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sábado, 10 de enero de 2026

Cuando la geopolítica desnuda la retórica y Petro descubre sus límites.

   No suelo enviar dos blogs tan seguidos, pero la llamada de Petro a Trump y su respuesta , me obligaron a encontrar una explicación. En este blog comparto con mis lectores lo que encontré escuchando las opiniones de expertos internacionales. El profesor John Mearsheimer fue la mejor.

Este académico  es hoy uno de los analistas geopolíticos más influyentes del mundo. Profesor de la Universidad de Chicago y creador de la teoría del realismo ofensivo, su pensamiento resulta incómodo para quienes prefieren una visión más moralizada de la política internacional. Pero precisamente por eso es tan útil: Mearsheimer no analiza el mundo como debería ser, sino como es.

Desde esa lógica, resulta particularmente revelador su análisis del abrupto cambio de postura del presidente colombiano Gustavo Petro frente Donald Trump ocurrido en apenas cuatro días a comienzos de enero. Un episodio que, más allá de simpatías o antipatías ideológicas, desnuda una lectura cruda de las restricciones estructurales que enfrenta Colombia en el entorno geopolítico internacional.

El realismo ofensivo: poder, supervivencia y jerarquías

Para Mearsheimer, el sistema internacional en la actualidad es aún más anárquico que en años anteriores: no existe una autoridad superior que garantice la seguridad de los Estados y entidades como la ONU o la OEA son cada día más irrelevantes. En ese contexto, las grandes potencias buscan maximizar su poder relativo en un giro hacia un mundo dividido por esferas de influencia. Esto explica el porqué  la hegemonía regional no es una opción; es un objetivo estratégico en el nuevo mundo que Trump quiere impulsar. El ataque a Venezuela es el resultado de esa decisión. 

Está perspectiva es clave para entender la llamada de Petro, Estados Unidos no tolera competidores ni desafíos sostenidos en su hemisferio o “patio trasero” . Es la visión revisada de la Doctrina Monroe, donde Trump no acepta discursos críticos, y tampoco resistencias reales que amenacen su capacidad de coerción económica, militar o política.

Cuatro días que revelaron una asimetría brutal

El 3 de enero, tras la operación militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro, Petro guardó silencio. El 4 de enero condenó la acción como “aberrante”. El 5, Trump respondió con amenazas directas, insultos personales y la insinuación de que Colombia podría recibir un “tratamiento similar” al de Venezuela.

El 6 de enero, Petro elevó el tono: desplegó 30.000 tropas en la frontera, solicitó reuniones de emergencia en la ONU y la OEA, e invocó su pasado guerrillero, afirmando que “por la patria” volvería a tomar las armas. Era un lenguaje de resistencia, épico, cargado de simbolismo político interno.

Pero el 7 de enero, en la noche, ocurrió el giro completo: Petro reculó y llamó a Trump, para explicar la situación del narcotráfico, presentó datos sobre los esfuerzos colombianos y aceptó una invitación a la Casa Blanca. Trump, horas después, publicó un mensaje elogioso en su red True Social, celebrando el “buen tono” de la conversación.

El cambio no fue producto de una iluminación diplomática. Fue, como diría Mearsheimer, el resultado inevitable de fuerzas estructurales del juego geopolítico que Trump ha impulsado desde que llegó hace un año por segunda vez al poder.

La paradoja de la proximidad: Colombia no puede escapar

En la lógica del realismo ofensivo propuesta por  Mearsheimer, la cercanía geográfica a una superpotencia no es una ventaja, sino una vulnerabilidad. Esto que es una verdad para México, también lo es para Colombia, que está atrapada en lo que el analista llamaría una gravedad estratégica imposible de eludir y de la cual Canadá se está preparando inteligentemente para evitar.

La economía colombiana depende profundamente del acceso a los mercados financieros y comerciales estadounidenses. Su estabilidad monetaria está atada a decisiones tomadas en Washington. Su lucha contra el narcotráfico depende de inteligencia, equipos y cooperación estadounidense. Su sistema financiero es extremadamente sensible a sanciones secundarias.

Y según Mearsheimer, hay un factor aún más delicado: los casi tres millones de refugiados venezolanos. Colombia no puede absorber ese impacto sin apoyo internacional. Cuando Trump amenazó con recortar el 70% de la financiación humanitaria a la región, no estaba haciendo retórica: estaba utilizando un punto de presión crítico. La movilización  hacía la frontera de 30.000 tropas desplegadas por Petro no alteraban esa ecuación. Petro lo sabía. Y Trump también.

La lógica de Trump: coerción racional, no improvisación

Desde el prisma de Mearsheimer, el comportamiento de Trump no ha sido errático en este caso. Siguió una secuencia estratégica clásica:

  1. Demostrar credibilidad mediante el uso de la fuerza (Venezuela).
  2. Aumentar el costo de la resistencia con amenazas económicas y militares.
  3. Ofrecer una salida digna a la capitulación (la llamada).
  4. Aceptar la rendición con cortesía, reforzando el mensaje disuasorio.

