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viernes, 9 de enero de 2026

Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe

  Venezuela, Trump y el retorno de la teoría Monroe 

El ataque ordenado por Donald Trump el sábado 3 de enero contra Venezuela —con el objetivo de capturar a Nicolás Maduro y a su esposa para llevarlos ante la justicia norteamericana— produjo una conmoción internacional inmediata. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en inquietud cuando el propio Trump afirmó que Estados Unidos podría “tomar el control” de Venezuela y, de paso, descalificó de manera despectiva a María Corina Machado, minimizando su liderazgo y legitimidad política.

Más allá del impacto noticioso, el episodio abre una pregunta de fondo mucho más inquietante: ¿qué tipo de poder está ejerciendo hoy Estados Unidos en el mundo, y  qué consecuencias  tiene para el sistema democrático?. Para contestar a esta pregunta he estado siguiendo a varios historiadores y analistas norteamericanos sobre el tema. Mis últimos dos blogs se han basado en las notas que he tomado y que quiero completar con este blog, dado el impacto de los acontecimientos más recientes de los últimos días. 

La Doctrina Monroe es uno de los pilares más antiguos de la política exterior de Estados Unidos, sintetizada en la famosa frase: "América para los americanos" .En el siglo XIX, el objetivo era advertir a las potencias europeas (España, Francia, Gran Bretaña) que no intentaran recolonizar ninguna parte del continente americano. Estados Unidos se declaraba protector de la independencia de las nuevas repúblicas latinoamericanas, pero también establecía que cualquier intervención europea sería vista como un acto de agresión contra EE. UU. 


Para la administración Trump, las "potencias externas" ya no son los imperios europeos, sino China, Rusia e Irán. Bajo esta nueva interpretación EE. UU. sostiene que no permitirá que potencias rivales establezcan bases militares o alianzas estratégicas profundas en el patio trasero de Washington. Se argumenta que la presencia de regímenes aliados a estos países (como el de Maduro en Venezuela) representa una amenaza directa a la estabilidad del continente


 En una conversación de esta semana  entre David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum, se abordaron con crudeza los dilemas, contradicciones y riesgos de la intervención de Trump. Evidentemente  lo que emerge no es una defensa de Maduro —cuya salida millones de venezolanos celebran— sino una advertencia severa sobre la forma en que Trump entiende el uso del poder como presidente  de su país, y las consecuencias sistémicas de este tipo e intervenciones dadas las historias recientes de los Estados Unidos en Irak y Afghanistan y Libia. .


En la conversación del editor de la revista Atlantic y la historiadora, abordan desde diferentes ángulos , el análisis de los acontecimientos de la captura de Maduro y su llevada a juicio en NY.  Veamos.

Venezuela antes de Trump: una dictadura derrotada en las urnas

Conviene partir de un punto claro: el régimen de Maduro estaba políticamente derrotado antes de la intervención de Trump . Las elecciones de 2024 fueron fraudulentas, y la evidencia recolectada por los propios venezolanos, demostró que el candidato opositor Edmundo González había ganado. María Corina Machado, reconocida con el Premio Nobel de la Paz y figura central de la oposición, fue inhabilitada precisamente porque el régimen sabía que perdería.

Maduro se sostuvo no por legitimidad, sino por represión. Nadie serio discute que su salida era deseable. Y como lo mencionan los analistas citados,  el problema no es el fin, sino los medios y, sobre todo, como ya lo mencioné, las consecuencias sistémicas impredecibles en un mundo caracterizado por la gran incertidumbre y deslegitimación creciente de las instituciones  multilaterales y de la democracia  . 

Una intervención para consumo interno

Según Frum y Applebaum,  uno de los aspectos más perturbadores de la intervención norteamericana, es su carácter profundamente nacionalista y unilateral. Desde la Casa Blanca, la acción fue presentada como un logro de Estados Unidos, no como un acto orientado a restaurar la democracia venezolana. No hubo consulta con aliados regionales, ni respaldo del Congreso, ni mandato multilateral, ni narrativa coherente dirigida al pueblo venezolano.

