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sábado, 27 de diciembre de 2025

Dos lógicas distintas alrededor del poder

  


Venezuela entre la amenaza y la asfixia: Trump, Maduro dos lógicas alrededor del poder

 Jhon Mearsheimer es uno de los analistas geopolíticos más respetados del mundo. En las últimas semanas he seguido con atención sus reflexiones sobre la confrontación entre Donald Trump y Nicolás Maduro, consciente del impacto que este episodio puede tener no solo para Estados Unidos y Venezuela, sino también para países como Colombia. Desde el realismo de alguien profundamente informado y ajeno a la retórica fácil, Mearsheimer ofrece una lectura tan impactante como esclarecedora de lo que realmente está ocurriendo.

A su juicio, esta no es una guerra contra las drogas, como ha querido presentarla Trump. Tampoco se trata de una cruzada moral ni, en sentido estricto, de un pleito personal entre dos líderes extravagantes. Lo que estamos presenciando es el choque entre la política doméstica estadounidense, la lucha por la supervivencia del régimen venezolano y la hegemonía estratégica de Estados Unidos, en un tablero geopolítico donde el margen de error se ha reducido peligrosamente.

Hay cifras que, de pronto, dejan de ser estadísticas y se convierten en advertencias. Ochenta y siete minutos de vuelo desde bases del Comando Sur hasta Caracas. Dieciocho horas para desplegar una división aerotransportada. Novecientos cincuenta mil barriles: la capacidad de carga del mayor tanquero venezolano. Ochenta y siete millones de dólares: su valor aproximado. Son números que condensan la confrontación actual entre Donald Trump y Nicolás Maduro y que revelan algo más profundo que un conflicto bilateral: una lección brutal sobre cómo funciona realmente la lógica del poder en el sistema internacional.

La lógica de Washington: credibilidad, presión y bajo costo

En la primera dimensión, Trump aparece atrapado por una necesidad política interna: mostrar fuerza. El aumento de muertes por fentanilo, la crisis en la frontera y la ansiedad del electorado exigen un enemigo identificable. Venezuela cumple esa función. A diferencia de mercados transnacionales, problemas de salud pública o fallas estructurales, un Estado permite construir una narrativa simple: “golpeamos aquí y el problema se resuelve”.

Pero la lectura integrada de ambas transcripciones muestra algo más sofisticado. Trump —o, más precisamente, el aparato estratégico estadounidense— opera en dos niveles simultáneos. En el plano discursivo, amenaza con intervención militar, porque retroceder sería políticamente costoso. En el plano real, ejecuta una estrategia mucho más eficaz: coerción económica y psicológica con costos mínimos.

El decomiso de los tanqueros venezolanos no es un gesto improvisado. Es un mensaje quirúrgico: podemos estrangular su economía sin disparar un tiro. Control de sistemas financieros, seguros marítimos, rutas comerciales y activos internacionales: esa es la hegemonía en el siglo XXI. Desde Washington, el cálculo es frío y racional: máxima presión, cero bajas propias, escaso costo político interno.

Maduro: supervivencia, provocación y teatro

Según Mearsheimer , del  lado venezolano la lógica es más precaria. Maduro enfrenta una combinación letal: colapso económico, erosión de apoyo interno y fracturas incipientes en su círculo de poder. En ese contexto, despliega dos herramientas.

Hacia afuera, intenta elevar el costo de una intervención vinculándose explícitamente con Rusia, China e Irán. No busca derrotar a Estados Unidos; busca disuadirlo transformando un conflicto bilateral en un problema multilateral. Es señalización estratégica clásica de un actor débil: si me atacas, el precio será mayor de lo que imaginas.

Hacia adentro, recurre a la política performativa. Movilizaciones, gestos de confianza, discursos de control… incluso sale a cantar “Don’t Worry, Be Happy” en medio del colapso. No se trata de ignorancia. Es psicología de supervivencia. Admitir debilidad sería existencialmente peligroso. La performance busca sostener lealtades internas cuando los recursos materiales se agotan.

El problema, como muestra crudamente   Mearsheimer, es que la performance no paga salarios militares, no importa alimentos, no mantiene infraestructura petrolera. Cuando el poder real se ejerce —con el decomiso de tanqueros— la ficción queda expuesta. Y esa exposición es, en sí misma, una forma de guerra psicológica.

Apariencia versus capacidad: el núcleo del conflicto

Ambas lógicas  convergen en una tesis central: el conflicto se decide menos por discursos que por capacidades.

Trump corre el riesgo clásico de las grandes potencias: confundir dureza retórica con estrategia. Si responde a provocaciones para no “verse débil”, puede perder el control de la escalada y entrar en un conflicto que sirva más a la supervivencia del adversario que a sus propios intereses.

Maduro, por su parte, cae en el error inverso: creer que la narrativa puede compensar la debilidad material. Cada acto de confianza teatral se convierte, paradójicamente, en una oportunidad para que Washington demuestre su poder real. La humillación no es un efecto colateral: es parte del diseño.

