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domingo, 10 de mayo de 2026

Cómo activar a la clase media para cuidar a Colombia

                                                              De la mayoría silenciosa a la mayoría decisiva

En un blog anterior , que sugiero leerlo para entender el de esta semana, planteaba una idea incómoda pero necesaria: Colombia no solo está polarizada… está incompleta. Le falta una voz. La de millones de ciudadanos —en su mayoría pertenecientes a la clase media— que sostienen el país, pero que han optado por el silencio. Ahora viene la pregunta realmente importante: ¿Cómo activar esa voz?

Porque entender el problema es apenas el primer paso. El verdadero desafío es convertir esa mayoría silenciosa en una mayoría decisiva.

El error de esperar que la clase media “reaccione sola”

Hay una suposición implícita que ha demostrado ser equivocada: creer que, ante el deterioro institucional o la radicalización política, la clase media reaccionará de manera natural. No lo ha hecho. Y no lo hará.  No porque no le importe el país, sino porque no tiene un canal claro, un lenguaje adecuado ni un propósito movilizador que la convoque.

La clase media no se moviliza por consignas ideológicas.No responde a discursos extremos. No se siente representada en la confrontación. Se activa por algo distinto:

  • Sentido de estabilidad
  • Protección de lo construido
  • Oportunidad de futuro
  • Responsabilidad con su entorno

Y, sobre todo, por algo que ha estado ausente: una invitación concreta a participar.

Activar no es indignar: es convocar

Aquí hay un cambio conceptual fundamental. Durante años, buena parte de la movilización política ha estado basada en la indignación. En señalar lo que está mal. En exacerbar emociones negativas. Pero la clase media no se activa sostenidamente desde la rabia. Se activa desde el sentido. Desde la posibilidad de construir. Desde la percepción de que su participación tiene impacto.

Por eso, el reto no es amplificar el malestar. Es canalizarlo hacia la acción constructiva.

Cinco claves para activar a la clase media en Colombia

Si queremos que esta mayoría silenciosa se convierta en protagonista, es necesario cambiar la forma en que se le invita a participar. Aquí hay cinco propuestas de acción concretas:

1. Darle un rol claro: de espectador a protagonista

La clase media no necesita más análisis. Necesita un papel. Hoy se le habla como observadora del país. Hay que empezar a hablarle como corresponsable de su futuro.Esto implica un cambio de narrativa: De “el país está mal” a “el país también depende de usted”. Cuando las personas sienten que su rol importa, actúan. Cuando sienten que son irrelevantes, se retraen.

2. Bajar la política al nivel de la vida cotidiana

Uno de los grandes errores del debate público es su nivel de abstracción. La clase media no vive en el plano ideológico. Vive en lo concreto:

  • Seguridad en su barrio
  • Calidad de la educación de sus hijos
  • Movilidad
  • Estabilidad económica
  • Salud física y mental

Activarla implica conectar el futuro del país con su vida diaria. No hablar de “modelos políticos”, sino de cómo lo que está en juego afecta directamente su realidad.

3. Crear espacios de participación cercanos y tangibles

La movilización no ocurre en el vacío. Necesita espacios. Aquí es donde la propuesta  de Colombia es Buena tiene una potencia extraordinaria: Los conjuntos residenciales, las universidades, las empresas, las comunidades locales…son el lugar natural donde la clase media puede activarse. No desde marchas esporádicas. Sino desde procesos continuos: Conversaciones estructuradas. Proyectos comunitarios. Redes de liderazgo local. Laboratorios de solución de problemas

La activación real no es masiva en su inicio. Es capilar y se construye desde lo cercano.

4. Construir una narrativa de cuidado, no de confrontación

La clase media rechaza la polarización. Pero no porque no tenga posición, sino porque no se siente representada en el lenguaje de los extremos. Aquí está una de las mayores oportunidades estratégicas y el error que hay que corregir: El concepto de cuidar a Colombia conecta profundamente con sus valores. Porque cuidar implica: Responsabilidad. Protección. Construcción. Continuidad de lo que si funciona .

