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viernes, 13 de febrero de 2026

La cultura en Colombia: una historia de rupturas, supervivencia y recomposición

  

Un espejo para Colombia a partir de las reflexiones de David Brooks

Colombia suele explicarse a sí misma a partir de sus crisis políticas, sus déficits institucionales o sus frustraciones económicas. Sin embargo, como sugiere con fuerza David Brooks en su artículo en el NY Times al que me referí en el blog anterior, los problemas visibles de una nación casi siempre son síntomas de procesos culturales más profundos. La política administra lo que la cultura ha permitido; no crea, por sí sola, el suelo moral sobre el que una sociedad se sostiene.

Mirar la historia colombiana desde esta perspectiva —cultural antes que institucional— permite entender por qué muchas reformas bien intencionadas no han producido los resultados esperados y por qué, una y otra vez, el país parece avanzar y retroceder sobre los mismos dilemas.

 Una herencia cultural ambigua

Colombia heredó de la Colonia una cultura profundamente barroca: una convivencia constante entre la norma y su transgresión, entre el discurso moral elevado y la práctica cotidiana acomodaticia. La ley existía, pero su cumplimiento era negociable; la autoridad se respetaba, pero también se burlaba; la moral se proclamaba, pero se privatizaba.

Este legado cultural no produjo una ética del cuidado de lo común, sino una ética de la supervivencia. Aprendimos pronto que cumplir no siempre era rentable, que confiar podía ser peligroso y que “ser vivo” era, en muchos contextos, más eficaz que ser recto. No es casual que estas actitudes se hayan filtrado durante siglos en la política, la economía y la vida social.

Violencia y cultura de supervivencia

El siglo XX colombiano consolidó esa lógica. La violencia partidista, el conflicto armado, el narcotráfico y la informalidad económica reforzaron una cultura defensiva: proteger a los míos, desconfiar de los otros, sobrevivir como sea. En ese contexto, la política se volvió botín, el Estado un obstáculo o una presa, y la ley una referencia flexible.

Como advierte Brooks para Estados Unidos, cuando una sociedad pierde un orden moral compartido, la vida pública se vuelve un campo de disputa permanente donde ya no se busca lo justo, sino lo conveniente. En Colombia, esa pérdida no ocurrió de golpe: fue una erosión lenta, normalizada, transmitida de generación en generación.

La Constitución del 91: un intento cultural

La Constitución de 1991 fue mucho más que una reforma jurídica. Fue, en esencia, un intento de recomposición cultural. Introdujo un nuevo lenguaje: dignidad humana, derechos fundamentales, pluralismo, participación ciudadana. Buscó cambiar no solo las reglas, sino la manera como los colombianos nos concebíamos como sociedad.

Sin embargo, como suele ocurrir cuando el cambio cultural no se lidera de manera sostenida, la nueva narrativa constitucional convivió con viejas prácticas culturales. El texto avanzó más rápido que las creencias, y las instituciones más rápido que los hábitos. El resultado fue una brecha persistente entre lo que decimos que somos y cómo actuamos realmente.

Cultura ciudadana: una prueba de que el cambio es posible

Hubo, sin embargo, experiencias reveladoras. Los programas de cultura ciudadana de Antanas Mockus y Paul Bromer,  demostraron que los comportamientos pueden cambiar cuando se trabaja el sentido, no solo la sanción. Apelar a la vergüenza social, al reconocimiento del otro, al humor y a la pedagogía ciudadana produjo transformaciones reales en convivencia, movilidad y respeto por lo público.

Estas experiencias confirmaron una intuición clave, plenamente alineada con Brooks: la cultura precede a la norma. Cuando cambian los valores y las expectativas compartidas, las reglas dejan de ser imposiciones externas y se convierten en acuerdos sociales.

El deterioro reciente del clima cultural

En los últimos años, Colombia —como muchas democracias— ha experimentado un deterioro acelerado de su clima cultural. La polarización, las redes sociales, el discurso de odio y la desconfianza sistemática han erosionado aún más el frágil suelo moral compartido.

