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miércoles, 1 de abril de 2026

Después de Petro

  Después de Petro: lo que Colombia todavía no entiende  de sí misma y de lo que nos está pasando ( Publicado 02/04/26)

Este blog es una síntesis deliberada —y necesariamente incompleta— del mensaje central que deja el extraordinario libro Colombia después de Petro de Hernando Gómez Buendía. No pretendo reemplazar su lectura, sino, por el contrario, ofrecer una interpretación, basada en el libro, que ayude a entender lo sucedido en un momento donde abundan las opiniones, pero son escasas las explicaciones.

El valor del libro del autor es que no toma partido, sino que nos presta los ojos de un científico social muy profundo y su capacidad incisiva de análisis y de síntesis. Nos obliga a pensar y a entender por qué Gustavo Petro llegó a la Presidencia, qué logró —y qué no— durante su gobierno, y  lo qué este proceso revela sobre la sociedad colombiana. Más que un balance de un gobierno, es una radiografía de un país en transición.

Aprovecho estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa, a la reflexión y a mirar con más distancia lo que ocurre— para compartir este primer texto. La intención no es cerrar una discusión, sino abrirla bajo una óptica diferente que nos brinda Gómez Buendía.

Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que hay más opinión que comprensión. Abundan los diagnósticos rápidos, las certezas ideológicas y los juicios categóricos. Pero escasea lo esencial: la capacidad de entender qué fue realmente lo que pasó con el Gobierno del Cambio y, sobre todo, qué dice eso sobre el país. Y de cara a las próximas elecciones, que lecciones podemos aprovechar.

Porque el mayor error que podemos cometer hoy es creer que este ciclo político empieza y termina con Gustavo Petro. No. Petro no es el origen del problema colombiano. Es su expresión más visible. Y si no entendemos eso, vamos a repetirlo.

El error de origen: creer que esto empezó con Petro

Durante años, Colombia acumuló tensiones que no fueron resueltas: desigualdad persistente, desconexión entre élites y ciudadanía, instituciones que funcionan pero no representan, crecimiento económico sin inclusión suficiente. Ese país —fragmentado, silencioso, inconforme— no apareció en 2022. Ya estaba ahí. El error fue no verlo. O peor: verlo y minimizarlo.

Aquí es donde el libro de Gómez Buendía es contundente al plantear el dilema clásico de las ciencias sociales: “¿hacen los hombres la historia o la historia hace a los hombres?” La respuesta, en este caso, es clara: la historia hizo posible a Petro. No como accidente, sino como consecuencia.

Cómo llegó Petro: la política de sumar en un país fragmentado

Si hay una lección central del libro es esta:“La política se hace sumando.”

Petro entendió algo que otros ignoraron: Colombia ya no era un sistema ordenado por partidos, sino un archipiélago de malestares. Y en ese contexto, el liderazgo no consiste en representar estructuras, sino en articular fragmentos. Su trayectoria no fue la del político tradicional. No creció dentro del sistema, sino contra él. No heredó poder, lo construyó. No dependió de maquinarias, sino de causas.

Fue ampliando su base como quien cambia de “piscina”: movimientos sociales → opinión → coalición → narrativa nacional. 

Pero sobre todo, hizo algo decisivo: logró conectar el descontento con una identidad política. Mientras otros hablaban de estabilidad, él habló de injusticia. Mientras otros defendían el orden, él nombró a los excluidos. Y en un país donde nadie representaba a nadie, eso fue suficiente.

La oportunidad: los “nadies” y el vacío de representación

El estallido social no fue una anomalía. Fue una advertencia. Una energía social sin dirección, sin liderazgo y sin traducción política. El libro de Gómez Buendía lo describe con crudeza: nadie representaba a nadie. Ni los sindicatos, ni los partidos, ni los gremios, ni los medios. Ahí apareció Petro.No para crear ese malestar, sino para canalizarlo. Y lo hizo con una apuesta clara: construir un “pueblo” político donde antes había fragmentación social.

Por eso, uno de los aportes más importantes del libro es reconocer lo evidente que muchos prefieren ignorar: “el principal descubrimiento hubiera sido el de ‘los nadies’, aquella multitud mayoritaria y sin embargo anónima…” Ese fue el verdadero terreno de la elección de 2022.

No la izquierda. No la derecha. Sino la representación.

La gran paradoja: llegó al gobierno, pero no al poder

Sin embargo, aquí aparece la primera gran ruptura entre expectativa y realidad. El propio libro lo resume con precisión: la izquierda “llegó a la Presidencia, pero no llegó al poder”.¿Por qué?

