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domingo, 24 de octubre de 2021

Diálogo entre improbables

 


En días pasados estuve en una reunión promovida por la Fundación Origen con un espacio muy interesante: “Préstame tus gafas, yo te presto las mías”, con la participación de los principales periodistas de medios, ex alumnos del proceso de liderazgo de la fundación y empresarios. El objetivo era generar un espacio de diálogo entre las tres partes, en grupos pequeños enfocados a contestar cómo se veía el país desde sus diferentes perspectivas.

En momentos tan complejos como los actuales, se hace urgente y necesario crear espacios de diálogo entre personas que probablemente nunca se conocerían, para que despojados de las etiquetas y máscaras que los acompañan en la vida, se puedan ver como seres humanos para compartir sus visiones distintas de la realidad y sorprenderse que no eran tan distintos ni distantes. 

En este blog voy a comoartir algunos de las notas de los comentarios  que más me llamaron la atención de las conversaciones en los grupos en que participé. 



Una opinión  de un representante de los medios

Estamos cambiando a un nuevo escenario: reclamos sociales, brechas sin atender, ni entender la forma de tramitar las expectativas crecientes y no cumplidas de la gente, en especial los jóvenes. Después  de la explosión social, vivimos una “calma chicha” sin soluciones de fondo a esos reclamos y estamos congelados, esperando que se “disuelvan”,  o que “alguien” los resuelva. 


Las soluciones se aplazan y se acumulan mientras no se escuchan propuestas desde las instituciones, los partidos y el Congreso. Este represamiento está encontrando en la violencia, el cause preferido y la válvula de escape para manifestarse. Se genera un clima que impide cualquier acuerdo o aprendizaje. 


Las manifestaciones violentas de los jóvenes, durante las marchas, fueron el medio para canalizar la energía que no ha encontrado otros espacios fuera de la calle, para  hacer sentir su marginamiento y manifestarse. El no ver un futuro despejado y tener una gran incertidumbre, han sido los factores comunes que han unido a miles de estos jóvenes en diferentes partes del país. 


En la historia reciente de Colombia, hay que remontarse tres décadas para ver una participación de tanto impacto de los jóvenes en nuestra realidad. La  iniciativa de “la quinta papeleta” promovida por estudiantes universitarios, culminó en la nueva Constitución del 91 sin violencia ni daños graves a la infraestructura urbana y a la economía. Esta propuesta encontró en las universidades un apoyo institucional para actuar y canalizar  las crecientes insatisfacciones de esa época. 


En el caso de hoy, los jóvenes no han contado con un vehículo similar. Pero el movimiento social en el que participaron, de mayo a agosto de este año, generó mucha violencia, pérdidas muy grandes en vidas, en infraestructura de transporte y la quiebra de muchos micro empresarios, en medio del pico más alto de la pandemia lo que agudizó el problema de salud. El apoyo inicial con el que contaron, se fue convirtiendo en un rechazo y una estigmatización para los jóvenes que sirvieron de carne de cañón de los grupos violentos interesados en generar el caos.


Una segunda segunda opinión de otro representante de los medios


Pérdida total de confianza, no se ve futuro y las actividades del narcotráfico se han disparado durante la pandemia. La sociedad hoy está mal informada y se le da credibilidad sin cuestionar su validez. En esta dinámica las redes sociales han jugado un papel fundamental. 


Los problemas que se evidenciaron con la pandemia y los estallidos sociales de este año, vienen de tiempo atrás. Están generando rabia, ira, indignación e intolerancia. En medio de la histeria que la situación ha generado, se ha demostrado mucha resiliencia y despertado muchos liderazgos en el pais. En este entorno los medios tradicionales han venido perdiendo su capacidad de orientación e influencia. 


El impacto de la situación ha afectado la autoestima de muchos jóvenes qué hay que entender y ayudarlos a canalizar su rabia y energía. 


En relación con los empresarios, la situación actual es un llamada  a repensar su rol. Ya no es suficiente el generar riqueza en la sociedad, produciendo bienes y servicios, hay un nuevo rol que deben de desempeñar en este entorno complejo: vincularse mucho más estrechamente con las comunidades donde operan. Pero ese mismo llamado se les está haciendo a los periodistas quienes deben de aportar a visibilizar “referentes positivos” y “asumir causas y valores” que ayuden a construir narrativas más positivas para la sociedad. 



