Entrada destacada

A veces SI a veces NO...

Finalmente se firmó el acuerdo con las FARC. Por esta razón, en  las próximos semanas, me propongo oír la letra de la canción de Julio Igles...

Mostrando entradas con la etiqueta Maduro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maduro. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de enero de 2026

Venezuela no cayó de un día para otro: lecciones para Colombia


Lecciones incómodas para Colombia en un año electoral decisivo

Los eventos recientes en Venezuela me han obligado a escribir varios blogs en estas últimas semanas. En este blog voy devolverme en la historia de ese país para tener un mejor contexto que permita analizar la situación actual y sus implicaciones para Colombia.

Durante años, muchos en América Latina miraron a Venezuela como una excepción trágica, como un caso extremo que no tenía nada que ver con sus propias realidades. Esa comodidad intelectual —“eso no puede pasarnos a nosotros”— es, precisamente, una de las razones por las que el chavismo logró apoderarse del país sin encontrar una resistencia democrática a la altura del desafío que enfrentaron.

Las reflexiones del sociólogo venezolano Tulio Hernández, hechas durante una entrevista que le hicieran en el Podcast Atemporal,  ayudan a desmontar esa falsa interpretación de la realidad de su país . Su lectura de la historia reciente de Venezuela no comienza con Hugo Chávez, ni siquiera con el primer golpe de 1992, sino con algo mucho más profundo y más incómodo: una sociedad que llevaba décadas acumulando resentimientos, dependencias y malentendidos sobre el papel del Estado, la democracia y la ciudadanía.

La narración del Dr Hernández ratifica lo que escribí en un blog anterior “Cuando la historia nos vuelve hablar” donde mostraba la tesis del historiador Snyder que es simple y profundamente preocupante: las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

El país del “Estado mágico”

Antes de Chávez, Venezuela vivía bajo lo que el dramaturgo José Ignacio Cabrujas llamó el “Estado mágico”: un Estado percibido como omnipotente, proveedor, casi milagroso. Desde que el petróleo comenzó a fluir en los años treinta, se consolidó la idea de que la riqueza no provenía del trabajo, la productividad o la innovación, sino de un recurso que brotaba de la tierra y que el Estado debía repartir.

Cómo lo explica Hernández, esta mentalidad produjo una ciudadanía frágil. No una comunidad de ciudadanos corresponsables, sino una larga fila invisible de personas esperando turno frente al “barril imaginario”. El éxito no dependía del esfuerzo colectivo, sino de la cercanía al poder.

Cuando el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez intentó desmontar abruptamente ese modelo mediante reformas económicas, necesarias pero mal explicadas, el resultado fue devastador. El mensaje implícito fue: “el barril ya no existe; ahora hay que trabajar, pagar impuestos y competir”. Para una sociedad que nunca había sido preparada para ese tránsito, el quiebre fue traumático.

El Caracazo: cuando el espejo mágico se rompió

El estallido social de 1989, conocido como el Caracazo, fue descrito por el propio presidente Pérez como “la explosión de una acumulación de resentimientos”. No fue una revolución ideológica, sino una insurrección caótica, marcada por saqueos más consumistas que políticos, que reveló hasta qué punto el pacto social en Venezuela estaba roto.

Ese momento fue decisivo por varias razones. Los partidos tradicionales perdieron legitimidad. Las fuerzas de seguridad mostraron su incapacidad para manejar la crisis. La democracia venezolana, que se creía sólida y ejemplar, se descubrió frágil. El espejo se rompió, y lo que apareció detrás fue una sociedad profundamente desconectada de sus propias instituciones y sin un liderazgo político fuerte.

Caracas está en un valle rodeado de barrios muy pobres. En  ese contexto emergió un mito peligroso:. el de los cerros que “un día bajarían”. El chavismo supo instrumentalizar ese miedo y convertir a los sectores populares, no en sujetos políticos, sino en amenaza latente, en arma simbólica contra cualquier oposición.

