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sábado, 14 de mayo de 2022

El fin de la globalización II parte

 


En el blog anterior señalaba los efectos del fin de la era actual de globalización sobre la economía y la sociedad. También mencionaba que este tema no había ocupado ningún espacio durante esta época electoral en Colombia. En mi opinión, gracias a está grave omisión, se ha perdido una muy buena oportunidad pedagógica para preparar y orientar a la gente sobre las consecuencias de estas grandes dinámicas globales de las cuales no nos podemos escapar.. 

Y esta omisión es más preocupante aun, cuando los primeros efectos ya los estamos sintiendo con mucha fuerza toda la población con  un incremento sin antecedentes en la inflación en nuestro país y a nivel mundial. Peor aún, cuando el próximo gobierno va enfrentarse con un entorno mucho más complejo y con poquísimos grados de libertad para decidir y actuar. Esa omisión se le va a devolver como un bumerán a la cabeza del próximo inquilino del Palacio de Nariño. 



Y como ya está pasando en Peru y en Chile, va a tener que tomarse un trago muy amargo: en un blog anterior mencionaba que hay una gran diferencia entre protestar y gobernar, especialmente en las circunstancias tan complejas como las actuales. 


Mostraba que, las señales sobre el fin de la era actual de la globalización, ya comenzaban a ser claras desde el 2008. También, que la pandemia y el ataque ruso a Ucrania, habían acelerado el proceso que estaba en marcha, donde unos de los efectos  más notables, había sido el acercamiento entre Rusia y China, y las verdaderas razones para hacerlo. Ambos países  veían una oportunidad histórica para aprovechar  su percepción del debilitamiento de la influencia internacional de los Estados Unidos y la Unión Europea. 



Ambas naciones, quieren ser reconocidas y aceptadas en sus nuevos roles como potencias en el mundo. Para reforzar sus posturas, han promovido en estas últimas dos décadas, los movimientos que defienden de manera autoritaria la soberanía nacional. Por esta razón cuentan con el respaldo de regímenes como el Erdogan en Turquía y Modi en la India. 

Pero el tema del honor nacional no es de su exclusividad. Trump durante su mandato y Johnson en Inglaterra, son dos ejemplos increíbles del virus nacionalista. Es el resultado de los ataques al sistema desde adentro de la misma democracia, y de un desprecio de la visión cosmopolita y de convergencia mundial, que le dio vida en 1990 a la era actual de la globalización y que hoy está concluyendo.


Lo increíble de esta historia, es que fueron los Estados Unidos e Inglaterra donde se gestaron los ataques dentro de su sistema, pero que en sus momentos de mayor poder mundial, impulsaron la visión de los valores de la democracia  y la globalización, que se volvieron unos referentes deseables para muchos países en el mundo. 


Hoy, con su ejemplo, están ayudando a los autócratas como Putin y Xi-Jinping y otros similares, a demoler las bases de la misma democracia, que es lo que en el fondo hoy está en riesgo cuando la globalización había ayudado a difundir como un modelo a seguir.


A pesar de que hoy la globalización cuenta con muy pocos defensores, por la forma en que está siendo atacada, de manera mal intencionada sus opositores buscan ocultar una realidad incuestionable. Gracias a ella, y a a pesar de sus sombras que las tiene, fue el motor que impulsó el acenso  de cientos de millones de personas  a los niveles de la clase media, según los parámetros del Banco Mundial. 


Pero la mayor paradoja, es que el país más beneficiado de este proceso ha sido la China que sacó de la pobreza a más de 600 millones de chinos, y que hoy se ha convertido en el peor enemigo de la globalización por cuenta de su confrontación geopolítica con los norteamericanos .


A lo anterior, hay que sumar la necesidad de defender con agresividad los valores culturales propios, que según autócratas como Putin y Xi-Jinping, han sido agredidos por la globalización. Evidentemente, desde el inicio de este periodo, los valores liberales occidentales fueron ampliamente difundidos a través de la música, el cine, las redes sociales y la influencia política de las naciones más avanzadas. El supuesto fue que su adopción iba a ser universal. Sin embargo, la verdad es que hoy estos valores son más marginales que lo que se suponía. 



