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jueves, 6 de agosto de 2026

La verdadera batalla cultural no es contra un enemigo: es por el alma de nuestra convivencia

 

“Las sociedades no se destruyen únicamente cuando fracasan sus economías o colapsan sus instituciones. También pueden fracturarse cuando dejan de compartir una historia capaz de mantenerlas unidas.”

Si miramos la  evolución de las preguntas que permitieron la evolución de la democracia tendríamos la siguiente línea histórica 

  • En el siglo XVIII la gran pregunta fue:
    ¿Cómo limitar el poder? La respuesta fue el constitucionalismo.
  • En el siglo XX la gran pregunta fue:
    ¿Cómo convivir siendo diferentes? Habermas respondió con el patriotismo constitucional.
  • En el siglo XXI aparece una pregunta distinta:

¿Cómo puede una sociedad profundamente diversa aprender a florecer colectivamente?  Con esta última pregunta quiero comenzar el blog de esta semana 

En un blog anterior , inspirado en una conferencia de Yuval Noah Harari, reflexionaba sobre una paradoja inquietante de nuestro tiempo: los seres humanos tendemos a seguir a quienes hablan con absoluta certeza, aunque no necesariamente sean quienes mejor comprenden la realidad. Harari recordaba que nuestro cerebro evolucionó para sobrevivir, no para buscar la verdad. Durante miles de años, seguir al líder que transmitía seguridad aumentaba las posibilidades de sobrevivir frente a un peligro inmediato. Ese mecanismo fue extraordinariamente útil cuando nuestros antepasados enfrentaban depredadores o desastres naturales.

Pero hoy nuestros desafíos son muy distintos. La inflación, la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad, la inseguridad, la migración o la gobernabilidad no se resuelven con respuestas simples. Son problemas complejos que exigen conocimiento, deliberación, cooperación y humildad intelectual.

Sin embargo, nuestro cerebro continúa sintiéndose atraído por quienes prometen soluciones rápidas y hablan con una seguridad absoluta. Las redes sociales han aprendido a explotar esa vulnerabilidad. La política también. Y quizás ninguna expresión sintetice mejor este fenómeno que la creciente utilización del concepto de “batalla cultural”.

El poder invisible de las narrativas

Existe una idea de Harari que considero fundamental. Los seres humanos no solo vivimos de alimentos o de instituciones. Vivimos también de historias. Las naciones existen porque millones de personas creen simultáneamente en una historia común. Las religiones sobreviven porque comparten relatos. Las empresas movilizan talento porque ofrecen un propósito. Las familias transmiten identidad mediante historias compartidas. Incluso la democracia es, en cierto sentido, una narrativa extraordinariamente poderosa: la convicción colectiva de que ciudadanos libres e iguales pueden gobernarse mediante reglas aceptadas por todos.

Las narrativas no son un problema. Son una condición de la vida en sociedad. Sin ellas sería imposible cooperar. La pregunta verdaderamente importante no es si una sociedad necesita una narrativa. La pregunta es qué tipo de narrativa decide construir.

Cuando una historia necesita un enemigo

Aquí aparece una diferencia que con frecuencia pasa desapercibida. Existen narrativas que amplían la comunidad. Y existen narrativas que la reducen. Las primeras invitan a personas distintas a reconocerse como parte de un mismo proyecto colectivo. Las segundas construyen identidad delimitando quién pertenece y quién debe ser excluido. Para lograrlo necesitan una figura indispensable: el enemigo.

No importa si ese enemigo recibe el nombre de élite, oligarquía, comunismo, capitalismo, inmigrantes, progresistas, conservadores, creyentes o ateos. La lógica siempre es la misma. La sociedad deja de verse como una comunidad diversa que debe aprender a convivir y comienza a entenderse como un campo de batalla donde solo puede existir un vencedor.