El cambio de tono de Trump no fue una contradicción: fue calculado. En este episodio con un Petro sin visa y en la lista Clinton, no buscaba su cooperación sino su sumisión. Y con la llamada  lo obtuvo. Claro, Petro ante sus bases no lo va a confesar y vamos a ver qué cuento chino les va a tratar de vender. Más allá de su discurso, es la realidad que tuvo que aceptar ante el gran peligro personal que estaba incurriendo, además de las sanciones que los gringos ya le habían  impuesto. 

El problema de la capitulación: obediencia sin solución

Aquí aparece una de las advertencias más finas de Mearsheimer. Para las potencias hegemónicas, forzar la capitulación es relativamente fácil. Lo difícil es convertir esa capitulación en cooperación estable.

Petro seguramente no olvidará jamás haber sido llamado “traficante de cocaína enfermo”. El sentimiento anti estadounidense no desaparecerá pero si le va a tocar reprimirlo. El narcotráfico seguirá existiendo porque responde a incentivos económicos muy grandes. Los refugiados seguirán presionando al Estado colombiano. Cómo lo menciona  Mearsheimer, la coerción resuelve el momento, más no el problema.

Lecciones incómodas para Colombia y sobre todo para Petro

Para el profesor el episodio deja varias enseñanzas que Colombia no puede ignorar, especialmente en un contexto político tan polarizado:

  1. La retórica de la soberanía  tiene límites reales.
    Prometer resistencia frente a una superpotencia puede ser rentable electoralmente, pero choca con restricciones de capacidad estructurales que no se pueden ocultar.
  2. La ideología no sustituye las dinámicas de poder que hoy mueven la geopolítica mundial. En este entorno internacional, las intenciones importan menos que las capacidades. Este mensaje ya caló en Canadá, México y también en la Comunidad Europea con la amenaza de invasión gringa a Groenlandia y la desaparición de NATO.
  3. El liderazgo responsable reconoce límites.
    Confundir la épica interna con la capacidad real de acción externa conduce, casi siempre, a humillaciones costosas. Eso es lo que hoy enfrenta Petro tras su arenga en Nueva York, megáfono en mano, cuando llegó a insinuar una insurrección de los militares estadounidenses y acumuló agravios personales contra Trump, bajo la falsa premisa de que ese tipo de gestos podía quedar impune
  4. La política exterior no admite gestos performativos.
    Cada palabra tiene costos medibles como lo está aprendiendo a la fuerza Petro.

Implicaciones para el debate político colombiano

De cara al futuro político del país, este episodio debería servir como advertencia transversal. Ni la izquierda ni la derecha pueden prometer lo que Colombia como país no está en condiciones de cumplir. Y como Mearsheimer lo menciona, en la lucha por las esferas de influencia que Trump está promoviendo con el uso de la fuerza bruta, lo que cuenta es la capacidad, y en esa confrontación, países como Venezuela, Colombia y México, no la tienen.

El problema no es “desafiar” a Estados Unidos, ni someterse sin dignidad. El reto  es construir márgenes de maniobra realistas, fortalecer alianzas, diversificar dependencias y, sobre todo, evitar que la política exterior se convierta en un escenario de improvisación ideológica. Como enseñaría Mearsheimer, los Estados pequeños no sobreviven por su valentía discursiva, sino por tener prudencia estratégica. 

Trump ha puesto patas arriba la arquitectura de cooperación multilateral. Ese es un hecho. Y aún le restan tres años de mandato. Tras la captura de Maduro, Colombia —sin contar con las capacidades reales para hacerlo— está enfrentando de manera directa las consecuencias del ejercicio de un poder hegemónico bruto que Trump busca imponer en la región, en una lógica que revive, sin ambigüedades, la vieja Doctrina Monroe. En un próximo blog analizaré un contraste revelador: la reacción estratégica, inteligente y pragmática de Canadá, país al que Trump llegó incluso a amenazar con convertir en el estado número 51 de la Unión.


En resumen, para Mearsheimer la llamada entre Trump y Petro no fue un incidente diplomático menor ni un malentendido resuelto gracias a la buena voluntad de las partes. Fue una lección descarnada de realismo del ejercicio del uso del poder bruto a nivel internacional. En apenas cuatro días quedó en evidencia que, en este sistema, la retórica ideológica y los gestos simbólicos pesan poco frente a las estructuras de poder, la dependencia económica y la asimetría militar.

Desde la perspectiva de Mearsheimer, lo ocurrido no tiene nada de sorprendente. Las grandes potencias no actúan en este nuevo entorno mundial, movidas por simpatías, valores o afinidades políticas, sino por cálculos de poder y defensa de sus intereses. En ese tablero, los Estados medianos o pequeños no fracasan por falta de dignidad, sino cuando confunden voluntad política con capacidad real de resistencia.


