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sábado, 4 de enero de 2020

¿Un nueva narrativa para el desarrollo?

Hay  algo que no se le puede negar a los chinos:  sacaron a más de 600 millones de personas de la pobreza extrema y hoy su país es la segunda economía más grande del planeta. Dos hechos incontrovertibles que muestran otra narrativa que rompe con la existente de la democracia liberal, que por muchos años se vio como el requisito para el desarrollo y el cierre de la brecha entre quienes más  tienen y los más desposeídos. 
También es innegable, que se ha aumentado la brecha de la desigualdad en el mundo. Y esta realidad, que en nuestro caso es un hecho doloroso, explica muy bien el porqué de la insatisfacción de tanta gente que siente que el proceso los dejó atrás. 

Hoy comienza a surgir la pregunta válida: ¿no estará emergiendo una nueva narrativa para explicar el desarrollo?. Su referente es el modelo chino, que combina un régimen dictatorial implacable, con el apoyo al capitalismo de estado, en un entorno donde hay una libertad económica restringida. Esta se halla condicionada a que no se  cuestionen los lineamientos del partido comunista en el poder desde hace 72 años. 

Lo impresionante de las dinámicas que estamos viendo, es que la gente en las zonas menos beneficiadas por los avances de la globalización, y que viven en zonas rurales o menos desarrolladas en países como los Estados Unidos, Inglaterra, y Francia, ven con nostalgia su pasado de gloria y quisieran volver a el. 

A estas personas que no son sofisticadas, no están conectadas con el mundo, y en general tienen niveles bajos de educación, no les importa si los comportamientos de los dirigentes políticos sean totalmente reprochables, porque prefieren cerrar los ojos y dejarse engañar. No creen que la visión del modelo actual de la democracia liberal sea el más deseable ni sostenible. Se niegan a perder sus privilegios raciales, nacionales o de género. Y para rematar, ven la globalización como una conspiración de unos pocos a costa de los demás.

Yuval Noah Harari en su libro “Lecciones para el siglo XXI”, nos recuerda que en el curso de ochenta años, pasamos de tener tres historias para escoger: fascismo, comunismo y capitalismo, para entrar a la tercera década de este siglo, sin una narrativa  sólida para seleccionar. El resultado ha sido la desorientación de quienes han defendido la democracia liberal, y la alegría de quienes se alinean con las tendencias contrarias. Esa sensación se agrava aún más por el paso acelerado de las nuevas tecnologías. 

El vacío anotado hace que sea mucho más crítico el entender lo que está sucediendo con los movimientos populistas emergentes y con el desarrollo de China. Entre estas dos tendencias, puede estar emergiendo la nueva partitura para explicar cómo lograr el desarrollo, así sea que esto signifique retroceder en la historia y aumentar extraordinariamente los riesgos.

Por todo lo anterior, puede ser muy importante contemplar la posibilidad de que la democracia, y los sistemas de gobierno que la sustentan, ya no estén en condiciones de responder a las expectativas de la gente. La razón:  porque fueron desarrollados para una era que ya pasó. Los políticos que tienen que responder por su gestión, y los votantes que los eligen, entienden poco o nada de lo que esto implica y que explica a la vez, lo que les está sucediendo en la actualidad.

Hay un ejemplo relevante para evidenciar todo lo anterior: la dificultad para regular a servicios como UBER. Sus avances tecnológicos y de modelo de servicio, han sido más rápidos y complejos, que la capacidad de las instituciones que deben de responder y actuar. 

La cruda realidad es que las instituciones existentes no estaban preparadas para esta disrrupción. Y salvo que pase un milagro, hay una alta probabilidad de que se queden cada ves más relegadas a estar varios pasos atrás, porque los cambios en las instituciones públicas y los sistemas políticos, se mueven a una velocidad glacial.

Otra reflexión: los impactos de estos cambios en la gestión pública van a ser cada vez mayores a medida en que avanza velozmente las tecnologías como la IA, la analítica y Big Data, el internet de las cosas, la robótica, la nanotecnología, la biología sintética, el blockchain, el Bitcoin, etc. Hay que entender que con estas tecnologías y su convergencia acelerada, será posible crear y extender la vida, y hacer crecer nuevos órganos como el cerebro. Muy difícil predecir las consecuencias, pero lo que sí se puede anticipar, es que habrá un crisis existencial, con impactos psicológicos y sociales severos.

Esta realidad,  aumentará  exponencialmente los cambios y la complejidad asociada a ellos, desbordando aún más la capacidad del sistema de lidiar con estas nuevas circunstancias. Por ejemplo, las nuevas monedas virtuales que harán muy difícil el cálculo de los impuestos, o la necesidad de gravar la información porque será la nueva manera de generar riqueza. Google y Facebook son dos buenos ejemplos.

Como resultado de lo anterior, aumentará la insatisfacción de la gente con la democracia liberal por que no se entiende nada de lo que les está sucediendo. También crecerá el interés por escuchar a quienes propongan soluciones facilistas, a pesar de no ser realistas, por que no se podrán cumplir. 

Los populistas tendrán una audiencia ideal, que la pueden explotar a su favor, ya que está dispuesta a dejarse seducir con los cantos de sirenas basaos en expectativas que no se podrán cumplir. Cuando la gente despierte, ya será muy tarde, porque el daño ya estará hecho con impactos posiblemente irreversibles. Ver el ejemplo de Venezuela por si hay alguna duda sobre esta dinámica nefasta.

Y para entender mejor el problema, el ser humano aprendió a manipular y modificar su mundo externo alrededor. Pero en el camino, como no lo ha sabido hacer inteligentemente, se han desatado una serie de consecuencias no previstas, y eventualmente catastróficas, como el calentamiento global. 

El problema es que las nuevas tecnologías van a dar un inmenso poder para manipular el mundo interior. Pero como ya está demostrado que no somos capaces de entender la complejidad de estos procesos, esta vez los riesgos podrán ser aún peores y más imprevisibles. 

El problema de todo lo anterior como nos lo recuerda Harari, es que quienes están impulsando toda esta dinámica de cambio tecnológico, posiblemente son inconscientes de las consecuencias políticas de sus invenciones. Como también, que esta dinámica compromete aún más al sistema democrático que hoy se encuentra atacado por múltiples frentes. En estas condiciones está emergiendo una nueva narrativa para del desarrollo.


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