Porque Colombia no es un sistema donde el presidente decide todo. Es un sistema fragmentado, lleno de contrapesos, donde el cambio depende de acuerdos. Congreso, instituciones, fuerzas armadas, economía: todos actúan como límites reales. Y Petro —acostumbrado a la lógica del opositor— nunca logró adaptarse completamente a esa realidad. El resultado fue un gobierno con ambición transformadora, pero sin capacidad suficiente de ejecución.

Gobernar no es lo mismo que oponerse

Aquí está una de las lecciones más duras del cuatrienio. Petro fue, durante décadas, un opositor eficaz. Pero gobernar exige otra lógica. El libro lo dice sin rodeos: no era ejecutar, era polemizar; no era administrar, era confrontar. Su estilo —pedagógico, insistente, combativo— funcionaba en la plaza pública, pero no en la gestión cotidiana del Estado.

Esto se tradujo en problemas concretos:

  • Alta rotación de ministros
  • Falta de continuidad
  • Baja ejecución
  • Exceso de frentes abiertos

El gobierno tuvo ideas, pero no estructura. Tuvo narrativa, pero no coordinación.

Mucho ruido, pocas nueces: la batalla simbólica

Y sin embargo, aquí está la segunda gran paradoja. A pesar de las limitaciones en la gestión, el gobierno logró algo fundamental: dominar la narrativa. El libro lo sintetiza en una frase poderosa: “En Colombia no hubo lucha de clases sino lucha de palabras… lo que estuvo en juego no fueron los bolsillos, sino los imaginarios. Petro entendió que el poder no es solo institucional, sino simbólico. Por eso trasladó la batalla al terreno del lenguaje, de los símbolos, del relato: “el pueblo” vs “el establecimiento”

No importaba tanto lograr sus reformas como ganar sentido. Y en ese terreno, fue eficaz. 

El papel de la narrativa, al que le he dedicado varios blogs, emerge en el libro de Gómez Buendía con una gran fuerza como determinante de la situación actual. Me alegra que Carlos Enrique Moreno también se sume a esta corriente con su columna del sábado pasado en El Espectador.

¿Por qué Petro mantiene apoyo de mucha gente?

Aquí está una de las preguntas más incómodas para muchos analistas. ¿Cómo es posible que, con tantas fallas evidentes, Petro conserve respaldo? La respuesta no está en la gestión, sino en la representación. Para millones de colombianos, este gobierno significó algo que nunca habían tenido: visibilidad.

El libro lo plantea con claridad:

  • sectores históricamente invisibles aparecieron en el discurso
  • nuevas identidades entraron al escenario público
  • el Estado dejó de sentirse completamente ajeno

Eso no resolvió sus problemas materiales. Pero cambió su lugar simbólico. Y en política, eso pesa.

El fracaso compartido

Sería un error atribuir todo al balance al gobierno. Porque si el gobierno falló en ejecutar, la oposición falló en entender. No ofreció una alternativa de cambio. No reconoció a los nuevos actores sociales. No construyó un relato propio.

Se limitó a resistir. Y como bien sugiere el libro, su logro fue otro: acumular desgaste, no construir futuro.

¿Anomalía o transición?

Llegados a este punto, la pregunta clave es inevitable: ¿Fue Petro una anomalía o el inicio de algo más profundo? La respuesta es incómoda, pero necesaria: fue una transición.

Un síntoma de que el sistema político colombiano cambió:

  • menos partidos, más liderazgos personales
  • menos programas, más narrativas
  • menos ideologías estructuradas, más identidades fragmentadas

Petro no es una excepción. Es un precedente.

La lección estratégica: lo que viene después

Y aquí está el punto más importante hacia adelante. Colombia no enfrenta un problema de nombres. Enfrenta un problema de representación. El país que eligió a Petro no ha desaparecido. Sigue ahí: fragmentado, inconforme, buscando voz. Por eso, cualquier proyecto político que quiera gobernar en los próximos años deberá entender algo básico: no basta con prometer estabilidad, no basta con ofrecer eficiencia, no basta con criticar al gobierno.

Se necesita algo más difícil: construir una narrativa de cambio inspiradora, creíble, incluyente y gobernable.

Una pregunta que define el futuro

Colombia no necesita volver al pasado. Pero tampoco puede seguir atrapada en un cambio que no logra ejecutarse. Necesita algo más exigente: entender por qué una mayoría silenciosa decidió hablar, por qué encontró en Petro un canal, y por qué nadie más ha sabido interpretarla.