El riesgo mayor  es no reconocer los límites e ignorarlos. En política internacional —como en el liderazgo— el costo de confundir deseos con capacidades se paga rápido y casi siempre lo paga la sociedad, no quien pronuncia el discurso. Colombia haría bien en aprender esta lección antes de que la próxima crisis la obligue a hacerlo de nuevo, en condiciones aún más desfavorables.


Para Colombia, este episodio también debería funcionar como advertencia estratégica en un momento político particularmente sensible. Prometer desafíos heroicos frente a una superpotencia podría resultar rentable en el discurso interno, pero suele desembocar en rectificaciones humillantes cuando la realidad se impone y el peligro personal se vuelve inmanejable . 


Lo repite  Mearsheimer, la soberanía no se defiende con épica improvisada, sino con prudencia, alianzas inteligentes y una lectura honesta de las propias vulnerabilidades. Pero, el mayor peligro para Colombia y para los venezolanos, es que Trump se contente solo con apoderarse del petróleo venezolano,  consolide a la sra Rodríguez en el poder. Todo cambia para que nada cambie.


Y para terminar, The Economist esta semana, describe lo que ha sucedido con Venezuela:  “es un tema de poder y recursos naturales, no de valores”. Estamos volviendo al mundo del siglo XIX donde  cambiaba la frontera por la fuerza, pero hoy se hace  con armas atómicas del siglo XXI.


viernes, 9 de enero de 2026

Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe

  Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe 

El ataque ordenado por Donald Trump el sábado 3 de enero contra Venezuela —con el objetivo de capturar a Nicolás Maduro y a su esposa para llevarlos ante la justicia norteamericana— produjo una conmoción internacional inmediata. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en inquietud cuando el propio Trump afirmó que Estados Unidos podría “tomar el control” de Venezuela y, de paso, descalificó de manera despectiva a María Corina Machado, minimizando su liderazgo y legitimidad política.

Más allá del impacto noticioso, el episodio abre una pregunta de fondo mucho más inquietante: ¿qué tipo de poder está ejerciendo hoy Estados Unidos en el mundo, y  qué consecuencias  tiene para el sistema democrático?. Para contestar a esta pregunta he estado siguiendo a varios historiadores y analistas norteamericanos sobre el tema. Mis últimos dos blogs se han basado en las notas que he tomado y que quiero completar con este blog, dado el impacto de los acontecimientos más recientes de los últimos días. 

La Doctrina Monroe es uno de los pilares más antiguos de la política exterior de Estados Unidos, sintetizada en la famosa frase: "América para los americanos" .En el siglo XIX, el objetivo era advertir a las potencias europeas (España, Francia, Gran Bretaña) que no intentaran recolonizar ninguna parte del continente americano. Estados Unidos se declaraba protector de la independencia de las nuevas repúblicas latinoamericanas, pero también establecía que cualquier intervención europea sería vista como un acto de agresión contra EE. UU. 


Para la administración Trump, las "potencias externas" ya no son los imperios europeos, sino China, Rusia e Irán. Bajo esta nueva interpretación EE. UU. sostiene que no permitirá que potencias rivales establezcan bases militares o alianzas estratégicas profundas en el patio trasero de Washington. Se argumenta que la presencia de regímenes aliados a estos países (como el de Maduro en Venezuela) representa una amenaza directa a la estabilidad del continente


 En una conversación de esta semana  entre David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum, se abordaron con crudeza los dilemas, contradicciones y riesgos de la intervención de Trump. Evidentemente  lo que emerge no es una defensa de Maduro —cuya salida millones de venezolanos celebran— sino una advertencia severa sobre la forma en que Trump entiende el uso del poder como presidente  de su país, y las consecuencias sistémicas de este tipo e intervenciones dadas las historias recientes de los Estados Unidos en Irak y Afghanistan y Libia. .


En la conversación del editor de la revista Atlantic y la historiadora, abordan desde diferentes ángulos , el análisis de los acontecimientos de la captura de Maduro y su llevada a juicio en NY.  Veamos.

Venezuela antes de Trump: una dictadura derrotada en las urnas

Conviene partir de un punto claro: el régimen de Maduro estaba políticamente derrotado antes de la intervención de Trump . Las elecciones de 2024 fueron fraudulentas, y la evidencia recolectada por los propios venezolanos, demostró que el candidato opositor Edmundo González había ganado. María Corina Machado, reconocida con el Premio Nobel de la Paz y figura central de la oposición, fue inhabilitada precisamente porque el régimen sabía que perdería.

Maduro se sostuvo no por legitimidad, sino por represión. Nadie serio discute que su salida era deseable. Y como lo mencionan los analistas citados,  el problema no es el fin, sino los medios y, sobre todo, como ya lo mencioné, las consecuencias sistémicas impredecibles en un mundo caracterizado por la gran incertidumbre y deslegitimación creciente de las instituciones  multilaterales y de la democracia  . 

