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sábado, 29 de agosto de 2026

Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

  Un chequeo de realidad: el otro terremoto que Colombia tiene que reconstruir

El nuevo Gobierno enfrenta una combinación extraordinaria de expectativas, restricciones fiscales, debilidad institucional, fractura social y ahora una tragedia natural. Quizás sea el momento de entender que reconstruir Colombia no será solamente responsabilidad del presidente que acabamos de elegir.

Colombia necesita un chequeo de realidad. Después de una de las elecciones más polarizadas y reñidas de nuestra historia reciente, Abelardo De la Espriella llegó a la Presidencia por una diferencia de apenas 251.854 votos frente a Iván Cepeda. Prácticamente medio país votó por una opción y la otra mitad por la contraria.

Para quienes celebraron el resultado electoral puede existir la tentación de pensar que el cambio de presidente resolverá rápidamente los problemas acumulados durante los últimos años. No será así.

Y reconocerlo no significa disminuir la importancia del cambio político. Significa poner los pies sobre la tierra para poder evaluar con sensatez al nuevo Gobierno y, sobre todo, comprender qué nos corresponde hacer como sociedad.

De la Espriella llega a la Presidencia sin experiencia previa administrando el Estado ni ejerciendo cargos ejecutivos de gobierno. Durante la campaña conocimos su capacidad de comunicación, su temperamento político y su habilidad para movilizar electoralmente a millones de colombianos. Ahora comienza una prueba completamente diferente: gobernar.

Gobernar significa construir equipos competentes, entender una maquinaria estatal extraordinariamente compleja, establecer prioridades, negociar con el Congreso, manejar unas finanzas públicas profundamente restringidas, recuperar capacidades institucionales, enfrentar problemas de seguridad y, simultáneamente, generar confianza.

Como si esto fuera poco, apenas comenzando su Gobierno ocurrió algo que nadie podía haber previsto.

El terremoto que cambió la agenda

El terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto produjo una enorme tragedia humana y destruyó viviendas, escuelas, hospitales, vías y buena parte de la infraestructura de extensas zonas del centro y occidente del país.

Las primeras estimaciones oficiales sitúan los costos de reconstrucción por encima de los $30 billones. De repente, las prioridades cuidadosamente diseñadas para los primeros cien días tuvieron que competir con una emergencia nacional gigantesca.

Pero el terremoto hizo visible una paradoja sobre la cual deberíamos reflexionar. Colombia tiene ahora dos reconstrucciones por delante. Una es evidente porque podemos fotografiarla.Son los edificios derrumbados, las carreteras destruidas, las escuelas averiadas y las familias que perdieron sus viviendas.

Pero existe otra destrucción mucho menos visible. Es el deterioro de nuestra infraestructura social. Un país profundamente polarizado. Una confianza institucional debilitada. Comunidades desconectadas. Una cultura política acostumbrada a convertir al contradictor en enemigo. Una ciudadanía que espera demasiado del Estado y demasiado poco de sí misma. Y un aparato público debilitado cuya capacidad de ejecución está muy lejos de las necesidades que enfrenta Colombia. Ese es el otro terremoto. Y probablemente sea más difícil de reconstruir.

No basta con cambiar el Gobierno

En varios blogs anteriores he tratado de llamar la atención precisamente sobre este punto: 

En Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente sostuve que ningún mandatario, independientemente de sus capacidades o de la legitimidad obtenida en las urnas, puede transformar por sí solo una sociedad de más de cincuenta millones de habitantes.

En No basta con cambiar el Gobierno. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de gobernar señalé algo todavía más preocupante: un presidente puede tener voluntad política y buenas ideas, pero si recibe instituciones debilitadas, información incompleta, capacidades técnicas erosionadas, recursos fiscales restringidos y una burocracia desarticulada, su capacidad de convertir decisiones en resultados será limitada.

El problema no es solamente quién gobierna. Es con qué capacidad institucional puede gobernar.

Y en La política sigue a la cultura: una lección de David Brooks para Colombia planteé una dimensión todavía más profunda: solemos pensar que cambiando las leyes, los funcionarios o las instituciones cambiaremos automáticamente la sociedad, cuando muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones reflejan la cultura que las sostiene. Una sociedad caracterizada por la desconfianza, la polarización, la intolerancia y la búsqueda permanente de culpables terminará reproduciendo esas mismas características en su política.

Finalmente, en El carácter y la integridad antes que el poder recordaba que gobernar en circunstancias extraordinariamente difíciles requiere algo más que autoridad. Requiere prudencia, autocontrol, humildad para escuchar, capacidad para rodearse bien, fortaleza emocional y disposición para aprender.

