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sábado, 29 de agosto de 2026

Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

  Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

El nuevo Gobierno enfrenta una combinación extraordinaria de expectativas, restricciones fiscales, debilidad institucional, fractura social y ahora una tragedia natural. Quizás sea el momento de entender que reconstruir Colombia no será solamente responsabilidad del presidente que acabamos de elegir.

Colombia necesita un chequeo de realidad. Después de una de las elecciones más polarizadas y reñidas de nuestra historia reciente, Abelardo De la Espriella llegó a la Presidencia por una diferencia de apenas 251.854 votos frente a Iván Cepeda. Prácticamente medio país votó por una opción y la otra mitad por la contraria.

Para quienes celebraron el resultado electoral puede existir la tentación de pensar que el cambio de presidente resolverá rápidamente los problemas acumulados durante los últimos años. No será así.

Y reconocerlo no significa disminuir la importancia del cambio político. Significa poner los pies sobre la tierra para poder evaluar con sensatez al nuevo Gobierno y, sobre todo, comprender qué nos corresponde hacer como sociedad.

De la Espriella llega a la Presidencia sin experiencia previa administrando el Estado ni ejerciendo cargos ejecutivos de gobierno. Durante la campaña conocimos su capacidad de comunicación, su temperamento político y su habilidad para movilizar electoralmente a millones de colombianos. Ahora comienza una prueba completamente diferente: gobernar.

Gobernar significa construir equipos competentes, entender una maquinaria estatal extraordinariamente compleja, establecer prioridades, negociar con el Congreso, manejar unas finanzas públicas profundamente restringidas, recuperar capacidades institucionales, enfrentar problemas de seguridad y, simultáneamente, generar confianza.

Como si esto fuera poco, apenas comenzando su Gobierno ocurrió algo que nadie podía haber previsto.

El terremoto que cambió la agenda

El terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto produjo una enorme tragedia humana y destruyó viviendas, escuelas, hospitales, vías y buena parte de la infraestructura de extensas zonas del centro y occidente del país.

Las primeras estimaciones oficiales sitúan los costos de reconstrucción por encima de los $30 billones. De repente, las prioridades cuidadosamente diseñadas para los primeros cien días tuvieron que competir con una emergencia nacional gigantesca.

Pero el terremoto hizo visible una paradoja sobre la cual deberíamos reflexionar. Colombia tiene ahora dos reconstrucciones por delante. Una es evidente porque podemos fotografiarla.Son los edificios derrumbados, las carreteras destruidas, las escuelas averiadas y las familias que perdieron sus viviendas.

Pero existe otra destrucción mucho menos visible. Es el deterioro de nuestra infraestructura social. Un país profundamente polarizado. Una confianza institucional debilitada. Comunidades desconectadas. Una cultura política acostumbrada a convertir al contradictor en enemigo. Una ciudadanía que espera demasiado del Estado y demasiado poco de sí misma. Y un aparato público debilitado cuya capacidad de ejecución está muy lejos de las necesidades que enfrenta Colombia. Ese es el otro terremoto. Y probablemente sea más difícil de reconstruir.

No basta con cambiar el Gobierno

En varios blogs anteriores he tratado de llamar la atención precisamente sobre este punto: 

En Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente sostuve que ningún mandatario, independientemente de sus capacidades o de la legitimidad obtenida en las urnas, puede transformar por sí solo una sociedad de más de cincuenta millones de habitantes.

En No basta con cambiar el Gobierno. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de gobernar señalé algo todavía más preocupante: un presidente puede tener voluntad política y buenas ideas, pero si recibe instituciones debilitadas, información incompleta, capacidades técnicas erosionadas, recursos fiscales restringidos y una burocracia desarticulada, su capacidad de convertir decisiones en resultados será limitada.

El problema no es solamente quién gobierna. Es con qué capacidad institucional puede gobernar.

Y en La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia planteé una dimensión todavía más profunda: solemos pensar que cambiando las leyes, los funcionarios o las instituciones cambiaremos automáticamente la sociedad, cuando muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones reflejan la cultura que las sostiene. Una sociedad caracterizada por la desconfianza, la polarización, la intolerancia y la búsqueda permanente de culpables terminará reproduciendo esas mismas características en su política.

