Emosiones, discurso presidencial y cultura política en Colombia
En Colombia solemos analizar el poder político desde sus decisiones, sus políticas públicas o sus fracasos institucionales. Con menos frecuencia nos detenemos a examinar la palabra del poder, ese conjunto de discursos, mensajes y relatos mediante los cuales los presidentes han intentado explicar el país, conducir a la sociedad y legitimar su autoridad. Sin embargo, como lo demuestra el libro “La voz del poder”, un libro de varios autores coordinado por Margarita López Forero, la historia política colombiana no puede entenderse sin escuchar atentamente lo que sus presidentes dijeron —y cómo lo dijeron— en momentos clave.
La palabra presidencial no ha sido un simple vehículo de información. Ha sido, sobre todo, una herramienta emocional de gobierno. A través de ella se han activado miedos, esperanzas, resentimientos y expectativas; se han definido amenazas, se han prometido redenciones y se han moldeado imaginarios colectivos. En un país de institucionalidad frágil y confianza escasa, el discurso ha operado muchas veces como sustituto simbólico de la eficacia del Estado.
Gobernar es también emocionar
Una de las contribuciones más valiosas de La voz del poder es mostrar que el discurso presidencial debe leerse como un acto performativo: no solo describe la realidad, sino que busca producirla. Cuando un presidente habla, no solo informa; interpreta, ordena, justifica y convoca. Y al hacerlo, moviliza emociones.
Esta dimensión emocional conecta de manera directa con una pregunta central de nuestra cultura política:¿desde qué emociones se ha gobernado históricamente a Colombia?
Lejos de una ciudadanía formada en el juicio crítico y la deliberación, el país ha sido conducido, una y otra vez, desde emociones primarias: miedo al caos, esperanza en el salvador, resentimiento frente al enemigo, dependencia frente al líder. La palabra presidencial ha sido el canal privilegiado para activar estas emociones y, con ellas, construir legitimidad y una cultura política muy débil..
Seis categorías del discurso del poder
A partir del enfoque del libro y cruzándolo con una lectura emocional de la cultura política colombiana, es posible identificar seis grandes categorías discursivas que han marcado —y siguen marcando— nuestra relación con el poder.
1. El discurso de tutela moral
Aquí el presidente habla como figura moral superior, que corrige, amonesta o instruye a la sociedad. El ciudadano aparece como menor de edad político; el Estado, como tutor. La emoción dominante es la dependencia.
Este tipo de discurso ha debilitado históricamente la autonomía ciudadana, reforzando una cultura política pasiva, acostumbrada a esperar orientación “desde arriba” en lugar de asumir corresponsabilidad.
2. El discurso del miedo ordenante
En contextos de crisis, violencia o incertidumbre, la palabra presidencial ha construido amenazas: el enemigo interno, el caos inminente, la disolución del orden. La emoción dominante es el miedo.
El miedo ordena, pero también justifica la concentración de poder y reduce el espacio para la deliberación democrática. En Colombia, esta retórica ha sido recurrente y profundamente eficaz.
3. El discurso redentor o salvador
Aquí el líder se presenta como quien “por fin” comprende al pueblo y promete resolver lo que nadie antes pudo. El futuro se personaliza. La emoción dominante es la esperanza delegada.
Este discurso alimenta el caudillismo: la política deja de ser un esfuerzo colectivo y se convierte en una relación emocional entre un líder y una masa que espera ser salvada.
4. El discurso victimista del poder
Paradójicamente, quien ejerce el poder se presenta como víctima: de las élites, de los medios, de las instituciones o de conspiraciones invisibles. La emoción dominante es el resentimiento.
Este tipo de discurso erosiona la rendición de cuentas y convierte toda crítica en agresión, debilitando los controles democráticos.
5. El discurso tecnocrático y sin emociones
En el extremo opuesto, aparece un lenguaje frío, técnico, saturado de cifras y procedimientos. La emoción dominante es la indiferencia.
Aunque pretende racionalidad, este discurso suele excluir al ciudadano del entendimiento, y rompe el vínculo emocional necesario para construir legitimidad y sentido de propósito compartido.
6. El discurso del cuidado y la corresponsabilidad
Esta es una categoría aún emergente, pero crucial. Aquí el poder reconoce límites, convoca a otros actores y trata al ciudadano como adulto político. La emoción dominante es la confianza.
No hay promesas de salvación ni amenazas permanentes. Hay invitación a cuidar lo común, a compartir responsabilidades y a construir juntos.
El impacto en la cultura política
Estas formas de hablar no son inocuas. Cada una produce un tipo de ciudadanía.
La tutela moral produce dependencia.
El miedo ordenante produce obediencia.
La redención produce seguidores.
El victimismo produce polarización.
La tecnocracia produce apatía.
El cuidado produce corresponsabilidad.
Durante décadas, Colombia ha oscilado entre las primeras cinco, moldeando una cultura política emocionalmente frágil, reactiva y fácilmente manipulable. No es casual que hoy muchos ciudadanos voten más desde la emoción que desde el juicio informado, ni que la política se viva como una confrontación moral permanente.
Una pregunta ineludible
La lectura de La voz del poder deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de palabra pública necesita hoy Colombia?
No se trata solo de cambiar políticas o liderazgos, sino de transformar la forma de hablar desde el poder. Mientras el discurso presidencial siga alimentando emociones tristes —miedo, resentimiento, dependencia— será muy difícil reconstruir la confianza, el tejido social y una cultura democrática madura.
Hacia una nueva narrativa
Aquí es donde esta reflexión conecta con una propuesta más amplia: la necesidad de una narrativa que no niegue los problemas del país, pero que tampoco los instrumentalice emocionalmente. Una narrativa que parta de una convicción simple y exigente a la vez: Colombia es buena y vale la pena cuidarla.
Cuidar implica otra forma de hablar. Implica reconocer fragilidades sin dramatismo, convocar sin infantilizar, emocionar sin manipular. Implica pasar del poder que ordena o promete, al poder que confía y articula.
Resumen
Escuchar la historia de la palabra presidencial en Colombia no es un ejercicio académico distante. Es una invitación a revisar el presente. La forma como hablamos desde el poder sigue moldeando lo que sentimos como sociedad y, en consecuencia, lo que somos capaces de construir juntos. El tipo de cultura política y ciudadana que nos caracteriza.
Tal vez uno de los mayores retos adaptativos del país no esté solo en las reformas pendientes, sino en aprender a hablar distinto: con menos miedo, menos redención y más cuidado. Porque, al final, la palabra también gobierna y crea realidades. Hoy tenemos a una persona en el poder, que es el mejor ejemplo de lo expuesto por la Dra López .
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