No es un lenguaje de lucha y si de escucha. Es un lenguaje de pertenencia. Y eso es lo que permite sumar, no dividir.

5. Mostrar que sí es posible incidir

Nada desmoviliza más que la sensación de inutilidad. Si la clase media siente que su participación no cambia nada, no participará. Por eso es fundamental: Visibilizar casos reales de impacto. Mostrar avances concretos. Medir resultados. Comunicar logros. Y sobre todo también escuchar.

Aquí es donde metodologías como el impacto colectivo son clave. Porque permiten demostrar que la acción coordinada sí transforma.

De ciudadanos silenciosos a ciudadanos conectados

El verdadero cambio no ocurre cuando la gente opina más. Ocurre cuando la gente se conecta y se relaciona mejor. Cuando deja de actuar de manera aislada y empieza a formar parte de algo más grande. La clase media colombiana no está desinteresada. Está desconectada. Y reconectarla no es un desafío político tradicional. Es un desafío social, cultural y organizacional.

El papel del liderazgo: encender, motivar y no imponer

Aquí aparece una pregunta clave: ¿Quién activa a la clase media? La respuesta no está en un líder único. Está en una red. En líderes que entienden que su rol no es dirigir desde arriba, sino activar desde abajo. Líderes que: Convocan. Conectan. Facilitan. Visibilizan e inspiran

Hay que entienden algo fundamental: que el liderazgo de hoy y hacia el futuro es y será  colectivo.

2026: la elección que puede activar o consolidar el silencio

La elección de 2026 no solo definirá un gobierno. Definirá si la clase media sigue siendo espectadora o se convierte en protagonista. Si permanece en silencio, el país seguirá siendo definido por minorías intensas. Si se activa, puede reequilibrar el sistema que hoy la extrema izquierda busca mantener desequilibrado. Pero esa activación no ocurrirá por accidente. Requiere estrategia, narrativa, espacios, liderazgo.

Una invitación final: pasar del “me preocupa” al “me involucro”

Colombia no necesita más ciudadanos preocupados. Necesita ciudadanos involucrados. Y la clase media tiene todo lo necesario para asumir ese papel: Capacidad. Educación. Redes. Experiencia. Sentido de país. Lo único que falta es el paso más difícil: Decidir participar. Porque al final, el futuro de Colombia no se definirá únicamente en las urnas. El movimiento Colombia es buena, vale la pena cuidarla, busca hacer un aporte en esta dirección, con un sentido de mediano y de largo plazo.

Pero para lograrlo, dependerá de la capacidad de millones de ciudadanos de dejar de ser espectadores… y empezar a ser actores.Y esa transformación —silenciosa al comienzo, pero poderosa en sus efectos— puede ser la clave para abrir un nuevo capítulo en la historia del país. Uno donde la voz que hoy no se escucha… termine siendo la que haga la diferencia.


sábado, 25 de abril de 2026

Cómo enfrentar a Trump y Petro sin caer en sus trampas

Una guía para sociedades que no quieren ser manipuladas

Durante las últimas semanas he explorado, a partir del libro de Hernando Gómez Buendía, cómo es posible que líderes que desafían las normas y vulneran los principios básicos de la democracia logren llegar al poder. Este blog, con el que cierro la serie, plantea la pregunta que realmente importa: ¿cómo enfrentarlos sin terminar jugando bajo sus reglas?

Entender a dirigentes políticos  como Donald Trump o Gustavo Petro es apenas el primer paso. El verdadero desafío comienza después: cómo enfrentarlos sin reforzar las dinámicas que los hacen fuertes.

Porque aquí hay una paradoja fundamental que muchas sociedades no han logrado comprender: la reacción equivocada frente a este tipo de liderazgo termina fortaleciéndolo. No se trata solo de oponerse. Se trata de hacerlo de manera inteligente.

El error más común: jugar el juego del líder que se quiere enfrentar

Liderazgos como los que hemos analizado operan bajo reglas distintas. No buscan consenso, buscan control de la narrativa. No buscan precisión, buscan impacto. No buscan estabilidad, buscan dominancia emocional.