Esas cuatro reflexiones hoy convergen.

Expectativas enormes, capacidades muy  limitadas

Aquí aparece uno de los principales riesgos de los próximos meses. Millones de colombianos votaron esperando cambios rápidos en seguridad, economía, salud, energía, corrupción y funcionamiento del Estado. Pero el nuevo Gobierno tendrá inicialmente una capacidad de respuesta mucho menor que esas expectativas.

Las restricciones fiscales son enormes. La deuda absorbe recursos crecientes. El espacio para nuevas inversiones es muy limitado. Y ahora habrá que encontrar decenas de billones adicionales para reconstruir las zonas afectadas por el terremoto.

Al mismo tiempo, la oposición no desapareció con la derrota electoral. Todo lo contrario. La izquierda colombiana salió de las elecciones con una organización política poderosa, una representación importante en el Congreso y millones de ciudadanos que respaldaron su proyecto. Ya anunció incluso la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento y oposición al Gobierno. Eso forma parte de la democracia y debe ser respetado.

Pero también debemos reconocer que Colombia continuará viviendo una intensa confrontación política y que existe el riesgo de que algunos sectores —de cualquier extremo— prefieran que al Gobierno le vaya mal antes que contribuir a que al país le vaya bien. En esas circunstancias, prometer resultados inmediatos sería irresponsable. Y exigir milagros también.

Aquí aparece una enorme oportunidad

Paradójicamente, esta combinación de dificultades puede abrir una posibilidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos construido una relación demasiado paternalista con el Estado.

Cuando existe un problema preguntamos inmediatamente: ¿Qué va a hacer el Gobierno? Quizás la pregunta que necesitamos comenzar a formular sea diferente: ¿Qué podemos hacer nosotros?

Y allí el sector privado tiene una responsabilidad histórica. Las empresas no pueden limitarse a pagar impuestos, generar empleo y esperar que el Gobierno reconstruya el país. Este momento exige algo más. Exige que empresarios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación, gremios, cajas de compensación, sector financiero, sistema de salud y comunidades desarrollen una nueva capacidad de acción colectiva.

Por supuesto que tenemos que reconstruir las viviendas, escuelas, hospitales y carreteras destruidas por el terremoto. Pero sería un enorme error reconstruir únicamente la infraestructura física y dejar intacta la infraestructura social que viene deteriorándose desde hace años.

Porque podemos reconstruir una escuela en doce meses. Pero reconstruir la confianza entre los colombianos puede tomar una generación. Podemos levantar nuevamente un hospital. Pero reconstruir comunidades capaces de cuidarse unas a otras es muchísimo más difícil. Podemos reparar una carretera. Pero volver a conectar una sociedad fracturada políticamente exige liderazgo, paciencia y propósito compartido.

La infraestructura invisible de un país

Existe una infraestructura que no aparece en los presupuestos públicos ni en los balances de las empresas. Es la confianza y la capacidad de cooperación. Las redes comunitarias. El liderazgo local. La cultura cívica y la disposición de las personas para cuidar aquello que consideran suyo. Ese conjunto constituye lo que podríamos llamar la infraestructura invisible de una sociedad.

Cuando esa infraestructura funciona, las instituciones funcionan mejor, disminuyen los costos de transacción, aumenta la cooperación y las comunidades desarrollan capacidad para resolver problemas. Cuando se destruye, ningún presupuesto alcanza.

Por eso la reconstrucción que Colombia necesita después del terremoto debería convertirse también en una oportunidad para reconstruir nuestro tejido social. No se trata de escoger entre cemento y confianza. Necesitamos ambos.

Una oportunidad para el empresariado colombiano

Este puede ser uno de esos momentos en los cuales el sector privado colombiano demuestre que su responsabilidad con el país va mucho más allá de sus balances financieros. Las empresas tienen recursos, talento, capacidad de gestión, tecnología, redes y conocimiento que el Estado necesitará desesperadamente durante los próximos años. 

Pero pueden aportar algo todavía más importante: ayudar a construir capacidades en las comunidades. Ayudar a formar líderes. Conectar actores y fortalecerlas redes locales. Crear confianza para apoyarproyectos colectivos. Hacer visibles miles de historias de cooperación que cambien la narrativa que tenemos de nosotros mismos.

Porque el terremoto también nos mostró otra Colombia. Entre los escombros aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, empresarios movilizando recursos, jóvenes trabajando como voluntarios, comunidades organizándose y miles de personas demostrando que la solidaridad sigue viva.

Esa Colombia existe. El desafío es que no aparezca únicamente después de una tragedia.