Una opinión de un representante de la juventud

Al escuchar las voces de los jóvenes hay un tema común que emerge: la búsqueda de mejor bienestar que permita cubrir las necesidades básicas que hoy no tienen millones de colombianos. También piden “más dignidad”. Metafóricamente se ven del lado de la brecha donde “ya no va más”. 


Esta explosión social estalla como el volcán en la Isla de Las Palmas en España. Y la verdad, a pesar de las advertencias y los temblores de finales del 2019, ha cogido a la sociedad colombiana muy vulnerable, con un entorno exacerbado y propenso a la violencia. La pandemia desnuda problemas sociales y genera problemas físicos y mentales, y donde a la luz de los jóvenes, se están atropellando los derechos fundamentales con impunidad.


Antes estas realidades y para enfrentar muchos de los cambios que hoy afectan a la sociedad, se ha despertado entre un grupo creciente de jóvenes, la necesidad de unirse para reclamar sus derechos. Unos lo hacen pacíficamente, otros se prestan de carne de cañón, para desmadrarse y usar la violencia como un lenguaje que piensan les dar mas voz y réditos 


 Muchos de estos jóvenes son  activistas que sienten que hacen un trabajo a favor de los demás, pero que sus iniciativas no son reconocidas ni remuneradas. Estos les genera mucho dolor e inestabilidad. Y además, son excluidos de los escenarios donde se toman decisiones que los afectan y donde su voz no se escucha hasta que recurren a las vías de hecho. 


¿Qué quisieran estos jóvenes hoy?  Que el  trabajo de muchos de ellos, que aporta y ayuda a los demás diariamente y de manera pacífica , se visibilizara y valorara.


¿Qué les genera esperanza? Ver a otros trabajar positivamente.


¿Qué piden? Que se aplique el concepto de “líderes sociales” a TODAS aquellas personas que desde diferentes roles: empresarios, profesores, dirigentes gremiales, buscan generar cambios en nuestra sociedad. Si solo se aplica esta “etiqueta” a quienes actúan en la base de la pirámide, los exponen a perder sus vidas. “O todos en la cama o todos en el suelo” como dice el refrán popular. 


¿Cuál es hoy su visión de los empresarios? Ha cambiado al entrar en contacto con varios de ellos. Han visto solidaridad, generosidad e interés por contribuir a cerrar las brechas que hoy se ha ensanchado. 


¿Cuál es la visión de los medios tradicionales? Sin titubear: RAJADOS. Consideran que no se movieron de su zona de confort y sirvieron de caja de resonancia a la confusión de esta época tan compleja. Siente que los medios han invisibilizado y caricaturizado a estas nuevas generaciones, ampliando la brecha con las que los presidieron.   


Su desprecio por los medios, explica que estén buscando en las redes sociales otras fuentes de información y orientación, aunque reconocen el peligro de los silos que estas fomentan con solo personas que piensan lo mismo. Las noticias en la TV no están ayudando a generar “bienestar”. Y reconocen que las telenovelas violentas han contribuido a reforzar y banalisar, pero también a reflejar la cultura de la violencia y el machismo que hoy afecta nuestra sociedad. 


En resumen: “no más” parecería ser la expresión de esta época. No más verse parado de un lado de la brecha donde la falta de oportunidades, desigualdades y violencia, los condene a no poder tener una mejor calidad de vida. Pero también, entienden que se requiere tiempo para sanar después de los desmanes que tuvieron a muchos jóvenes como protagonistas y carne de cañón. Hay necesidad de construir desde lo micro a lo macro para que haya sentido de apropiación de los cambios que la sociedad necesita. 


Otra opinión de otro invitado  joven


En sus conversaciones con mucho jóvenes de su generación, se percibe mucha rabia, indignación, “sin un relato que inspire para salir del hueco”. Esta situación se ha agravado porque los dirigentes políticos han estimulado las tendencias negativas y no están orientando a la población. Las ideologías de los extremos obscurecen todavía más el panorama que retroalimenta el círculo de desesperanza y desconfianza que hoy es la marca de la sociedad. 