Cuando sus opositores responden: con indignación permanente, con sobre-reacción mediática, o con ataques personales constantes, lo que hacen —sin darse cuenta— es entrar en su terreno. Y en ese terreno, ellos siempre llevan ventaja.

Algunas trampas en las que no hay que cae

1. La trampa de la reacción permanente

Responder a cada provocación es perder el foco estratégico. Estos líderes generan múltiples frentes de conflicto para dispersar la atención. La clave: elegir las batallas, no reaccionar a todas.

2. La trampa de la superioridad moral

Descalificar al líder y a sus seguidores como “ignorantes” o “manipulados” no debilita su base. La radicaliza. La clave: entender las emociones detrás del apoyo, no negarlas.

3. La trampa de la hiperracionalidad

Creer que los datos, los argumentos técnicos o la evidencia desmontan narrativas emocionales es un error. Las personas no toman decisiones políticas solo con la razón. La clave: combinar razón con un relato relato que emocione, conecte y abra posibilidades.

4. La trampa de la fragmentación

Dividirse entre opositores, competir por protagonismo o no construir agendas comunes, es exactamente lo que estos liderazgos buscan. La clave: construir mínimos compartidos.

5. La trampa del corto plazo

Intentar derrotar a estos liderazgos solo en elecciones, sin construir bases culturales y sociales, es insuficiente. La clave: pensar en procesos, no solo en coyunturas.

Entonces, ¿qué sí funciona?

Frente a este tipo de liderazgo, la respuesta no puede ser simplemente política. Tiene que ser cultural, narrativa y colectiva. Sobre el tema de narrativas y liderazgo colectivo he venido escribiendo en los últimos meses. De esas reflexiones quisiera destacar los siguientes puntos:

1. Construir una narrativa más poderosa (no solo una crítica mejor)

Estos líderes ganan porque cuentan historias que conectan con emociones profundas: miedo, frustración, resentimiento, identidad. No basta con desmontar sus relatos. Hay que ofrecer uno mejor. Aquí es donde nuestra propuesta, adquiere una relevancia estratégica extraordinaria: “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” no es un eslogan. Es una contra-narrativa. Una narrativa que: no niega los problemas, pero tampoco reduce al país a ellos, y moviliza desde el cuidado, no desde la rabia.

2. Recuperar el valor de lo colectivo

Uno de los patrones más claros en estos liderazgos es su capacidad de dividir. Por eso, la respuesta no puede ser individual. Debe ser colectiva. Esto implica: construir redes de liderazgo, conectar sectores que tradicionalmente no dialogan, y generar espacios de colaboración real. No como discurso, sino como práctica.

3. Desarrollar liderazgo adaptativo

Aquí es imposible no traer a Ronald Heifetz. El gran error de muchas élites ha sido tratar este fenómeno como un problema técnico: mejorar la comunicación, ajustar políticas, cambiar voceros. Pero lo que estamos enfrentando es un reto adaptativo. Esto significa que: no hay soluciones rápidas, implica cambios culturales profundos, y requiere movilizar a la sociedad, no solo dirigirla.

4. Reconectar con la ciudadanía real (no con la idealizada)

Muchos análisis parten de cómo “deberían pensar” los ciudadanos, no de cómo realmente piensan y sienten. Estos liderazgos conectan porque escuchan el malestar, lo validan, y lo convierten en relato. La respuesta no es corregir a la gente. Es reconectar con ella.

5. Fortalecer instituciones desde la cultura, no solo desde la norma

Las instituciones no se sostienen solo con reglas. Se sostienen con legitimidad. Y la legitimidad es cultural. Si la ciudadanía no cree en las instituciones, estas se debilitan, independientemente de su diseño formal.

Una idea clave: no se trata de derrotar al líder, sino de cambiar el contexto

En este punto hay un giro conceptual importante. El objetivo no puede ser únicamente “derrotar” a líderes como Trump o Petro. Porque si las condiciones que los hicieron posibles siguen intactas, aparecerán otros. El verdadero objetivo es transformar el contexto que los produce: la desconfianza, la fragmentación, la pérdida de sentido colectivo, la debilidad institucional.