El verdadero chequeo de realidad

El nuevo presidente enfrentará dificultades enormes. Cometerá errores. Tendrá que aprender. Encontrará restricciones que desde afuera probablemente no alcanzábamos a dimensionar. La oposición cumplirá su tarea, aprovechará cualquier desliz de nuevo gobierno y la confrontación política continuará. Y la reconstrucción física del terremoto consumirá recursos, energía institucional y atención política durante mucho tiempo.

Por eso quienes votaron por el nuevo Gobierno deberían moderar sus expectativas sin disminuir sus exigencias. Hay que evaluar al presidente con rigor, pero también con realismo. Y quienes no votaron por él deberían recordar que una cosa es hacer oposición al Gobierno y otra muy diferente desear que fracase el país.

Pero existe una conclusión todavía más importante.

Colombia no puede volver a sentarse durante cuatro años a mirar qué hace el presidente.

El terremoto físico nos obliga a reconstruir edificios. El terremoto social nos obliga a reconstruir confianza. Y quizás la gran oportunidad de este momento histórico sea comprender finalmente que la segunda reconstrucción no puede delegarse al Gobierno. Nos corresponde a todos. Especialmente a quienes tenemos capacidades, recursos, liderazgo y posibilidades de movilizar a otros.

Si algo debería surgir de esta crisis es un sector privado mucho más consciente de su responsabilidad en la construcción de sociedad. Porque reconstruir Colombia no significa solamente volver a levantar lo que el terremoto derrumbó. Significa construir aquello que durante demasiado tiempo dejamos deteriorar: nuestra capacidad de confiar, colaborar y cuidarnos unos a otros.

Ese será, posiblemente, el proyecto de reconstrucción más importante de todos.

Creo que aquí aparece una tesis particularmente útil para el movimiento que venimos  construyendo Colombia es Buena y vale la pena cuidar : “Colombia enfrenta dos reconstrucciones: la de su infraestructura física y la de su infraestructura social.” Esta frase desplaza la conversación hacia la corresponsabilidad y hacia qué debe hacer ahora la sociedad. La  tesis de fondo de este blog es que la fractura social constituye el segundo terremoto, y mi blog invita a estar muy consciente para que evitar profundizar esa fractura.



viernes, 31 de julio de 2026

No basta con cambiar el Gobierno: se necesita capacidad

  

“Las elecciones cambian gobiernos. Las sociedades cambian cuando desarrollan nuevas capacidades.”

Mientras la atención del país se ha concentrado en los nombres del nuevo gabinete, en las primeras decisiones del presidente electo y en las disputas políticas propias de la transición, hay un tema fundamental que ha pasado casi inadvertido. Paradójicamente, puede convertirse en el factor que más determine el éxito o el fracaso del nuevo gobierno.

La posesión de un nuevo presidente siempre despierta esperanza. Después de una campaña intensa, millones de ciudadanos sienten que comienza una nueva etapa y esperan que, ahora sí, el país empiece a resolver los problemas acumulados en estos últimos cuatro años. Es una reacción natural. Toda democracia necesita esperanza. Pero también necesita realismo.

Porque cambiar un gobierno puede tomar un día. Recuperar la capacidad de gobernar puede tomar muchos más tiempo. Ese será, probablemente, el mayor desafío que enfrentará Colombia durante los próximos cuatro años.

No se trata únicamente de enfrentar de la compleja situación económica, las dificultades del sistema de salud, la inseguridad creciente, las tensiones fiscales, la incertidumbre energética o una sociedad profundamente polarizada. A todo ello se suma un desafío mucho menos visible, pero decisivo: el estado en que el nuevo gobierno recibe la capacidad institucional del Gobierno Central y que hoy se encuentra muy debilitada después del desgobierno de Petro.

Durante las últimas semanas, los colombianos hemos conocido, a través de distintos medios de comunicación y de investigaciones en curso el lamentable cierre de la administración que termina: denuncias sobre contrataciones realizadas a las carreteras al final del gobierno saliente, denuncias crecientes de  hechos de corrupción, la ausencia histórica del proceso de empalme entre la administración saliente y entrante, los cuestionamientos sobre la calidad y disponibilidad de información en diversas entidades públicas y un largo etc.

Se necesita que, para aclarar todos estos hechos, sean  a las autoridades las que establezcan responsabilidades donde las haya y lo hagan rápido . Sin embargo, más allá del desenlace de cada caso, esta lamentable situación pone sobre la mesa una realidad que ningún ciudadano debería ignorar: un gobierno no gobierna únicamente con buenas intenciones. Gobierna con instituciones capaces de ejecutar y que debe cuidar. 