Chávez: carisma, militarismo y el encanto del “por ahora”

El golpe fallido de 1992 no fue un accidente aislado. Fue la irrupción visible de los ríos subterráneos de militarismo que nunca habían desaparecido del todo. Cuando Hugo apareció en televisión asumiendo la responsabilidad del golpe con su famoso “por ahora”, ocurrió algo inédito: un militar derrotado se convirtió en figura moral.

Su juventud, su lenguaje directo y su contraste con los viejos políticos conectaron con una sociedad desencantada. No hubo una defensa masiva de la democracia. La élite política reaccionó; la ciudadanía, no. Como advirtió Ramón J. Velázquez en ese momento, “alguien levantó la tapa del infierno y los demonios del militarismo andan sueltos”.

La década de los noventa profundizó el vacío que se sentía en la sociedad. La destitución politizada del presidente  Carlos A Pérez, la campaña antipolítica promovida por los medios y las élites, la fragmentación de los partidos y la liberación de Chávez durante el gobierno de Caldera, terminaron de despejar el camino para que este militar golpista se lanzara a la política electoral .

Las elecciones de 1998, con dos outsiders como principales contendores, sellaron el rechazo a la política tradicional y llevaron a Chaves al poder

Un autoritarismo de nuevo cuño

El chavismo no fue un comunismo clásico. Fue algo más difícil de detectar y, por eso, más eficaz: un neoautoritarismo con maquillaje democrático. Mantuvo elecciones, propiedad privada y retórica igualitaria, mientras desmontaba sistemáticamente la alternancia, el Estado de derecho y los derechos humanos.

Chávez anunció desde el inicio que su proyecto no era transitorio. “Por ahora y para siempre” no era una metáfora, era un programa. La violencia, la violación constitucional y la permanencia en el poder no eran excesos: eran principios.

Según lo manifestó Hernadez en su charla, el liderazgo carismático de Chávez , en el sentido weberiano, creó una relación casi religiosa con las masas. Chávez no gobernaba solo con leyes; gobernaba con emociones, con espectáculo, con omnipresencia mediática. La comunicación no era un instrumento: era el gobierno mismo.

La lenta asfixia de la democracia

A diferencia de un golpe clásico —el zarpazo del tigre— el chavismo operó como una boa constrictor. Fue apretando lentamente, sin que muchos se dieran cuenta. Controló medios, persiguió periodistas, deshumanizó al adversario, creó enemigos internos y utilizó grupos paramilitares para la violencia informal.

La oposición cometió errores graves: el golpe de 2002, el paro petrolero, la abstención electoral. Cada uno de esos errores fue utilizado para justificar una limpieza ideológica, la destrucción de PDVSA y la eliminación de espacios democráticos.

Cuando Chávez murió, el simulacro democrático terminó. Su sucesor Nicolás Maduro, sin carisma ni legitimidad, solo pudo sostenerse destruyendo abiertamente las instituciones, persiguiendo a la oposición y convirtiendo el fraude en norma

El costo humano y moral

El resultado del proceso de deterioro de la democracia venezolana es conocido, pero no por eso menos brutal: millones de exiliados, destrucción institucional, violencia sistemática, presos políticos, desapariciones forzadas y un sufrimiento ético-político que atraviesa generaciones. No es solo pobreza material; es la pérdida de horizonte, de confianza y de futuro.

Colombia: advertencias que no podemos ignorar

Según Hernández, la historia venezolana no debe ser usada como amenaza retórica ni como caricatura ideológica. Debe ser estudiada con rigor. Las lecciones que plantea Tulio Hernández son claras:

  • No subestimar a los líderes populistas-autoritarios.
  • No confundir banderas sociales legítimas con proyectos de poder excluyentes.
  • No destruir la política en nombre de la antipolítica.
  • No sacrificar las reglas democráticas por la promesa de eficacia.
  • Construir esperanza y proyectos de futuro, no solo oponer resistencia.
  • Unir fuerzas democráticas más allá de etiquetas ideológicas.

Colombia enfrenta este año una elección decisiva. Creer que nuestra historia, nuestras instituciones o nuestra cultura nos hacen inmunes es repetir el primer error venezolano. Hay varias lecciones para nuestro país.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones.


