Colombia no deja de ser un país desconcertante para propios y extraños. Hace dos semanas veíamos a nuestro presidente viajando a la meca de la innovación en el Silicon Valley en California donde se habla de futuro. En esta semana, lo vemos enfrentando la renuncia del fiscal general, porque la JEP (Justicia Especial para la Paz) tomó la decisión de libera al ex guerrillero de la FARC Santrich, a pesar de que apareció en un vídeo negociando coca después de la firma del acuerdo con ese grupo guerrillero. Es decir, ha sido una semana donde de nuevo, el pasado no nos deja avanzar.
Este comentario es la mejor imagen de las dos realidades que hoy enfrentamos en la sociedad colombiana. Por un lado, la de un país que busca insertarse en el mundo del conocimiento y de una visión moderna del desarrollo, pero que contrasta con otro país, que se rehusa a dejar atrás una historia de violencia y destrucción, que ha marcado a varias generaciones.