El rol de la clase media (y su silencio)

Esto conecta directamente con una reflexión más reciente que voy a compartir en el próximo blog. Hay un actor clave que no está jugando el papel que podría: la clase media. Una gran masa de ciudadanos: que no está en los extremos, que no se siente representada, pero que tampoco está participando activamente.

Activarla no significa radicalizarla. Significa darle voz sin quitarle la voz a nadie más. Ahí siento que hay una oportunidad enorme para explorar y aprovechar.

Reflexión final: el tipo de liderazgo que necesitamos

Frente a liderazgos que concentran, dividen y manipulan, la respuesta no puede ser un espejo. Tiene que ser un contraste. Un liderazgo que: conecte sin polarizar, movilice sin manipular, convoque sin excluir, y construya sin destruir. Ese tipo de liderazgo no surge espontáneamente. Se construye. Y se construye desde iniciativas como la que se viene impulsando desde “Colombia es buena” : redes de comunidades de liderazgo, narrativa compartida, propósito colectivo.

Una invitación

Si algo deja claro el análisis de los dirigentes políticos como Trump y Petro  es esto: El futuro no se define solo en las elecciones. Se define en las conversaciones, en las comunidades, en las narrativas que una sociedad decide creer. La pregunta no es solo cómo enfrentar a estos líderes. 

Entender a estos personajes de la es apenas el comienzo. El verdadero desafío es cómo enfrentarlos sin replicar las mismas lógicas que los hicieron posibles. La tentación de responder con polarización, simplificación o emocionalidad desbordada solo termina reforzando aquello que se busca contener.

Colombia —y América Latina— necesita algo distinto: una ciudadanía que no reaccione, sino que comprenda; que no se deje arrastrar, sino que eleve la conversación; que no delegue, sino que asuma su corresponsabilidad en el destino colectivo.

Porque al final, la respuesta más profunda no está en un líder que enfrente a otro, sino en la capacidad de una sociedad de reconstruir sus propios límites, su sentido de lo público y su cultura democrática.

Esa es, en el fondo, la apuesta de fondo: creer —y demostrar— que Colombia es buena y que vale la pena cuidarla. Y por lo tanto la pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser frente a ellos? Porque al final, los liderazgos no solo revelan quién los ejerce. Revelan quiénes somos como sociedad.

Blogs anteriores :

https://ciudadanoglobalfm.blogspot.com/2026/04/despues-de-petro.html?m=0

https://ciudadanoglobalfm.blogspot.com/2026/04/entre-la-interpretacion-y-la-realidad.html?m=0



sábado, 14 de marzo de 2026

Cuando la democracia se desmonta desde adentro

  Cuando la democracia se desmonta desde adentro y sus ciudadanos no la cuidan

Una advertencia desde Estados Unidos para Colombia en vísperas de la elección para Presidente del 2026

Hace pocos días publiqué un blog titulado “Los países cambian cuando cambian las historias que deciden contarse”. En él proponía una idea sencilla pero poderosa: las sociedades no solo se organizan a través de instituciones o leyes; también se sostienen sobre las narrativas que sus ciudadanos comparten sobre sí mismos.

Las historias que una nación decide creer terminan moldeando su cultura, sus expectativas y, finalmente, su destino.

Hay narrativas que construyen esperanza y sentido de propósito colectivo. Pero también existen narrativas que alimentan el resentimiento, la desconfianza y la ruptura del tejido social. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando observamos lo que hoy ocurre en varias democracias del mundo.

Recientemente escuché una presentación del historiador y viajero Rick Steves sobre la situación política en Estados Unidos. Su intervención, dirigida a ciudadanos preocupados por el futuro de su país, contiene una advertencia que trasciende el caso norteamericano: las democracias rara vez mueren de un golpe repentino; normalmente se debilitan lentamente desde adentro cuando permiten que una narrativa destructiva se extienda como un cancer en la sociedad.