Dos guerras posibles: rápida o lenta, visible o silenciosa

El contraste entre estas dos lógicas según Mearsheimer , también revela dos tipos de guerra. La primera es la militar: rápida, espectacular, de alto riesgo, con potencial de escalamiento regional y pérdida de credibilidad a largo plazo. Es la que el analista advierte como trampa histórica, repetida en Vietnam, Irak y Afganistán.

La segunda es la guerra económica: lenta, silenciosa, asimétrica. No produce imágenes de combate, pero genera sufrimiento prolongado y difuso. Desde Washington, es ideal: bajo costo, alta efectividad. Desde Caracas, es una agonía que erosiona el régimen día tras día, incentivando defecciones y fracturas internas.

Aquí surge una pregunta moral incómoda: ¿es más “humano” un colapso lento que una derrota rápida? El realismo no ofrece consuelo ético. Las grandes potencias eligen herramientas por eficacia, no por compasión.

La falacia antidrogas

Un punto crucial de Trump según  Mearsheimer , es que se desmonta la narrativa justificatoria: la guerra contra las drogas. Destruir infraestructura en un país no reduce el consumo en Estados Unidos. Las redes criminales no se van a detener por el bombardeo a las lanchas rápidas, son muy adaptativas, transnacionales y solo responden a una variable estructural: la demanda.

Cincuenta años de evidencia muestran el fracaso del enfoque militarizado. Drogas más baratas, más potentes, más disponibles. Pero reconocer esto implicaría admitir límites, hablar de cambiar la política doméstica sobre la droga  y abandonar promesas de “victoria fáciles ”. Políticamente, eso es inaceptable cuando las encuestas van cayendo para Trump. Estratégicamente, el insistir en la ilusión de lograr resultados rápidos puede serle muy peligroso de cara a las elecciones del Congreso en el 2026, donde puede perder el control de las dos cámaras .

¿Qué viene ahora?

El escenario más probable según  Mearsheimer ,no es una invasión inmediata, sino la continuidad del estrangulamiento económico. Más sanciones, más decomisos, más presión. Maduro responderá con más performance. El ejército observará, calculará, y eventualmente decidirá si la lealtad sigue siendo racional. El desenlace, de llegar, será por colapso interno o negociación de salida, no por épica revolucionaria.

El riesgo real es el error de cálculo: una provocación mal leída, una escalada no prevista, una decisión tomada para consumo doméstico que derive en un conflicto mayor. Esa es la tragedia que Mearsheimer señala: decisiones racionales individuales que producen resultados colectivos catastróficos.

Una lección para América Latina

Para América Latina, esta confrontación es un espejo incómodo. Muestra cómo los países con institucionalidad débil se convierten en tableros de disputas mayores. Revela el límite de la retórica antiimperialista cuando no hay capacidades materiales que la respalden. Y recuerda que la verdadera soberanía no se proclama: se construye con Estado, economía funcional y legitimidad.

También deja una advertencia para quienes creen en atajos duros y soluciones épicas: confundir narrativa con poder termina mal. La prudencia estratégica no es cobardía; es responsabilidad histórica.

Venezuela no es solo el problema de Trump ni la tragedia de Maduro. Es una lección viva sobre cómo opera la lógica de la hegemonía, sobre los costos de la ilusión y sobre la diferencia —siempre decisiva— entre parecer fuerte y serlo.


jueves, 25 de diciembre de 2025

La decadencia de los imperios.

  


Las siete etapas de la decadencia imperial: cuando la historia nos habla 

Hay momentos en los que la historia deja de ser un ejercicio académico y se convierte en un espejo incómodo. No porque anuncie un colapso inmediato, sino porque revela patrones que ya se han visto demasiadas veces como para ignorarlos. La caída de los imperios no es un accidente, ni una conspiración. Es, sobre todo, un proceso que tiene unas etapas . Y lo impresionante es que tiende a repetirse con una regularidad casi matemática según un documental que tuve la oportunidad de ver recientemente y del cual tomé notas para este blog.

España en los siglos XVI y XVII, el Imperio Británico en el siglo XX y la Unión Soviética en el final de la Guerra Fría fueron proyectos de poder radicalmente distintos. Sin embargo, todos recorrieron las mismas siete etapas de decadencia. Hoy,  al observar con atención la trayectoria económica, monetaria, social y política de los Estados Unidos, la pregunta ya no es si las señales de alerta son ciertas, sino cuántas de esas etapas ya han sido completadas para este país .

La historia muestra que los imperios no caen porque pierdan su fuerza, sino porque confunden su fuerza con inmunidad.

1. Sobreextensión militar: el costo de querer sostener el orden del mundo

La primera etapa de la decadencia imperial no surge de la debilidad, sino del exceso. El imperio asume el rol de garante del orden global y extiende sus compromisos militares mucho más allá de lo sostenible.

España combatió simultáneamente en Europa, América y Asia; el Imperio Británico sostuvo guarniciones en seis continentes; la Unión Soviética destinó hasta una quinta parte de su PIB a la defensa para competir con Occidente.

Estados Unidos ha completado esta etapa con creces. Mantiene más de 750 bases militares en alrededor de 80 países, tropas desplegadas en más de 150, y un presupuesto de defensa cercano a los 850.000 millones de dólares, superior al de los diez países siguientes combinados. El resultado no es solo un gasto monumental, sino un ejército estirado, con dificultades de reclutamiento, equipos envejecidos para otra era y tensiones estratégicas permanentes.

