Lecciones incómodas para Colombia en un año electoral decisivo
Los eventos recientes en Venezuela me han obligado a escribir varios blogs en estas últimas semanas. En este blog voy devolverme en la historia de ese país para tener un mejor contexto que permita analizar la situación actual y sus implicaciones para Colombia.
Durante años, muchos en América Latina miraron a Venezuela como una excepción trágica, como un caso extremo que no tenía nada que ver con sus propias realidades. Esa comodidad intelectual —“eso no puede pasarnos a nosotros”— es, precisamente, una de las razones por las que el chavismo logró apoderarse del país sin encontrar una resistencia democrática a la altura del desafío que enfrentaron.
Las reflexiones del sociólogo venezolano Tulio Hernández, hechas durante una entrevista que le hicieran en el Podcast Atemporal, ayudan a desmontar esa falsa interpretación de la realidad de su país . Su lectura de la historia reciente de Venezuela no comienza con Hugo Chávez, ni siquiera con el primer golpe de 1992, sino con algo mucho más profundo y más incómodo: una sociedad que llevaba décadas acumulando resentimientos, dependencias y malentendidos sobre el papel del Estado, la democracia y la ciudadanía.
La narración del Dr Hernández ratifica lo que escribí en un blog anterior “Cuando la historia nos vuelve hablar” donde mostraba la tesis del historiador Snyder que es simple y profundamente preocupante: las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando la gente se resigna y no cuida lo que le debería importar: su libertad.
El país del “Estado mágico”
Antes de Chávez, Venezuela vivía bajo lo que el dramaturgo José Ignacio Cabrujas llamó el “Estado mágico”: un Estado percibido como omnipotente, proveedor, casi milagroso. Desde que el petróleo comenzó a fluir en los años treinta, se consolidó la idea de que la riqueza no provenía del trabajo, la productividad o la innovación, sino de un recurso que brotaba de la tierra y que el Estado debía repartir.
Cómo lo explica Hernández, esta mentalidad produjo una ciudadanía frágil. No una comunidad de ciudadanos corresponsables, sino una larga fila invisible de personas esperando turno frente al “barril imaginario”. El éxito no dependía del esfuerzo colectivo, sino de la cercanía al poder.
Cuando el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez intentó desmontar abruptamente ese modelo mediante reformas económicas, necesarias pero mal explicadas, el resultado fue devastador. El mensaje implícito fue: “el barril ya no existe; ahora hay que trabajar, pagar impuestos y competir”. Para una sociedad que nunca había sido preparada para ese tránsito, el quiebre fue traumático.
El Caracazo: cuando el espejo mágico se rompió
El estallido social de 1989, conocido como el Caracazo, fue descrito por el propio presidente Pérez como “la explosión de una acumulación de resentimientos”. No fue una revolución ideológica, sino una insurrección caótica, marcada por saqueos más consumistas que políticos, que reveló hasta qué punto el pacto social en Venezuela estaba roto.
Ese momento fue decisivo por varias razones. Los partidos tradicionales perdieron legitimidad. Las fuerzas de seguridad mostraron su incapacidad para manejar la crisis. La democracia venezolana, que se creía sólida y ejemplar, se descubrió frágil. El espejo se rompió, y lo que apareció detrás fue una sociedad profundamente desconectada de sus propias instituciones y sin un liderazgo político fuerte.
Caracas está en un valle rodeado de barrios muy pobres. En ese contexto emergió un mito peligroso:. el de los cerros que “un día bajarían”. El chavismo supo instrumentalizar ese miedo y convertir a los sectores populares, no en sujetos políticos, sino en amenaza latente, en arma simbólica contra cualquier oposición.
Chávez: carisma, militarismo y el encanto del “por ahora”
El golpe fallido de 1992 no fue un accidente aislado. Fue la irrupción visible de los ríos subterráneos de militarismo que nunca habían desaparecido del todo. Cuando Hugo apareció en televisión asumiendo la responsabilidad del golpe con su famoso “por ahora”, ocurrió algo inédito: un militar derrotado se convirtió en figura moral.
Su juventud, su lenguaje directo y su contraste con los viejos políticos conectaron con una sociedad desencantada. No hubo una defensa masiva de la democracia. La élite política reaccionó; la ciudadanía, no. Como advirtió Ramón J. Velázquez en ese momento, “alguien levantó la tapa del infierno y los demonios del militarismo andan sueltos”.
