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sábado, 16 de octubre de 2021

La democracia en peligro en AL, una llamada a la acción



Desde 1995 The Economist, prestigiosa revista inglesa ha publicado el Latinobarometro y reunido datos en 18 países sobre las actitudes de los latinoamericanos en relación a la democracia y las instituciones que la soportan. En su última edición hecha en campo entre octubre y diciembre del 2020 y complementada con entrevistas telefónicas en Mayo de este año, muestra un panorama bastante sombrío de la región.
 

En su último informe nos recuerda que AL fue golpeada mucho más fuerte por el covid-19 que el resto del mundo. Con solo el 8% de la población del planeta tuvo el 14% de los muertos por encima de los datos registrados oficialmente. 



Un numero muy preocupante en la encuesta, muestra que el 88% de los entrevistados no confían en otras personas, siendo la confianza el factor fundamental del capital social de una comunidad. Este resultado puede explicar el rezago cada vez mayor que muestra la región, cuando se la compara con los países más desarrollados. El dato refleja la percepción que la gente tiene de su sistema democrático y de sus instituciones.


Dados estos bajísimos niveles de confianza personal, no fue una sorpresa que la pandemia acelerara otras tendencias, que ya se venían incubado desde tiempo atrás. Una de ellas es el nivel desconfianza que inspiran las instituciones a nivel regional. Los partidos políticos ocuparon el nivel más bajo en la encuesta con el 88%, le siguió el Congreso con el 80%, el Sistema Judicial con el 75% y los Gobiernos con el 72%. La institución menos desprestigiada fue la Iglesia con el 40%



Teniendo en cuenta la desconfianza creciente en las instituciones y en las personas, tampoco es sorprendente que las encuestas presenten una actitud de apoyo decreciente de la gente al sistema democrático. En el 2020, el 70% de las personas entrevistadas en la región, mostraban una insatisfacción importante con el funcionamiento de la democracia. Esta cifra no varió mucho con relación a las obtenidas dos años atrás. En el caso de Colombia la cifra del 80% es aún más preocupante.


Lo que más debe de alertar de estos resultados, es la indiferencia hacia la democracia que   tienen el 25% de los entrevistados, cifra que se duplicó en una década.  La encuesta demostró que la indiferencia, es más pronunciada en la gente joven de las clases más pudientes, que representan la elites en su respectivos países.


Otra señal preocupante fue la elección de Nayib Bukele en el 2019 como Presidente del Salvador.  Este señor, representante de una nueva generación de políticos, desde su posición ha adoptado una actitud antidemocrática y populista. En el primer año, amenazó al Congreso, la Corte Suprema y la Prensa de su país.  Y sin embargo, dos años después de llegar al poder, el 66% de los entrevistados piensan que El Salvador va por buen camino vrs el 19% de los encuestados sobre el mismo tema  en los otros  países de la región . 


En el Uruguay, la percepción de la gente en un periodo de tres años, ha mejorado 15 puntos (60% a 75%) en relación a su preferencia de la democracia sobre otras formas de gobierno. Costa Rica muestra una tendencia similar  en el mismo periodo (60% a 68%). En el caso de Colombia hay una leve mejora pero partiendo de niveles mucho más bajos (38% a 42%). Brazil y Mexico, los dos países más grandes de la región, muestran también niveles muy bajos de aceptación de la democracia cercanos al 40%



Las causas de la insatisfacción son variadas y se manifestaron muy claramente durante las protestas sociales en el 2019 y en Colombia nuevamente en el 2021. Más del 50% de los entrevistados estaban en favor de esta manera de expresión de la insatisfacción con el sistema democrático, a pesar de la violencia y destrozos que ocasionaron en Chile y en nuestro país. 


Las causas más citadas fueron varias. Los  gobiernos sólo representan una minoría y no les importa los demás. El acceso a la salud es un motivo de insatisfacción en países como Chile. La desigualdad en la distribución de la riqueza y las oportunidades son motivo de mucho malestar en todos los países. 


Churchill decía que la democracia era el menos malo de todos los sistemas de gobierno, la evidencia de varios casos en la región le dan la razón. En la Venezuela de Maduro, la democracia dejó de existir hace años, situación que ha obligado a más de 6 millones de sus habitantes a abandonar su país, tema que particularmente nos ha afectado en Colombia. 


Otro ejemplo patético es Nicaragua, donde los Ortega montaron una dictadura familiar. La libertad de expresión y las garantías ciudadanas, en estos países no existen sino en la imaginación de los déspotas que hoy detentan el poder. 


En Perú, via las elecciones, llegó finalmente a la presidencia el Sendero Luminoso después  de causar con actos terroristas más de 300.000 muertos. Y lo hizo, por interpuesta persona de Castillo, un sindicalista desconocido que irrumpió en la escena pública al dirigir una huelga de maestros en el 2017. Hoy tiene en marcha un proceso de desmantelamiento de la democracia peruana, que fue el vehículo utilizado para llegar al poder.  El propósito:  implantar un régimen de corte marxista leninista a pesar de los resultados desastrosos que muestra la historia de esta forma de gobierno. El mejor ejemplo es Cuba en la región. 


No se puede desconocer que, los resultados presentados por The Economist, muestran una crisis de la democracia, que podríamos llamar sistémica, caracterizada por la desconfianza y la indiferencia en la región, con la excepción de Uruguay y Costa Rica. Pero lo más preocupante, es que las alternativas populistas y dictatoriales de izquierda, que han dejado en bancarrota a países como Venezuela y Cuba, se vean como más atractivas y lleven al poder a personajes ineptos como Castillo en el Perú.


