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sábado, 23 de mayo de 2026

La libertad adolescente y la libertad adulta

 


 La Libertad:  la gran ausente en el debate público de las elecciones del 2026, y el vacío cultural que explica nuestra fragilidad democrática

En la próxima semana, y si hay segunda vuelta, los colombianos nos estamos jugando muchas cosas , entre ellas la libertad. Sin embargo, en esta sociedad desorientada no hay una verdadera conciencia sobre lo que implica su significado. 

Hace poco escuché una investigación antropológica realizada en México que me dejó inquieto. Durante siete meses, casi cincuenta científicos sociales observaron conversaciones cotidianas, hábitos y preocupaciones de personas comunes relacionadas con el tema. El objetivo no era ideológico. Era cultural.

La pregunta era simple: ¿qué significa la libertad para la gente? El resultado fue desconcertante. La libertad no aparecía como prioridad. Y cuando surgía, era descrita así: “Poder hacer lo que quiero, cuando quiero, sin que nadie me diga nada.”

Es una definición adolescente. No es que la libertad no exista. Es que está mal entendida. Y cuando una sociedad no comprende profundamente el significado de la libertad, su democracia se vuelve frágil aunque sus instituciones sigan en pie.


La libertad como límite, no como horizonte

Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio fue que la palabra libertad evocaba una sensación incómoda. No inspiraba. Molestaba. “Me gustaría hacer lo que quiero y no lo que puedo.” La libertad aparecía como recordatorio de límites, no como impulso de responsabilidad. Es una distorsión cultural profunda.

En la tradición clásica, la libertad no es ausencia de límites. Es capacidad de elegir responsablemente dentro de una comunidad. Pero cuando se elimina el componente del deber, la libertad se convierte en licencia. Y cuando la licencia sustituye a la responsabilidad, la convivencia se erosiona.

La mutilación silenciosa del concepto

En los libros, la libertad se define como: Facultad y derecho de elegir responsablemente la propia forma de actuar dentro de una sociedad.

Observen las dos palabras que suelen desaparecer en la práctica cultural: Responsablemente. Dentro de una sociedad. Cuando esas dos dimensiones se eliminan, lo que queda es una versión adolescente: “Hago lo que quiero y nadie me dice nada.”

Es una libertad que no admite límites legítimos. Que percibe el deber como enemigo.Que confunde norma con opresión. Si alguien dice “no deberías hacer eso”, se interpreta como atentado contra la libertad. Ese desplazamiento conceptual es devastador para la cultura cívica.

Libertad ausente, fragilidad presente

Si trasladamos esta radiografía a Colombia, emergen preguntas incómodas. ¿La libertad está realmente en el centro de nuestras narrativas públicas? Hablamos de cambio, de justicia, de seguridad, de igualdad. Pero rara vez hablamos de libertad como responsabilidad compartida. Y como resultado, cuando la libertad no es prioridad cultural: no se percibe cuando se erosiona, no moviliza defensa, no estructura identidad.

La gente puede sentirse razonablemente bien en su metro cuadrado —con su familia, su hogar, su ingreso— sin advertir que el marco institucional que protege esa estabilidad se debilita. La libertad deja de ser experiencia cotidiana y se convierte en concepto abstracto. Y lo abstracto no moviliza.

El deber como enemigo cultural

El estudio mexicano muestra algo particularmente revelador: existe una tendencia creciente a asumir que a mayor deber, menor libertad. Si el deber es visto como obstáculo, entonces: pagar impuestos es imposición, respetar normas es restricción, cumplir reglas es sometimiento, aceptar límites es debilidad.

En ese contexto cultural, la autoridad legítima pierde sustento. La libertad adolescente quiere autonomía absoluta. La libertad adulta entiende que sin reglas compartidas no hay libertad sostenible. La paradoja es clara: Una sociedad que rechaza el deber termina debilitando la libertad que cree defender.

Libertad real y libertad ideal

Otra dimensión fascinante del estudio es la distinción entre:

  • La libertad real (la que viví “un ratito”).
  • La libertad ideal (la que me gustaría tener sin límites).