Es una narrativa emocionalmente poderosa. Porque simplifica la realidad, ofrece certezas, y convierte problemas complejos en historias fáciles de comprender. Y porque responde exactamente a las preferencias de un cerebro que busca claridad en medio de la incertidumbre.

¿Qué significa hablar de una batalla cultural?

Durante los últimos días escuché con enorme interés una conversación dirigida por la periodista María Jimena Duzán con Lucía González, Ana Bejarano y Mauricio Albarracín acerca de la llamada “batalla cultural” anunciada por el nuevo gobierno.

Más allá de las posiciones ideológicas de cada participante, hubo una reflexión que me pareció especialmente valiosa. Todos los gobiernos tienen una visión cultural. Eso es inevitable. Gobernar también significa proponer un relato sobre el país que se quiere construir. El verdadero interrogante surge cuando ese relato deja de ser una invitación al diálogo y comienza a presentarse como una batalla entre quienes representan los valores correctos y quienes simbolizan aquello que debe ser derrotado.

Las palabras importan. Y mucho porque crean realidades.  No es lo mismo hablar de construir una cultura del cuidado que de librar una batalla cultural. No es lo mismo convocar a una conversación nacional que movilizar a la sociedad alrededor de una confrontación permanente. Los marcos lingüísticos terminan moldeando la manera como una sociedad interpreta sus diferencias.

Cuando el lenguaje político adopta términos militares - batalla, enemigo, recuperación, derrota - corre el riesgo de trasladar esa lógica a la vida cotidiana. Y una democracia no puede vivir indefinidamente en estado de movilización contra una parte de sí misma.

La cultura no se decreta

Quizás el mayor error de todas las guerras culturales, tanto de izquierda como de derecha, consiste en creer que la cultura puede imponerse desde el poder. La historia demuestra exactamente lo contrario. Las grandes transformaciones culturales nunca fueron simplemente el resultado de un decreto gubernamental. Fueron procesos largos de aprendizaje colectivo.

Así ocurrió con la abolición de la esclavitud. Con el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres. Con la expansión de las libertades religiosas. Con el fortalecimiento de la libertad de expresión. Con la protección de los derechos fundamentales.

Todas estas transformaciones nacieron de décadas de deliberación pública, movilización ciudadana, evolución ética y construcción institucional. Reducir esa historia a la victoria circunstancial de un sector político significa desconocer la enorme complejidad con la que evolucionan las sociedades.

Y, sobre todo, olvidar una lección fundamental: las culturas cambian cuando millones de personas modifican gradualmente sus formas de relacionarse, no cuando un gobierno intenta reemplazar un relato por otro.

La Constitución de 1991: mucho más que un texto jurídico

Tal vez por eso vale la pena mirar nuevamente nuestra propia historia.

Con frecuencia hablamos de la Constitución de 1991 como una reforma institucional. No soy experto en la materia, pero creo que fue mucho más que eso. Representó un cambio profundo en la narrativa que Colombia empezó a contar sobre sí misma. Después de décadas marcadas por la violencia política, la exclusión y la confrontación, el país decidió reconocerse como una nación plural, diversa y fundada en la dignidad de todas las personas.

No fue un acuerdo perfecto. Ninguna Constitución lo es. Pero sí constituyó un intento extraordinario por sustituir la lógica del enemigo por la lógica del ciudadano. Ese cambio permitió consolidar una cultura de derechos que hoy forma parte del sentido común de millones de colombianos. La tutela, la libertad religiosa, el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural, la ampliación progresiva de derechos para distintos grupos de la población y la independencia de las instituciones no son simplemente decisiones jurídicas.

Son expresiones de una narrativa democrática construida durante décadas. Por eso cualquier debate sobre esos consensos debe darse con respeto por las reglas constitucionales, por la deliberación pública y por la dignidad de quienes piensan distinto. Esa es precisamente una de las fortalezas de una democracia plural.