En la Encuesta Mundial de Valores sobre las creencias culturales y morales, los resultados del 2020 muestran un mapa muy diferente de encuestas anteriores. Las zonas protestantes europeas y de habla inglesa, se han ido marginando del resto del mundo menos desarrollado, mostrando una divergencia creciente en temas como el matrimonio, la familia, el género y la orientación sexual.


En un libro escrito sobre estos temas por Joseph Henrich “Las personas más extrañas del mundo” lo demuestra con gran profundidad. El retrato que emerge de la persona occidental es complejo: “individualista, obsesivo, orientado al control, no conformista y analítico”. Su foco está en sus atributos, logros y aspiraciones, por encima de las relaciones y los roles sociales. 


Como lo menciona David Brooks en su análisis sobre la globalización en el NY Times, mucha gente en otras culturas ven con desprecio o incomprensión, la obsesión occidental por defender los derechos de género, de las comunidades LGTB, o el derecho a definir la propia identidad. Y aún más, “se cuestiona que el papel de la educación sea desarrollar un pensamiento crítico en los niños y jóvenes para que se puedan liberar de las ideas inculcadas por sus padres y comunidades”. 


Pero además, las estadísticas parecería darles la razón a quienes hoy rechazan los “valores occidentales”. En los Estados Unidos el 44% de los estudiantes de secundaria manifiestan sentimientos de tristeza y desesperanza, lo cual no habla muy bien de la defensa de estos valores.


Otros estudios recientes, muestran que los valores universales como la libertad, la democracia y la dignidad personal, no son aceptados en todas partes, y con una tendencia decreciente muy preocupante.


Hay un tema que también llama mucho la atención: el deseo muy fuerte de la gente por tener orden en su entorno, alejarse del caos y la anarquía que los impacta. Los cambios culturales se suman a las dificultades crecientes de gobernabilidad, y se perciben como algo  fuera de control que empujan a la gente a buscar irreflexivamente el orden a cualquier costo. 


Pero no entienden que su deseo  solo se consigue, cuando se vive en sociedades que tienen reglas claras, donde se protegen los derechos individuales y hay libre elección de sus dirigentes. Lamentablemente esta posibilidad parece ser un lujo muy alejado en muchos países. 



Como lo muestra “Freedom in the World 2022”, el resultado que muestran estas encuestas, es un declive creciente de la democracia en el mundo en los últimos 16 años. Esta es una tendencia que se comenzó a evidenciar en el 2006. Es “una recesión de la democracia que se está profundizando.” Claramente no era lo que se esperaba en el nuevo periodo de la globalización. 


Hace unos años, las democracias se veían estables y los regímenes autoritarios disminuidos. Ahora la situación es al revés. China se precia de un modelo autoritario y centralizado, que ha utilizado las nuevas tecnologías para aumentar su control sobre más de 1300 millones de chinos, mientras llegaron a ser la segunda economía del mundo. Los indicadores de patentes, las inversión en bienes de capital, el desarrollo acelerado de su infraestructura,  han venido aumentando en ese país. Este proceso ha contado con el apoyo de la población a la dictadura del partido comunista chino.


Hoy, con el ataque ruso a su vecino, estamos  viviendo un mundo que se creía superado desde 1990, en donde las grandes potencias compiten por tener acceso a los recursos y mayor dominación territorial. Es el caso de China y Rusia, ambos buscan ampliar sus zonas de influencia sin importar los medios para hacerlo. Esta dinámica es una fuente creciente de conflicto, como lo que está sucediendo con Ucrania y pude suceder con Taiwán. 


En el centro de esta dinámica, es el choque entre dos sistemas políticos muy distintos: la democratización vrs el autoritarismo. Estamos presenciando una versión contemporánea de unos nuevos muros divisorios que están acabando la globalización. Pero a diferencia de la Guerra Fría, en este conflicto que está en marcha, ya no solo es político y económico. Como lo afirma Brooks en su análisis, es un cocktail muy peligro y explosivo, donde juega lo cultural, lo psicológico, lo religioso, el estatus, la moral y la religión. Esta mezcla viene en un solo paquete y expresa con mucha fuerza, un rechazo a seguir los patrones de un Occidente decadente.