 Y los medios se han convertido en caja de resonancia y difusores de lo banal, donde lo que tiene eco es lo negativo y poquísimo despliegue de los esfuerzos de muchos que van en sentido contrario. 


La crítica a los empresarios de esta voz es muy aguda. Solo se preocupan por lo que han hecho y no por lo que podían ser y hacer. No hay nadie trabajando en un nuevo relato de esperanza que nos devuelva la credibilidad en las instituciones y en el sistema democrático que representan


En este espacio de la Fundacion Origen, que promueve el liderazgo colectivo desde la inclusión y la diversidad, impactando al que impacta, se hace evidente la necesidad de generar este tipo de diálogos francos, donde los participantes aprendemos o  a mirar a los demás a través de sus gafas y no las propias. Vemos la necesidad de removernos  las máscaras y las etiquetas, para dejarnos ver como simples personas que compartimos una realidad muy compleja. desde diferentes ángulos. Estas dinámicas son fundamentales, si queremos encontrar la forma de compartir un propósito superior como sociedad, para alinear los esfuerzos de mucha gente muy buena que hoy trabaja silenciosamente por Colombia. 




sábado, 10 de julio de 2021

El país de las emociones tristes


 ¿De que depende el vivir una buena vida?  Esta es una pregunta que adquiere una dimensión e importancia mayor, cuando hoy la vida está siendo amenazada desde diferentes frentes. Evidentemente la pandemia ha sido uno de ellos al enfrentarnos con la vulnerabilidad de los seres humanos, traducida en millones de personas muertas y contagiadas. Pero también, la calidad de vida se ha visto seriamente afectada por los retrocesos sociales que hoy se reflejan en los incrementos de los niveles de pobreza   no vistos desde hace más de una década. 


Leyendo el fascinante libro “El país de las emociones tristes” de Mauricio García Villegas, me identifiqué con su respuesta a esta pregunta: “una buena vida depende de los encuentros que tenemos a lo largo de nuestra existencia. Cuando ellos son buenos, están guiados por los afectos y nuestra vida es gozosa y alegre. Cuando están alimentados por los odios, la existencia es triste”. Este comentario se entiende mejor si aceptamos que somos más animales emocionales que animales racionales. 


Este comentario me conectó con el papel de las emociones tratado en un blog anterior y su impacto en la búsqueda de la felicidad. En ese artículo mostraba el efecto que tiene el mundo emocional en el comportamiento de los seres humanos, así como también, en los resultados que logran, y del futuro que son capaces de construir como sociedad


Como lo escribía el filósofo holandés  del SXVII Baruch Spinoza, el alcanzar la felicidad, que es un propósito muy deseable, depende de poder controlar las emociones que García denomina “emociones tristes” como el odio, la venganza, la envidia y la  animosidad.  Y esto se logra, si se fomentan las emociones positivas como la empatía, el perdón, la compasión, la colaboración, el afecto, el gozo y la alegría. 


Este comentario hecho hace cuatro siglos, señala algo muy importante. El papel que juegan las emociones individuales y colectivas, en la conformación de los patrones culturales de una sociedad, y que a su vez, se reflejan en las decisiones o las omisiones colectivas y la capacidad de enfrentar, constructiva y colectivamente, sus problemas.



En un artículo reciente del portal de la Silla Vacia sobre la encuesta realizada entre los jóvenes de 18 años a 32 años en la segunda semana de mayo mostraba lo siguientes:


“Mientras que en el 2019 el 45 por ciento de los jóvenes salió a protestar, este año fue el 73 por ciento, lo que significa que, en la medida que pasa el tiempo, hay más deseos de buscar en la calle las soluciones a problemas que no encuentran desde las instituciones. Esto, finalmente, va acompañado de unas emociones negativas. Cuando realizamos la primera encuesta —después de las manifestaciones pacíficas del 2019—, la alegría de los jóvenes en las 13 ciudades era del 66 por ciento. Después, con la pandemia, esa alegría bajó al 53 por ciento, y ahora en mayo fue apenas del 5 por ciento. Mientras tanto, ha aumentado la tristeza (33 por ciento) y la ira (27 por ciento)”


Estos acontecimientos son los que le dan más relevancia y novedad a la propuesta que hace García, al poner la emocionalidad como un factor clave para explicar muchos de los acontecimientos históricos nuestros y sus dinámicas actuales. Tiene razón cuando afirma que la emocionalidad de una comunidad , define la forma en que se relacionan las personas hacia adentro y hacia afuera de ella, el diseño institucional que privilegian, “el tamaño de la esperanza y las frustraciones” que los acompañan. 