Durante décadas, Estados Unidos fue para gran parte del mundo un referente simbólico de la democracia liberal. No porque fuera perfecto —ninguna democracia lo es— sino porque representaba un conjunto de principios que inspiraron a muchas sociedades: libertad individual, estado de derecho, pluralismo, alternancia en el poder y respeto por las instituciones.

Por eso me resultó particularmente impactante, escuchar a un historiador y observador de la vida pública estadounidense, advertir que la principal amenaza para esa democracia no viene hoy desde afuera, sino desde adentro.

La preocupación central de Steven es que el movimiento político dominante dentro del Partido Republicano —el movimiento MAGA— estaría impulsando una narrativa destructiva que impulsa un proceso sistemático de debilitamiento institucional que, de consolidarse, podría transformar profundamente la naturaleza de la democracia estadounidense.

Más allá de las posiciones partidistas, el valor de su reflexión radica en algo más profundo: identificar los patrones de la narrativa que suelen acompañar los procesos de erosión democrática . Y lo interesante es que esos patrones no pertenecen ni a la derecha ni a la izquierda. Como lo muestra la historia de las dictaduras en el Siglo XX en lo que llevamos de este siglo, son los manuales clásicos de cualquier deriva autoritaria. Lo más inquietante es que ese proceso suele ir acompañado de nuevas narrativas políticas que buscan justificar el deterioro institucional

El manual del deterioro democrático

Steves describe cómo ciertos movimientos políticos han logrado construir una narrativa poderosa según la cual el país estaría amenazado por enemigos internos, instituciones corruptas y élites traidoras. En esa historia, el líder político aparece como el único capaz de “salvar” a la nación.

Es una narrativa emocionalmente eficaz. Promete soluciones simples para problemas complejos. Identifica culpables claros. Ofrece un relato épico de rescate nacional. Pero detrás de esa narrativa suele esconderse algo más preocupante: una estrategia sistemática para debilitar las instituciones que sostienen la democracia.

A lo largo de la historia, este proceso ha seguido patrones bastante reconocibles. Steves describe lo que llama el “manual del dictador”: un conjunto de tácticas que se han repetido a lo largo de la historia en diferentes países cuando los liderazgos políticos buscan concentrar poder. Entre ellas aparecen varias señales conocidas que hoy estamos viendo en Colombia:

Primero, la construcción de un líder que exige lealtad personal absoluta, por encima de las instituciones.

Segundo, la promesa de soluciones simples para problemas complejos, apelando más a la emoción que a la realidad.

Tercero, el debilitamiento de la sociedad civil: sindicatos, universidades, organizaciones independientes y medios de comunicación. El fortalecimiento de grupos incondicionales como los indígenas del Cauca en Colombia.

Cuarto, la captura de la burocracia profesional, reemplazando expertos por ideólogos o personas cuya principal virtud es la obediencia política.

Quinto, la creación de enemigos internos —inmigrantes, opositores, periodistas, empresarios o minorías— que sirven como chivos expiatorios para explicar todos los problemas.

Sexto, la deslegitimación preventiva de las elecciones, insinuando fraude cuando los resultados no favorecen al líder. Lo acabamos de ver con Petro.

Séptimo, el uso del miedo como herramienta política, presentando crisis de seguridad o amenazas internas para justificar medidas excepcionales.

Octavo, el ataque sistemático a la prensa y al sistema judicial, con el fin de debilitar los controles al poder.

Noveno, la manipulación de emergencias o tragedias para ampliar la autoridad del gobierno. Caso reciente las inundaciones de Córdoba en nuestro país.

Décimo, la utilización de la justicia para perseguir adversarios y proteger aliados. 

Estos patrones no son nuevos. Se han observado en distintos momentos de la historia del siglo XX y del XXI. Lo que resulta inquietante es que muchos de ellos están reapareciendo simultáneamente en distintas democracias contemporáneas alrededor del mundo .

El espejo para Colombia

Colombia no es Estados Unidos. Nuestra historia institucional, nuestra cultura política y nuestros conflictos sociales son distintos. Sin embargo, el análisis de Steves permite mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo en nuestro propio país.