La verdadera batalla de nuestro tiempo

Mientras escuchaba aquella conversación recordé una frase que escribí hace algunas semanas.

La verdadera batalla de nuestro tiempo no es política. Es cultural.

Sin contradecirme con lo expuesto anteriormente, añadiría algo más. Tal vez ni siquiera sea una batalla cultural. Tal vez sea una batalla por evitar que la cultura se convierta en una guerra. Porque cuando la conversación pública gira exclusivamente alrededor del miedo, de la sospecha y de la descalificación, todos terminamos perdiendo. Se pierde la confianza,  la capacidad de escuchar,  el pensamiento crítico, se pierde la democracia.Y , sobre todo, la posibilidad de seguir construyendo un “nosotros”.

La pregunta que Colombia necesita responder

En los últimos meses he insistido en una idea que considero central para el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. Las sociedades no florecen porque desaparezcan sus diferencias. Florecen cuando aprenden a convertir esas diferencias en una fuente de aprendizaje, creatividad y cooperación.

Por eso creo que Colombia necesita una narrativa distinta. No una narrativa vencedora. Una narrativa integradora. No una historia que clasifique ciudadanos entre buenos y malos. Sino una historia capaz de recordarnos que el futuro del país dependerá mucho más de nuestra capacidad para colaborar que de nuestra habilidad para derrotarnos mutuamente.

Las narrativas seguirán siendo indispensables. Siempre lo serán. La cuestión es si elegimos historias que necesiten enemigos para existir o historias suficientemente amplias para que millones de personas diferentes puedan encontrarse y reconocerse en ellas.

Esa decisión puede terminar siendo mucho más importante que cualquier elección presidencial. Porque los gobiernos cambian. Las leyes cambian. Las mayorías cambian. Pero las culturas permanecen durante generaciones.

Y precisamente por eso la pregunta decisiva no es quién ganará la próxima batalla cultural. La verdadera pregunta es mucho más exigente: 

¿Qué historia queremos contarles a nuestros hijos sobre el país que decidimos construir juntos?

En el siguiente blog voy seguir profundizando sobre el tema. 


domingo, 12 de diciembre de 2021

El poder de las historias para reimaginar el futuro.

 



En un blog de hace un mes, escribí sobre el poder de las historias. Fue un aporte muy bien recibido que entró en sintonía con muchos de mis lectores. El tema lo he vuelto a retomar con motivo de una presentación que voy a hacer mañana en una ceremonia para celebrar una década de la Corporacion Connect Bogotá. 

Mi aporte como Presidente del a Concejo de esta organización, va a ser una propuesta para construir el siguiente capítulo de la historia, sobre el papel que debemos tener para seguir aportándole al ecosistema de Ciencia, Tecnología , Innovación y Emprendimiento de la región y al país. 


Mi propuesta busca invitar a las empresas y universidades que nos apoyan, a incorporarse muy activamente al desarrollo  de esta iniciativa que debe continuar. Con este fin, me pareció interesante hacer algunos comentarios adicionales, a los que ya hiciera en el blog anterior sobre este tema, en relación al papel de las historias como herramientas para el liderazgo que facilitan el inspirar, pero también alertar cuando son utilizadas para confundir y desorientar. 


Desde esta perspectiva, es una invitación para hacernos una pregunta muy importante: ¿cuál es la historia que nos queremos creer como sociedad que sirve de marco para el aporte que queremos hacer desde Connect?



Las historias que nos contamos pueden tener un papel muy positivo e inspirador, tanto si nos referimos al pasado, como si lo hacemos para proyectarnos al futuro. Pero tienen su lado negativo, que si no se tiene en cuenta, el resultado puede propiciar decisiones e interpretaciones erróneas sobre la realidad. Veamos algunos puntos que se deben de tener en cuenta a los ya anotados hace un mes en mi blog sobre el tema 


Yo parto de un supuesto, que cada vez lo veo  con mayor claridad y validez. No hay conciencia por parte de  millones de colombianos, que la historia que se cuentan de su país,  les define su identidad y la realidad que quieren ver. También,  que condiciona sus posibilidades de avanzar. 