Vistas desde esta perspectiva, es evidente el porqué el título del libro de García al denominar a Colombia como “un país de emociones tristes”. Y a lo largo de esta obra, su autor muestra con una argumentación muy sólida, el efecto, invisible pero muy presente en nuestro medio, que esta realidad ha tenido en el devenir de nuestra nación. 



Una persona, o una colectividad, terminan siendo el resultado de sus decisiones conscientes o inconscientes, que van tomando a lo largo de la vida y condicionadas por su entorno emocional. El autor introduce un concepto muy interesante: cada país adopta un arreglo emocional, que se mueve entre una emocionalidad triste y una que no lo es. El sitio donde se ubique determina la identidad de su sociedad.


Si se acepta inicialmente la hipótesis propuesta por García, emerge una explicación muy interesante de algunos de los rengos culturales nuestros más protuberantes, reflejados en una conflictividad endémica; unos proyectos importantes que no se logran materializar; la incapacidad de llegar a consensos que beneficien a todos; un legalismo desesperante reflejado en innumerables leyes que terminan siendo letra muerta. Todos ellos son el resultado de una estructura emocional colectiva inadecuada que no ha logrado evolucionar. 



Si alguien tiene alguna duda de la posible validez de estos planteamientos, lo invito a hacer un repaso de las noticias de los últimos dos meses, para no ir más lejos, de la conmoción social y de salud que hemos vivido en Colombia. Es muy fácil identificar en este material, el común denominador del odio, el desprecio por el diferente, la sevicia y en general una emocionalidad tan negativa, que hoy envuelve como una nube negra el panorama nacional.  


García va mostrando a lo largo de su libro, como el ejercicio equivocado de la política en nuestro medio, ha contribuido de manera significativa a esta situación. Para evidenciar la validez de esta afirmación, no se necesita sino repasar la historia reciente de la época de la Violencia, y saltar después a los últimos 20 años, para ver el papel que ha jugado la furia de los dirigentes políticos, para sembrar el odio y la violencia, que han fracturado a la sociedad en diferentes momentos de su historia.


Hoy los avances en la ciencia del comportamiento y del cerebro, muestran con cada vez más   papel que juegan las emociones en las relaciones humanas. Por esta razón, García presenta como ellas han enmarcado el debate político mucho más que las ideas, la argumentación y las razones. Esto facilita entender mejor, el destino que a lo largo de los años, se han forjado sociedades como las nuestras.  


Si nos detenemos por un minuto a asimilar el comentario anterior, no nos debe de sorprender sus consecuencias. La pelea entre Uribe y Santos que ha polarizado a la sociedad colombiana, como no se veía desde la época de Laureano Gómez hace sesenta años, no se puede explicar sino desde la emoción muy triste del odio de estos dos dirigentes  y que hoy han puesto en un grave peligro a nuestra frágil democracia. 


La confrontación de este par de políticos, con sus “emociones tristes”, ha tenido un doble efecto que ha definido nuestra realidad actual, alejándonos de dos grandes propósitos que son fundamentales para avanzar como sociedad. 


El primero de ellos, el poder convivir en una nación en paz, donde la violencia no sea el medio para dirimir las diferencias. Esta incapacidad, que se ha manifestado de la peor manera en estos dos últimos meses, nos está alejando cada vez más rápidamente de nuestras posibilidades. 


Y el segundo efecto es igualmente grave: no haber podido desarrollar la capacIdad para lograr unos mínimos acuerdos de convivencia y colaboración, fundamentales para enfrentar momentos como la crisis de la pandemia, que nos ha puesto al borde de un abismo de una profunda crisis social. 