Una intervención para consumo interno

Según Frum y Applebaum,  uno de los aspectos más perturbadores de la intervención norteamericana, es su carácter profundamente nacionalista y unilateral. Desde la Casa Blanca, la acción fue presentada como un logro de Estados Unidos, no como un acto orientado a restaurar la democracia venezolana. No hubo consulta con aliados regionales, ni respaldo del Congreso, ni mandato multilateral, ni narrativa coherente dirigida al pueblo venezolano.

Trump habló de petróleo que parece ser el verdadero objetivo. De narcotráfico lo que es muy incoherente ya que semanas atrás había sacado de la cárcel al ex presidente de Honduras condenado por ese delito en los Estados Unidos. De migración que es su obsesión y donde los venezolanos han sido especialmente señalados y expulsados. . 

Y todos estos argumentos  Trump los utiliza para justificar sus acciones por su impacto en seguridad nacional de su país. Pero además, la comunicación se hizo casi exclusivamente a través de Fox News y de True Social. Y según Brun y Applebaum así como muchos otros analistas internacionales, la multiplicidad de explicaciones no son coherentes ni aclara.

Para Frum, la intervención en Venezuela parece diseñada más para reforzar la narrativa interna de Trump para sus bases—mano dura, fuerza militar, enemigos externos— que para construir una salida democrática y sostenible para Venezuela.

La gran contradicción moral

Hay una contradicción difícil de ignorar: mientras Trump ordena una operación militar para “hacer justicia” en Venezuela, como ya lo mencionaron los analistas, su gobierno expulsa masivamente a migrantes venezolanos, a quienes describe como criminales o enfermos mentales. Muchos de esos migrantes son precisamente opositores al régimen que Trump dice combatir.

La justicia selectiva, cuando se combina con desprecio humano, deja de serlo y se convierte en instrumento de poder. Y el uso sin restricciones del PODER, parece ser el verdadero nombre del juego que motiva hoy en todas sus acciones a Trump, como lo mencionan el editorial del NY Times  de enero 8, y una entrevista que le hicieron al presidente de ese periódico, el día anterior. . 

El fantasma de las “esferas de influencia”

Quizás el punto más inquietante del análisis de Applebaum es el regreso explícito de la idea de esferas de influencia, una lógica que Estados Unidos rechazó formalmente desde 1945. Trump parece cómodo con un mundo repartido entre grandes potencias: Rusia en Europa Oriental, China en Asia, Estados Unidos, en el hemisferio occidental.

Esta lógica no solo normaliza la agresión de los países grandes sobre los pequeños, sino que destruye la idea misma de principios universales: derechos humanos, democracia, soberanía popular. El mensaje implícito es muy grave: la democracia ya no es un valor, sino una conveniencia en un juego de poder que bota por la borda la arquitectura internacional promovida por los Estados Unidos después de la II Guerra .

Si este país abandona el principio de universalidad, deja de ser un referente no perfecto pero si aspiracional, y decide ser un actor más del juego cínico del poder, en un mundo multipolar dividido por esferas de influencia.

¿Noriega 2.0 o algo peor?

Según Applebaum, la comparación con la captura de Manuel Noriega en Panamá en enero de 1990 resulta tentadora, pero engañosa. Aquella operación tuvo respaldo internacional, objetivos claros y una retirada posterior. En el caso venezolano, Trump habla de “dirigir” el país, sin explicar cómo, por cuánto tiempo, ni con qué legitimidad. Y además descalifica a Maria Corina Machado cuando ha demostrado una gran capacidad de conectarse con su gente y valor para enfrentar en la clandestinidad a Maduro y a sus compinches.

Y como lo menciona la historiadora, la ambigüedad no es accidental. La vaguedad de las justificaciones es una de las herramientas de uso del poder autoritario, tema sobre el cual ha hecho extensos estudios durante el siglo XX.

El dilema demócrata: entre el aislamiento y la hipocresía

Applebaum y Frum reconocen que Trump  ha generado un dilema incómodo para los demócratas. Criticar la intervención de Trump es necesario, pero refugiarse en un aislacionismo moral —“no debemos intervenir nunca”— es peligroso. Estados Unidos siempre ejerce influencia, incluso cuando finge no hacerlo. Negociar petróleo con Maduro en el pasado también fue una forma de intervención. La pregunta en este caso  no es si vale la pena intervenir, sino cómo y para qué. 

Según estos  y otros analistas, una  intervención con gran respaldo internacional  requeriría : restaurar al ganador legítimo de las elecciones del 2024 en Venezuela, respaldo del Congreso , apoyo regional, y  una coalición multinacional con objetivos claros y límites definidos. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora. .