Este no ha sido el caso del gobierno de Gustavo Petro. Durante las últimas semanas se han conocido muchas denuncias e investigaciones sobre multimillonarias contrataciones de gente realizadas en la etapa final de su administración, una situación que recuerda lo ocurrido cuando entregó la Alcaldía de Bogotá a Enrique Peñalosa. Si entonces el reto fue recuperar la capacidad de gestión de una administración distrital, hoy el desafío para el nuevo gobierno sería mucho mayor al proyectarse sobre el conjunto del Estado central

Comprender esta realidad no significa justificar de antemano los errores que pueda cometer la nueva administración. Tampoco significa prolongar la confrontación política que tanto daño le ha hecho al país. Implica entender el punto de partida desde el cual tendrá que gobernar De la Espriella , y que  probablemente constituya el mayor desafío de su nuevo mandato. Sobre esa base el próximo presidente deberá enfrentar, de manera simultánea, los enormes problemas que hoy afectan al país en frentes tan críticos como la seguridad, la salud, las finanzas públicas, la economía y la energía.

Y ese punto de partida importa porque condicionará la capacidad de ejecución del nuevo gobierno, la velocidad con la que podrá responder a las urgencias nacionales y, sobre todo, rea las inmensas expectativas de millones de ciudadanos que votaron esperando un cambio rápido y profundo.

La calidad de un gobierno no depende únicamente de la visión de su presidente. Depende también de la capacidad institucional con la que cuenta al iniciar su mandato para convertir esa visión en resultados. Y ese será, probablemente, uno de los mayores desafíos de la nueva administración. Diversos indicadores y hechos ampliamente debatidos en el país sugieren que recibirá instituciones con capacidades muy debilitadas en varios frentes, precisamente cuando Colombia enfrenta problemas que exigen respuestas rápidas y eficaces.

 Por lo anterior, las primeras decisiones del presidente —especialmente la conformación de su equipo de gobierno y su capacidad para priorizar, aprender y ejecutar— serán determinantes. No habrá mucho margen para la improvisación, porque el tiempo correrá en su contra y la inevitable curva de aprendizaje reducirá aún más un recurso que ya será escaso: los cuatro años de gobierno.

La primera tarea del nuevo presidente no será únicamente gobernar. Será reconstruir la capacidad del Estado para poder gobernar.

 .Gobernar no es ocupar cargos. Es hacer que el Estado funcione.

Existe una idea muy extendida según la cual basta con elegir un nuevo presidente para que el país cambie de rumbo. La realidad es mucho más compleja.

Un presidente no gobierna directamente a cincuenta millones de personas. Gobierna a través de miles de servidores públicos, cientos de entidades, sistemas de información, procedimientos administrativos, capacidades técnicas y culturas organizacionales que convierten las decisiones políticas en resultados concretos.

Cuando esa maquinaria funciona bien, el Estado responde. Cuando pierde capacidad, incluso las mejores decisiones pueden quedarse atrapadas en la burocracia, la descoordinación o la ineficiencia. O peor aún , en el campo minado dejado de manera deliberada por la administración saliente. 

Por eso, la primera tarea del nuevo gobierno no será únicamente formular nuevas políticas. Será comprender con precisión la verdadera condición del aparato estatal que recibe y fortalecer su capacidad para responder a los enormes desafíos nacionales. Se deberá contar con equipos expertos en desminado organizacional y también en desminado en las zonas de conflicto. 

Esa reconstrucción no produce titulares espectaculares. Tampoco genera aplausos inmediatos. Pero constituye el fundamento de cualquier transformación duradera que quiera lograr el. Je o gobierno.

Un desafío adaptativo, no solamente administrativo

Ronald Heifetz distingue entre los problemas técnicos y los desafíos adaptativos. Los problemas técnicos tienen soluciones conocidas. Requieren conocimiento especializado y buena gestión. Los desafíos adaptativos exigen algo mucho más profundo: aprender nuevas formas de trabajar, modificar culturas organizacionales, reconstruir confianza y desarrollar capacidades que antes no existían.

La situación que enfrenta Colombia pertenece claramente a esta segunda categoría. No bastará con cambiar ministros, directores o gerentes. No bastará con expedir nuevos decretos. Será necesario reconstruir capacidades institucionales, fortalecer equipos, recuperar información confiable, mejorar la coordinación entre entidades y restablecer una cultura de servicio público basada en la integridad, el aprendizaje y la responsabilidad. Eso no se logra en semanas. Ni siquiera en meses.