He hecho en este blog una breve introducción al papel de “las emociones tristes” propuestas por Mauricios García Villegas, para subrayar la importancia que creo que tiene el tema y que seguiré desarrollándolo en otros blogs. Es un planteamiento realmente innovador, al utilizar el componente emocional que caracteriza a los seres humanos, para darle  una mirada distinta al devenir histórico de nuestro país y de nuestras cultura. Y este no es un tema menor


De hecho, es la primera vez alguien se atreve a darle un papel protagónico a las emociones, que hasta la fecha han pasado invisibles, en las recurrentes discusiones y análisis del porqué hemos llegado al estado actual. Y de alguna forma, este planteamiento ayuda a contestar la pregunta que formulara en el blog anterior y que hoy ocupa la atención de la comunidad latinoamericana: 


Me había comprometido a publicar las sugerencias sobre los activos que hemos construido como sociedad hasta hoy. Lamentablemente tengo que confesar, que a pesar de que el blog fue leído por más de 500 personas de mi lista de distribución de 1.500, recibí muy pocos comentarios. Hubiera querido tener más aportes para presentarlos en este blog, y así poder mostrar, qué a pesar de haber mucho camino por andar,  hay muchas cosas buenas que nos han sucedido como sociedad 


No se si esta falta de respuesta es el reflejo de un artículo que no tiene ninguna relevancia, que podría ser, o más bien una manifestación muy clara de la emocionalidad actual tan negativa que nos invade y nos impide ver los logros que hemos conseguido como sociedad. En cualquiera caso, creo que es un muy mal síntoma de lo que nos está sucediendo en Colombia, porque si no nos reconocemos desde lo positivo, muy difícilmente vamos a poder avanzar. 


Este último comentario me hace pensar, de que esta triste realidad es una tremenda oportunidad para quien aspire liderar la transformación de Colombia desde la Presidencia en el 2022. Yo siento qué mucha gente quisiera seguir finalmente a “un líder”  que inspire la construcción de una visión colectiva como sociedad. Alguien que nos invite a  reconocer los logros alcanzados, desde una emocionalidad positiva, como bases para construir colectivamente una realidad alejada de las emociones tristes que nos han acompañado y que hoy no nos dejan avanzar.


sábado, 22 de mayo de 2021

La voz de un joven preocupado por su país.

 



En un blog anterior sobre el diálogo, me referí al papel que están jugando los jóvenes en la situación actual del país. Están gritando para que les abran espacios los de las generaciones que los preceden, para que puedan participar y los podamos oír. No solo es necesario sino es lo qué hay que hacer para poder tender puentes que nos permita construir juntos una historia diferente para nuestro país. 


Por esta razón he invitado a Juan David Quintero, joven profesional del 27 años a compartir sus reflexiones sobre la realidad actual. Juan David Quintero, abogado, ex edil de Usaquén y líder de “Juntos”, un movimiento para fomentar nuevos liderazgos en el servicio público



Parecía que el sol calentaba a más de 100 grados mientras escuchaba los gritos y veía los rostros cubiertos por tapabocas de miles de ciudadanos marchando en la Troncal del Caribe en Santa Marta. Pensaba que sería una marcha aislada de unos cuantos, o que estaría liderada por alguna central obrera y apoyada por la Universidad del Magdalena; estaba equivocado. La Marcha que vi era de todos, pero, al mismo tiempo, de nadie. 


Sindicatos, universidades, fuerzas políticas, curiosos, todos marchando juntos pero cada quién con su dolor particular. Algunos gritaban contra la reforma tributaria, otros contra la reforma a la salud, otros acusaban a Uribe de “paraco” y a Duque de “inútil”. El único elemento común era su rabia. Su indignación y su molestia eran tan tangibles como el sol que calentaba el pavimento samario. 


Pensé que era una marcha que en sí misma era una contradicción. ¿No a la reforma tributaria, pero, unos pasos más adelante exigen Ingreso Solidario? Instantes después una pancarta me aclaró el horizonte: “Queremos vivir, no sobrevivir”. Al verla, sentí que se me iluminaba la razón: la Marcha no es contra la nada en concreto; es sobre todo lo concreto. Es un sentimiento de indignación que se reduce a que somos un país indignado que como dicen en el Caribe: ¡Botó el chupo! 




Al igual que los tiburones que empiezan a dar círculos sobre sus presas antes de atacar, empecé a ver a algunos marchantes correr de un lado para otro con sus caras y brazos tapados pasándose cosas entre ellos a sus pequeños morrales en sus espaldas. Posibles vándalos pensarán algunos, no lo sé. Solo vi una mayoría pacífica caminar al lado de policías que acompañaban la gran caminata. 