La libertad real es efímera, individual y pasada: “Cuando me fui con mis amigos a la playa.” No se proyecta hacia el futuro ni se integra a la vida colectiva. La libertad ideal es ilimitada e inalcanzable. En ese contraste, la libertad adulta —la que se ejerce diariamente en comunidad— desaparece. Y cuando desaparece del imaginario cultural, la democracia pierde su anclaje emocional.

La libertad como cultura, no como eslogan

Si queremos fortalecer la democracia, no basta con defender la libertad en discursos jurídicos. Hay que reconstruir su significado cultural, pero hoy en los debates políticos,  lamentablemente brilla por su ausencia. 

Hay que recordarlo: la libertad no es ausencia de límites. Es la capacidad de elegir bien dentro de límites legítimos. No es la independencia absoluta. Es asumir la corresponsabilidad. No es hacer lo que quiera, es poder hacer lo correcto dentro de un marco legal y de valores compartidos por una comunidad. Porque una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre la pregunta “¿es legal?”, sino también sobre otra más profunda: “¿es correcto?”. Hay cosas que pueden ser legales y, sin embargo, profundamente antiéticas. Cuando la libertad se desconecta de la ética, deja de ser libertad madura y se convierte en simple licencia para actuar sin consideración por el impacto sobre los demás. Por eso la libertad adulta no se impone, se aprende.

La libertad que vale la pena cuidar

Si algo nos enseñan las experiencias de otros países latinoamericanos es que la libertad no se pierde de un día para otro. Se desgasta. Se relativiza. Se banaliza. Se convierte en eslogan vacío mientras sus fundamentos culturales se erosionan silenciosamente.

Primero se trivializa el deber. Luego se deslegitiman las reglas. Después se debilitan las instituciones. Y cuando finalmente se percibe la pérdida, ya es tarde para corregirla sin costos enormes. Por eso la discusión sobre la libertad no puede reducirse a un debate jurídico ni a una bandera ideológica. Es un debate cultural. Es una conversación sobre el tipo de ciudadanos que queremos ser.

La libertad adolescente —esa que reclama hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada— puede sonar atractiva en el corto plazo. Pero a largo plazo produce fragilidad institucional y fractura social. No construye comunidad. No protege derechos. No sostiene prosperidad.

La libertad adulta, en cambio, es exigente. Implica deberes. Implica límites legítimos a los derechos. Implica corresponsabilidad. Pero justamente por eso es la única capaz de sostener una democracia estable y una economía dinámica.

Aquí es donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere una dimensión más profunda.

Cuidar no es un gesto sentimental. Es el acto más adulto de la libertad. Cuidar es reconocer que mi libertad depende del cumplimiento de otros y que la libertad de otros depende de mí. Cuidar es asumir que las normas compartidas no son cadenas, sino garantías. Cuidar es entender que el deber no es enemigo de la libertad, sino su condición.

Podemos optar por narrativas que exacerben la indignación, relativicen el deber y prometan soluciones sin límites. O podemos consolidar una narrativa que reconozca al ciudadano como héroe cotidiano, fortalezca la cultura del cumplimiento y eleve la libertad adulta como fundamento de nuestra convivencia.

Colombia es buena porque millones de personas ejercen diariamente su libertad con responsabilidad: trabajando, emprendiendo, cuidando a sus familias, cumpliendo compromisos. La tarea ahora es darle a ese comportamiento cotidiano una narrativa que lo reconozca y lo proteja.

Porque la libertad no se defiende solo con discursos. Se protege con cultura. Y la cultura se construye todos los días.