Es la lucha entre “la dignidad personal y la cohesión comunal” . Estas diferencias están siendo aprovechadas por los autócratas en su propio beneficio y de paso, sembrar el caos en los países que se les oponen. Las guerras culturales, las tensiones religiosas y el resentimiento, son los medios para movilizar a la gente y aumentar su poder. Se estaría validando el planteamiento  de Samuel Huntington en su libro “ Choque de civilizaciones” cuando afirmaba que “las ideas , la psicología y los valores, además de los intereses materiales, definen la historia”.


Lo que más impresiona hoy en día, es que el rechazo a los valores de las élites occidentales, no es solo un fenómeno entre naciones. También se está viendo al interior de los países como es el caso de Trump en los Estados Unidos, Jaír Bolsonaro en el Brasil, o Modi en la India. En el caso norteamericano, hoy se ve una sociedad fracturada a en torno a muchos temas a la vez.


Brooks se pregunta en su análisis, si es posible ganar una guerra cultural a nivel global, donde se mezclan temas tan variados como el secularismo y los derechos de los homosexuales, con el uso de las armas nucleares, los flujos de comercio, el resentimiento al estatus, la masculinidad tóxica y las tomas de poder autoritario. 


A la luz de los resultados recientes, es válido pensar que las críticas que se están haciendo a la cultura individualista, materialista, y demasiado condescendiente del mundo accidental, tienen mucho fondo. 


En un entorno tan complejo como el actual, una sociedad parada en esos valores y sin una disposición a cuestionarse, tiene una posición débil parta enfrentar los tremendos retos que están presentando los ejemplos autoritarios, como es el caso de la China, y mucho menos preparada para defender la democracia. Esa es la gran apuesta de  China y Rusia hoy en día. 


En muchos países, la gente está apoyando estos regímenes autoritarios. Sienten que le dan voz al resentimiento que tienen porque el sistema democrático los dejó atrás, además  de que se está vulnerado su orgullo nacional. Es tan grave este rechazo que no les importa si el costo que tienen que pagar es su libertad. Es una postura idealista hasta que la pierden. Solo hay que mirar a nuestro vecino Venezuela y los millones de personas que han salido huyendo de su país.


Definitivamente hay una ceguera colectiva, que está contagiando a millones de personas, y que les está impidiendo ver la manipulación a la que están siendo sometidos,  por parte de  personajes que provienen de  los extremos del espectro ideológico. 


Estas personas no solo no ven, tampoco parece impórtales que lo que está en juego es la defensa de su libertad y el respeto a su dignidad personal. Solo cuando esto se pierde y hay que huir, es cuando el sentido común se recupera, solo que ya es muy tarde. Repito: Venezuela es un ejemplo patético. 


Mientras tanto, hay afortunadamente  el  ejemplo inspirador y heroico de la férrea defensa del pueblo ucraniano, que ha  movilizado hasta el último ciudadano, para defender su libertad, autodeterminación y su democracia,  atacadas sin piedad por Putin. 


Al final se impone una verdad: uno cuida lo que le importa, especialmente cuando se toma consciencia del altísimo costo que se paga cuando no se hace a tiempo.


En su libro “La revancha de los poderosos” , el analista venezolano Moisés Naim hace un extraordinario análisis de las dinámicas actuales que están acelerando los procesos autoritarios y su impacto en las ideas liberales que sustentaron la globalización. En un próximo blog, voy a referirme a algunos aspectos muy interesantes, que complementan muy bien este blog y el anterior


sábado, 7 de mayo de 2022

El fin de la globalización I parte


 Mientras en Colombia nos entretenemos con el proceso electoral en marcha, el entorno internacional, en el cual necesariamente estamos insertos, está cambiando rápidamente con grandes consecuencias a nivel global. En medio de una campaña política tan crítica para Colombia, los candidatos que aspiran a la Presidencia, no han hecho ningún esfuerzo para preparar a la población y mostrar las consecuencias.

Como resultado, la mayoría de la gente ha estado de espaldas a esta realidad que ya está afectando la calidad de vida de millones de colombianos. No se les ha explicado que la inflación, cuyo indicador se ha triplicado en dos años, es un resultado directo de las dinámicas internacionales que están en marcha. 