Al preguntarme nuevamente por el futuro, luego de la marcha, y pensar qué hacer para tranquilizar, no a una Marcha en Santa Marta, sino un país en Marcha, concluí cuatro ideas fundamentales:

    • Vivíamos una crisis de liderazgo.

Se nos hizo creer a los jóvenes que por ser jóvenes éramos buenos y erradamente creímos que nos las sabíamos todas. La realidad de un presidente “inexperto”, porque experto debe venir de experiencia, elegido por ser el de Uribe; de un equipo no de expertos con experiencia, sino de “amigos”, como es el caso con Daniel Palacios, el Ministro del Interior. Es él quien, se supone, debería enfrentar las crisis, como hizo Serpa con Samper, Valencia con Uribe, Cristo con Santos o Echandía con López Pumarejo. Estamos siendo gobernados por jóvenes arrogantes. Arrogancia debería ser la palabra enemiga de los jóvenes, sobre todo a los que queremos liderar. 

    • Escuchar más que argumentar. 

La gran mayoría estamos de acuerdo con la indignación y listos para apoyar una nueva agenda para Colombia, pero ¿quién la materializa? ¿El uribismo “inexperto” o el petrismo igual de inexperto y, de pronto, hasta más arrogante? Mientras los que estén en el poder no sepan qué hacer con él, los otros sabrán en silencio que la destrucción y el desastre es su combustible para hacerse con él. ¿Qué vamos a hacer los que estamos en el centro de los extremos? Claramente tenemos que dejar de pensar en ballenas y asumir posiciones, reconocer la experiencia que permita escuchar la rabia para ver más allá de ella e implementar las soluciones que pueden ser antídoto de la indignación. ¿Quién será? No podemos perder la esperanza.

    • No es el momento de los economistas o los “técnicos”; es el momento de los políticos.

No podemos seguir creyendo que esto se soluciona pensando en grados de inversión, márgenes gravables o retórica economista de escritorio. Necesitamos líderes, o aún más claro, ¡necesitamos políticos! En la dificultad es que aparecen los verdaderos líderes. Ante la inminente invasión alemana apareció Churchill. ¿Quién será el político que lidere a Colombia en esta crisis? 

    • Si los políticos no se mueven, debe ser el momento de las soluciones ciudadanas.

No podemos quedarnos cruzados de brazos mientras los políticos dejan la cobardía y se reencuentran con su espíritu. Desde la sociedad civil debemos unirnos y proponer una nueva agenda, pero nos tenemos que obligar a ver más allá de nuestras narices. Bienvenidos los empresarios preocupados por sus empleados y por su país, no solo pensativos por las pérdidas de los bloqueos. Bienvenidos jóvenes irreverentes, pero conscientes y dispuestos a entender que ni esto, ni nada, es blanco y negro. Bienvenido todo el que quiera con humildad escuchar y proponer cómo salimos de esto trabajando JUNTOS.

    •  La nueva agenda para Colombia será la justicia social. 

¿Pero qué defenderemos? Las últimas elecciones, y todas las que me han tocado en mi vida, han versado sobre la guerra. ¿Qué hacer con las FARC? ¿Qué hacer con el narcotráfico? ¿La paz de Santos? Pues, queridos lectores, la verdad revelada, el gran secreto de los rabiosos indignados que marcharon en el calor de Santa Marta es la siguiente: la agenda cambió. Las nuevas demandas serán: ¿Cómo hacemos para que Colombia sea un país más justo? ¿Cómo reduciremos la pobreza y la desigualdad? ¿Cómo empezaremos a vivir en un país maravilloso y no más simplemente sobrevivir? ¿Será posible?

sábado, 15 de mayo de 2021

El diálogo “mágico”

En Colombia estamos viviendo en la actualidad una situación muy difícil que le ha puesto todas las luces a una palabra: el diálogo. En ella se está viendo la llave  para encontrar una solución mágica al desastre que ocasionaron un presidente y un ministró autistas, que se desconectaron de la realidad. Y que precisamente por no “dialogar”, antes de lanzar la granada de una reforma tributaria totalmente inoportuna, han incendiado al país.