Si vemos nuestro caso en Colombia, no se puede tapar el sol con las manos: fallas de nuestra democracia son muchas, pero también los avances que hemos tenido como nación. El problema es que, en es este entorno polarizado y de desconfianza que nos envuelve como una nube negra, mucha gente magnifica las falencias y se niega a reconocer los logros. Y si todo se ve negro, la desesperanza se vuelve la peor consejera para elegir a los dirigentes políticos y por esta razón nos equivocamos. Esa es la realidad que enfrentamos para las elecciones del 2022. 



Mientras en Venezuela, Cuba y Nicaragua, las protestas se suprimen a la fuerza, se persigue a la oposición, la libertad de expresión no existe y se violan sistemáticamente los derechos humanos, en países como Colombia la situación es bastante diferente. 


La gente tiene la libertad de  expresarse, e inclusive de abusar de esa libertad. La evidencia:  los excesos  que vimos durante las marchas sociales que se salieron de madre. Ejemplos como la  toma de Cali, la tercera ciudad más importante y el cierre del principal puerto del país, así lo demuestran. Y si, es evidente que hubieron excesos por parte de la Policía, cuyo desprestigio ha alcanzado niveles históricos, pero estos fueron denunciados y hay procesos condenatorios en marcha. La prensa los publica, y la oposición se puede expresar libremente condenándolos. 


A pesar de que en esta crisis de desconfianza, en que hoy nos movemos como sociedad, hayamos perdido la capacidad de reconocer y valorar los avances que hemos tenido, la solución inteligente no parece llevar al abismo y botar por la borda nuestra democracia, ni los muchos logros  que hemos tenido como sociedad. Nos quejamos de lo que tenemos hasta que lo perdemos y entonces lo lamentamos pero ya es tarde.  ¿Entonces que debemos hacer?


La respuesta contundente: defender nuestra democracia y no abandonar como ratas el barco como sucedió en Venezuela, actitud que la hundió como nación. Despertar la fuerza  del liderazgo colectivo que existe en muchos niveles de nuestra sociedad, para propiciar los cambios que se necesitan, promoviendo una nueva generación de líderes políticos, sociales y empresariales que los orienten y dinamicen el sistema democrático corrigiendo sus fallas.


También, hay  que reconocer el problema. La indignación y el resentimiento se han venido acumulando a lo largo de los años, donde las estructuras que sostienen el sistema democrático, se han  quedando cada vez más atrás del incremento exponencial de las expectativas de la gente. Y cuando hay el vacío de liderazgo que hoy tenemos, el resultado es una sociedad desorientada que es muy vulnerable a los cantos de sirena populista que hoy llegan desde los extremos de los dos espectros políticos. 


La buena noticia es que, ante la alternativa de una dictadura de izquierda o de derecha, y como respuesta a la crisis que hemos tenido después de la pandemia y que ha afectado tan profundamente  a la sociedad, se están comenzando a despertar una serie de iniciativas en todo el país que apuntan en esa dirección. 


Este es el caso en el Valle del Cauca, donde micro, medianos y grandes empresarios, han estructurado un programa de respuesta a la situación social de la región y reunido un fondo inicial de $ 50.000 millones para atender varios frentes prioritarios. Se ha vuelto a despertar el espíritu cívico que caracterizó al sector privado en los años 70 y 80 y que volvió a Cali un referente nacional e internacional. 


En Bogotá, han nacido iniciativas como Colombia cuida Colombia y Motores de Esperanza con el fin de promover nuevos liderazgos y la unión de esfuerzos para generar un mayor impacto colectivo. Con el concurso de importantes empresas, universidades y fundaciones, este último caso busca identificar, visibilizar, conectar y apoyar a muchos líderes que hoy hay en nuestro país para que colectivamente aporten a su transformación. 



El informe del Economist, muestra una realidad que no se puede ignorar por más tiempo. Es una llamada a la acción para que desde diferentes sectores de la sociedad, se pellizquen y movilicen para corregir el rumbo. Hay que atender los temas urgentes que ha destapado la pandemia, pero también hay que enfrentar un tema más urgente aún: contar en el mediano plazo, con unas comunidades de liderazgo colectivo, que desde lo local, se unan en una gran red para sembrar las verdaderas bases de un desarrollo sostenible y de gran impacto, que dinamicé nuestra democracia y beneficie de manera incluyentes a la sociedad.


Sobre este tema seguiré escribiendo, ya que formó parte de un grupo de empresarios, rectores y otras personas, que hemos tomado la decisión de aportar con creatividad a la solución de formar estas comunidades de liderazgo. No queremos ser parte del coro, de quienes se quejan, o están pensando abandonar al país a su suerte. 


Nos merecemos un futuro mejor que Venezuela, Nicaragua, Cuba o Brazil, pero para lograrlo, hay que unirnos y ponernos a trabajar. Los enemigos de la democracia, desde los dos extremos del espectro político, ya lo están haciendo para llevarnos por el camino de la polarización y el odio, que perpetúa una historia de violencia que el famoso acuerdo de paz de Santos, no logró superar.


Si no queremos que tengan existo,  necesitamos ofrecerle a la sociedad, una contra narrativa basada en el ejemplo del liderazgo colectivo,  que promueve la esperanza y la confianza, para  enfrentar la otra  narrativa que nos quieren imponer para nuestro país. 


sábado, 9 de octubre de 2021

Los cambios en los puestos de trabajo después de covid-19

 


A pesar de los avances en la vacunación de la población, la amenaza del covid-19 se sigue presente en el mundo entero. La realidad es que hoy hay un porcentaje mayoritario de países que no han podido acceder, con la velocidad y profundidad necesaria, a esta solución. La puerta sigue abierta, para que la mutación  de nuevas variedades de virus, sigan generando otros ciclos de contagios. Y mientras tanto, su impacto continúa produciendo grandes disrupciones en varias áreas, como es el caso del sitio del  trabajo, y la forma en que la gente interactúa en su vida laboral. 