Primera reflexión: la sobreextensión no derrumba al imperio; lo desgasta lentamente.

2. Debilitamiento monetario: cuando la moneda deja de reflejar valor real

La segunda etapa aparece cuando el costo del imperio supera su capacidad fiscal. Incapaz de financiarse con impuestos, el poder recurre a la manipulación monetaria.

España adulteró la plata con cobre. Gran Bretaña agotó sus reservas de oro durante las dos guerras mundiales del siglo XX. La Unión Soviética sostuvo un rublo artificial sin convertibilidad real.

Desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro, el dólar se convirtió en una moneda fiduciaria plena. Desde entonces, ha perdido cerca del 98 % de su poder adquisitivo. Solo desde el año 2000, la oferta monetaria se ha multiplicado de forma exponencial, y entre 2020 y 2022 se inyectaron más de 6 billones de dólares al sistema.

Segunda reflexión: la inflación no se percibe como colapso, sino como una molestia manejable. La historia sugiere lo contrario.

3. Espiral de deuda: hipotecar el futuro para sostener el presente

La tercera etapa es la consecuencia lógica de las dos anteriores. El imperio comienza a financiar su funcionamiento con deuda estructural.

España declaró bancarrota cuatro veces en cuarenta años. Gran Bretaña salió de la Segunda Guerra Mundial profundamente endeudada. La Unión Soviética sostuvo su economía a crédito hasta que el sistema implosionó.

Hoy, la deuda federal estadounidense supera los 36 billones de dólares, equivalente a alrededor del 120 % de su PIB. Los pagos de intereses se acercan al billón de dólares anuales, superando incluso el gasto en defensa, todo ello en tiempos de paz.

Tercera reflexión: cuando la deuda deja de ser un instrumento y se convierte en una condición permanente, el declive ya está en marcha.

4. Pérdida de capacidad productiva: vivir de la renta imperial

Los imperios maduros suelen vivir de su estatus. España vivió del oro americano; Gran Bretaña de su red financiera; la Unión Soviética del petróleo y el control político.

Estados Unidos ha experimentado una desindustrialización profunda. Gran parte de su base manufacturera fue trasladada al exterior, y hoy importa cerca de 800.000 millones de dólares más de lo que exporta cada año. Depende de cadenas de suministro externas incluso para bienes estratégicos.

Cuarta reflexión:  el imperio deja de producir y comienza a administrar privilegios heredados.

5. Decadencia social: cuando el contrato interno se rompe

Esta es la etapa en la que el declive deja de ser macroeconómico y se vuelve cotidiano. Aumentan el crimen, la indigencia, la polarización y la desconfianza institucional. La política se vuelve disfuncional. Los ciudadanos productivos se desconectan o emigran emocionalmente.

Estados Unidos muestra señales claras: crisis de salud mental, epidemia de opioides, colapso de la confianza en el Congreso, en los medios y en el sistema electoral, caída sostenida de la natalidad y una polarización que paraliza cualquier proyecto de largo plazo. Y un Presidente convicto desmantelado la estructura de pesos y contrapesos que han sido pilares ejemplares de la democracia norteamericana. Y además hoy , la disfuncionalidad política de la democracia este país, lo convierte en el mayor desestabilizador del orden internacional y que paradójicamente  lideró después la II Guerra Mundial 

Quinta reflexión: el imperio empieza a perder la fe en sí mismo y su comportamiento es impredecible y errático .

6. La grieta monetaria: el cuestionamiento del dólar como moneda global

La sexta etapa no suele ser abrupta, sino progresiva. Los aliados comienzan a diversificar reservas; los intercambios se realizan en otras monedas; el oro vuelve al centro del sistema.

Hoy, los países BRICS exploran mecanismos alternativos, China y Rusia comercian fuera del dólar y los bancos centrales compran oro a ritmos récord. No es el fin inmediato del dólar, pero sí el inicio de una erosión histórica.

Sexta reflexión: cuando la hegemonía monetaria basada en instituciones creíbles y confiables se desmorona, también lo hacen las bases del poder y respeto que sustentan el imperio .

7. El colapso: cuando todo converge

La última etapa no es una decadencia lenta, sino una implosión rápida. El Imperio Británico se desmoronó en 20 años. La Unión Soviética se disolvió en apenas 900 días. La moneda se vuelve insostenible, la deuda impagable y el Estado incapaz de gobernar.

Séptima reflexión: la historia muestra que, una vez completadas las etapas previas, el desenlace depende más del tiempo que de la voluntad.