Hemos avanzado técnicamente en muchos frentes, pero hemos retrocedido culturalmente. La indignación reemplazó a la deliberación; la identidad al argumento; el insulto a la persuasión. En palabras de Brooks, cuando la cultura se vuelve nihilista, la política se llena de figuras que normalizan la deshumanización.

La lección de Brooks aplicada a Colombia

La advertencia de Brooks es clara: ninguna sociedad puede sostenerse solo sobre intereses individuales y emociones negativas. Sin un relato compartido, sin referentes morales comunes, sin una cultura que dignifique al otro, la democracia se vacía por dentro.

Aplicada a Colombia, esta lección es contundente:

  • No basta con cambiar gobiernos.
  • No basta con reformar leyes.
  • No basta con crecer económicamente.

Si no reconstruimos una cultura de confianza, cuidado y corresponsabilidad, cualquier avance será frágil y reversible.

Colombia es buena: una apuesta cultural consciente

En este contexto surge el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla. No como consigna ingenua, sino como estrategia cultural deliberada. Su propósito no es negar los problemas, sino disputar el relato que reduce al país a su peor versión. Su propósito es visibilizar, conectar y apoyar la mejor versión de la sociedad colombiana

Decir que Colombia es buena es afirmar que existe un capital moral, humano y social que puede y debe ser cuidado. Decir que vale la pena cuidarla es convocar a una ética activa: cuidar lo público, cuidar la palabra, cuidar las instituciones, cuidar al otro. Esto es, en el sentido más profundo, una política cultural.

Las naciones se transforman desde adentro

La historia colombiana muestra que los momentos de mayor esperanza no coincidieron solo con reformas institucionales, sino con cambios en el clima cultural: nuevas narrativas, nuevos símbolos, nuevas formas de relacionarnos. El caso de la Bogotá en la Alcaldía de Mockus y Bromerg, fue un hito que mereció reconocimiento internacional.

Como recuerda Brooks, los países no se salvan por decreto. Se salvan cuando logran reencantar su proyecto colectivo, cuando reconstruyen un suelo moral compartido que haga posible la confianza, la cooperación y el reconocimiento del otro desde la gran diversidad de nuestra sociedad. Colombia está, una vez más, ante esa oportunidad.

Los invito a leer la columna de Patricia Rincon de la semana pasada en el Tiempo. Es una invitación que nos llega desde un remoto país en el Sur Oeste de África que refuerza lo que he escrito en este blog y en el anterior. El rol de la cultura en nuestro medio es invisible y sin embargo las consecuencias están a la vista de todos así no las veamos . https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600


sábado, 7 de febrero de 2026

La cultura como destino: un mensaje para las naciones que quieren sobrevivir

Durante años hemos discutido el futuro de los países casi exclusivamente en términos de política pública, crecimiento económico o liderazgo electoral. Sin embargo, en su reciente columna de despedida como columnista del New York Times, David Brooks plantea una idea mucho más profunda y exigente: las naciones no se salvan primero por la política, sino por la cultura. Y cuando una sociedad pierde su núcleo cultural —su sentido de lo sagrado, de lo bueno, de lo compartido—, la política se vuelve un síntoma, no una causa.

Brooks sostiene que el gran cambio de nuestro tiempo no es tecnológico ni geopolítico, sino espiritual y cultural: una pérdida generalizada de fe. Fe en el futuro, fe en los demás, fe en los ideales comunes. Esa pérdida, advierte, conduce al nihilismo: a la idea de que nada importa, de que el poder es lo único real y de que la brutalidad es legítima si garantiza supervivencia.

En ese contexto, su tesis central es contundente: “El cambio cultural precede al cambio político y social. Se necesita un clima espiritual distinto antes de cambiar de rumbo “. Esta afirmación debería ser leída con atención en Colombia.

Cultura no es entretenimiento: es ecología moral

Brooks define la cultura en sentido amplio: no como ópera o museos, sino como forma de vida compartida. Cultura es: hábitos, rituales, canciones, historias, conversaciones, creencias, supuestos, valores, emociones, aspiraciones.