El desafío en el  2026 y hacia adelante

En las próximas semanas no solo se decidirá quién gobierna. Se decidirá qué comprensión cultural de la libertad prevalece. Si la narrativa dominante sigue apelando a una libertad adolescente —sin deber, sin límites, sin responsabilidad— el ciclo de frustración continuará y  nuestra  democracia desaparecerá

Pero si logramos reinstalar la libertad adulta como valor cultural —libertad en sociedad, con reglas, con deberes compartidos— entonces estaremos dando un salto muy importante hacia una cultura ciudadana que la cuida . No es un debate ideológico. Es un debate antropológico como lo demuestra la investigación en México . La pregunta no es solo qué país queremos. Es qué tipo de ciudadanos queremos ser. Porque una democracia no se sostiene únicamente por constituciones. Se sostiene por la cultura que da sentido a la libertad. Y si no reconstruimos ese sentido, la fragilidad será inevitable y el futuro muy incierto .


sábado, 16 de mayo de 2026

El suicidio estratégico de las democracias: lecciones de Estados Unidos para Colombia

  

Instituciones, libertad, poder y la urgente necesidad de reconstruir la república desde dentro

En una reciente conversación en el Council on Foreign Relations de Nueva York, el historiador Timothy Snyder lanzó una advertencia que debería resonar mucho más allá de los Estados Unidos: las grandes potencias no siempre son derrotadas por enemigos externos; a veces comienzan a destruirse a sí mismas desde adentro. En esto coincide con el planteamiento que hizo el catedrático e investigador Mauricio Gaona en una entrevista hecha en Medellín esta semana y que debe ser escuchada por mucha gente.

Snyder describió el momento actual de Estados Unidos como un posible “suicidio de superpotencia”: un proceso voluntario mediante el cual una nación debilita deliberadamente sus instituciones, fractura sus alianzas, erosiona su cultura democrática y vacía de contenido práctico valores fundamentales como la libertad, el estado de derecho y la ciudadanía.

Aunque su análisis se centra en Estados Unidos, sus lecciones son profundamente relevantes para países como Colombia, donde la polarización, la fragilidad institucional, la desigualdad, la manipulación emocional y el deterioro del debate público plantean interrogantes inquietantes sobre la salud futura de la democracia, como también lo advierte Gaona en su entrevista..

La pregunta no es si Colombia es Estados Unidos. La pregunta es si también estamos en el proceso avanzado de debilitarnos estratégicamente desde adentro.

La fortaleza de una nación comienza por la fortaleza de su Estado

Snyder insiste en una verdad fundamental: para ser una potencia, primero hay que ser un Estado. No basta con tener recursos, población o ubicación estratégica. Una nación solo puede sostenerse si sus instituciones son legítimas, funcionales y reconocidas como patrimonio común.

El verdadero peligro surge cuando el Estado deja de concebirse como una estructura al servicio del conjunto de la ciudadanía y comienza a utilizarse como instrumento de facciones ideológicas, intereses personales o proyectos de poder excluyentes. Esta reflexión tiene una resonancia directa para Colombia.

Durante años hemos visto cómo múltiples gobiernos, desde distintos espectros, han contribuido al debilitamiento progresivo de la confianza institucional. Sin embargo, cuando desde el poder se desacreditan sistemáticamente órganos de control, se tensionan las relaciones con sectores estratégicos como las Fuerzas Armadas, se polariza deliberadamente a la ciudadanía o se privilegia la confrontación emocional sobre la gobernanza técnica, el riesgo se profundiza.

La erosión republicana rara vez comienza con una ruptura espectacular. Más frecuentemente comienza cuando el Estado deja de ser percibido como “de todos”. Gaona en su reciente libro “ La Constitución soy yo” , hace un recorrido histórico a nivel mundial, para mostrar las consecuencias y advierte que, en estas elecciones, Colombia se juega su futuro como democracia. Y a solo dos semanas de la primera vuelta, nuestro país muestra todas las señales de que vamos por ese camino si llega Cepeda al poder.

Gaona es claro, hace hace una advertencia sobre cómo las democracias modernas pueden deteriorarse, no mediante golpes militares, sino usando las propias leyes y la Constitución, para concentrar poder y debilitar las instituciones. Su tesis central es que existe un alto riesgo y una dictadura constitucional que utilizan la democracia para transformar las reglas del sistema desde adentro, hasta que la Constitución deja de limitar el poder y termina justificándolo.

La democracia no es solo votar: es aceptar límites

Uno de los aportes más poderosos de Snyder es recordar que la democracia no consiste simplemente en elecciones periódicas, la Democracia implica aceptar reglas, respetar contrapesos, proteger minorías y garantizar la sucesión pacífica del poder.

