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sábado, 7 de noviembre de 2026

¿ Por qué personas inteligentes terminan respaldando líderes autoritarios?


Una reflexión sobre el miedo, el poder, la identidad y las contradicciones del liderazgo.

En mi blog anterior, inspirado en un viaje por cinco países de Asia Central, planteé una pregunta que considero fundamental: ¿cómo distinguir a un líder efectivo de uno que, en nombre de la eficacia, termina debilitando la democracia?

Quisiera profundizar ahora en una dimensión menos evidente, pero igualmente importante: ¿por qué personas inteligentes, educadas y comprometidas con sus países terminan respaldando comportamientos autoritarios?

La respuesta nos obliga a mirar más allá de los gobernantes y examinar nuestras propias contradicciones. Porque el autoritarismo no se explica solamente por la ambición de quienes concentran el poder. También se alimenta de nuestros miedos, necesidades, intereses,  emocionales, identidades y dificultades para reconocer nuestros propios errores.

1. La inteligencia no nos hace inmunes al autoritarismo

Existe una creencia tranquilizadora: que las personas educadas, informadas y con pensamiento crítico están mejor preparadas para reconocer y rechazar el autoritarismo. Sin embargo, la historia demuestra que no siempre ocurre así. Intelectuales, empresarios, académicos y profesionales han respaldado proyectos políticos que posteriormente debilitaron las instituciones democráticas.

¿Por qué sucede?

Porque nuestras decisiones políticas no dependen exclusivamente de la razón. También intervienen el miedo, las emociones, la identidad, las experiencias personales y la necesidad de pertenecer.

La inteligencia puede ayudarnos a cuestionar nuestras creencias, pero también puede convertirse en una herramienta sofisticada para justificarlas. No siempre la utilizamos para descubrir la verdad. En ocasiones, la empleamos para defender aquello que necesitamos creer. Esta paradoja debería invitarnos a la humildad: ser inteligentes no garantiza que pensemos con independencia.

2. Cuando el miedo se vuelve más poderoso que la libertad

Cuando una sociedad enfrenta inseguridad, violencia, pobreza o incertidumbre, sus prioridades pueden cambiar. Aquello que en tiempos de estabilidad parece irrenunciable comienza a percibirse como negociable. La libertad, el pluralismo y los controles institucionales pueden perder importancia frente a necesidades inmediatas como la seguridad y el orden.

Esto no significa necesariamente que las personas hayan dejado de valorar la democracia. Significa que pueden aceptar restricciones a sus libertades si creen que con ello recuperarán la tranquilidad.

Aquí aparece una tensión fundamental: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de sentirnos seguros? Esta es hoy una gran pregunta en el momento colombiano que nos debemos hacer.

El problema es que las libertades cedidas durante una crisis no siempre se recuperan cuando esta termina. Y quienes prometieron protegernos pueden terminar utilizando nuestros temores para perpetuarse en el poder.

3. El carisma: cuando admirar a un líder se convierte en creerle todo

El liderazgo carismático tiene una enorme capacidad de movilización. Puede conectar emocionalmente con las personas, interpretar sus frustraciones y despertar esperanza. Grandes transformaciones democráticas también han sido impulsadas por líderes carismáticos.

El riesgo aparece cuando la admiración se transforma en confianza incondicional. Entonces dejamos de evaluar las decisiones del gobernante y comenzamos a justificarlas por la confianza que depositamos en él. Si se equivoca, lo perdonamos. Si ataca a sus adversarios, lo interpretamos como valentía. Si cuestiona a los jueces, consideramos que combate privilegios. Si concentra poder, lo justificamos como una necesidad para gobernar eficazmente.

De manera gradual, la lealtad a una persona sustituye la lealtad a los principios. Y esa es una de las señales más peligrosas del deterioro democrático: cuando dejamos de preguntarnos si una decisión es correcta y comenzamos a preguntarnos solamente quién la tomó.