Porque si esa pregunta no se responde, no importa quién gane en 2026. El resultado será el mismo. Un país que cambia de gobierno, pero no logra cambiar de fondo.

Este blog es apenas un punto de partida. En las próximas semanas compartiré una serie de tres textos donde profundizaré en las ideas centrales de los capítulos 1 al 3 del libro de Hernando Gómez Buendía, porque es allí donde realmente se explican las raíces del momento que estamos viviendo como país.

Entender esas causas no es un ejercicio teórico. Es la base para poder tomar mejores decisiones —como ciudadanos, como líderes y como sociedad— en un momento donde la confusión abunda y las respuestas fáciles suelen ser engañosas. Colombia no necesita más ruido. Necesita comprensión, criterio y dirección.

Ojalá estos días de Semana Santa —que invitan a la pausa y a la reflexión— sean también una oportunidad para pensar con más profundidad el país que tenemos y, sobre todo, el país que queremos soñar y construir.


jueves, 26 de marzo de 2026

Cuando las historias se alineas

  Cuando las historias se alinean: liderazgo, constelaciones narrativas y el 2026

Las naciones no se transforman únicamente por reformas. Se transforman cuando cambian las historias que cuentan sobre sí mismas. En este blog sigo profundizando sobre el tema vital del papel de la narrativa en la el destino de un país como Colombia.

En Narrative Economics, Robert Shiller plantea algo que debería alterar profundamente la manera como entendemos la política y el liderazgo: las narrativas no son adornos retóricos; son fuerzas económicas y sociales que se comportan como epidemias. Se contagian, alcanzan picos, declinan y, a veces, resurgen con nuevas formas.

Pero el capítulo 7 de su libro, añade un matiz decisivo: las narrativas no operan solas. Se agrupan en constelaciones. Y cuando varias historias se alinean en el mismo clima emocional, pueden producir puntos de inflexión históricos. Esa idea es especialmente relevante para Colombia de cara al 2026.

Del contagio al sistema narrativo

En el capítulo 8, Shiller formula siete proposiciones fundamentales: las narrativas son contagiosas, tienen ciclos de vida, combinan emoción y hechos, interactúan entre sí y pueden alterar comportamientos económicos reales. No votamos solo por programas. Invertimos, migramos, participamos o nos retraemos en función de relatos que nos parecen plausibles.

Pero el capítulo 7 amplía el marco: no es una historia aislada la que cambia una sociedad, sino una constelación narrativa coherente. Cuando “el sistema está capturado”, “nada funciona”, “el cambio debe ser radical” y “hay culpables identificables” se refuerzan mutuamente, no estamos ante una opinión. Estamos ante un ecosistema emocional.

Y los ecosistemas emocionales moldean decisiones colectivas.

El ciclo que se agota

Toda constelación tiene un núcleo afectivo. En los últimos años, ese núcleo estuvo compuesto por indignación, desconfianza y expectativa redentora. Ese conjunto de narrativas alcanzó su punto máximo cuando logró convertirse en mandato político. Pero, como advierte Shiller, las narrativas también enfrentan la prueba del tiempo.

Cuando las expectativas superan la realidad, el relato comienza a desgastarse. No necesariamente desaparece, pero pierde intensidad movilizadora.

El momento actual parece corresponder a esa fase de declive. Y los momentos de declive no son vacíos. Son transiciones. La pregunta no es si habrá una nueva constelación narrativa. La pregunta es cuál será.

Casualidad y preparación

Shiller introduce una idea incómoda: la casualidad importa. Pequeños eventos fortuitos pueden activar o acelerar la propagación de una narrativa ya latente. Una crisis inesperada, un escándalo, un símbolo potente, un error estratégico.

Pero aquí hay una lección estratégica: la casualidad solo activa lo que ya está disponible. Si no existe una constelación alternativa preparada, el vacío será ocupado por otra igualmente polarizante. El liderazgo, por tanto, no controla los eventos. Pero puede preparar el terreno narrativo.

Liderazgo adaptativo: más allá de la técnica

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen transformación cultural y el ejercicio del liderazgo.

Colombia enfrenta un reto adaptativo con un profundo vacío de liderazgo . No es solo un problema de crecimiento económico o de reforma institucional. Es una cuestión de identidad colectiva, de confianza y de cultura cívica. Y los cambios culturales no se imponen por decreto. Se movilizan a través de historias que redefinen quiénes somos. Un liderazgo adaptativo no promete soluciones mágicas. Invita a asumir responsabilidades compartidas.