Colombia todavía está a tiempo. Pero solo si entiende que cuidar a Colombia, es cuidar su democracia a pesar de sus imperfecciones; significa reconocer los avances logrados porque son los cimientos sobre los cuales debemos seguir mejorando como país; no es defender a un gobierno o a una ideología, sino proteger las reglas que impiden que cualquier proyecto —por noble que se proclame— termine devorando al país que dice querer salvar. Esa es la. Recadera gran lección que el Sr Hernández nos deja en su amena e impactante charla muy bien moderada en el podcast de Andrés Acevedo, a quien felicitó por su aporte . Estas son las reflexiones que se necesitan para una sociedad desorientada como la nuestra

viernes, 9 de enero de 2026

Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe

  Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe 

El ataque ordenado por Donald Trump el sábado 3 de enero contra Venezuela —con el objetivo de capturar a Nicolás Maduro y a su esposa para llevarlos ante la justicia norteamericana— produjo una conmoción internacional inmediata. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en inquietud cuando el propio Trump afirmó que Estados Unidos podría “tomar el control” de Venezuela y, de paso, descalificó de manera despectiva a María Corina Machado, minimizando su liderazgo y legitimidad política.

Más allá del impacto noticioso, el episodio abre una pregunta de fondo mucho más inquietante: ¿qué tipo de poder está ejerciendo hoy Estados Unidos en el mundo, y  qué consecuencias  tiene para el sistema democrático?. Para contestar a esta pregunta he estado siguiendo a varios historiadores y analistas norteamericanos sobre el tema. Mis últimos dos blogs se han basado en las notas que he tomado y que quiero completar con este blog, dado el impacto de los acontecimientos más recientes de los últimos días. 

La Doctrina Monroe es uno de los pilares más antiguos de la política exterior de Estados Unidos, sintetizada en la famosa frase: "América para los americanos" .En el siglo XIX, el objetivo era advertir a las potencias europeas (España, Francia, Gran Bretaña) que no intentaran recolonizar ninguna parte del continente americano. Estados Unidos se declaraba protector de la independencia de las nuevas repúblicas latinoamericanas, pero también establecía que cualquier intervención europea sería vista como un acto de agresión contra EE. UU. 


Para la administración Trump, las "potencias externas" ya no son los imperios europeos, sino China, Rusia e Irán. Bajo esta nueva interpretación EE. UU. sostiene que no permitirá que potencias rivales establezcan bases militares o alianzas estratégicas profundas en el patio trasero de Washington. Se argumenta que la presencia de regímenes aliados a estos países (como el de Maduro en Venezuela) representa una amenaza directa a la estabilidad del continente


 En una conversación de esta semana  entre David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum, se abordaron con crudeza los dilemas, contradicciones y riesgos de la intervención de Trump. Evidentemente  lo que emerge no es una defensa de Maduro —cuya salida millones de venezolanos celebran— sino una advertencia severa sobre la forma en que Trump entiende el uso del poder como presidente  de su país, y las consecuencias sistémicas de este tipo e intervenciones dadas las historias recientes de los Estados Unidos en Irak y Afghanistan y Libia. .


En la conversación del editor de la revista Atlantic y la historiadora, abordan desde diferentes ángulos , el análisis de los acontecimientos de la captura de Maduro y su llevada a juicio en NY.  Veamos.

Venezuela antes de Trump: una dictadura derrotada en las urnas

Conviene partir de un punto claro: el régimen de Maduro estaba políticamente derrotado antes de la intervención de Trump . Las elecciones de 2024 fueron fraudulentas, y la evidencia recolectada por los propios venezolanos, demostró que el candidato opositor Edmundo González había ganado. María Corina Machado, reconocida con el Premio Nobel de la Paz y figura central de la oposición, fue inhabilitada precisamente porque el régimen sabía que perdería.

Maduro se sostuvo no por legitimidad, sino por represión. Nadie serio discute que su salida era deseable. Y como lo mencionan los analistas citados,  el problema no es el fin, sino los medios y, sobre todo, como ya lo mencioné, las consecuencias sistémicas impredecibles en un mundo caracterizado por la gran incertidumbre y deslegitimación creciente de las instituciones  multilaterales y de la democracia  . 