No es de extrañar que, ante esta realidad que va cambiando todos los días, estén surgiendo varias preocupaciones  sobre la sostenibilidad en el largo plazo del trabajo virtual. Esta ha sido una de las características distintivas de esta época tan compleja. Esta posibilidad se aceleró cuando la gente tubo que confinarse en sus hogares para seguir su vida laboral, si es que no habían perdido su trabajo. 


Durante más de 19 meses, las personas se han visto obligadas a no tener una interacción física en su vida laboral, y ver cómo se desdibujaba la línea divisoria entre el trabajo y la familia. El impacto ha afectado las relaciones, y también la salud mental de los trabajadores y de sus miembros cercanos. Para no hablar de un aumento muy importante de horas de trabajo, sin que esto haya significado un incremento en los resultados. Sobre este punto hay posiciones encontradas.


Lo que nadie discute es que ha habido una profunda disrupción en temas como la vida urbana de las ciudades y posiblemente en la productividad de las organizaciones, entre otros factores que hoy se comienzan a evaluar y cuestionar en todo el mundo. Hoy se ven muchos espacios de oficinas vacíos que están para vender o arrendar. Y los negocios que surtían las necesidades de estas oficinas con servicios varios, han sufrido un gran impacto. 


En este blog quiero  abordar las consecuencias para los espacios de trabajo. Entrevistando a una mujer en estos días, me mencionaba la sensación tan extraña que sentía, al no poder conocer en persona a los miembros del equipo en su nuevo trabajo. Y el tema la impactó más, cuando le pidieron que fuera el primer día en su nuevo cargo, a las oficinas de la empresa donde la esperaba otra sorpresa. 


Esta  compañía había tomado la decisión de devolver una parte importante del área que tenía arrendada antes de que la golpeara la pandemia. Después de 18 meses, la gerencia tomó la decisión  de abrir de nuevo las oficinas, para que los empleados comenzaran a volver al trabajo de manera semi presencial y en un espacio más reducido. 


Como millones de personas que están regresando al trabajo presencial, mi entrevistada me comentaba como estaba enfrentando la “nueva normalidad” en su nueva vida laboral. Iba a tener un trabajo híbrido presencial y digital que no esperaba. El confinamiento la había afectado mental y físicamente y añoraba volver a estar todos los días con sus compañeros de trabajo. 



Extrañaba mucho el contacto humano que la virtualidad le había robado. Me comentaba que ella había sufrido las consecuencias durante el tiempo de pandemia, del trabajo virtual en un apartamento, donde vio como su vida laboral y familiar se desfiguró completamente.  No le había sido nada fácil  trabajar en un espacio muy apretado de 50 m2, compartiendo el internet con su esposo y los hijos, además de tener que responder por las labores de su hogar. 


Pero también, me mencionó que había encontrado más  sorpresas en su nuevo trabajo. Dada la nueva modalidad, no le iban asignar un puesto de trabajo fijo. Esto significaba que no podía tener cosas personales, como fotos, reconocimientos, etc. que le daban un sentido de pertenecía. Además, si quería ir más días a la oficina, de los que la compañía le había asignado, tenía que separar un nuevo escritorio, usando una aplicación especial. Esta flexibilidad en la distribución física de los puestos de trabajo ya se venía desarrollando antes de la pandemia. 


Esta aceleró la tendencia pero las consecuencias, como me lo explicaba mi entrevistaba, comienzan a hacerse más evidentes. Especialmente, sale afectado el sentido de pertenecía y el de tener un lugar propio con un impacto que puede ser importante en los resultados de cada empleado. En una encuesta hecha por la firma Workthere dedicada a espacios de “co-working”, mostró que el 56% de los entrevistados sentían que eran menos productivos al no tener puestos de trabajo fijos.



Para resolver esta situación, algunas empresas han comenzado a experimentar con la asignación de espacios de trabajo a equipos y no a los individuos. La idea es que  todos los miembros del equipo se reúnan, por lo menos dos veces por semana, para compartir, coordinar actividades y socializar.


Es interesante que el día más atractivo para estar en la oficina sea el jueves y el menos popular el viernes, según lo evidenció otra encuesta realizada a 10.000 oficinas en todo el mundo hecha por la plataforma laboral Robin. En otra encuesta hecha por CBRE Research a 77 firmas en diferentes países, el 56% anticipaban que el uso flexible de las oficinas iba a ser “el nuevo normal”. Esto significa que va a haber cientos de miles de m2 de oficinas que van a tener que ser reconvertidas a la fuerza.  


Estas nuevas realidades de asignación de puestos de trabajo, han motivado el desarrollo de software especializado, para el planeamiento de la asignación y monitoreo de los puestos de trabajo en espacios más reducidos de oficinas. La empresa consultora Bain en Austin, ha desarrollado sistemas de apps para que los empleados separen días de trabajo presencial con una semana de anticipación. Estas dinámicas implican ajustes importantes para quienes son incapacitados o simplemente no les gusta su nueva situación.


Esta tendencia al uso flexible del espacio de oficinas está obligando a las firmas  a planear con más cuidado las áreas para socializar. Pero también, monitorear muy de cerca las señales de desbalance mental y emocional, que hoy son una secuela del covid-19, y una epidemia oculta con un tremendo impacto en el largo plazo en el trabajo.


A pesar de qué hay personas, como mi entrevistada, para quien el trabajo virtual ha tenido una alto impacto, hay otras que aprecian como una bendición, la mayor flexibilidad que les permite esta modalidad laboral. 