La constelación del cuidado

En este contexto, el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla propone una constelación alternativa.

Su núcleo emocional no es la indignación, sino el reconocimiento que visibiliza, escucha y la corresponsabilidad. Sus relatos no giran en torno a enemigos, sino a hábitos culturales que debemos superar: el incumplimiento, la indiferencia, la pasividad, la delegación excesiva. Sus protagonistas no son redentores, sino ciudadanos muy variados que hoy reclaman ser tenidos en cuenta, visibilizamos y escuchados: empresarios, universidades, jóvenes, comunidades residenciales, organizaciones sociales, Fuerzas Armadas, muchos de ellos líderes invisibles.

No se trata de negar los problemas del país. Se trata de reconfigurar la historia que nos contamos que define la identidad desde la cual los enfrentamos . La cultura —esa infraestructura invisible que determina cómo actuamos cuando nadie nos vigila— se convierte aquí en eje estratégico. Si la narrativa dominante dice “todo está perdido”, la cultura se erosiona. Si la narrativa emergente dice “yo si puedo y soy corresponsable, hemos construido mucho y debemos cuidarlo”, la cultura se fortalece.

El riesgo de la sustitución automática

Un error frecuente en transiciones narrativas es asumir que el desgaste de una historia garantiza el triunfo de otra. No es así. En sociedades polarizadas, cuando una constelación declina, pueden emerger relatos aún más simplificadores , emocionalmente intensos ,  destructivos y limitantes .

La historia demuestra que el vacío rara vez permanece. Por eso el trabajo narrativo previo es crucial. Hoy este es un mensaje de urgencia para millones de colombianos que no quisiéramos vivir la experiencia venezolana. Construir una constelación implica articular múltiples relatos coherentes: microhistorias de liderazgo, ejemplos de corresponsabilidad, experiencias sectoriales que demuestren que el cuidado es practicable. No basta una consigna. Se necesita un ecosistema de historias poderosas que nos hagan tener una autoimagen colectiva positiva  .

2026: elección de poder o elección de historia

En 2026 no solo se elegirá un Presidente . Se definirá si Colombia consolida una ciudadanía adulta o si continúa delegando su destino en figuras providenciales, mesías disfrazados como Petro. Estará en juego la historia que queremos encarnar hacia el futuro como nación. O asumimos la reconstrucción con madurez histórica, o repetimos el ciclo de expectativas desmesuradas y frustraciones recurrentes. Las elecciones visibles serán un episodio. La narrativa dominante será el verdadero gobierno invisible.

Una responsabilidad colectiva

Shiller nos recuerda que las narrativas son contagiosas y no lineales. Heifetz nos recuerda que el liderazgo moviliza adaptación y la narrativa juega un papel fundamental..

La convergencia de ambos plantea una tarea histórica: Preparar una constelación narrativa capaz de activarse cuando las circunstancias lo permitan. No se trata de manipular emociones. Se trata de encauzarlas hacia responsabilidad compartida. El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política madura. Implica memoria, disciplina, compromiso y respeto por lo construido.

Si la historia que repetimos es la del fracaso inevitable, actuaremos en consecuencia. Si la historia que repetimos es la del cuidado corresponsable, comenzaremos a comportarnos como custodios de un proyecto común. El fin de una constelación ya es perceptible. El comienzo del cuidado no será automático. Será una decisión cultural. Y esa decisión empieza hoy, en la historia que decidimos contar y sostener

En un próximo blog voy a conectar los temas de cultura y narrativa con los resultados de un reciente estudio contratado por el Instituto de Ciencia Política - ICP-  y la firma Búho sobre la narrativa imperante en el país. 

Y aprovechó para invitar a mis lectores que descarguen en Amazon o compren en librerías el último libro de Hernando Gómez Buendía : “Colombia después de Petro”. Extraordinario y oportunismo análisis muy incisivo que abre los ojos cuando más los necesitamos tener abiertos para entender porque llegamos a donde estamos y que podemos hacer de cara a la construcción de una nueva narrativa para Colombia.

PD: me llamo mucho la atención que mi blog anterior: “Colombia está desperdiciando a sus mayores” haya tenido una lecturabilidad menos de la mitad de los blogs míos en los últimos cinco meses, cuando abordó un de los temas más críticos para la sociedad colombiana. Invito al lector que no lo haya leído a que le dé la oportunidad y lo visite. Posiblemente yo sea el equivocado pero me gustaría generar la discusión y escuchar opiniones distintas

sábado, 21 de marzo de 2026

Colombia está desperdiciando a sus mayores

  Colombia está desperdiciando a sus mayores: Una conversación urgente que el país aún no quiere tener (Publicado 21/03/26)

Colombia no solo enfrenta un desafío demográfico; enfrenta un problema cultural y estratégico: no ha sabido reinterpretar el valor del envejecimiento en una sociedad que vive más años.

