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sábado, 31 de octubre de 2026

Autocracias y liderazgo: cuando la fortaleza de un líder amenaza la democracia

 

Una reflexión sobre el poder, el liderazgo y la responsabilidad ciudadana.

Acabo de regresar de un viaje por los cinco países de Asia Central que se independizaron en 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética. Fueron muchas las experiencias que me sorprendieron, pero hubo una especialmente inquietante: la presencia de regímenes autoritarios y el impresionante culto a la personalidad de sus dirigentes.

Esta experiencia me motivó a reanudar mis blogs con una serie de cuatro blogs  sobre uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: el avance del autoritarismo y sus amenazas para la democracia. 

  • El poder: cómo distinguir el liderazgo efectivo del liderazgo que debilita la democracia.
  • La adhesión: por qué incluso personas inteligentes pueden respaldar comportamientos autoritarios.
  • El silencio: qué responsabilidad tienen quienes reconocen los riesgos, pero deciden no intervenir.
  • La democracia se aprende: cómo resistir el autoritarismo sin alimentar la polarización



Y estas reflexiones  llevaron a formular la primera pregunta especialmente importante para quienes estudian o ejercen el liderazgo:

¿Cómo distinguir a un líder político efectivo de uno que, en nombre de la eficacia, termina debilitando la democracia?

1. La paradoja del liderazgo fuerte

Las sociedades buscan líderes fuertes, especialmente cuando atraviesan crisis. Cuando las instituciones parecen incapaces de resolver los problemas, los ciudadanos comienzan a buscar personas que prometan orden, decisiones rápidas y transformaciones profundas.

En Colombia, el desencanto con la política tradicional contribuyó al ascenso de Gustavo Petro. Cuatro años después, la frustración con su gobierno abrió las puertas a una propuesta política muy diferente, encabezada por Abelardo de la Espriella.

Aquí aparece una paradoja: el liderazgo que despierta esperanza puede terminar convirtiéndose en una amenaza para la democracia.

Las autocracias no siempre nacen de golpes de Estado. Algunas comienzan con dirigentes elegidos democráticamente que, respaldados por su popularidad, concentran progresivamente el poder, debilitan la independencia judicial, atacan a la prensa y deslegitiman a la oposición.

El problema no es que un líder sea fuerte, carismático o decidido. Surge cuando comienza a convencerse, y a convencer a sus seguidores, de que su voluntad representa la de toda la sociedad, incluso cuando ha llegado al poder por un margen electoral estrecho. En ese momento, la autoridad legítima corre el riesgo de convertirse en autoritarismo.

2. ¿Por qué nos atraen los líderes autoritarios?

Las autocracias encuentran terreno fértil en sociedades dominadas por el miedo, la frustración, la desigualdad y la desconfianza institucional. Cuando la democracia parece incapaz de responder a las necesidades de la gente, muchos ciudadanos comienzan a privilegiar la eficacia inmediata, incluso a costa de sus libertades.

El líder autoritario suele construir un relato sencillo y emocionalmente poderoso: el país atraviesa una crisis extraordinaria; existen culpables claramente identificables; las instituciones impiden resolver los problemas; y solamente un liderazgo excepcional puede salvar a la sociedad.

Quienes cuestionan al gobernante dejan de ser adversarios legítimos para convertirse en enemigos del cambio.

Este discurso ofrece esperanza, identifica responsables y promete recuperar el control. Pero encierra un riesgo enorme: transformar la confianza ciudadana en obediencia personal.

3. Tres experiencias que invitan a reflexionar

Aunque sus contextos y consecuencias son profundamente diferentes, los casos de Hitler, Chávez y Bukele permiten comprender las tensiones entre popularidad, resultados y concentración del poder.

Adolf Hitler: cuando la crisis abre las puertas al totalitarismo.

Alemania atravesaba una profunda crisis económica, política e institucional. Hitler interpretó la frustración colectiva y prometió recuperar la grandeza nacional. Nombrado canciller en 1933, utilizó mecanismos legales, coerción y violencia para destruir la democracia e instaurar una dictadura totalitaria responsable del Holocausto y de una guerra devastadora.

La lección: una sociedad puede entregar el poder a quien promete salvarla y terminar perdiendo sus libertades.

Hugo Chávez: la promesa de inclusión y transformación.

Venezuela experimentaba una creciente desconfianza hacia sus partidos tradicionales. Chávez interpretó ese malestar y construyó un proyecto de inclusión y reivindicación social. Elegido en 1998, conservó durante años un importante respaldo popular.

Sin embargo, su gobierno concentró progresivamente el poder, debilitó los contrapesos institucionales y redujo las garantías de pluralismo político.

La lección: la legitimidad electoral no autoriza a un gobernante a destruir los mecanismos democráticos que permiten controlarlo.

Nayib Bukele: la seguridad como fuente de legitimidad.

El Salvador enfrentaba una crisis de violencia que había condicionado la vida de millones de personas. Bukele construyó su liderazgo alrededor de una promesa concreta: recuperar la seguridad y liberar a la población del dominio de las pandillas.

Los resultados en seguridad explican buena parte de su popularidad. Sin embargo, su gobierno también ha concentrado poder y recibido serios cuestionamientos por el debilitamiento de la independencia judicial, las detenciones arbitrarias y las vulneraciones de derechos humanos.

La lección: es posible reconocer resultados positivos sin dejar de examinar sus costos institucionales y humanos.

Estos tres casos no son equivalentes. Sus diferencias históricas y morales son fundamentales. Pero plantean una pregunta común:

¿Hasta dónde puede una sociedad sacrificar sus instituciones democráticas en nombre de la esperanza, la transformación o la seguridad?