El riesgo mayor: lo que Trump le hace a Estados Unidos

Para Applebaum, el daño más profundo va mas allá de Venezuela, sino que también impacta en la transformación del la arquitectura  institucional de los Estados Unidos. Al actuar sin justificación legal, sin controles y sin respeto por aliados, Trump afecta el Estado de derecho interno y normaliza la arbitrariedad debilitando mucho la democracia de su país. .

Estados Unidos deja de ser un “faro imperfecto” para convertirse en un matón impredecible. Y cuando eso ocurre, también se erosionan los derechos civiles internos. La historia muestra que el autoritarismo externo siempre regresa a casa.

En el artículo publicado por el NY Times sobre la entrevista a Trump el 7 de enero titulada "Trump expone una visión de poder restringida a  'Mi propia moralidad' , el presidente  dejó claro que sería el árbitro de cualquier límite a su autoridad, desconociendo el derecho internacional, los tratados vigentes y la arquitectura multilateral que Estados Unidos había impulsado en los últimos ochenta años. Posiblemente este reportaje sirve para explicar el cambio de postura de Petro y su llamada a Trump el pasado miércoles.   

Una alegría legítima, una advertencia necesaria

Nada de esto niega una realidad: muchos venezolanos hoy celebran la caída de Maduro. También lo hacen millones de colombianos y de otros países de la región afectados por migración forzosa de 8 millones de exilados. Esa alegría es comprensible y legítima. Pero la historia enseña , como lo recuerda la historiadora Applebaum,  que la forma en que caen las dictaduras importa tanto como el hecho de que caigan. Cambiar un tirano por una tutela imperial no es libertad. Es dependencia. Y hay que recordar que  esta es la lección de Irak, Afganistán y Libia 

Para Trump, restablecer la democracia en Venezuela,  no es una preocupación, porque se trata de dinero, poder y la protección de su país de  las drogas y los criminales", según lo explicó  Michael Shifter, miembro principal del Diálogo Interamericano, un instituto de investigación en Washington.


En el editorial del 8 de enero del NY Times  termina con un comentario que nos obliga a reflexionar y poner los pies en la tierra: “Tenemos la esperanza de que la crisis actual termine menos mal de lo que esperamos. Tememos que el resultado del aventurerismo del Sr. Trump sea un mayor sufrimiento para los venezolanos, una creciente inestabilidad regional y un daño duradero para los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. Sabemos que el uso de la fuerz del Sr. Trump, violan la ley”


Reflexión final para Colombia

De las reflexiones de David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum , para Colombia hay una advertencia triple.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia el autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo de derecha o izquierda. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder, compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona, en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones

viernes, 2 de enero de 2026

Cuando la historia vuelve a hablar

 

Timothy Snyder, Trump y las lecciones que Colombia no puede ignorar en 2026

He pasado estas vacaciones en los Estados Unidos escuchando análisis sobre la situación  actual de este país. Me ha interesado, sobre todo, escuchar a pensadores que llevan años estudiando los momentos en que las democracias se quiebran desde dentro. En el proceso  me encontré con Timothy Snyder, profesor de Yale, especialista en el Holocausto y Europa del Este, quien es un invitado permanente para iluminar un momento tan obscuro de su país desde su disciplina : la Historia. Es el autor de un pequeño pero poderoso libro publicado en 2017: On Tyranny. Twenty Lessons from the Twentieth Century.

El libro fue escrito cuando Donald Trump cumplía su primer año en la presidencia. Muestra las lecciones que nos deja la Historia de las tiranías del siglo XX y las trae al presente. Hoy, escuchando de nuevo una conferencia de Snyder que dio en diciembre hace ocho años, resulta inquietante constatar cuántas de sus advertencias, no solo no fueron exageradas, sino que parecen describir con precisión el primer año del segundo mandato de Trump.

La tesis de Snyder es simple y profundamente preocupante : las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.

La falsa tranquilidad de la excepcionalidad

Snyder insiste en una idea central que atraviesa todo su trabajo: “esto puede pasar aquí”. La creencia en la excepcionalidad —estadounidense, europea o latinoamericana— es uno de los grandes aliados de la tiranía. Pensar que “eso solo le ocurre a otros pueblos” es el primer paso hacia la complacencia.

La historia del siglo XX muestra que los regímenes autoritarios no surgieron porque las sociedades fueran moralmente inferiores, sino porque personas comunes, muy parecidas a nosotros, se adaptaron demasiado rápido a nuevas reglas. El cambio de régimen, recuerda Snyder, puede ser muy rápido y tomar de uno a tres años, no décadas.

Hoy, en Estados Unidos, muchas de las señales que Snyder describía en 2017 —la saturación informativa, el descrédito de la prensa, la normalización del insulto institucional, la desconfianza sistemática en la verdad— ya no sorprenden. Se han vuelto parte del paisaje y se percibe cierta resignación ante la velocidad de la destrucción institucional promovida por Trump en solo 11 meses.