Finalmente, en El carácter y la integridad antes que el poder recordaba que gobernar en circunstancias extraordinariamente difíciles requiere algo más que autoridad. Requiere prudencia, autocontrol, humildad para escuchar, capacidad para rodearse bien, fortaleza emocional y disposición para aprender.

Esas cuatro reflexiones hoy convergen.

Expectativas enormes, capacidades muy  limitadas

Aquí aparece uno de los principales riesgos de los próximos meses. Millones de colombianos votaron esperando cambios rápidos en seguridad, economía, salud, energía, corrupción y funcionamiento del Estado. Pero el nuevo Gobierno tendrá inicialmente una capacidad de respuesta mucho menor que esas expectativas.

Las restricciones fiscales son enormes. La deuda absorbe recursos crecientes. El espacio para nuevas inversiones es muy limitado. Y ahora habrá que encontrar decenas de billones adicionales para reconstruir las zonas afectadas por el terremoto.

Al mismo tiempo, la oposición no desapareció con la derrota electoral. Todo lo contrario. La izquierda colombiana salió de las elecciones con una organización política poderosa, una representación importante en el Congreso y millones de ciudadanos que respaldaron su proyecto. Ya anunció incluso la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento y oposición al Gobierno. Eso forma parte de la democracia y debe ser respetado.

Pero también debemos reconocer que Colombia continuará viviendo una intensa confrontación política y que existe el riesgo de que algunos sectores —de cualquier extremo— prefieran que al Gobierno le vaya mal antes que contribuir a que al país le vaya bien. En esas circunstancias, prometer resultados inmediatos sería irresponsable. Y exigir milagros también.

Aquí aparece una enorme oportunidad

Paradójicamente, esta combinación de dificultades puede abrir una posibilidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos construido una relación demasiado paternalista con el Estado.

Cuando existe un problema preguntamos inmediatamente: ¿Qué va a hacer el Gobierno? Quizás la pregunta que necesitamos comenzar a formular sea diferente: ¿Qué podemos hacer nosotros?

Y allí el sector privado tiene una responsabilidad histórica. Las empresas no pueden limitarse a pagar impuestos, generar empleo y esperar que el Gobierno reconstruya el país. Este momento exige algo más. Exige que empresarios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación, gremios, cajas de compensación, sector financiero, sistema de salud y comunidades desarrollen una nueva capacidad de acción colectiva.

Por supuesto que tenemos que reconstruir las viviendas, escuelas, hospitales y carreteras destruidas por el terremoto. Pero sería un enorme error reconstruir únicamente la infraestructura física y dejar intacta la infraestructura social que viene deteriorándose desde hace años.

Porque podemos reconstruir una escuela en doce meses. Pero reconstruir la confianza entre los colombianos puede tomar una generación. Podemos levantar nuevamente un hospital. Pero reconstruir comunidades capaces de cuidarse unas a otras es muchísimo más difícil. Podemos reparar una carretera. Pero volver a conectar una sociedad fracturada políticamente exige liderazgo, paciencia y propósito compartido.

La infraestructura invisible de un país

Existe una infraestructura que no aparece en los presupuestos públicos ni en los balances de las empresas. Es la confianza y la capacidad de cooperación. Las redes comunitarias. El liderazgo local. La cultura cívica y la disposición de las personas para cuidar aquello que consideran suyo. Ese conjunto constituye lo que podríamos llamar la infraestructura invisible de una sociedad.

Cuando esa infraestructura funciona, las instituciones funcionan mejor, disminuyen los costos de transacción, aumenta la cooperación y las comunidades desarrollan capacidad para resolver problemas. Cuando se destruye, ningún presupuesto alcanza.

Por eso la reconstrucción que Colombia necesita después del terremoto debería convertirse también en una oportunidad para reconstruir nuestro tejido social. No se trata de escoger entre cemento y confianza. Necesitamos ambos.

Una oportunidad para el empresariado colombiano

Este puede ser uno de esos momentos en los cuales el sector privado colombiano demuestre que su responsabilidad con el país va mucho más allá de sus balances financieros. Las empresas tienen recursos, talento, capacidad de gestión, tecnología, redes y conocimiento que el Estado necesitará desesperadamente durante los próximos años. 

Pero pueden aportar algo todavía más importante: ayudar a construir capacidades en las comunidades. Ayudar a formar líderes. Conectar actores y fortalecerlas redes locales. Crear confianza para apoyarproyectos colectivos. Hacer visibles miles de historias de cooperación que cambien la narrativa que tenemos de nosotros mismos.