Ya son 19 meses de disrupción en muchos aspectos de la vida de las personas producida por el covid-19. En los meses y años venideros esteremos presenciando las consecuencias y los cambios que esta pandemia produjo, no solo en la salud, sino en dimensiones tan significativas como el trabajo. 


Es difícil predecir cómo se va a ir dibujando “el nuevo normal”. Lo que sí es seguro, es que tendencias que se venían desarrollando, han aumentado significativamente su velocidad e impacto. Mirando hacia adelante, el futuro de los puestos de trabajo como los conocimos, seguramente va a ser muy distinto.


domingo, 3 de octubre de 2021

Nadando contra la corriente



 En mi blog anterior, hice mención al nuevo paradigma empresarial que está surgiendo debido a las consecuencias sociales producidas por el impacto del covid -19, situación que está obligando a las empresas, sin distinción de su tamaño, a comprometerse mucho más con las comunidades donde actúan y con el entorno en general. En este blog voy a profundizar sobre este tema y sus consecuencias.

El paradigma que está emergiendo es el resultado de una nueva lógica social, cuyo impacto también se debe de tener muy en cuenta para tomar decisiones, con la lógica económica. Esta ha predominado en el desarrollo del capitalismo a lo largo de la historia, orientada a la maximización de las utilidades. También, hay que sumarles una nueva lógica política, que proteja el sistema democrático, cuyo entorno es vital para las empresas y para la sociedad en general y una lógica ambiental que protegía el medio ambiente



Estas cuatro lógicas deberían estar en la agenda estratégica de la mayoría las organizaciones contemporáneas y no lo están.  Y las consecuencias las estamos viendo hoy, cuando estas lógicas están totalmente desequilibradas. La mayoría de las empresas le han puesto el foco exclusivamente en el desempeño económico y han descuidado irresponsablemente las otras lógicas. El resultado: una sociedad tambaleando y con unas profundas brechas que se hicieron muy visibles en estos últimos 18 meses. 


Estas lógicas, que deben estar balanceadas, se tienen que apoyar en una cultura que permita un rol de liderazgo y colaboración de las empresas, con otros actores del ecosistema donde actúan, pero también en conexión  con otros ecosistemas, para que su impacto se escalable y mucho mayor. Es una nueva forma de pensar, dada la complejidad e incertidumbre que claramente desbordan las capacidades individuales de cada actor. 


Gracias a los cambios que se están viendo y que se van a seguir acelerando hacia el futuro, solo si se juntan las competencias de muchas organizaciones y personas, desde la gran diversidad de los actores que deben de participar, será posible equilibrar el la estructura que soporta la sociedad para responder a los tremendos retos que enfrentamos. 


El concepto de Impacto Colectivo, al cual me he referido en varias oportunidades en otros blogs, responde a la pregunta que surge con mucha fuerza: ¿cómo lograr generar una red de nodos de comunidades de liderazgo, donde las empresas, las universidades, y otros actores sociales y dirigentes políticos, puedan sumar sus capacidades para multiplicar los resultados y su impacto en sistemas complejos? 



Como sucedió a principios de los 90, con el surgimiento de la lógica  de “la calidad total”, o una década más tarde con la de “la innovación”, y que hoy forman parte obligada de las conversaciones estratégicas de cualquier organización, la lógica “del ejercicio del liderazgo colectivo”, debe de sustentar hoy el nuevo paradigma empresarial e institucional. 


El reto está en involucrar a otros actores claves como las universidades, dirigentes políticos y líderes sociales, que también tienen su responsabilidad hacia la sociedad. Todos están  llamados a jugar un papel fundamental en esta época de grandes cambios y  de  tremenda volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad (VICA)


Este es el nuevo paradigma que debe de estar sustentado en las lógicas ya mencionadas. Representa unos cambios profundos en la mentalidad, las creencias y los valores de nuestra cultura. Implica modificar los modelos mentales que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia, que si no se modifican, no podremos avanzar. Se pone en peligro nuestro sistema democrático, que a pesar de muchas imperfecciones, es mejor que el populismo autoritario que hoy avanza con mucha fuerza.


 ¿Y qué pasa si no lo hacemos? El  riesgo es inmenso, pues la tremenda desorientación y polarización que hoy muestra la sociedad colombiana, es el resultado de un profundo vacío de liderazgo que hoy se evidencia. 


Este vacío, hoy está siendo aprovechado por los dirigentes políticos caudillistas, como ha sucedido en otros países latinoamericanos, independientemente de la bandera ideológica que utilicen, para cubrir sus verdaderas intensiones. Y una vez conseguido su objetivo, proceden  a desmantelar los fundamentos de la democracia, hoy atacada por todos lados, pero  que es el vehículo que les permite llegar al poder para luego quedarse con él como ha sucedido en Venezuela y Nicaragua.


Pero ¿cuáles son los elementos que deben de sustentar el nuevo paradigma del Impacto Colectivo que permita un ejercicio del liderazgo muy distinto al que existe hoy? 


Para iniciar, es fundamental que los empresarios entiendan, que es de su interés estratégico, garantizar un entorno sano donde puedan desarrollar sus actividades de negocios. La inversión y el talento fluye hacia aquellas regiones donde hay instituciones sólidas, reglas de juego confiables, y el progreso social no se queda atrás. Cuando no existen estas condiciones, el panorama es insostenible como lo han comenzado a entender los empresarios en Cali después de la toma violenta de su ciudad. Para evitar esta situación hay varias tareas que realizar.



La primera de ellas es conseguir construir “un propósito común y compartido”, que inspire y permita la alineación de las capacidades, recursos o y esfuerzos, de los actores institucionales y las personas que pueden ayudar a crear los cambios requeridos. Vivimos en una sociedad sin un norte común y esto explica la tremenda desorientación de tanta gente, su desesperanza y desconfianza en las instituciones y quienes tienen posiciones de dirección en la sociedad. Las encuestas recientes así lo indican y son contundentes.  