La gobernabilidad también sigue a la cultura

En los últimos meses he insistido en una idea: la política sigue a la cultura. Hoy quisiera añadir otra. La gobernabilidad también sigue a la cultura institucional.

Las organizaciones públicas no funcionan únicamente gracias a las leyes. Funcionan porque existen hábitos de colaboración, liderazgo competente, confianza, aprendizaje continuo y compromiso con el servicio al ciudadano. Cuando esa cultura se fortalece, las instituciones generan soluciones. Cuando se deteriora, incluso las mejores políticas pierden efectividad. Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es solamente una tarea administrativa. Es, sobre todo, un proceso cultural. Y esa es una de las tareas más difíciles del liderazgo. Solo recordemos a Peter Druker el Guro de la Administración moderna: la cultura se come a la estrategia al desayuno. Espero que el nuevo presidente y su equipo no se les olvide esta lección.

El riesgo de seguir haciendo campaña

Aquí aparece una tentación que el nuevo gobierno deberá evitar. Toda campaña electoral simplifica la realidad. Necesita mensajes contundentes, adversarios claramente identificados y promesas movilizadoras. Pero gobernar exige exactamente lo contrario. Exige escuchar. Negociar. Construir acuerdos. Priorizar. Resolver problemas.

Cada semana dedicada a prolongar la confrontación política será una semana que dejará de invertirse en fortalecer instituciones y producir resultados. El mayor capital político del nuevo gobierno será el tiempo. Y el tiempo, en un mandato de cuatro años, es extraordinariamente escaso.

Pero hay una verdad todavía más importante

Hasta aquí podríamos pensar que este artículo trata únicamente sobre el nuevo gobierno. En realidad, trata sobre todos nosotros los colombianos .

Porque existe una costumbre profundamente arraigada en América Latina: esperar que cada nuevo presidente haga milagros. Cambiamos al gobernante, pero mantenemos intacta la cultura de la dependencia. Seguimos creyendo que la solución llegará desde el Palacio de Nariño, mientras millones de ciudadanos observamos la realidad como simples espectadores. Esa mentalidad es parte del problema.

Las sociedades no florecen porque aparece un líder extraordinario. Florecen cuando millones de ciudadanos desarrollan capacidades para cuidar aquello que tienen en común.

La infraestructura invisible del florecimiento

Durante los últimos años he venido desarrollando una idea que considero fundamental. Toda sociedad posee una infraestructura física: carreteras, hospitales, puertos, escuelas, redes eléctricas y sistemas de transporte. Pero existe otra infraestructura mucho menos visible y, probablemente, mucho más importante. La infraestructura mental del florecimiento.

Está formada por ciudadanos responsables. Por comunidades que aprenden. Por organizaciones que cooperan. Por líderes que construyen confianza. Por instituciones que mejoran continuamente. Por empresas que entienden que crear comunidad también hace parte de su propósito. Por universidades que forman ciudadanos antes que profesionales. Por barrios, conjuntos residenciales, veredas y municipios donde las personas aprenden a resolver juntas sus problemas.

Sin esa infraestructura social, ningún gobierno puede producir un cambio profundo. Con ella, incluso gobiernos imperfectos pueden impulsar enormes transformaciones.

El verdadero milagro

Durante la campaña escuchamos del nuevo Presidente el lema de la “Patria Milagro”. Todos quisiéramos que los milagros existieran en política. Pero la historia demuestra que los países no cambian por actos milagrosos. Cambian cuando desarrollan nuevas capacidades colectivas.

El verdadero milagro sería que millones de colombianos dejáramos de preguntarnos únicamente qué hará De la Espriella y su equipo de gobierno, y comenzáramos a preguntarnos qué pueden hacer ellos por su barrio, su empresa, su universidad, su conjunto residencial, su municipio o su comunidad y su país , como lo propuso el Presidente Jhon F Kennedy hace más de seis décadas en su país 

Sería que miles de docentes decidieran formar ciudadanos además de estudiantes. Que empresarios asumieran el fortalecimiento del tejido social como parte de su misión. Que servidores públicos entendieran que cada decisión fortalece o debilita la confianza. Que líderes comunitarios dejaran de esperar instrucciones desde Bogotá y comenzaran a construir soluciones desde sus territorios. Que las universidades enseñaran liderazgo cívico con la misma importancia que enseñan conocimientos técnicos. Que las comunidades aprendieran a colaborar antes que a confrontarse.