¿Pero que significa dialogar? Según el diccionario de Oxford: “discutir sobre un asunto o sobre un problema con la intención de llegar a un acuerdo o de encontrar una solución”. Esto presupone primero, que haya la capacidad de reconocer que existe un problema que afecta a las partes interesadas, y segundo, la voluntad y la intención de alcanzar un acuerdo para solucionarlo o manejarlo. 


Para que un diálogo sea exitoso, además de entender lo anterior, se necesita comprender, como ya lo explicaba en otro blog reciente, que el uso del lenguaje es el medio para lograrlo, porque la palabra es acción. Esto presupone que, como resultado del diálogo, pasen cosas que movilizan a las partes comprometidas a encontrar puntos de acuerdo, a pesar de  las diferencias en sus posiciones e interpretaciones relacionadas con la situación.



Para dialogar, se necesita conversar. Y para que sea una conversación constructiva se requiere que estemos dispuestos a ver por las gafas del otro, para ver la realidad desde otra perspectiva, dejando los juicios de valor que nos acompañan, con la curiosidad para descubrir lo que antes no se podía ver. Y esto requiere, no solo la disponibilidad de observar, pero también de escuchar.


Además, se necesita que haya un mínimo de confianza sobre la capacidad  y confiabilidad para cumplir y sostener lo acordado, así como del nivel de transparencia con el que se adelante el proceso de exponer sobre la mesa los intereses de las partes. Pero adicionalmente, se necesita qué haya un acuerdo sobre el significado de las palabras, para evitar malas interpretaciones que minen lo anterior. 


Este último punto, es un problema particularmente agudo al sentarse con los jóvenes que están en la protestas. Esto explica el porque hay una brecha de comunicación tan grande entre padres e hijos. Hoy, esta es una realidad que mina la posibilidad de acercar a las nuevas generaciones, para construir una visión y una propuesta común.



Lo que me lleva a otra condición fundamental para conducir un dialogo exitoso: el saber escuchar al otros de manera empática, para que emerjan una o varias soluciones, aceptadas y sostenibles por todos. Si no se hace así, el resultado queda “pegado con babas”. Y el problema se agrava aún más cuando hay una brecha de comunicación generacional.


Pero habría que añadir otra condición para haya un diálogo exitoso: el sentido de la oportunidad. A título de ejemplo, esta condición claramente no se cumplió al lanzar al país al vacío con la reforma tributaria. Y por no dialogar primero, Duque abrió la caja de Pandora, minado aún más el bajísimo nivel de confianza de la población sobre su gestión y la institucionalidad en general. 


El haber abierto el diálogo en las circunstancias tan extremas en que ha estado el país, era una obligación del Jefe del Estado, además de una necesidad, para acercar a las diferentes fuerzas cuyo apoyo era esencial para conseguir más recursos. El escenario de una reacción violenta estaba en letargo desde noviembre del 2019. Las brazas estaban vivas y solo se necesitaba un pretexto para hacerlas arder de nuevo. 


Por insensibilidad e imprudencia, se creó  una situación gravísima que  obligó a Duque  a retirar la reforma, y descabezar a su ministro de Hacienda. La explosión social que generó, lo dejó acorralado y solo, con un nivele bajísimo de confianza y aceptación ciudadana, obligado a “dialogar” en muchos frentes a la vez, pero sin poder controlar las dinámicas que despertó.


Hoy, las condiciones hacen que sus propuestas, sin importar que tan buenas sean, sean filtradas a través de los lentes de la desconfianza, hasta que se acabe el periodo de su mandato. Sembró vientos y cosechó tempestades. 


La situación actual es un ejemplo de lo qué pasa cuando no se abren espacios  para dialogar con oportunidad, y cuando a un gobernante le falta la empatía para sintonizarse con el sufrimiento y la desesperanza de la población, que en nuestro caso ha sido tan afectada por la pandemia..



Pero también es un buen ejemplo de lo que sucede, cuando hay que buscar forzadamente el diálogo en unas condiciones tan negativas. Hoy Duque está “descubriendo” la necesidad de dialogar. Pero lo está haciendo obligado a  aceptar  un diálogo muy extraño “sobre lo divino y lo humano”, y con unas personas que han asumido la representación sin que nadie se las hubiera dado, y que no todos los reconocen y aceptan como sus líderes. 