Cuando actores políticos convierten cada elección en una batalla existencial, cuando perder se vuelve intolerable y cuando las instituciones son tratadas como obstáculos en lugar de garantías, el sistema comienza a fracturarse. 

En Colombia, donde la política ha operado históricamente bajo altos niveles de desconfianza, esta advertencia es crucial. La democracia no sobrevive solo por procedimientos. Sobrevive porque existe una cultura política que acepta límites éticos. Sin esa cultura, el voto puede convertirse en una herramienta de destrucción institucional.

La libertad vacía: el peligro de reducirla a ideología

Snyder distingue entre dos tipos de libertad:

  • Libertad negativa: libertad “de” restricciones.
  • Libertad positiva: libertad “para” desarrollar una vida digna.


Según el Dr Gaona, quien es colombiano pero que vive hace muchos años fuera de su país, el sustento de la Democracia es la libertad, que al final del juego, es lo que hoy está en el mayor peligro desde que Colombia se declaró una república, según este brillante analista y experto internacional. 


Pero la diferencia que propone Snyder, resulta esencial. Prometer libertad mientras millones carecen de acceso real a educación, salud, movilidad social o seguridad, no fortalece la democracia; la debilita. La libertad puramente retórica se convierte en frustración.

En Colombia, donde amplios sectores enfrentan barreras estructurales profundas, esta tensión es evidente. La ausencia de oportunidades sostenibles genera terreno fértil para narrativas populistas que explotan el resentimiento y ofrecen soluciones emocionales simplistas como lo ha hecho Petro durante su mandato que quiere prolongar con Cepeda en el poder..

El mensaje es claro; la verdadera libertad requiere condiciones prácticas. Sin ellas, el ciudadano no experimenta ciudadanía, sino precariedad.

Desigualdad, oligarquía y populismo

Snyder subraya que cuando la riqueza y el poder se concentran excesivamente, la democracia se erosiona porque la movilidad social se desploma. Cuando las personas dejan de creer que pueden progresar dentro del sistema, comienzan a buscar atajos. Ese vacío puede ser ocupado por figuras mesiánicas, proyectos autoritarios o movimientos basados más en resentimiento que en institucionalidad.

Colombia conoce bien este riesgo. Nuestra desigualdad histórica no solo ha sido económica; también ha sido institucional, educativa y cultural. En estos contextos, el populismo encuentra una oportunidad poderosa: canalizar frustraciones reales hacia proyectos políticos que prometen redención, soluciones simplistas, pero que profundizan la fragilidad del sistema.

La crisis de información y la manipulación emocional

Snyder también ofrece una crítica contundente al ecosistema informativo contemporáneo. Las redes sociales, lejos de fortalecer necesariamente la democracia, la está  debilitando al:

  • reducir capacidad de atención,
  • amplificar emociones,
  • simplificar complejidades,
  • erosionar la deliberación racional.


Colombia vive hoy esta realidad intensamente. La conversación pública está cada vez más dominada por indignación, viralidad y confrontación. La democracia requiere ciudadanos. No solo audiencias emocionales. Cuando el espacio público se degrada en espectáculo, como hoy lo hace De la Espriella, la verdad pierde poder.

La ética como infraestructura invisible

Quizás la lección más profunda de Snyder es que el poder sostenible depende de una infraestructura moral. Sin valores compartidos como:

  • honestidad,
  • dignidad,
  • respeto institucional,
  • solidaridad,
  • responsabilidad,


la democracia pierde su lenguaje de autodefensa. La corrupción se normaliza. El abuso se trivializa. La mentira se vuelve estrategia. Y el deterioro se acelera. Esto conecta profundamente con una de las grandes preocupaciones que Colombia enfrenta hoy: la privatización de la moralidad y la pérdida de un orden ético compartido. Y como nos advierte Mauricio Gaona, el marcos ético de quien aspire a llegar al poder en Colombia, hoy cuenta más que nunca.