Reflexiones finales: las lecciones que los imperios nunca quieren aprender

Todos los imperios creyeron ser excepcionales. Todos pensaron que su poder, su tecnología o su sistema político los hacía inmunes a la historia. Ninguno lo fue. Y la historia, como siempre nos puede muestra el camino : 

a) Liderazgo

El patrón de decadencia imperial revela un rasgo común: liderazgos atrapados en soluciones técnicas frente a problemas adaptativos como lo plantea Ronald Heifetz profesor de liderazgo de Harvard. Los imperios no fracasan por falta de información, sino por falta de coraje político para reformar y desafiar privilegios, reducir ambiciones y reconstruir el contrato interno de la sociedad. Aquí hay un puente directo con lo planteado por Heifetz: el colapso ocurre cuando el liderazgo evita el dolor del ajuste.

b) Salud mental colectiva

La etapa de decadencia social no es solo económica o institucional; es emocional. La pérdida de sentido, la polarización extrema, la ansiedad colectiva y la búsqueda de culpables externos son síntomas de sociedades que ya no confían en sí mismas. Este tema toca directamente con la  salud mental, mostrando cómo el deterioro psicológico colectivo precede al colapso político.

 c) Narrativa política

Con  este blog refuerzo la tesis central que he venido proponiendo en mis blogs anteriores: sin una narrativa de propósito superior, las sociedades se fragmentan. Los imperios caen cuando dejan de saber para qué existen, cuando el poder sustituye al sentido y la política divisiva reemplaza al liderazgo moral. Está reflexión  se conecta con la propuesta de Colombia es buena y vale la pena cuidarla hecha en escritos anteriores: las naciones que se salvan no son las más poderosas, sino las que reconstruyen a tiempo un significado compartido.

Para terminar, la pregunta decisiva no es si Estados Unidos colapsará mañana. La pregunta verdaderamente histórica es esta: ¿puede una potencia madura reformarse antes de completar el ciclo de decadencia? Hasta ahora, la historia no ofrece ejemplos alentadores.

Los imperios no caen por falta de información. Caen por incapacidad cultural y política de escucharse a tiempo, por confundir liderazgo con dominación, y por reducir los problemas estructurales a soluciones técnicas de corto plazo.

Cuando la historia deja de ser advertencia y se convierte en espejo, ignorarla no es neutralidad: es elección y tiene sus consecuencias


domingo, 21 de diciembre de 2025

La política se convirtió en un circo II parte


 La política convertida en un circo: el continente seducido por los acróbatas del poder  II parte 

En mi blog anterior quise traer la reflexiones del escritor y antropólogo colombiano, Carlos Granés en su último ensayo “El rugido de nuestro tiempo “ recientemente publicado. En el, el escritor ofrece una explicación al confuso panorama político latinoamericano. 

En este blog voy a entrar en un mayor detalle en las reflexiones del autor, como un aporte para ayudar a mucha gente a entender mejor lo que estamos enfrentando como sociedad, en momentos de gran  desorientación colectiva.

Del ciudadano al espectador: la política que perdió el norte

Granés lo dice sin rodeos: la cultura devoró a la política. Las ideas cedieron el espacio a los gestos. Las reformas a los rituales. Y la deliberación a los monólogos.

Los líderes se ven a sí mismos como creadores, no como gobernantes; como artistas de una obra nacional, no como administradores responsables. Petro quiere refundar el país desde su poética personal. AMLO se narra como el cuarto gran transformador de México. Bukele encarna al sheriff digital que reparte justicia desde su smartphone. Milei es un “profeta económico” que combate demonios imaginarios con motosierras simbólicas.

Y el ciudadano, en esta dinámica, deja de ser ciudadano: se vuelve público enloquecido. Espectador. Barrista político. Aplausos para el que rompa más reglas. Aplausos para el que provoque e insulte al adversario. Catarsis para el que el dirigente que diga lo que “ él si me entiende y me representa”.

En resumen: la política convertida en circo. Pero los circos duran poco. Y las consecuencias, pueden ser muy graves y tomar años en reparar.

Cinco países, una misma enfermedad

Argentina: Milei y la utopía de destruir para salvar

Milei gobierna como si fuera la mezcla entre un predicador, un libertario apocalíptico y un gladiador cultural. Su guerra contra “la casta” no es un programa de gobierno: es un espectáculo. Pero debajo de ese show hay una narrativa peligrosa: el país solo se salvará si destruye todo lo que existe. Es la misma partitura de Petro durante su desastroso mandato.

El resultado: un pueblo dividido entre creyentes y herejes. Las soluciones económicas se discuten menos que las metáforas. Es un país gobernado más por un estado emocional que por un Estado real.

Chile: Boric atrapado entre la épica y la realidad

El estallido social prometía dignidad; terminó en frustración. Boric llegó como símbolo generacional, pero no logró gobernar un país que exigía un gesta épica mientras necesitaba institucionalidad. El fracaso de la nueva Constitución demostró que las emociones masivas no producen estabilidad democrática, y que la refundación no es política sino impulso adolescente en manos de adultos.

México: AMLO, el patriarca que transformó la historia en mito

AMLO no gobernó: reinterpretó la historia nacional para justificarse a sí mismo. Su propuesta de elegir jueces “por el pueblo” es un retroceso democrático disfrazado de democratización radical.Dividió a México entre buenos y malos; “conservadores” contra “transformadores”. Su lucha no es contra la corrupción: es contra el disentimiento.