Porque el terremoto también nos mostró otra Colombia. Entre los escombros aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, empresarios movilizando recursos, jóvenes trabajando como voluntarios, comunidades organizándose y miles de personas demostrando que la solidaridad sigue viva.

Esa Colombia existe. El desafío es que no aparezca únicamente después de una tragedia.

El verdadero chequeo de realidad

El nuevo presidente enfrentará dificultades enormes. Cometerá errores. Tendrá que aprender. Encontrará restricciones que desde afuera probablemente no alcanzábamos a dimensionar. La oposición cumplirá su tarea, aprovechará cualquier desliz de nuevo gobierno y la confrontación política continuará. Y la reconstrucción física del terremoto consumirá recursos, energía institucional y atención política durante mucho tiempo.

Por eso quienes votaron por el nuevo Gobierno deberían moderar sus expectativas sin disminuir sus exigencias. Hay que evaluar al presidente con rigor, pero también con realismo. Y quienes no votaron por él deberían recordar que una cosa es hacer oposición al Gobierno y otra muy diferente desear que fracase el país.

Pero existe una conclusión todavía más importante.

Colombia no puede volver a sentarse durante cuatro años a mirar qué hace el presidente.

El terremoto físico nos obliga a reconstruir edificios. El terremoto social nos obliga a reconstruir confianza. Y quizás la gran oportunidad de este momento histórico sea comprender finalmente que la segunda reconstrucción no puede delegarse al Gobierno. Nos corresponde a todos. Especialmente a quienes tenemos capacidades, recursos, liderazgo y posibilidades de movilizar a otros.

Si algo debería surgir de esta crisis es un sector privado mucho más consciente de su responsabilidad en la construcción de sociedad. Porque reconstruir Colombia no significa solamente volver a levantar lo que el terremoto derrumbó. Significa construir aquello que durante demasiado tiempo dejamos deteriorar: nuestra capacidad de confiar, colaborar y cuidarnos unos a otros.

Ese será, posiblemente, el proyecto de reconstrucción más importante de todos.

Creo que aquí aparece una tesis particularmente útil para el movimiento que venimos  construyendo Colombia es Buena y vale la pena cuidar : “Colombia enfrenta dos reconstrucciones: la de su infraestructura física y la de su infraestructura social.” Esta frase desplaza la conversación hacia la corresponsabilidad y hacia qué debe hacer ahora la sociedad. La  tesis de fondo de este blog es que la fractura social constituye el segundo terremoto, y mi blog invita a estar muy consciente para que evitar profundizar esa fractura.



sábado, 22 de agosto de 2026

La Colombia que apareció entre los escombros

  No deberíamos necesitar un terremoto para recordar quiénes somos

Hay momentos en que una tragedia destruye edificios, pero al mismo tiempo deja al descubierto algo que permanecía oculto: la capacidad de una sociedad para cuidarse.”

Hace apenas una semana, Colombia despertó sacudida por uno de esos acontecimientos que dividen la historia entre un antes y un después. El terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto golpeó especialmente el occidente del país. Cali, Pereira, Manizales, Quibdó, Armenia y numerosos municipios quedaron afectados. Cientos de colombianos murieron, miles resultaron heridos y decenas de miles de familias vieron alteradas sus vidas en cuestión de segundos. (Portal de Gestión del Riesgo). Todavía estamos tratando de comprender la magnitud de la tragedia.

Pero entre las imágenes de destrucción comenzó a aparecer también la imagen de otra Colombia: una Colombia solidaria, generosa y capaz de cuidarse. Una Colombia que necesitamos hacer cada vez más visible, hasta convertirla en una nueva narrativa que nos ayude a construir un sentido más positivo de nuestra identidad cívica y cultural. Ese es, precisamente, el propósito que le da sentido al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Ver artículo de Henry Murrain en el Espectador quien refuerza el tema.

Es la narrativa  de los voluntarios removiendo escombros. La de quienes abrieron sus casas. La de médicos, enfermeras, psicólogos, bomberos y rescatistas trabajando durante jornadas interminables. La de cocineras preparando alimentos para desconocidos. La de ingenieros ofreciendo gratuitamente sus conocimientos para evaluar viviendas. La de empresarios movilizando recursos. La de ciudadanos haciendo filas para donar. La de colombianos en el exterior organizándose para ayudar a un país del que quizás salieron hace muchos años, pero que nunca dejó de pertenecerles.

