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viernes, 3 de abril de 2026

Entre la interpretación y la realidad : lo que nos deja Petro

 Entre la interpretación y la realidad: lo que deja Petro y lo  que Colombia debe aprender hacia 2026

Hay momentos en la historia de un país en los que resulta más importante comprender que juzgar. Colombia está hoy en uno de ellos. 

En mi blog anterior de la Semana Santa, hice un recorrido general sobre el legado que deja Petro , a partir de las reflexiónense genérales que hace Hernando Gómez Buendía en su último libro Colombia después de Petro. En este blog y el siguiente, voy a profundizar sobre algunos temas que considero muy relevantes que nos propone su autor para entender mejor cómo llegamos a donde estamos y cómo enfrentarnos a esta nueva realidad hacia adelante

A pocos meses  del final del gobierno de Gustavo Petro, el debate público comienza a centrarse —como es natural— en sus resultados, sus aciertos y sus errores. Sin embargo, ese enfoque, aunque necesario, es insuficiente. Si queremos evitar repetir los mismos ciclos políticos, debemos ir más allá de la coyuntura y preguntarnos algo más profundo: ¿qué explica realmente este momento del país?

En su libro, Hernando Gómez Buendía propone una lectura particularmente valiosa para abordar esta pregunta. No se trata simplemente de evaluar un gobierno, sino de entender la relación entre tres elementos fundamentales: el país que permitió su surgimiento, la interpretación ideológica que lo orienta y los límites reales que enfrenta cualquiera intento de transformación.

Esta triple mirada —origen, interpretación y restricción— ofrece claves poderosas no solo para entender lo que ha pasado, sino para anticipar lo que podría venir.

Petro no es un accidente: es una consecuencia

El primer aporte de Gómez Buendía es desmontar una idea cómoda pero equivocada: la de que el gobierno de Petro es una anomalía. No lo es.

No entenderlo lo hace aún más peligroso, porque lleva a subestimarlo a él, a su proceso político y al momento que estamos viviendo, justo cuando el país se acerca a unas elecciones que pueden ser de las más críticas de nuestra historia contemporánea.

Su llegada al poder es el resultado acumulado de varias crisis que Colombia ha venido incubando durante décadas. Una crisis de representación, donde amplios sectores sociales dejaron de sentirse interpretados por los partidos tradicionales. Una crisis de legitimidad, donde las instituciones empezaron a percibirse como ineficaces o capturadas. Y, quizás la más profunda, una crisis narrativa: Colombia dejó de creerse a sí misma como un proyecto colectivo viable.

En ese vacío, Petro logra imponer sus ideas a través de un relato potente, “un discurso o una imagen de país con la cual es bien posible estar en desacuerdo, pero en ausencia del cual no se entiende nada”.

En ese contexto, “Petro no inventa el malestar. Lo interpreta. Lo organiza. Le da un lenguaje político”. Y, sobre todo, “le da una promesa: la de corregir una historia que muchos perciben como injusta”. Como lo señala Gómez Buendía, “Petro relee el pasado colombiano desde una clave de conflicto entre el pueblo y las élites, entre los sueños de justicia y las traiciones de los poderosos”.

El poder de una narrativa moral

Uno de los rasgos más distintivos del proyecto político de Petro es su carácter moral.

No se presenta simplemente como una propuesta de gobierno. Como él mismo lo ha planteado, “no se trata de acabar con el capitalismo, sino de domesticarlo; no de destruir el Estado, sino de ponerlo al servicio del pueblo”. Se trata, más bien, de una empresa de redención histórica.

En esta lógica, la política deja de ser un espacio de negociación entre intereses legítimos y se convierte en un escenario de confrontación entre lo correcto y lo incorrecto. Esta forma de entender la política tiene una enorme capacidad movilizadora, porque conecta con emociones profundas: frustración, indignación, resentimiento y deseo de reconocimiento.

Pero también tiene un costo. Cuando la política se moraliza, la complejidad se reduce. Los matices desaparecen. Y la posibilidad de construir acuerdos se debilita o se imposibilitan .

La cárcel ideológica: cuando la visión se vuelve límite

Aquí aparece uno de los conceptos más sugestivos del análisis del libro de Hernando Gómez Buendía: la “cárcel ideológica”. Todo liderazgo necesita un marco de interpretación. El problema surge cuando ese marco deja de ser una herramienta para entender la realidad y se convierte en un filtro que impide verla.