4. La diferencia entre autoridad y liderazgo

Ronald Heifetz, profesor de liderazgo de Harvard, plantea una distinción fundamental: ejercer autoridad no es lo mismo que ejercer liderazgo.

La autoridad formal otorga facultades para tomar decisiones. El liderazgo, en cambio, consiste en movilizar a las personas para enfrentar desafíos complejos, asumir responsabilidades, aprender y desarrollar nuevas capacidades.

Desde esta perspectiva, el liderazgo auténtico no busca que una sociedad dependa cada vez más de una persona. Por el contrario, fortalece su capacidad colectiva para comprender los problemas, deliberar y construir soluciones sostenibles.

El líder autoritario ofrece respuestas definitivas a problemas que no las tienen y presenta el desacuerdo como una amenaza. Quien ejerce liderazgo adaptativo reconoce la complejidad, acepta la incertidumbre, promueve la participación y entiende que nadie posee todas las respuestas.

La diferencia es profunda:

El autoritarismo necesita seguidores que obedezcan. El liderazgo democrático necesita ciudadanos que piensen, cuestionen y asuman responsabilidades.

Esta distinción resulta especialmente relevante en un mundo donde los desafíos desbordan las capacidades de cualquier gobernante, por competente que sea.

5. El peligro del líder indispensable

Uno de los momentos más delicados para una democracia aparece cuando un gobernante comienza a ser percibido como indispensable.

La creencia de que solamente una persona puede garantizar el orden, la prosperidad o la continuidad de un proyecto político debilita las instituciones. Una democracia no puede depender de la permanencia de un individuo, por exitoso o popular que sea.

La alternancia en el poder, la independencia judicial, la libertad de prensa y el respeto por la oposición no son obstáculos para gobernar. Son garantías para impedir que el poder se convierta en patrimonio personal.

Un líder democrático comprende que su responsabilidad no consiste únicamente en obtener resultados durante su mandato, sino también en dejar instituciones más fuertes y capaces de funcionar cuando él ya no esté.

6. La responsabilidad de los ciudadanos

Las autocracias no pueden explicarse exclusivamente por la personalidad de sus gobernantes. También debemos preguntarnos qué ocurre en las sociedades que les entregan el poder y aceptan progresivamente la reducción de sus libertades.

La democracia exige ciudadanos capaces de evaluar a sus dirigentes más allá de sus preferencias políticas. Reconocer sus logros no significa justificar sus excesos. Apoyar a un gobernante tampoco implica renunciar al derecho de cuestionarlo.

Esto plantea preguntas incómodas para Colombia.

¿Por qué toleramos en un dirigente que admiramos comportamientos que condenaríamos en uno de nuestros adversarios? Es una pregunta pertinente para quienes defendieron a Petro a pesar de sus debilidades personales y de gestión.

¿Por qué justificamos la concentración del poder cuando creemos que los resultados son buenos? ¿Por qué confundimos la crítica con la deslealtad?

Estas preguntas adquieren especial importancia ante el nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella. Su orientación frente a las instituciones, los límites del poder y el respeto por quienes piensan diferente merece una vigilancia ciudadana rigurosa desde el comienzo.

La democracia se pone a prueba, especialmente, cuando debemos exigir límites al gobernante por quien votamos.

7. ¿Cómo reconocer a un verdadero líder democrático?

Con frecuencia evaluamos a nuestros dirigentes por su carisma, popularidad, capacidad de decisión o resultados. Pero existe una dimensión que debería ocupar un lugar central: su relación con el poder.

Los ciudadanos deberíamos preguntarnos:

  • ¿Cómo reacciona cuando alguien lo contradice?
  • ¿Respeta las decisiones de instituciones independientes?
  • ¿Reconoce la legitimidad de sus adversarios?
  • ¿Acepta los límites de su autoridad?
  • ¿Sus decisiones fortalecen las instituciones o las someten a su voluntad?
  • ¿Desarrolla nuevos liderazgos o construye una dependencia permanente de su figura?

Estas preguntas permiten distinguir entre quien utiliza el poder para fortalecer a la sociedad y quien busca concentrarlo en sus propias manos.

8. El liderazgo que deja instituciones, no dependencias

Las sociedades necesitan líderes valientes, capaces de tomar decisiones difíciles y enfrentar problemas que otros han preferido evitar. Pero también necesitan dirigentes que comprendan que cuidar la democracia significa mucho más que ganar elecciones.

Los desafíos de nuestro tiempo son demasiado complejos para depender de una sola persona. Su solución requiere instituciones sólidas, ciudadanos responsables, capacidad de cooperación y respeto por quienes piensan diferente.

La grandeza de un líder no consiste en volverse indispensable, sino en contribuir a que la sociedad pueda avanzar sin depender de él.

Un liderazgo verdaderamente transformador no solamente produce resultados: desarrolla capacidades colectivas, fortalece instituciones y amplía las posibilidades de participación ciudadana.

Quizás esta sea una de las lecciones más importantes que nos deja la historia de las autocracias:

El poder revela el carácter de un líder, pero la manera como utiliza ese poder determina el futuro de una sociedad.

Y una idea final para recordar:

La verdadera fortaleza de un líder no se mide solamente por lo que logra mientras gobierna, sino por la libertad de los ciudadanos y la solidez de las instituciones que deja cuando se marcha.

Quiero cerrar esta reflexión con una pregunta que considero especialmente pertinente para Colombia, después de cuatro años de profundas tensiones y cuando comienza un nuevo gobierno:

¿Qué es más importante para el futuro del país: encontrar un líder extraordinario que prometa resolver nuestros problemas o construir una ciudadanía crítica, responsable y comprometida con las instituciones que hacen posible la democracia?


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