En Bogotá se habían recogido para el domingo 16 de agosto 1.800 toneladas de ayuda para los damnificados. (Bogotá.gov.co) En España, colombianos organizaron centros de acopio y redes de solidaridad en Madrid, Barcelona y otras ciudades. (El País) Desde el sector empresarial también se produjo una movilización extraordinaria de recursos para atender la emergencia y comenzar a pensar en la reconstrucción. (El País)

Y entonces aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿De dónde salió toda esta solidaridad? Mi respuesta es sencilla:  siempre estuvo ahí.

La Colombia invisible

Durante los últimos años —y especialmente durante la reciente campaña electoral— los colombianos fuimos expuestos a una narrativa profundamente divisiva. Izquierda contra derecha. Ricos contra pobres. Empresarios contra trabajadores. Regiones contra Bogotá. Jóvenes contra mayores. Gobierno contra oposición. La política convirtió demasiadas veces nuestras diferencias en trincheras. Y poco a poco comenzamos a construir una imagen de nosotros mismos mucho más pobre que la realidad.

Una Colombia incapaz de ponerse de acuerdo, profundamente dividida y donde nadie confía en nadie. Una Colombia condenada al conflicto. Entonces tembló la tierra. Y durante unos instantes muchas de esas etiquetas perdieron importancia.

Cuando alguien estaba atrapado bajo los escombros, nadie preguntaba por quién había votado. Cuando una familia necesitaba comida, nadie preguntaba si era de izquierda o de derecha. Cuando un médico atendía a un herido, no preguntaba qué candidato había apoyado. Cuando miles de personas llevaron alimentos, medicamentos, ropa o dinero a los centros de acopio, simplemente estaban ayudando a otros colombianos.

La tragedia nos recordó algo que la política había conseguido ocultarnos: tenemos mucho más en común de lo que nuestras diferencias nos permiten ver.

El terremoto reveló Capital Cívico

Hay una riqueza de las sociedades que normalmente no aparece en las estadísticas económicas. No está registrada en el PIB. No aparece en el valor de las empresas ni en el presupuesto nacional. Es la capacidad de las personas para confiar, colaborar, ayudarse, organizarse y actuar conjuntamente cuando enfrentan un desafío.

A esa riqueza podemos llamarla Capital Cívico.

Y durante estos días Colombia ha mostrado que posee enormes reservas de ese capital. La solidaridad que hemos presenciado no apareció espontáneamente de la nada. Existe porque hay miles de organizaciones, fundaciones, universidades, empresas, iglesias, comunidades, cuerpos de socorro y ciudadanos que llevan años construyendo capacidades y relaciones. El terremoto simplemente las hizo visibles.

Colombia tenía esa riqueza antes del 10 de agosto. Lo que ocurre es que normalmente no la vemos. Y esa constatación tiene enormes implicaciones. Porque quizás uno de los mayores problemas de Colombia no sea solamente que nos falten líderes. Es que tenemos miles de líderes que permanecen invisibles, desconectados y sin suficiente apoyo.

Colombia es buena

Hace algún tiempo comenzamos una iniciativa alrededor de una convicción muy sencilla:

Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Y ahora: reconstruirla 

Algunas personas podrían interpretar esta frase como una expresión de optimismo. No lo es. Tampoco significa negar nuestros problemas. Colombia tiene desigualdad, violencia, corrupción, pobreza, exclusión, narcotráfico, instituciones débiles y profundas fracturas sociales. Sería absurdo desconocerlo.

La pregunta es otra: ¿Esos problemas representan a  toda Colombia?

Estos días nos han dado una respuesta contundente. No. También existe una Colombia solidaria, generosa y capaz de organizarse. Una Colombia donde miles de personas están dispuestas a entregar su tiempo, conocimientos, recursos y hasta arriesgar su vida para ayudar a alguien que no conocen. Esa Colombia también es real.

El propósito de Colombia es buena y vale la pena cuidarla consiste precisamente en hacerla visible, conectarla y fortalecerla. Queremos identificar a esas personas extraordinarias que trabajan silenciosamente en barrios, empresas, universidades, organizaciones sociales, conjuntos residenciales, municipios y comunidades. Queremos conectarlas y construir con ellas comunidades y redes de liderazgo.