La década de los noventa profundizó el vacío que se sentía en la sociedad. La destitución politizada del presidente Carlos A Pérez, la campaña antipolítica promovida por los medios y las élites, la fragmentación de los partidos y la liberación de Chávez durante el gobierno de Caldera, terminaron de despejar el camino para que este militar golpista se lanzara a la política electoral .
Las elecciones de 1998, con dos outsiders como principales contendores, sellaron el rechazo a la política tradicional y llevaron a Chaves al poder
Un autoritarismo de nuevo cuño
El chavismo no fue un comunismo clásico. Fue algo más difícil de detectar y, por eso, más eficaz: un neoautoritarismo con maquillaje democrático. Mantuvo elecciones, propiedad privada y retórica igualitaria, mientras desmontaba sistemáticamente la alternancia, el Estado de derecho y los derechos humanos.
Chávez anunció desde el inicio que su proyecto no era transitorio. “Por ahora y para siempre” no era una metáfora, era un programa. La violencia, la violación constitucional y la permanencia en el poder no eran excesos: eran principios.
Según lo manifestó Hernadez en su charla, el liderazgo carismático de Chávez , en el sentido weberiano, creó una relación casi religiosa con las masas. Chávez no gobernaba solo con leyes; gobernaba con emociones, con espectáculo, con omnipresencia mediática. La comunicación no era un instrumento: era el gobierno mismo.
La lenta asfixia de la democracia
A diferencia de un golpe clásico —el zarpazo del tigre— el chavismo operó como una boa constrictor. Fue apretando lentamente, sin que muchos se dieran cuenta. Controló medios, persiguió periodistas, deshumanizó al adversario, creó enemigos internos y utilizó grupos paramilitares para la violencia informal.
La oposición cometió errores graves: el golpe de 2002, el paro petrolero, la abstención electoral. Cada uno de esos errores fue utilizado para justificar una limpieza ideológica, la destrucción de PDVSA y la eliminación de espacios democráticos.
Cuando Chávez murió, el simulacro democrático terminó. Su sucesor Nicolás Maduro, sin carisma ni legitimidad, solo pudo sostenerse destruyendo abiertamente las instituciones, persiguiendo a la oposición y convirtiendo el fraude en norma
El costo humano y moral
El resultado del proceso de deterioro de la democracia venezolana es conocido, pero no por eso menos brutal: millones de exiliados, destrucción institucional, violencia sistemática, presos políticos, desapariciones forzadas y un sufrimiento ético-político que atraviesa generaciones. No es solo pobreza material; es la pérdida de horizonte, de confianza y de futuro.
Colombia: advertencias que no podemos ignorar
Según Hernández, la historia venezolana no debe ser usada como amenaza retórica ni como caricatura ideológica. Debe ser estudiada con rigor. Las lecciones que plantea Tulio Hernández son claras:
- No subestimar a los líderes populistas-autoritarios.
- No confundir banderas sociales legítimas con proyectos de poder excluyentes.
- No destruir la política en nombre de la antipolítica.
- No sacrificar las reglas democráticas por la promesa de eficacia.
- Construir esperanza y proyectos de futuro, no solo oponer resistencia.
- Unir fuerzas democráticas más allá de etiquetas ideológicas.
Colombia enfrenta este año una elección decisiva. Creer que nuestra historia, nuestras instituciones o nuestra cultura nos hacen inmunes es repetir el primer error venezolano. Hay varias lecciones para nuestro país.
Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.
La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.
La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones.
Colombia todavía está a tiempo. Pero solo si entiende que cuidar a Colombia, es cuidar su democracia a pesar de sus imperfecciones; significa reconocer los avances logrados porque son los cimientos sobre los cuales debemos seguir mejorando como país; no es defender a un gobierno o a una ideología, sino proteger las reglas que impiden que cualquier proyecto —por noble que se proclame— termine devorando al país que dice querer salvar. Esa es la. Recadera gran lección que el Sr Hernández nos deja en su amena e impactante charla muy bien moderada en el podcast de Andrés Acevedo, a quien felicitó por su aporte . Estas son las reflexiones que se necesitan para una sociedad desorientada como la nuestra
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