Pero un propósito superior que inspire y oriente, debe venir acompañado de un marco de valores que lo sustente. Pero algunas personas se preguntarán el porqué son tan importantes los valores en una comunidad. La razón de fondo, es porque son los que guían las decisiones de las personas en la vida, y cuando son compartidos, se constituyen en parte esencial de su cultura, de lo que es aceptado en ella, influenciando en las acciones y los comportamientos de sus miembros,


Pero hay otras razón. Las condiciones actuales y las dinámicas hacia adelante, le están exigiendo a las organizaciones públicas y privadas, generar valor social que aporte a subir la calidad de vida de todos los miembros de una comunidad. Esto implica buscar un equilibrio entre las lógicas económicas, sociales y políticas que la afectan. El nivel de confianza y legitimidad va a depender cada vez más de que esto se logre. 



Este enfoque es fundamental para amortiguar las condiciones crecientes de un entorno VICA. El propósito superior, acompañado de unos valores claros y explícitos en el día a día,  inspiran a la gente a dar lo mejor de sí, y también, ayudan a construir una identidad y un significado  común.


La siguiente tarea está en lograr vender la realidad de una transformación que requiere una visión de largo plazo, pero con resultados inciertos. Eso significa prepararse para navegar en aguas tormentosas sin desfallecer, para lo cual se necesita atreverse a experimentar y fallar. La resiliencia y la persistencia, deberán ser la marca que distinga a quienes se han comprometido a liderar colectivamente el proceso de cambio. Esto significa posiblemente sacrificios en el corto plazo, y hacer inversiones sin esperar retornos inmediatos.


La tercera tarea es entender el papel que juega el factor emocional de un proceso de cambio tan grande. En estas circunstancias la racionalidad queda en un segundo lugar. Los estados de ánimo positivos o negativos de una comunidad, son afectados fuertemente cuando este tema se ignora porque sus efectos son tan contagiosos como una pandemia. Este es un aspecto central en ejercicio del liderazgo colectivo. Si se minimiza su impacto, los riesgos de fracasar son exponenciales y los costos impagables. Las protestas sociales de los últimos meses son una demostración patética de esta realidad.


Es importante tener en cuenta el papel que juegan un propósito superior compartido y unos valores, en el clima emocional de una comunidad. Cuando se logra su comprensión y compra, la energía emocional consigue que la gente realice tareas imposibles de lograr, que si solo se apela a la racionalidad. Contribuyen a darle significado a la existencia y a responder a la gran pregunta que surge en estas circunstancias de cambio: ¿porqué y para qué me debo sacrificar y dar lo mejor de mi?


Una cuarta tarea es darle cada vez más valor al compromiso y alineación de los intereses de las empresas con lo asuntos públicos. Esto implica desarrollar capacidades individuales y colectivas de relacionamiento con audiencias muy diversas, bajo una mirada incluyente de respeto a esa realidad. 


Es necesario tener muy presente las necesidades de los diferentes actores que intervienen, y que antes se ignoraban sin un costo grande. Hoy ya no es así. La realidad es que la presión se venía acumulando, y en Colombia terminamos con la toma violenta de Cali, su tercera ciudad más importante, y con el cierre por dos meses de Buenaventura, el puerto más grande, con inmenso costo económico para el pais.


Esta tarea implica participar activamente en la construcción de una agenda pública que mejore las condiciones de todos los asociados. También significa qué hay que monitorear su implementación, para garantizar unos resultados a la altura de las expectativas cada día más crecientes, de una población  que se siente ignorada y marginada.


Lograr el compromiso hacia lo público no es tarea de una sola persona en una organización. Se requiere el concurso de muchos, porque construir relaciones de confianza con una comunidad, es muy complejo.  El promover el voluntariado institucional deberá ser una tarea cada vez más importante, para lograr la comprensión de la situación de otros, e impulsar el cambio hacia una cultura más empática y conectada, con la realidad del entorno donde está inserta la organización.



La quinta tarea consiste en asignar recursos de tiempo, dinero y talento a la construcción de las comunidades de liderazgo colectivo, así como también, para los proyectos que se realicen en alianza con otros actores. Para garantizar su impacto, hay que estar igualmente dispuesto a innovar y a aprender de los errores y aciertos cometidos, para lograr avanzar en función del propósito superior que une a la comunidad. Hay que hacerlo con la mirada de largo plazo y sin buscar resultados o beneficios inmediatos.


Coordinar procesos de impacto colectivo, exige una sexta tarea que no es fácil de lograr. Se requiere confiar en la capacidad que tienen los miembros de la comunidad de liderazgo colectivo, para lograr generar sistemas de autogobierno sostenible en el tiempo y financieramente. 


En esta cultura. la confianza es fundamental, pero también lo es, asumir la responsabilidad de obtener los resultados. Esto exige tener una serie de reglas compartidas por quienes están en la comunidad. También, evitar la rigidez que ahoga la creatividad y la innovación. Estas redes deben ser muy flexibles y adaptables a los cambios en su entorno.