4. La identidad política: cuando cambiar de opinión parece una traición

No solamente tenemos opiniones políticas. También construimos identidades alrededor de ellas. Pertenecer a un movimiento puede ofrecernos comunidad, reconocimiento, propósito y una explicación compartida del mundo. Por eso, cuestionar al líder que representa nuestra identidad puede resultar emocionalmente difícil. Reconocer sus errores puede sentirse como reconocer los nuestros. Y admitir que hemos respaldado decisiones equivocadas puede amenazar nuestra autoestima o nuestra pertenencia a un grupo.

La psicología denomina razonamiento motivado a la tendencia a interpretar la información de manera que proteja nuestras creencias e identidades. No siempre rechazamos una evidencia porque no la comprendamos. A veces la rechazamos porque aceptarla nos obligaría a cambiar nuestra visión del mundo. Esto ayuda a explicar por qué personas muy preparadas pueden justificar comportamientos autoritarios que condenarían si provinieran de sus adversarios políticos.

5. La seducción de las soluciones simples

Los grandes problemas sociales son complejos. La inseguridad, la desigualdad, la corrupción y el deterioro institucional tienen múltiples causas y requieren respuestas sostenidas. Sin embargo, los líderes con tendencias autoritarias suelen ofrecer relatos extraordinariamente sencillos: hay un culpable, existe un enemigo, tenemos una solución y solamente una persona posee la voluntad para ejecutarla.

Esta narrativa resulta emocionalmente atractiva. Frente a la complejidad, ofrece certeza. Frente a la frustración, esperanza. Frente a la impotencia, la sensación de que alguien finalmente tiene el control. Pero los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples sin costos ni consecuencias. Una característica esencial del liderazgo democrático es reconocer esa complejidad y ayudar a la sociedad a enfrentarla, en lugar de ocultarla detrás de promesas fáciles.

6. Hannah Arendt: la responsabilidad de pensar

La filósofa Hannah Arendt dedicó buena parte de su obra a comprender el totalitarismo. Una de sus contribuciones más inquietantes fue mostrar que participar en sistemas profundamente injustos no requiere necesariamente una personalidad monstruosa. En su análisis del caso de Adolf Eichmann desarrolló la conocida idea de la banalidad del mal, asociada, entre otros aspectos, a la incapacidad de examinar críticamente las propias acciones y sus consecuencias morales.

Su reflexión nos plantea preguntas incómodas: ¿qué estamos dispuestos a justificar? ¿Qué dejamos de cuestionar? ¿En qué momento nuestra admiración por un líder comienza a debilitar nuestro juicio moral?

El peligro no está solamente en las órdenes de quien gobierna. También está en nuestra disposición a obedecerlas, aceptarlas o justificarlas sin examinarlas. La democracia necesita ciudadanos que no renuncien a pensar por sí mismos.

7. Erich Fromm: el miedo a la libertad

En su obra El miedo a la libertad, el psicólogo social Erich Fromm exploró una contradicción fundamental de la condición humana. Deseamos ser libres, pero la libertad implica incertidumbre, responsabilidad y la necesidad de tomar decisiones. En determinadas circunstancias, podemos experimentarla como una carga.

Un liderazgo autoritario puede resultar atractivo porque promete liberarnos de parte de esa responsabilidad. Alguien decide. Alguien señala el camino. Alguien identifica lo correcto y lo incorrecto. Alguien asume el control. La obediencia puede ofrecer seguridad psicológica.

Desde esta perspectiva, el autoritarismo no se sostiene exclusivamente mediante la imposición del poder. También puede alimentarse del deseo humano de escapar de la incertidumbre. La libertad exige responsabilidad. El autoritarismo ofrece la ilusión de que podemos entregar ambas a otra persona.

8. Ronald Heifetz: liderar no significa tener todas las respuestas

La perspectiva de Ronald Heifetz permite conectar estas reflexiones con el ejercicio del liderazgo.

Heifetz distingue entre problemas técnicos, para los cuales existen conocimientos y soluciones relativamente identificables, y desafíos adaptativos, que requieren aprendizaje colectivo, cambios de comportamiento y transformaciones en los valores y prioridades.