El Salvador: Bukele y la dictadura del aplauso

Bukele es el ejemplo más sofisticado del populismo punitivo. No necesita ideología; le basta la narrativa moral del “bien contra el mal”. Capturó el Congreso, la Corte Suprema, el sistema judicial y la seguridad nacional sin resistencia significativa. ¿Por qué? Porque la gente prefiere un líder que inspire miedo a un Estado que genere confianza.

La democracia salvadoreña ya no funciona como democracia. Funciona como espectáculo. Y el público está feliz.

Colombia: Petro y Uribe, dos espejos deformantes

Granés señala algo que no es fácil de  admitir y que puede suscitar mucha controversia : Petro y Uribe son más parecidos de lo que sus seguidores creen. Ambos han construido  su legitimidad en relación directa con “el pueblo verdadero el primero o con el constituyente primario el segundo ”. Ambos buscaron manipular a las instituciones cuando servían  de contra peso a sus decisiones. Y para el escritor, ambos narran la política como una epopeya personal.

Colombia no tiene un mesías. Tiene dos.Y ambos creen que el problema es el otro.

 El enemigo silencioso: la demolición de la democracia liberal

La democracia liberal —la que garantiza derechos, equilibra poderes y limita a los gobernantes— es la gran perdedora de este circo. Los proyectos identitarios, de extrema derecha o de izquierda, tienen un empaque democrático para llegar al poder, pero un corazón iliberal para quedarse en él.

Sus rasgos son claros:

  • Rechazan los contrapesos. Ven al Congreso como estorbo. Desprecian las reformas lentas sujetas  a negociaciones . Necesitan un enemigo para existir. Se legitiman en la calle o en las redes, no en las instituciones.

Bajo el atronador ruido emocional que hoy tenemos, está ocurriendo algo gravísimo: estamos retrocediendo un siglo en cultura democrática sin darnos cuenta.

4. ¿Por qué este modelo circense está ganando?. La respuestas es dura de asimilar pero real:  la desesperación es más fuerte que una institucionalidad débil

Muchos dicen: “El problema es que el electorado es ignorante”. Falso. Una parte muy importante del electorado tiene hambre, miedo, rabia. Tienen urgencias. Y quien las tiene quiere soluciones rápidas. Cuando la democracia no responde a la velocidad de las expectativas creadas, porque no tiene las capacidades para hacerlo, aparece el acróbata que promete saltar todos los obstáculos institucionales. Esos acróbatas se llaman Bukele, Milei, AMLO y Petro.

El nombre del acróbata importa menos que la estructura emocional que encarna con su “performance circense”

5. La única salida: un propósito compartido,  no mesías redentor.

Granés plantea que la única forma de interrumpir el ciclo populista es intervenir el debate público con vehemencia y cambiar el eje identitario hacia uno modernizador que invite a la gente a asumir una posición adulta y corresponsable que cuide lo que le importa de su país. Pero esa intervención no puede venir de un nuevo salvador. Las sociedades ya no creen en salvadores. Y cuando creen, terminan entregándoles demasiado. Una sociedad madura democráticamente es es la que la gente hace los milagros y no espera que se los hagan.

Aquí es donde entra la propuesta de Colombia es buena. No como consigna, sino como antídoto estructural:

  • No divide entre buenos y malos. No propone guerra cultural. No ofrece milagros de 100 días. No necesita enemigos imaginarios. No seduce con espectáculo, sino con propósito. No concentra el poder: lo distribuye. No llama a la furia: llama al cuidado.

La narrativa del cuidado es más revolucionaria hoy que cualquier narrativa de revancha . Porque mientras el mesianismo destruye, el propósito une. Mientras el histrionismo enciende, el liderazgo colectivo reconstruye. Mientras la política del carnaval agota, el cuidado del país reencanta y produce los verdaderos milagros sostenibles que benefician a la sociedad.

6. Conclusión: o recuperamos la política, o nos quedamos con el show

América Latina está decidiendo su futuro sin darse cuenta. Puede seguir aplaudiendo a los magos del espectáculo político, que prometen orden mientras erosionan la democracia. O puede recuperar la política como proyecto común, no como catarsis colectiva. La política convertida en un circo entretiene, pero no gobierna.. Emociona, pero no transforma. Grita, pero no construye.

Si no recuperamos el sentido de propósito —y si no lo hacemos pronto— el continente terminará gobernado no por estadistas, sino por actores; no por instituciones, sino por impulsos. Y la democracia, como tantas veces en nuestra historia, quedará reducida a un disfraz usado en un carnaval que terminó hace rato.


 

sábado, 13 de diciembre de 2025

La política convertida en un circo

   La política convertida en un circo: el continente seducido por los acróbatas del poder I PARTE  (publicado)

Algo se rompió en la política latinoamericana pero también en otro as latitudes . No es solo desconfianza ni cansancio. Es una mutación más profunda: la política dejó de serlo y se volvió espectáculo, un circo permanente donde los líderes compiten por quién provoca más, quién insulta mejor, quién encarna el resentimiento popular con mayor teatralidad. La reacción a mi blog anterior sobre Bukele me demuestra la relevancia de esta realidad  para Colombia estos momentos. 

Para millones de personas en la región los viejos liderazgos fracasaron, pero tampoco confían en lo que los está reemplazando. America Latina está atrapada en un vacío donde la democracia liberal se percibe  lenta y aburrida, mientras que los histriónicos —los performers del poder— parecen tener todas las respuestas rápidas que ansían las sociedades agotadas.