Un problema que se veía como tema netamente técnico, manejado por un tecnócrata reconocido, para enderezar las finanzas públicas tan golpeadas por la crisis de la pandemia, se le sumo un problema social sin antecedentes que se venía cocinando desde hacía mucho tiempo. No se entendió que se necesitaba muchísima capacidad de liderazgo, para enfrentar la explosión que se generó, tema que claramente ha brillado por su ausencia. 


Pero hay otro gran problema que enfrenta Duque y en general quienes buscamos caminos no violentos para darle trámite a los reclamos de la sociedad. Son muchas las voces que buscan ser oídas, distorsionadas por los grupos que tienen otras agendas e intereses, y que aprovechan el desorden actual para desestabilizar al país. 


Luego no es un diálogo el que va a resolver una situación tan compleja como la actual, se van a necesitar muchos más diálogos que se van a tener que realizar a múltiples niveles, con la expectativa a que converjan en algunos puntos en común.


Pero no solo fue Duque, su equipo y el partido que lo llevó al poder, los que resultaron sorprendidos por la magnitud del desastre que se ha producido. El caso de Cali, la tercera ciudad más importante del país, ha sido particularmente doloroso, pero a la vez sintomático, de otros problemas muy profundos, que no han sido abordados adecuadamente.  


La dirigencia política, los gremios y empresarios, los medios de comunicación, entre otros considerados como “la clase dirigente” del país, se han visto también forzados a confrontar una realidad que no habían querido ver ni atender. Ahora algunos, buscan propiciar “diálogos constructivos” cuando antes no lo pudieron o quisieron hacer. Otros, mucho más pesimistas sobre los resultados de un diálogo nacional en las circunstancias actuales , ya están alistando maletas para abandonar el barco antes de que se hunda. Increíble!!!


En el caso actual, si no hay voluntad, transparencia de agendas e intereses, y una compresión compartida del problema que enfrentamos como sociedad en la realidad presente , el desgaste va a ser muy grande para volver de nuevo al mismo punto de partida y no hay tiempo que perder. Seguramente se intentará reanudar los diálogos, pero  sobre unas bases cada vez más débiles de confianza y credibilidad. 


Sin estas condición que son fundamentales, es muy difícil esperar resultados positivos y duraderos, dada la urgencia del momento actual. La verdad es que no hemos desarrollado la capacidad incluyente de conversar para dialogar, sin recurrir a la violencia y a la descalificación de quienes opinan diferente.  Esto explica la profunda polarización en la que estamos, que nos impide enfrentar, de manera inteligente, los múltiples problemas de una sociedad convulsionada, que requiere construir unos mínimos acuerdos para los cuales se necesita esa capacidad de conversar.


La sociedad colombiana está pagando hoy un altísimo precio por no haber desarrollado unas mínimas capacidades de diálogo y de confianza. Ahora, cuando más se necesitan no están allí. Por esta razón, la gran preocupación que yo tengo, es que la fórmula del diálogo mágico que nos saque de este grandísimo atolladero en el que nos encontremos, no va a contar con unos interlocutores válidos y preparados. 


Lo que vamos a escuchar en las próximas semanas, y ojalá me equivoque, es una multiplicidad de demandas hechas desde la desconfianza, la rabia y la desesperación. Y estás no son precisamente las mejores compañeras para unos diálogos constructivos. 


Y si seguimos por este camino, dejamos que la emoción del miedo, que se traduce en rabia, odio, y desconfianza, nuble el buen juicio y siembre más desesperanza. Y cuando no hay esperanza de que podemos encontrar colectivamente un propósito común y un camino para lograrlo, las consecuencias para los jóvenes, que hoy protestan apresados por estas emociones, serán mucho más graves que las que hoy los han lanzado a las calles. Y si no creen , que le pregunten a sus pares en Venezuela.



¿Que hacer? En mi próximo blog voy a seguir explorando el lado emocional que hoy nos envuelve a los  colombianos y que debemos gestionar. También voy a comentar sobre  varias iniciativas que buscan contribuir con propuestas para mejorar nuestra capacidad de conversar para poder dialogar. Porque lo único que no podemos hacer, es abandonar el barco, ni tampoco dejarnos paralizar por el miedo.