Mientras en Estados Unidos algunos observadores ven riesgos provenientes de sectores de la derecha populista, en Colombia muchos ciudadanos perciben amenazas provenientes del proyecto político impulsado por el actual gobierno de izquierda. 

Los países no solo se transforman a través de reformas económicas o decisiones políticas. También cambian cuando sus ciudadanos deciden contar nuevas historias sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir. 

Durante décadas, Colombia ha estado atrapada en narrativas profundamente negativas sobre sí misma: violencia, corrupción, desigualdad, conflicto permanente. Muchas de esas realidades han sido ciertas. Pero cuando una sociedad solo se define a sí misma a partir de sus problemas, termina debilitando su propia capacidad de imaginar un futuro diferente.

La diferencia ideológica no cambia el fenómeno de fondo. Las democracias pueden deteriorarse desde cualquiera de los extremos. Lo que las debilita no es una etiqueta ideológica, sino ciertas prácticas recurrentes:

– La deslegitimación constante de las instituciones.

– El desprecio por los contrapesos democráticos.

– El intento de colonizar la justicia, los organismos de control o la burocracia estatal.

– La creación permanente de enemigos políticos.

– El uso sistemático de la polarización como estrategia de poder.

Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, la democracia comienza a permitir algo esencial: una narrativa que mina la confianza compartida en las reglas del juego. Y cuando las reglas dejan de ser creíbles, la democracia entra en terreno peligroso y puede desaparecer.

El valor de la solidaridad democrática

Una de las ideas más interesantes de la reflexión de Steves es que la defensa de la democracia no puede ser un proyecto partidista. Debe ser un proyecto patriótico, colectivo y solidario alrededor de un propósito superior. En su llamado, él insiste en la necesidad de crear coaliciones incómodas: alianzas entre sectores distintos que, aunque no compartan todas sus ideas, sí comparten algo fundamental: la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas.

Ese punto es especialmente relevante para Colombia en los próximos dos meses y medio. En este periodo veremos una intensa campaña electoral por la Presidencia. Como ocurre en toda democracia, habrá diferencias ideológicas legítimas.

Pero existe un gran peligro y una frontera que no debería cruzarse: lo que separa la competencia democrática de la destrucción del sistema democrático. Cuando los actores políticos comienzan a ver las instituciones como obstáculos que deben ser desmontados, la política deja de ser una disputa democrática y se convierte en una lucha cruda y sin escrúpulos por el control total del poder.

El verdadero debate que viene

Las elecciones de 2026 no serán solo una competencia entre candidatos. En el fondo, serán también una conversación sobre el tipo de democracia que los colombianos queremos preservar y que historia nos queremos creer como nación. Una narrativa que reconoce que tenemos una  democracia imperfecta, sí, pero que se puede mejorar y se debe de cuidar. Esta narrativa reconoce que Colombia es buena , que vale la pena cuidar sus instituciones y sus avances, pero basada en principios que han permitido mantener un cierto equilibrio institucional durante más de siete décadas:

– separación de poderes

– elecciones libres

– pluralismo político

– libertad de prensa

– justicia independiente

– alternancia en el poder.

Esos principios no son abstractos. Son las garantías que permiten que un ciudadano común pueda vivir en libertad, cuidar el fundamento de una narrativa que nos permita mejorar nuestra autoestima y nos haga sentir orgullosos como colombianos .

La libertad nunca está garantizada

La lección más profunda que deja la reflexión de Rick Steves es simple pero poderosa:la democracia nunca está asegurada para siempre. Incluso en países con larga tradición democrática como los Estados Unidos, puede deteriorarse si los ciudadanos se vuelven indiferentes frente a su erosión. Por eso su llamado urgente a sus compatriotas para que despierten, se movilicen y tracen una línea roja antes de que sea muy tarde.

La libertad no se pierde de un día para otro.Se pierde gradualmente, a través de pequeñas decisiones, silencios y concesiones. 