Porque un país no se transforma únicamente desde la Presidencia de la República. También se transforma cuando miles de ciudadanos descubren que también corresponsables y que tienen capacidad de actuar sobre su entorno y, sobre todo, cuando descubren que no están solos.

No deberíamos necesitar una tragedia

Aquí aparece la paradoja. ¿Por qué necesitamos que ocurra un terremoto para reconocernos como colombianos? Algo parecido sucede cuando juega la Selección Colombia. Durante noventa minutos desaparecen muchas de nuestras diferencias. Millones de personas se ponen la misma camiseta, celebran el mismo gol y sienten que pertenecen a algo común. Pero después termina el partido. O pasa la emergencia. Y regresamos a nuestras trincheras.

No regresar a mirar únicamente lo negativo es, quizás, uno de los grandes desafíos culturales que tenemos como sociedad: lograr que los colombianos nos pongamos la camiseta de nuestro país y no volvamos a quitárnosla; que esa pertenencia se convierta en parte de la identidad que nos define y se refleje en la manera como pensamos, sentimos y actuamos, tanto individual como colectivamente.

Necesitamos construir propósitos colectivos que no dependan de una tragedia ni de un partido de fútbol.

Necesitamos descubrir razones cotidianas para cuidarnos. El cuidado de nuestros barrios. La educación de nuestros niños. La protección de nuestros mayores. La recuperación del espacio público. El fortalecimiento de nuestras instituciones. El cuidado del medio ambiente. La disminución de la violencia. La reconstrucción de la confianza. La creación de oportunidades. Todos ellos pueden convertirse en espacios de colaboración.

De la solidaridad a la reconstrucción

Ahora comienza quizás la etapa más difícil. La emergencia moviliza. La reconstrucción exige perseverancia. Durante las próximas semanas disminuirá la atención mediática. Las imágenes desaparecerán lentamente de las pantallas. Pero miles de familias seguirán necesitando vivienda, empleo, infraestructura, colegios, hospitales y acompañamiento emocional. La reconstrucción material será gigantesca.

Pero tenemos frente a nosotros la posibilidad de impulsar simultáneamente otra reconstrucción: la reconstrucción del tejido social colombiano , de la mentalidad y la narrativa que lo sostenga.

Sería extraordinario que las redes de solidaridad que han aparecido estos días no desaparecieran cuando termine la emergencia. Que pudiéramos identificarlas, conectarlas y convertirlas en una gran red ciudadana para la reconstrucción. Que empresarios, universidades, organizaciones sociales, comunidades, jóvenes, profesionales, gobiernos locales y ciudadanos trabajaran alrededor de un propósito compartido.

El desastre podría convertirse entonces, sin romantizar jamás el dolor que ha producido, en un punto de inflexión.

Para lograrlo, las redes sociales y los influenciadores pueden desempeñar un papel fundamental: visibilizar y amplificar miles de historias reales de solidaridad, colaboración y cuidado que contribuyan al nacimiento de una narrativa más constructiva sobre nosotros mismos que fortalezcan nuestro sentido de identidad y de propósito compartido como colombianos.

Pero no basta con contar historias. Necesitamos generar capacidades colectivas tangibles y sostenibles en el tiempo, en comunidades y territorios concretos, que se conviertan en verdaderas cajas de resonancia de una autoimagen más positiva del país, capaces no solo de difundir esa nueva narrativa, sino de demostrarla a través de la acción cotidiana.

Una oportunidad para el nuevo Gobierno

El terremoto ocurrió apenas comenzando un nuevo Gobierno y después de una campaña electoral particularmente polarizada. Por eso existe también una enorme responsabilidad política. El Gobierno puede administrar la emergencia y reconstruir infraestructura. Pero puede hacer algo todavía más importante: ayudar a reconstruir el sentido de comunidad e identidad nacional.

Ojalá convoque al país entero. A quienes votaron por él y a quienes no. A empresarios y sindicatos. A universidades y organizaciones sociales. A gobernadores y alcaldes de diferentes corrientes políticas. A jóvenes, comunidades y ciudadanos. La reconstrucción no debería tener color político. Puede convertirse en el primer gran propósito colectivo de esta nueva etapa nacional.