Estamos ante una paradoja:

  • Nunca habíamos tenido tantos años de vida disponibles
  • Y nunca habíamos desaprovechado tanto ese capital humano

Hay problemas que hacen ruido. Y hay problemas que crecen en silencio. Los primeros ocupan titulares, dividen la opinión pública y marcan la agenda política. Los segundos avanzan lentamente, sin generar alarma… hasta que se vuelven inevitables y nos explotan en la cara.

El envejecimiento de la población colombiana —y el desperdicio sistemático del talento senior— pertenece claramente a esta segunda categoría. Y, sin embargo, es uno de los temas más importantes que el país debería estar discutiendo hoy. En medio de la campaña política más trascendente de este siglo, el envejecimiento de la población y papel de los adultos mayores, no aparece como uno de los temas más críticos de nuestra sociedad . Cuando se medio menciona se ve como un problema y no como una oportunidad. 

Una transformación que ya ocurrió

En una reciente conversación en el podcast Políticas Públicas, los economistas Mauricio Reina y Eduardo Lora pusieron sobre la mesa una realidad que cambia por completo la forma como deberíamos entender el futuro del país: Colombia ya no es un país joven.O, al menos, está dejando de serlo rápidamente.

Durante décadas, nuestra estructura demográfica se parecía a una pirámide: muchos jóvenes en la base y pocos adultos mayores en la parte alta. Hoy esa figura se está transformando aceleradamente. La tasa de fecundidad ha caído a niveles históricamente bajos —alrededor de 1.06 hijos por mujer según un informe reciente— muy por debajo del nivel de reemplazo y más bajo que el Japón. Al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado de manera extraordinaria.

Para ponerlo en perspectiva: una persona nacida en Colombia en los años 60 tenía una expectativa de vida cercana a los 58 años. Hoy esa misma generación puede esperar vivir más de 80 años. Hemos ganado, en promedio, más de dos décadas de vida. Y ese es, al mismo tiempo, uno de los mayores logros de nuestra sociedad… y uno de sus mayores desafíos.

El problema no es vivir más… es cómo vivimos más

El aumento de la longevidad no es el problema. El problema es que nuestra sociedad —y particularmente nuestro mercado laboral— no ha sabido adaptarse a esa nueva realidad. Hoy en Colombia millones de personas llegan a la edad de pensión con buena salud, con experiencia acumulada y con una enorme capacidad productiva. 

Y, sin embargo, son expulsadas del sistema formal.No porque no puedan trabajar.Sino porque el sistema dejó de tener espacio para ellas.

El desperdicio del talento senior

Los datos que presenta Eduardo Lora son contundentes. En Colombia, la participación laboral y la formalidad tienen comportamientos profundamente preocupantes a medida que aumenta la edad.El empleo formal alcanza su punto máximo entre los 25 y 30 años.A partir de ahí comienza a caer. De manera sostenida. Y de manera dramática. A los 50 años, solo una fracción de las personas sigue vinculada a empleos formales. A los 60, la mayoría ha sido desplazada hacia la informalidad.

Esto significa que el país está perdiendo —de manera sistemática— una de sus mayores reservas de capital humano: personas con décadas de experiencia, conocimiento acumulado y criterio. Lo más grave es que esta exclusión no responde necesariamente a una caída en la productividad.Responde, en gran medida, a un sesgo cultural y estructural contra la edad.

El edadismo: un prejuicio invisible

Una de las hipótesis más relevantes planteadas en la conversación es la existencia de un fuerte sesgo antisenior en el mercado laboral colombiano. Las empresas —especialmente las grandes— tienden a evitar la contratación de personas mayores.

Las razones que se esgrimen son conocidas:que tienen dificultades para adaptarse a la tecnología, que aprenden más lento, que se ausentan más, que son menos productivos. Pero la evidencia muestra que muchos de estos supuestos no son ciertos.

De hecho, en muchas actividades, las personas mayores presentan niveles de desempeño superiores gracias a su experiencia y capacidad de juicio.El problema no es la capacidad. Es la percepción. Y esa percepción está costándole al país una enorme pérdida de talento.