Cuando una sociedad deja de distinguir con claridad entre lo correcto y lo incorrecto, se vuelve mucho más vulnerable al deterioro democrático y pierde la libertad y su norte.

La gran lección para Colombia: antes que partidos, ciudadanía organizada

Snyder recuerda que las transiciones exitosas hacia democracias sanas no surgen únicamente de elecciones. Surgen de movimientos cívicos robustos, organización social, liderazgo ciudadano y reconstrucción cultural. Esta es quizás la enseñanza más práctica para Colombia de cara a 2026 y hacia adelante .

No bastará con derrotar electoralmente proyectos dañinos si no se fortalece simultáneamente:

  • la cultura democrática,
  • el liderazgo colectivo,
  • la ética pública,
  • la confianza social.


Las elecciones importan. Pero la reconstrucción republicana depende de algo mucho más profundo. Depende de construir un ciudadanía corresponsable y conciente de su papel para defender su libertad como la base de una verdadera democracia.

Conclusión: Colombia ante su propia prueba republicana

Timothy Snyder plantea que incluso las democracias más poderosas pueden comenzar a destruirse cuando abandonan las bases éticas, institucionales y culturales que sostienen su libertad.

Colombia, aunque en circunstancias distintas, enfrenta una prueba comparable.  No estamos simplemente ante un debate ideológico. Estamos ante una pregunta más profunda: ¿Seremos capaces de reconstruir un proyecto compartido de nación antes de seguir debilitándonos desde adentro?

Las democracias rara vez colapsan de manera súbita. Con mayor frecuencia, se deterioran lentamente cuando ciudadanos, líderes e instituciones dejan de defender activamente aquello que las sostiene. Por eso, el verdadero desafío colombiano no es únicamente político. Es cultural. Es moral. Es adaptativo. Porque más allá de gobiernos, partidos o elecciones, el futuro dependerá de si somos capaces de recordar una verdad esencial:

Colombia solo podrá cuidarse si sus ciudadanos deciden cuidar nuevamente su democracia.


domingo, 10 de mayo de 2026

Cómo activar a la clase media para cuidar a Colombia

                                                              De la mayoría silenciosa a la mayoría decisiva

En un blog anterior , que sugiero leerlo para entender el de esta semana, planteaba una idea incómoda pero necesaria: Colombia no solo está polarizada… está incompleta. Le falta una voz. La de millones de ciudadanos —en su mayoría pertenecientes a la clase media— que sostienen el país, pero que han optado por el silencio. Ahora viene la pregunta realmente importante: ¿Cómo activar esa voz?

Porque entender el problema es apenas el primer paso. El verdadero desafío es convertir esa mayoría silenciosa en una mayoría decisiva.

El error de esperar que la clase media “reaccione sola”

Hay una suposición implícita que ha demostrado ser equivocada: creer que, ante el deterioro institucional o la radicalización política, la clase media reaccionará de manera natural. No lo ha hecho. Y no lo hará.  No porque no le importe el país, sino porque no tiene un canal claro, un lenguaje adecuado ni un propósito movilizador que la convoque.

La clase media no se moviliza por consignas ideológicas.No responde a discursos extremos. No se siente representada en la confrontación. Se activa por algo distinto:

  • Sentido de estabilidad
  • Protección de lo construido
  • Oportunidad de futuro
  • Responsabilidad con su entorno

Y, sobre todo, por algo que ha estado ausente: una invitación concreta a participar.

Activar no es indignar: es convocar

Aquí hay un cambio conceptual fundamental. Durante años, buena parte de la movilización política ha estado basada en la indignación. En señalar lo que está mal. En exacerbar emociones negativas. Pero la clase media no se activa sostenidamente desde la rabia. Se activa desde el sentido. Desde la posibilidad de construir. Desde la percepción de que su participación tiene impacto.

Por eso, el reto no es amplificar el malestar. Es canalizarlo hacia la acción constructiva.