¿Qué está pasando en el mundo para que fenómenos como Bukele se hayan vuelto tan atractivos? La pregunta es pertinente hacerla. Su  caso no es un episodio aislado, ni de una moda política pasajera. Lo que está ocurriendo es parte de una transformación más profunda, que afecta no solo a la política sino a la cultura, las identidades, la manera como entendemos la autoridad y hasta la forma en que imaginamos el futuro.

Carlos Granés, escritor y antropólogo colombiano muy reconocido, en su ensayo reciente: “El rugido de nuestro tiempo”, ofrece un mapa preciso y muy valioso de esta distorsión. Su lectura del mesianismo y la carnavalización en que se ha convertido la política, revela algo más grave que la simple “polarización”: hemos entrado en una era donde las emociones sustituyen al razonamiento, las identidades sustituyen a las instituciones y los dirigentes mesiánicos sustituyen al Estado. Y como resultado, la región lo está pagando. Nos invita a mirar la situación de Argentina, Chile, México, El Salvador y Colombia.

Pero estas dinámicas están acompañadas por otros elementos: 

  • Narcisismo y reformadores que “crean desde cero” . 
  • El síndrome del pueblo joven, países que actúan, como si empezarán cada cuatro años, con una necesidad de refundación constante, lo que es un terreno fértil para el mesianismo
  • Izquierda y derecho atrapadas en narrativas simbólicas: la izquierda opresores versus oprimidos. La derecha patriotas versus antipatriotas. Ambas crean identidades enemigas, no proyectos de país.
  • El histrionismo, que mueve las emociones como herramienta de poder. La política ya no se hace con un argumento, sino con performances. Los dirigentes políticos adoptan tácticas de transición. Y la ciudadanía reacciona emocionalmente y no racionalmente, porque la necesidad de que haya alguien con las respuestas simples a problemas complejos y lo quieren con  urgencia.

Pero además Granés describe otro fenómeno inquietante: en las últimas décadas, la cultura —entendida como gustos, identidades, emociones grupales, relatos parciales— ha colonizado por completo la política. En lugar de partidos con programas, tenemos tribus con resentimientos. En lugar de debates racionales, duelos morales. En lugar de instituciones, performances emocionales.

En este ambiente, como señala Granés, lo que prima no es el desacuerdo democrático sino la necesidad de convertir al adversario en enemigo moral. Se trata de una lógica premoderna que en América Latina se expresa con particular intensidad: países fragmentados, instituciones débiles, desigualdades que se viven como ofensas, élites desconectadas, ciudadanos cansados de promesas incumplidas.

En la lógica que describe Granés, Bukele no gobierna solo con políticas; gobierna con símbolos. Es un presidente que narra, actúa, encarna. Su poder radica menos en lo que hace que en lo que representa: la idea de un orden restaurado, de una justicia intransigente, de una verticalidad que desaparece la incertidumbre. En sociedades exhaustas, esa imagen se vuelve terapéutica.

Pero tiene un costo inmenso: la renuncia paulatina a las garantías democráticas, la normalización del abuso estatal y la aceptación del poder sin límites. La derecha y la izquierda extremas compiten buscando producir emociones de alivio, venganza y esperanza instantánea. Afuera las ideas y los programas

Uno de los aportes más provocadores de Granés es afirmar que en épocas de confusión cultural, la gente prefiere órdenes simples antes que libertades complejas. La democracia exige paciencia, negociación, pluralidad, renuncias. El autoritarismo, en cambio, ofrece claridad inmediata: un mando, un enemigo, una promesa. Bukele le da forma política a ese deseo de simplicidad. 

Pero cuando la política se simplifica demasiado, pierde su capacidad de resolver lo que realmente importa: violencia social de fondo, instituciones incapaces de regular el conflicto, informalidad económica, etc. El riesgo es que la ciudadanía, seducida por el orden fácil, renuncie a su responsabilidad democrática. Esto ya está ocurriendo en varios países. La confusión de la época no solo produce debilidad política, sino nuevas certezas autoritarias.

Granés muestra que esta época se caracteriza por dos emociones dominantes: la furia de quienes sienten que el sistema los abandonó, el miedo de quienes temen que la sociedad se desmorone. Ambas emociones buscan salvadores. Ambas son terreno fértil para el populismo punitivo.Y ambas están presentes hoy en Colombia. (Ver mis blogs anteriores sobre las emociones negativas) 

En este blog pretendo seguir prendiendo las alarmas y hacer una advertencia: si seguimos aplaudiendo a los acróbatas del poder en el circo de la política actual, terminaremos viviendo en democracias que solo existen en el papel.

