Por qué Colombia es buena decidió nadar contra la degradación cultural de nuestro tiempo
Hay una pregunta que me han hecho varias veces desde que, comencé a vincularme a la promoción de la iniciativa Colombia es buena: ¿No resulta ingenuo hablar de bondad, confianza, liderazgo colectivo y cultura ciudadana en un país tan polarizado como Colombia y en un mundo donde el conflicto parece haberse convertido en el principal combustible de la conversación pública? Confieso que durante algún tiempo pensé que era una objeción razonable. Sin embargo, después de leer y escuchar las reflexiones del antropólogo Carlos Granés sobre las llamadas guerras culturales, llegué exactamente a la conclusión contraria. No solo no es ingenuo. Es urgente.
Porque el mayor desafío que enfrentamos hoy no es únicamente político, económico o institucional. Es, sobre todo, un desafío cultural. Estamos inmersos en una corriente que premia la indignación, el escándalo y la confrontación permanente. Y cuando una sociedad nada durante demasiado tiempo en esas aguas, termina creyendo que esa es la única forma posible de relacionarse. El verdadero reto de Colombia es buena consiste precisamente en decidir nadar en dirección contraria.
Cuando la política dejó de convencer y empezó a entretener
Carlos Granés describe una transformación inquietante de la vida pública. Durante décadas, el arte fue el espacio de la provocación y la transgresión, mientras la política aspiraba —al menos en teoría— a la racionalidad y al debate sobre soluciones. Hoy ocurre exactamente lo contrario.
La política se ha convertido en espectáculo. Los dirigentes políticos descubrieron que en la economía digital, la atención es el recurso más escaso, y que la manera más rápida de capturarla, consiste en provocar emociones intensas: miedo, rabia, resentimiento o indignación.
En consecuencia, las propuestas complejas pierden espacio frente a las frases incendiarias. Los matices son reemplazados por consignas. Los argumentos ceden frente a los insultos. Los adversarios dejan de ser personas con opiniones distintas para convertirse en enemigos morales cuya derrota parece justificar cualquier comportamiento.
Las redes sociales aceleran este fenómeno porque sus algoritmos premian aquello que genera interacción, y pocas cosas producen más clics que el conflicto. La consecuencia es una cultura donde la política ya no busca formar ciudadanos sino seguidores.
Y donde el debate deja de girar alrededor de preguntas como “¿cómo resolvemos este problema?” para concentrarse en otras mucho más emocionales: “¿quiénes somos nosotros?” y “¿contra quién estamos peleando?”.
La batalla más importante no es política: es cultural
Cuando observamos este panorama resulta fácil pensar que el problema consiste simplemente en elegir mejores gobernantes. Sin embargo, esa conclusión puede ser insuficiente. La política suele ser un reflejo de la cultura predominante.
Si una cultura recompensa la agresividad, terminará eligiendo líderes agresivos. Si recompensa el espectáculo, elegirá comunicadores y “show man “ antes que grandes administradores y líderes . Si convierte la identidad en una trinchera, terminará premiando a quienes mejor alimenten la división. Por eso he insistido tantas veces en una idea que considero esencial: la política sigue a la cultura.
Cambiar únicamente los dirigentes sin transformar las conversaciones, los valores y las formas de relacionarnos equivale a cambiar de conductor mientras el vehículo sigue avanzando por la misma carretera.
La aparente ingenuidad de hablar de bondad
En este contexto, un movimiento llamado Colombia es buena puede parecer, para algunos, excesivamente optimista o incluso ingenuo.
Pero quizá esa percepción provenga de una profunda confusión entre bondad e ingenuidad. La bondad no consiste en negar los problemas. Consiste en reconocer que la inmensa mayoría de los colombianos trabaja honestamente, cuida a sus familias, ayuda a sus vecinos, cumple con sus responsabilidades y desea vivir en paz. Esa realidad existe todos los días, aunque pocas veces ocupe los titulares.
Nuestro propósito no es maquillar las dificultades del país. Es impedir que la excepción termine definiendo nuestra identidad colectiva. Porque una sociedad que solo se mira a sí misma a través del lente del conflicto termina debilitando su propia capacidad para resolverlo.
Una estrategia profundamente contracultural
Lo que propone Colombia es buena no es una campaña publicitaria. Es una estrategia de transformación cultural.
Mientras la lógica dominante busca movilizar desde el miedo, nosotros proponemos movilizar desde la esperanza. Mientras otros construyen enemigos, buscamos construir corresponsabilidad. Mientras algunos fortalecen identidades excluyentes, queremos fortalecer ciudadanía. Mientras muchos buscan viralidad, proponemos conversaciones. Mientras proliferan los seguidores pasivos, queremos formar líderes activos.