Una intervención para consumo interno

Según Frum y Applebaum,  uno de los aspectos más perturbadores de la intervención norteamericana, es su carácter profundamente nacionalista y unilateral. Desde la Casa Blanca, la acción fue presentada como un logro de Estados Unidos, no como un acto orientado a restaurar la democracia venezolana. No hubo consulta con aliados regionales, ni respaldo del Congreso, ni mandato multilateral, ni narrativa coherente dirigida al pueblo venezolano.

Trump habló de petróleo que parece ser el verdadero objetivo. De narcotráfico lo que es muy incoherente ya que semanas atrás había sacado de la cárcel al ex presidente de Honduras condenado por ese delito en los Estados Unidos. De migración que es su obsesión y donde los venezolanos han sido especialmente señalados y expulsados. . 

Y todos estos argumentos  Trump los utiliza para justificar sus acciones por su impacto en seguridad nacional de su país. Pero además, la comunicación se hizo casi exclusivamente a través de Fox News y de True Social. Y según Brun y Applebaum así como muchos otros analistas internacionales, la multiplicidad de explicaciones no son coherentes ni aclara.

Para Frum, la intervención en Venezuela parece diseñada más para reforzar la narrativa interna de Trump para sus bases—mano dura, fuerza militar, enemigos externos— que para construir una salida democrática y sostenible para Venezuela.

La gran contradicción moral

Hay una contradicción difícil de ignorar: mientras Trump ordena una operación militar para “hacer justicia” en Venezuela, como ya lo mencionaron los analistas, su gobierno expulsa masivamente a migrantes venezolanos, a quienes describe como criminales o enfermos mentales. Muchos de esos migrantes son precisamente opositores al régimen que Trump dice combatir.

La justicia selectiva, cuando se combina con desprecio humano, deja de serlo y se convierte en instrumento de poder. Y el uso sin restricciones del PODER, parece ser el verdadero nombre del juego que motiva hoy en todas sus acciones a Trump, como lo mencionan el editorial del NY Times  de enero 8, y una entrevista que le hicieron al presidente de ese periódico, el día anterior. . 

El fantasma de las “esferas de influencia”

Quizás el punto más inquietante del análisis de Applebaum es el regreso explícito de la idea de esferas de influencia, una lógica que Estados Unidos rechazó formalmente desde 1945. Trump parece cómodo con un mundo repartido entre grandes potencias: Rusia en Europa Oriental, China en Asia, Estados Unidos, en el hemisferio occidental.

Esta lógica no solo normaliza la agresión de los países grandes sobre los pequeños, sino que destruye la idea misma de principios universales: derechos humanos, democracia, soberanía popular. El mensaje implícito es muy grave: la democracia ya no es un valor, sino una conveniencia en un juego de poder que bota por la borda la arquitectura internacional promovida por los Estados Unidos después de la II Guerra .

Si este país abandona el principio de universalidad, deja de ser un referente no perfecto pero si aspiracional, y decide ser un actor más del juego cínico del poder, en un mundo multipolar dividido por esferas de influencia.

¿Noriega 2.0 o algo peor?

Según Applebaum, la comparación con la captura de Manuel Noriega en Panamá en enero de 1990 resulta tentadora, pero engañosa. Aquella operación tuvo respaldo internacional, objetivos claros y una retirada posterior. En el caso venezolano, Trump habla de “dirigir” el país, sin explicar cómo, por cuánto tiempo, ni con qué legitimidad. Y además descalifica a Maria Corina Machado cuando ha demostrado una gran capacidad de conectarse con su gente y valor para enfrentar en la clandestinidad a Maduro y a sus compinches.

Y como lo menciona la historiadora, la ambigüedad no es accidental. La vaguedad de las justificaciones es una de las herramientas de uso del poder autoritario, tema sobre el cual ha hecho extensos estudios durante el siglo XX.

El dilema demócrata: entre el aislamiento y la hipocresía

Applebaum y Frum reconocen que Trump  ha generado un dilema incómodo para los demócratas. Criticar la intervención de Trump es necesario, pero refugiarse en un aislacionismo moral —“no debemos intervenir nunca”— es peligroso. Estados Unidos siempre ejerce influencia, incluso cuando finge no hacerlo. Negociar petróleo con Maduro en el pasado también fue una forma de intervención. La pregunta en este caso  no es si vale la pena intervenir, sino cómo y para qué. 