Trump habló de petróleo que parece ser el verdadero objetivo. De narcotráfico lo que es muy incoherente ya que semanas atrás había sacado de la cárcel al ex presidente de Honduras condenado por ese delito en los Estados Unidos. De migración que es su obsesión y donde los venezolanos han sido especialmente señalados y expulsados. . 

Y todos estos argumentos  Trump los utiliza para justificar sus acciones por su impacto en seguridad nacional de su país. Pero además, la comunicación se hizo casi exclusivamente a través de Fox News y de True Social. Y según Brun y Applebaum así como muchos otros analistas internacionales, la multiplicidad de explicaciones no son coherentes ni aclara.

Para Frum, la intervención en Venezuela parece diseñada más para reforzar la narrativa interna de Trump para sus bases—mano dura, fuerza militar, enemigos externos— que para construir una salida democrática y sostenible para Venezuela.

La gran contradicción moral

Hay una contradicción difícil de ignorar: mientras Trump ordena una operación militar para “hacer justicia” en Venezuela, como ya lo mencionaron los analistas, su gobierno expulsa masivamente a migrantes venezolanos, a quienes describe como criminales o enfermos mentales. Muchos de esos migrantes son precisamente opositores al régimen que Trump dice combatir.

La justicia selectiva, cuando se combina con desprecio humano, deja de serlo y se convierte en instrumento de poder. Y el uso sin restricciones del PODER, parece ser el verdadero nombre del juego que motiva hoy en todas sus acciones a Trump, como lo mencionan el editorial del NY Times  de enero 8, y una entrevista que le hicieron al presidente de ese periódico, el día anterior. . 

El fantasma de las “esferas de influencia”

Quizás el punto más inquietante del análisis de Applebaum es el regreso explícito de la idea de esferas de influencia, una lógica que Estados Unidos rechazó formalmente desde 1945. Trump parece cómodo con un mundo repartido entre grandes potencias: Rusia en Europa Oriental, China en Asia, Estados Unidos, en el hemisferio occidental.

Esta lógica no solo normaliza la agresión de los países grandes sobre los pequeños, sino que destruye la idea misma de principios universales: derechos humanos, democracia, soberanía popular. El mensaje implícito es muy grave: la democracia ya no es un valor, sino una conveniencia en un juego de poder que bota por la borda la arquitectura internacional promovida por los Estados Unidos después de la II Guerra .

Si este país abandona el principio de universalidad, deja de ser un referente no perfecto pero si aspiracional, y decide ser un actor más del juego cínico del poder, en un mundo multipolar dividido por esferas de influencia.

¿Noriega 2.0 o algo peor?

Según Applebaum, la comparación con la captura de Manuel Noriega en Panamá en enero de 1990 resulta tentadora, pero engañosa. Aquella operación tuvo respaldo internacional, objetivos claros y una retirada posterior. En el caso venezolano, Trump habla de “dirigir” el país, sin explicar cómo, por cuánto tiempo, ni con qué legitimidad. Y además descalifica a Maria Corina Machado cuando ha demostrado una gran capacidad de conectarse con su gente y valor para enfrentar en la clandestinidad a Maduro y a sus compinches.

Y como lo menciona la historiadora, la ambigüedad no es accidental. La vaguedad de las justificaciones es una de las herramientas de uso del poder autoritario, tema sobre el cual ha hecho extensos estudios durante el siglo XX.

El dilema demócrata: entre el aislamiento y la hipocresía

Applebaum y Frum reconocen que Trump  ha generado un dilema incómodo para los demócratas. Criticar la intervención de Trump es necesario, pero refugiarse en un aislacionismo moral —“no debemos intervenir nunca”— es peligroso. Estados Unidos siempre ejerce influencia, incluso cuando finge no hacerlo. Negociar petróleo con Maduro en el pasado también fue una forma de intervención. La pregunta en este caso  no es si vale la pena intervenir, sino cómo y para qué. 