Un problema que va más allá del individuo

Este no es solo un problema de quienes están llegando a la edad de retiro. Es un problema estructural que afecta a toda la sociedad. Porque la combinación de dos tendencias —menos jóvenes y más adultos mayores— genera una presión creciente sobre el sistema económico. Cada vez habrá menos personas trabajando para sostener a una población más longeva. Y en un país con baja productividad y alta informalidad, esa ecuación se vuelve especialmente compleja.

Si además se excluye del sistema productivo a millones de personas que aún pueden aportar, el resultado es evidente: un deterioro progresivo de la sostenibilidad económica y social.

Una institucionalidad que no ha reaccionado

Uno de los aspectos más preocupantes es la falta de respuesta del sistema. Las políticas públicas siguen operando bajo supuestos demográficos del pasado. El sistema pensional, por ejemplo, no ha incorporado plenamente el impacto de la mayor longevidad.

El sistema financiero mantiene restricciones que dificultan el acceso al crédito para personas mayores. Y la legislación laboral, en algunos casos, genera incentivos perversos que desincentivan la contratación de trabajadores senior. Todo esto ocurre mientras el problema sigue creciendo. En silencio.

¿Problema o oportunidad?

Pero hay otra forma de mirar esta realidad. El envejecimiento de la población también puede ser una oportunidad. Una sociedad que logra aprovechar el talento senior puede ganar en productividad, estabilidad y cohesión social. Puede construir organizaciones más equilibradas. Puede fortalecer procesos de mentoría y transferencia de conocimiento. Puede desarrollar nuevas formas de trabajo más flexibles e inclusivas.

El problema no es la edad. El problema es el modelo.

Repensar la vida productiva

Tal vez el cambio más profundo que necesitamos hacer es conceptual. Durante décadas hemos operado bajo un modelo lineal de vida:educación, trabajo, jubilación. Ese modelo ya no corresponde a la realidad. Hoy las personas viven más, cambian más de ocupación y tienen la posibilidad de reinventarse varias veces a lo largo de su vida. Esto implica repensar la educación, el trabajo y las políticas públicas. Implica construir ciclos de vida más flexibles. Implica reconocer que la productividad no tiene una fecha de vencimiento fija.

Una conversación que el país no está dando

A pesar de la magnitud del problema, este tema sigue siendo marginal en la agenda pública.No genera movilización. No produce polarización. No es políticamente atractivo.En muchos casos, incluso, es visto como un “problema de viejos o de chuchos”.

Y esa percepción es, en sí misma, parte del problema. Porque lo que está en juego no es solo el bienestar de una generación. Es el equilibrio de toda la sociedad.


Cuidar a quienes nos cuidaron

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la conversación. De dejar de ver a las personas mayores como una carga. Y empezar a verlas como una oportunidad. Como una fuente de experiencia, estabilidad y conocimiento.

Pero también como una responsabilidad colectiva. Porque una sociedad que no sabe integrar a sus mayores es una sociedad que no ha entendido su propia evolución.

Una invitación a ampliar la mirada

Este blog es, en el fondo, una invitación. A reconocer que estamos frente a una transformación profunda. A entender que el envejecimiento de la población no es un tema marginal, sino estructural. Y a abrir una conversación que Colombia no puede seguir postergando. Porque el futuro del país no se construye solo con los jóvenes que hoy son cada día menos.

También se construye con quienes han acumulado la experiencia de toda una vida.

Un siguiente paso

En el próximo blog quiero profundizar en esta idea desde una perspectiva más humana y cercana:  El futuro de Colombia también lo cuidan los mayores.

Es una reflexión sobre el papel que pueden jugar los adultos mayores en la construcción del país. Una mirada que conecta con algo esencial: que el futuro de Colombia no solo se construye hacia adelante. También se construye reconociendo el valor de quienes han llegado más lejos en el camino de la vida y cuya experiencia quieren aportar.


sábado, 14 de marzo de 2026

Cuando la democracia se desmonta desde adentro

  Cuando la democracia se desmonta desde adentro y sus ciudadanos no la cuidan

Una advertencia desde Estados Unidos para Colombia en vísperas de la elección para Presidente del 2026

Hace pocos días publiqué un blog titulado “Los países cambian cuando cambian las historias que deciden contarse”. En él proponía una idea sencilla pero poderosa: las sociedades no solo se organizan a través de instituciones o leyes; también se sostienen sobre las narrativas que sus ciudadanos comparten sobre sí mismos.

Las historias que una nación decide creer terminan moldeando su cultura, sus expectativas y, finalmente, su destino.