Según estos  y otros analistas, una  intervención con gran respaldo internacional  requeriría : restaurar al ganador legítimo de las elecciones del 2024 en Venezuela, respaldo del Congreso , apoyo regional, y  una coalición multinacional con objetivos claros y límites definidos. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora. .

El riesgo mayor: lo que Trump le hace a Estados Unidos

Para Applebaum, el daño más profundo va mas allá de Venezuela, sino que también impacta en la transformación del la arquitectura  institucional de los Estados Unidos. Al actuar sin justificación legal, sin controles y sin respeto por aliados, Trump afecta el Estado de derecho interno y normaliza la arbitrariedad debilitando mucho la democracia de su país. .

Estados Unidos deja de ser un “faro imperfecto” para convertirse en un matón impredecible. Y cuando eso ocurre, también se erosionan los derechos civiles internos. La historia muestra que el autoritarismo externo siempre regresa a casa.

En el artículo publicado por el NY Times sobre la entrevista a Trump el 7 de enero titulada "Trump expone una visión de poder restringida a  'Mi propia moralidad' , el presidente  dejó claro que sería el árbitro de cualquier límite a su autoridad, desconociendo el derecho internacional, los tratados vigentes y la arquitectura multilateral que Estados Unidos había impulsado en los últimos ochenta años. Posiblemente este reportaje sirve para explicar el cambio de postura de Petro y su llamada a Trump el pasado miércoles.   

Una alegría legítima, una advertencia necesaria

Nada de esto niega una realidad: muchos venezolanos hoy celebran la caída de Maduro. También lo hacen millones de colombianos y de otros países de la región afectados por migración forzosa de 8 millones de exilados. Esa alegría es comprensible y legítima. Pero la historia enseña , como lo recuerda la historiadora Applebaum,  que la forma en que caen las dictaduras importa tanto como el hecho de que caigan. Cambiar un tirano por una tutela imperial no es libertad. Es dependencia. Y hay que recordar que  esta es la lección de Irak, Afganistán y Libia 

Para Trump, restablecer la democracia en Venezuela,  no es una preocupación, porque se trata de dinero, poder y la protección de su país de  las drogas y los criminales", según lo explicó  Michael Shifter, miembro principal del Diálogo Interamericano, un instituto de investigación en Washington.


En el editorial del 8 de enero del NY Times  termina con un comentario que nos obliga a reflexionar y poner los pies en la tierra: “Tenemos la esperanza de que la crisis actual termine menos mal de lo que esperamos. Tememos que el resultado del aventurerismo del Sr. Trump sea un mayor sufrimiento para los venezolanos, una creciente inestabilidad regional y un daño duradero para los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. Sabemos que el uso de la fuerz del Sr. Trump, violan la ley”


Reflexión final para Colombia

De las reflexiones de David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum , para Colombia hay una advertencia triple.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia el autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo de derecha o izquierda. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder, compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona, en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones

sábado, 27 de diciembre de 2025

Dos lógicas distintas alrededor del poder

  


Venezuela entre la amenaza y la asfixia: Trump, Maduro dos lógicas alrededor del poder

 Jhon Mearsheimer es uno de los analistas geopolíticos más respetados del mundo. En las últimas semanas he seguido con atención sus reflexiones sobre la confrontación entre Donald Trump y Nicolás Maduro, consciente del impacto que este episodio puede tener no solo para Estados Unidos y Venezuela, sino también para países como Colombia. Desde el realismo de alguien profundamente informado y ajeno a la retórica fácil, Mearsheimer ofrece una lectura tan impactante como esclarecedora de lo que realmente está ocurriendo.

A su juicio, esta no es una guerra contra las drogas, como ha querido presentarla Trump. Tampoco se trata de una cruzada moral ni, en sentido estricto, de un pleito personal entre dos líderes extravagantes. Lo que estamos presenciando es el choque entre la política doméstica estadounidense, la lucha por la supervivencia del régimen venezolano y la hegemonía estratégica de Estados Unidos, en un tablero geopolítico donde el margen de error se ha reducido peligrosamente.