Según estos  y otros analistas, una  intervención con gran respaldo internacional  requeriría : restaurar al ganador legítimo de las elecciones del 2024 en Venezuela, respaldo del Congreso , apoyo regional, y  una coalición multinacional con objetivos claros y límites definidos. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora. .

El riesgo mayor: lo que Trump le hace a Estados Unidos

Para Applebaum, el daño más profundo va mas allá de Venezuela, sino que también impacta en la transformación del la arquitectura  institucional de los Estados Unidos. Al actuar sin justificación legal, sin controles y sin respeto por aliados, Trump afecta el Estado de derecho interno y normaliza la arbitrariedad debilitando mucho la democracia de su país. .

Estados Unidos deja de ser un “faro imperfecto” para convertirse en un matón impredecible. Y cuando eso ocurre, también se erosionan los derechos civiles internos. La historia muestra que el autoritarismo externo siempre regresa a casa.

En el artículo publicado por el NY Times sobre la entrevista a Trump el 7 de enero titulada "Trump expone una visión de poder restringida a  'Mi propia moralidad' , el presidente  dejó claro que sería el árbitro de cualquier límite a su autoridad, desconociendo el derecho internacional, los tratados vigentes y la arquitectura multilateral que Estados Unidos había impulsado en los últimos ochenta años. Posiblemente este reportaje sirve para explicar el cambio de postura de Petro y su llamada a Trump el pasado miércoles.   

Una alegría legítima, una advertencia necesaria

Nada de esto niega una realidad: muchos venezolanos hoy celebran la caída de Maduro. También lo hacen millones de colombianos y de otros países de la región afectados por migración forzosa de 8 millones de exilados. Esa alegría es comprensible y legítima. Pero la historia enseña , como lo recuerda la historiadora Applebaum,  que la forma en que caen las dictaduras importa tanto como el hecho de que caigan. Cambiar un tirano por una tutela imperial no es libertad. Es dependencia. Y hay que recordar que  esta es la lección de Irak, Afganistán y Libia 

Para Trump, restablecer la democracia en Venezuela,  no es una preocupación, porque se trata de dinero, poder y la protección de su país de  las drogas y los criminales", según lo explicó  Michael Shifter, miembro principal del Diálogo Interamericano, un instituto de investigación en Washington.


En el editorial del 8 de enero del NY Times  termina con un comentario que nos obliga a reflexionar y poner los pies en la tierra: “Tenemos la esperanza de que la crisis actual termine menos mal de lo que esperamos. Tememos que el resultado del aventurerismo del Sr. Trump sea un mayor sufrimiento para los venezolanos, una creciente inestabilidad regional y un daño duradero para los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. Sabemos que el uso de la fuerz del Sr. Trump, violan la ley”


Reflexión final para Colombia

De las reflexiones de David Frum, editor de la prestigiosa revista The Atlantic, y la reconocida historiadora Anne Applebaum , para Colombia hay una advertencia triple.

Venezuela no se perdió de un día para otro ni por un solo error. Se fue deslizando hacia el autoritarismo cuando la democracia dejó de ser una convicción compartida y pasó a verse como un obstáculo incómodo. Cuando la antipolítica sustituyó a la política, cuando el resentimiento reemplazó al debate y cuando la promesa de redención colectiva justificó la concentración del poder, el desenlace ya estaba escrito, aunque pocos quisieran leerlo.


La lección para Colombia, en este año electoral decisivo, no admite evasivas. Ninguna sociedad está vacunada contra el autoritarismo de derecha o izquierda. Ni la indignación moral, ni las banderas sociales legítimas, ni el carisma de un líder, compensan la destrucción gradual de las reglas, la deshumanización del adversario y la renuncia ciudadana a la corresponsabilidad democrática.


La historia venezolana nos advierte que el autoritarismo rara vez entra por la puerta de atrás; suele hacerlo por la puerta principal, aplaudido y justificado, mientras promete justicia, orden y futuro. Cuando la democracia se abandona, en nombre de una causa supuestamente superior, el precio se paga durante generaciones

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