Cinco claves para activar a la clase media en Colombia

Si queremos que esta mayoría silenciosa se convierta en protagonista, es necesario cambiar la forma en que se le invita a participar. Aquí hay cinco propuestas de acción concretas:

1. Darle un rol claro: de espectador a protagonista

La clase media no necesita más análisis. Necesita un papel. Hoy se le habla como observadora del país. Hay que empezar a hablarle como corresponsable de su futuro.Esto implica un cambio de narrativa: De “el país está mal” a “el país también depende de usted”. Cuando las personas sienten que su rol importa, actúan. Cuando sienten que son irrelevantes, se retraen.

2. Bajar la política al nivel de la vida cotidiana

Uno de los grandes errores del debate público es su nivel de abstracción. La clase media no vive en el plano ideológico. Vive en lo concreto:

  • Seguridad en su barrio
  • Calidad de la educación de sus hijos
  • Movilidad
  • Estabilidad económica
  • Salud física y mental

Activarla implica conectar el futuro del país con su vida diaria. No hablar de “modelos políticos”, sino de cómo lo que está en juego afecta directamente su realidad.

3. Crear espacios de participación cercanos y tangibles

La movilización no ocurre en el vacío. Necesita espacios. Aquí es donde la propuesta  de Colombia es Buena tiene una potencia extraordinaria: Los conjuntos residenciales, las universidades, las empresas, las comunidades locales…son el lugar natural donde la clase media puede activarse. No desde marchas esporádicas. Sino desde procesos continuos: Conversaciones estructuradas. Proyectos comunitarios. Redes de liderazgo local. Laboratorios de solución de problemas

La activación real no es masiva en su inicio. Es capilar y se construye desde lo cercano.

4. Construir una narrativa de cuidado, no de confrontación

La clase media rechaza la polarización. Pero no porque no tenga posición, sino porque no se siente representada en el lenguaje de los extremos. Aquí está una de las mayores oportunidades estratégicas y el error que hay que corregir: El concepto de cuidar a Colombia conecta profundamente con sus valores. Porque cuidar implica: Responsabilidad. Protección. Construcción. Continuidad de lo que si funciona .

No es un lenguaje de lucha y si de escucha. Es un lenguaje de pertenencia. Y eso es lo que permite sumar, no dividir.

5. Mostrar que sí es posible incidir

Nada desmoviliza más que la sensación de inutilidad. Si la clase media siente que su participación no cambia nada, no participará. Por eso es fundamental: Visibilizar casos reales de impacto. Mostrar avances concretos. Medir resultados. Comunicar logros. Y sobre todo también escuchar.

Aquí es donde metodologías como el impacto colectivo son clave. Porque permiten demostrar que la acción coordinada sí transforma.

De ciudadanos silenciosos a ciudadanos conectados

El verdadero cambio no ocurre cuando la gente opina más. Ocurre cuando la gente se conecta y se relaciona mejor. Cuando deja de actuar de manera aislada y empieza a formar parte de algo más grande. La clase media colombiana no está desinteresada. Está desconectada. Y reconectarla no es un desafío político tradicional. Es un desafío social, cultural y organizacional.

El papel del liderazgo: encender, motivar y no imponer

Aquí aparece una pregunta clave: ¿Quién activa a la clase media? La respuesta no está en un líder único. Está en una red. En líderes que entienden que su rol no es dirigir desde arriba, sino activar desde abajo. Líderes que: Convocan. Conectan. Facilitan. Visibilizan e inspiran

Hay que entienden algo fundamental: que el liderazgo de hoy y hacia el futuro es y será  colectivo.

2026: la elección que puede activar o consolidar el silencio

La elección de 2026 no solo definirá un gobierno. Definirá si la clase media sigue siendo espectadora o se convierte en protagonista. Si permanece en silencio, el país seguirá siendo definido por minorías intensas. Si se activa, puede reequilibrar el sistema que hoy la extrema izquierda busca mantener desequilibrado. Pero esa activación no ocurrirá por accidente. Requiere estrategia, narrativa, espacios, liderazgo.