Colombia está entrando en un momento decisivo. Y, sin embargo, una gran parte del país sigue profundamente desorientada. No se está entendiendo el papel que juega la ideología política ni cómo esta se utiliza —y en muchos casos se manipula— para definir la realidad. Las ideologías están fuertemente influenciadas por las creencias, los valores y las emociones de quienes las promueven y las adoptan.

Como advierte Gómez Buendía, “todos somos ideológicos”, y por eso mismo es indispensable comprender qué significa este término en el momento actual y revisar nuestras propias creencias antes de juzgar las de los demás. Y añade una advertencia fundamental: “las ideologías aciertan en lo que afirman, pero se equivocan en lo que niegan. Acertamos en lo que vemos, pero nos equivocamos en lo que no vemos”.

En el caso de Petro, su ideología está fuertemente influenciada por una lectura histórica de desigualdad estructural, por una desconfianza hacia el mercado y por la convicción de que el Estado debe ser el gran agente transformador.

Gómez Buendía señala que uno de los fundamentos más profundos de esta visión es su conexión con los excluidos: “esa voz —que ha sido silenciada durante siglos por las élites, por los tecnócratas, por los medios de comunicación y por la resignación de los propios desposeídos— encuentra un eco y una amplificación en su discurso. Petro habla con la rabia acumulada de ‘los nadies’, pero también, de forma inseparable, habla en nombre de los territorios donde esa exclusión se ha hecho paisaje”. Para validar este último comentario, no hay sino que ver el mapa electoral y ver de dónde le está llegando apoyo a Petro.

A partir de esta base, su propuesta política adquiere una dimensión moral: “el pueblo es un sujeto político, fuente de legitimidad y agente del cambio… una comunidad moral de víctimas cuyo sufrimiento le otorga el derecho a gobernar”. El pueblo deja de ser solo una categoría demográfica o electoral y se convierte en la voz misma de la justicia histórica.

Y, sin embargo, el propio Gómez Buendía introduce un límite fundamental a esta visión: “esa fuerza moral que nace del dolor histórico… no basta para validar la verdad de sus ideas ni la eficacia de sus propuestas. Que una voz provenga de abajo no la hace infalible, y que denuncie con razón no significa que acierte en el diagnóstico o en el camino”.

Más aún, advierte sobre un aspecto especialmente delicado: “el pensamiento de Gustavo Petro se levanta sobre una epistemología… que desconfía del saber experto como forma de llegar a la verdad”. Esta desconfianza hacia la racionalidad moderna no es anecdótica; es estructural. Parte de la idea de que el conocimiento válido proviene de la experiencia vivida y no del método científico.

Sin embargo, esta postura encierra un riesgo profundo. Como recuerda el autor, el método científico —desarrollado desde el siglo XVII— ha sido el principal instrumento de la humanidad para aproximarse a la verdad, precisamente porque no depende de quién habla, sino de cómo lo demuestra.

El problema de la ideología, en este contexto, es que tiende a cerrar la discusión, rigidizar los argumentos y limitar la capacidad de adaptación. Impide desaprender lo que ya no funciona y dificulta la incorporación de nuevas formas de entender y transformar la realidad.

Aquí resulta inevitable recordar los planteamientos del profesor de Liderazgo de Harvard  Ronald Heifetz: los grandes desafíos de una sociedad no se resuelven con certezas ideológicas, sino con la capacidad de cuestionar supuestos, aprender del error y ajustar el rumbo. La “cárcel ideológica”, en cambio, bloquea precisamente ese proceso.

Los límites del cambio: la realidad también gobierna

El tercer elemento del análisis introduce una dosis necesaria de realismo.

Cambiar un país no depende únicamente de la voluntad política. Existen límites estructurales que ningún gobierno puede ignorar.

Colombia tiene instituciones que, con todas sus imperfecciones, introducen controles y equilibrios. Tiene una economía insertada en dinámicas globales que imponen restricciones fiscales y de confianza. Y tiene una sociedad profundamente fragmentada, donde la desconfianza dificulta cualquier proceso de transformación sostenida.

Como lo ha señalado también Mauricio García Villegas, los problemas institucionales en Colombia no son solo normativos, sino culturales. No basta con cambiar las reglas; es necesario cambiar las prácticas y, sobre todo, las mentalidades.


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