Después de años en que demasiados dirigentes descubrieron que dividir producía réditos electorales, necesitamos liderazgos capaces de demostrar que unir también produce resultados. Sanar las heridas no significa borrar nuestras diferencias. Significa aprender a convivir con ellas sin convertir al otro en enemigo.

La Colombia que tenemos que cuidar

Quizás dentro de algunos años recordemos el terremoto de agosto de 2026 solamente por sus pérdidas. O quizás podamos recordar también algo más. El momento en que, entre los escombros, apareció una Colombia que habíamos dejado de ver. Una Colombia compasiva y . solidaria capaz de colaborar. Una Colombia donde ciudadanos comunes hicieron cosas extraordinarias.

Esa Colombia no nació con el terremoto. El terremoto simplemente la hizo visible. Ahora tenemos una responsabilidad mucho mayor: no permitir que vuelva a desaparecer.

Necesitamos ponernos  y mantener puesta la camiseta del país, para convertir la solidaridad espontánea en colaboración permanente . La colaboración en confianza. La confianza en Capital Cívico. El Capital Cívico en comunidades de liderazgo. Y esas comunidades en una gran red capaz de participar en la construcción del país.

Porque Colombia no necesita esperar otro terremoto para descubrir que puede unirse. No necesita esperar el próximo gol de la Selección para sentirse una comunidad. Necesita construir un propósito compartido suficientemente poderoso para recordarnos todos los días que, antes que adversarios políticos, somos ciudadanos de un mismo país.

Tal vez esa sea una de las grandes lecciones que nos dejan estos días terribles.

Entre los escombros no solamente aparecieron víctimas y ruinas. También apareció una extraordinaria reserva de humanidad.

Está en nuestras manos decidir qué hacemos con ella. Colombia es buena. Y precisamente por eso, vale la pena cuidarla y reconstruirla .


sábado, 15 de agosto de 2026

Escuchar como si estuviera equivocado

Dados los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia, decidí traducir la intervención de un estudiante durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Harvard, que se ha vuelto viral en las redes sociales y que  fue recibida con un estruendoso aplauso por parte de los asistentes al evento

Por la profundidad de esta presentación quiero dejar al lector de este blog la libertad de extraer sus propias conclusiones. A mi juicio, se trata de una intervención magistral, especialmente pertinente en un momento en el que la polarización, la fragmentación social y la dificultad para escucharnos mutuamente parecen haberse convertido en rasgos dominantes de nuestra vida pública. Quizás precisamente por eso vale la pena detenerse a escucharla : 

“Mi vida empieza con algo que bien podría ser el inicio de un chiste, y dice así: un cristiano, un musulmán y un judío entran a un bar. Sé que, históricamente, el planteamiento es un poco arriesgado, pero esta vez... esta vez fue un poco diferente.


Esta vez el cristiano se casó con la musulmana y tuvieron una hija. Esa hija creció siendo cristiana hasta que conoció al judío, se convirtió al judaísmo, se casó con él y tuvo un hijo. 22 años después, ese hijo está parado aquí ante todos ustedes, graduándose de la Universidad de Harvard.


Soy un judío orgulloso. También soy el orgulloso nieto de una cristiana y el orgulloso nieto de un musulmán. Pero eso no es una contradicción en ningún sentido de la palabra; es la prueba de un concepto. Y de ese concepto es del que quiero hablarles hoy, porque mi familia me enseñó algo que creo que este mundo realmente necesita en este momento: que el contragolpe a la división no es necesariamente el acuerdo, es la comprensión.

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Nuestro mundo de hoy, desde el escenario global hasta aquí mismo en Harvard, se ha dividido en dos bandos. Hay dos lados en cada historia; por supuesto, solo dos lados. Dos lados en cada conflicto, discusión o desacuerdo: el bien y el mal, el toma y dame, derecha e izquierda, progresista y conservador, capitalista y comunista, opresor y oprimido, ricos y pobres, EE. UU. y China, EE. UU. y Rusia, Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, Israel e Irán, EE. UU. e Irán... todo presentado en términos binarios. Nos exponen un problema y nos preguntan: "¿Qué piensas? ¿De qué lado quieres estar? Vamos, ¿dónde te posicionas? ¿Con quién te alias?"