En otras palabras, la cultura es la ecología moral en la que crecen los ciudadanos. Y como toda ecología, puede nutrir o degradar. Aquí aparece una idea poderosa: Cada persona contribuye a crear la cultura que luego la moldea. No hay espectadores neutrales. Todos somos coautores del clima moral que respiramos. Por eso, cuando una sociedad normaliza el desprecio, la desconfianza o el cinismo, no solo se deteriora su política: se deteriora su humanidad.

La historia como sucesión de cambios culturales

Brooks recuerda que los grandes cambios históricos no empiezan con leyes, sino con transformaciones culturales previas:

  • En los años 1890, el Evangelio Social reemplazó al darwinismo social.
    Resultado político: el progresismo.
  • Entre 1955 y 1975, la cultura estadounidense se volvió menos racista y más creativa.
    Resultado político: derechos civiles, nueva izquierda, nueva derecha.
  • Incluso Trump, afirma Brooks, entiende el poder cultural:
    símbolos, narrativa, masculinidad, épica nacional.

Pero su cultura —basada en dominación— es deshumanizante. De ahí su afirmación central: El humanismo es el antídoto contra el nihilismo. Humanismo entendido no como ideología, sino como defensa activa de la dignidad humana:  Lincoln, Martin Luther King, la música que conmueve, el gesto que reconoce al otro.


Sin orden moral compartido no hay nación

Uno de los puntos más fuertes del texto es su diagnóstico sobre la privatización de la moral: “Le advertimos el peligro a las generaciones que inventaran sus propios valores. Esto produce:  ciudadanos moralmente inarticulados, una plaza pública sin acuerdo sobre lo bueno , conflictos imposibles de resolver,, pérdida de cohesión y confianza”.

Brooks recuerda que toda sociedad sana necesita: héroes compartidos, textos simbólicos, ideales comunes. Cuando eso desaparece, surgen: ansiedad, atomización y barbarie lenta. Este punto conecta directamente con Colombia: no basta con exigir mejores leyes si no reconstruimos un suelo moral común.

La cultura como política profunda

La gran lección de Brooks es esta: La política administra. La cultura orienta. Por eso, los proyectos de nación no pueden limitarse a reformas técnicas. Necesitan:

  • relatos, símbolos, ejemplos, prácticas cotidianas, comunidades de sentido.

En sus palabras: “La vida floreciente es un ser humano que se esfuerza al servicio de un ideal.” Sin ideales compartidos, no hay florecimiento: hay supervivencia cínica.

Colombia: una apuesta cultural, no solo institucional

Aquí es donde el argumento de Brooks refuerza directamente el corazón del movimiento “Colombia es buena y vale la pena cuidarla”.

Esta narrativa no niega los problemas. Lo que hace es más radical: propone una cultura del cuidado frente a una cultura del desprecio.

  • Cuidar el país. Cuidar las instituciones. Cuidar a los otros. Cuidar lo público. Cuidar la verdad. Cuidar la convivencia.

Eso es política cultural en el sentido más profundo. No es propaganda. Es reconstrucción del suelo moral.

Conclusión: las naciones se salvan por dentro

La despedida de Brooks no es un adiós periodístico: es un diagnóstico profundo. Las sociedades no colapsan primero por malas políticas, sino por malas culturas.Y se recuperan no por decretos, sino por renacimientos culturales.

Si Colombia quiere desarrollarse de verdad, necesita algo más que crecimiento:necesita una cultura que haga posible la confianza, la cooperación y el futuro. Por eso, afirmar que Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es ingenuidad:es una estrategia cultural. Y hoy, como diría Brooks, la batalla decisiva no es electoral: es moral, simbólica y cultural.

Los invito a leer el artículo hoy de Patricia Rincon sobre el papel de la cultura para el desarrollo de Zambia. Una extraordinaria invitación que nos viene de un lejano país en el sur oeste del África como anillo al dedo para Colombia


https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-ejemplo-de-responsabilidad-publica-3530600