Hay cifras que, de pronto, dejan de ser estadísticas y se convierten en advertencias. Ochenta y siete minutos de vuelo desde bases del Comando Sur hasta Caracas. Dieciocho horas para desplegar una división aerotransportada. Novecientos cincuenta mil barriles: la capacidad de carga del mayor tanquero venezolano. Ochenta y siete millones de dólares: su valor aproximado. Son números que condensan la confrontación actual entre Donald Trump y Nicolás Maduro y que revelan algo más profundo que un conflicto bilateral: una lección brutal sobre cómo funciona realmente la lógica del poder en el sistema internacional.

La lógica de Washington: credibilidad, presión y bajo costo

En la primera dimensión, Trump aparece atrapado por una necesidad política interna: mostrar fuerza. El aumento de muertes por fentanilo, la crisis en la frontera y la ansiedad del electorado exigen un enemigo identificable. Venezuela cumple esa función. A diferencia de mercados transnacionales, problemas de salud pública o fallas estructurales, un Estado permite construir una narrativa simple: “golpeamos aquí y el problema se resuelve”.

Pero la lectura integrada de ambas transcripciones muestra algo más sofisticado. Trump —o, más precisamente, el aparato estratégico estadounidense— opera en dos niveles simultáneos. En el plano discursivo, amenaza con intervención militar, porque retroceder sería políticamente costoso. En el plano real, ejecuta una estrategia mucho más eficaz: coerción económica y psicológica con costos mínimos.

El decomiso de los tanqueros venezolanos no es un gesto improvisado. Es un mensaje quirúrgico: podemos estrangular su economía sin disparar un tiro. Control de sistemas financieros, seguros marítimos, rutas comerciales y activos internacionales: esa es la hegemonía en el siglo XXI. Desde Washington, el cálculo es frío y racional: máxima presión, cero bajas propias, escaso costo político interno.

Maduro: supervivencia, provocación y teatro

Según Mearsheimer , del  lado venezolano la lógica es más precaria. Maduro enfrenta una combinación letal: colapso económico, erosión de apoyo interno y fracturas incipientes en su círculo de poder. En ese contexto, despliega dos herramientas.

Hacia afuera, intenta elevar el costo de una intervención vinculándose explícitamente con Rusia, China e Irán. No busca derrotar a Estados Unidos; busca disuadirlo transformando un conflicto bilateral en un problema multilateral. Es señalización estratégica clásica de un actor débil: si me atacas, el precio será mayor de lo que imaginas.

Hacia adentro, recurre a la política performativa. Movilizaciones, gestos de confianza, discursos de control… incluso sale a cantar “Don’t Worry, Be Happy” en medio del colapso. No se trata de ignorancia. Es psicología de supervivencia. Admitir debilidad sería existencialmente peligroso. La performance busca sostener lealtades internas cuando los recursos materiales se agotan.

El problema, como muestra crudamente   Mearsheimer, es que la performance no paga salarios militares, no importa alimentos, no mantiene infraestructura petrolera. Cuando el poder real se ejerce —con el decomiso de tanqueros— la ficción queda expuesta. Y esa exposición es, en sí misma, una forma de guerra psicológica.

Apariencia versus capacidad: el núcleo del conflicto

Ambas lógicas  convergen en una tesis central: el conflicto se decide menos por discursos que por capacidades.

Trump corre el riesgo clásico de las grandes potencias: confundir dureza retórica con estrategia. Si responde a provocaciones para no “verse débil”, puede perder el control de la escalada y entrar en un conflicto que sirva más a la supervivencia del adversario que a sus propios intereses.

Maduro, por su parte, cae en el error inverso: creer que la narrativa puede compensar la debilidad material. Cada acto de confianza teatral se convierte, paradójicamente, en una oportunidad para que Washington demuestre su poder real. La humillación no es un efecto colateral: es parte del diseño.

