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sábado, 7 de marzo de 2026

El fin de una narrativa dominante?

 El fin de una historia negativa y el comienzo de otra  más motivante

Cómo el declive de la narrativa dominante abre espacio para “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” como propuesta de liderazgo adaptativo hacia 2026

En 2019, el Nobel de Economía Robert J. Shiller publicó Narrative Economics, un libro que debería ser lectura obligatoria para cualquier sociedad que quiera comprender su propio momento histórico. Su tesis es clara: las historias se comportan como epidemias y pueden provocar cambios económicos, políticos y culturales de gran escala.

No son los datos los que primero mueven a una nación. Son los relatos que les dan sentido. Y Colombia está viviendo, silenciosamente, el declive de un relato dominante.

El contagio del desencanto

Shiller plantea que las narrativas son contagiosas. Se expanden no por su exactitud, sino por su carga emocional y su capacidad de ser repetidas. Cuando una historia logra activar indignación, esperanza o resentimiento, comienza a multiplicarse.

En Colombia se volvió contagiosa la narrativa del agotamiento institucional. El relato de que el sistema estaba capturado, que nada funcionaba, que el cambio radical era la única salida. Esa historia conectó con frustraciones reales y acumuladas. Alcanzó su punto máximo cuando se convirtió en mandato electoral.

Pero toda narrativa tiene un ciclo de vida. Nace, crece, alcanza un pico y, tarde o temprano, enfrenta la prueba de la realidad. Cuando los resultados no coinciden con las expectativas emocionales que la impulsaron, comienza el desgaste. No necesariamente desaparece de inmediato, pero pierde su fuerza movilizadora original.

Colombia parece estar entrando en esa fase. Y ese momento —según Shiller— no es solo un cierre. Es una apertura.

El punto de inflexión narrativo

Las sociedades rara vez cambian únicamente por políticas públicas. Cambian cuando cambia la historia que cuentan sobre sí mismas. El desgaste de una narrativa dominante crea una ventana histórica: la posibilidad de introducir un relato alternativo.

Pero aquí está la diferencia crucial: no basta con criticar la historia que declina. Hay que ofrecer una superior. Y superior no significa ingenua. Significa más profunda, más integradora, más sostenible emocionalmente.

Es en este punto donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere relevancia estratégica. No surge como negación de los problemas. Surge como un nuevo enfoque de la identidad nacional.

En lugar de partir del resentimiento, parte del reconocimiento. En lugar de anclarse en la fractura, se apoya en la corresponsabilidad. En lugar de esperar redentores, convoca ciudadanos adultos. Ese cambio es profundamente adaptativo.

Cultura y corresponsabilidad: el núcleo del nuevo relato

En blogs anteriores he insistido en que la cultura no es un adorno simbólico. Es la infraestructura invisible de la convivencia. Es el conjunto de creencias, hábitos y expectativas que determinan cómo actuamos cuando nadie nos está vigilando.

Si la narrativa dominante instala la idea de que todo está perdido, la cultura se erosiona. Si instala la idea de que el otro es el enemigo, la confianza se rompe. Si instala la idea de que el cambio depende de un líder providencial, la corresponsabilidad desaparece.

El movimiento Colombia es buena propone algo distinto: reconocer que, pese a las dificultades, este país ha construido instituciones, empresas, universidades, comunidades, redes de solidaridad y ciudadanos extraordinarios.

No es un relato complaciente. Es un relato equilibrado. Reconoce lo que falta, pero también visibiliza lo que funciona. Y eso cambia el tono emocional de la conversación colectiva. Shiller nos enseñó que las narrativas contagian. Una narrativa de cuidado también puede contagiar.

Liderazgo adaptativo en tiempos de transición

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen cambios culturales y liderazgo.

Colombia no enfrenta solo un desafío económico o institucional. Enfrenta un desafío emocional y cultural. Necesitamos un liderazgo que entienda que el problema no es únicamente quién gobierna, sino desde qué historia gobierna.

Un liderazgo que:

  • No exacerbe la fractura.
  • No instrumentalice el miedo.
  • No prometa redenciones simplificadoras.
  • Invite a la adultez ciudadana.

El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política profunda. Implica responsabilidad compartida, vigilancia ética, compromiso intersectorial.

Y puede ejercerse desde múltiples frentes: empresarios, universidades, jóvenes, Fuerzas Armadas, comunidades residenciales, organizaciones sociales.Ese es el norte adaptativo que propone Colombia es buena: una convergencia improbable alrededor de una narrativa superior.

De 2026 en adelante: qué historia gobernará

Toda elección es una elección narrativa. No votamos solo por programas. Votamos por historias que nos explican quiénes somos y hacia dónde vamos.

El riesgo es que el agotamiento del relato actual sea reemplazado por otro igualmente polarizante. La oportunidad es que emerja una narrativa más madura.

Una narrativa que no niegue los errores, pero que tampoco construya identidad desde la descalificación permanente. Que reconozca que en Colombia hay talento, esfuerzo, resiliencia y liderazgo distribuido. Que entienda que la cultura del cuidado no es romanticismo, sino estrategia de largo plazo. Porque, en última instancia, las sociedades se parecen a las historias que repiten.

La responsabilidad histórica que se abre

El verdadero desafío hacia 2026 no es solamente elegir un nuevo gobierno. Es elegir la historia desde la cual queremos gobernarnos. Las elecciones son momentos visibles. Las narrativas son procesos silenciosos.

Si el agotamiento del relato dominante no es acompañado por la construcción deliberada de una narrativa superior, el vacío emocional será llenado por otra historia simplificadora, polarizante o mesiánica. Las sociedades no toleran el vacío narrativo.

Por eso el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es un gesto optimista. Es una estrategia adaptativa. Parte de una premisa distinta: Colombia no es un país condenado. Es un país inacabado. Y en ese hecho habita una reserva extraordinaria de liderazgo distribuido, cultura resiliente y capacidad de corresponsabilidad que rara vez se visibiliza.

Reconocer lo bueno no es ingenuidad. Es una decisión estratégica para reconstruir confianza.

En 2026 no solo se elegirá un Presidente. Se decidirá si Colombia da el salto definitivo hacia una ciudadanía adulta y corresponsable o si insiste en delegar su destino en figuras providenciales. Estará en juego la historia que queremos encarnar como nación: o asumimos la reconstrucción del país con madurez y memoria, o repetimos, una vez más, los errores que nos han impedido avanzar y que nos pueden unir como nación .

El liderazgo adaptativo que necesitamos no promete redención. Convoca madurez. No exacerba emociones primarias. Las canaliza hacia propósito. No divide identidades. Las integra alrededor del cuidado.

Shiller nos enseñó que las narrativas son contagiosas y cíclicas. Heifetz nos recordó que el liderazgo moviliza a las sociedades a enfrentar sus propias contradicciones. La convergencia de ambos plantea una tarea histórica para Colombia:

Construir una narrativa que transforme la economía emocional del país. Porque si la historia que repetimos es la del fracaso, nos comportaremos como fracasados. Si la historia que repetimos es la del cuidado y la corresponsabilidad, comenzaremos a actuar como cuidadores de un proyecto común.

El fin de una historia ya es visible. El comienzo del cuidado no será automático.Y será una decisión colectiva. Y esa decisión empieza por asumir que cada sector —empresarios, universidades, jóvenes, comunidades, organizaciones sociales— tiene un papel insustituible en la historia que está por escribirse.

La pregunta no es quién nos salvará. La pregunta es quién asumirá su parte. Y es la esencia del liderazgo que exige 2026.