No se trata de ignorar las emociones.Todo lo contrario. La evidencia muestra que las personas actuamos impulsadas por emociones, pero existe una diferencia enorme entre movilizar desde el resentimiento o hacerlo desde el orgullo compartido, la gratitud, el sentido de pertenencia y el deseo de cuidar aquello que amamos.
Las comunidades son la respuesta al algoritmo
Existe otra razón por la cual decidimos comenzar este movimiento desde los conjuntos habitacionales y las comunidades locales.
Las redes sociales producen conexiones. Pero no necesariamente producen vínculos. Un clic puede durar segundos. Una conversación entre vecinos puede cambiar años de convivencia. Por eso creemos que el verdadero antídoto contra la polarización no está únicamente en el espacio digital sino en el tejido social cotidiano.
Cuando las personas trabajan juntas para mejorar su entorno descubren algo fundamental: comparten muchos más problemas que diferencias ideológicas. La seguridad del barrio, la educación de los hijos, el cuidado de los adultos mayores, la salud mental, los espacios públicos o la convivencia interesan a todos. Es allí donde comienza a reconstruirse la confianza. Y la confianza es probablemente el activo más importante para el desarrollo de cualquier sociedad.
Cinco principios para no ahogarnos en la corriente
Si queremos que Colombia es buena sobreviva y crezca, debemos evitar la tentación de parecernos a aquello que queremos transformar.
El primer principio consiste en no competir en el terreno del espectáculo. Si respondemos al grito con otro grito, terminaremos alimentando la misma lógica que criticamos.
El segundo consiste en construir comunidad antes que audiencia. Los seguidores pueden desaparecer con un cambio en el algoritmo. Las comunidades permanecen porque están sostenidas por relaciones humanas.
El tercero es combinar razón y emoción. Los datos son indispensables, pero las historias inspiran y movilizan. Necesitamos una narrativa capaz de conectar con el corazón sin renunciar al pensamiento crítico.
El cuarto principio es regresar constantemente a los problemas reales. Salud, educación, convivencia, medio ambiente, liderazgo comunitario y calidad de vida deben ocupar el centro de la conversación.
Finalmente, debemos multiplicar líderes en lugar de fabricar héroes. Las guerras culturales necesitan caudillos. Las democracias saludables necesitan ciudadanos que asuman responsabilidad por el lugar donde viven.
La verdadera innovación social
Quizá la innovación más importante que puede aportar Colombia es buena no sea una metodología, una certificación o un modelo organizacional. Quizá sea demostrar que es posible construir una narrativa pública basada en emociones positivas sin caer en la ingenuidad.
Que es posible convocar desde el cuidado y no desde el miedo. Que es posible fortalecer la identidad nacional sin necesitar un enemigo permanente. Que es posible ejercer liderazgo sin dividir. Y que es posible recuperar la conversación como herramienta de transformación.
Cómo lo mostraba en mi blog anterior, si logramos que miles de conjuntos habitacionales se conviertan en escuelas cotidianas de liderazgo, corresponsabilidad y cultura cívica, estaremos haciendo mucho más que mejorar la convivencia local. Estaremos creando los cimientos de una nueva cultura democrática.
La decisión de remar en otra dirección
Toda gran transformación cultural comenzó siendo minoritaria. Hubo un momento en que defender la abolición de la esclavitud parecía una causa perdida. Hubo un momento en que hablar de derechos civiles, igualdad de las mujeres o reconciliación nacional parecía una utopía.
Las corrientes dominantes nunca cambian porque sí. Cambian cuando suficientes personas deciden dejar de seguirlas. Por eso no considero que Colombia es buena sea un ejercicio de ingenuidad. Lo considero un acto de realismo. Porque seguir alimentando la espiral de indignación, resentimiento y confrontación solo profundizará los problemas que ya padecemos.
La verdadera audacia consiste en hacer algo distinto. En demostrar que la confianza puede ser una estrategia de desarrollo. Que la educación cívica puede convertirse en una ventaja competitiva para una sociedad.
Y que cuidar a Colombia no es una consigna romántica, sino una tarea colectiva capaz de cambiar la manera como convivimos, como elegimos a nuestros líderes y como imaginamos nuestro futuro. Quizá la contracorriente más difícil de todas sea precisamente esa. Pero también puede ser la única que nos conduzca a un lugar diferente donde vale la pena vivir y hay prosperidad colectiva .
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