Por eso, en momentos electorales como el que comienza en Colombia, el desafío no es solo elegir gobernantes. El desafío es más profundo: recordar que la democracia pertenece a los ciudadanos, no a los gobiernos. Y que su defensa requiere algo que hoy parece escaso pero sigue siendo indispensable: coraje cívico, responsabilidad colectiva y una profunda convicción de que la libertad —aunque imperfecta— sigue siendo el bien público más valioso que una sociedad puede preservar

sábado, 7 de marzo de 2026

El fin de una narrativa dominante?

 El fin de una historia negativa y el comienzo de otra  más motivante

Cómo el declive de la narrativa dominante abre espacio para “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” como propuesta de liderazgo adaptativo hacia 2026

En 2019, el Nobel de Economía Robert J. Shiller publicó Narrative Economics, un libro que debería ser lectura obligatoria para cualquier sociedad que quiera comprender su propio momento histórico. Su tesis es clara: las historias se comportan como epidemias y pueden provocar cambios económicos, políticos y culturales de gran escala.

No son los datos los que primero mueven a una nación. Son los relatos que les dan sentido. Y Colombia está viviendo, silenciosamente, el declive de un relato dominante.

El contagio del desencanto

Shiller plantea que las narrativas son contagiosas. Se expanden no por su exactitud, sino por su carga emocional y su capacidad de ser repetidas. Cuando una historia logra activar indignación, esperanza o resentimiento, comienza a multiplicarse.

En Colombia se volvió contagiosa la narrativa del agotamiento institucional. El relato de que el sistema estaba capturado, que nada funcionaba, que el cambio radical era la única salida. Esa historia conectó con frustraciones reales y acumuladas. Alcanzó su punto máximo cuando se convirtió en mandato electoral.

Pero toda narrativa tiene un ciclo de vida. Nace, crece, alcanza un pico y, tarde o temprano, enfrenta la prueba de la realidad. Cuando los resultados no coinciden con las expectativas emocionales que la impulsaron, comienza el desgaste. No necesariamente desaparece de inmediato, pero pierde su fuerza movilizadora original.

Colombia parece estar entrando en esa fase. Y ese momento —según Shiller— no es solo un cierre. Es una apertura.

El punto de inflexión narrativo

Las sociedades rara vez cambian únicamente por políticas públicas. Cambian cuando cambia la historia que cuentan sobre sí mismas. El desgaste de una narrativa dominante crea una ventana histórica: la posibilidad de introducir un relato alternativo.

Pero aquí está la diferencia crucial: no basta con criticar la historia que declina. Hay que ofrecer una superior. Y superior no significa ingenua. Significa más profunda, más integradora, más sostenible emocionalmente.

Es en este punto donde el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla adquiere relevancia estratégica. No surge como negación de los problemas. Surge como un nuevo enfoque de la identidad nacional.

En lugar de partir del resentimiento, parte del reconocimiento. En lugar de anclarse en la fractura, se apoya en la corresponsabilidad. En lugar de esperar redentores, convoca ciudadanos adultos. Ese cambio es profundamente adaptativo.

Cultura y corresponsabilidad: el núcleo del nuevo relato

En blogs anteriores he insistido en que la cultura no es un adorno simbólico. Es la infraestructura invisible de la convivencia. Es el conjunto de creencias, hábitos y expectativas que determinan cómo actuamos cuando nadie nos está vigilando.

Si la narrativa dominante instala la idea de que todo está perdido, la cultura se erosiona. Si instala la idea de que el otro es el enemigo, la confianza se rompe. Si instala la idea de que el cambio depende de un líder providencial, la corresponsabilidad desaparece.

El movimiento Colombia es buena propone algo distinto: reconocer que, pese a las dificultades, este país ha construido instituciones, empresas, universidades, comunidades, redes de solidaridad y ciudadanos extraordinarios.

No es un relato complaciente. Es un relato equilibrado. Reconoce lo que falta, pero también visibiliza lo que funciona. Y eso cambia el tono emocional de la conversación colectiva. Shiller nos enseñó que las narrativas contagian. Una narrativa de cuidado también puede contagiar.

Liderazgo adaptativo en tiempos de transición

Aquí converge el pensamiento de Ronald Heifetz. Los retos técnicos se resuelven con expertos. Los retos adaptativos exigen cambios culturales y liderazgo.