En mi siguiente blog seguiré profundizando en las alertas que nos ofrece Granés en su ensayo , que llega en un momento crítico que requiere reflexiones y una mejor compresión de los peligros que estamos afrontando en la actualidad. 


sábado, 6 de diciembre de 2025

El señor de los sueños

 El Señor de los Sueños: la nueva religión  autoritaria que seduce a la derecha americana (publicado)

En estos días estuve escuchando un podcast en siete capítulos sobre el fenómeno de “ el señor de los sueños”,  en El Salvador . Este es el nombre con el que se conoce a Bukele el actual presidente de El Salvador. Me impresionó mucho este trabajo periodístico tan profesional, y me tomé el trabajo de tomar notas sobre los principales temas que allí se presentan para entender mejor cómo se configuró este fenómeno político y por qué resulta tan atractivo para sectores de la derecha latinoamericana. Esto es especialmente relevante de cara a las elecciones en Colombia, donde ha surgido un candidato que busca seguir un camino similar. 

A continuación, presento algunos de los temas más relevantes para que el lector pueda formarse su propia opinión sobre el camino seguido por este pequeño país centroamericano y la conveniencia de que haya alguien que quiera seguir una ruta similar para Colombia..

  • La serie reconstruye los orígenes de Bukele: su formación, su familia, su tránsito de empresario/familia acomodada a alcalde, y luego su salto al poder nacional.  
  • Muestra cómo desde su campaña y discurso inicial, Bukele apeló a la idea de “romper el status quo”, presentarse como “alternativa”, como “movimiento ciudadano”, bajo la bandera de renovación y “nuevas ideas”.  
  • Pero también advierte que ese marketing — de “pueblo vs élites”, de “movimiento horizontal”, de “nosotros contra ellos” — vino acompañado de prácticas autoritarias y una concentración del poder.  
  • Finalmente, la serie mira más allá de su país: analiza lo que significa que su estilo de liderazgo, sus tácticas, su narrativa, estén siendo admiradas, imitadas o invocadas por aspirantes de derecha en otros países latinoamericanos.  

En otras palabras: el “modelo Bukele” no es solo un caso nacional, sino un laboratorio político — un experimento cuyos efectos e implicaciones están irradiando más allá de El Salvador.  Desde la serie se identifican varios factores que explican por qué el modelo de Bukele resulta atractivo para muchos países latinoamericanos:

  • Eficacia simbólica y comunicacional: Bukele se presenta como “el hombre nuevo”, como alguien joven, carismático, disruptivo — distinto a los políticos tradicionales. Eso resuena especialmente con poblaciones hartas de corrupción, de promesas incumplidas, de inestabilidad.  
  • Promesa de orden y seguridad: Ante problemas de violencia, pandillas, inseguridad — realidades comunes en muchos países de la región — su discurso de mano dura y ofensiva contra el crimen ofrece una “solución rápida”. Esto apela a la impaciencia colectiva: muchos están dispuestos a sacrificar libertades a cambio de seguridad. Esa promesa, aunque problemática y difícil de sostener , tiene gran poder electoral.  
  • Renovación institucional y ruptura con élites tradicionales: La idea de “romper con lo viejo”, de renovar la política, seduce a ciudadanos desilusionados de los partidos tradicionales (izquierda o derecha). Bukele lo capitalizó con un discurso de pueblo vs élites, de “nuevas ideas”, de “movimiento ciudadano” — lo que le dio  un aura de legitimidad popular.  
  • Impulso de símbolos modernos / pospolíticos: Su estilo combina redes sociales, marketing, caudal simbólico — algo distinto al estilo clásico de los partidos latinoamericanos — lo que lo volvió atractivo para generaciones jóvenes o sectores urbanos con desafección por lo tradicional.   Hay que señalar que antes de lanzarse a la política manejaba la agencia de publicidad de su familia con una amplia experiencia en marketing político que la sigue utilizando a profundidad .

En el podcast muestran cómo estos elementos explican el por qué muchos candidatos de derecha en otras latitudes podrían mirar hacia Bukele: les ofrece una receta que parece dar resultados rápidos — o al menos aparentes — de transformación, orden y “limpieza” del sistema.

Riesgos, sombras y críticas del modelo — lo que suele omitirse o minimizarse al analizar el caso del “señor de los sueños”

El podcast se advierten también múltiples peligros y consecuencias negativas de seguir el modelo Bukele:

Concentración de poder y debilitamiento democrático

  • Aunque en campaña se habla de “movimiento ciudadano horizontal”, la práctica ha sido muy vertical y autoritaria — con concentración total de poder. Su partido hoy domina la Asamblea Legislativa, con la cual se tomó el sistema judicial, lo que debilitó los mecanismos de contrapeso y en la práctica acabó con la democracia en su país.  
  • En 2022 se saltó la Constitución con el apoyo de la Asamblea, la que  autorizó su reelección indefinida — que le permite la perpetuación del poder a Bukele, eliminar la alternancia  y abrir la puerta al autoritarismo en su país.  
  • Violencia institucional y erosión de derechos civiles

Durante la ejecución del Plan Control Territorial — la estrategia central de seguridad de Bukele — se han documentado miles  de detenciones arbitrarias, muertes bajo custodia estatal, desapariciones forzadas, sobre todo entre jóvenes.  Se calculan más de 70.000 personas detenidas en mega cárceles, muchos que no han sido juzgadas y sobre los cuales no se sabe su paradero.