Para estas personas,  la  historia que tienen de Colombia es muy negativa. Define su realidad, sin entender  que es solo eso: una historia que es producto de su imaginación, y por lo tanto está hecha de ficciones. Estas son el producto de los filtros constituidos por supuestos, creencias y valores que han  adoptado, a través  de los cuales, de manera consciente o inconscientemente, interpretan su realidad pero que no se atreven a cuestionar su validez.  Otros colombianos tenemos una historia posiblemente más positiva y esperanzadora pero realista de nuestra realidad .


De cualquier manera, ya sea una historia positiva o negativa, al no cuestionar o no ver con escepticismo sus fuentes, ni los filtros que la sustentan, reforzamos y generamos un círculo vicioso  muy complejo que distorsiona la forma de percibir esta realidad.  Esto permite explicar, porque para muchos colombianos, la historia que se cuentan, se ha convertido en un ancla que llevan en el cuello, y que los mantiene rumiando el pasado, imposibilitando tener conversaciones de futuro que son tan necesarias para avanzar. 



La inclinación natural a darle más credibilidad a las noticias negativas, que pueden ser falsas, es explotada por quienes utilizan las redes sociales para propagar las “fake news” que tanto daño han generado. Se han vuelto un arma de desinformación para atacar el buen nombre de las personas, cambiar la dinámica electoral, y generar pánico o miedo. Así se manipula más fácilmente la opinión pública con mucha efectividad.



Ahora veamos el uso positivo de las historias. ¿ Porqué  es tan importante promover este tipo de narrativas innovadoras, esperanzadoras y compartidas, que sean fáciles de comprender? Por una razón muy poderosa que hoy en día se utiliza cada vez más:  los seres humanos nos entendemos y comunicamos mejor a través de ellas. No tienen que ser ciertas pero son más creíbles si involucran realidades o verdades  reconocidas. Son el medio para crear una identidad común y cohesión social.  En muchas ocasiones, estas son prioridades por encima de la de buscar la realidad. 


Pero también, las historia son muy importantes para generar preguntas que no se hacen y desarrollar conversaciones sobre los temas importantes que no tienen la atención requerida


El contar una buena historia es el instrumento más persuasivo para inspirar y mover a la gente, por lo que es una herramienta esencial en el ejercicio del liderazgo.  Por esta razón, en un ambiente de pesimismo y desesperanza, como el que hoy tenemos, es imperativo el construir historias diferentes, que nos devuelvan la confianza en nosotros mismos y nuestras instituciones, 



Una historia inspiradora nos habilite para ser los autores de nuestro propio destino, sin esperar los milagros ofrecidos por charlatanees y caudillos, que creen poder tener  las soluciones a los grandes retos del país. Porque, como ya lo he explicado en blogs anteriores , en esta época de tanta complejidad, volatilidad y cambios, estas promesas simplemente no son creíbles ni realista de lograr por una persona o una institución. Se requiere de la inteligencia y el liderazgo colectivo para lograr construir una nueva realidad.


Al estructurar nuevas historias, hay que entender que estas deben de ser adaptables y compatibles con unas realidades que cambian todos los días. Las que fueron relevante antes , pueden no serlo hoy y mucho menos proyectables hacia el futuro, especialmente por los cambios tecnológicos. 


Hay que comprender que, las historias que nos contamos y no cuestionamos, generan confort y seguridad. Esto explica el porque son tan difíciles de cambiar. El problema es que muchas de ellas se fundamentan en la nostalgia de un pasado que se percibe como mejor. Otro peligro que existe es el de confundir las historias con la realidad


También, hay otro peligro: algunas  historias que sirvieron en el pasado hoy ya no se sintonizan con los cambios en el entorno.  Dejaron de ofrecer una visión realista y positiva de lo que es posible lograr para enfrentar los retos actuales. 