Bueno, mi familia no existiría con ese tipo de enfoque. Mis abuelos —uno, un musulmán pakistaní que creció en medio de la guerra indo-pakistaní de 1947; el otro, un refugiado judío del Holocausto— se reunieron muchas veces a lo largo de sus vidas. Como se imaginarán, no estaban de acuerdo en muchísimas cosas. Y, sin embargo, uno de los principales recuerdos que tengo de mi infancia era verlos sentados juntos en la mesa del café discutiendo sobre cualquier tema bajo el sol. Y cuando no estaban cerca, recuerdo escuchar sus voces por teléfono cuando llamaban a mis padres, asegurándose siempre, al final de cada llamada, de preguntar el uno por el otro: cómo estaba, en qué andaba.


Por supuesto, hubo muchas diferencias que nunca resolvieron, pero aun así se reconocían, se preocupaban el uno por el otro, se mantenían en contacto y debatían. Su enorme disparidad en experiencias de vida, puntos de vista, ideología, fe y creencias era un punto de discusión, sí, pero no un punto de división.


Sin embargo, en algún momento entre su generación y la nuestra, algo cambió en la conversación. Los debates se volvieron más ruidosos, el clamor aumentó y la escucha se detuvo; se hizo más difícil. En las noticias, en tus redes sociales, en la mesa de la cena... gente hablando sin escuchar. Gente discutiendo habiendo decidido ya sus propias lealtades. Gente debatiendo no para escuchar, comprender o aprender, sino para ganar, para humillar, para tener la razón. Y en algún punto del camino, la persona sentada al otro lado de la mesa dejó de ser una persona y se convirtió en un obstáculo.


Ahora bien, algunos dirían que de hecho hay personas en este mundo a las que no se les debe comprensión, ni vale la pena el intento; personas cuyas acciones o creencias irremediables las colocan más allá del alcance del diálogo; personas que, en efecto, se han convertido en nada más que obstáculos para el bien común. Y tal vez eso sea cierto.


Pero mis abuelos sobrevivieron a las atrocidades de la guerra y cosas peores, y sabían mejor que nadie que los seres humanos pueden hacer cosas monstruosas. También sabían el hecho más aterrador de todos: que las personas que hacían esas cosas monstruosas eran humanas. No perdonables, no necesariamente redimibles, pero humanas; de manera aterradora. Y es precisamente debido a esa capacidad humana que comprenderlas importaba. El diálogo seguía importando. No necesariamente un diálogo en el sentido de otorgar gracia o proporcionar una plataforma, sino, insisto, para comprender, para preguntar: "¿Cómo llegaron a este punto? ¿Cómo llegaron a esta conclusión? ¿Por qué creen esto?"


Hacer estas preguntas en este contexto ilumina las partes más oscuras de lo que significa ser humano y, como tal, tenemos que lidiar con ellas. Pero estas preguntas —preguntas necesarias, preguntas importantes— no están reservadas únicamente para los momentos más oscuros de la historia humana. Si, esas preguntas sobre comprender "¿por qué creen esto?" importan tanto en ese extremo de la humanidad, cabe la pregunta:  ¿cuánto más importan para las personas que están sentadas a tu alrededor en este momento?


Para ese miembro de la familia en el Día de Acción de Gracias con el que dejaste de tocar ciertos temas; para esa persona en internet que dice cosas desde una perspectiva que a veces parece inimaginable; para ese estudiante en clase al que le sonreíste una vez, dijiste "punto interesante" y luego regresaste a tu dormitorio a quejarte con tu compañero de cuarto; o para ese amigo al que empezaste a alejar porque una vez dijo cosas que simplemente no te encajaron bien.


Junta a unos 8,000 millones de esas personas y obtendrás nuestro mundo. Muchos de los que venimos a Harvard tenemos el sueño de cambiar el mundo, de dejar un impacto. Pero no puedes cambiar un mundo que te niegas a comprender, un mundo con el que te niegas a hablar. No puedes convencer a alguien de algo si no lo entiendes primero. La paz a través de la comprensión puede sobrevivir al conflicto, mientras que la paz a través del acuerdo dura solo mientras todos sigan estando de acuerdo. En la mayoría de los casos, comprender es difícil. A veces tienes que luchar por ello; a veces tienes que luchar contigo mismo y con tus propias creencias primero antes de poder lograrlo de verdad. Requiere esfuerzo. Mis abuelos lo sabían, pero decidieron intentarlo de todos modos.