Las ideas importan, y se vuelven reales

Una de las lecciones más ignoradas —y más peligrosas— es creer que las ideas no importan, que todo es retórica o exageración electoral. Snyder insiste en lo contrario: las ideas de quienes buscan o ejercen el poder tienden a materializarse, especialmente cuando encuentran poca resistencia. El ejemplo de su país en el 2025 y su impacto global, así lo demuestra.

El siglo XX dejó una lección incómoda que seguimos empeñados en ignorar: los líderes autoritarios casi siempre anuncian con franqueza lo que piensan hacer, y aun así no se les cree. En el primer año del segundo mandato de Trump, muchas de aquellas ideas que parecían excesivas o inviables ya han empezado a horadar la arquitectura de pesos y contrapesos que convirtió a Estados Unidos en un referente democrático global. Trump no creó este deterioro desde cero; lo encontró avanzado y supo explotarlo. Se apoyó en una democracia cansada, en una resistencia cívica debilitada y en una sociedad fracturada, atrapada en la polarización y cada vez menos capaz de construir acuerdos mínimos sobre las reglas que hacen posible su propia convivencia.

La obediencia anticipada: el regalo más peligroso

La primera lección del libro es quizás la más perturbadora: no obedecer por adelantado. Los regímenes autoritarios no necesitan imponer todas sus decisiones; basta con que la gente anticipe lo que el poder espera y se adapte voluntariamente sin resistencia .

Snyder recuerda cómo, en la Alemania de 1932 o la Checoslovaquia de 1946, el sistema colapsó no solo por la acción del poder, sino por la rápida acomodación de ciudadanos, empresas, burócratas y profesionales. El famoso experimento de Milgram demostró algo inquietante: no existe una “personalidad autoritaria” exclusiva de ciertos pueblos. La mayoría de las personas puede adaptarse a nuevas reglas si el entorno cambia lo suficiente.

Cuando hoy vemos instituciones, medios, empresas o líderes sociales moderar su lenguaje, callar o justificar excesos “para no quedar por fuera”, la lección de Snyder vuelve a ser preocupante y muy actual.

El ataque al corazón de la democracia: la verdad

Para Snyder, el verdadero catalizador del autoritarismo no es la fuerza, sino la destrucción de la confianza. Cuando las personas sienten que “nada es verdad” o que “todo es propaganda”, el Estado de derecho deja de funcionar. Sin una noción compartida de realidad, la democracia se vacía. Y los autócratas lo saben y es parte de su estrategia para llegar al poder y quedarse con él.

El bombardeo constante de noticias falsas, la creación de burbujas informativas y la deslegitimación sistemática del periodismo no son efectos colaterales: son estrategias políticas. En este punto, Snyder es particularmente claro: defender el periodismo serio, pagar por información de calidad y ser responsables con lo que compartimos no es un lujo moral, sino un acto político esencial en defensa de la democracia .

Nacionalismo versus patriotismo

Una de las lecciones más potentes del libro es la distinción entre nacionalismo y patriotismo. El nacionalista, dice Snyder, invita a la gente a ser su peor versión y luego les asegura que son  superiores. Vive obsesionado con la humillación, la victoria y la venganza. El patriota, en cambio, quiere que su país esté a la altura de sus ideales, incluso cuando eso exige crítica y autocorrección.

En este sentido, el nacionalismo siempre vende la idea de : “no puede pasar aquí”. El patriotismo dice: “podría pasar aquí, pero no lo permitiremos”.

La política del día a día

Una de las ideas más atractiva —y más subversivas— de Snyder es que, en tiempos autoritarios, la vida cotidiana se vuelve política. El contacto visual, la conversación trivial, la cortesía básica, el  no aislar no  a quien es estigmatizado, se convierten en actos de resistencia.

Y hace una advertencia muy importante. Los regímenes autoritarios prosperan cuando rompen los vínculos humanos. Por eso, crear y cuidar relaciones —viejas y nuevas— es una forma concreta de defender la democracia.

Lo que Estados Unidos enseña hoy

Snyder no escribe desde el desprecio ni desde el alarmismo vacío. Su llamado es profundamente norteamericano : los propios fundadores sabían que la amenaza a la democracia vendría de dentro. Por eso diseñaron un sistema de frenos, contrapesos y derechos que no se sostienen solos. Este diseño es que que Trump pretende demoler contando con las mayorías en el Congreso y una Corte Suprema muy conservadora , que hasta ahora no lo ha frenado. Está realidad puede cambiar con las elecciones de congresistas a mediados del 2026.

El primer año del segundo mandato de Trump confirma una lección que Snyder la recuerda: las constituciones no se defienden por inercia, sino por ciudadanos activos. Y esto tiene otro corolario: la importancia de formar ciudadanos conscientes y corresponsables desde las etapas tempranas de la educación. 