Colombia es buena… cuando decide cuidarse

Precisamente esa convicción dio origen al movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No nació para negar los problemas del país. Nació porque creemos que existe una inmensa reserva moral y humana que permanece dispersa. Miles de ciudadanos cuidan todos los días su entorno sin aparecer en los titulares. Madres comunitarias. Docentes. Empresarios responsables. Voluntarios. Líderes barriales. Administradores de propiedad horizontal. Jóvenes. Adultos mayores. Mujeres cabeza de familia. Organizaciones sociales. Funcionarios íntegros. Todos ellos representan una infraestructura de liderazgo que Colombia todavía no ha aprendido a visibilizar, conectar y apoyar para que hagan el verdadero milagro de movilizar al país desde lo local. 

Nuestro mayor desafío no es encontrar más héroes. Es conectar a los miles que ya existen. Porque cuando esas comunidades de liderazgo comienzan a aprender unas de otras, compartir experiencias y trabajar con un propósito común, la capacidad de gobernar deja de depender exclusivamente del Estado. Comienza a convertirse en una capacidad de toda la sociedad.

La verdadera prueba

Dentro de cuatro años evaluaremos al nuevo gobierno. Y debemos hacerlo con rigor. Pero también deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda. ¿Qué hicimos nosotros durante esos cuatro años? ¿Esperamos pasivamente que el gobierno resolviera todos los problemas? ¿O decidimos convertirnos en corresponsables del país que queremos construir?

Las elecciones cambian gobiernos. La cultura cambia sociedades. Y las sociedades florecen cuando millones de personas descubren que también ellas forman parte de la solución. Quizá ese sea el verdadero milagro que Colombia necesita. No el milagro de un presidente. Sino el de una nación que comprende que reconstruir la capacidad de gobernar comienza por reconstruir la capacidad de sus ciudadanos para gobernarse a sí mismos y pedirle cuentas a sus gobernantes por las promesas hechas durante las campañas políticas..


sábado, 27 de junio de 2026

Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente

 

Colombia despertó esta semana con un nuevo presidente, pero también con una vieja preocupación. Más allá de quién haya ganado y quién haya perdido, y de los discursos de victoria o de derrota, o de las celebraciones de unos y la frustración de otros, el país quedó frente a una evidencia difícil de eludir.

Pedro Medellín lo planteaba esta semana en su columna del jueves en  El Tiempo con una frase inquietante:” estamos ante una sociedad fracturada. Una sociedad que ha dejado rasgar los tejidos de la cohesión social, donde los individuos dejan de sentirse parte de un proyecto común y empiezan a vivir en la anomia, es decir, en el debilitamiento de las normas compartidas que hacen posible la vida colectiva”.

Esa es la palabra que debería preocuparnos: fractura. Porque una elección no fractura una sociedad. Una elección simplemente revela las fracturas que ya existían.

Las urnas funcionan como una radiografía. No producen la enfermedad. La muestran. Nos obligan a mirar lo que venía creciendo silenciosamente: la desconfianza, el resentimiento, el miedo, la rabia acumulada, la incapacidad de conversar, la desaparición de espacios comunes y la creciente tentación de convertir la política en una guerra moral donde solo hay buenos y malos, patriotas y traidores, víctimas y verdugos.

El problema no comenzó el domingo. El domingo simplemente se hizo visible. Y esto nos debe poner a reflexionar.

Una elección ganada por un margen inferior al uno por ciento no solo deja un resultado político. Deja una pregunta nacional. ¿Qué hacemos ahora con un país fracturado casi por la mitad? ¿Cómo se gobierna una sociedad donde millones de personas sienten que ganaron por muy poco y millones sienten que perdieron por muy poco? ¿Cómo se reconstruye la confianza cuando el adversario político deja de ser visto como un compatriota y comienza a ser tratado como una amenaza o, peor aún, como un enemigo al que hay que destruir, como lo sugirió una de las expresiones más desafortunadas de la reciente campaña presidencial por parte de quien resultó ser el ganador?

Durante toda la semana hemos discutido quién ganó. Pero tal vez esa no sea la pregunta más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿qué necesita Colombia para volver a encontrarse después de una campaña que llevó la confrontación a niveles sin precedentes? ¿Cómo podrá construirse la unidad nacional que el nuevo presidente prometió al país, cuando la retórica electoral convirtió a una parte de los colombianos en adversarios que parecían no merecer un lugar dentro de un mismo proyecto de nación?

¿Será suficiente un nuevo presidente para reconstruir una sociedad que ha dejado de verse a sí misma como un “nosotros”?

La respuesta más fácil sería decir que Colombia necesita un buen gobierno. Y, por supuesto, lo necesita. Un gobierno que recupere la sensatez, la prudencia, la responsabilidad institucional y el respeto por la Constitución; que demuestre capacidad técnica, liderazgo democrático y grandeza política. Un gobierno que entienda que no recibió un cheque en blanco, sino el inmenso desafío de gobernar un país profundamente fracturado.