Dos guerras posibles: rápida o lenta, visible o silenciosa

El contraste entre estas dos lógicas según Mearsheimer , también revela dos tipos de guerra. La primera es la militar: rápida, espectacular, de alto riesgo, con potencial de escalamiento regional y pérdida de credibilidad a largo plazo. Es la que el analista advierte como trampa histórica, repetida en Vietnam, Irak y Afganistán.

La segunda es la guerra económica: lenta, silenciosa, asimétrica. No produce imágenes de combate, pero genera sufrimiento prolongado y difuso. Desde Washington, es ideal: bajo costo, alta efectividad. Desde Caracas, es una agonía que erosiona el régimen día tras día, incentivando defecciones y fracturas internas.

Aquí surge una pregunta moral incómoda: ¿es más “humano” un colapso lento que una derrota rápida? El realismo no ofrece consuelo ético. Las grandes potencias eligen herramientas por eficacia, no por compasión.

La falacia antidrogas

Un punto crucial de Trump según  Mearsheimer , es que se desmonta la narrativa justificatoria: la guerra contra las drogas. Destruir infraestructura en un país no reduce el consumo en Estados Unidos. Las redes criminales no se van a detener por el bombardeo a las lanchas rápidas, son muy adaptativas, transnacionales y solo responden a una variable estructural: la demanda.

Cincuenta años de evidencia muestran el fracaso del enfoque militarizado. Drogas más baratas, más potentes, más disponibles. Pero reconocer esto implicaría admitir límites, hablar de cambiar la política doméstica sobre la droga  y abandonar promesas de “victoria fáciles ”. Políticamente, eso es inaceptable cuando las encuestas van cayendo para Trump. Estratégicamente, el insistir en la ilusión de lograr resultados rápidos puede serle muy peligroso de cara a las elecciones del Congreso en el 2026, donde puede perder el control de las dos cámaras .

¿Qué viene ahora?

El escenario más probable según  Mearsheimer ,no es una invasión inmediata, sino la continuidad del estrangulamiento económico. Más sanciones, más decomisos, más presión. Maduro responderá con más performance. El ejército observará, calculará, y eventualmente decidirá si la lealtad sigue siendo racional. El desenlace, de llegar, será por colapso interno o negociación de salida, no por épica revolucionaria.

El riesgo real es el error de cálculo: una provocación mal leída, una escalada no prevista, una decisión tomada para consumo doméstico que derive en un conflicto mayor. Esa es la tragedia que Mearsheimer señala: decisiones racionales individuales que producen resultados colectivos catastróficos.

Una lección para América Latina

Para América Latina, esta confrontación es un espejo incómodo. Muestra cómo los países con institucionalidad débil se convierten en tableros de disputas mayores. Revela el límite de la retórica antiimperialista cuando no hay capacidades materiales que la respalden. Y recuerda que la verdadera soberanía no se proclama: se construye con Estado, economía funcional y legitimidad.

También deja una advertencia para quienes creen en atajos duros y soluciones épicas: confundir narrativa con poder termina mal. La prudencia estratégica no es cobardía; es responsabilidad histórica.

Venezuela no es solo el problema de Trump ni la tragedia de Maduro. Es una lección viva sobre cómo opera la lógica de la hegemonía, sobre los costos de la ilusión y sobre la diferencia —siempre decisiva— entre parecer fuerte y serlo.


sábado, 6 de mayo de 2023

Un llamado urgente a la acción.

 


El discurso de Petro, el pasado primero de mayo, es un hecho muy grave que representa un quiebre en la historia política  de Colombia de los últimos sesenta años. Quien hoy debería ser  el presidente de todos los colombianos, ha declarado enemigos del pueblo  al sector privado y a todos los que no están de acuerdo con su visión del país que quiere refundar. Esta realidad debe de invitar al despertar de quienes esperaban ver una versión moderada de este individuo  en el poder. 



Pero también, es una alerta roja que invita a hacer una profunda reflexión y a sentirnos indignados,  por el rumbo que está tomando nuestro país en manos de quien representa la máxima figura de autoridad en nuestra sociedad. El pasado lunes, Petro se quitó la piel de oveja y dejó ver el verdadero lobo, que se escondió tácticamente para  llegar al poder.  