Hay narrativas que construyen esperanza y sentido de propósito colectivo. Pero también existen narrativas que alimentan el resentimiento, la desconfianza y la ruptura del tejido social. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando observamos lo que hoy ocurre en varias democracias del mundo.

Recientemente escuché una presentación del historiador y viajero Rick Steves sobre la situación política en Estados Unidos. Su intervención, dirigida a ciudadanos preocupados por el futuro de su país, contiene una advertencia que trasciende el caso norteamericano: las democracias rara vez mueren de un golpe repentino; normalmente se debilitan lentamente desde adentro cuando permiten que una narrativa destructiva se extienda como un cancer en la sociedad.

Durante décadas, Estados Unidos fue para gran parte del mundo un referente simbólico de la democracia liberal. No porque fuera perfecto —ninguna democracia lo es— sino porque representaba un conjunto de principios que inspiraron a muchas sociedades: libertad individual, estado de derecho, pluralismo, alternancia en el poder y respeto por las instituciones.

Por eso me resultó particularmente impactante, escuchar a un historiador y observador de la vida pública estadounidense, advertir que la principal amenaza para esa democracia no viene hoy desde afuera, sino desde adentro.

La preocupación central de Steven es que el movimiento político dominante dentro del Partido Republicano —el movimiento MAGA— estaría impulsando una narrativa destructiva que impulsa un proceso sistemático de debilitamiento institucional que, de consolidarse, podría transformar profundamente la naturaleza de la democracia estadounidense.

Más allá de las posiciones partidistas, el valor de su reflexión radica en algo más profundo: identificar los patrones de la narrativa que suelen acompañar los procesos de erosión democrática . Y lo interesante es que esos patrones no pertenecen ni a la derecha ni a la izquierda. Como lo muestra la historia de las dictaduras en el Siglo XX en lo que llevamos de este siglo, son los manuales clásicos de cualquier deriva autoritaria. Lo más inquietante es que ese proceso suele ir acompañado de nuevas narrativas políticas que buscan justificar el deterioro institucional

El manual del deterioro democrático

Steves describe cómo ciertos movimientos políticos han logrado construir una narrativa poderosa según la cual el país estaría amenazado por enemigos internos, instituciones corruptas y élites traidoras. En esa historia, el líder político aparece como el único capaz de “salvar” a la nación.

Es una narrativa emocionalmente eficaz. Promete soluciones simples para problemas complejos. Identifica culpables claros. Ofrece un relato épico de rescate nacional. Pero detrás de esa narrativa suele esconderse algo más preocupante: una estrategia sistemática para debilitar las instituciones que sostienen la democracia.

A lo largo de la historia, este proceso ha seguido patrones bastante reconocibles. Steves describe lo que llama el “manual del dictador”: un conjunto de tácticas que se han repetido a lo largo de la historia en diferentes países cuando los liderazgos políticos buscan concentrar poder. Entre ellas aparecen varias señales conocidas que hoy estamos viendo en Colombia:

Primero, la construcción de un líder que exige lealtad personal absoluta, por encima de las instituciones.

Segundo, la promesa de soluciones simples para problemas complejos, apelando más a la emoción que a la realidad.

Tercero, el debilitamiento de la sociedad civil: sindicatos, universidades, organizaciones independientes y medios de comunicación. El fortalecimiento de grupos incondicionales como los indígenas del Cauca en Colombia.

Cuarto, la captura de la burocracia profesional, reemplazando expertos por ideólogos o personas cuya principal virtud es la obediencia política.

Quinto, la creación de enemigos internos —inmigrantes, opositores, periodistas, empresarios o minorías— que sirven como chivos expiatorios para explicar todos los problemas.

Sexto, la deslegitimación preventiva de las elecciones, insinuando fraude cuando los resultados no favorecen al líder. Lo acabamos de ver con Petro.

Séptimo, el uso del miedo como herramienta política, presentando crisis de seguridad o amenazas internas para justificar medidas excepcionales.

Octavo, el ataque sistemático a la prensa y al sistema judicial, con el fin de debilitar los controles al poder.

Noveno, la manipulación de emergencias o tragedias para ampliar la autoridad del gobierno. Caso reciente las inundaciones de Córdoba en nuestro país.

Décimo, la utilización de la justicia para perseguir adversarios y proteger aliados. 

Estos patrones no son nuevos. Se han observado en distintos momentos de la historia del siglo XX y del XXI. Lo que resulta inquietante es que muchos de ellos están reapareciendo simultáneamente en distintas democracias contemporáneas alrededor del mundo .