Esta tarea es esencial si se quiere formar una red de comunidades de liderazgo colectivo que se extienden por la región y el país. Cuando esto se logra, estas de convierten en un instrumento muy importante de cambio social y político, con efectos económicos muy positivos. Y además, son las bases de un proceso de apropiación desde la base, y por lo tanto, de su sostenibilidad y capacidad de comunicación y actuación 



En resumen, forzadas por las circunstancias y los cambios en el entorno, las empresas y en genral todas las instituciones, van a tener que andar contra la corriente y adoptar el nuevo paradigma emergente de las redes de comunidades de liderazgo colectivo, para responder al creciente descontento y desconfianza de un grupo mayoritario de la población, que hoy se siente marginado y desorientado. Y en el fondo, lo que está en juego es la supervivencia del sistema democrático que, a pesar de sus imperfecciones, es el menos peor de todos los sistemas, como decía Churchill.


sábado, 25 de septiembre de 2021

La crisis social y un nuevo paradigma empresarial

 


No hay duda que la pandemia que ya cumple 18 meses, ha puesto el foco en temas que por mucho tiempo, habían permanecido invisibles en relación al rol de las instituciones que soportan el Estado, y el de otros actores fundamentales, como es el caso de los empresarios, en el desarrollo de la sociedad. 


Hay una fuerza poderosa que está impulsando esta nueva realidad. Los cambios que se venían  produciendo desde hace más de una década, han sido acelerados por el covid-19 y  han profundizando unas brechas muy complejas que están fracturando la sociedad, y de las que muy poco se quería hablar, hasta que apareció la pandemia. Estas brechas tiene especialmente tres dimensiones. 


La primera de ellas, es el impacto que están teniendo estos cambios, agravados por una crisis de salud sin antecedentes en los últimos cien años, en la capacidad de adaptación de las instituciones públicas nacionales y locales, que andan a un paso muy lento, si es que lo hacen,  mientras que la realidad va a galope y no da tregua ni respiro. 


Es cada vez más evidente que las instituciones  y muchas de las políticas y normas que hoy tenemos vigentes, fueron diseñadas para otra época y otra realidad. Y su capacidad de adaptación e innovacion, se ha venido quedando relegada hasta volverlas inoperantes, incluso obstrusibas y desconectadas de las necesidades y expectativas crecientes de una sociedad cada vez más impaciente. Esta dinámica explica en una buena medida el porqué el sistema democrático está bajo asalto porque no está respondiendo a las nuevas realidades. 



A lo anterior hay que sumarle otra brecha, a la que ya me referido en blogs anteriores: el profundo vacío de liderazgo a todos los niveles de la sociedad. Problema que es mucho más agudo en la dirigencia política, que ha sido incapaz de orientar a la sociedad en esta época de tanta volatilidad e incertidumbre.  Hoy la incoherencia es la marca de esta situación 


Quienes están en la actividad política, no han podido leer las señales de  cambio en el entorno, ni sintonizarse con las nuevas competencias que demandan estos cambios. Tampoco han podido responder a  las necesidades crecientes de una parte importante de la población,  que hoy se siente cada vez más marginada y abandonada a su suerte, por parte las instituciones del Estado y sus dirigentes.


En resumen, estamos viendo  a un Estado que no está respondiendo, y donde una buena parte de la dirigencia política se encuentra entretenida en sus rencillas internas, polarizando al país  y exprimiendo cada vez  más los recursos públicos. El resultado no es sorprendente: el desplome de la confianza en las instituciones y los políticos a unos niveles sin antecedentes desde que se llevan estas encuestas.



En este escenario de deterioro institucional, el sector privado ha cometido el pecado mortal de voltearle la espalda a esta realidad. Para rematar, el inmenso problema de la corrupción con los dineros públicos, ha contado con el contubernio  de unos mal llamados empresarios, que han sido cómplices de los políticos y empleados estatales, para robar al Estado, como lo demuestra el escándalo de un contrato multimillonario amañado, que se destapó hace unas pocas  semanas y que le costó el puesto a la ministra de MinTic.


Esta negligencia del sector empresarial, quedó desenmascarada en la toma de Cali, la tercera ciudad más importante de nuestro país, por parte del movimiento social en el cual se involucraron estudiantes e indígenas, además de  bandas criminales que hace tiempo han operado impunemente en esa zona de Colombia. 


Ha sido tal el golpe económico y psicológico recibido, que sirvió para recordarle a muchos empresarios vallecaucanos, la importancia de retomar el camino que tuvieron en los años 70 y 80 del siglo pasado, cuando fueron actores protagónicos que convirtieron a Cali en el ejemplo nacional e internacional de civismo y compromiso empresarial con una región. 


Liderados por Propacífico, entidad que agrupa empresas preocupadas por su región, han comenzado a generar con urgencia un movimiento, para responder de una manera diferente,  a la crisis que ha afectado a Cali. Esta es una buena noticia porque muestra el principio de un cambio de mentalidad y de reconocimiento de la nueva realidad a la que le habían volteado la espalda por más de tres décadas. 


A partir de acercarse con humildad y genuino deseo de entender mejor la situación de varias comunidades muy afectadas de la ciudad, han levantado muy rápidamente un fondo de $44.000 millones entre empresarios pequeños, medianos y grandes, que han aportado en la medida de su posibilidades. Pero además, han puesto en marcha un programa para atacar con urgencia los problemas en diferentes frentes. Esta respuesta es muy alentadora y un buen ejemplo, porque podrán ser utilizadas por empresarios en otras regiones del país. 


El reto ahora es darle una visión de largo plazo y tener la capacidad de sostener el interés de los empresarios.



El caso de Cali, propiciado por una situación sin antecedentes en la historia del país,  apunta  en la dirección correcta  hacia el nuevo rol y responsabilidad que deben de tener las empresas en su entorno. como actores importantes en la sociedad. El paradigma de la maximización de las utilidades a corto plazo, en detrimento del bienestar de los trabajadores, el medio ambiente,  etc., hoy está totalmente cuestionado. La crisis social que hoy vivimos, ha evidenciado que se necesita otro paradigma que comprometa mucho más  a la empresa en su comunidad y con su entorno en general.  Un capitalismo mucho más consien de su impacto y responsabilidad en la sociedad


sábado, 18 de septiembre de 2021

Transformar la Policia: ¿misión imposible?