Por ejemplo, el historiador e investigador Yuval Noha Harari, en su libro: “21 lecciones para el siglo XXI”  afirma que algunas  historias que sustentaron el desarrollo del siglo XX, relacionadas con la religión, el nacionalismo, los derechos humanos y el liberalismo, que han soportado la historia de la democracia en este periodo, están colapsando y se necesita con urgencia otras que las reemplacen.


A la luz de lo anterior, es indudable qué hay una necesidad para construir una nueva narrativa de país. Una donde por ejemplo, se han generado grandes innovaciones sociales, como son las redes de comunidades de liderazgo colectivo, pero también nuevos modelos de negocios más incluyentes. Es necesario utilizar la creatividad y la imaginación para poder innovar en la construcción de esta nueva narrativa. Ver mi blog de la semana pasada. 



En países como el nuestro, se necesitan muchas más historias esperanzadoras, ancladas en los resultados positivos que deberíamos de reconocer, como fundamento para cambiar la realidad que hoy nos agobia y así, aprovecharlos. Si lo logramos,  podremos cambiar la narrativa que hemos construido, que nos impide avanzar, haciendo un tremendo aporte al fortalecimiento de  la  Innovación como palanca para el desarrollo,  en lo social, lo económico, y lo político. 


Con estos comentarios, espero haber podido aportar a contestar la pregunta que formule sobre la historia que nos queremos cree. Veo que la innovación y las organizaciones como a Connect, tienen que evolucionar para aportar con nuevas historias donde  se desarrollen nuevos espacio de relacionamiento. En la actualidad, es lo que vamos a comenzar a hacer desde enero para ayudar al despegue de un gran proyecto de redes de comunidades de liderazgo colectivo, apalancadas por la ciencia, la tecnología, la innovación y el emprendimiento. 


Este tipo de iniciativas, formuladas a partir de una narrativa diferente,  deben de motivar la participación activa  de muchas  instituciones de educación superior, empresas y otros actores, que se han comenzado a unir al rededor de un propósito superior.  


Buscamos construir una nueva historia que nos habilite para identificar las oportunidades inmensas de transformación innovadora que podemos lograr, y que responde a la historia que nos queremos creer para nuestro país . Sería una demostración del poder de las historias para reimaginar el futuro. Si lo conseguimos, es posible soñar que Colombia sea vista como un referente de vanguardia a nivel internacional.


domingo, 31 de octubre de 2021

El poder transformador de las historias

 



Hoy es cada vez más común escuchar la importancia que juegan las historias o narrativas que nos contamos los seres humanos, para interpretar la compleja realidad, que es la característica principal de nuestra época. Es la manera que utilizamos para darle sentido a nuestro pasado, tener bases para vivir el presente y proyectarnos hacia a el futuro. 


Desde épocas pretéritas, han servido para transmitir la cultura a las generaciones que vienen,  de manera oral y escrita. El hilo conductor  de las historias o narrativas que nos contamos y transmitimos,  condiciona muchas veces de manera inconsciente, nuestro devenir individual y colectivo. Se podría afirmar que es la forma en que se transmite el ADN social. 


Pero al igual que sucede con su contrapartes biológica, de vez en cuando sufre una alteración aleatoria influenciada por factores externos. En biología este ha sido el camino de la evolución de las especies propuesta por Darwin. En la sociedad, han habido eventos inesperados, que también han cambiado el curso de la historia, y que han producido unas nuevas narrativas, para darle sentido a lo qué pasó.




Hoy se puede afirmar que las historias y narrativas que nos creemos, sirven para entender la cultura de dónde venimos que nos hace ser lo que somos. Pero hay algo más importante aún: nos permiten  pronosticar las posibles trayectorias, que vamos a seguir a nivel individual y colectivo. Las historias y narrativas que utilizamos, para explicar lo que somos, definen el imaginario que nos limita o abre nuevas posibilidades. 