Pero Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita que quienes ejercen el poder sean coherentes con su llamado a la unidad y contribuyan a tender puentes en lugar de profundizar las divisiones. Sin embargo, incluso eso no será suficiente. 

La reconstrucción del “nosotros” no podrá depender exclusivamente del Gobierno. Será una tarea de toda la sociedad. Los presidentes pueden cambiar un gobierno. Solo los ciudadanos pueden reconstruir una nación

Durante años, Colombia ha venido perdiendo la capacidad de reconocerse como una comunidad política compartida. Hemos aprendido a votar, pero no necesariamente a deliberar. Hemos aprendido a indignarnos, pero no a construir. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a cooperar. Hemos aprendido a defender nuestras causas, pero muchas veces olvidamos cómo escuchar las razones del otro. Y cuando una sociedad pierde esa capacidad, la democracia se vuelve muy frágil.

Porque la democracia no es solamente un sistema para contar votos. Es una forma de convivir con quienes piensan distinto. Es la decisión civilizada de aceptar que nadie tiene toda la verdad, que nadie representa por completo al país y que ningún triunfo electoral autoriza a desconocer la dignidad de quienes votaron por otra opción.

Por eso, después de esta elección, Colombia necesita algo mucho más profundo que una transición de gobierno, o el saneamiento de las finanzas públicas, la seguridad y la salud . Son temas críticos y muy visibles. Pero otro tema mucho menos visible pero también fundamental: requiere una reconstrucción cultural sin la cual los demás esfuerzos no son sostenibles.

Desde hace meses hemos venido promoviendo con un grupo creciente de personas, empresas, gremios  y universidades, una idea que para algunos puede sonar ingenua, pero que considero profundamente realista: Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Es una invitación a desarrollar una nueva narrativa pero sobre la base de una cultura del cuidado y la corresponsabilidad ciudadana .

No es una frase simple o un eslogan publicitario amable para evadir nuestros problemas. Tampoco es una forma de negar la corrupción, la violencia, la desigualdad, la polarización o la mediocridad de buena parte de nuestra dirigencia. Sería absurdo. La realidad es que Colombia enfrenta problemas enormes y no se resuelven con frases de cajón o un optimismo superficial.

Pero también sería profundamente injusto definir a Colombia únicamente por sus heridas.

Cuando uno sale de las redes sociales, se aleja del ruido de la confrontación política que marcó el gobierno que termina y deja atrás los debates cargados de rabia, descubre otro país. Un país que rara vez ocupa los titulares. Un país donde sobrevive una inmensa reserva moral y cívica, integrada por personas de todas las regiones, etnias, edades, creencias, condiciones económicas y sensibilidades políticas. 

Allí están los líderes comunitarios, las madres cabeza de familia, los jóvenes voluntarios, los empresarios responsables, los docentes comprometidos, los servidores públicos honestos, los emprendedores sociales, las juntas de acción comunal, las comunidades religiosas y miles de ciudadanos anónimos que todos ellos tienen algo en común: cuidan. Cuidan a sus familias, a sus vecinos, a sus comunidades, a sus organizaciones o al lugar donde viven. Son personas que, sin saberlo, mantienen unido al país mientras la conversación pública insiste en mostrar únicamente aquello que lo divide No son solo buenas personas. Son las que sostienen silenciosamente a Colombia

Ese país  el verdadero país que ya existe,  pero que está invisible, disperso y desconectado. El verdadero capital de Colombia no es únicamente su economía o sus instituciones; es esa inmensa comunidad de ciudadanos que, en silencio, cuida todos los días de lo que ama y mantiene vivo el tejido social

La gran tragedia colombiana no es que no tengamos reservas morales. Las tenemos. La tragedia es que esas reservas no se han convertido todavía en una fuerza organizada capaz de reconstruir confianza, fortalecer instituciones y sostener una cultura cívica y democrática.. De ahí aparece la importancia del valor del cuidado.

El cuidado puede convertirse en el punto de convergencia que nos permita comenzar a encontrarnos de nuevo. No porque todos pensemos igual. No porque desaparezcan las diferencias ideológicas o porque dejemos de tener debates duros sobre economía, seguridad, justicia social, paz, educación o modelo de Estado. Sino porque antes de preguntarnos en qué estamos en desacuerdo, deberíamos preguntarnos algo más elemental: ¿qué estamos dispuestos a cuidar juntos?