Una invitación final: pasar del “me preocupa” al “me involucro”

Colombia no necesita más ciudadanos preocupados. Necesita ciudadanos involucrados. Y la clase media tiene todo lo necesario para asumir ese papel: Capacidad. Educación. Redes. Experiencia. Sentido de país. Lo único que falta es el paso más difícil: Decidir participar. Porque al final, el futuro de Colombia no se definirá únicamente en las urnas. El movimiento Colombia es buena, vale la pena cuidarla, busca hacer un aporte en esta dirección, con un sentido de mediano y de largo plazo.

Pero para lograrlo, dependerá de la capacidad de millones de ciudadanos de dejar de ser espectadores… y empezar a ser actores.Y esa transformación —silenciosa al comienzo, pero poderosa en sus efectos— puede ser la clave para abrir un nuevo capítulo en la historia del país. Uno donde la voz que hoy no se escucha… termine siendo la que haga la diferencia.


viernes, 1 de mayo de 2026

La mayoría silenciosa

 La voz de la clase media que Colombia  necesita despertar en 2026 

Como una continuidad a los temas tratados en el libro de Hernando Gómez Buendía “Colombia después de Petro”, por los comentarios que recibí, me di cuenta que hay un vacío en el proceso electoral actual que es urgente visibilizarlo: el país no solo está polarizado… está incompleto.

Mientras el debate público se radicaliza y el país parece atrapado en una confrontación permanente entre los extremos de izquierda y derecha, hay una realidad que pocos están dispuestos a reconocer: el verdadero centro de gravedad de Colombia no está en los discursos más estridentes, sino en una mayoría silenciosa que no se identifica con ninguno de los extremos.

 Me refiero al “centro” —más que una posición ideológica— es un espacio vital donde habitan millones de colombianos, en su mayoría pertenecientes a la clase media, que han optado por apartarse del ruido, no por indiferencia sino por desconfianza. Sin embargo, su silencio está teniendo un costo: al no participar, están dejando que otros definan el rumbo del país. Y así, paradójicamente, mientras los extremos dominan la conversación, el verdadero país —el que trabaja, construye y sostiene— permanece invisible y mudo.

No es la ausencia de una voz marginal. No es una minoría irrelevante. Es, en realidad, la voz de millones de colombianos que sostienen el país todos los días… pero que han optado por el silencio. Me refiero a la clase media.

El país que funciona… pero no se expresa

La clase media colombiana madruga, trabaja, paga impuestos, educa a sus hijos, cumple —en la medida de lo posible— las reglas del juego, y mantiene en funcionamiento gran parte de la vida económica y social del país. Es el tejido que conecta la institucionalidad con la vida cotidiana. Es el espacio donde se construyen aspiraciones, movilidad social y sentido de progreso.

Y, sin embargo, hoy está muy ausente. Observa, analiza, comenta en privado… pero no actúa colectivamente. Ese silencio, en un momento como el actual, no es neutro. Es un vacío. Y todo vacío en política termina siendo ocupado.

La lección que sí entendió Petro

Uno de los aprendizajes más importantes del momento actual —y que Hernando Gómez Buendía ayuda a entender con claridad con su nuevo libro Colombia después de Petro, — es que la llegada de Petro al poder no fue una casualidad ni una anomalía. Fue la expresión de un cambio más profundo. Petro entendió algo que otros sectores ignoraron: el poder de la narrativa como herramienta de movilización.

Logró darle voz a quienes se sentían invisibles. Transformó frustraciones dispersas en identidad política. Convirtió el malestar en causa.

Pero esa construcción tuvo un rasgo determinante: fue una narrativa que no integró, sino que dividió. En lugar de articular al país, lo fragmentó. En lugar de sumar voces, las jerarquizó. Y en ese proceso, sectores como la clase media quedaron desdibujados, cuando no directamente cuestionados.

El riesgo de una narrativa excluyente

Aquí aparece una diferencia clave que Colombia debe entender hacia adelante. Dar voz a los excluidos es necesario. Pero hacerlo a costa de invisibilizar a otros es profundamente equivocado.

Las sociedades que avanzan no reemplazan unas voces por otras. Las articulan. Sin embargo, buena parte del discurso reciente ha operado bajo una lógica de confrontación permanente: unos contra otros, víctimas contra responsables, pueblo contra “élites”, como si el país pudiera dividirse en categorías simples. Esa simplificación no solo es falsa. Es peligrosa porque rompe los puentes que permiten construir futuro.