Colombia no enfrenta solo un desafío económico o institucional. Enfrenta un desafío emocional y cultural. Necesitamos un liderazgo que entienda que el problema no es únicamente quién gobierna, sino desde qué historia gobierna.

Un liderazgo que:

  • No exacerbe la fractura.
  • No instrumentalice el miedo.
  • No prometa redenciones simplificadoras.
  • Invite a la adultez ciudadana.

El cuidado no es una palabra blanda. Es una categoría política profunda. Implica responsabilidad compartida, vigilancia ética, compromiso intersectorial.

Y puede ejercerse desde múltiples frentes: empresarios, universidades, jóvenes, Fuerzas Armadas, comunidades residenciales, organizaciones sociales.Ese es el norte adaptativo que propone Colombia es buena: una convergencia improbable alrededor de una narrativa superior.

De 2026 en adelante: qué historia gobernará

Toda elección es una elección narrativa. No votamos solo por programas. Votamos por historias que nos explican quiénes somos y hacia dónde vamos.

El riesgo es que el agotamiento del relato actual sea reemplazado por otro igualmente polarizante. La oportunidad es que emerja una narrativa más madura.

Una narrativa que no niegue los errores, pero que tampoco construya identidad desde la descalificación permanente. Que reconozca que en Colombia hay talento, esfuerzo, resiliencia y liderazgo distribuido. Que entienda que la cultura del cuidado no es romanticismo, sino estrategia de largo plazo. Porque, en última instancia, las sociedades se parecen a las historias que repiten.

La responsabilidad histórica que se abre

El verdadero desafío hacia 2026 no es solamente elegir un nuevo gobierno. Es elegir la historia desde la cual queremos gobernarnos. Las elecciones son momentos visibles. Las narrativas son procesos silenciosos.

Si el agotamiento del relato dominante no es acompañado por la construcción deliberada de una narrativa superior, el vacío emocional será llenado por otra historia simplificadora, polarizante o mesiánica. Las sociedades no toleran el vacío narrativo.

Por eso el movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla no es un gesto optimista. Es una estrategia adaptativa. Parte de una premisa distinta: Colombia no es un país condenado. Es un país inacabado. Y en ese hecho habita una reserva extraordinaria de liderazgo distribuido, cultura resiliente y capacidad de corresponsabilidad que rara vez se visibiliza.

Reconocer lo bueno no es ingenuidad. Es una decisión estratégica para reconstruir confianza.

En 2026 no solo se elegirá un Presidente. Se decidirá si Colombia da el salto definitivo hacia una ciudadanía adulta y corresponsable o si insiste en delegar su destino en figuras providenciales. Estará en juego la historia que queremos encarnar como nación: o asumimos la reconstrucción del país con madurez y memoria, o repetimos, una vez más, los errores que nos han impedido avanzar y que nos pueden unir como nación .

El liderazgo adaptativo que necesitamos no promete redención. Convoca madurez. No exacerba emociones primarias. Las canaliza hacia propósito. No divide identidades. Las integra alrededor del cuidado.

Shiller nos enseñó que las narrativas son contagiosas y cíclicas. Heifetz nos recordó que el liderazgo moviliza a las sociedades a enfrentar sus propias contradicciones. La convergencia de ambos plantea una tarea histórica para Colombia:

Construir una narrativa que transforme la economía emocional del país. Porque si la historia que repetimos es la del fracaso, nos comportaremos como fracasados. Si la historia que repetimos es la del cuidado y la corresponsabilidad, comenzaremos a actuar como cuidadores de un proyecto común.

El fin de una historia ya es visible. El comienzo del cuidado no será automático.Y será una decisión colectiva. Y esa decisión empieza por asumir que cada sector —empresarios, universidades, jóvenes, comunidades, organizaciones sociales— tiene un papel insustituible en la historia que está por escribirse.

La pregunta no es quién nos salvará. La pregunta es quién asumirá su parte. Y es la esencia del liderazgo que exige 2026.