  • Las organizaciones de derechos humanos han advertido que, aunque las estadísticas oficiales muestran una fuerte reducción de homicidios, esa “seguridad” está basada en represión brutal, en pactos oscuros con pandillas Maras como lo ha hecho Petro en Colombia , y un uso desproporcionado de la fuerza del aparato estatal.  
  • A su vez, se ha debilitado tonalmente la rendición de cuentas: instituciones de control, justicia independiente, mecanismos de supervisión han quedado comprometidos y bajo absoluto el control del gobierno .  

Incumplimiento de promesas — legitimidad basada en propaganda, no en resultados sostenibles

  • Según la serie, en su primer mandato el gobierno incumplió una mayoría abrumadora de sus promesas de campaña: alrededor del 78 % del plan original quedó sin cumplirse; de lo restante, solo una parte mínima se ejecutó completamente.  
  • Muchas de las promesas de transformación estructural (economía, desarrollo social, institucionalidad) quedaron vacías o fueron sustituidas por medidas simbólicas como el Biticoin, centradas en mostrar resultados inmediatos — sobre todo en seguridad.  
  • Eso genera una legitimidad frágil: efectiva mientras hay consenso social basado en miedo, enojo, urgencia — pero débil cuando se acumulan los cuestionamientos éticos, sociales, institucionales.

Inspiración para populismos punitivos y derechas autoritarias en otros países

  • El episodio séptimo : “Después de Bukele”,  argumenta que muchos partidos de derecha en América Latina adoptan su discurso de mano dura, promesas de orden, populismo punitivo — como si existiera una fórmula mágica para el éxito electoral basada en represión.  
  • Esa adopción puede traducirse en degradación irreversible de la democracia: concentración de poder, erosión de libertades, debilidad institucional — todo en nombre de “seguridad”, “orden” y “eficiencia”.  
  • El riesgo: que en varios países se repita un patrón similar, bajo distintos nombres, dando lugar a lo que se podría  llamar “autoritarismos blandos” o “populismos de derecha” con máscara democrática.

 Reflexiones para América Latina — ¿Qué significa replicar el modelo Bukele en contextos distintos?

  • Replicar un modelo de mano dura puede dar resultados rápidos en seguridad, pero puede socavar las instituciones democráticas a mediano y largo plazo: sin contrapesos fuertes, la concentración de poder habilita arbitrariedades. El ejemplo del Salvador desde la derecha, o el de Venezuela desde la izquierda,  son dos ejemplos contundentes. 
  • La narrativa de “pueblo vs élites”, de “movimiento ciudadano”, funciona como coalición emocional transversal — puede unir en el corto plazo, pero dividir socialmente, estigmatizar opositores, legitimar exclusiones, violencia, represión.
  • Las promesas de renovación tienen un límite: sin estrategias de desarrollo estructural — educativas, económicas, sociales — la estabilidad será frágil, y los cambios superficiales acabarán siendo meros parches.
  • En contextos con desigualdades profundas, polarización social, debilidad institucional — como en muchos países de América Latina — el “modelo Bukele” podría exacerbar tensiones, generar más injusticia, más exclusión y en el caso colombiano mucho más violencia.
  • Si candidatos de derecha imitan ese modelo, no basta hablar de mano dura: es fundamental exigir claridad en la institucionalidad, rendición de cuentas, garantías de derechos humanos, mecanismos de participación ciudadana real — no solo marketing político.

El dilema final: ¿queremos un país seguro o un país libre?

Bukele plantea este dilema con astucia. Pero es un dilema falso. La verdadera seguridad —la que dura, la que transforma— requiere instituciones fuertes, justicia confiable, inversión social, protección de derechos, oportunidades para los jóvenes, libertad de empresa.

Lo que el modelo Bukele ofrece es otra cosa: seguridad inmediata, pero a través del miedo, la obediencia y la concentración del poder. Latinoamérica debe preguntarse: ¿queremos gobiernos que maten el crimen… o gobiernos que maten la democracia?

La respuesta no es obvia. Y ese es precisamente el peligro. Especialmente para Colombia, donde el candidato Aspriella ( el Bukele nacional),  ha ofrecido “destripar a la izquierda” si llegara al poder . No creo mucho que la seguridad se logre regresando al pasado donde parece que nuestra sociedad le cuesta mucho trabajo salir. 

Y unas últimas reflexiones : 

Una democracia que no resuelve los problemas pierde legitimidad, y una vez la pierde, cualquier autoritarismo maquillado , de derecha o izquierda, puede ocupar su lugar. Y el aplauso masivo es más peligroso que la ambición del líder ya que es el aplauso el que habilita la deriva autoritaria como lo muestra el caso de Bukele en El Salvador..

El modelo Bukele es jugar con fuego. representa una forma nueva de populismo punitivo: más moderno, más eficaz, más emocional, más publicitario. Pero su esencia es vieja: la idea de que un hombre fuerte puede salvar al país.

Cuando la derecha lo adopta sin cuestionarlo, la región entra en un ciclo perverso: Crisis de seguridad populista punitivo. debilitamiento institucional. más crisis. líder más autoritario. Y así sucesivamente, hasta que el país queda irreconocible y la reconstrucción tarda décadas. Esto es lo que está en juego en las próximas elecciones en Colombia.