La clase media: entre el miedo y la falta de relato

¿Por qué la clase media no ha reaccionado? . No es por falta de conciencia. No es por indiferencia real. Es, en buena medida, por tres factores: Primero, el miedo. El costo de opinar en un entorno polarizado es alto. Segundo, el cansancio. Años de frustración han erosionado la confianza en la posibilidad de cambio. Y tercero —quizás el más importante—: la ausencia de una narrativa que la convoque.

A la clase media no se le ha hablado como actor central del país. No se le ha ofrecido un relato en el cual reconocerse. Y sin relato, no hay movilización como ya lo hemos visto en blogs sobre el poder de las narrativas.

La oportunidad: una narrativa que integre, no que divida

Aquí es donde se abre una posibilidad extraordinaria de cara a 2026. Si algo ha demostrado este momento histórico es que las narrativas importan. Que las historias que una sociedad decide creer pueden cambiar su rumbo. Colombia no necesita una nueva narrativa que sustituya una polarización por otra. 

Necesita una narrativa que integre. Una narrativa que reconozca el dolor de los excluidos, pero también el esfuerzo de quienes han sostenido el país. Que entienda la desigualdad sin desconocer la construcción. Que convoque desde la responsabilidad, no desde el resentimiento. Y aquí es donde su propuesta cobra una relevancia estratégica profunda.

“Colombia es buena”: una narrativa que sí incluye

El movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla introduce un elemento que ha estado ausente en el debate público: una narrativa que no excluye, sino que suma. No parte del diagnóstico de la destrucción, sino del reconocimiento de lo que funciona. No convoca desde la rabia, sino desde el cuidado. Y, sobre todo, no plantea una lucha entre sectores, sino una corresponsabilidad compartida.

En ese marco, la clase media encuentra algo que hoy no tiene en el escenario político: un lugar. Un rol. Un propósito.

Dar voz a la clase media no es excluir: es equilibrar

Darles voz a millones de colombianos de clase media no implica invisibilizar a otros. Implica recuperar el equilibrio. Porque una democracia sana no se construye sobre la supremacía de un grupo, sino sobre la participación de todos. 

La clase media no es un actor secundario. Es un puente social. Conecta aspiraciones con realidades. Articula lo público con lo privado. Sostiene buena parte de la confianza institucional. Pero hoy, ese puente está debilitado. Y fortalecerlo es una tarea urgente.

Del silencio a la acción: el verdadero llamado

El desafío no es simplemente “darle voz” a la clase media. Es invitarla a asumir su papel. A pasar de la conversación privada a la acción pública. De la crítica a la construcción. De la distancia a la corresponsabilidad. Y esto no se logra con discursos políticos tradicionales. Se logra con una narrativa que convoque, que inspire y que conecte con algo más profundo: el sentido de pertenencia.

Porque al final, las sociedades cambian cuando sus ciudadanos deciden involucrarse.

2026: una decisión que no admite espectadores

La elección de 2026 no será una elección más. Será una definición de rumbo. Y en ese momento, la diferencia no la marcarán únicamente los liderazgos visibles. La marcarán los millones de ciudadanos que hoy están en silencio. Si ese silencio se mantiene, otros decidirán por ellos. Si ese silencio se transforma en acción, el país puede cambiar de dirección.

Una voz que completa la historia

Insisto, Colombia no necesita reemplazar unas voces por otras. Necesita escucharse completa. Hoy, esa historia está incompleta. Le falta una voz. La de la clase media que sostiene el país… pero que aún no ha decidido hablar. Si esa voz emerge, si encuentra un relato que la convoque, si se conecta con otros sectores desde una lógica de colaboración, Colombia puede abrir un nuevo capítulo. Un capítulo donde el liderazgo no divida, sino que articule. Donde la política no enfrente, sino que convoque.

Y donde, finalmente, entendamos que cuidar a Colombia no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos los ciudadanos.