyan el “nosotros”. Frente a quienes ofrecen certezas falsas, necesitamos cultivar ciudadanos capaces de convivir con la duda sin perder la esperanza.

Quizás el gran desafío del liderazgo contemporáneo sea precisamente ese: tener la humildad necesaria para reconocer la complejidad y, al mismo tiempo, el coraje de hacer las preguntas difíciles y construir una historia colectiva capaz de movilizarnos.

Porque el futuro de una sociedad no depende únicamente de la inteligencia de sus líderes. Depende también de la calidad de conciencia de sus ciudadanos. Y en una época en la que millones de voces compiten cada segundo por nuestra atención, aprender a distinguir entre quien sabe y quien ofrece certezas mostrándose muy seguro, puede convertirse en una de las capacidades cívicas más importantes de nuestro tiempo.

Tal vez la verdadera revolución cultural comience allí: cuando dejemos de admirar a quien tiene una respuesta para todo y empecemos a valorar a quien todavía conserva la capacidad de preguntar, escuchar y aprender. Porque una sociedad que pierde la capacidad de dudar puede ser fácilmente manipulada.

Pero una sociedad que aprende a pensar, a conversar y a construir historias compartidas también puede aprender a cuidarse. Y Colombia, hoy más que nunca, necesita precisamente eso.

En resumen: no basta con disputar el contenido de las narrativas; hay que desarrollar en los ciudadanos las capacidades culturales y cognitivas para no ser fácilmente manipulados por las certezas que en ellas se ofrecen.

PD: veo que el nuevo gobierno de La Espriella ha nombrado como ministra de Cultura a una excongresista con la tarea de enfrentar “la batallas cultural” alrededor de la narrativa que utilizó el hoy presidente electo durante su campaña. En el siguiente blog voy a referirme a este tema y conectarlo con el blog de esta semana