Las disrupciones que produjo la pandemia en las cadenas de abastecimiento, y ahora la demencial invasión rusa a Ucrania, han disparado el precio del petróleo, creado un desabastecimiento de materias primas para los abonos, muchos componentes electrónicos y otros productos críticos, con un gran impacto en los costos que han acelerado la inflación global a niveles que no se hablan visto a muchos años.


Este es el contexto en el cual vale la pena mirar el impacto de mayor envergadura que se está produciendo: el final de la era de la globalización. 


Las nuevas generaciones nacidas después de 1990, han vivido y se han beneficiado de esta era, con sus luces y sus sombras. Pues bien, parece que ese periodo está por terminar y su impacto se va a sentir muy fuertemente obligando a un inmenso cambio en sus expectativas. 


En los próximos dos blogs, me voy a referir a esta realidad y mostrar cuáles pueden ser sus efectos a corto y mediano plazo. Para este fin, me he documentado en varias fuentes, y de algunos artículos sobre el tema escritos por columnistas como David Brooks en el NY Times.



Hace 25 años, el mundo presentaba un panorama más esperanzador porque se había acabado la Guerra Fría. El capitalismo había superado al comunismo. La interdependencia entre las naciones había adquirido una mayor dinámica. La democracia se estaba extendiendo por el globo alrededor de unos valores universales como los derechos humanos, el pluralismo y la libertad . El internet prometía acelerar el proceso de conectar al globo en un a gran red.


Quienes vivimos ese periodo, estábamos presenciando un nuevo renacer de la globalización, que había tenido un momento equivalente entre 1860 y 1913, y que concluyó antes de iniciar la I Guerra Mundial. En esta oportunidad, la convergencia de los desarrollos tecnológicos y los nuevos  modelos económicos, promovieron la globalización. Como resultado de esta dinámica, los indicadores de comercio e inversión se dinamizaron,  impulsados por la creciente red de intercambio y de nuevas cadenas de suministro que se crearon durante  este periodo. 


Pero su impacto  también tubo efectos políticos, culturales y sociales. La tecnología facilitó el acercamiento de la gente, la conexión y construcciones de relaciones a un nivel nunca antes visto. A un click se hizo posible conectarse con otras personas en cualquier parte del mundo. Se facilitó  el intercambio  de ideas y se aceleró la innovación de nuevos productos y servicios.


Durante esta nueva era, el modelo de desarrollo y el sistema político de los  Estados Unidos y de los países europeos, se veían de manera optimista como referentes y el camino a seguir . El consumismo, el secularismo, el individualismo y el progreso material, fueron los valores deseables y de alto impacto cultural. Después de  la caída del Muro de Berlín en 1989, la lucha entre las ideologías comunista y capitalista,  parecería que había llegado a su fin. 


Un supuesto muy importante, que ayudó al desarrollo del globalización durante más de dos décadas, fue la seguridad que daba el nivel de interdependencia económica que se había construido. Era un seguro que daba tranquilidad para minimizar la producción local y buscar  las eficiencias en costos y velocidad,  usando las cadenas especializadas de suministro global. Una ilusión similar, aunque a otra escala, se tuvo en la era anterior de la globalización y que fuera destrozada por dos grandes guerras mundiales. 


En opinión de muchos  expertos en estos temas, hoy estamos viendo el fin de la globalización como la conocimos en los últimos treinta años. Las señales, que son cada vez más claras, nos muestran que su retroceso está en marcha. Veamos algunas de ellas.



La tendencia del freno a la globalización se comenzó a evidenciar desde el 2008, año en el que se precipitó una gran crisis financiera.  En los siguientes 11 años, los datos del comercio relativos al PIB mundial, cayeron un 5%. Lo mismo se evidenció con el flujo migratorio y de inversión que se redujo en un 50%, del 2016 al 2019, según un informe especial de la revista The Economist.


En este periodo de cambio, son varias las causas que han acelerado esta tendencia. La crisis del 2008 sembró una gran duda sobre el capitalismo. El impacto del enfrentamiento entre China y los Estados Unidos, el Brexit, la llegada al poder de populistas como Trump, los movimientos nacionalistas, y los promovidos desde la izquierda contra la globalización, son algunas de sus principales fuerzas impulsoras.