Tuve la oportunidad de escuchar la entrevista en la estación de radio la W, del general encargado de la Policía en Bogota. Mi reacción con lo que escuché fue de desconcierto total. Vi a una persona impotente ante el desborde de la inseguridad en la ciudad. Oyéndolo, pude entrever su tremenda frustración con el sistema judicial que deja libres a los atracados tan pronto los capturan haciendo ver a la Policía como ineficaz. También transmitía, el nivel de desmoralización que debe estar afectando a esa institución, como resultado del efecto de las marchas sociales y los niveles de desprestigio que reflejan las encuestas de confianza hoy en día.

Esta entrevista trajo a mi memoria la situación en que se encontraba la Policía Nacional en 1995, cuando se estaba viviendo una situación similar. En esa época, con el Foro de Presidentes, nos acercamos a la institución para ofrecerle ayuda al General Roso José Serrano, que era el Director de la institución.  En ese momento, le tocó asumir una reforma desde adentro, y que terminó siendo una contrarreforma al proceso iniciado en 1993 durante la Administración Gaviria. 


Yo personalmente trabajé durante casi tres años con otros colegas empresarios para ayudar al General Serrano en varios frentes. Por esta razón, me puse a investigar nuevamente sobre el tema para escribir este blog después de la entrevista de esta semana a la que hice referencia. 


Me encontré con un documento escrito en el 2005 por el investigador Pablo Casas Dupuy, de la Fundación Seguridad y Democracia, que me pareció muy revelador.. En este trabajo, el autor hace un aporte muy interesante donde analiza los intentos de transformar la Policía en diferentes oportunidades. Sus análisis de hace casi 17 años, hoy tienen total actualidad. 



Dada la gravedad de la inseguridad percibida que hoy enfrentamos los colombianos en diferentes zonas del país, y en particular en Bogotá, me parece pertinente traer algunos de los apartes de Casas, para darle perspectiva al problema que enfrentamos como sociedad, con la crisis que hoy afecta la capacidad de respuesta de la Policía. 

Es un aporte para entender mejor las posibilidades de cambio real que podemos esperar los colombianos, ahora cuando se vuelve a proponer reformar a la esta institución a la luz de los escándalos que ha habido y los excesos de violencia durante el levantamiento social de los últimos meses.  Y si la historia de los intentos anteriores nos pueden servir de alguna guía, el panorama que nos espera es bastante preocupante. El lector podrá sacar sus propias conclusiones.


Dice Casas lo siguiente al comienzo su análisis



“Históricamente, las reformas policiales sólo son asumidas por un gobierno cuando la situación de corrupción, incompetencia e incapacidad por parte de la Policía, para controlar la criminalidad y atender adecuadamente las necesidades de la ciudadanía en esas materias, ha llegado a un estado de crisis.

Es casi siempre un gran escándalo, o un hecho específico de corrupción o “brutalidad policial” el detonante de la crisis. La ciudadanía en general, los sectores económicos y los medios, exigen acciones inmediatas a los mandatarios y señalan al cuerpo policial de corrupto y distante. Por su parte, la institución policial defiende su gestión y justifica sus fracasos con la falta de recursos económicos y legales, y en la falta de solidaridad por parte de la ciudadanía.


Esta situación extrema, lleva al Gobierno de turno, a tomar cartas en el asunto, por lo general, anunciando una profunda reforma del estamento policial. Sin embargo, la polarización de los principales actores involucrados, y la presión de los medios no contribuyen a crear un ambiente adecuado para el desarrollo del proceso de reforma y fácilmente se pierde de vista el objetivo principal de éste: contar con una institución transparente y diligente que permita mejorar la gestión en materia de seguridad ciudadana. 


Es común que en ese contexto, cualquier decisión que adopte el gobierno sea vista por uno u otro de los actores como un punto a su favor o en su contra. Fácilmente al final del proceso, la ciudadanía puede sentirse “engañada” por el gobierno, o la Policía no respaldada por éste y víctima de la imposición de una serie de medidas orquestadas por los “enemigos de la institución”. La tendencia por lo general es a revertir el proceso.


A pesar de ser éstos entidades públicas de naturaleza civil, por lo general cuentan con regímenes de excepción en materia disciplinaria, judicial, laboral, y de seguridad social. Esto favorece el fortalecimiento de un “espíritu de cuerpo” de tipo corporativo muy fuerte, en el que los miembros de la institución se sienten “diferentes”. Diferentes en relación con la sociedad, diferentes en relación con los demás empleados públicos, y diferentes en relación con otros cuerpos armados como, por ejemplo, las fuerzas militares. Pero, paradójicamente, de todas las instituciones de un Estado, es la Policía la que mayor contacto y cercanía mantiene con la sociedad.


A nivel internacional existen algunos ejemplos, no muchos, de procesos de reformas policiales muy exitosos. Unos de orden estructural como la transformación a la que fueron sometidos los cuerpos de policía en España a partir del fin de la dictadura de Franco en 1976, y otros de orden operativo y gerencial como la depuración y reingeniería a la que fue sometida el cuerpo de policía de Nueva York. 


En el caso colombiano, se cuenta con dos experiencias recientes. El proceso de reforma institucional realizado por la Administración del Presidente Gaviria en el año 1993, y la constitución de la Misión Especial para la Policía por parte de la Administración del Presidente Uribe en el 2003. 



Si bien se trató de dos procesos muy diferentes, su origen fue el mismo: escándalos de corrupción policial asociados al tráfico de estupefacientes, y una mala imagen generalizada ante la opinión pública. En el caso del año 1993 el detonante fue un acto de “brutalidad policial” pero las razones que motivaron al gobierno de ese entonces a proceder con la reforma fueron en su mayoría asociadas al alto grado de infiltración del que era víctima la policía por parte del narcotráfico. 