Colombia: una advertencia oportuna para 2026

Aquí es donde este libro deja de ser un análisis externo y se vuelve una advertencia directa para Colombia.

En un año electoral histórico, con una sociedad cansada, polarizada y emocionalmente saturada, muchas de las dinámicas que describe Snyder están presentes en nuestro país: desconfianza, desprestigio de instituciones, narrativas de exclusión, promesas simplificadoras y una peligrosa tentación de obediencia anticipada y la sensación de resignación.

Pero la historia del siglo XX enseña que ninguna sociedad democrática está a salvo por su tradición, su riqueza o su estado de desarrollo. Las democracias no colapsan solo por líderes autoritarios, sino por ciudadanos que se retiran, se resignan o se acomodan.

Reflexión final

On Tyranny no es un libro que promueva  el miedo o la parálisis , sino el despertar de una ciudadanía responsable que no deja engatusar. Snyder no invita al heroísmo épico, sino al coraje de las acciones cotidianas. Su mensaje final es tan simple, esperanzador  como exigente: todos podemos hacer algo, y si muchos lo hacen, pueden marcar una gran diferencia.

En Colombia, de cara a 2026, esta puede ser la lección más importante: la democracia no se hereda, se cuida. Y cuidarla empieza mucho antes del día de las elecciones porque Colombia es buena

sábado, 27 de diciembre de 2025

Dos lógicas distintas alrededor del poder

  


Venezuela entre la amenaza y la asfixia: Trump, Maduro dos lógicas alrededor del poder

 Jhon Mearsheimer es uno de los analistas geopolíticos más respetados del mundo. En las últimas semanas he seguido con atención sus reflexiones sobre la confrontación entre Donald Trump y Nicolás Maduro, consciente del impacto que este episodio puede tener no solo para Estados Unidos y Venezuela, sino también para países como Colombia. Desde el realismo de alguien profundamente informado y ajeno a la retórica fácil, Mearsheimer ofrece una lectura tan impactante como esclarecedora de lo que realmente está ocurriendo.

A su juicio, esta no es una guerra contra las drogas, como ha querido presentarla Trump. Tampoco se trata de una cruzada moral ni, en sentido estricto, de un pleito personal entre dos líderes extravagantes. Lo que estamos presenciando es el choque entre la política doméstica estadounidense, la lucha por la supervivencia del régimen venezolano y la hegemonía estratégica de Estados Unidos, en un tablero geopolítico donde el margen de error se ha reducido peligrosamente.

Hay cifras que, de pronto, dejan de ser estadísticas y se convierten en advertencias. Ochenta y siete minutos de vuelo desde bases del Comando Sur hasta Caracas. Dieciocho horas para desplegar una división aerotransportada. Novecientos cincuenta mil barriles: la capacidad de carga del mayor tanquero venezolano. Ochenta y siete millones de dólares: su valor aproximado. Son números que condensan la confrontación actual entre Donald Trump y Nicolás Maduro y que revelan algo más profundo que un conflicto bilateral: una lección brutal sobre cómo funciona realmente la lógica del poder en el sistema internacional.

La lógica de Washington: credibilidad, presión y bajo costo

En la primera dimensión, Trump aparece atrapado por una necesidad política interna: mostrar fuerza. El aumento de muertes por fentanilo, la crisis en la frontera y la ansiedad del electorado exigen un enemigo identificable. Venezuela cumple esa función. A diferencia de mercados transnacionales, problemas de salud pública o fallas estructurales, un Estado permite construir una narrativa simple: “golpeamos aquí y el problema se resuelve”.

Pero la lectura integrada de ambas transcripciones muestra algo más sofisticado. Trump —o, más precisamente, el aparato estratégico estadounidense— opera en dos niveles simultáneos. En el plano discursivo, amenaza con intervención militar, porque retroceder sería políticamente costoso. En el plano real, ejecuta una estrategia mucho más eficaz: coerción económica y psicológica con costos mínimos.

El decomiso de los tanqueros venezolanos no es un gesto improvisado. Es un mensaje quirúrgico: podemos estrangular su economía sin disparar un tiro. Control de sistemas financieros, seguros marítimos, rutas comerciales y activos internacionales: esa es la hegemonía en el siglo XXI. Desde Washington, el cálculo es frío y racional: máxima presión, cero bajas propias, escaso costo político interno.

Maduro: supervivencia, provocación y teatro

Según Mearsheimer , del  lado venezolano la lógica es más precaria. Maduro enfrenta una combinación letal: colapso económico, erosión de apoyo interno y fracturas incipientes en su círculo de poder. En ese contexto, despliega dos herramientas.

Hacia afuera, intenta elevar el costo de una intervención vinculándose explícitamente con Rusia, China e Irán. No busca derrotar a Estados Unidos; busca disuadirlo transformando un conflicto bilateral en un problema multilateral. Es señalización estratégica clásica de un actor débil: si me atacas, el precio será mayor de lo que imaginas.