Los líderes autoritarios tienden a presentar los problemas colectivos como si pudieran resolverse mediante decisiones firmes de una autoridad central. El liderazgo adaptativo, en cambio, reconoce que muchas transformaciones exigen involucrar a la sociedad en procesos difíciles de aprendizaje. No se trata simplemente de decirle a la ciudadanía qué debe hacer, sino de desarrollar su capacidad para enfrentar los desafíos que comparte.

Aquí encontramos una diferencia esencial: un líder autoritario puede fortalecer su posición haciendo que los ciudadanos dependan de él; un líder democrático fortalece a los ciudadanos para que dependan menos de cualquier gobernante. El liderazgo más valioso no es el que consigue que todos lo sigan, sino el que desarrolla la capacidad colectiva para avanzar.

9. La responsabilidad de las élites y los líderes de opinión

Una pregunta especialmente incómoda es qué responsabilidad tienen empresarios, intelectuales, académicos, dirigentes sociales y líderes de opinión cuando respaldan comportamientos autoritarios. Su influencia puede legitimar decisiones que debilitan los controles institucionales.

Algunos lo hacen por afinidad ideológica; otros, por intereses económicos. Otros consideran que los resultados positivos compensan los costos democráticos. Y algunos creen sinceramente que podrán moderar al gobernante desde posiciones de cercanía. Sin embargo, la historia ofrece numerosas advertencias sobre los riesgos de subestimar la concentración del poder.

Quienes tienen capacidad de influencia poseen una responsabilidad especial: no confundir el respaldo a determinadas políticas con la renuncia al juicio crítico. Es posible reconocer los logros de un gobierno y rechazar sus excesos. Apoyar una transformación y exigir respeto por las instituciones. Admirar a un líder sin convertirlo en incuestionable.

10. ¿Cómo reconocer nuestras propias tendencias autoritarias?

Quizás la pregunta más importante no sea por qué otras personas apoyan líderes autoritarios, sino bajo qué circunstancias podríamos hacerlo nosotros mismos.

Todos estamos expuestos a sesgos, temores y contradicciones. Por eso conviene hacernos algunas preguntas:

  • ¿Justifico en un gobernante que admiro conductas que condenaría en sus adversarios?
  • ¿Creo que los buenos resultados permiten ignorar determinados derechos?
  • ¿Me incomodan las instituciones cuando limitan a un líder con el que simpatizo?
  • ¿Confundo la crítica a un gobernante con un ataque al país?
  • ¿Estoy dispuesto a cambiar de opinión ante hechos que contradicen mis creencias?
  • ¿Defendería las mismas reglas democráticas si mañana gobernara alguien completamente opuesto a mis ideas?


Estas preguntas no buscan señalar culpables. Buscan fortalecer nuestra capacidad de pensar con independencia y reconocer que ninguno de nosotros está completamente protegido contra las tentaciones autoritarias.

11. La democracia comienza en nuestra manera de pensar

Las democracias necesitan instituciones fuertes, elecciones libres, jueces independientes y una prensa capaz de cuestionar al poder. Pero también necesitan una cultura democrática.

Una cultura que acepte el desacuerdo, reconozca los errores propios y comprenda que ningún líder posee el monopolio de la verdad. Una cultura en la que la lealtad a los principios sea más importante que la lealtad a las personas. En la que podamos reconocer los aciertos de quienes piensan diferente y cuestionar los errores de quienes admiramos.

La defensa de la democracia no comienza solamente en las urnas. Comienza en nuestra capacidad de ejercer un juicio propio. El mayor peligro para una democracia no es únicamente la existencia de líderes con aspiraciones autoritarias. Es también la disposición de una sociedad a dejar de cuestionarlos.

Y quizás la pregunta que mejor sintetiza esta reflexión sea: ¿Queremos líderes que nos hagan sentir seguros porque supuestamente tienen todas las respuestas, o líderes que nos ayuden a desarrollar la capacidad de encontrarlas colectivamente?

Porque la verdadera grandeza del liderazgo no consiste en lograr que las personas renuncien a pensar. Consiste en despertar su capacidad de hacerlo.