La pandemia de los últimos dos años, y ahora, la invasión de Rusia a Ucrania, han acelerado los conflictos y las dinámicas contra la globalización. .Se han evidenciado las principales vulnerabilidades de este modelo: la disrupción que se ha producido en las cadenas de suministro y la dependencia de muy pocas fuentes del abastecimiento de productos críticos como el gas para Europa, y los fertilizantes que afectan la producción de alimentos. Hoy han perdido vigencia los supuestos, que fueron utilizados desde los años 80, para tomar decisiones de inversión,. 


Otra causa: la rivalidad económica entre las grandes potencias se han mezclado con los temas políticos y culturales. Esta realidad ha acelerado la reversión de decisiones empresariales tomadas durante los últimos veinte años. Cientos de compañías han repensado sus operaciones o las han cerrado en paises como Rusia y China, por las decisiones hostiles de sus regímenes autoritarios y los conflictos geopolíticos que han suscitado sus decisiones. Hoy, estas dos naciones son los más grandes enemigos de la globalización. 


En la actualidad, los riesgos de hacer negocios en estos paises, se han aumentado significativamente porque la incertidumbre es cada vez mayor. Se ha acelerado la tendencia a producir localmente, y se ha reducido significativamente los flujos de inversión.  Por ejemplo, entre China y los Estados Unidos se redujo a una sexta parte en los últimos tres años. 


Otra señal  muy preocupante es la reacción de indiferencia, que se se ve en muchos países del mundo, ante la invasión rusa a Ucrania. El ejemplo autoritario y demencial de Putin, no solo no ha merecido el rechazo, sino  inclusive ha contado tácitamente con aprobación y apoyo . El caso de la China y la India, los dos países más poblados de la tierra, son demasiado visibles. Especialmente el de la India, que se supone ser la democracia representativa mas grande del mundo.



Como consecuencia de estas dinámicas tan negativas, el mundo se está dividiendo en dos bloques de comercio alrededor de las dos grandes potencias económicas! Estados Unidos y China, y que enfrentan a dos sistemas con lógicas políticas y culturales  muy distintas. 


Los chinos están actuando hoy bajo un supuesto: la vulnerabilidad y la decadencia del sistema democrático occidental, especialmente la decadencia norteamericana. Ven el éxito conseguido por ellos con su  sistema autoritario  de un solo partido, como la evidencia que les demuestra su superioridad, y que será  el modelo dominante hacia el futuro. 



Como afirma David Brooks, columnista del NY Times en un artículo muy completo sobre el fin de la globalización, lo que estamos  presenciando es “una guerra cultural global” entre dos sistemas muy distintos. Pero hay otras  motivaciones  adicionales a  los temas económicos y políticos que están afectando el curso que traía la historia de la globalización desde 1990.


Brooks afirma que los seres humanos tienen unas necesidades de “ser vistos, respetados y apreciados. Cuando esto no sucede, se genera una reacción de ira, resentimiento y venganza. Hay un sentimiento profundo de injusticia y una respuesta agresiva de indignación”.  La inequidad generada en esta época de la globalización, ha producido un gran rechazo de la gente que han sentido que el proceso los ha ignorado y dejado atrás. 


Estas dinámicas tan complejas, han sentado las bases  para exacerbar el resentimiento, que ha sido explotado por los populistas autoritarios, de izquierda y de derecha. Es en este escenario histórico, que Putin y  Xi  Jinping, han aprovechado, para amplificar esta situación a una escala global, y que les sirve a sus intereses para aumentar sus esferas de influencia y revivir pasadas glorias. 


Esta dinámica explica la unión que declararon en febrero de este año, cuando los dos reafirmaron su apoyo mutuo en contra de las élites de los Estados Unidos y Europa. Ambos están reaccionado contra lo que consideran es una época de humillación para sus dos naciones, e imposición de valores por parte de las potencias occidentales. 


En el siguiente blog continuaré con otros factores que explica el fin de la era actual de la globalización y sus consecuencias para países como Colombia.