Hacia adentro, recurre a la política performativa. Movilizaciones, gestos de confianza, discursos de control… incluso sale a cantar “Don’t Worry, Be Happy” en medio del colapso. No se trata de ignorancia. Es psicología de supervivencia. Admitir debilidad sería existencialmente peligroso. La performance busca sostener lealtades internas cuando los recursos materiales se agotan.

El problema, como muestra crudamente   Mearsheimer, es que la performance no paga salarios militares, no importa alimentos, no mantiene infraestructura petrolera. Cuando el poder real se ejerce —con el decomiso de tanqueros— la ficción queda expuesta. Y esa exposición es, en sí misma, una forma de guerra psicológica.

Apariencia versus capacidad: el núcleo del conflicto

Ambas lógicas  convergen en una tesis central: el conflicto se decide menos por discursos que por capacidades.

Trump corre el riesgo clásico de las grandes potencias: confundir dureza retórica con estrategia. Si responde a provocaciones para no “verse débil”, puede perder el control de la escalada y entrar en un conflicto que sirva más a la supervivencia del adversario que a sus propios intereses.

Maduro, por su parte, cae en el error inverso: creer que la narrativa puede compensar la debilidad material. Cada acto de confianza teatral se convierte, paradójicamente, en una oportunidad para que Washington demuestre su poder real. La humillación no es un efecto colateral: es parte del diseño.

Dos guerras posibles: rápida o lenta, visible o silenciosa

El contraste entre estas dos lógicas según Mearsheimer , también revela dos tipos de guerra. La primera es la militar: rápida, espectacular, de alto riesgo, con potencial de escalamiento regional y pérdida de credibilidad a largo plazo. Es la que el analista advierte como trampa histórica, repetida en Vietnam, Irak y Afganistán.

La segunda es la guerra económica: lenta, silenciosa, asimétrica. No produce imágenes de combate, pero genera sufrimiento prolongado y difuso. Desde Washington, es ideal: bajo costo, alta efectividad. Desde Caracas, es una agonía que erosiona el régimen día tras día, incentivando defecciones y fracturas internas.

Aquí surge una pregunta moral incómoda: ¿es más “humano” un colapso lento que una derrota rápida? El realismo no ofrece consuelo ético. Las grandes potencias eligen herramientas por eficacia, no por compasión.

La falacia antidrogas

Un punto crucial de Trump según  Mearsheimer , es que se desmonta la narrativa justificatoria: la guerra contra las drogas. Destruir infraestructura en un país no reduce el consumo en Estados Unidos. Las redes criminales no se van a detener por el bombardeo a las lanchas rápidas, son muy adaptativas, transnacionales y solo responden a una variable estructural: la demanda.

Cincuenta años de evidencia muestran el fracaso del enfoque militarizado. Drogas más baratas, más potentes, más disponibles. Pero reconocer esto implicaría admitir límites, hablar de cambiar la política doméstica sobre la droga  y abandonar promesas de “victoria fáciles ”. Políticamente, eso es inaceptable cuando las encuestas van cayendo para Trump. Estratégicamente, el insistir en la ilusión de lograr resultados rápidos puede serle muy peligroso de cara a las elecciones del Congreso en el 2026, donde puede perder el control de las dos cámaras .

¿Qué viene ahora?

El escenario más probable según  Mearsheimer ,no es una invasión inmediata, sino la continuidad del estrangulamiento económico. Más sanciones, más decomisos, más presión. Maduro responderá con más performance. El ejército observará, calculará, y eventualmente decidirá si la lealtad sigue siendo racional. El desenlace, de llegar, será por colapso interno o negociación de salida, no por épica revolucionaria.

El riesgo real es el error de cálculo: una provocación mal leída, una escalada no prevista, una decisión tomada para consumo doméstico que derive en un conflicto mayor. Esa es la tragedia que Mearsheimer señala: decisiones racionales individuales que producen resultados colectivos catastróficos.

Una lección para América Latina

Para América Latina, esta confrontación es un espejo incómodo. Muestra cómo los países con institucionalidad débil se convierten en tableros de disputas mayores. Revela el límite de la retórica antiimperialista cuando no hay capacidades materiales que la respalden. Y recuerda que la verdadera soberanía no se proclama: se construye con Estado, economía funcional y legitimidad.

También deja una advertencia para quienes creen en atajos duros y soluciones épicas: confundir narrativa con poder termina mal. La prudencia estratégica no es cobardía; es responsabilidad histórica.

Venezuela no es solo el problema de Trump ni la tragedia de Maduro. Es una lección viva sobre cómo opera la lógica de la hegemonía, sobre los costos de la ilusión y sobre la diferencia —siempre decisiva— entre parecer fuerte y serlo.