Pero el poder de las historias y narrativas reside principalmente en su impacto emocional más que  en lo  racional. Siendo la primera, una dimensión tan fundamental del ser humano, curiosamente no es un tema que se trate explícitamente en los análisis que se hacen de nuestra realidad. 




Una historia o narrativa puede inspirar emociones positivas para hacer lo que no se veía posible realizar, y generar esperanza e ilusión de un futuro mejor. También produce emociones negativas que cierran posibilidades. Por ejemplo, el miedo invita a huir y no afrontar una situación. La rabia genera oposición y agresividad que conduce a la violencia. La tristeza que produce resignación y el aceptar que no se es capaz de cambiar la realidad. 


El poder que tienen las historias y narrativas para generar una emocionalidad, nos condiciona la interpretación , el entendimiento y la valoración de nuestro pasado, sobre el cual podemos transitar al presente y proyectarnos hacia el futuro. Utilizadas positivamente, pueden inspirar un cambio hacia un propósito superior, generar esperanza que une para la construcción diferente de un mejor futuro.  


Desde esta perspectiva, son  cada vez más importantes para facilitar los procesos de cambio a nivel personal, organizacional, y de manera más amplia, para una comunidad. Motivan a tener una mentalidad individual y colectiva abierta para apropiarse del cambio. Son esenciales en el ejercicio del liderazgo 




Pero  las historias y narrativas, también pueden servir para manipular imaginarios que demonizan y dividen.  generando miedo, rabia o resignación. Cuando las historias y narrativas se utilizan como armas de destrucción masiva, aprovechando las redes sociales y el poder de las tecnologías de información, se generan movimientos violentos , como el del 6 de enero con la toma del Capitolio en Washinton DC porque Trump difundió la historia de que le habían robado las elecciones. O la narrativa de que la Policía es enemiga del pueblo, difundida durante las marchas sociales en Colombia, amplificando los abusos que si se cometieron, pero que no comprometen a toda la institución.


En el coaching ontológico, para cambiar una historia personal, es necesario visualizar la que quisiéramos tener. Luego hay que  entender cuáles son las cosas qué hay que cambiar hoy para lograrlo. Finalmente hay que reconocer  los juicios y las emociones que soportaron las historias que traemos de atrás. 




El camino para generar una nueva historia genera conflictos y emociones muy fuertes que hacen perder el compromiso y evadir, o miedo que paraliza y hace huir, o rabia que genera oposición, o tristeza que invita a la resignación. 


Hoy en Colombia nos hemos dejado tentar por narrativas conflictivas que han capturado la agenda de nuestro país por muchas décadas. El proceso de paz de Santos buscó cambiar la trayectoria de estas historias contradictorias y conflictivas. Por errores de fondo en el ejercicio de liderazgo del expresidente y su equipo, no solo no se logró el cambio, sino que se mutó el conflicto y se agudizó la polarización. 


En el proceso de entrar de lleno en una campaña política en los próximos meses, que puede cambiar la narrativa para un grupo dirigente que ha dominado el poder por décadas, es evidente ninguna de las propuestas que están planteando, quienes están aspirando a llegar a la Presidencia de Colombia, está ofreciendo algo inspirador y diferente que nos una y no nos siga dividiendo más. 


Se hace necesario que surjan personas, que desde la gran diversidad que caracteriza nuestro país, se unan en unas comunidades de liderazgo colectivo, para que desde lo local, configuren nodos conectados entre sí, desde donde emerja una nueva narrativa incluyente de lo que quisiéramos lograr, la historia que nos quisiéramos creer. Yo estoy personalmente comprometido con un proyecto así: Motores de Esperanza porque me niego a seguir envuelto en la nube de narrativas negativas que están impulsando a Colombia al abismo.