En el caso del año 2003 el detonante fue la apropiación por parte de miembros de la institución de más de dos toneladas de cocaína que habían sido originalmente incautadas a los narcotraficantes y el manejo poco transparente que se le dio a esta situación por parte del mando y directivas de la Policía.


El proceso de 1993 involucró activamente a la sociedad civil y la clase política, y sus aspiraciones quedaron plasmadas en una serie de Leyes y Decretos que emitió el gobierno. Dichas Leyes y Decretos desarrollaban un importante sistema de control y participación ciudadana en los asuntos de policía, y promovían el acercamiento de ésta a las autoridades civiles locales. Desde la óptica polarizada que se describió anteriormente, en este proceso el gobierno se alineó con las recomendaciones y los intereses de los “civiles” y, por lo tanto, su aceptación al interior de la Policía fue muy baja desde el inicio de su implementación.


Fue por esto que, tan pronto se presentó la coyuntura política (1995 – 1998) del Proceso 8000 y los dineros del narcotráfico en la campaña de Samper , la Policía inició su propio proceso de reforma denominado el Programa de Transformación Cultural. Por una parte, este programa sirvió de marco para que la institución adelantara un importante proceso de depuración, pero, por otra, sirvió de fachada para reversar las iniciativas más importantes introducidas durante la reforma de 1993. De ahí que se hable de la Contrarreforma.


Los únicos procesos que han tenido un grado significativo de desarrollo en la institución, han sido los generados al interior de ésta y liderados por sus mandos. Sin embargo, éstos se han abstenido de introducir modificaciones de fondo, en especial aquellos que puedan alterar su estructura jerarquizada de orden militar y los que den mayor injerencia y participación a la ciudadanía y autoridades civiles en los asuntos policiales”.


Más adelante Casas hace un análisis de los problemas que encontró la Comisión en 1993, y que llaman mucho la atención, porque podría borrarse la fecha y poner la actual, porque están vigentes.


“Debilidad en la formación ética del recurso humano, insuficiencia y falta de dinámica en el control vertical, contagio del medio social deteriorado por fallas en la formación profesional, carencia de mandos medios oficiales subalternos y suboficiales, exceso en las funciones ante las dimensiones del crimen, falso concepto y espíritu permisivo de cuerpo, fractura o divorcio entre la preparación académica y la realidad del servicio, fallas en la conducción de las unidades, disciplina impuesta con intimidación.


En 1995, bajo la dirección del General Serrano, la Policía estaba cosechando importantes resultados en su lucha contra los carteles de la droga y, a nivel interno, había iniciado un importante proceso de depuración y lucha contra la corrupción. Esto le valió el reconocimiento internacional, y aumentó su credibilidad en especial con naciones que estaban colaborando y financiando los programas de lucha contra el narcotráfico. 


Esta circunstancia ubicó a la Policía en una situación sin precedentes en términos de poder y autonomía al interior del Estado colombiano y esto le sirvió de contexto para llevar a cabo su propio proceso de reforma, el cual estuvo enmarcado por el Programa de Transformación Cultural y Mejoramiento Institucional. Al final de todo este proceso se terminó dándole un viraje de 180 grados al enfoque y a las decisiones adoptadas por la Reforma de 1993. Se dejaron de aplicar una serie de disposiciones establecidas durante el proceso de Reforma del año 1993 que eran fundamentales para lograr un verdadero cambio en la Policía.


El mando institucional presentó esta iniciativa como “la gran panacea” para hacer frente a los altos niveles de corrupción interna, a la incapacidad de la institución para responder adecuadamente a la problemática delincuencial, a la deteriorada imagen con la ciudadanía, así como para modernizar la estructura.


Si bien el diagnóstico era prácticamente el mismo que hicieron las dos Comisiones consultivas dos años atrás en 1993, la diferencia fundamental consistía en que ahora era la misma Policía la que lo decía y lo asumía, y no agentes externos a la institución como el Gobierno y la sociedad civil como sucedió en 1993. En el sentir institucional del momento, este hecho abría las puertas para que “ahora sí” se pudiese adelantar un verdadero y legítimo proceso de reforma policial, liderado por los mismos policías.


Fue así como entre 1995 y 1998 se retiraron aproximadamente 7,000 uniformados utilizando esta facultad. El impacto de dicha depuración fue muy alto al interior de la institución y se podría decir que como una medida coyuntural, ésta fue muy eficaz para restituir la imagen de la Policía con la ciudadanía y para inculcar internamente el principio del rechazo a la corrupción.


Mientras que durante el período comprendido entre 1995 y 1998 ( época en que pude ser testigo con el Foro de Presidente de los programas de Transformación Cultural descritos), estos recibían toda la atención y eran objeto de gran despliegue y publicidad. En este mismo período, muy sutilmente se revirtió todo el proceso iniciado en 1993. el desarrollo paralelo de los programas de Transformación Cultural, tuvo un efecto demoledor en términos de reversar lo realizado durante 1993 en materia de descentralización del servicio y relación con autoridades civiles locales, de participación y control ciudadano, de especialización del servicio, y de control interno institucional.


He querido transcribir estos apartes del estudio de Casas, porque como lo dije al principio, los considero de mucha actualidad para entender mejor la situación actual de la Policía. Hoy esta institución definitivamente está desbordada por las bandas crimínales y la inoperancia del sistema judicial. Pero también, porque ha demostrado una gran incapacidad de cambio y sus efectos los estamos padeciendo todos los colombianos. 


Qué  bueno  que se diera   mucho más luz a esta historia de transformaciones fallidos para entender mejor la gravedad del problema que tenemos todos los colombianos.