¿Estamos dispuestos a cuidar el barrio, o el conjunto residencial donde vivimos? ¿El parque? ¿La escuela? ¿La conversación pública? ¿Las instituciones? ¿La vida? ¿La dignidad del que piensa distinto? ¿La posibilidad de que nuestros hijos crezcan en un país donde no tengan que odiar para participar en política?

Las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando una sociedad deja de cuidar lo común, empieza a desintegrarse. Por eso el cuidado no es una idea blanda. Es una estrategia de reconstrucción nacional.

Cuidar exige corresponsabilidad. Exige límites, y reconocer que la vida en comunidad, no puede depender únicamente del Estado, del mercado o del próximo presidente. Exige comprender que la democracia también se sostiene en el metro cuadrado donde vivimos, en la manera como administramos un conjunto habitacional, resolvemos un conflicto vecinal, usamos el espacio público, conversamos en familia o tratamos a quien piensa distinto.

Es claro, Colombia no se reconstruirá únicamente desde la Casa de Nariño. Se reconstruirá también desde las porterías, los salones comunales, los colegios, las universidades, las empresas, las iglesias, los parques, las bibliotecas, las juntas de acción comunal y los conjuntos residenciales. En resumen, en los espacios públicos que compartimos todos.

Por eso Colombia es buena debe entenderse como una invitación nacional. Una invitación a pasar de la queja a la corresponsabilidad. De la rabia a la acción. De la polarización a la conversación. De la indiferencia al cuidado. De la ciudadanía pasiva al liderazgo colectivo.

La tarea que viene no es borrar las diferencias. Es aprender a procesarlas civilizadamente. Y allí aparece un desafío enorme: Colombia necesita volver a formar ciudadanos, no solo votantes,  capaces de comprender las instituciones, evaluar información, identificar mentiras, participar con responsabilidad, fiscalizar sin destruir, disentir sin odiar y construir acuerdos mínimos sobre lo que debe ser cuidado. Eso tiene un nombre: educación cívica.

Pero no la educación cívica entendida como una materia aburrida, llena de fechas, artículos constitucionales y definiciones memorizadas. Hablo de una educación cívica viva, práctica, comunitaria, profundamente democrática para enfrentar los retos colectivos del siglo XXI. Una educación que enseñe a pensar, no qué pensar. Que forme criterio, no obediencia. Que ayude a entender que la democracia no es solamente el derecho a expresar lo que siento, sino la responsabilidad de escuchar lo que el otro tiene que decir.

Una sociedad fracturada no se recompone con propaganda y más shows mediáticos . Se recompone con pedagogía cultural. 

Necesitamos alfabetización mediática para no seguir siendo presa fácil de la desinformación, los videos manipulados, las cadenas emocionales y los discursos mesiánicos que prometen soluciones simples a problemas complejos.

Necesitamos laboratorios de conversación democrática donde personas de distintas edades, regiones, clases sociales e ideologías puedan encontrarse a resolver problemas comunes sin agredirse o declararse enemigos. Espacios donde se practique algo que hoy parece revolucionario: escuchar al otro como si pudiera tener una parte de la verdad.

Y necesitamos comunidades de liderazgo donde los ciudadanos descubran que la democracia no ocurre solamente cada cuatro años, sino todos los días, en la forma como cuidamos lo común, participando, proponiendo y tendiendo puentes desde la diferencia..

Esa es la verdadera batalla cultural que tenemos por delante. No se trata de imponer una nueva ideología. Se trata de recuperar las condiciones mínimas para poder vivir juntos en medio de la diferencia.

Colombia acaba de elegir un presidente. Pero ahora debe decidir qué tipo de sociedad quiere ser. Podemos seguir profundizando la fractura, alimentando el resentimiento, celebrando la derrota del otro y esperando que el próximo gobierno resuelva lo que nosotros no hemos querido asumir.

O podemos reconocer que ninguna democracia sobrevive durante mucho tiempo si sus ciudadanos dejan de sentirse parte de una comunidad política compartida. Depende de nuestra capacidad de volver a descubrir aquello que todavía somos capaces de cuidar juntos.

Porque las personas cuidan aquello que les importa. Y cuando millones de ciudadanos comienzan a cuidar el barrio, el conjunto residencial, el espacio público, las instituciones y la conversación democrática, ocurre algo extraordinario: empieza a reconstruirse el “nosotros”.

Ese es el propósito de Colombia es buena. No ganar una elección ni reemplazar a los partidos. No promover una nueva consigna. Sino ayudar a que Colombia vuelva a encontrarse consigo misma. Porque Colombia necesita mucho más que un nuevo presidente. Necesita ciudadanos capaces de cuidar el país que dicen querer.