El espejo para Colombia

Colombia no es Estados Unidos. Nuestra historia institucional, nuestra cultura política y nuestros conflictos sociales son distintos. Sin embargo, el análisis de Steves permite mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo en nuestro propio país.

Mientras en Estados Unidos algunos observadores ven riesgos provenientes de sectores de la derecha populista, en Colombia muchos ciudadanos perciben amenazas provenientes del proyecto político impulsado por el actual gobierno de izquierda. 

Los países no solo se transforman a través de reformas económicas o decisiones políticas. También cambian cuando sus ciudadanos deciden contar nuevas historias sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir. 

Durante décadas, Colombia ha estado atrapada en narrativas profundamente negativas sobre sí misma: violencia, corrupción, desigualdad, conflicto permanente. Muchas de esas realidades han sido ciertas. Pero cuando una sociedad solo se define a sí misma a partir de sus problemas, termina debilitando su propia capacidad de imaginar un futuro diferente.

La diferencia ideológica no cambia el fenómeno de fondo. Las democracias pueden deteriorarse desde cualquiera de los extremos. Lo que las debilita no es una etiqueta ideológica, sino ciertas prácticas recurrentes:

– La deslegitimación constante de las instituciones.

– El desprecio por los contrapesos democráticos.

– El intento de colonizar la justicia, los organismos de control o la burocracia estatal.

– La creación permanente de enemigos políticos.

– El uso sistemático de la polarización como estrategia de poder.

Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, la democracia comienza a permitir algo esencial: una narrativa que mina la confianza compartida en las reglas del juego. Y cuando las reglas dejan de ser creíbles, la democracia entra en terreno peligroso y puede desaparecer.

El valor de la solidaridad democrática

Una de las ideas más interesantes de la reflexión de Steves es que la defensa de la democracia no puede ser un proyecto partidista. Debe ser un proyecto patriótico, colectivo y solidario alrededor de un propósito superior. En su llamado, él insiste en la necesidad de crear coaliciones incómodas: alianzas entre sectores distintos que, aunque no compartan todas sus ideas, sí comparten algo fundamental: la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas.

Ese punto es especialmente relevante para Colombia en los próximos dos meses y medio. En este periodo veremos una intensa campaña electoral por la Presidencia. Como ocurre en toda democracia, habrá diferencias ideológicas legítimas.

Pero existe un gran peligro y una frontera que no debería cruzarse: lo que separa la competencia democrática de la destrucción del sistema democrático. Cuando los actores políticos comienzan a ver las instituciones como obstáculos que deben ser desmontados, la política deja de ser una disputa democrática y se convierte en una lucha cruda y sin escrúpulos por el control total del poder.

El verdadero debate que viene

Las elecciones de 2026 no serán solo una competencia entre candidatos. En el fondo, serán también una conversación sobre el tipo de democracia que los colombianos queremos preservar y que historia nos queremos creer como nación. Una narrativa que reconoce que tenemos una  democracia imperfecta, sí, pero que se puede mejorar y se debe de cuidar. Esta narrativa reconoce que Colombia es buena , que vale la pena cuidar sus instituciones y sus avances, pero basada en principios que han permitido mantener un cierto equilibrio institucional durante más de siete décadas:

– separación de poderes

– elecciones libres

– pluralismo político

– libertad de prensa

– justicia independiente

– alternancia en el poder.

Esos principios no son abstractos. Son las garantías que permiten que un ciudadano común pueda vivir en libertad, cuidar el fundamento de una narrativa que nos permita mejorar nuestra autoestima y nos haga sentir orgullosos como colombianos .

La libertad nunca está garantizada

La lección más profunda que deja la reflexión de Rick Steves es simple pero poderosa:la democracia nunca está asegurada para siempre. Incluso en países con larga tradición democrática como los Estados Unidos, puede deteriorarse si los ciudadanos se vuelven indiferentes frente a su erosión. Por eso su llamado urgente a sus compatriotas para que despierten, se movilicen y tracen una línea roja antes de que sea muy tarde.

La libertad no se pierde de un día para otro.Se pierde gradualmente, a través de pequeñas decisiones, silencios y concesiones. 

Por eso, en momentos electorales como el que comienza en Colombia, el desafío no es solo elegir gobernantes. El desafío es más profundo: recordar que la democracia pertenece a los ciudadanos, no a los gobiernos. Y que su defensa requiere algo que hoy parece escaso pero sigue siendo indispensable: coraje cívico, responsabilidad colectiva y una profunda convicción de que la libertad —aunque imperfecta— sigue siendo el bien público más valioso que una sociedad puede preservar