Así que, a medida que todos salimos a un mundo cada vez más problemático y dividido, quiero dejarles una práctica muy simple: cada vez que conozcan a alguien con quien no estén de acuerdo, expongan su caso, sí, defiendan lo que creen, absolutamente; pero también pregúntenle a la otra persona sobre sus creencias. Pregúntenles cómo llegaron ahí. Pónganse en sus zapatos y pregunten: "¿Por qué creo esto?". Escuchen como si pudieran estar equivocados. Eso no es una debilidad ni una traición a sus propios ideales; es lo más difícil y lo más importante que pueden hacer en un mundo que constantemente les dice: "Elige un bando".


Les dije que mi vida empezaba como un chiste. Bueno, mi abuelo musulmán fue enterrado mirando hacia La Meca; mi abuelo judío fue enterrado de acuerdo con la ley judía; mi abuela cristiana fue enterrada con una cruz. En cierto modo, el remate del chiste nunca llegó. No hubo una resolución en el planteamiento. Todos eran muy tercos y se aferraron a sus propios ideales y tradiciones hasta el final. Pero aun así se respetaban, se eligieron mutuamente y, al final del día, estaban orgullosos de ser de una sola familia.


Miren a su alrededor en este momento. Miren a las personas que los rodean: la persona a su derecha, la persona a su izquierda. Ahora están sentados entre personas de todas las creencias y de todos los orígenes, una familia que hemos construido a lo largo de los años aquí en Harvard. ¿Estamos de acuerdo en todo? Pregúntenle al chico de la clase. ¿Estaremos de acuerdo alguna vez en todo? Ciertamente no.


El mundo más allá de estos muros tiene los mismos desacuerdos, las mismas diferencias de opinión, las mismas divisiones que nosotros tenemos. Pero les insto: vean a las personas de su clase por lo que son como seres humanos. Luchen por comprenderlos a ellos y a sus creencias, con la misma fuerza con la que se levantan y luchan por las suyas. Y después de que crucen las puertas de este patio por primera vez como graduados de Harvard, hagan lo mismo por las personas de nuestro mundo. Porque en un tiempo tan complicado y tan dividido, la comprensión y una voluntad genuina de mirar un poco más profundo es como esas divisiones empiezan a sanar.”


Creo que por la importancia del mensaje para el momento actual en Colombia , me pareció útil hacer un resumen de las principales reflexiones que nos invita a hacer el estudiante, quien  utiliza su propia historia familiar multicultural y multirreligiosa,  para lanzar una crítica profunda al mundo hiperpolarizado de hoy, planteando una alternativa basada en la comprensión antes que en el acuerdo ciego.


El valor de la diferencia en familia: El orador explica que es un orgulloso judío, pero también nieto de un musulmán pakistaní y de una cristiana. Su familia es la prueba de que el antídoto contra la división no es tener que estar de acuerdo en todo, sino buscar la comprensión mutua .


La trampa de los binarios: Critica cómo el mundo actual —desde la geopolítica hasta la vida universitaria— nos obliga constantemente a encasillarnos en dinámicas de "blanco o negro" (derecha vs. izquierda, opresor vs. oprimido, Israel vs. Palestina). Advierte que en este camino se ha dejado de escuchar para aprender; ahora se debate solo para "ganar", "humillar" y convertir al otro en un obstáculo o un enemigo. 


Humanizar incluso en los extremos: Al recordar que sus abuelos sobrevivieron a las atrocidades de la guerra y el Holocausto, destaca que ellos sabían que quienes cometen actos monstruosos siguen siendo humanos.  Por ende, el diálogo y el preguntarse "¿por qué creen lo que creen?",  no es para validar sus creencias, sino para arrojar luz sobre las zonas más oscuras de nuestra condición y evitar repetir la historia .


El llamado a la acción: El orador concluye que es imposible cambiar un mundo que nos negamos a entender . Invita a sus compañeros a defender sus ideales firmemente, pero también a practicar una regla de oro: "Escucha como si pudieras estar equivocado", recordándoles que la paz basada en el acuerdo mutuo dura solo mientras todos sigan pensando igual, mientras que la paz nacida de la comprensión sobrevive al conflicto .


Espero que este blog conecte al lector con el momento que estamos viviendo en nuestro país y llegue a su propias conclusiones, cuando brillan por su ausencia llamados a reflexionar, a escuchar como si estuviéramos equivocados.


Y esa es exactamente la conversación que Colombia necesita tener hoy.