Parado en el balcón, que da sobre la Plaza de Armas a espaldas de la Casa de Nariño,  el Día del Trabajo,  invitó descaradamente a la confrontación de clases, a la descalificación de sus retractores y a promover con sus palabras irresponsables e incendiarias,  al uso de la violencia.  Sin pudor nos amenazó  con una revolución  si no se  aprueba su agenda de cambios y de poderes especiales. 


A esta actitud, se le sumó su ataque frontal contra el Fiscal General de la Nación, quien anunció  que deberá sacar   su familia del país temiendo por su vida. 



Los eventos de esta semana no me sorprenden.  De hecho, yo   anticipé hace más de dos meses, que el lobo finalmente se iba a quitar su piel de oveja.  Su perorata incendiaria del lunes, junto con la retirada de su gabinete de siete ministros y el ataque al Fiscal General, muestra que se sentía muy incómodo con su nuevo disfraz. 


Claramente esta piel no correspondía con su verdadera naturaleza de disociador y agitador profesional. Como guerrillero trató de destruir el sistema,  y hoy   ya en el poder, quiere usar  los mecanismos de la democracia, que claramente le incomodan, para hacer su sueño una realidad. 


Los eventos de esta semana, son un anticipo de lo que nos espera hacia adelante, en lo que queda de su mandato, si no se perpetúa en su cargo. Pero también, nuestras peores miedos se volverán una realidad, si no hacemos nada y nos quedamos impávidos viendo como Petro demuele nuestra precaria democracia para quedarse en el poder. Hay que entender que Petro está siguiendo la partitura de otros autócratas latinoamericanos que hoy están atornillados y han destrozado a sus países. 


Para actuar, debemos  comprender   el problema al que nos estamos enfrentando, quienes no comulgamos con la forma y el fondo de lo que propone hacer Petro con Colombia.   El  lobo, que hoy ocupa la más alta posición del Estado,  es un individuo que se cree un iluminado, convencido que su misión en la vida, es refundar a cualquier costo a Colombia. 


Petro quiere que se le aprueben sus reformas,  ignorando  los avances y los esfuerzos realizados  como sociedad. En sus discursos incendiarios, demuestra que no le interesa  construir los cambios que propone sobre ellos. Pero también se equivoca,    al asumir que  su victoria  le permite imponer sus ideas sin escuchar ni conciliar con quienes pensamos diferente. 


Petro  actúa deliberadamente , propiciando semanalmente varios incendios que están generando  un clima de incertidumbre inmenso para el país. Se ha venido creando un clima que  paraliza las inversiones,  agudiza el desempleo y aumenta exponencialmente la inseguridad en el país.


Tampoco le importa mucho, si el  costo de imponer sus caprichos,  significa  destruir la democracia que le permitió llegar a la Casa de Nariño como el presidente de todos los colombianos  y no solo de quienes votaron por él .  No quiere aceptar que su victoria, por un escaso margen, no le da la patente de corzo para imponer su visión de cambio para toda  la sociedad colombiana



Estamos viendo un momento histórico donde polarización se está promoviendo deliberadamente desde la Casa de Nariño , a pesar de  que en  su discurso de posesión. Petro ofreció gobernar para   todos los colombianos. Pero esa oferta, como muchas otras que hizo durante su vida política, no podía ser verdad porque su forma de ser,  se lo impide.


A pesar de las horas obscuras que estamos viviendo en Colombia, gracias al pésimo ejemplo que estamos viendo por parte de quien detenta la más alta dignidad del estado, veo como muy positivo que el despertar ya comenzó. Son cada vez más los llamados a formar parte de grupos de personas y organizaciones, que se están reuniendo para proponer acciones concretas para enfrentar inteligentemente esta nueva realidad. 


No es el momento de dejarse paralizar por el miedo ni asumir una actitud indiferente. Este llamado es especialmente relevante para el sector privado que se ha convertido en el trompo de poner de Petro para justificar su incapacidad y propuestas dañinas para el pais.


PD: en blogs anteriores, me he referido a la iniciativa de Motores de Esperanza, que muestra un camino donde el sector privado puede participar vinculándose de manera activa con las comunidades donde actúa..